Anuario 2002
Argentina
"La agonía de los “Estados Unidos” del Sur"
Míriam Nadal

Hace un año las calles de Buenos Aires estaban llenas de argentinos que protestaban con angustia por la situación que atravesaba el país. En 1998 se inició la debacle de un país que ha llevado a la mayor parte de su clase media a la miseria. Doce meses después, los argentinos siguen manifestándose para que “se vayan todos”, mientras el Gobierno apunta que la situación económica en el último trimestre del 2002 ha mejorado: el desempleo disminuye y la economía crecerá el año que viene. La ciudadanía desilusionada y desesperada, aboga por un relevo generacional de la clase política del país y, de momento, el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional no llega.
Hoy en día, un 60% de la población argentina que vive bajo el umbral de la pobreza. Hasta hace cuatro años era un país tradicionalmente conocido por su numerosa clase media. Argentina, la tercera economía latinoamericana, se encuentra sumida en el cuarto año de recesión y con una deuda pública cercana a 150.000 millones de dólares, y sigue negociando con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener un crédito.



El país entró en declive, se colapsó; porque el modelo peronista era y es incompatible con la prosperidad. El peronismo creó una sociedad de expectativas en la cual los ciudadanos se acostumbraron a recibir del Estado una parte importante de sus ingresos. Un país que creía que podía llegar a ser los Estados Unidos de América Latina.

Pero Argentina nunca ha llevado a cabo una política liberal consistente. El dúo Menem-Cavallo estabilizó la moneda con la fijación con el dólar (Plan de Convertibilidad), privatizó muchas empresas públicas y redujo los aranceles. Esto permitió el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) per cápita del 6,3% entre 1990-1994. Pero también es cierto que en el mandato de Menem, los gastos públicos aumentaron un 90%, los mercados no se liberalizaron y el impulso reformista no continuó en el segundo periodo de Menem en el poder. Después del Tequilazo el 1994, Argentina dejó de crecer y entró en recesión en 1998.

A finales del 2001 e inicio del 2002, el país tocó fondo, llegando a una de las etapas más negras de su historia, con saqueos, cacerolazos y con unos índices macroeconómicos alarmantes.



Por otra parte, desde la renuncia de De La Rúa, han presidido Argentina personajes que representan y defienden ideas que son incompatibles con la salida de la crisis. La vuelta al poder del peronismo, con Eduardo Duhalde, como presidente del país, es vista por algunos analistas políticos com una “alternativa políticamente poco viable”, porque la sociedad pide una regeneración de la clase política y las instituciones. Los cacerolazos fueron un ejemplo de esta demanda de la población: las protestas con cazuelas protagonizadas principalmente por la clase media de la ciudad de Buenos Aires. Estas manifestaciones se produjeron después de las renuncias de Fernando de la Rúa i Adolfo Rodríguez Saá a la presidencia.

Pero el colapso argentino no es sólo una crisis de la representatividad democrática: una falta de confianza en los políticos y las instituciones; aunque ejemplifica a la perfección la situación que vive el país.



Los analistas todavía no han llegado a ningún acuerdo respecto a las causas de la debacle argentina. Algunos de ellos apuntan como principal factor la desindustrialización del país; otros la apertura indiscriminada del país en los 90; y muchos economistas añaden el estancamiento tecnológico de la región, la exclusión social y el sistema bancario argentino, calificado de “inconsistente”. Tampoco se escapa que durante el mandato de Menem se hicieron privatizaciones “mal hechas”.

Cualquiera de estas circunstancias contribuye a deteriorar el aparato productivo del país. Y todas juntas, explican en cierta forma el colapso. Muchos analistas apuntaron en su momento que el default, la quiebra, y la devaluación del peso serían consecuencias inevitables y lógicas del Plan de Convertibilidad de Menem y Cavallo.



Argentina es un país periférico en el sistema neoliberal; como Méjico, Brasil, Corea del Sur, Turquía y Rusia (y otras regiones “emergentes”). En los últimos años, se han producido crisis económicas generalizadas y la debacle de Argentina forma parte también de este proceso; es decir, del impacto generado por las políticas de apertura, desregularización y privatizaciones sobre los vulnerables países periféricos. (El impacto de una misma política económica no ha sido igual en los países centrales, como los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, que en los periféricos).

No es un caso único en el mundo. Tres cuartas partes del planeta están habitadas por personas con un nivel de vida igual o inferior al argentino.



Ahora, el país se siente “desubicado” en el mercado mundial. El Producto Interior Bruto (PIB) per cápita ha caído por debajo de las naciones pobres de Europa, que por asociarse en bloque (Unión Europea) han “sorteado” los cataclismos de sus economías dependientes.

Argentina forma parte de un grupo integrado por la mayor parte de países latinoamericanos que pierden autonomía, como consecuencia del agobiante endeudamiento, del deterioro de los intercambios comerciales y del desplazamiento de la industria a otras regiones periféricas. Algunos economistas, de hecho, critican que América Latina no haya seguido el camino del sureste asiático.



No llega el acuerdo con el FMI

Es posible que el Fondo Monetario Internacional (FMI) no conceda un préstamo a Argentina porque desde Cavallo hasta Duhalde, los gobiernos argentinos han tomado medidas que han agudizado la crisis del país y se han creado obstáculos y nuevos problemas que se deben solucionar antes que se vuelva a dar asistencia creditícia con seguridad que este dinero ayudará a una recuperación económica.



En los últimos meses, el Gobierno ha intentado paliar y corregir estos errores, revocando leyes como la Ley de Subversión de quiebra y subversión económica. El Gobierno argentino levantó el pasado mes de diciembre, un año después de su implantación, el llamado corralito (como se conoce popularmente a las restricciones bancarias que impuso por decreto el ex presidente De la Rúa, que establece que los argentinos sólo podían retirar 250 pesos o dólares por semana, 1.000 al mes; una norma que provocó mucho malestar en la clase media).

De esta manera, los ahorradores pudieron retirar libremente su dinero de las entidades financieras sin restricción, que sí que se mantiene en las cuentas a plazo fijo de más de 3.000 dólares (10.000 pesos). Esto permitió la liberalización de depósitos por valor de 21.000 millones de pesos. Desde la instauración del corralito, los depósitos han visto reducido su valor un 350%.

Dos meses antes, el ministro de Economía, Roberto Lavagna, levantó las restricciones de una parte del corralón (los depósitos a plazo fijo), autorizando la retirada de los depósitos menores a 10.000 pesos. Se liberó el 70% de los depósitos del corralón. El problema de los ahorros de los argentinos, los depósitos congelados, era la cuestión más trascendental para reconducir la crisis.



Pero a pesar de estas medidas, todavía no se ha llegado a un acuerdo con el FMI. El 2001, el organismo exigió a Argentina que respetará el déficit cero. Una misión del Fondo Monetario analizó las cuentas públicas y en diciembre del 2001 suspendió la ayuda de 1.264 millones de dólares, porque el país no había cumplido los compromisos adquiridos. El Gobierno no eliminó el déficit de 6.500 millones de dólares. La gerencia del FMI decidió cortar la línea de crédito para Argentina.



Además, Argentina, se ha convertido en un país con una tasa de riesgo de 4.140 puntos (diciembre 2001) doblando el nivel de un país tercermundista como Nigeria. La tasa riesgo-país es un índice llamado Emerging Markets Bond Index Plus (EMBI +) que elabora el banco de inversiones J.P. Morgan, y que mide el “peligro” de un país para las inversiones extrangeras.



Según Eduardo Duhalde, Argentina necesita un crédito, estar bien “con el mundo”, porque lleva un año en quiebra, viviendo fuera del sistema financiero internacional y sin crédito externo. Según el presidente argentino, el país no puede endeudarse más porque no puede pagar. De aquí al junio del 2003 tiene unos vencimientos de deuda del orden de 10.000 millones de dólares, todas las reservas del país. Por esto, los economistas apuntan que es necesario que Argentina conecte su capacidad productiva con la de pago a sus acreedores. (Los principales acreedores privados de Argentina son España, Italia y Japón).



Con todo, Duhalde es optimista y apunta que se llegará a un acuerdo con el FMI y el año que viene, la economía argentina crecerá un 2%. Según el peronista, el desempleo se ha reducido el último trimestre y el país registra un superávit comercial de 1.500 millones de dólares cada mes; lo que demuestra que Argentina puede producir y vender, y salir del colapso.



La fuerza de la ciudadanía

La crisis económica y el deterioro institucional dibujan el perfil de la crisis argentina. Pero si se quiere hacer el retrato completo, la movilización social es un elemento no menos representativo para explicar la situación del país.



El 2002 no acaba como comenzó. El año empezó debajo un intenso clamor popular que criticaba la política institucional y que había hecho caer un Gobierno, el de De la Rúa, generando un vacío de poder nunca visto en la historia del país.

La gente, sin distinción por ideología, religión o cultura, tomaron consciencia que el futuro de Argentina estaba en sus manos y se generó un movimiento que tenía como objetivo, al menos inicialmente, reconstruir el tejido social y crear un sentimiento de solidaridad que estrechará los vínculos entre los ciudadanos. Creían que esta fuerza sería suficiente para continuar pidiendo cambios.



Así empezó el año, con una clase dirigente confundida y sobrepasada por los acontecimientos y con los ciudadanos indignados y reivindicativos. Pero con los meses, la clase dirigente, formada por políticos y empresarios poderosos, se ha vuelto a situar en una posición central, sigue siendo el eje que determina la situación argentina, el día a día. El poder ciudadano se ha ido diluyendo en viejos antagonismos y nuevas incertidumbres. Sí que existe la fuerza y el dinamismo, característicos de los argentinos, pero se ha reducido ese poder ciudadano que parecía cambiarlo todo.



Han crecido dos realidades en Argentina: la compuesta por la dirigencia política, que sigue creyendo que la historia se construye con alianzas oscuras y para beneficiar los lobbies de poder, como demuestran los galopantes índices de corrupción y los escándalos por malversación de las ayudas económicas recibidas para afrontar la crisis, que han enriquecido a los representantes políticos sin escrúpulos, como muchos gobernadores de provincias.

A su vez, y en contra precisamente de estos personajes, ha crecido el movimiento de argentinos que creen que el bienestar colectivo no se puede dejar en manos de los políticos con carta blanca. Estos son los ciudadanos que pueden construir, con los años, una alternativa para Argentina. Una alternativa que no busque personajes “carismáticos” con “soluciones milagrosas”. Un ejemplo es el movimiento de los desempleados, los piqueteros, que a través de cortes de carreteras, reclaman protección social desde 1997.

Los piqueteros han aumentado sus acciones desde que las iniciaron en el sur del país hace 5 años. El 2002 se dispararon los bloqueos a las carreteras; sólo en el mes de junio se realizaron 150. Lo más importante y sorprendente es la organización y la cooperación social que están construyendo. La crisis argentina, en cierta forma, ha recuperado parte del poder de los ciudadanos: una sociedad en movimiento, dinámica y luchadora. Porque todavía hay más ejemplos: los clubs de trueque, donde se intercambian productos, los ya famosos cacerolazos… Pero no es suficiente en vista de los acontecimientos.



Junto a estos movimientos “solidarios” y desinteresados, se debe tener presente que un país conocido tradicionalmente por índices de delincuencia bajos, vive diariamente episodios de violencia y crímenes; además de constantes casos de agresiones cometidas por brutales acciones policiales. Y es que este crecimiento de la conflictividad es producto de la injusta distribución de los ingresos; tres veces más regresiva que hace 30 años.

La primera realidad, la de la dirigencia política corrupta que cree en “pactos en la penumbra”, queda ilustrada con el nivel de corrupción y las sospechas fundamentadas que recaen sobre juzgados y comisarías. Algunos jueces de la Corte Suprema dictaron sentencias “sospechosas” a favor de los poderosos. El poder judicial casi no ha cambiado des de 1930: ni gobiernos militares ni civiles han modificado la composición de los tribunales superiores, sólo se han cambiado los nombres: cada Ejecutivo de turno ha llenado la judicatura de personajes afines.



Ante este panorama, el grado de desconfianza y el escepticismo de los argentinos es elevadísimo. Es el país latinoamericano que muestra índices más bajos de confianza en sus partidos políticos: sólo un 4% de la población cree en ellos. Los argentinos aparecen junto a los paraguayos como los ciudadanos menos satisfechos con el funcionamiento del sistema democrático; sólo un 8% dice sentirse satisfecho. Según la agencia Latinobarómetro, sólo el 14% aprueba la política de los 90 de Menem.

Por otra parte, según un estudio publicado por el diario Clarín, hecho a partir de encuestas de las consultoras MORI Argentina y Latinobarómetro, cerca del 30% de los argentinos quiere emigrar y el 60% opina que hará falta más de una década para vivir bien de nuevo en el país.


Elecciones anticipadas

Eduardo Duhalde decidió avanzar las elecciones presidenciales previstas para el setiembre a marzo del 2003. La decisión es lógica porque su Administración no se encuentra en condiciones para resolver la crisis económica y social que vive el país. El mismo Duhalde reconoció ser un presidente con pocos instrumentos para gobernar porque fue escogido por el Congreso y no por votos populares. No hay un liderazgo fuerte que restaure la credibilidad económica y institucional, y menos sin pasar por unos comicios.

A pesar del vertiginoso y breve paso por la Casa Rosada de Rodríguez Saá, el peronismo fue designado por la Asamblea legislativa para afrontar el desafío de la transición hasta los próximos comicios. Eduardo Duhalde fue el “escogido”. Pero poco ha hecho el peronista para solucionar los problemas estructurales del país. El veranito económico, que muchos analistas citan, lejos de ser un éxito de la actual Administración, parece, según algunos economistas, un paréntesis antes de una nueva “tempestad” que deberá hacer frente el próximo gobierno escogido democráticamente.



El nivel de conflictividad social ha sido la pieza clave que ha hecho inevitable un avance electoral. Desde diciembre del 2001, las reacciones de los ciudadanos han determinado los acontecimientos políticos. De la Rúa interrumpió su mandato y presentó la renuncia por los conflictos sociales: por los constantes saqueos, por la represión y los cacerolazos. La breve presidencia de Rodríguez Saá finalizó con las calles viviendo violentas protestas. Y después que el 26 de junio del 2002 muriesen dos militantes piqueteros en Buenos Aires, Duhalde tomó la decisión de avanzar las elecciones.



También se han fijado elecciones internas abiertas y simultáneas en el sí de los diferentes partidos; hecho que puede contribuir a reducir la tensión, a disminuir la violencia y a generar un horizonte de esperanza.



Todo parece indicar que el peronismo y una coalición de centro izquierda se disputaran la presidencia argentina. Será la primera vez que se celebran unas primarias en el sí del Partido Justicialista (PJ), la fuerza política más importante del país.

La batalla electoral no será con la Unión Cívica Radical (UCR), que parece haber perdido su caudal electoral porque los partidos de la Alianza han girado hacia partidos de centro izquierda como el de Elisa Carrió o el de izquierdas como el de Luis Zamora.



Siguiendo con especial atención todo lo que sucede a Brasil, después de la elección de Lula da Silva, se mira con cierta envidia a sus vecinos. ¿Dónde hay un Lula en Argentina? Los argentinos han comprobado con resignación que viven en un país con viejos políticos que no ilusionan a menos de cuatro meses de las elecciones.



Ni los partidos históricos ni las nuevas coaliciones de reciente creación aportan ideas nuevas y no hay esperanza a la vista. Los viejos líderes no permiten la regeneración porque tienen la habilidad de perpetuarse en el poder, de apoderarse eternamente en el cargo, de malversar fondos, de destruir rivales y son incapaces de “construir”.


Crear un movimiento similar al generado por el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula es un desafío. Y algunos miran de reojo al secretario general de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), Víctor de Gennaro. La CTA, nacida en un congreso de sindicatos disidentes de la central única controlada por el peronismo, creció y se consolidó en la oposición durante la década menemista (1989-1999). De Gennaro es amigo íntimo de Lula desde hace 15 años y presenciará la proclamación el uno de enero en Brasilia de Luis Inácio Lula da Silva como nuevo presidente brasileño.



Los candidatos que definitivamente se presenten por los distintos partidos en los comicios, así como las coaliciones que se formen, sobre todo si se produjera un acuerdo entre Elisa Carrió y Luis Zamora, serán claves para determinar los resultados en las urnas. Pero el nivel de conflictividad social, la reacción de los ciudadanos en función de la situación económico-social, seguirá determinado el proceso político y el nivel de abstención en un país desilusionado.


¿Quién tiene la culpa de la actual crisis argentina?

La lucha interna en el Partido Justicialista (PJ) sigue dominando la política argentina. Este conflicto en el sí del peronismo, complica la gestión del gobierno de Duhalde y paraliza el Congreso; y obstaculiza especialmente el día a día del país. Duhalde continúa sin encontrar el candidato para convertirse en el próximo presidente justicialista que pueda hacer sombra a Menem o a Rodríguez Saá. Este último encabeza las encuestas realizadas para saber quién es el candidato peronista predilecto para convertirse en el próximo presidente argentino, en las elecciones previstas para el 27 d’abril. De momento, el ex gobernador de San Luis, Rodríguez Saá, que dirigió Argentina durante una semana tras la renuncia de De la Rúa, acusa tanto a Menem como Duhalde de privilegiar los intereses de los grupos económicos más potentes del país: banqueros, empresas concesionarias, multinacionales y a la burguesía. De momento, todos los candidatos de Duhalde han rehusado la propuesta: el gobernador de Santa Fe y ex piloto de Fórmula 1 Carlos Reutemann, el ex gobernador de Còrdoba, José Manuel de la Debajo, y el gobernador de Santa Cruz, Néstor Kirchner. Por eso Duhalde intenta postergar el Congreso del partido que primero había convocado para el 11 de diciembre y en principio se debe celebrar el próximo 19 de enero. Duhalde apuesta por tener bajo su control la provincia de Buenos Aires y que un presidente justicialista débil dirija el país hasta el 2007; año en qué el actual presidente querría volverse a presentar. Actualmente, el Partido Justicialista está dividido en tres sectores: los partidarios de Menem, los de Rodríguez Saá y los de Duhalde. Esta situación divide el partido en las dos cámaras del Congreso, paralizándolo. En estos momentos tan críticos para el país, los gobernadores han convertido en pesos pesados de la política argentina: apoyan y también condicionan al Ejecutivo pero no tienen capacidad de alinearse en el Congreso. Esto hace que exista una pugna entre el gobierno de Duhalde y las cámaras. Entre otros aspectos, el hecho que Duhalde no fuera escogido en unos comicios convierte el actual gobierno en una pieza frágil. La situación del PJ de Buenos Aires es un ejemplo de la pugna existente en el sí del partido. Hilda Duhalde, esposa del presidente, quiere ser gobernadora de Buenos Aires. Pero el actual gobernador Felipe Solá aspira a la reelección y el candidato Aldo Rico, el “favorito” de Rodríguez Saá es primero en las encuestas. Las elecciones de la provincia de Buenos Aires es probable que se celebren el 27 de abril, como las presidenciales, puesto que el propio Duhalde insiste en qué coincidan porqué cree que hay más posibilidades de imponer la candidatura de su mujer. Solá apuesta por realizarlas en septiembre. También existe una pugna entre el actual ministro de Economía, Roberto Lavagna y el Presidente del Banco Central, Pignanelli, más partidario de llegar a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que el ministro. El presidente del Banco Central proviene del sector duhaldista dentro el Partido Justicialista; Lavagna, no. El ministro de Economía, tiene una postura enfrentada con los organismos financieros internacionales. Duhalde quiere mantener a los dos funcionarios en su cargo, pero el conflicto permanente hace difícil la convivencia entre los dos máximos responsables de la economía del país. A la pregunta formulada por varios sondeos: quién es el culpable de la crisis argentina; el 51,9% de los entrevistados acusa directamente al ex presidente peronista Carlos Menem; que había sido el máximo mandatario del país durante ocho años, y que en los comicios de 1995 obtuvo más del 50% de los votos. El actual presidente Eduardo Duhalde, ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, es considerado el “causante” de la crisis en un 9,3% y, Rodríguez Saá, con un 6,6% es el que aparentemente es menos responsable a ojos de los argentinos. Pero posiblemente la respuesta a la pregunta es que es el peronismo, aunque no únicamente, el principal culpable de la crisis. Orígenes del peronismo El peronismo es uno movimiento sociopolítico que instauró Juan Domingo Perón en Argentina después de su victoria en las elecciones de 1946. Basado en el justicialismo, un movimiento político y social de características parafascistas; y en la Confederación General del Trabajo (CGT), el peronismo creó un cuerpo de leyes laborales y sociales muy adelantadas. Esto le proporcionó un grande apoyo popular, sobre el cual se montó un populismo que hacía equilibrios entre el capitalismo y el comunismo. Aprovechando la expansión económica de la posguerra, el peronismo proclamó la independencia económica del país y la autarquía, política que fue aplaudida por el proletariado industrial y urbano. La influencia de Eva Duarte, la esposa de Perón sobre las capas populares fue decisiva. El peronismo es en cierto modo una recopilación de experiencias populistas, capitalistas y socialistas. A pesar de las manifestaciones nacionalistas y revolucionarias, producto de las medidas tomadas por el propio Perón, el peronismo no permitió que el poder permaneciera en manos de la burguesía y la oligarquía. El Justicialismo dirigió el país hasta la caída de Perón el 1955, pero se mantuvo aliada de los sectores burgueses como el representado por el presidente Arturo Frondizi. Durante la dictadura militar (1956-1973), el peronismo se dividió en varias corrientes internas pero todas reivindicaban el regreso de Perón; que después de estar exiliado en Madrid, triunfó en las elecciones del 1973. Pero 11 meses más tarde, el líder, enfermo, murió. Esto agravó el enfrentamiento entre los sectores más jóvenes y revolucionarios dentro del movimiento justicialista, que a posteriori fueron duramente reprimidos por la dictadura de Videla (1976-1983). Dividido, y bajo la dirección de la tercera esposa de Perón, Maria Estela Martínez, el peronismo fue vencido en las primeras elecciones democráticas, tras la dictadura, por la Unión Cívica Radical (UCR), el 1983, que lideraba Raúl Alfonsín. Después de esta derrota, el Partido Justicialista se dividió en dos alas: la ultraderechista y una renovadora. Esta última fue inicialmente dirigida por Antonio Cafiero, y el 1988, Carlos Menem le tomó el relieve. La figura de Menem Con 70 años, Carlos Menem es considerado por muchos argentinos como “un oportunista” que quiere volver a la política y a dirigir Argentina, a pesar de ser el presidente durante dos periodos consecutivos (1989-1995 y 1995-1999); precisamente cuando se tomaron medidas que han llevado al país a la trágica situación que vive ahora. Con Domingo Cavallo como ministro de economía, Menem optó por el Plan de Convertibilidad que estabilizó la moneda en una paridad de un peso igual a un dólar norteamericano. Congeló los salarios públicos y también dinamitó un proceso corrupto de privatizaciones de empresas del Estado. En cierto modo rompió con el camino propuesto por Perón 50 años atrás. Líneas aéreas, ferrocarriles, agua, gas y teléfonos fueron entregados a grandes empresas locales y extranjeras; una ola privatizadora que provocó la llegada de inversiones extranjeras que provocaron que la economía argentina se estabilizara. Los resultados de estas medidas no fueron distribuidos de manera equitativa, y aumentó de manera notable los contrastes entre ricos y pobres; así como también el número de desempleados. Durante el mandato de Menem, el capital extranjero especulativo se apoderó del sistema bancario y la corrupción de la clase política, que utilizaba los recursos fiscales para sus propios intereses, ha ido complicando la situación hasta llegar al momento actual de tragedia y injusticia. El gobierno de Menem estuvo marcado desde el inicio por dos escándalos de corrupción: Swiftgate y Yomagate. Un ejemplo de las frivolidades del ex presidente, es el hecho que paseara por Buenos Aires con un Ferrari que le había regalado el empresario italiano, Massimo Dal Lago a altas velocidades En el segundo mandato de Menem, esta sensación de político frívolo y corrupto aumentó. El 1995 fue reelegido presidente de la Nación, con Carlos Ruckauf como vicepresidente. Domingo Cavallo se separó del gobierno y la corrupción se convirtió en el centro de atención de la actividad política y de los medios de comunicación. Figuras como el empresario Alfredo Yabrán, implicado en el asesinado de un periodista, entraron en escena. El país dejó de crecer, el paro llegó a niveles alarmantes y la deuda externa llegó a 130.000 millones de dólares. Producto de esta situación nació el Frepaso (Frente del País Solidario) que con alianza con el radicalismo venció al Justicialismo en las elecciones de 1999, con el triunfo de Fernando De la Rúa. Menem fue procesado, durante el mandat de De la Rúa, por asociación ilícita en la venta ilegal de armas y contrabando en Croacia y Ecuador. El noviembre de 2001 quedó en libertad cuando la Corte Suprema determinó que no había existido tal relación. Y ahora quiere volver a optar a la presidencia. Antes de ser escogido por el pueblo el 27 de abril, tendrá que medir sus fuerzas dentro del peronismo. La batalla con Duhalde, iniciada tiempo atrás, continúa. La batalla entre Duhalde y Menem Duhalde siempre ha intentado hacer un giro ideológico respecto a los ejes básicos del peronismo de Menem. Cuando este último era presidente argentino, y Duhalde era gobernador provincial, optó por un discurso más populista. El actual presidente abogaba por un regreso al peronismo histórico, con orientación socialcristiana y no neoliberal, recagrupando características del sindicalismo ortodoxo. Menem ha saboteado siempre los esfuerzos políticos de Duhalde. El 1987 Antonio Cafiero despreció a Duhalde como aliado y candidato a vicegovernador. Duhalde, entonces, se unió a Menem, en el aparato político de la denominada Renovación Justicialista. El 1995 la estrategia reeleccionista de Menem, impidió que Duhalde iniciara su camino hacia la Casa Rosada; y este último empezó a tejer un tupido entramado de intereses para concentrar el poder dentro del peronismo en Buenos Aires. Esto le permitió erosionar la figura de Fernando de la Rúa y a dismitificar dentro su partido a Adolfo Rodríguez Saá. Menem, ya desde el gobierno, había saboteado la candidatura presidencial de Duhalde ante Fernando de la Rúa. A pesar de haber perdido las elecciones ante de la Rúa, el enero del 2002, Duhalde se convirtió en el presidente argentino, por un consenso en el sí la Asamblea legislativa deslegitimada. Una vez en el poder, su pirueta política también ha sido evidente: del populismo a una posición neoliberal para hacer frente a las exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI). Cuando llegó al poder, Argentina estaba sumida en el caos, pero la situación ha empeorado durante su mandato. El país está a la deriva. Tan incapaz como De la Rúa, el futuro de Duhalde es incierto. Ante esta situación de incertidumbre, de lucha entre partidarios de Menem y Duhalde en el sí del peronismo; los asesores del ex presidente (un “cocktel” de ex troskistas, ex izquierda nacional, ex guardia de Hierro, ex servicios de inteligencia…) le aconsejan entrar en una “dialéctica de tensión”: demostrar la incompetencia de Duhalde al frente de la crisis argentina y criticar al actual presidente pública y abiertamente. Tanto menemistes como duhalistas han optado por una política de crítica sistemática y muy agresiva contra las organizaciones de la izquierda tradicional. Las dos tendencias dentro del peronismo temen que la crisis empeore. No se dan cuenta que son fuerzas anacrónicas ancladas en el pasado que han perdido legitimidad y que se mantienen por carencia de alternativas. Los proyectos de la izquierda no se terminan de articular, y el peronismo se resiste a morir. La crisis argentina es profunda y la salida del caos, complicada. Pero para que se produzca esta salida se necesitan nuevos protagonistas para enterrar a políticos tercos, corruptos y ciegos. Las fuerzas de la izquierda no tienen capacidad para aprovechar “el efecto Lula” en las elecciones del 2003. Tras la visita del presidente electo del Brasil a Argentina, Elisa Carrió, de la Coalición de Centro-izquierda ARIO (Argentinos para una República de Iguales); una de las responsables de haber hecho público el informe sobre corrupción y evasión fiscal durante la década de Menem, intentó erigirse como representante del fenómeno Lula. Víctor De Gennaro, líder de los gremios combativos, ha lanzado un movimiento social siguiendo el modelo del Partido de los Trabajadores (PT); tiene la simpatía de Lula pero no se plantea como una alternativa en los comicios del 2003 . El candidato de la izquierda más tradicional será Luis Zamora, lo cual rompería con el bipartidismo tradicional en el país entre la Unión Cívica Radical (UCR) y el Partido Justicialista (PJ). Parece que la UCR ha perdido todo su capital electoral tras la etapa al frente de Argentina de De la Rúa.

Cinco presidentes en quince días

La Casa Rosada ha visto, en quince días, cinco familias. Cinco presidentes han intentado dar un giro de 180º a la crisis argentina, todos ellos sin fortuna. Después de una ola de protestas de los argentinos por la crisis económica y social que vive el país, Fernando de la Rúa, que había apuntado que durante sus dos años de mandato había vivido “apagando fuegos”, se vio incapaz de apaciguar las críticas y las iras de sus ciudadanos. Argentina presentaba síntomas evidentes de deterioro y miseria, y De la Rúa no encontraba fórmulas para contrarrestar la crisis ni tampoco las medidas sociales que frenaran la desilusión de los argentinos. Desde el 10 de diciembre de 1999 ocupaba la presidencia argentina. Des del inicio, tuvo que hacer frente a conflictos diversos que hicieron disminuir su popularidad. En los primeros cinco meses al frente del Gobierno, De la Rúa perdió el 17% del respaldo de sus ciudadanos. El líder del partido Unión Cívica Radical (UCR) había ganado las elecciones del 1999 con un 48% de los sufragios. Serio y poco expresivo, pronto se le reprochó una carencia de liderazgo para enfrentarse a la crisis económica del país. Argentina se convirtió en el centro de preocupación internacional. Un símbolo del neoliberalismo durante la década de los noventa, hacía aguas. Doctorado en Derecho, inició su carrera política en edad temprana. El 1963 se incorporó como asesor del Ministerio de Interior y, 10 años más tarde, fue escogido senador en la capital federal por el UCR. El mismo 1973, el radical fue escogido por su partido como candidato a la vicepresidencia, pero fue derrotado por la fórmula Perón-Perón: Perón ganó las elecciones con más del 61% cuando volvió del exilio, y su esposa María Estela Martínez de Perón asumió el cargo de vicepresidenta. El golpe militar de 1976 le llevó de nuevo a su despacho de abogado; la actividad política a Argentina se paralizó, pero aún así, De la Rúa continuó erigiéndose como una figura importante en el sector más moderado de l’UCR. Cuando se restableció el sistema constitucional (1983), se empezó a perfilar como el candidato presidencial predilecto dentro su partido, pero fue derrotado por Raúl Alfonsín. Durante la dictadura, el terrorismo había sacudido el país, pero sobre todo los argentinos vivieron una dura represión. Durante el mandato de Alfonsín, la nación volvió a la democracia; se juzgó la antigua junta militar por haber violado los Derechos Humanos (Videla, Massera y Agosti) y se intentó dar la sensación que se modernizaban las fuerzas armadas. El radical De la Rúa volvió a ser senador. En junio de 1996 fue escogido como jefe de gobierno de la capital argentina, Buenos Aires. No era, precisamente pues, un desconocido cuando en 1999 De la Rúa llegó a la Casa Rosada. Pero todo el currículum político, de poco le sirvió. Los conflictos constantes provocaron que De la Rúa dimitiera el 20 de diciembre, porque 48 horas antes, los argentinos, cansados de las medidas restrictivas impuestas por el Gobierno, salieron a la calle. Durante su mandato el país se había enfrentado a ocho planes de reajuste de la economía; el Gabinete se había modificado en cinco ocasiones y los sindicatos habían convocado siete huelgas nacionales. La Argentina de De la Rúa se convirtió en el país con la tasa riesgo más alta del mundo para invertir. El sistema argentino perdió toda credibilidad internacional. Incapaz de conseguir un gobierno de unidad con los peronistas y obligado por la dimisión del ministro de Economía, Domingo Cavallo, De la Rúa no tuvo ninguna otra salida que hacer el equipaje, y abandonar la Casa Rosada. Cavallo fue nombrado presidente del Banco Central argentino el 1982, durante el gobierno militar. De 1987 a 1989 fue diputado por el Partido Justicialista. El 1989, Carlos Menem lo nombró ministro de Relaciones Exteriores y posteriormente, ministro de Economía. Seis años más tarde, dejó el Ministerio porque Menem no vio con buenos ojos que Cavallo denunciara casos de corrupción en la privatización del servicio de correos argentino. Se dedicó a la docencia hasta 1997, año en qué creó el partido de centro derecha Acción por la República. Fue candidato de esta formación en las elecciones de 1999 cuando De la Rúa triunfó. Acción por la República se convirtió en la tercera fuerza política. El marzo del 2001 aceptó ser ministro de Economía del Gobierno del ganador de las últimas elecciones (1999), y inmediatamente exigió al Congreso facultades especiales para conseguir reducir el déficit fiscal. Cavallo se hizo conocido mundialmente por haber controlado la hiperinflación de los años 80, por haber implantado la paridad cambiaria con el dólar y por haber diseñado los aspectos más importantes de las medidas económicas adoptadas por Menem. La familia de Ramón Puerta se convirtió horas después en los nuevos huéspedes de la Casa. El presidente provisional del Senado, según establece la Constitución, tuvo que asumir el cargo de presidente. Puerta se presentaba con el cartel de poderoso empresario que produce una de las marcas más populares de infusiones argentinas, y con más de 30 años de experiencia dentro del peronismo. Nacido en la ciudad de Apóstoles como otros importantes políticos, los radicales Mario Losada y Enrique “Coti” Nosiglia, ex ministro de Interior con Alfonsín, hijo de una familia adinerada, Puerta es ingeniero de profesión pero siempre se ha dedicado a los negocios familiares. El primero cargo político que ocupó fue el de diputado nacional en 1987, y fue reelegido en 1999. En 1991 fue escogido gobernador de Misiones, su provincia, y fue reelegido el 1995. Hábil comunicador, es conocida su fuerte amistad con el empresario Mauricio Macri, presidente del club de fútbol Boca Juniors. Sus relaciones empezaron en la Universidad. Y es que incluso, Macri se domicilió en Misiones para poderlo votar. El empresario sólo ostentó la presidencia 48 horas. Las maletas volvían a estar en la puerta de la Casa Rosada. El peronista Rodríguez Saá, gobernador de San Luis, sustituyó Ramón Puerta. Fue investido presidente de forma provisional durante 60 días y, inicialmente, debía convocar elecciones el 3 de marzo del 2002. Pero no pudo. Los argentinos volvieron a salir la calle protestando por el corralito, y el peculiar político tuvo que renunciar el 30 de diciembre, seis días después de haber asumido el cargo. Rodríguez Saá era conocido por los argentinos por su estilo autoritario de gestionar el gobierno en la provincia de San Luis. Pero era una solución momentánea para el país, teniendo en cuenta la eficiencia que habían tenido sus medidas a nivel económico para frenar los problemas financieros de su provincia. Abogado como Puerta, empezó a militar en el Partido Justicialista (peronista) en 1971. El joven Rodríguez Saá, con sólo 26 años, fue elegido diputado. Pero con la dictadura militar, se dedicó al mundo del derecho con sus hermanos. Su primera aparición pública como político se produjo el 1983 con el regreso a la democracia. Rodríguez Saá estuvo involucrado en un escándalo que le podía haber costado el final de su carrera política. El político, que mantenía relaciones extramatrimoniales en una casa de citas, fue secuestrado en este local. Los secuestradores lo sometieron a vejaciones y lo filmaron, para extorsionarlo posteriormente. Rodríguez Saá pidió apoyo al presidente Carlos Menem, y el escándalo finalizó con la detención y juicio de la amante y los secuestradores. En su provincia, muchos abogados han denunciado su particular estilo autoritario. Apunten que muchas decisiones de la justicia se han producido “por capricho” de Rodríguez Saá, así como también para encubrir algunos crímenes cometidos por policías: le acusan de haber tapado el asesinado de dos adolescentes, a principios de los 90, para proteger a dos ex funcionarios policiales de su provincia. También organismos de Derechos Humanos comparten estas acusaciones. También una multinacional americana, de la cual el era el apoderado en el país, fabricando de juguetes le tacha de estafador. Sus presupuestos equilibrados, una relativa seguridad a San Luis y una importante industria del turismo en su provincia le avalaban para liberar Argentina de la angustia. Pero seis días estuvo Rodríguez Saá en la Casa Rosada, y cedió el cargo al presidente del Cámara de Diputados, Eduardo Camaño. Antes, Rodríguez Saá declaró la mayor suspensión de pagos de la historia económica mundial: 132.000 millones de dólares. Ni su programa populista, que no convenció a los expertos económicos, ni el compromiso de crear un millón de puestos de trabajo le mantuvieron en el cargo. Eduardo Camaño fue el encargado de convocar la Asamblea Legislativa y designar el nuevo presidente. La hora de Eduardo Duhalde había llegado. El uno de enero de 2002, el senador peronista fue nombrado jefe de Estado hasta diciembre de 2003. Con el respaldo de peronistas y radicales, encabeza un gobierno de unidad con la voluntad de conseguir paz social, estabilidad económica y tranquilidad. Tranquilidad para millones de argentinos que han visto cambiar completamente su situación económica en cuestión de meses. La carrera política de Duhalde empezó el 1974 cuando fue escogido regidor, pero acabó siente intendente de la provincia de Lomas de Zamora. 28 años más tarde, fue escogido senador, pero finalmente se ha convertido en el presidente, tras la crisis institucional y el consenso, de nuevo le abrieron las puertas, esta vez de la Casa Rosada. Durante la década de los setenta, Duhalde fue intendente de la provincia de Lomas de Zamora, hasta el golpe militar. Tras el golpe militar de 1976, se alejó de la política dedicándose al sector inmobiliario. Con el restablecimiento de la democracia, volvió a la intendencia de la provincia. El 1987 accedió al Congreso y llegó a convertirse en vicepresidente de la cámara. Curiosamente renunció a un enorme reto: ser “el segundo” de Menem; y tras el triunfo del presidencial, dimitió para convertirse en gobernador de la provincia de Buenos Aires. Las diferencias con Menem siempre han sido notables. Imposibles de solventar, según algunos intelectuales, periodistas y políticos argentinos. Durante ocho años se convirtió en el máximo responsable del área más habitada del país, gobernador de la provincia de Buenos Aires, y fue reelegido el 1995. Fruto de la polarización Menem-Duhalde, se constituyeron dos corrientes fuertes en el interior del justicialismo. Y por otra parte, De la Rúa, del Partido Radical, se erigía como una nueva figura dentro la política argentina. Duhalde siempre vio el radical como rival. Su derrota delante de De la Rúa en las elecciones de octubre de 1999, (obtuvo un 38,7% de los sufragios ante el 48,5% del radical) hizo que se replanteara la posibilidad de volver a dedicarse al sector inmobiliario. Pero cuando se dio cuenta de la carencia de liderazgo del radical, devolvió a la vida política con fuerza, con voluntad de sustituirlo. Duhalde vio en todo momento que la fragilidad de la economía argentina, le podía llevar a la anhelada Casa Rosada. Y ahora allí está. De momento, hasta diciembre del año 2003. Con 260 votos a favor (peronistas, radicales, frepasistas y bloques minoritarios) y, 21 en contra (del partido Acción por la República), la Asamblea Legislativa lo designó para ocupar la presidencia. El hombre de los acuerdos, después de las diversas renuncias y tras haber perdido las elecciones de 1999, se convirtió en presidente el primer día del 2002, en el nuevo huésped de la Casa, en el líder que debe arrastrar Argentina. El encargado de dar el golpe de timón para salvar Argentina. De momento momento el país continúa naufragando.


 


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