Anuario 2002
Afganistán
"Lenta y caótica transición en el Afganistán postalibán"
Ignasi Castelló

El primer año de paz en Afganistán tras más de de 20 años de guerra se ha saldado con muchas promesas pero pocas realidades. La devastación que asola el país se une a las esperanzas por la presencia de ayuda americana en unos de los países clave de la región
Tras cinco años de dominio talibán, los afganos recibieron 2002 bajo la tutela norteamericana, que había “sugerido” al pastún Hamid Karzai como jefe del Gobierno interino del país. Hamid Karzai, líder pastún (etnia mayoritaria en el país y entre la cual habían surgido los talibán), era el elegido para conducir al país tras una guerra de más de veinte años que había convertido Afganistán en un reino de taifas con todas las estructuras económicas devastadas. Para añadir mayor dificultad a la tarea de Karzai, el gobierno de posguerra debía representar a todos los grupos étnicos de Afganistán (exigencia de la ONU) pero con la necesidad de premiar a las minorías tayicas y uzbekas del país, que habían sido la fuerzas mayoritarias dentro de la Alianza del Norte.

A la de ya de por sí complicada transición se le ha unido la omnipresente amenaza de los núcleos de resistencia talibán y de miembros de Al-Qaeda que ha hecho extender la presencia de las tropas de la ISAF (Internacional Security and Assistance Force) durante un tiempo superior a lo previsto. Estas fuerzas internacionales de pacificación han tratado de dar asistencia al desolado Afganistán mientras que los soldados angloamericanos buscaban a un desaparecido Osama Ben Laden, la principal razón por la cual Estados Unidos entró a combatir en Asia Central. Las operaciones para la captura de Ben Laden y del líder de los talibán, el mulá Mohamed Omar, se han sucedido a lo largo del año aunque el Ejército norteamericano nunca ha podido dar con ellos. Una de las ofensivas angloamericanas de mayor envergadura durante la segunda parte de la guerra fue la llamada “Operación Anaconda” (4-18 de marzo) en la que el Ejército estadounidense y miembros de la Alianza del Norte cercaron grupos de resistencia talibán y de Al-Qaeda en las montañas del este del país. Pese al gran despliegue de medios, humanos y militares, Osama Ben Laden volvió a escapar del lazo norteamericano y un total de ocho marines murieron, junto a 500 guerrilleros de la Alianza del Norte y un número indeterminado de combatientes talibán y de Al-Qaeda, en el combate contra los “más duros entre los más duros”, según aseguró el jefe del Comando Central de las fuerzas de EE.UU., Tommy Franks.

La “Operación Anaconda” fue la última de las grandes batallas de fuerzas norteamericanas en Afganistán, que junto a otras como la campaña en las montañas de Tora Bora o la revuelta de los presos talibán y de Al-Qaeda en la prisión de Mazar-e-Sharif (donde se halló al “talibán americano”, John Walker), no consiguieron capturar a Ben Laden, pero que dejaron centenares de presos en custodia del Ejército norteamericano. El destino de estos cautivos, a los que Estados Unidos no consideraba combatientes sino terroristas –lo que significaba que no se les iba a aplicar la Convención de Ginebra- fue el traslado a la base estadounidense de Guantánamo (Cuba) a partir del diez de enero, para ser interrogados. En esas instalaciones militares, los presos talibán y los de Al-Qaeda fueron sometidos a una “privación sensorial” –se les incapacitaba la vista, el tacto y el olfato- por la cual muchos países y organizaciones de derechos humanos protestaron al considerar que era una especie de tortura a prisioneros de guerra. No fue la única vez que la actuación del Ejército de Estados Unidos fue criticada durante la campaña afgana, ya que el bombardeo accidental de la aviación sobre una boda (40 muertos) el 2 de julio y la confirmación por la ONU de que centenares de talibán fueron asfixiados y enterrados en el desierto (19 de julio) por parte de milicias aliadas a los EE.UU. levantaron la repulsa de parte de la comunidad internacional.

Pese a estas medidas expeditivas para acabar con la amenaza talibán y de Al-Qaeda, la inseguridad sigue siendo una constante de la transición afgana, y los ataques contra miembros del Gobierno Karzai y las fuerzas pacificadoras se han sucedido periódicamente. La primera muerte de una personalidad en el Afganistán postalibán fue la del ministro de Transportes y Comunicación afgano, Abdul Rahmane, el cual fue linchado por un grupo de peregrinos que iban a La Meca el 14 de febrero. Aunque en un primer momento esta muerte no fue atribuida a Al-Qaeda, las palabras del presidente interino Hamid Karzai implicando a miembros del Ejecutivo enturbió un hecho que no resultó esclarecido.

El siguiente atentado contra un miembro del Gobierno fue el asesinato en un tiroteo en Kabul del vicepresidente del país, Hagi Abdul Qadir, que provocó que la ONU declarase que la seguridad fuera de la capital del país era “preocupante”. Este asesinato, a diferencia del primero, sí fue atribuido a la coalición talibán-Al-Qaeda, aunque la detención del alcalde de Kabul dos semanas después, por motivos nunca comunicados, volvió a levantar las sospechas sobre la debilidad del Gobierno afgano y sus estructuras. Estos dos atentados causaron conmoción a nivel interno, pero el atentado del que salió ileso el propio Karzai cuando visitaba Kandahar en septiembre -al mismo tiempo que explotaban dos coches bomba en Kabul causando 22 muertos- demostró que, pese a la presencia de tropas extranjeras, la amenaza talibán no estaba, ni mucho menos, solucionada. De hecho, los tradicionales “señores de la guerra” afganos, que bajo el auspicio norteamericano se habían unido en la Alianza del Norte, volvieron a coger sus kalasnikov y reeditaron las luchas étnicas que han asolado el país desde la retirada soviética, aumentando la sensación de caos y desgobierno más allá de los límites de Kabul.

La difícil composición étnica del país fue uno de los puntos que tener en cuenta para configurar el gobierno de transición. Karzai, elegido casi “a dedo” en diciembre de 2001 en Bonn (Alemania), tuvo que legitimizar su cargo ante la tradicional asamblea tribal afgana, la “Loya Yirga”, que finalmente lo ratificó por un periodo de dos años. A esta difícil y transcendental Loya Yirga también acudió el ex rey Mohamed Zahir Shah, que volvía de su exilio en Roma al cabo de 29 años de su partida, y, aunque se especuló sobre su posible participación en la nueva vida política, el anciano ex rey se autodescartó de las negociaciones.

Pese a que Karzai no fue oficialmente declarado presidente del país hasta el mes de junio, su tarea como jefe de Estado fue intensa. A sus continuos viajes al extrajero en busca de fondos para la reconstrucción del país, se le unió una importante tarea legislativa (como las leyes que prohibían el cultivo de opio, que había crecido un 17% desde la caída de los talibán y el control de su trafico era causa de disputa entre los “señores de la guerra”) y de pacificación, como el desarme de las milicias irregulares y la creación de un Ejército afgano (70.000 efectivos, según los acuerdos de Bonn de diciembre del 2002). Es significativo que los primeros viajes de Karzai al exterior fuesen, por este orden, Arabia Saudí, China, EE.UU. y Gran Bretaña, tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, y a uno de los antiguos valedores de los talibán, clave para la financiación de su movimiento y tener el apoyo del mundo musulmán y árabe. Con el fin de hallar estos fondos esenciales para la reconstrucción del casi inexistente Estado afgano, a finales de enero se reunió la Conferencia Internacional de Donantes que acordó ayudas de 4.500 millones de dólares para la puesta en marcha del país –el Banco Mundial cifró la reconstrucción en 14.800 millones de dólares-, ayudas que el presidente Karzai ha ido reclamando a lo largo del año puesto que no se cumplían los plazos de entrega.

Pese a estos “impagos” por parte de la comunidad de donantes, el Gobierno Karzai se ha visto involucrado en las negociaciones para explotar los recursos centroasiáticos. Punto geográfico esencial para el paso de gaseoductos y los oleoductos hacia el océano Índico, Afganistán ya se había visto agasajado por las compañías petroleras occidentales desde la abertura de los mercados centroasiáticos en 1991. El proyecto que más involucra las tierras afganas es el gaseoducto que tendría que comunicar los yacimientos de Turkmenistán hacia el puerto pakistaní de Karachi. Este gaseoducto, cuya construcción se había retrasado por el continuo conflicto afgano, volvió a reanudarse con Karzai en el poder. Con los norteamericanos asentados en las cuatro bases militares que disponen en el país (Kabul, Kandahar, Jalalabad y Camp Rhino), garantizando la seguridad de sus intereses -la compañía que explotará estos recursos es un conglomerado de empresas estadounidenses-, este gaseoducto ha tomado fuerza durante 2002 y se prevé que la firma definitiva, después de sufrir algunos aplazamientos, se realice a finales de diciembre.

Para Afganistán, el año 2002 se cierra con muchos de los problemas con los que empezó. La excusa por la cual el Gobierno Bush lanzó el ataque sobre Afganistán, capturar a Osama ben Laden y su protector talibán, el mulá Omar, no ha obtenido resultado. Ambos líderes no han sido capturados aunque existe el convencimiento de que aún se esconden en Afganistán. La inseguridad que reina en el país, con grupos dispersos de talibán y militantes de Al-Qaeda atentando periódicamente contra las fuerzas de la ISAF, y con los “señores de la guerra” reanuado sus luchas étnicas por el control de sus feudos y del creciente tráfico de opio. El casi inexistente Estado en Afganistán, que sólo dispone de parte de los fondos para la reconstrucción prometidos por los países donantes, no puede hacer frente a al caos que reina en grandes partes del país. Pese a esto, la construcción del gaseoducto que atravesará Afganistán podría llevar grandes sumas de capital al país. Este dinero, si la Administración no peca de la corrupción típica que reina entre los dirigentes de la zona, podría usarse para la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Además, la inmejorable situación geográfica de Afganistán hará que Estados Unidos potencie sus relaciones con un país fronterizo con Irán y China y que abre la puerta de Asia Central.


Opio, el oro afgano

Desde la caída en noviembre del régimen de los talibán, Afganistán ha visto renacer el cultivo de la flor de adormidera, cultivo que, pese la promoción inicial que había realizado el gobierno integrista afgano durante el periodo 1996-2000 (se consideraba que la heroína sólo era consumida por “infieles”), había sido casi erradicado durante el 2001. El estudio de la agencia de la Naciones Unidas para el Control de las Drogas y la Prevención del Crimen (UNODCCP) ha constatado que durante 2002, el cultivo de adormidera, de donde se sacará el opio para hacer la heroína, ha crecido un 17% respecto a 2001, y ha vuelto a contaminar a la economía afgana y a las vecinas repúblicas asiáticas. El cultivo del opio en Afganistán, promocionado por el Imperio británico (al igual que en Myanmar, antigua Birmania) en el siglo XVIII para debilitar a China, es uno de los grandes problemas que debe afrontar el país. Después de un año de represión por parte de los talibán, en busca de ayudas de la ONU y de legitimación internacional para su régimen -el Gobierno talibán solamente estaba reconocido por Pakistán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos-, Afganistán ha vuelto a ponerse a la cabeza de la producción mundial, y actualmente se calcula que el 70% de la heroína que se consume a nivel mundial está producida con opio afgano (22% Myanmar, 3% Laos, 5% otros). Esta producción abastece a unos nueve millones de consumidores en el mundo, lo que supone dos terceras partes del total, según el estudio de la UNODCCP. En 2002 se calcula que los campos afganos producirán unas 3.500 toneladas de opio, lo que significa un espectacular crecimiento respecto a 2001 (tan sólo 200 toneladas), aunque aún está lejos de la mayor cosecha contabilizada en el momento de mayor estímulo talibán al cultivo de adormidera, en 1999 (4.500 toneladas). El estudio de la UNODCCP calcula que el cultivo, la producción y el tráfico de droga afgana da trabajo a medio millón de personas y genera a su alrededor un negocio de unos 25.000 millones de dólares al año. Los precios de este opio también han sufrido las consecuencias de la evolución política del país. Tradicionalmente, según el informe de la ONU, el quilo de opio se pagaba en el mercado negro a unos 50 dólares, precios que fluctuaban según la cosecha, aunque creció hasta los 200 dólares el quilo cuando los talibán quisieron adueñarse del negocio como fuente de ingresos. En la mitad del año 2000 el quilo de opio ya se pagaba a 300 dólares y llegó a su punto máximo en septiembre de 2001, cuando la prohibición de los talibán del cultivo, y el temor a que el inminente ataque estadounidense imposibilitara el comercio hicieron que los precios alcanzaran un máximo histórico, que iba de los 700 dólares el quilo antes del 11-S a los 1.000 dólares el quilo durante los bombardeos de EE.UU. Actualmente el estado de caos en Afganistán –que ha posibilitado la vuelta al cultivo de flor de adormidera- y la salida al mercado de los stocks almacenados durante el 2001 han provocado un descenso de precios hasta los 350 dólares el quilo. Hoy en día se calcula que el cultivo de opio ocupa unas 74.000 hectáreas de terreno, el 37% de la tierra cultivable en Afganistán (91.000 hectáreas en 1999, 82.000 en el 2000 y 8.000 el 2001). Los campos de adormidera producen unos 46 kilogramos de opio por hectárea, más si los campos disponen de sistema de irrigación, una constante en los campos del opio aunque el país está azotado por la sequía desde hace años-, y se calcula que un total de 24 de las 32 provincias afganas cultivan opio, aunque el 95% de la producción se realiza en cinco provincias: Helmand (30.000 hectáreas), Nangarhar (20.000 h), Badakshar (8.000 h), Uruzgan (5.000 h) y Kandahar (4.000 h). Para 2003 existe una previsión de aumento de opio afgano en el mercado ya que las cosecha del 2002 tuvo que realizarse muy tarde a causa de los bombardeos norteamericanos. Normalmente la adormidera se planta en octubre y noviembre para cosecharse en agosto mientras que en 2002 la cosecha no se empezó a realizar hasta finales de septiembre. El cultivo del opio es en la actualidad uno de los mayores problemas del Gobierno afgano para su legitimación internacional. A la prohibición que el Gobierno interino de Afganistán hizo en enero, se le suman las ayudas prometidas por el presidente Karzai a los agricultores que abandonasen su cultivo. La dificultad en la erradicación de este cultivo recae en que las mafias que controlan su tráfico cuentan, en muchos casos, con la protección de los “señores de la guerra” afganos o de la guerrilla islámica del MIU (Movimiento Islámico de Uzbekistán), con base en Tayikistán, que se aprovechan de los ingresos del narcotráfico. Una vez cultivado y cosechado el opio, una parte de éste se traslada a los laboratorios clandestinos del mismo Afganistán y de Pakistán, donde se transformará en heroína. Una vez hechos los fardos con la droga, ésta, o se traslada al sur de Pakistán, donde es distribuida por mar, principalmente a Australia y Estados Unidos, o vuelve de los laboratorios pakistaníes a Afganistán desde donde se llevará a Europa, el mayor mercado de la heroína afgana. Las rutas que sigue la heroína afgana son las mismas que durante siglos han usado los comerciantes de la conocida Ruta de la Seda, aunque si aquella mítica ruta descrita por el veneciano Marco Polo se hacía con caravanas de camellos, esta usa los camiones de las mafias. Los narcotraficantes siguen dos rutas diferentes para hacer llegar la heroína a Europa. La primera, más rápida pero quizá más peligrosa, lleva la heroína por Irán (que ha perdido unos 3.000 guardas fronterizos en las luchas con los narcotraficantes en los últimos 10 años, pero que castiga con la pena de muerte el narcotráfico) hacia Turquía –pasando por el poco controlado Kurdistán- para acabar entrando en Europa a través de los Balcanes. El segundo itinerario, más largo pero más seguro, pasa por las permeables fronteras tayicas, donde durante 2002 se han producido constantes incidentes entre las tropas rusas destacadas en Tayikistán, pasando por Kirguistán (se calcula que este país tiene unos 50.000 adictos a la heroína, la mitad de ellos oficialmente contagiados por el virus del sida) hacia la inmensa y deshabitada estepa kazaja, de donde se dirigirá a Europa atravesando el Cáucaso, Ucraina y Europa del Este. Todos estos trayectos están repletos de funcionarios corruptos que hacen la vista gorda ante el ir y venir de camiones, mafias y una infrastructura montada exclusivamente para este fin.


Cronologia año  2002
10 de enero. Los prisioneros taliban y miembros de Al-Qaeda son transportados a la base norteamericana de Guantánamo (Cuba).

16 de enero. El Gobierno Interino de Afganistán prohíbe la plantación de opio.

18 de enero. El presidente interino Hamid Karzai realiza su primer viaje al exterior (Arabia Saudí).

22 de enero. La Conferencia de países Donantes acuerda ayudas con valor de 4.500 millones de euros.

25 de enero. El secretario general de la ONU, Kofi Annan, visita Kabul.

27 de enero. Gira de Karzai por EE.UU. y Gran Bretaña.

14 de febrero. Peregrinos a la Meca matan al ministro interino de Transportes y Comunicación.

18 de abril. El ex rey afgano Mohamed Zahir Shah vuelve al país tras 23 años de exilio.

28 de mayo. El Banco Asiático del Desarrollo aprueba ayudas de 500 millones de dólares para la reconstrucción.

13 de junio. Hamid Karzai elegido presidente de Afganistán por 2 años en la Loya Yirga.

6 de julio. Asesinado en Kabul el vicepresidente afgano, Hagi Abdul Qadir.

5 de septiembre. Hamid Karzai sale ileso de un tiroteo en Kandahar.

4 de octubre. El Banco Asiático del Desarrollo hace una donación de 15 millones de euros.

19 de noviembre. China cancela la deuda de Afganistán con la República Popular.

2 de diciembre. La conferencia de Peterberg (Alemania) acuerda un ejército de 70.000 efectivos.

 


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