Anuario 2001
Congo
"El asesinato de Kabila abre las puertas a la conclusión del conflicto armado en los Grandes Lagos"
Roger Pi

El asesinato, el 16 de enero, del presidente de la República Democrática del Congo, Laurent Désiré Kabila, constituye un punto de inflexión en un conflicto armado en el que él era uno de los principales actores. Tras la muerte del dictador que consiguió derrocar a Mobutu mediante promesas democráticas pero que rápidamente adquirió los mismos hábitos que su predecesor, su hijo y sucesor, Joseph Kabila, parece dispuesto a solucionar un conflicto marcado por los intereses de los países vecinos y especialmente por el control de las zonas ricas en diamantes. Kabila hijo, antiguo jefe del Ejército, se perfila como la última esperanza para conseguir una paz estable en la zona y promete elecciones democráticas una vez Ruanda y Uganda abandonen su territorio.
José Moké -como le llama la población- no lo tiene fácil. Los ejércitos de Ruanda y Uganda, dos países que entraron en territorio de la República Democrática del Congo (RDC) de la mano de su padre, perpetúan ahora su presencia militar y ayudan a las guerrillas opositoras. Cuando hicieron entrar sus tropas para apoyar el alzamiento de Kabila, tanto Ruanda como Uganda necesitaban la instalación en Kinshasa de un Gobierno que les ayudara a luchar contra los grupos armados que combatían contra sus regímenes desde el este del territorio de la RDC.

Pero la alianza fue efímera y cambiaron de bando cuando Kabila se mostró incapaz de formar un Gobierno fuerte e inició políticas propias en desacuerdo con los intereses de las repúblicas vecinas. En 1998, Ruanda y Uganda promocionaron y financiaron una revuelta encabezada por los tutsi banyamulengue del Congo oriental. Kabila perdió el control de la mitad este del país pero su régimen se salvó “in extremis” gracias a la intervención de tropas de Angola y Zimbabue, que pararon el avance rebelde a las puertas de Kinshasa, pero aprovecharon para hacerse con el control de buena parte de las minas de diamantes del país.

Kabila hijo se encuentra ahora con un territorio dividido en tres zonas, con la presencia de ejércitos extranjeros que mantienen el conflicto para justificar su presencia en las regiones ricas en diamantes y en rivalidades entre etnias y refugiados que desestabilizan al país. Por un lado, se ha de enfrentar al Movimiento de Liberación del Congo (MAC), dirigido por Jan Pierre Bamba, que actúa en la provincia del Ecuador (en la frontera con la República Centroafricana) y que cuenta con el apoyo de antiguos mobutistas y del Gobierno de Uganda.

El otro grupo rebelde es el Reagrupamiento Democrático Ruandés, que tiene dos ramas, una en Kisangani y otra en Goma. Ambas, apoyadas por Ruanda y Uganda respectivamente, actúan por separado. La división de este grupo es fruto de los intereses que enfrentan a Ruanda y Uganda. Mientras los ugandeses reclaman una ofensiva rebelde hacia el norte y apoyan la acción de los grupos locales, los ruandeses impulsan una ofensiva hacia el sur que asegure sus yacimientos. Otro de los actores del conflicto son los grupos armados de la región de Kivu, los mau-mau, que luchan desde 1993 contra cualquier dominación extranjera, sea del signo que sea. Este grupo armado mantiene alianzas puntuales con Kabila -padre e hijo- y se organizan dentro de una estructura política con el objetivo de conseguir más autonomía política para el territorio que controlan.



Teóricamente, el acuerdo de Lusaka, firmado en 1999, obligaba a todas las partes firmantes, entre las que se encontraban Ruanda y Uganda, a abandonar el territorio de la RDC, así como al despliegue de tropas de la ONU en la zona a cambio de un gobierno unitario de transición. Pero las guerrillas opositoras no lo firmaron y el hecho de que tanto Ruanda como Uganda, además del control de las zonas en las que hay diamantes, teman el avance de los grupos rebeldes que operan desde la RDC, ha hecho inviable hasta ahora un acuerdo de paz definitivo y estable.





Intervenciones extranjeras

A finales de la década de los noventa, las Naciones Unidas buscaron financiación para efectuar una operación con garantías de éxito en la zona, pero hubo una escasa voluntad de Occidente. Además de las acciones erráticas de Laurent Kabila, que, a pesar de firmar el acuerdo, se negó a negociar con el enviado de la ONU, Katumile Masire, e hizo pactos militares con Libia y Corea del Norte. Estos hechos atrasaron significativamente el proceso.

En mayo de 2000 las Naciones Unidas enviaron sus fuerzas de paz, denominadas Monuc, compuestas por 5.500 soldados procedentes de unos veinte países africanos, asiáticos, europeos y sudamericanos, además de las que tradicionalmente apoyaban al régimen del general, las de Angola, Namibia y Zimbabue. A estas se sumaban las de Kenia y Tanzania, dos países que habían participado a la guerra civil de Zaire proporcionando ayuda logística a Kabila.

Finalmente, la presión de Richard Holbrooke, embajador de Estados Unidos en la ONU, hizo posible otro acuerdo en octubre de 2000. Según esta resolución, todos los actores del conflicto retirarían 15 kilómetros sus tropas de la línea de frente, pero la negativa de Kabila a formar un Gobierno de unidad nacional provocó que los guerrilleros no lo acataran.

Con la situación estancada, el 16 de enero de 2001, Kabila murió asesinado a manos de uno de sus guardaespaldas, sin que se haya averiguado hasta ahora si se trataba de una acción individual o de una conspiración. El hijo de Kabila, Joseph, de 32 años y hasta entonces jefe del Ejército fue nombrado nuevo presidente.

Las presiones de Estados Unidos y de Bélgica, antigua metrópoli, arrancaron un compromiso de Joseph Kabila de democratizar el país. A principios de su mandato, Kabila hijo negoció directamente con Masire y el secretario general de la ONU, Kofi Annan, la entrada de “cascos azules” en su territorio. Sus promesas abrieron una rendija de esperanza y, el 22 de febrero, los ministros de todos los países en conflicto aceptaron la entrada de “cascos azules” y establecieron un calendario para retirar las tropas de sus posiciones a partir de mediados de marzo. Los acuerdos de Kinshasa, firmados el 21 de mayo, fueron uno de los pasos más significativos de los esfuerzos de todas las partes para llegar a una paz definitiva.

Joseph Kabila parece el hombre que tiene que llevar la paz y la democratización a la RDC, pero el nuevo líder impone una condición previa a la celebración de elecciones libres, la retirada total de las tropas extranjeras. A finales de año, tanto Uganda como Ruanda habían retirado parte de sus efectivos, unos 1.000 soldados cada país según los cálculos de la ONU. Zimbabue también hizo volver a 2.000 de sus hombres y la ONU empezó el despliegue de 5.000 “cascos azules” en la zona. Aun así la paz no está asegurada, porque el presidente de Ruanda, Paul Kagame, declaró que no retiraría todos sus efectivos hasta que la seguridad de sus fronteras no estuviera garantizada, y, a inicios de 2002, Uganda volvió a desplegar parte de sus tropas dentro la RDC, después de que la violencia se intensificara, una vez más, cerca de su frontera.

Los actores internos tampoco contribuyen de manera definitiva a estabilizar la zona. En diciembre de 2001, Kabila hijo nombró a once nuevos gobernadores provinciales, incluidos los de cuatro provincias controladas por las milicias de la Reagrupación Congoleña para la Democracia (RCD), el movimiento apoyado por Ruanda. Este hecho puso en peligro la retirada militar de estas zonas y la entrada de las fuerzas de intervención de la ONU, especialmente en Kishangani, la tercera ciudad más importante del país y que todavía hoy está en manos de los rebeldes.



De camino hacia la democracia

Desde que tomó posesión del cargo, Joseph Kabila ha conseguido sacar la RDC del aislamiento diplomático en que se encontraba y parece dispuesto a reconducir la situación bélica hacia caminos pacíficos.

Los gobiernos occidentales ven el Gobierno de Kabila hijo con buenos ojos, porque ha impulsado medidas liberales en la economía del país, ha sido capaz de hacer levantar las restricciones comerciales de las potencias extranjeras, y mantiene una lucha constante contra los monopolios de los diamantes. Kabila también ha insinuado un futuro en democracia al dictar una ley que regula los partidos políticos y ha declarado públicamente que su Gobierno quiere más respeto con los Derechos Humanos. Estas son buenas señales para un país devastado por la guerra y en el que la comunidad internacional, a pesar de sus declaraciones de buenas intenciones, no hace demasiados esfuerzos por enderezar la situación de manera definitiva.



Pero los grupos rebeldes, muchos de ellos armados, no se fían de este aire de respetabilidad que emana Kabila y no parecen del todo dispuestos a echar adelante el proceso de paz mientras no se celebren elecciones democráticas. Cuando el Gobierno belga anunció que reactivaría las ayudas económicas a la RDC, la oposición política a Kabila le acusó de querer perpetuar la división del Congo y amenazó con romper los acuerdos de Lusaka. Uno de los factores que más preocupa a la oposición es que todavía hay vigentes demasiadas estructuras del antiguo poder de Laurent Kabila, y muchos de los altos funcionarios del nuevo Gobierno mantienen los mismos hábitos de corrupción de la época anterior. Kabila hijo todavía no ha demostrado claramente que tiene intención de cumplir sus promesas democráticas, y el hecho de obligar a la oposición a registrarse en la capital y enviar a su policía -que todavía hace uso de la brutalidad típica de la época de su padre- para dispersar las manifestaciones políticas hacen temer una nueva oleada de represión. La pregunta final que hace la oposición a todos quienes defienden su papel de demócrata es ¿quién ha escogido Kabila?

El 21 de mayo, Kabila publicó una ley que reconocía la vigencia de los partidos políticos formados en la época de Mobutu. No obstante, algunos partidos históricos, como la “Union pour la democratie et le progrés social” (UDPS), las “Forces Novatrices pour l’Union et la solidarité” (FONUS), “Mouvement Populaire pour la Revolution” (MPR), “Fait Privé” (MLDC) y las “Forces Politiques Nounelles” (FPN) no quieren aceptar el nuevo marco. Algunos de estos partidos incluso llegaron a firmar documentos conjuntos con las rebeldes en los que denominaban "zonas liberadas" a las controladas por las FLC.

A Joseph Kabila todavía le quedan muchas asignaturas pendientes, como la supresión de la “Cour de Orden Militaire”, el órgano estatal encargado de la represión contra la oposición política que impide una auténtica reconciliación nacional. Aun cuando Kabila asegura que ha cerrado todos los centros de detención clandestinos que operaban durante la época de su padre, siguen las detenciones, torturas y asesinatos de opositores, y especialmente en la “Détection militaire des activités antipatrie”, donde a finales de año todavía murió torturado un miembro de la oposición congoleña.

A pesar del alto al fuego oficial, los combates continúan, mientras la situación humanitaria sigue deteriorándose, especialmente en la región de Kivu, donde la población civil se encuentra atrapada entre las tropas rebeldes y la guerrilla mau-mau. La retirada de las tropas a ambos lados de la línea de frente se prorroga continuamente, sobre todo por parte de los rebeldes, que quieren asegurarse una posición de fuerza en la mesa de diálogo intercongoleña, donde media docena de grupos estos grupos y seis países involucrados en el conflicto tienen que negociar una paz estable.

La población civil padece especialmente esta perpetuación del conflicto. Los ejércitos aliados de Ruanda y de Uganda se caracterizan por ser especialmente insensibles con la población civil de la RDC, mientras que los bombardeos de las fuerzas gubernamentales, tal y como se demostró en las poblaciones de Kimia-Kimia Dungo Mulanga y Kasese Bolanga, no tienen en consideración el drama humanitario.

A su vez, los ingresos conseguidos merced a los diamantes y al oro impiden soluciones rápidas. Un documento del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la explotación de los recursos de la RDC señala a países extranjeros como Burundi, Ruanda y Uganda como los principales saqueadores de las riquezas naturales del país. También existen organizaciones en las que participan gobiernos, empresarios, y miembros de las fuerzas armadas de estos países, además de Zimbabue y de la propia RDC, que mantienen redes de tráfico de diamantes y necesitan la presencia del conflicto bélico para perpetuar sus negocios.

El caos que se ha vivido en las guerras de Sierra Leona, Angola, Sudán, y la debilidad de los Estados de estos países ha sido promovida por unas elites que ven en los conflictos oportunidades para vender oro y otros recursos naturales ilegalmente.

Actualmente, la RDC ocupa el lugar 142 en una lista de 152 países de las Naciones Unidas según el índice de desarrollo humano. Uganda, Ruanda y Burundi han exportado a la República Democrática del Congo sus propios conflictos y luchan en combates donde no muere ni un solo civil de sus países, ni se destruyen sus recursos naturales. La guerra y el pillaje de estos recursos financian la muerte en el Congo.



En este contexto, la comunidad internacional hace auténticos esfuerzos para mejorar algunos temas puntuales como la situación de los miles de niños soldados que combaten en todos los frentes del país. Según estimaciones de la UNICEF, el número de menores que participan directamente en el conflicto llega a seis mil. Durante el año 2001 y gracias a los acuerdos entre varias ONG, los organismos internacionales y las guerrillas que operan en la RDC, algunos de estos niños abandonaron las armas y se integraron en programas especiales de reciclaje. Muchos otros forman parte de la primera línea de fuego. A menudo, tal y como relatan los niños que consiguen salir de la espiral de violencia del conflicto armado, los menores son utilizados para cruzar campos de minas o abandonados en posiciones dentro el territorio enemigo porque demuestran una capacidad innata de usar la violencia sin temor.

(Texto traducido del catalán por Juan Salvador Martínez)


Las alianzas de Occidente en la RDC

La zona de los Grandes Lagos ha sido una fuente de ingresos para las potencias occidentales, tanto en la venta de armamento como en la explotación de los yacimientos de minerales. Francia y Estados Unidos están especialmente implicados en los conflictos de la zona. Francia apoyó desde el principio al Ejército ruandés hutu, culpable del genocidio de 1994 y le ayudó a frenar el avance del EPR, en una operación que se denominó “Turquesa”. En esta operación, con la colaboración de Uganda y de Estados Unidos, hizo posible que los culpables del genocidio acompañaran a la población civil en los campos de refugiados. El Gobierno estadounidense fue un firme defensor del régimen de Mobutu mientras este les servía para desestabilizar Angola, que se había aliado con cubanos y rusos. Un año después de que Reagan asumiera la presidencia, con George Bush padre como director de la CIA, Mobutu visitó Estados Unidos y, allí, DisneyWorld, con un cortejo de 200 personas. Bush, por su parte, visitó Kinshasa, donde negoció un tratado de inversión. Pero cuando cayó el muro de Berlín, EE.UU. pidió a Mobutu que democratizara el país. Francia interpretó el cambio de postura estadounidense como una intromisión, apoyó más activamente a éste, e incluso acogió al dictador cuando huyó del país. Durante los últimos días de Mobutu, Estados Unidos ya respaldaba activamente a las fuerzas de Kabila.

El proceso de paz de Lusaka

Las conversaciones de Lusaka, en febrero y mayo de 2001, consiguieron un alto al fuego que, aun cuando sólo se ha cumplido parcialmente, ha contribuido a estabilizar las fronteras. El otro punto fuerte del acuerdo, que marcaba la retirada de las tropas extranjeras y el desarme de las milicias ruandesas, no ha prosperado. Entre otros problemas, porque Ruanda no quiere abandonar sus posiciones hasta que los países "invitados" por Kabila no hagan lo mismo y, por su parte, los grupos rebeldes ruandeses no quieren abandonar las armas. Hoy por hoy, no se ha cumplido ni siquiera la retirada de 15 kilómetros pactada en Harare durante el año 2000. Otro de los puntos del acuerdo, el despliegue de las fuerzas de la Monuc choca con la negativa de Ruanda, que no quiere desmilitarizar zonas como la ciudad de Kishangani, tal y como recogen los pactos firmados en abril. Uganda y el FLC ponen también toda clase de obstáculos al cumplimiento de los acuerdos de Lusaka y Harare, y señalan razones de seguridad para la población civil, aun cuando la auténtica preocupación de la población es su presencia. Los ugandeses incluso amenazaron con su retirada del acuerdo de Lusaka tras la publicación de un informe del Consejo de Seguridad sobre la explotación ilícita de las riquezas del Congo. Este informe denunciaba al país como impulsor del conflicto por intereses económicos propios. El acuerdo también pedía a las partes que informaran sobre la localización del armamento de los rebeldes que apoyan los conflictos bélicos, pero ninguna de las partes se muestra dispuesta a cumplir este punto.

Actores del conflicto étnico en los Grandes Lagos

COALICIÓN PRO-HUTU: Su objetivo principal es la restauración del régimen hutu de Ruanda y la expulsión de los tutsi del territorio del antiguo Zaire. Fuerzas Armadas Ruandesas: integradas por miembros del antiguo ejército hutu de Ruanda, crecieron de manera espectacular a partir de 1994 y participaron directamente en el genocidio de ese año contra la población civil tutsi y hutu moderada de Ruanda. Tras las matanzas, y gracias a la "Operación Turquesa" del Ejército francés, huyeron con la población civil hutu hacia los campos de refugiados, que quedaron bajo su control, y desde donde iniciaron la lucha contra Kabila haciendo servir a los refugiados de escudo humano, razón por la cual no quieren que la población civil vuelva a Ruanda. Interahamwes: Son 10.000 hombres considerados los autores materiales de la matanza de medio millón de tutsis en 1994. Su nombre significa "los que matan juntos". Armados por el antiguo Ejército Ruandés de Habyarimana sembraron el terror en los campos y se hicieron con el control de los envíos humanitarios. Mau-Mau: Milicia en lucha permanente contra los banyamulengues tutsi. Consejo Nacional para la defensa de la Democracia (CNDD): Guerrilla burundesa enfrentada al Gobierno tutsi que cuenta con el apoyo del ejército ruandés para impedir la entrada de refugiados tutsi. COALICIÓN PRO-TUTSI: Tiene como objetivo la unidad tutsi en la región y particularmente en la de Kivu. Apoyó a Kabila durante su mandato y actualmente forma parte el nuevo Ejército ruandés. Ejército Patriótico Ruandés (EPR): sustituyó al antiguo Ejército tras las matanzas y lo considera su principal enemigo. Se opone al regreso de los refugiados hutus porque los considera una amenaza demográfica y porque hay miembros de las milicias hutu infiltrados en la población civil. Banyarundes: Grupo formado por ciudadanos de origen ruandés y de Burundi, tanto hutus como tutsi, que antiguamente vivían pacíficamente en la región de Kivu, en el antiguo Zaire. La llegada de refugiados hutu los dividió entre banyamulengues y bangilimes. Colaboraron con el EPR, que les ayudó a luchar contra Mobutu, en su conquista del poder, y ayudaron a Kabila a ganar la guerra civil. La presencia de refugiados hutu en las zonas que controlan y la certeza de que entre estos había miembros de las milicias que habían protagonizado las matanzas de Ruanda hicieron que pusieran los campos en el punto de mira de sus acciones.


Cronologia año  2001
16 de enero: Laurent Desiré Kabila es asesinado por uno de sus guardaespaldas. Aunque en un principio parece que el magnicidio provocará una ola de violencia, su hijo Joseph asume el poder y crea un nuevo Gobierno sin grandes dificultades. No se sabe si fue una conspiración o no, pero varios miembros de la oposición son acusados del asesinato y ejecutados.



6 de febrero: Joseph Kabila establece una comisión de investigación por el asesinato de su padre -compuesta por 12 congoleños, cuatro namibios, angoleños y zimbabuenses-. El documento de conclusiones de esta comisión se envía únicamente a los miembros del Gobierno y no aporta ninguna respuesta clara.



22 de febrero: Los ministros de todos los países en conflicto aceptan la entrada de cascos azules y establecen un calendario de retirada de 15 kilómetros de la primera línea a partir de mediados de marzo.



18 de mayo: Los ejércitos de todas las fuerzas implicadas en el conflicto se retiran 15 kilómetros de la línea de frente. Se espera la llegada de una misión de la ONU que completará el despliegue de 3.000 “cascos azules”. Pese a los acuerdos de paz, todavía hay enfrentamientos entre el Ejército ruandés y las milicias hutu en territorio congoleño. Las milicias mau-mau continúan atacando a la población civil en la parte oriental del país.



21 de mayo: Se aprueba una nueva ley de partidos políticos que, a diferencia de la ley congoleña dictada por su padre, reconoce la vigencia de los partidos formados durante la época de Mobutu. Los partidos mobutistas, sin embargo, no aceptan el nuevo marco político y se alinean con la oposición armada.



13 de julio: El Gobierno de Kabila firma un acuerdo con el Banco Mundial para conseguir 50 millones de dólares para la reconstrucción de carreteras y financiar la lucha contra el sida. Existe el peligro de que Kabila use el dinero para comprar armamento porque, pese al alto lo fuego, continúan los enfrentamientos. La ONU teme una fractura del país en dos partes.



12 de diciembre: Kabila nombra nuevos gobernadores para los seis territorios controlados por los grupos rebeldes de la RCD en un claro mensaje que aspira a la unificación total del país. Los nombramientos ponen en peligro el proceso de paz y la entrada de las fuerzas de intervención de la ONU.

 


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