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Marruecos
El rey Mohamed VI celebra diez años en el poder sin haber completado la transición democrática del país


Borja Franco

Espectáculos aéreos, colecciones de monedas de plata y de sellos conmemorativos, ediciones especiales de periódicos, dossieres fotográficos… Este año Marruecos vivió el décimo aniversario de la entronización de Mohamed VI, que sustituyó a su padre Hassan II después de su muerte, el 23 de julio de 1999. El régimen de Hassan II había destacado por ser muy autoritario y represivo, casi dictatorial, y por esa razón su sucesión a finales del siglo XX levantó muchas expectativas entre la población. Los marroquíes vieron entonces una gran oportunidad para dar el paso definitivo hacia la modernización y la democratización del país, y depositaron todas sus esperanzas de cambio en Mohamed VI. El joven monarca (cuando subió al trono tenía 35 años) se estrenó con gestos prometedores, hablando en su primer discurso de democracia, de crear empleo, de luchar contra la corrupción y de respetar los derechos humanos. Pero diez años después hay una sensación general de frustración y de desencanto con Mohamed VI porque no ha satisfecho las expectativas.

La transición es “inacabada”, como diría el historiador francés Pierre Vermeren. Si bien se le reconoce un cierto cambio a Marruecos –se ha abierto al mundo, se ha vuelto más transparente que antes y ha despegado económicamente–, a nivel socio-político el país africano sigue anclado en el pasado. Es más, el último informe sobre gobernabilidad del Banco Mundial constataba que la estabilidad política, la efectividad del gobierno y el control de la corrupción han empeorado durante el reinado de Mohamed VI.
El reino magrebí combina dos estilos: el autoritario y feudal, que usa corrientemente para la sociopolítica y que retiene el país en unas estructuras muy alejadas del modelo democrático occidental; y el moderno, utilizado básicamente para las “citas” económicas con Occidente. Una prueba del inmovilismo político de Mohamed VI es que mantiene vigente la Constitución de 1996, que concentra los poderes en la monarquía. Según establece dicha Constitución, el rey alauí preside el Consejo de Ministros, nombra al primer ministro y a otros cargos políticos e incluso puede forzar su dimisión o disolver el Parlamento. De esta manera, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial quedan supeditados a la voluntad del rey, que es quien controla el país.
“Marruecos ha pasado en los últimos años de un autoritarismo apoyado en el aparato de represión a un autoritarismo institucionalizado y legitimado por los partidos”, piensa Moulay Hicham, el primo del rey conocido por su postura crítica con la monarquía. Una muestra de este “autoritarismo legalizado” fueron las elecciones municipales que se celebraron a mediados de junio de este año, y que sirvieron para elegir a los 27.795 concejales de los 1.503 ayuntamientos del reino de Marruecos. Los comicios, que, según los analistas fueron bastante transparentes, los ganó con el 18.7% total de los votos el recién creado Partido de la Autenticidad y Modernidad (PAM), conocido también como “el partido del rey”. El resto del apoyo popular quedó repartido entre el nacionalista Partido Istiqlal (16,57%), el partido de derechas Reagrupamiento Nacional de los Independientes (13%), los Socialistas (10,82%), el partido rural y bereber Movimiento Popular (7,9%) y los islamistas moderados del Partido de la Justicia y Desarrollo (7,47%).
La victoria del PAM podría resultar sorprendente a primera vista puesto que era el partido más joven de todos los que se presentaban. Pero es un claro ejemplo de la enorme influencia del rey en la ...

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