Anuario 1999

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Angola
Un país devastado por una guerra civil inacabable
Xesco Reverter

Santos.

La almohada que utiliza Elisa es un viejo saco vacío de trigo de la ONU que junto con un lecho de paja es el único moviliario de que disponen Elisa y sus dos hijos pequeños. El aspecto del saco podría comparar-se con el papel jugado por las Naciones Unidas en Angola en los últimos dos años. La ONU se ha convertido en el tercer actor del conflicto y ha protagonizado un papel dramático y desafortunado. No ha conseguido mediar entre las partes y, además, su actuación ha sido tildada por muchos de “totalmente ineficaz”. En febrero de 1999 se evacuaba todo el personal después que tres de sus aviones fueran derribados por misiles "anónimos". Al cabo de poco, Luanda expulsaba oficialmente las delegaciones diplomática y humanitaria acusándolas de parcialidad hacia UNITA, y de provocar más problemas en lugar de solucionar los ya existentes.

Empezaba entonces otro de los innumerables episodios de la guerra de Angola. Un episodio que todavía no ha terminado y que comenzó sorprendentemente con la superioridad militar de UNITA, que se hizo con casi las tres cuartas partes del país en menos de un mes. En julio, la zona de Luanda y los pozos petrolíferos de Cabinda en el norte eran lo único que permanecía a manos gubernamentales. Las autoridades optaban entonces por advertir a todo el mundo que los rebeldes, en lugar de trabajar por la paz, habían utilizado la tregua para rearmarse con los millones de dólares que dan los diamantes del sudoeste del país.

Pero entrado el mes de agosto, las fuerzas gubernamentales reaccionaron y reconquistaron espectacularmente buena parte del país. En la región central de Huambo, principal bastión de los rebeldes, se libró una mortífera batalla en la que Luanda conseguia arrinconar UNITA al sur del país. Después del zafarancho de Huambo, la guerra entró en una última fase: la agonía de UNITA. La guerrilla, apesar de las deserciones y de perder casi toda la fuerza, sigue lanzando ataques esporádicos, domina algunas pocas poblaciones, y su economía no quiebra gracias al contrabando de diamantes via Zambia.

Pero una cosa diferencia la actual guerra de las que le precedieron. Esta vez, UNITA no es aquella guerrilla que combatía el comunismo en el África Austral, sino que se ha convertido en un ejército de mercenarios, unos 50.000 hombres, marginado por sus antiguos aliados americanos y blancos sudafricanos, y apoyado sólo por países tan diversos como Ruanda, Zambia, Togo o Burkina Faso.

El bando gubernamental tampoco tiene nada que envidiar en relación a sus desastrosa dirección del país. Según la ONU, las cotas de corrupción llegan en Luanda a cimas impensables; con la excusa de la guerra, la población "vive abandonada", y el mismo Dos Santos está acusado de corrupción y de tener amplios negocios con mafias rusas y brasileñas.

Todo ello, hace pensar en un fin a corto plazo de la guerra de Angola que terminaría con la fulminación de UNITA. Sin embargo, la guerrilla ha dado a lo largo de su historia demasiadas sorpresas para confiar en su pronta liquidación.

Pero una vez más, las víctimas de la reanudación de la guerra han sido los casi 11 millones de angoleños que, como Elisa, pueblan el maltrecho país. Como Elisa, 1.500.000 personas se han convertido en refugiados nómadas, de los cuales 300 mueren cada día por desnutrición. Elisa también ve como las minas antipersonales mutilan mucha gente a diario. “Lo que pasa -termina Elisa- es que la lista de tragedias que vive Angola es tan larga que ya nadie se las cree”.

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