Anuario 2002
Kenia
"La sucesión de Moi"
Josep M. Villagrasa

El 27 de diciembre del 2003 ya ha pasado a formar parte de la historia de Kenia. La victoria de la Alianza Nacional Africana del Arco Iris en las elecciones presidenciales cierra definitivamente los 24 años de presidencia de Daniel Arap Moi y supone el primer cambio de partido de gobierno desde la independencia del país. EL nuevo presidente, Mwai Kibaki, ha tenido que recorrer un largo camino hasta llegar al poder. Su victoria pero tiene mucho que ver con las tensiones nacidas en la Unión Nacional Africana de Kenia (KANU) por la sucesión de Moi.
Finales de julio. La vida política en Kenia está más viva que nunca. Todos saben desde hace cuatro años que el 2002 será el último año de Daniel Arap Moi como presidente. Los partidos de la oposición, derrotados en los dos últimos comicios multipartidistas, convocan ruedas de prensa continuas para presentar nuevas propuestas y coaliciones y, de paso, hacerse un pequeño hueco en los medios de comunicación, acaparados por el poder gubernamental. Moi no se preocupa. En los dos únicos comicios multipartidistas que ha habido hasta el momento, el partido de gobierno, la Unión Nacional Africana de Kenia (KANU), ha conseguido renovar su poder gracias a un sistema electoral que le es propicio combinado con rudimentarias técnicas de manipulación de votos y de extorsión. Si esto no fuera suficiente, el 18 de marzo el segundo partido más importante de la oposición, el Partido Nacional Democrático (NDP), liderado por Raila Odinga, se fusionó con KANU. Con este movimiento el partido gobernante consiguió el apoyo masivo de la importante comunidad Luo del país, etnia a la cual pertenece Odinga, y se distanció definitivamente del otro gran rival político, la Alianza Nacional de Kenia (NAK). La oposición hace tiempo que parece estar anulada.
La atención del país, sin embargo, no se desvía de la política. Moi aún no ha designado a un candidato a la sucesión dentro de KANU y esto, en julio, a seis meses de las elecciones, preocupa a todo el ejecutivo del partido. Todos los ministros se creen con posibilidades y aprovechan cualquier acto público para hacer su propuesta de futuro. La campaña electoral va subiendo de tono hasta que Moi finalmente se posiciona. No lo hará en un acto solemne. Aprovechará un discurso en un acto institucional rutinario donde le acompaña la mayor parte del Ejecutivo para decir que u preferido es Uhuru Keniatta, político inexperto e hijo del anterior presidente del país, Jomo Keniatta. Uhuru se levantará y saludará mientras el resto de ministros aplauden. No es una designación formal y todos parecen aceptar las preferencias de Moi pero la declaración de intenciones abrirá la caja de Pandora definitiva dentro de la política keniana. Muchos de los viejos dinosaurios del partido no perdonaran la última y más importante decisión de Moi.
El nombre de Uhuru Keniatta ya estaba entre el de los principales candidatos desde inicios de año. Presente en la política desde 1999, cuando Moi le llamó para que se hiciera cargo de la cartera de Turismo, Uhuru, de 42 años, se había hecho un lugar en el partido liderando el grupo de los “jóvenes turcos”, el sector más joven del Ejecutivo. Ser hijo del mítico presidente Jommo Keniatta, fundador del KANU y máximo líder en la independencia del país, era una carta que siempre había jugado a su favor. Aún y así, los dinosaurios del partido nunca le habían temido como contrincante dada su inexperiencia. Su nombramiento, sin embargo, ha remarcado desde julio la peor de las hipótesis. Con la designación de Uhuru Keniatta, Moi sitúa como sucesor el hombre de paja perfecto para seguir gobernando desde la sombra. Cuando Jommo Keniatta designó a Moi como sucesor hace 24 años este contrajo una deuda con su familia que ha ido saldando durante su mandato con múltiples favores. Designar al hijo de Keniatta es una forma para terminar de pagar la deuda y hacer que el joven Uhuru contraiga otra con él si llega a presidente. Acostumbrado a controlar todos los hilos del poder, incluso después del establecimiento del multipartidismo, Moi toma esta decisión sin prever grandes consecuencias. Hasta el momento, Moi ha anulado la oposición con una política de mano dura y no ha dudado en eliminar (a veces explícitamente) a todo aquél que pretendiera llevarle la contraria dentro de sus propias filas. Lo que no se imaginaba el presidente es que su último gran fichaje, Raila Odinga, seria el primer hombre que pondría a KANU las cosas difíciles.
Raila Odinga, una vez fusionado el NDP con el partido del Gobierno en marzo, adquiere el cargo de secretario general de KANU y se convierte en uno de los más serios aspirantes a la sucesión. Hijo de Oginga Odinga, exvicepresidente y uno de los hombres más perseguidos por KANU desde que fue expulsado del partido el 1971, Raila se sitúa en el termino intermedio entre lo que representa Uhuru Keniatta y los dinosaurios del partido. Evoluciona dentro de la política desde fuera del partido gubernamental y su incorporación al mismo no es sino un intercambio de intereses con Moi. Raila Odinga quiere el poder y Moi necesita el voto de la comunidad Luo que él representa. El acuerdo de marzo, además, parece estudiado por Odinga como el ascenso directo hacia la presidencia. En ese momento los dos principales candidatos dentro del partido son el joven y inexperto Uhuru Keniatta y el vicepresidente, y fiel seguidor de Moi, George Saitoti. Los dos son rivales fáciles de superar. Aún y así, en julio estos planes se romperán. Odinga, seguramente desilusionada, se mantendrá en silencio. Por lo que hace al vicepresidente, George Saitoti, no esperará tanto. Cansado del servilismo será el primero en bajarse del barco de KANU después del nombramiento de Keniatta. El 30 de agosto, coincidiendo con la vuelta del presidente de un viaje oficial a los Estados Unidos, retira la confianza al presidente y abandona el cargo. Moi, por su lado, reafirmará su decisión y volverá a recalcar públicamente su fe ciega en Uhuru.
Finalmente, en octubre explotará la bomba dentro de KANU. El 13 de octubre, dos días antes de la confirmación oficial de Uhuru Keniatta, Raila Odinga dará la sorpresa y abandonará su cargo como secretario general de la formación y como ministro de Energía. Tres ministros más le seguirán. Odinga y sus seguidores declararan públicamente que han perdido la confianza en Moi por su favoritismo hacia Keniatta. El presidente Moi no se dejará amedrentar y, como esperaba, en la votación del día 15, a mano alzada, nadie dentro de KANU se atreverá a llevarle la contraria y Keniatta saldrá oficialmente nombrado como candidato. La oposición, anestesiada hasta ese momento por la presión del partido oficial, despertará en medio de la crisis del gran rival. El 14 de octubre, el principal partido de la oposición, el NAK, una coalición de partidos, unirá nuevos socios dentro de sus filas y formará el que tendrá que ser el principal rival de KANU en las elecciones presidenciales: La Coalición Nacional Africana del Arco Iris (NARC).
La nueva formación tendrá tres ejes claves: el ya citado NAK, liderado por Mwai Kibaki, presente en la política desde 1969 y vicepresidente de Moi durante 10 años; Raila Odinga, que se une a la coalición junto con su partido, el NDP, y Simeone Nyachae, antiguo ministro de finanzas y líder del Forum para la Restauración de la Democracia del Pueblo (FORD-people). Nyachae, aunque es el promotor de la Coalición Arco Iris, será el primero en irse, ya que no puede ejercer el poder absoluto. Así, Mwai Kibaki mantiene la posición de líder que ya tenía en la primigenia formación NAK y se establecerá como el oponente de Uhuru Keniatta para las elecciones. El NARC, además, se establecerá como un rival a tener en cuenta para KANU ya que unifica el elemento primordial de la política africana: las tribus. Mwai Kibaki forma parte, como Uhuru Keniatta, de la etnia más importante del país: los kikuyus. El voto de lo elevó hasta la poco útil posición de líder de la oposición en las elecciones de 1992 y 1997. Además, el clan Keniatta ha perdido la fuerza que había tenido dentro de los kikuyus cuando Jommo Keniatta estaba en el poder, hecho que, unido al maltrato al que ha sometido Moi a la tribu, puede decantar el voto kikuyu hacia Kibaki. Por otro lado, también habrá el voto de la etnia Luo, una de las más importantes en el este del país, con la presencia de Raila Odinga y Wamalwa (uno de los líderes del NAK). Finalmente, cuentan con el apoyo de la comunidad Camba, una de las tribus más importantes en el centro de Kenia, a través de Charity Ngilu (también del NAK).
Teniendo en cuneta todas estas circunstancias, la Coalición del Arco Iris no tendría que tener ningún problema para vencer a Uhuru Keniatta. Se podría definir como el choque entre la inexperiencia de un líder joven impuesto por el Gobierno contra un grupo de viejos dinosaurio que, desplazados hacia la oposición, han unido parte importante de las diferentes comunidades del país para hacerse con el poder. Pero este sería un análisis que perdería un elemento fundamental: Daniel Arap Moi. El actual presidente ha utilizado durante los últimos meses el poder para volver a poner en marcha la maquinaria que ha mantenido a KANU al frente de la política keniana. El primer paso hacia la consolidación de este objetivo ha sido situar las elecciones en una fecha nefasta para la oposición: el 27 de diciembre, justo después de Navidad. Eso implica que gran parte de la comunidad cristiana de las ciudades (la mayoría), lugar donde tiene más fuerza la oposición, estarán en sus pueblos celebrando las fiestas con su familia y no podrán participar en la elección. A este contratiempo se le une la fuerza que mantiene KANU en las zonas más marginales del país, las conocidas como ASAL (Arid and Semi-Arid Lands), y que significa parte importante de la victoria del partido en las elecciones del 1992 y 1997. La oposición, limitada por los presupuestos, normalmente solo hace campaña en los pueblos y ciudades importantes, sin capacidad de llegar a los ASAL. Además, KANU mantiene el régimen dictatorial en estas áreas y utiliza el aparato administrativo para sobornar y intimidar los votantes. Finalmente, el paso más importante de Daniel Arap Moi para tener ventaja en las elecciones ha sido frenar el proceso de reforma constitucional que empezó el 2001. Con este movimiento KANU consigue mantener un sistema electoral por circunscripciones que ya le ha llevado hasta el gobierno dos veces, todo y haber conseguido muchos menos votos que la oposición.
El 27 de diciembre, sin embargo, pasará lo más impensable en un país con el historial político de Kenia. Las turbulentas jornadas electorales de 1992 y 1997 se verán contrastadas por unos comicios sin incidentes relevantes. La única denuncia remarcable vendrá de la mano del NARC en referencia a determinadas irregularidades en el censo electoral que pueden perjudicar la coalición. Los primeros resultados desestimarán estas denuncias y, finalmente, el NARC se impondrá con una amplia mayoría de un 60 por ciento de los votos por encima de KANU, con tan solo el 30 por ciento. El comunicado de Uhuru Keniatta, el 29 de diciembre, aceptando los resultados electorales desestimará definitivamente una posible resistencia de KANU a abandonar el poder. Moi, en definitiva, al final no ha conseguido situar a su sucesor. Esto no conlleva que Moi no se haya asegurado las condiciones para una lujosa y tranquila jubilación. La formación KANU, por su lado, empieza a partir del 2002 la difícil tarea de aprender a hacer oposición.


Un día de clase en Mbaani

La bandera de la república de Kenia se alza por enzima de los techos de Uralita y chapa de la escuela primaria de Mbaani, un pueblecito a unos 70 kilómetros de Nairobi. Los niños, de 6 a 14 años, se sitúan junto a sus compañeros de clase en formación militar en medio del patio mirando hacia su enseña y a una sola voz empiezan a cantar el himno nacional. Sus uniformes, blancos y azules, muestran las heridas de mil batallas en el patio escolar. Como los soldados de este país africano, para muchos de estos niños el uniforme representa el único objeto de valor que realmente les pertenece y les da cierta personalidad. Forman parte del ejercito de escolares de Kenia y cantan con orgullo su himno sabiéndose seguros dentro de este estatus. En un continente donde la paz de un país vale su peso en oro (o en diamantes, o en petróleo...) el pequeño cuerpo de un niño muchas veces se salta el banco y azul de los uniformes escolares para cubrirse del verde oscuro y terrible de la ropa militar. Levantarse a las siete de la mañana, andar un kilómetro y medio descalzo hacia la escuela y tener que aguantar los formalismos educativos son un pequeño precio a pagar en comparación a perder la inocencia con tan solo siete años. Aunque no el único. Acabada la última estrofa el director del colegio, Mister Mayuya, sale de la hilera del profesorado y sacando un listado de su carpeta empieza a recitar nombres. Los alumnos aludidos abandonan la formación y en riguroso silencio empiezan a crear un nuevo batallón. No hace falta que nadie les diga por qué se les llama. El ritual, muy común durante los últimos meses del curso, se repite día tras día. Cuando el director acaba el recital y el batallón ya está en formación pasa revista. Todos los niños del grupo deben aún una parte o el total de la cuota trimestral del colegio. El centro de Mbaani es público y, como tal, el gobierno cubre la construcción de cuatro barracones y paga la mensualidad de los profesores. El resto de los ingresos, para comprar material, ampliar instalaciones, comparar comida... se consigue a partir de la tasa escolar, normalmente de unos 8.000 shellings trimestrales (unos 110 euros). Los niños del batallón de morosos, cada día lo ocupan las mismas caras, se mantienen quietos y en silencio delante el paso del director. Mister Mayuya no se inmuta delante la actitud de los alumnos pues la sorpresa siempre surge cuando, muy de vez en cuando, alguno de ellos abandona la hilera para pagar una parte de la deuda. Son hijos de las familias con menos recursos del pueblo y, teniendo en cuenta que el salario medio en un pueblo keniano es de unos 10.000 shellings mensuales y cada familia tiene de promedio unos cinco hijos, que sus padres hayan pagado hasta el momento la tasa demuestra un esfuerzo impresionante. Aún y así, acabada la revisión no habrá concesiones. El director se aleja de los alumnos y un profesor llama al trabajo. Todo el ejército se disuelve en cuestión de segundos y la rigidez militar deja paso a carreras infantiles para ver quién llega antes a clase. El batallón de morosos observa inmóvil el paso de sus compañeros. Finalmente, cuando solo quedan ellos debajo de la bandera, deshacen el camino hacia casa mientras la voz de los maestros detrás de ellos empieza a recitar la primera lección del día. Sus caras no reflejan humillación o tristeza, este día lo dedicaran a ayudar en casa y mañana lo volverán a intentar. 3 pueblos en 10 metros cuadrados La escena se desenvuelve delante los ojos de Scholastica, la profesora encargada hoy de constatar la expulsión temporal de los alumnos que no han pagado religiosamente. Una vez desparecida la última de las pequeñas figuras entre la maleza del camino la profesora se adentra en su aula, en este caso la de los niños de 6 y 7 años, los más pequeños de la escuela. Hace 32 años que ejerce como profesora en Mbaani pero aún guarda la sensación que nunca asumirá este ritual matutino. Sabe que no siempre ha sido así y que durante el curso la escuela ha hecho la vista gorda a los impagos de los alumnos, sabe lo que cuesta que los niños de un pequeño pueblo aprendan la utilidad de la escuela... Pero también sabe que estas pantomimas son absolutamente necesarias para que el centro siga existiendo. Tampoco puede entristecerse demasiado, 54 alumnos están esperándola dentro de la clase para empezar seis largas y agotadoras horas de estudio. Empiezan con matemáticas. Algunos de los niños se distraen durante los primeros minutos mirando hacia fuera. La habitación cobra tintes de celda al contrastar su triste penumbra con la radiante luz de la mañana africana que se escabulle entre las rejas de las ventanas. Pero solo será una sensación pasajera. La experiencia acumulada de Scholastica le ha servido para crear las técnicas más inverosímiles para despertar la atención de sus alumnos. Apunta el primer problema en la pizarra y llama a la competición. Los alumnos calculan rápido y saltan en masa alzando las manos para poder responder. Todos quieren que su pueblo quede campeón de la actual sesión de mates. ¿Pueblo? Pues sí. Dentro de una habitación de solo 10 metros cuadrados la profesora ha creado tres grupos de pupitres separados, cada uno representando un pueblo diferente. Los pupitres, ya de por sí puzzles de diferentes maderas, se funden entre ellos para acoger a una multitud de cuerpos apretados pero con una sonrisa en la boca, conscientes que la falta de espacio no es sino otro símbolo de la unión de su tribu. Comparten libros de texto (cuando los hay), lápices de un centímetro y trozos de papel grises a fuerza de utilizarlos. Saben que el más rápido en resolver el problema será coronado jefe de la tribu a la cual pertenece. Tampoco no les importa demasiado mientras sepan que pueden contar con sus compañeros. La competición entre los tres pueblos o los miembros de una misma tribu da alas a las clases pero nunca crea enemistades. ¿Cuánto puede valer un billete? Los alumnos de Scholastica respiran tranquilos al empezar la segunda materia del día. Les toca lengua kisuahilí, la única clase que no hacen en inglés y, por lo tanto, que entienden mejor. Sin embargo, los chicos y chicas de tercer curso tienen una actitud bien distinta y se preparan a conciencia para empezar la clase de matemáticas con Mister Kariuki. Éste es el profesor más joven de la escuela, característica que nunca ha jugado en su contra para que sea menos respetado por los alumnos. Solo entrar por la puerta y todos se levantan, hacen el saludo de rigor y vuelven a sentarse dispuestos a escuchar desde el primer instante. Kariuki sabe que en tercer grado, con niños de diez años, ya ha de empezar a impartir enseñanzas aplicables a la vida diaria de sus alumnos por lo que ha preparado una lección muy especial, van a conocer su propia moneda, el shelling. Entra en la clase con una caja de cartón negra de la que saca un billete de 500 shellings. Un grito de sorpresa se escapa de la boca de todos los alumnos y el profesor desaparece. Los ojos de los niños solo pueden ver un trozo de papel moneda tan verde, tan precioso y... bueno, tan desconocido. Ver tal cantidad de dinero comprimida en un simple billete hace que todos se olviden de las matemáticas, de la escuela, de Mbaani y utilicen toda su energía para imaginar qué podrían llegar a hacer con esa pequeña fortuna. La expectación no sorprende al profesor. Sabe que no es una reacción infantil y que, en un ambiente donde la pobreza es el estatus social general, cuando los niños expliquen esta clase a sus padres la sola referencia del dinero hará que también los adultos sueñen con riquezas inabarcables. No hace falta decir que el resto de la sesión será un paraíso para este grupo de alumnos. Unos pocos privilegiados serán escogidos por el profesor para extraer más billetes de la caja... 200, 100, 50 shellings... Todos provocarán las mismas miradas iluminadas. Descanso y reflexión A las diez y media llega la hora del descanso. Mister Kariuki se dirige a la habitación que los profesores utilizan como sala de descanso y almacén y esconde la caja negra con los preciados billetes. Él y la profesora Scholastica llegan con una sonrisa. Ha sido un día tranquilo y siempre da más placer enseñar en cursos inferiores. No pueden decir lo mismo el director Mayuya y Mister Muthiani. Ellos se encargan de impartir clases a los chicos y chicas de 11 a 14 años, edades donde se dan los mayores problemas. Se sientan en viejos a tomar el té con leche y conversar sobre los problemas con sus respectivos alumnos. Todos están enterados que en el último curso, donde imparte clases el director, hay una chica de 14 años embarazada. No es un problema nuevo, han llegado a tener hasta cinco chicas en estado en el colegio, pero siempre es preocupante como esto puede afectar al ambiente escolar y, sobre todo, al destino de la futura niña-madre. Ella, como muchas otras, al desarrollar el cuerpo de mujer se convirtió en objeto de deseo de los chicos más grandes del pueblo. Si no hay una vigilancia o una educación sexual solo es cuestión de tiempo para que, durante un fin de semana o unas vacaciones, un inocente juego sexual con algún chico rompa la juventud de la chica para siempre. Eso sin tener en cuenta que el embrazo no sea producto de un abuso sexual. Los profesores lo saben e intentan evitar que los chicos se burlen de la desgracia de su compañera. No pueden hacer mucho más. Cualquier intento de impartir clases de educación sexual en las escuelas es abortado por los sectores conservadores del gobierno o bien por alguna de las Iglesias con presencia en el país. Además, aunque se las dejasen hacer, ¿Qué enseñarían? A parte del problema de las niñas-madre también tienen el del SIDA y ambos se les escapan de las manos. Por lo que respeta al virus del SIDA actualmente les está afectando tanto en el ámbito de alumnos como en el de los profesores. Kenia pierde cada día cuatro profesores por culpa de esta enfermedad. El problema no ha llegado a este punto en Mbaani pero todas las familias del pueblo ya han perdido algún miembro víctima del virus. Un niño que pierde a sus padres no tiene quien le pague la escuela y, por lo tanto, deja los estudios. Eso cuando el propio niño no está afectado y también muere. Pero los profesores no saben que hacer. Los anticonceptivos son entendidos por los mismos profesores como un ataque hacia la virilidad masculina. Del SIDA, además, solo conocen las estadísticas. Nada más. Es un fantasma que se abre paso afectando incluso a los niños y contra el que es inútil luchar. ¿Quién puede ganar a un fantasma? Las tazas de te se han vaciado. Mister Kariuki y la profesora Scholastica han perdido la sonrisa que lucían al inicio del descanso y salen de la sala de profesores con la mirada perdida, como sus compañeros. Unos y otros pasan por debajo de la bandera de Kenia para dirigirse a sus respectivas clases mientras los alumnos, advirtiendo la presencia de los profesores, corren para volver a las aulas. Los instantes solemnes de la mañana ya han pasado y la letra del himno nacional resuena lejos dentro la mente de los profesores. En comparación con otros países de África, Kenia tiene una educación más que aceptable, pero ¿Esto tiene mérito cuando te comparas con el infierno?

La eterna reforma constitucional

Una de las realidades más asumidas por la población keniana sobre su vida política y institucional es la corrupción. Justamente por eso, cuando el Gobierno cedió definitivamente a las presiones internas y externas y convocó las primeras elecciones multipartidistas desde la independencia del país nadie se fiara. Se crearon partidos políticos, se hicieron manifestaciones, pero todo el mundo sabía que el presidente Daniel Arap Moi acabaría ganado ese round como lo había hecho con los anteriores. En las elecciones del 1997 pasó exactamente lo mismo y, finalmente, cuando el 2001 el Gobierno informó de la creación de una Comisión para la Revisión de la Constitución en Kenia (CKRC) a la gente se le metió el miedo en el cuerpo. Una de las pocas reformas democráticas incuestionables introducidas el 1992 había sido el establecimiento de un máximo de dos mandatos de cinco años por presidente. Moi los había agotado ganando el 1992 y el 1997, lo que hacía sospechar que la nueva comisión era solo un intento del Ejecutivo para poder poner una vez más al eterno presidente en el poder. Aún y así, el grupo Ufungamano, integrado por la oposición y representantes de la sociedad civil para exigir una reforma constitucional, acepto unirse a la CKRC como un mal menor. La decisión, con el tiempo, ha acabado dando sus frutos. El partido gubernamental KANU había puesto al frente de la comisión al ideólogo de la reforma, Yash Pal Ghai, confiando que favorecería sus intereses. Sin embargo, con la introducción d’Ufungamano dentro del órgano reformador los hechos tomaron un rumbo absolutamente diferente. De una reforma destinada a eternizar la presencia de Moi en el poder se pasó a un borrador constitucional que limitaba los poderes presidenciales. KANU, además, luciendo una falta de previsión admirable, aceptó apoyar el mayo del 2002 un paquete de reformas del sistema electoral que se introduciría en la nueva Constitución. Estas reformas iban directamente dirigidas a terminar con el sistema electoral por circunscripciones uninominales que había favorecido al partido de gobierno en las dos últimas elecciones. Cabe especificar que KANU firmó los acuerdos pensando en la creación de un nuevo cargo, el de primer ministro, que podría ser ejercido por Moi. Así se respetaba el principio de las dos legislaturas y el eterno presidente no abandonaba los órganos del poder. Sin embargo, el cargo se convertía cada vez más en algo simbólico, dejando el poder en manos del Ejecutivo y el Parlamento. La nueva Constitución planteaba un nuevo marco con dos cámaras, un gabinete formado por 15 miembros y la posibilidad del “impeachment” (moción de censura) al primer ministro. Este poder, mucho más descentralizado que el sistema actual, venía reforzado por el nuevo sistema electoral basado en la introducción de la representatividad. Así, los escaños no se conseguirían según las circunscripciones uninominales ganadas (como en el sistema inglés) si no que se pasaba a la introducción de un determinado número de escaños por partido según su porcentaje de voto. Teniendo en cuenta que KANU, gracias al sistema vigente, con un 39 por ciento de los votos el 1997 se había hecho con 107 de las 210 circunscripciones del país, manteniendo la mayoría, el nuevo sistema los perjudicaba enormemente. La reforma impulsada por el Gobierno se giraba en su contra y podía ocasionar una perdida casi absoluta del poder para KANU. El Gobierno, consciente después de los acuerdos electorales de mayo de su situación, decide actuar. El buen ritmo de la CKRC hasta el momento se frenaba para posponer la aprobación de la nueva Constitución hasta el octubre. La nueva fecha afectaba también a las elecciones previstas para diciembre y se entraba en un callejón sin salida: o se posponían las elecciones o la reforma constitucional no se aprobaba hasta después de las mismas. Ninguna de las dos posibilidades atraía al Gobierno de Moi y, finalmente, llegado octubre se decidieron por crear la vía más favorable a sus intereses. KANU, después de unas vacaciones de invierno (verano en Europa) suficientemente conflictivas debido a la designación de Uhuru Keniatta como nuevo candidato del partido, había de crear unas condiciones tan favorables como fuera posible para ganar las elecciones. Así, el partido gubernamental se justifica diciendo que no quiere una Constitución precipitada y se niega a firmar las resoluciones de octubre de la comisión constitucional sin un requisito básico: la nueva Carta Magna no verá la luz hasta después de las elecciones. La CKRC no tiene otra opción que aceptar. La nueva Constitución pasa a convertirse en un punto más dentro de los programas electorales de los partidos. Los dos principales candidatos a la presidencia, Uhuru Keniatta (por KANU) y Mwai Kibaki (por la Coalición Nacional Africana del Arco Iris, NARC), han prometido una nueva Constitución después de los comicios. La promesa sorprende por su realismo ya que los dos lideres presuponen que el pueblo no confía en ver la nueva Carta Magna. Kibaki ha prometido tener una nueva Constitución en 100 días si gana, mientras Keniatta, mucho menos concreto, ha dicho que se necesitarán unos seis meses después de las elecciones para prepararlo todo. Mientras tanto, la expectativa, sea cual sea el ganador, se mantiene en cual será la resolución que finalmente se consolidará después de los comicios. Los más pesimistas afirman que se seguirá el modelo de Zambia, donde el actual presidente, Frederick Chiluba, ganó unas elecciones a inicios de los 90 encabezando una plataforma reformista y diez años después sigue sin una nueva Constitución. Por lo que respeta a los optimistas no pierden la esperanza en los nuevos lideres y afirman que también se puede seguir el ejemplo de Nelson Mandela en Sudáfrica quien, después de ganar las elecciones, acabó definitivamente con el “apartheid” sin establecer reformas revanchistas. Quizás la respuesta a estas dos visiones está en delimitar si el sistema keniano está más cerca de Zambia o de Sudáfrica.

Terror electoral

El terror sobrevuela el 27 de diciembre del 2002, jornada electoral. Kenia, hasta el momento, sólo ha celebrado dos elecciones multipartidistas que han establecido un oscuro precedente dentro del imaginario colectivo de la población. Durante el 2002 ha habido dos hechos que han remarcado lo que sucedió en los comicios de 1992 y 1997 y que ayudan a entender el miedo que ha de superar el pueblo keniano para poder ejercer su derecho legítimo a elegir a sus dirigentes. El 9 de agosto del 2002, el periodista y miembro del Parlamento Njehu Gatabaki fue condenado a seis meses de prisión por un reportaje publicado en la revista “Finance” durante la campaña electoral del 1997. Desde ese medio de comunicación, considerado uno de los más independientes respeto al poder omnipotente del partido gubernamental KANU, Gatabaki denunció los disturbios que rodearon los comicios de 1992. Concretamente, denunció los ataques de la etnia kalengi, a la cual pertenece el presidente Daniel Arap Moi, contra la comunidad kikuyu de la ciudad costera de Mombasa. En las diferentes matanzas, según cifras no oficiales, se calcula que murieron cerca de 1.500 kikuyus. El periodista, en este caso, denunciaba la implicación directa del propio presidente y su circulo de poder incitando a la violencia contra los kikuyus. La afirmación, como se puede comprobar por el veredicto, le ha salido relativamente cara. El tribunal le ha acusado de difamación en la persona del presidente Moi y le ha impuesto la pena alegando una condena ejemplar para demostrar al pueblo que ni los miembros del Parlamento se salvan de la mano de la justicia. Considerando que el 1998, aun bajo el régimen unipartidista, Moi puso el sistema judicial bajo su control directo, la lección a extraer de dicha sentencia es significativamente diferente. Uno de los mayores contratiempos de Gatabaki para corroborar las afirmaciones de su articulo fue la falta de documentos oficiales que respaldasen su afirmación. Estos no existían dada la inoperancia del aparato gubernamental a la hora de investigar los hechos de 1992. Sin embargo, el informe del grupo norteamericano Human Right Watch “Jugando con fuego: la proliferación de armas, la violencia política y los derechos humanos en Kenia”, presentado el 31 de mayo del 2002, da un respaldo moral a las afirmaciones de Gatabaki. Aunque no se refiere a los mismos incidentes, este documento denuncia la relación directa del Gobierno con los grupos armados que incentivaron los conflictos étnicos alrededor de las elecciones de 1997. Los altercados descritos tuvieron lugar, como los de 1992, en la provincia de Mombasa, y murieron más de 100 personas y 100.000 personas fueron desplazadas a la fuerza para impedir su derecho a voto. Además, el grupo de investigación determinó que desde las elecciones de 1992 ha habido más de 400.000 desplazados como resultado de la violencia política. Al mismo tiempo, los investigadores consiguieron declaraciones exclusivas para estos informe provenientes de los mismos implicados en la masacre. Los agresores admitieron haber sido impulsados por el partido gubernamental KANU a atacar los otros grupos étnicos de la zona. También aceptaron que el Gobierno les había facilitado armas y medios para organizarse. Anteriormente, la misma comisión encendió el 1998 una investigación para la violencia política desde 1991. Después de meses de recoger testimonios dirigió un informe directo al presidente Moi en agosto de 1999. En este caso el Gobierno se negó a hacerlo público. Sin embargo, la insistencia de la organización americana ha terminado recogiendo sus frutos en octubre del 2002. En julio del 1998 el presidente Moi creó una comisión judicial para confirmar las denuncias americanas pero nunca hizo público el documento resultante. Cuatro años después un tribunal ha obligado a publicar los resultados viéndose que el mismo documento de las instituciones kenianas recomienda la investigación del ministro de turismo, Nicholas Biwott, y de Defensa, Julius Sunkuli. Este progreso, sin embargo, se ha visto frenado por la intervención del propio fiscal general del Estado, Amos Wako, que ha calificado de irregulares las conclusiones de la propia administraciones de justicia. Por lo que se refiere a las elecciones de diciembre de 2002, se teme que estos incidentes se repitan una vez más. Además, es probable un aumento de la virulencia de los mismos dada la debilidad del partido gubernamental KANU después de la retirada del presidente Moi. Como punto positivo encontramos que el nuevo candidato del partido, Uhuru Keniatta, es kikuyu y por lo tanto esta comunidad, una de las más afectadas por los conflictos descritos, se puede salvar esta vez de los ataques de los partidarios de KANU. Sin embargo, aún permanece el poder casi omnipotente del hasta ahora partido gubernamental en las zonas más marginales del país, hecho que podría llevar al Gobierno a promover una política de especial mano dura para la población de estas zonas.

La escuela de los niños embrujados

Los niños embrujados Ben Kithua es uno de los muchos profesores empleados en las escuelas primarias del Gobierno de Kenia. Su destino es el centro elemental de Mitaboni, una tranquila población a unos setenta kilómetros de la capital del país, Nairobi. Vestido con un traje viejo de profesor respetable, Kithua esconde sus cuarenta y tantos años detrás de una afable sonrisa que aclara a todo aquel que quiera dudarlo que el oficio de profesor es mejor de lo que parece. Quizás porque Kithua tampoco dedica toda la semana a hacer de profesor, quizás porque ha encontrado un nuevo significado a esta profesión. Kithua dedica tres de los cinco días lectivos de la semana a atender a sus alumnos. Los otros dos deja las aulas para coger el “matatu”, el curioso transporte público keniano, para visitar todos los pueblos de la zona de Machakos donde se encuentra ubicada la escuela. Su función durante esas dos jornadas será el primer paso de una larga cadena dedicada a luchar contra las supersticiones y recuperar la dignidad de la infancia. El profesor se convierte durante unas horas en detective y hurgará por pueblos y comunidades hasta descubrir nuevos casos de lo que podríamos denominar como niños “embrujados”. Son niños con diferentes tipos de discapacidad mental que permanecen escondidos de la enseñanza pública por una mezcla de creencias tradicionales, ignorancia cultural y miedo social. Los padres, al darse cuenta que su hijo no es como los demás, sólo lo pueden atribuir a un motivo: la magia. Algún enemigo secreto les ha lanzado un hechizo que marcará a su hijo de por vida. Los médicos del hospital seguramente intentarán por todos los medios hacer comprender a los padres que su hijo sufre una enfermedad pero después del parto estos no volverán más a un hospital, que les cuesta dinero y es incapaz de solucionar hechizos. Así, el pequeño dejará su condición de ser humano en la cuna para convertirse en una maldición y una desgracia que esconder de los vecinos. Solo la intervención de alguien como el profesor Ben Kithua podrá deshacer este circulo maldito creado por la superstición. Kithua, una vez localizado un niño “embrujado” irá a casa de sus padres e intentará razonar con ellos para que acepten llevarlo a la Unidad Especial de la Escuela Primaria de Mitaboni. Este centro, creado como otros a iniciativa del propio equipo docente, funciona como un internado donde se lucha con medios inexistentes para recuperar la dignidad de los niños “embrujados” y volverlos a convertir en personas aptas para incorporarse a la vida. El problema radica en que cuando Kithua llega a casa de los niños, estos están normalmente abandonados a su suerte por la propia familia. El pequeño es asimilado muchas veces como algo parecido a un animal al que se ha de dar de comer pero por el que cualquier cuidado mayor es un desperdicio de tiempo y dinero. Así, en medio de un entorno ya de por sí pobre, el niño normalmente aparece sucio, mal alimentado y con un nivel de educación absolutamente precario. Entonces Kithua ha de hacer lo imposible para convencer a los padres de que su hijo puede superar sus limitaciones para vivir con cierta normalidad. Lo difícil, sin embargo, es que para conseguirlo hace falta internarlo en la escuela y eso cuesta 4.000 chelines al trimestre (unos 57 euros). Para una familia keniana tal cantidad supone un esfuerzo económico importante y los padres pocas veces comprenden la utilidad de dar educación a un niño tocado por una maldición. Para ellos el estado de su hijo ya es irremediable y la escuela no lo cambiará. Cuando se llega a esta encrucijada Kithua no tiene más remedio que recurrir a argumentos mucho menos dignos y seducir a los padres con el aliciente que será la escuela quien se encargue absolutamente del pequeño durante todo el curso. Si después de varias visitas del profesor aceptan, Kithua ese día acabará su trabajo con la satisfacción de tener un niño más al que pueden “desembrujar”. La Unidad especial La unidad especial es un edificio apartado por un descampado del resto de aulas de la escuela primaria de Mitaboni. Un dormitorio con precarias literas y una pequeña aula conforman la nueva casa de los niños “embrujados”. La cocina y el lavadero se encuentran al aire libre, al igual que el improvisado comedor consistente básicamente en un trozo de descampado debajo la amable sombra de un almendro. Los 22 niños actualmente alojados en el centro tienen una nueva familia compuesta por sus maestras, la directora Muthuku, Doris Wasike y el citado profesor Kithua. Además, también hay la cocinera para las dos comidas diarias y el director general de la escuela, Gregory Mutua, quien controla el funcionamiento de la unidad especial. Los tres profesores destinados a la unidad especial no tienen una formación diferente a la del resto de docentes kenianos. Han pasado por la universidad para estudiar Magisterio pero nadie les había enseñado cómo se debe instruir a niños con discapacidades mentales concretas. Desde la creación de la unidad especial, hace aproximadamente diez años, han aprendido a fuerza de instinto, esfuerzo e innovación. Lo primero, cuando llega un niño nuevo a la escuela, es darle unos hábitos de conducta para que aprenda a cuidar de sí mismo. Así, el niño, hasta entonces sucio y desaliñado en su propia casa, aprende a lavarse, hacerse la colada y ayudar en las tareas que requiere la vida en la escuela. Un primer paso fundamental para demostrar que ningún embrujo puede con la fuerza de la voluntad. El siguiente nivel, más complicado, es el educativo. La directora Muthuku, presente en el centro desde su fundación, ha trabajado dividiendo el aula de trabajo en tres niveles diferentes según la evolución de los muchachos. Desgraciadamente, la unidad especial no puede hacer distinciones entre las diferentes discapacidades que se engloban en el aula (autismo, síndrome de down...) por lo que los grupos vienen marcados por el ritmo de aprendizaje. Así, desde un inicio se trabajará para que desde pequeños vayan aprendiendo a fuerza de repetición conceptos básicos como colores, instrumentos de la vida cotidiana y, a ser posible, algunos números y letras. Cuando un alumno supera los tres niveles definitivamente se le envía a participar de algunas de las clases elementales de la escuela primaria, con lo que se ayuda a su inserción social. Aun y así, pocos son los que consiguen llegar a este nivel final. Un alumno al que llamaremos John es el mayor de la escuela, con 22 años, y el único que en el verano del 2002 había conseguido superar el largo descampado que separa la unidad especial de las aulas de primaria. A su edad era perfectamente consciente de su diferencia con sus nuevos compañeros de estudio (de seis a ocho años) pero la felicidad que le embargaba el nuevo destino remarcaba que el trabajo de la escuela había conseguido quitarle el estigma de embrujado. El trabajo continúa El profesor Ben Kithua recuerda uno de los últimos discursos del ex presidente Daniel Arap Moi (24 años en el cargo) en el que remarcaba el trabajo de los centros como los de Mitaboni para la reinserción de los niños discapacitados. Sin embargo, Kithua lamenta que las palabras no vayan acompañadas por hechos. Son pocas las unidades especiales como la de Mitaboni diseminadas por el país y muchas veces son iniciativa del centro estudiantil, por lo que no reciben ayudas especiales. La directora Muthuku destaca, además, que los pagos trimestrales de las familias no suelen ser regulares ya que muchos niños son hijos de otros “embrujados” por lo que su cuidado recae directamente en el centro. Los profesores, al recoger un niño padre de padres discapacitados, ya saben que estos no podrán pagar la escuela. Eso conlleva que la comida, por ejemplo, vaya a cargo de las ayudas eclesiásticas y que no siempre llegue para dar una alimentación completa a los alumnos. La supervivencia del centro, por lo tanto, es un milagro que se renueva solo con la fuerza de voluntad de los profesores. Se les podría preguntar a este equipo de docentes por qué siguen insistiendo en un trabajo tan poco valorado. La respuesta, sin embargo, es sencilla. A los pocos días de llegar los niños recuperan la sonrisa y sus miradas, alejadas en una realidad de infancia perpetua, dan gracias porque alguien vuelva a considerarles personas y no simples maldiciones.


Cronologia año  2002
18 marzo. Fusión del partido gubernamental KANU con el segundo partido más importante de la oposición, el NDP. El líder de la formación, Raila Odinga, es nombrado Secretario General de KANU.

Mayo. Acuerdo entre los principales actores políticos para modificar el sistema electoral en la nueva constitución.

31 mayo. El Grupo estadounidense Human Right Watch presenta un informe con testimonios que señalan el gobierno como instigador de los conflictos étnicos de las elecciones de 1997.

9 agosto. El periodista y miembro del parlamento Njehu Gatabaki es sentenciado a 6 meses de prisión por un reportaje donde denunciaba la implicación del gobierno en las matanzas de Mombasa de las elecciones presidenciales de 1992.

18 septiembre. Mwai Kibaki es elegido como candidato de la Coalición Nacional de Kenia (NAK) para las próximas elecciones presidenciales.

4 octubre. La Comisión para la Revisión de la Constitución en Kenia (CRKC) no puede aprobar el nuevo documento. KANU firma las reformas propuestas con la condición de posponer la aprobación de una nueva Carta Magna hasta después de las elecciones.

13 octubre. El secretario general de KANU y ministro de energía, Raila Odinga, y tres ministros más abandonan la formación del Gobierno a consecuencia de la elección de Uhuru Keniatta como candidato a las próximas elecciones.

14 octubre. Formación de la Coalición Nacional Africana del Arco Iris (NARC) entre el NAK, el NDP y FORD-people

15 octubre. Elección oficial de Uhuru Keniatta como candidato a la presidencia por el partido gubernamental KANU

27 diciembre. El NARC gana las elecciones presidenciales y Mwai Kibaki pasa a ser el tercer presidente del país desde su independencia. KANU acepta la derrota y pasa a la oposición después de 40 años en el poder.


 


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