Anuario 2002
Brasil
"Lula gana las elecciones brasileñas por abrumadora mayoría"
Míriam Nadal

Rojo. El color rojo tiñó las calles de Brasil la noche del 27 de octubre. Rojo, símbolo del Partido de los Trabajadores (PT), el de Luiz Inácio Lula da Silva, el nuevo presidente electo de Brasil.
Con más de 52 millones de votos, con el 61,3% de los sufragios, Lula se ha convertido en la gran esperanza de los brasileños. Y por esto, ya les ha prometido el inicio de una “nueva era” para el país. En las elecciones, derrotó al candidato del oficialista Partido Socialdemócrata brasileño, José Serra. Es el nuevo director de orquesta de un país con dimensiones de continente, con niveles de desarrollo similares a algunas potencias europeas pero con índices de pobreza y desigualdad comparables a los de países del Tercero Mundo.
Nacido en el sertao, el Brasil profundo, el líder del Partido de los Trabajadores ha ganado las elecciones visitando en tres meses noventa y tres ciudades, participando en ciento tres actos, recorriendo en un avión 162.000 kilómetros.
Con su rostro, Lula simboliza la victoria de los obreros, de los débiles, del Brasil de los menos privilegiados.
Obrero metalúrgico de 57 años, Lula fue el fundador del primer sindicato del país y del partido de izquierdas más grande de América Latina, el Partido de los Trabajadores. Y ahora es el primero presidente que asegura encarnar la izquierda desde que el 1970 Salvador Allende ganó las elecciones chilenas como candidato de Unidad Popular.
La llegada de Lula da Silva significa la consolidación de la democracia puesto que será el primero presidente electo desde 1961 que recibirá la banda presidencial de las manos de otro presidente escogido por el pueblo brasileño, Fernando Henrique Cardoso.

Desde la Segunda Guerra Mundial, Brasil ha vivido episodios dramáticos en la presidencia del país. Getulio Vargas se suicidó; Juscelino Kubitschek fue elegido y a causa de su política de grandes inversiones, condujo al país a la inflación y a una situación financiera crítica. Su sucesor, Janio Quadros dimitió siete meses después. Con la rebelión de los uniformados, Joao Goulart instauró una dictadura que duró 21 años.
A pesar de que no fue escogido por el pueblo, Tancredo Neves tenía que ser el primer presidente de la recuperación democrática. Pero Neves murió poco antes de la toma de posesión del cargo. Su “segundo”, José Sarney, asumió la presidencia. El peculiar Cóllor de Mello le sucedió, pero acabó dimitiendo por varios casos de corrupción y el entonces presidente, Itamar Franco, completó los dos años de mandatos que restaban al Partido Socialdemócrata Brasileño.
Cardoso asumió la presidencia de la República brasileña en enero de 1995 y ha sido el primer presidente que no ha vivido ninguna crisis institucional durante su doble mandato (ocho años).

Ahora, tras ser derrotado las tres veces anteriores, Lula da Silva ha logrado llegar al Palacio de Planalto. Dejando de lado las recetas comunistas y populistas, a favor del pragmatismo, y con un mensaje reforzado por la elección del empresario del Partido Liberal José Alencar como vicepresidente, Lula es la esperanza de los brasileños y es visto como una amenaza por algunos organismos internacionales y principalmente por los Estados Unidos.

Las elecciones
Mediante un modernísimo sistema de urnas electrónicas, en qué cada elector tardaba 30 segundos por votar su líder, y en la segunda vuelta, Lula derrotó José Serra, del Partido Socialdemócrata Brasileño, y candidato oficialista, que obtuvo el 38,62% de los sufragios.
Este sistema de voto electrónico se inició en 1996. Una parte importante de los 144 millones de brasileños con derecho a voto, confusos todavía con este sistema, porque muchos de ellos no están familiarizados con el uso de las máquinas y urnas electrónicas, formaron largísimas colas en los colegios. Y es que la participación en estas elecciones ha sido de las más altas de la historia del país.
En la primera vuelta de las elecciones, celebradas el 6 de octubre, Lula da Silva recibió treinta ocho millones de votos. El líder del Partido de los Trabajadores se enfrentó con José Serra, que obtuvo un 24,47% de los sufragios y con dos candidatos más: Anthony Garotinho, del Partido Socialista Brasileño (PSB), y también con Ciro Gomes, representando la coalición de centro izquierda, el Frente Laborista. Tras no conseguir los votos suficientes para pasar a la siguiente vuelta, con un 15,77% y un 12,49% de los sufragios respectivamente, Garotinho y Gomes dieron su apoyo a Lula da Silva y se incorporaron a su campaña. Los ex presidentes José Sarney y Itamar Franco también defendieron la victoria del Partido de los Trabajadores como la mejor solución para Brasil.

Tras ver los resultados de la primera vuelta, y después de los sondeos hechos previamente, y despertando muchas expectativas, la victoria de Lula ante José Serra en la segunda vuelta, parecía clara.
En conocer el triunfo del ex obrero metalúrgico, miles de seguidores del brasileño ocuparon las calles principales de las ciudades más grandes del país. La avenida Paulista de la primera ciudad del país, Brasilia, vivió una enorme fiesta que culminó con la presencia del nuevo presidente.
Lula tendrá que responder ante la ola de votos que ha recibido. Saber combinar un programa que suponga un crecimiento económico para el país y luchar contra la desigualdad social se perfilan como sus dos grandes retos.
El Partido de los Trabajadores, hasta ahora, ha dado muestras de buena actuación en algunos estados brasileños y también en algunas ciudades como por ejemplo en Porto Alegre. En el conocido municipio, el PT ha puesto en práctica el innovador “presupuesto participativo”, donde los vecinos deciden de manera casi asamblearia la asignación de gastos. Pero ha llegado la hora de la verdad y hace falta ver si el partido, que ha evolucionado bastante desde su creación el 1980, es capaz de solucionar los problemas del Brasil del siglo XXI. No lo tendrá fácil, puesto que a pesar que el PT ha conseguido 91 escaños y se ha convertido en el primer partido del Congreso, donde no tiene una mayoría suficiente como tampoco la tiene en los estados federados.
Los estados más importantes en número de habitantes como Río de Janeiro, Sao Paulo y Rio Grande don Sul, no están en manos del PT.

La herencia de Cardoso y los planes de Lula
El destino del Brasil con Lula al frente será trascendental no sólo para el futuro del país, también para el del continente suramericano por lo general. El líder del Partido de los Trabajadores hereda un Brasil con enormes problemáticas, con una deuda pública elevadísima de 600.000 millones de dólares, con una economía estancada con un crecimiento que llegará al 1% el 2002, una inflación del 21% y con desequilibrios enormes. El precio del dólar baja la barrera de los 3,5 reales (en lo que va de año, el precio de la moneda estadounidense ha subido un 58%). Brasil tiene que mejorar su balanza comercial y tiene que bajar los tipos de interés (actualmente del 21%).

Lula, de momento, se ha comprometido a cumplir con la ortodoxia presupuestaria del Fondo Monetario Internacional para obtener un préstamo de 30.000 millones de dólares, que el organismo le ha otorgado porque Brasil ha ido cumpliendo rigurosamente los plazos de pagos acordados desde 1999. La voluntad del FMI es que con esta inyección monetaria, se estabilice el real y la deuda pública, para que esto calme la situación tensa que se ha vivido durante la campaña electoral.
El próximo presidente del Brasil, Lula da Silva, quiere hacer una reforma fiscal para que el Estado recaude más dinero (El país tuvo que hacer frente al pago de deudas por valor de 3.600 millones de dólares el pasado 17 de octubre).

Fernando Henrique Cardoso asumió la presidencia, el 1995, con el objetivo de rebajar la inflación. Durante su primero mandato, lo consiguió; pero en el segundo periodo, Cardoso fracasó.
Con el Plan Real bajo el brazo, y con el ministro de Hacienda de Itamar Franco, Cardoso ganó las elecciones de 1994. Doce meses antes de entrar en vigor el plan para combatir la inflación, que rondaba el 50% anual. En 1995, el índice cayó a un 22%; en 1996 a un 9%; en 1997 a un 4%; en 1998 a un 2,5%; en 1999 subió a un 8,4% y en 2000 disminuyó, a un 5,3%. Ahora está en torno el 9% gracias a préstamos de organismos intergubernamentales y sobre todo, gracias a la atracción de capitales extranjeros. La reducción de la inflación permitió mejorar la disciplina fiscal y un mayor control de los bancos de los diferentes estados.
Las privatizaciones fueron otro de los ejes fundamentales de la era Cardoso y permitieron enormes beneficios fiscales. Entre 1991 y 2001, se recaudaron 103.300 millones de dólares.
El sector de Telecomunicaciones y el de la energía eléctrica fueron los dos sectores donde se producirán las principales ventas de empresas públicas (un 61% del total privatizado). Aún así, la deuda pública pasó del 14% del PIB en 1994 al 55,5% en 2000. Los altos tipos de interés (que actualmente son del 21%) del banco central contribuyeron al aumento de la deuda. Poco trabajo tiene que hacer Lula en este terreno de las privatizaciones; la petrolera estatal Petrobras tiene una parte ya en manos privadas, el Banco Nacional de Desarrollo (BN-DES) es el instrumento económico mínimo para gobernar y no se privatizará; y no está previsto que el gobierno intervenga en las privatizaciones en el sector eléctrico que por el momento han tenido un pésimo resultado.
En referencia al paro, durante el primero mandato de Cardoso se mantuvo en una media de 5,5%. En el segundo mandato aumentó, llegando a un 7,5% en octubre del 2002, el mes de las elecciones.
La disminución de la mortalidad infantil y materna es uno de los aspectos más destacables de la gestión de Cardoso. En la esfera social, donde Brasil registra las mayores carencias, Brasil ha dado un salto de cualitativo los últimos ocho años según los responsables del sector sanitario. El candidato opositor a Lula en las elecciones, José Serra, era precisamente el ministro de Salud, y ha llegado a ser considerado por los mismos profesionales como el “mejor ministro de Salud de la historia del Brasil”. Después de una dura pugna con las multinacionales farmacéuticas, la campaña por los medicamentos genéricos ha sido una verdadera revolución al país. La distribución de medicamentos gratuitos para tratar el sida también se ha convertido en un enorme avance en un país con 53 millones de pobres.

Luiz Inácio Lula da Silva al conocer su victoria anunció un pacto nacional para acabar con la pobreza, las deudas y para contener la inflación; constituir un gabinete de coalición y crear un consejo para el desarrollo del país. Crear ocupación y mantener una buena relación con los organismos internacionales, como el FMI y el Banco Mundial, son dos prioridades del nueve gobierno. En cambio, la oposición del Partido de los Trabajadores (PT) al ALCA (Acuerdo de Libre Comercio de las Américas) es uno de los aspectos que más preocupa a los mercados internacionales y sobre todo a los Estados Unidos.
Reuniendo un total de 130 personas (empresarios, políticos, banqueros, terratenientes, campesinos y sindicalistas) en Sao Paulo el presidente electo sentó las bases de un acuerdo social similar a los Pactos de La Moncloa, encabezados en España por Adolfo Suárez el 1977. Estos acuerdos, considerados, principalmente por los partidos de izquierda brasileños, como ejemplo de transición y entendimiento en los diversos sectores de la sociedad, es uno de los modelos por los que apuesta el nuevo gobierno. Es un gran acuerdo nacional sobre algunas cuestiones fundamentales: reforma tributaria, reforma política, reforma presidencial y reforma agraria. La ausencia en este encuentro con Lula de los representantes del MST (Movimiento de los Sin Tierra), que hasta ahora ha apoyado el Partido de los Trabajadores, llamó la atención. Pero es que mientras Lula se dirigía a los presentes en la reunión, el presidente del PT y el segundo hombre más importante del partido, el diputado José Dirceu, se citó por separado con varios dirigentes del MST. Lula pretende pues unir las fuerzas políticas y sociales, y el Consejo de Desarrollo Social y Económico ha sido la concreción de esta voluntad. El Consejo es un órgano consultor. El presidente electo opta por una transición negociada y responsable; y integrar a personalidades de diferente signo dentro del Consejo es una estrategia para intentar representar al máximo las diversas realidades brasileñas. El organismo empezará a funcionar en enero del 2003 y su prioridad será definir políticas sociales, crear ocupación y las bases para las reformas en varios sectores que después tendrán que ser discutidas en el Parlamento.

El nuevo presidente también apuesta por constituir un Gabinete de coalición, escogiendo, según él, los “mejores” de Brasil para formar parte de un Gobierno amplio que satisfaga a los brasileños.
El líder del PT ha optado por crear una Secretaría de Emergencia Social porque apunta que para que Brasil salga de la crisis en la qué se ve inmerso, hace falta vivir una época de austeridad especialmente por lo que se refiere hace al uso del dinero público y que exige una lucha implacable contra la corrupción.
El nuevo gobierno movilizará los recursos públicos en los bancos oficiales para activar el sector de la construcción y las obras de saneamiento parar crear puestos de empleo y hacer disminuir el paro.
La ayuda de los organismos internacionales no pasa por desapercibido al nuevo ejecutivo brasileño que cree que hace falta restablecer las líneas de crédito, así como también que se retiren las trabas comerciales de los países ricos a los productos del Brasil. El 60% de las exportaciones brasileñas tiene algún tipo de barrera, y según el gobierno brasileño no se respetan algunas reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Lula da Silva se ha mostrado muy crítico con la propuesta de un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) porqué como está planteado, supone una subordinación a los intereses de los Estados Unidos. El 24,7% de las exportaciones brasileñas van a los EE.UU. Durante el primer Gobierno de Cardoso, las exportaciones norteamericanas en Brasil aumentaron un 116%; las brasileñas un 7,6%. Desde el primer momento, el presidente electo, Lula, ha querido dejar claras las notables diferencias con Washington: él apuesta por fortalecer las relaciones con la ONU, por los acuerdos de Kyoto y por el Tribunal Penal Internacional. ¿Lula asusta a los mercados financieros internacionales? Sí, asusta. Asusta si tenemos en cuenta los pronósticos catastrofistas de algunos bancos de inversiones, por la inestabilidad de la moneda y por la escalada del índice que mide el riesgo del país. Otros analistas, pero, apuntan que los posibles cambios son consecuencia de maniobras especuladoras, y no tanto de la victoria del líder radical. Goldman y Sachs, el banco estadounidense de inversiones, inventó el “lulómetro” para medir con un modelo matemático, las variaciones en el mercado en función de las expectativas de voto de Lula. Algunos pronósticos señalaban que sí el PT ganaba las elecciones el dólar llegaría a la cota inédita de 3,04 reales a finales de octubre. Si el vencedor era José Serra, el cambio sería de 2,5 reales. A finales de septiembre, sin haberse celebrado las elecciones, el dólar cotizaba a 3,7 reales.
Aloizio Mercadante, senador y asesor económico de Luiz Inácio Lula da Silva, apunta que Brasil tiene que buscar la integración regional apostando por el Mercosur con más fuerza que nunca, así como también por buscar alianzas estratégicas con países como Sudáfrica, Rusia, China y Índia.
De momento, Lula ha elaborado un documento que ya han firmado los representantes de la Bolsa de Sao Paulo y también 24 entidades financieras. Entre las acciones que contempla este documento, figura la propuesta de incentivar el desarrollo de fondo de pensiones como complemento de la sistema de seguridad social y la simplificación de los instrumentos de recaudación fiscal.
Según el líder del Partido de los Trabajadores, el mercado de capitales debe formar parte del sistema productivo del país. Los brasileños reclaman a Lula mejorar sus expectativas de vida, su nivel económico, mejoras sociales, más servicios públicos…
Los brasileños reclaman a Lula, que se los tenga en cuenta, que se les mire, que se les cuide. Que se abandonen las políticas que sólo benefician a las minorías multimillionarias que dominan los sectores más poderosos del país. Y Lula, con su apariencia de líder de los pobres, de político trabajador, se ha convertido en la única esperanza, en el salvador que tiene que llevar a Brasil hacia buen puerto


Los Sin Tierra creen que es posible “otro Brasil” con Lula

El Movimiento de los trabajadores rurales Sin Tierra (MST) está convencido que el nuevo Gobierno de Lula tendrá un papel trascendental para “democratizar” la propiedad de la tierra en Brasil. Los Sin Tierra abogan por una reforma agraria. En los últimos 30 años, los gobiernos brasileños, tanto militares como civiles, han proclamado la necesitad de esta reforma, pero no se ha aplicado ninguna política efectiva para mejorar la situación del campo brasileño. Contrarios a las medidas tomadas durante la presidencia de Cardoso, los Sin Tierra apuntan que bajo su mandato Brasil ha padecido ocho años un modelo económico neoliberal muy agresivo que sólo ha hecho aumentar el sufrimiento de los campesinos. Dicen que la política agrícola del Gobierno de Cardoso se ha subordinado a los objetivos de la política económica general y que se ha priorizado la apertura del mercado brasileño a los productos del exterior por el estímulo que suponía para el país la entrada de capital extranjero. La política de Cardoso ha hecho aumentar el éxodo de los campesinos hacia zonas urbanas. A pesar de que este fenómeno suele ser un proceso natural y constante en la mayoría de sociedades, en el caso brasileño resulta espectacular por el volumen y por la velocidad en qué se producen estas migraciones. Según estadísticas oficiales, en el periodo de 1970-90, más de 30 millones de personas emigraron principalmente hacia las grandes ciudades, dando lugar al nacimiento de las grandes metrópolis. También aumentó la migración interna. El éxodo hacia otros países ha sido otro hecho destacable: más de 500.000 brasileños han emigrado a Paraguay, Bolivia y Argentina, buscando trabajo en el campo. Muchos de ellos han terminado volviendo a las grandes metrópolis brasileñas. El Movimiento Sin Tierra, que nació por la conjunción de varios factores socioeconómicos entre 1975 y 1985, ve en Lula un presidente más próximo y dialogante. El pasado 8 de noviembre, la Coordinadora Nacional del MST presentó un documento en qué daban todo su apoyo al nuevo presidente electo. El MST es la continuidad de las luchas campesinas. Durante la época colonial (hasta aproximadamente el 1800), los indios y negros protagonizaban la lucha contra los explotadores de tierras y los colonizadores. A finales del siglo XIX y principios del XX, surgieron movimientos campesinos que seguían un líder carismático. En las décadas de los 30 y 40, tuvieron lugar diferentes conflictos en varias regiones con ocupantes de terrenos abandonados. Entre 1950 y 1964, el movimiento campesino se organizó y surgieron las Ligas Campesinas, la Unión de los Labradores y Trabajadores Agrícolas del Brasil (ULTABs) y El Movimento de los Agricultores Sin Tierra (MASTER): Movimientos que fueron aniquilado por la dictadura después de 1964 y sus principales líderes fueron asesinados, encarcelados o en el mejor de los casos, exiliados. A partir de 1979, con la lucha por la democratización, surgió una nueva forma de lucha: estas particulares “batallas” se fueron convirtiendo en más masivas y se iniciaron las ocupaciones de tierras organizadas por decenas o centenas de familias. La transición política en Brasil, tras la dictadura, y con el impulso de la Iglesia en tareas de pastoral, animaron a estos campesinos para que se organizaran. En concreto, la Comisión Pastoral da Tierra dio el empujón definitivo para que se articulara el movimiento. A principios de 1984, los participantes de estas ocupaciones realizaron el primero encuentro, dando nombre y articulación al Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), en un congreso en el Estado de Paraná, con la participación de 1.500 delegados de todo Brasil. En un país con dimensiones de continente, con haciendas que tienen áreas superiores a un millón de hectáreas (la más grande tiene 30.000 kilómetros cuadrados de superficie) el latifundismo es visto por los Sin Tierra como la principal causa de los problemas agrarios. Los latifundistas o grandes propietarios de tierras se agrupan en torno la Unión Democrática Rural (UDR). La distribución de la tierra al Brasil es descompensada y muestra grandes contrastes. El 1% de los propietarios tiene el 46% de todas las tierras; mientras que el 90%, algo menos del 20%. Todavía es más grave si se tiene en cuenta que sólo el 50% de las tierras son cultivadas y que hay unos 4.800.000 millones de familias sin tierra. El Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (INCRA) es la institución del Gobierno encargada de la Reforma agraria. El diputado federal Aloisio Mercadante, del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva, en un artículo publicado en Folha de Sao Paulo el mayo pasado, revela datos que detallan la gravedad de la crisis en el campo. Otros estudios realizados por organismos del Gobierno, por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística y por la Fundación Getulio Vargas también apuntan como catastrófico el modelo adoptado hasta ahora para resolver la situación del campo en Brasil. Para empezar, entre 1985 y 1996, el número de personas que subsistían gracias a la agricultura disminuyó en 5.500.000 millones. Dos millones de estos asalariados rurales perdieron el trabajo especialmente en el sector de la caña, el algodón, el cacao y el café. De 1970 a 1985, los subsidios para la agricultura sumaban un total de 31.000 millones de dólares. A partir del 1985, estas ayudas desaparecieron y actualmente, no hay. Es importante recordar que los países miembros de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) destinan anualmente 360.000 millones para subsidiar su agricultura. En la década de los 80, Brasil importaba los productos que el país no podía producir (trigo, manzanas…) con un coste de unos mil millones de dólares anuales. De 1995 a 1999, la media anual aumentó considerablemente a 6.800 millones de dólares. Esto significa que se compran productos en el extranjero que el Brasil también puede producir. Un ejemplo es el algodón: en 1996 era el mayor exportador y hoy es el tercero importador. En 1994, la renta agrícola era de 78.300 millones de reales brasileños mientras que en 1999, la cantidad era significativamente menor: 72.400 millones. Con la llegada de Cardoso a la presidencia del país, la situación del campo empeoró. Satisfecho de la reforma agraria que ha realizado en el país después de haber expropiado 14 millones de hectáreas (más o menos tres veces Bélgica), el Gobierno de Cardoso esconde que millones de estas hectáreas públicas fueron acaparadas por grandes empresarios, como por ejemplo el propietario de la constructora CR Almeida de Paraná, que obtuvo una área de cuatro millones de hectáreas a la región de Pará. Y todavía hay en Brasil 3.065 propietarios rurales que se apoderaron de 93.000.000 de hectáreas, o sea el 11% del territorio nacional. Durante el periodo de 1975-1985, el proceso de desarrollo neoliberal en la agricultura fomentó la concentración de terrenos, y esto ocasionó que muchos campesinos se encontraran sin tierra. Dentro los Sin Tierra no hay ninguna jerarquía, es decir, se organizan en comisiones de campesinos: comisiones de municipios, comisiones estatales, la Comisión Nacional… También se organizan con comisiones en los asentamientos y los acampamentos, las dos formas de ocupación adoptadas por los Sin Tierra. El Congreso Nacional se celebra cada cinco años. Y anualmente, se hacen reuniones por estados o de las comisiones ejecutivas, administrativas… A nivel municipal, los Sin Tierra se agrupan en torno el Sindicato de Trabajadores Rurales, y a nivel de central sindical, el MST se articula en la Central Única de los Trabajadores (CUT). Relacionados con organizaciones como l’ASSESSOAR y el Proyecto Tecnologías Alternativas, están en contacto con todas agrupaciones campesinas en América Latina y tienen el apoyo de asociaciones de trabajadores y ONG de Europa y Canadá. La Constitución del Brasil apunta que el Gobierno tiene que planificar una reforma agraria para que las propiedades sean productivas. La cuestión es que no está definido el concepto de “propiedad productiva”. Como que este es uno de los puntos del conflicto, los campesinos creen que su lucha es legal y legítima. Estas luchas abarcan un amplio abanico de tipologías: manifestaciones a la calle, concentraciones regionales, audiencias con gobernadores y ministros, huelgas de hambre, campamentos en las ciudades o junto a las haciendas expropiadas, ocupaciones de instituciones públicas como l’INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria) y ocupaciones de las tierras expropiadas por los sucesivos gobiernos. Los Sin Tierra apuestan por ser un movimiento masivo, y quieren concienciar a los brasileños de las zonas urbanas que una reforma agraria beneficiaría el conjunto del país. Y señalan que, por el “beneficio común”, todas las formas de presión popular son válidas. Desde 1984, más de 3.900 latifundios se han transformado en asentamientos y más de 450.000 familias han resultado beneficiadas de ello. Los Sin Tierra dicen que el desarrollo de la producción en los asentamientos es “impresionante” en comparación con el de las tierras expropiadas por los gobiernos de turno. Gracias a la fuerza del movimiento, los campesinos han logrado una línea de crédito para estos asentamientos: una aportación anual del gobierno brasileño de unos 100 millones de dólares. El 2001, había un total de 108.849 asentamientos y 75.730 campamentos. Pero los Sin Tierra van más allá. Ven la educación como factor clave para el desarrollo de las zonas rurales: hace falta que todo el mundo tenga acceso a la enseñanza para ser alfabetizado, especialmente en los asentamientos, donde a menudo se olvida este aspecto porque las familias se dedican íntegramente a la tierra. Aún así, unos 80 Sin Tierra están matriculados en universidades del país; un hecho inimaginable pocos años atrás. Cardoso, cuando optó por primera vez a la presidencia del Brasil, en 1995, apuntó que era un “país injusto” porque 32 millones, de los 160 que tiene, viven en la pobreza absoluta, a pesar de tener en 1993, un PIB de 446.000 millones de dólares. Los Sin Tierra le recriminan que no haya hecho nada para poner remedio a la injusticia que detectó el presidenciable. Según ellos, el presidente brasileño hasta el uno de enero del 2003 actuó contra estas protestas sociales sin contemplaciones. El movimiento contaba con el apoyo mayoritario de la opinión pública en Sao Paulo, Río de Janeiro y otros ciudades importantes pero en cambio, a nivel local y estatal, los gobernadores, funcionarios locales y terratenientes aliados de Cardoso organizaron violentas represiones y procesos judiciales para acabar con el movimiento campesino. Pero debido a la fuerza de las quejas de los Sin Tierra, el Gobierno se vio forzado a incluir la reforma agraria en la agenda política y en reconocer el MST como un actor clave para solucionar el conflicto al campo. El cambio a la presidencia del Brasil es bienvenido por los campesinos. Los Sin Tierra también critican el modelo que sólo beneficia a las empresas multinacionales y que compromete los recursos naturales para las generaciones futuras. No sorprende su firme oposición al proyecto del ALCA (Área de Libre Comercío de las Américas), que el movimiento entiende como una subordinación a los intereses de los Estados Unidos. Por otra parte, consideran los campesinos encarcelados por alguna de las acciones cometidas como “presos políticos”. Actualmente, 29 personas están encarceladas, 25 en Pará y 4 en Sao Paulo. Se han hecho varias campañas para reclamar la libertad de los encarcelados. También se han hecho llamadas de atención a la comunidad internacional, buscando comprensión y solidaridad. El MST tiene muchas debilidades: entre los sueños y la realidad siempre hay un abismo. Los Sin Tierra tienen sus propias propuestas, con las cuales aseguran poder garantizar trabajo para todo el mundo, producir alimentación abundante, generar bienestar social y conseguir igualdad de derechos y deberes entre todos los brasileños. Quieren eliminar la discriminación de la mujer, difundir valores humanistas y preservar el medio ambiente. Creen que ahora, el modelo es agresivo con todos estos sectores: el medio natural, las mujeres, el modo de producción… “Reorganizar el territorio para asegurar un buen nivel de vida”, podría ser su lema. Pero esta lucha diaria parece más propia de una novela de realismo mágico. El MST se encuentra constantemente con dificultades que intenta esquivar con imaginación, firmeza y esperanza. Pero a menudo con eso no hay suficiente. Su discurso humanista, propio incluso de una actitud existencial, está ceñido a un código de diez Mandatos Éticos que sintetizan el compromiso de los campesinos con la tierra y la vida. La conocida “mística” de los Sin Tierra es una forma de religiosidad pagana: como según ellos tienen la fuerza moral, confían en su victoria. Y ganar significa una reforma agraria para equilibrar la situación al Brasil. Creen que el socialismo es la única alternativa al orden social y económico neoliberal que los oprime. Su mística se refuerza con una serie de actividades colectivas, que magnifican su vertiente espiritual: El canto, el teatro, la poesía… Es un movimiento cargado de fuerza simbólica. El MST, diecinueve años después de ser fundado, ahora confía que con la llegada de Lula da Silva a la presidencia del Brasil cambie la política agraria que han ido adoptando los diversos gobiernos. El perfil del nuevo presidente electo, fundador del Partido de los Trabajadores, alimenta la esperanza de los campesinos.


 


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