Anuario 2003
India
"India estrecha la mano a China y a Pakistán"
Susanna González

El Gobierno indio de Atal Bahari Vajpayee ha mejorado este año las relaciones con el gigante chino y, con un acercamiento a Pakistán, ha intentado resolver el conflicto de Jammu y Cachemira. Dentro de las fronteras, las lluvias, más generosas este año, han dado un respiro a la economía de un país que, con una superficie de tres millones de kilómetros cuadrados, depende en gran parte de la agricultura. La población de India, que asciende a mil millones de personas, ha aprovechado unos bajos tipos de interés para pedir créditos y adquirir así bienes de consumo, aumentando la demanda y ayudando a incrementar la producción. Así que, aunque perduran los conflictos entre la población de diferentes etnias y estados, el partido del Gobierno avanza bastante relajado hacia las generales, sobre todo después de haber arrebatado tres estados al Partido del Congreso, líder de la oposición, en las elecciones regionales de diciembre.
En junio de 2003 y por primera vez en diez años, un primer ministro indio viajó oficialmente a China. La visita de Atal Bahari Vajpayee inició una nueva etapa de las relaciones indo-chinas y puso fin a los litigios que les condujeron a enfrentarse en la guerra de 1962 y que, durante décadas, han marcado la relación entre ambos. Las reuniones entre las autoridades de los dos gigantes asiáticos finalizaron el 27 de junio. India reconoció la soberanía de China sobre el Tíbet. Y China, que el ex reino de Sikkim (fronterizo con el Tíbet) pertenece a India. Entre reconocimientos y concesiones quedó sin embargo muy claro que India no iba a modificar el estatus del Dalai Lama, que fue acogido por Nueva Delhi, junto con 100.000 independentistas tibetanos más, en 1959. China considera que el líder espiritual y premio Nobel de la Paz aprovecha sus viajes a diferentes países para difundir ideas separatistas, y, por eso, las embajadas chinas aconsejan que ni se le reciba oficialmente.

Aunque con los seis días que Vajpayee estuvo en Pekín se puso fin a décadas de conflicto por estas zonas del Himalaya, la explicación de las malas relaciones entre India y China no puede reducirse únicamente al problema de las fronteras. El apoyo que China ha dado siempre al plan nuclear de Pakistán, el gran enemigo indio, ha favorecido la desconfianza de India, que se sentía doblemente amenazada. El ministro indio de Defensa, George Fernandes, hizo saber en 1998 que si India necesitaba las armas nucleares era más por la continua amenaza china que por su rivalidad con Pakistán. Y los temores de Nueva Delhi han perdurado hasta la actualidad. El 27 de enero, y en el marco de la conferencia sobre la seguridad de Asia y China 2000-2010, el actual ministro indio de Asuntos Exteriores, Yashwant Sinha, se mostró muy preocupado por los informes sobre la proliferación nuclear y de mísiles de China.

“The Times of India” publicó que la visita de Vajpayee ponía fin a meses de complicadas negociaciones y que la asociación de dos gigantes como India y China podría ser “tan magnífica como temible”. Dos países que suman 2.300 millones de habitantes (un tercio de la humanidad), que aspiran a ser grandes potencias y que, además, son vecinos no podían seguir dejando pasar por alto lo que en términos de mercado significan semejantes demografías. Y es que la principal asignatura pendiente entre India y China es la relación comercial. Mientras en 2002, el balance de intercambio entre ambos fue de 5 mil millones de dólares, China llegó a los 100 mil millones en sus transacciones con Estados Unidos. Así que, durante las conversaciones de junio, se acordó, en este sentido, que en 2005 el intercambio debería haber aumentado hasta 10 mil millones y que se basaría, sobre todo, en software indio y en manufacturas chinas.

Esta apertura de mercado beneficia a ambos países pero urge más a la India. “The Economist” resumía, en el número del 21 de junio, la evolución de los dos aspirantes a potencias mundiales. En 1980 India contaba con 678 millones de habitantes y China con 300 millones más. En 2001 y tras 21 años de carrera hacia la modernidad, había 1.033 millones de indios frente a 1.272 millones de chinos. India casi ha alcanzado a China demográficamente, pero la cifra juega poco a su favor. De estos 1.033 millones de indios, el 29% viven por debajo del umbral de la pobreza. Y China ha reducido el porcentaje hasta el 5%. Así que a India le interesa fijarse en cómo el crecimiento económico chino se ha ganado la atención de analistas económicos y, por supuesto, de inversores extranjeros y, a cambio, el subcontinente es el ejemplo de un país que se ha ganado el protagonismo en el sector de las nuevas tecnologías y la informática.

Aunque la clasificación de países según los indicadores de desarrollo humano incluye a India y a China en el mismo grupo, el de países con un nivel de desarrollo medio, el PIB por habitante es de 1.500 dólares más en China. Ante esta diferencia, los analistas más defensores del potencial económico indio suelen animarse con las previsiones para el periodo 2002-2006, que sitúan el promedio de crecimiento del PIB indio en el 6%, una cifra en absoluto despreciable. En realidad, alcanzar esta cifra va a requerir bastantes esfuerzos: el crecimiento económico al finalizar el ejercicio financiero en marzo de 2003 fue del 4,3%. Seis meses después y tras comprobar que la sequía no iba a volver a hacer estragos este año, las expectativas van al alza y las previsiones sobre el crecimiento del PIB para el ejercicio 2003 (que finalizará en marzo del 2004) siguen fijadas en el 6%. No hay que olvidar que una cuarta parte de la economía india depende de la agricultura. Durante el año pasado, la sequía comportó serios problemas, pero las lluvias han sido en 2003 más frecuentes, cuantiosas y adecuadas a los tiempos de las cosechas. Además, los más optimistas creen que el proceso de liberalización ha enterrado ya prácticamente todos los vestigios proteccionistas de la década de los noventa y que las empresas indias están preparadas para competir en el mercado global. Y no sólo se refieren a las tecnológicas y farmacéuticas, sino que también incluyen las que producen coches, motos, cemento y acero. Hay coincidencias al citar un segundo factor clave en la bonanza económica: los tipos de interés, que han caído del 12% al 6% en cinco años y, obviamente, han favorecido la petición y obtención de préstamos para comprar coches o construir casas.

Pero aunque la demanda haya aumentado favoreciendo así a la industria y al mercado, el mayor problema económico indio sigue siendo el déficit del Gobierno central y de los estatales, que desde 1999 ronda el 11% del PIB. En este sentido, el Banco Mundial recomendó en un informe, en junio, que se tomasen medidas de recorte de déficit. El estudio alertaba que, sin “un mayor ímpetu reformista”, difícilmente la economía crecería más de un 5% por año durante el plan del Gobierno para el periodo 2002-2007, que había propuesto un crecimiento del 8% anual. El 28 de febrero, Jaswant Singh (del partido BJP), presentó su primer presupuesto como ministro de Finanzas. A los economistas les pareció que Singh tenía más interés en el crecimiento a corto plazo que en reformas estructurales. Pero al menos quedó claro que Singh es consciente de que el déficit indio no puede sostenerse indefinidamente y por ello ha intentado que los estados empiecen a controlar su déficit, que suma más de la mitad del total.

El problema es que, aunque los préstamos dependen del Banco Central y no debería ser fácil conseguir su aprobación, existen depósitos de pequeñas cantidades que los gobiernos de los estados obtienen mediante las oficinas públicas de las delegaciones del Gobierno central, a 25 años de plazo y sin intereses. Teóricamente, estas cantidades de dinero se están invirtiendo en nuevos negocios, pero, en la práctica, los estados suelen destinarlas a pagar deudas o a devolver otros depósitos. Ante tal desorden en las cuentas, Singh anunció su intención de ofrecer a los estados la posibilidad de cambiar las deudas pendientes por préstamos a cambio de que asuman un déficit determinado. Según los economistas más ortodoxos, estas medidas son mínimas para reducir la deuda, y, según los más críticos, no se llevarán a cabo hasta después de las elecciones generales de 2004.

Las elecciones regionales del 2003 se han interpretado como un avance de lo que pasará en las generales, que deberán convocarse como muy tarde en octubre de 2004 y que se preveían como un pulso entre el Bharatiya Janata Party (BJP), que gobierna en Nueva Delhi, y el Partido del congreso (PC), que encabeza la oposición. El PC, de Sonia Gandhi, ha perdido este año parte del protagonismo que acostumbraba a tener en los gobiernos de los estados. Aunque la influencia del BJP en el nordeste del país sigue siendo poca, los nacionalistas han conseguido que los gobiernos de los estados de Goa y Gujarat, los únicos que antes gobernaba, dejen de ser una excepción. Y los buenos resultados del BJP en las elecciones del 1 de diciembre han hecho pensar que el Gobierno central va a aprovechar el buen clima político y económico para convocar las elecciones generales mucho antes de octubre de 2004.

Tanto en las elecciones regionales de febrero como en las de diciembre, los medios de comunicación dieron mucha importancia a la relativa tranquilidad con que se habían celebrado los comicios, que en otras ocasiones se habían caracterizado por la violencia. Las medidas de seguridad que suelen rodear los comicios indios llegaron a los 400.000 agentes. Desde dos días antes de la jornada electoral de diciembre, este dispositivo se encargó de la vigilancia para evitar incidentes que, aunque se registraron, fueron menores que en otras ocasiones.

En Himachal Pradesh, el estado que comparte fronteras con Jammu y Cachemira, el Partido del Congreso obtuvo, el 26 de febrero, 40 de los 65 asientos. Los nacionalistas hindúes del BJP se quedaron con 16. En Delhi, el estado de la capital, que acudió a las urnas el 1 de diciembre, el PC consiguió renovar mandato y Sheila Dikshit seguirá en el gobierno otros cinco años. En los estados fronterizos con Bangladesh, el Congreso triunfó en Meghalaya, encabezando una coalición de seis partidos. Pero la popularidad del PC ha quedado limitada a la de estos tres estados. Incluso en el resto del noreste, a pesar del poco peso del nacionalismo hindú, los partidos y coaliciones locales recibieron más apoyo de los votantes que el Congreso. En Tripura, el Frente de la Izquierda, liderado por el Partido Comunista de la India (marxista), y constituido también por otros pequeños partidos locales, barrió al Congreso, que pasó a la oposición.

Este triunfo de la izquierda se entendió como un rechazo a la violencia y al pacto del PC con el Partido Nacional de los Indígenas de Tripura (INPT), acusado de tener relación directa con el grupo ilegal Frente de Liberación Nacional de Tripura (NLFT), que defiende la independencia o amplia autonomía y los derechos de los grupos tribales aborígenes (bengalíes que en muchos casos inmigran desde Bangladesh). En Naga, el estado fronterizo con Myanmar donde el grupo armado Movimiento Social-Nacionalista de Naga (NSCN) lleva luchando por la independencia más de 50 años, el PC perdió, el 26 de febrero, el gobierno de un estado que gobernaba desde hacía diez años. Aunque el PC fue el partido que más escaños (21) obtuvo en solitario, el Frente Popular de Naga (NPF), con 19 escaños y el apoyo de otros partidos (entre ellos siete diputados del BJP), consiguió el gobierno de este estado. El BJP no formará parte de la alianza que se encargará de esta administración, pero ha contribuido a la campaña de desgaste al PC anunciando un nuevo esfuerzo por la paz de Naga y prometiendo que los líderes del NSCN negociarán directamente con Atal Bahari Vajpayee en Nueva Delhi.

Y si en los estados del noreste la pérdida de influencia del partido laico se debe al poder de los partidos y coaliciones locales, los resultados de las elecciones del 1 de diciembre en los estados centrales dieron una clara victoria a la “hindutva”, el nacionalismo político hindú. Los nacionalistas consiguieron colocar a administradores de su partido en Madhya Pradesh, Chhattisgardh y Rajastán. Cuando el 100 por cien de los votos estuvo escrutado, cuatro días después de la jornada electoral, la cúpula directiva del partido nacionalista hindú BJP tenía claro que la población confiaba en su manera de gestionar el país.

La hindutva se colocó el año pasado en el centro de la polémica por los enfrentamientos entre musulmanes e hindúes. A raíz de los incidentes que costaron la vida a 1.000 personas, la mayoría de ellas musulmanas, se acusó al Gobierno de discriminar a la minoría de religión islámica. En 2001, los mayores enfrentamientos tuvieron lugar en el estado de Gujarat, donde las dos mayores religiones de la India se disputaban la construcción de un templo. El conflicto por el templo de Adodhya debía finalizar el 22 de agosto de 2003, cuando el informe final arqueológico afirmó que, en la zona disputada, no había construcciones anteriores a la mezquita Babri. Esto significaba que el lugar donde el templo a Ram (dios hindú del que la hindutva ha potenciado el culto) pretendía ser construido, era en realidad un espacio de tradición de culto islámico. Pero al día siguiente, tuvieron lugar dos atentados en Bombay, el centro financiero de India, donde el 25 de agosto murieron 146 personas y otras 169 resultaron heridas en la explosión simultánea de dos coches bomba, uno en un concurrido mercado de oro y otro cerca del monumento Entrada a la India, un gran arco construido durante el dominio colonial británico. Y las fuentes oficiales culparon, el 26 de agosto, a un grupo islámico. Las sospechas de policía de Bombay apuntaban a un grupo estudiantil musulmán relacionado con Lashkar-e-Taiba, una organización separatista de Cachemira con sede en Pakistán. Los problemas entre el 80% de la población hindú y el 14% de población musulmana de India tampoco han encontrado una solución este año.


El camino del diálogo para resolver el conflicto de Cachemira

La cumbre de Sur de Asia ha sido el marco del encuentro histórico entre los dirigentes de las dos potencias nucleares, vecinas y rivales, que han mantenido al mundo en vilo durante años. El 6 de enero, la declaración conjunta “hemos hecho historia” sellaba un acuerdo para iniciar las negociaciones de paz para Cachemira en febrero de 2004. “No hay vencedores ni perdedores”, añadió Musharraf, “es una victoria para el mundo”. Desde 1947, los dos países se disputan el territorio. Al menos doce grupos distintos luchan por la independencia del estado de Cachemira desde 1989. Catorce años después, las víctimas siguen engordando una lista de 40.000 muertos, según la versión oficial y de 80.000, según los independentistas. A principios de enero de 2004, el primer ministro indio, Atal Bahari Vajpayee, ha visitado Islamabad. “Si queremos resolver este asunto (el de Cachemira), ambas partes necesitamos dialogar con flexibilidad”, anunció, el 18 de diciembre de 2003, el presidente de Pakistán, Pervez Musharraf. Según el dirigente paquistaní, India y Pakistan debían encontrarse “en un punto medio”. Nueva Delhi también había anunciado que iba a esforzarse por llegar a un acuerdo que acabase con el conflicto que les enfrenta desde hace cincuenta años. De momento, han cumplido con sus intenciones. El éxito de las futuras negociaciones, previstas para febrero, depende en gran parte del grado de “flexibilidad” que Musharraf y Vajpayee estén dispuestos a asumir. Varios analistas internacionales han señalado el plebiscito, que Pakistán exige y que las Naciones Unidas han respaldado en varias ocasiones, como el eje que va a marcar el próximo encuentro. Opinan que si Pakistán sigue “exigiéndolo todo” (que sean los cachemires quienes decidan a qué país debe pertenecer su estado), entonces “no van a obtener nada”. Sin embargo, Musharraf ya ha hecho alusión a la posibilidad de renunciar a él. También han advertido de que India está aprovechando la tranquilidad actual para acelerar la construcción de una valla en la línea de control que divide Cachemira, y de que tal acción no denota “sinceridad” en la voluntad de acercamiento. Nueva Delhi, que controla el 45 por ciento de el estado cachemir con mayoría de población musulmana, insiste en que es depositaria de su soberanía porque en 1947, durante la partición del subcontinente, el marajá que gobernaba Cachemira decidió incorporarse a India al sentirse amenazado por grupos tribales paquistaníes. Para que los dos rivales nucleares acordasen el alto al fuego que ha permitido sentar las bases para el encuentro de enero de 2003, la relación entre ambos ha ido suavizándose a lo largo de 2003. En realidad, los lazos diplomáticos han tenido que restablecerse después de que el 8 de febrero, India expulsase al embajador paquistaní Jalil Abbas Jilani, tras acusarlo de cooperar con grupos separatistas en Jammu y Cachemira. El atentado al Parlamento indio en diciembre de 2002 ya había provocado que el año nuevo no empezase con buenas expectativas para las relaciones entre India y Pakistán. Nueva Delhi responsabilizó a Islambad y, al día siguiente, India afirmó que había derribado un avión espía paquistaní en Cachemira. El presidente paquistaní, Pervez Musharraf, negó que India hubiese derribado ningún avión, de la misma manera que niega, tanto a India como a Estados Unidos, el apoyo que le acusan de dar a musulmanes extremistas que actúan en las fronteras de Cachemira y Afganistán. El primer ministro indio, Atal Bahari Vajpayee, se quejó, en una conferencia sobre el terrorismo celebrada el 10 de febrero en Nueva Delhi, de que Pakistán justificaba la violencia como medio para luchar por la libertad -refiriéndose al conflicto que enfrenta a los dos países por esta zona del Himalaya-. Y Vajpayee añadió que Estados Unidos lo consentía a cambio de obtener ayuda en Afganistán. Así que después de 50 años de conflicto y el precedente del año anterior, durante el cual India y Pakistán casi llegaron a su cuarta guerra, no se sabía si la tensión en la frontera desembocaría en la deseada paz o si los enfrentamientos iban a seguir subiendo de intensidad. De hecho, la adquisición de armamento y las pruebas de misiles han sido, un año más, común denominador en la política india y paquistaní, y los sucesos de los primeros cuatro meses del año ya auguraban lo peor. En un ataque de guerrillas islamistas a un puesto de policía en Cachemira murieron 11 personas; pocos días después, el 13 de marzo, murieron al menos 13 al estallar un autobús. Y como cosecuencia, el 22 de marzo, India y Pakistán enviaron más efectivos a Cachemira. La delicada situación del conflicto de Jammu y Cachemira dio un inesperado giro con la primera visita de un primer ministro indio a Cachemira desde 1986. El 18 de abril, Atal Bahari Vajpayee anunció que quería dialogar con Pakistán para resolver el conflicto y el 2 de mayo India ofreció a Pakistán la reapertura del tráfico aéreo y los lazos diplomáticos. Aunque esta voluntad conciliadora fue una buena noticia en medio de lo que en muchas ocasiones ha parecido la guerra de nunca acabar, el discurso también se interpretó como una demostración de la voluntad de soberanía de India sobre Cachemira. Y tampoco hay que olvidar que anteriormente ya se habían producido otros intentos de acercamiento –como el viaje de Vajpayee a Lahore (Pakistán) en 1999 o el de Musharraf a Agra (India) en 2001- que resultaron infructuosos. Acercamiento inesperado El primer ministro indio describió el inesperado acercamiento como “el tercer y último esfuerzo” de su vida para solucionar este conflicto. El 4 de mayo llegó el anuncio del restablecimiento de comunicaciones por carretera, tren y aire e Islamabad propuso también la reapertura de las embajadas. Al día siguiente, India nombró un nuevo embajador en Pakistán. Pero al margen de las negociaciones políticas, la violencia seguía perpetuándose a pie de calle. Y esto acabó repercutiendo en el diálogo. El 17 de agosto India negó estar preparando una acción militar en la línea de control en Jammu y Cachemira, tras la pertinente acusación paquistaní. Y después, el Ejército indio afirmó que Pakistán seguía entrenando a rebeldes musulmanes. El 28 de septiembre murieron 15 guerrilleros islámicos en un enfrentamiento con soldados indios en Cachemira. Dos días después, “The Washigton Post” publicó que los soldados indios habían matado a los guerrilleros porque estaban intentando penetrar en la zona controlada por la India. Así que las acusaciones entre los dos bandos y la desconfianza mutua ralentizaron el avance de las conversaciones. Esfuerzos conciliadores El nuevo gobierno del estado de Cachemira, elegido en las polémicas elecciones de septiembre de 2002 y liderado por Mufti Mohammed Sayeed, propuso tratar el problema de un modo distinto y cambiar la represión por el diálogo. La propuesta tiene una buena acogida entre la población cachemir, harta de vivir en un ambiente bélico, pero los ataques que han tenido lugar este año pueden interpretarse como un recordatorio de que los guerrilleros no quieren moderación. El 23 de marzo, Abdul Majid Dar, líder independentista, fue asesinado tras proponer diálogo con India. El 24 de marzo, en el pueblo de Nadimarg (a nueve kilómetros de Srinagar) un grupo de hombres armados irrumpió en las casas a medianoche. Veinticuatro personas murieron fusiladas después de ser ser colocadas en fila. Entre las víctimas, todas hindúes y de la minoría pandit, había dos niños. O bien los guerrilleros estaban demostrando su rechazo a la contención o bien, según interpretaron los medios de comunicación locales, los independentistas musulmanes estaban intentando ahuyentar a las minorías para aumentar su fuerza en Cachemira. De hecho, después de la matanza de Nadimarg, la mayoría de pandits quería marcharse del estado. Tras el lamentable episodio, India acusó a Pakistán. Musharraf negó toda responsabilidad y condenó los ataques. Pocos días después, ambos anunciaron nuevas pruebas de misiles nucleares. El martes 18 de noviembre, el Gobierno del estado de Jammu y Cachemira anunció que, durante el año que llevaban en el poder, los incidentes violentos se habían reducido un 16%. Aunque la noticia es esperanzadora, el análisis de la situación no puede regirse por el optimismo. Sin ir más lejos, el mismo día un tiroteo entre soldados indios y supuestos rebeldes acabó con un policía federal muerto y otros dos heridos. Un pequeño grupo militante cachemir, Al-Mansurain, llamó a los periódicos locales para atribuirse el ataque al puesto de control cercano a los cuarteles militares indios. Al día siguiente, las tropas indias colocaron explosivos en un edificio cercano al cuartel donde se escondían guerrilleros. Con la explosión, el edificio sufrió daños importantes y el fuego se extendió al bloque de al lado. Desde el interior los rebeldes disparaban a los policías que les rodeaban. Se desconoce cuántos eran los que disparaban y tampoco se sabe a qué grupo pertenecían. Ante ejemplos como este y después de tantos años y varios intentos fallidos, puede parecer que la paz nunca va a llegar a Cachemira. Y que cualquier solución aceptable en Islamabad va a ser rechazada en Nueva Delhi y viceversa. Pero la perpetuación del conflicto no beneficia a ninguno de los dos países y, pragmáticamene, dificulta enormemente su incorporación al escenario económico mundial. Sobre todo en un momento en el que la vinculación con el terrorismo se ve como una mancha en la imagen de cualquier país. El 10 de abril India insistió en que Estados Unidos no contribuía a que Pakistán dejase de ayudar a las guerrillas que actúan en la zona india de Cachemira, y avisó de que podría emprender una acción militar contra su vecino con el mismo derecho que Estados Unidos había actuado “ante la amenaza iraquí”. Quizás porque Occidente no desprecia nuevos mercados potenciales o quizás porque la lucha antiterrorista es la cruzada de principios de este siglo, la presión internacional ha aumentado en la zona. India pide que Estados Unidos presione a Pakistán. Y el ministro paquistaní de Asuntos Exteriores ha declarado que Cachemira es un conflicto equiparable al palestino y que por tanto, merece la misma dedicación. Tras haber superado con éxito la necesidad imperante de un primer encuentro, las esperanzas se depositan en las conversaciones de enero.


Cronologia año  2003
8 de enero. Atal Bahari Vajpayee anunca que dialogará con los líderes del grupo insurgente Naga, NSCN (I-M) en India. ninguno de los encuentros en los últimos cinco años de negociaciones ha tenido lugar en el país. El NSCN (I-M) pide un área de administración propia en el norte y el este.

8 de febrero. India expulsa al embajador paquistaní Jalil Abbas Jilani tras acusarlo de cooperar con grupos separatistas cachemires.

26 de febrero. Elecciones en los estados de Himachal Pradesh (PC), Meghalaya (PC), Naga (Frente Popular de Naga) y Tripura (Frente de la Izquierda).

22 de marzo. India y Pakistán envian más efectivos a Cachemira tras varios días de enfrentamientos en la zona.

23 de marzo. Muere asesinado Abdul Majid Dar, líder independentista cachemir, tras proponer diálogo con India.

24 de marzo. 24 personas de la minoría pandit (hindú) son fusiladas en el pueblo de Nadimarg a manos de guerrilleros cachemires.

18 de abril. Atal Bahari Vajpayee propone diálogo con Pakistan durante su visita a Cachemira.

24 de abril. Cinco muertos al estallar un coche bomba en Cachemira.

2 de mayo. India ofrece a Pakistán la reapertura del tráfico aéreo y de los lazos diplomáticos.

4 de mayo. Islamabad propone a India la reapertura de las embajadas.

5 de mayo. India nombra a un nuevo embajador en Pakistán.

21-27 de junio. Reunion entre los dirigentes de India y China. India y China inauguran una nueva fase en su relación y apuesta por negociar las disputas fronterizas.

22 de agosto. Entregado en informe final arqueológico sobre Ayodhya que afirma que no hay construcciones anteriores a la mezquita de Babri.

25 de agosto. Dos coches bomba en Bomabay causan la muerte a 146 personas y hieren a otras 169

28 de septiembre. Mueren 15 guerrilleros islámicos en un enfrentamiento con soldados indios en Cachemira.

1 de diciembre. El BJP gana las elecciones en los estados de Madhya Pradesh, Chhattisgrad y Rajastán. El PC vuelve a ganar en el estado de Delhi.

6 de enero de 2004. India y Pakistán acuerdan iniciar negociaciones formales sobre Cachemira en febrero.


 


Periodismo Internacional © 2019 | Créditos
Facultat de Comunicació Blanquerna - Universitat Ramon Llull