Anuario 2003
Gran Bretaña
"La guerra en Irak, el “caso Kelly” y el euro llevan la crisis al Gobierno británico"
Cristina Collado

El Reino Unido ha apoyado, contra viento y marea, a Estados Unidos en su afán por entrar en guerra con Irak. La opinión pública, en un primer momento, secundaba en gran medida la política propuesta por el líder laborista, que se vio reforzada por la rápida victoria en la guerra de Irak, pero el apoyo fue cayendo en picado cuando las inspecciones no lograron encontrar la excusa que llevó a la guerra: las armas de destrucción masiva. Este descontento se vio reflejado en las elecciones municipales, en las que los laboristas perdieron, cediendo la victoria a los conservadores. Pero el hecho que sin duda favoreció este declive paulatino del soporte de la opinión pública británica al laborismoo (aunque, a pesar de ello, Blair sigue siendo el principal candidato para ganar las elecciones que se celebrarán en 2005 o 2006) fue el “caso Kelly”, el experto en armas químicas que se suicidó después de que se difundiera su nombre como la principal fuente de la BBC, cadena británica que aseguró que el Gobierno había manipulado los informes sobre las armas de destrucción masiva de Irak.
Esta crisis de confianza en el Gobierno se vivió también en el seno del partido con las dimisiones de ministros del Gabinete laborista como Robin Cook æjefe de los laboristas en la Cámara de los Comunes y ex ministro de Exterior (entre 1997 y 2001)æ y Clare Short æministra de Cooperación Internacionalæ; la renuncia de uno de los principales aliados de Blair, el ministro de Sanidad, Alan Milburn; o la dimisión del director de comunicaciones del primer ministro, Alastair Campbell, acusado de “hacer más sexy” el informe sobre Irak. Frente a estos acontecimientos, Blair ha mantenido siempre la calma y ha intentado convencer, con su don de persuasión, a los británicos, a la oposición y a su propio partido de que había hecho lo correcto. Esta misión de Blair para convencer de su buen hacer, sin embargo, es harto difícil ya que, por el momento, las inspecciones no han encontrado las armas de destrucción masiva por las que el Gobierno británico llevó el país a la guerra. De todos modos, Blair no se ha mostrado tan preocupado por la situación de desprestigio interno que vive en su país como por los problemas en las tensas relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea, o mejor dicho, con la “vieja Europa” ælos países fundadores de la unión, liderados por Francia y Alemaniaæ.

En un segundo plano, Blair ha tenido que combatir también con la oposición y con su propio Gobierno. Por un lado, con los conservadores que, liderados por Ian Duncan Smith –que en octubre dimitió tras perder una moción de confianzaæ se han alzado en críticas contra el Gobierno. Y, por otro lado, en el propio partido laborista Blair ha tenido que batallar con su ministro del Tesoro, Gordon Brown, en relación a cuándo debía hacerse la convocatoria del referéndum sobre el euro.

El año empezó con una revelación que nublaba la credibilidad del Gobierno. En febrero se publicó que para elaborar un informe sobre las acciones de Sadam Husein, el Gobierno británico se había basado en estudios realizados en años anteriores en vez utilizar la información nueva de los servicios secretos. La opinión pública empezaba a mostrarse en contra de las formas que empleaba el Ejecutivo. En febrero de 2003, sólo un 9% de los británicos creía que el Reino Unido tenía que ir a la guerra sin el mandato de la ONU, mientras que los índices en septiembre y octubre de 2002 eran muy superiores, 34% y 22%, respectivamente. Era sólo el principio de una dura carrera de obstáculos que sortear.

Un mes después, en marzo de 2003, amenazaba con dimitir la ministra de Cooperación Internacional, Clare Short, si el Reino Unido apoyaba un ataque contra Irak sin esperar una segunda resolución de la ONU. La ministra, que acusó a Tony Blair de “irresponsable”, se retractó de su amenaza y se mantuvo en el Gabinete laborista hasta que, una vez finalizada la guerra, dimitió finalmente, tras seis años en el Gabinete, por discrepancias con el Gobierno sobre la reconstrucción de Irak y sobre el pobre papel que se le estaba otorgando a la ONU. Short se fue dejando un legado de fuertes críticas hacia el Gobierno, diciendo, entre otras cosas, que no había unanimidad en el Gabinete, sino que todo venía ordenado desde el despacho del primer ministro. Otra dimisión, un poco más silenciosa æen un primer momentoæ que la de la ministra, fue la del líder de la Cámara de los Comunes y ex ministro del Exterior, Robin Cook, quien se marchó sin criticar a Blair pero lamentando que Gran Bretaña se opusiera a sus vecinos europeos y se uniera al unilateralismo de Bush. Durante su época como ministro de Exteriores, Cook fue criticado por su dura postura contra el líder iraquí, pero en esta ocasión no creía que las cosas se estuviesen haciendo de una manera correcta. El ex ministro defendía que el orden internacional debía basarse en las decisiones multilaterales a través de la ONU y, en ese caso, él creía que no se había resuelto así. Tres meses después, en junio de 2003, Robin Cook, junto con Clare Short, acusaron duramente a Blair de falsear y contar verdades a medias. El diario “Sunday Times” publicó en octubre un extracto del dietario del ex secretario del Foreign Office en el que aseguraba que cinco ministros se opusieron a los planes de Blair: el del Interior, David Blunkett; la ministra de Industria, Patricia Hewitt; y la de Educación, Estelle Morris; además de él mismo y de la ex ministra de Desarrollo Internacional. Esta revelación llevó el pánico a las filas del partido laborista. Blunkett y Hewitt se apresuraron a proclamar a gritos su lealtad a Blair.

Robin Cook afirmaba también en su diario que Tony Blair le había dicho directamente, unos días antes de la invasión, que Irak carecía de armas químicas y biológicas con las que atacar ciudades estratégicas, y que ni siquiera podía utilizarlas en el campo de batalla contra los soldados británicos y norteamericanos. Con esas acusaciones Cook ha intentado dar un paso más allá para que los británicos supieran por qué y de qué manera el Reino Unido se sumó a la guerra de Bush contra Sadam Husein, ya que, según él, si se demostrara que las acusaciones de la posesión de armas de destrucción masiva son falsas, se desmoronaría la necesidad de una intervención de urgencia y, por lo tanto, no habría justificación para la guerra. Prevalecería entonces la idea de una intervención bélica para realizar un cambio de régimen en Irak, antes que para desarmar a Sadam.

Frente a estas graves acusaciones Blair ha sabido mantenerse a flote e incluso ha conseguido que aumentara su popularidad tras la rápida victoria de la guerra, dando, aparentemente, la vuelta a lo que reflejaban las encuestas sobre la caída en picado de su prestigio. Pero una prueba de fuego, como fueron las elecciones municipales, constataron lo que realmente decían tales encuestas: que su política estaba minando su popularidad. A principios de mayo, los laboristas perdieron las elecciones municipales a favor de los conservadores. Entre algunas de sus pérdidas estuvo Birmingham, uno de los mayores consejos municipales del país. Pero las razones de los votantes no fueron tanto la política internacional del Gobierno, sino su descuido por las cuestiones internas del país, tales como sanidad, transporte o educación. El resultado de las elecciones puso de manifiesto la preferencia de Blair por los asuntos externos, entre los cuales destaca, como prioritario, el no descuidar sus relaciones con Estados Unidos.

El 29 de mayo fue el día en que se desencadenó lo que más tarde se conocería como el “caso Kelly”, que hundió drásticamente la confianza del pueblo en el Gobierno británico. La cadena británica BBC hizo público que un miembro del espionaje británico había acusado al Gobierno de falsear el informe sobre Irak. La noticia la dio el periodista Andrew Gilligan, quien había mantenido conversaciones con el presunto espía. Este rumor se vio respaldado por las acusaciones de los ex ministros Robin Cook y Clare Short. Blair se defendió de tales acusaciones ofreciendo la apertura de una investigación a cargo de un comité secreto –que rinde cuentas sólo al primer ministro, no al Parlamentoæ sobre la elaboración de ese informe. A pesar de la demanda de que se hicieran públicos los documentos, Blair consiguió el apoyo de la gran mayoría de los laboristas para mantener la investigación en secreto. Finalmente salió a la luz que el chivato de la BBC no era miembro del espionaje británico, sino que era un científico experto en armas de destrucción masiva que había participado en la elaboración del informe: David Kelly. Tras confesar haber mantenido conversaciones con el periodista de la BBC y pasar la dura prueba de someterse al interrogatorio del Comité de Asuntos Exteriores, Kelly se suicidó. Casi un mes después de la trágica muerte del científico, se inició el juicio para esclarecer qué implicación había tenido Kelly en la filtración de información a la cadena británica, y qué causas habían rodeado su muerte. Entre las muchas personalidades que se sentaron en el banquillo æante la mirada del juez Huttonæ estuvo el mismo primer ministro británico. En medio de esas acusaciones, uno de los más fieles aliados de Blair, el ministro de Sanidad, Alan Milburn, presentó su renuncia. Con él sumaban ya cinco los ministros que había dejado el Gobierno desde la segunda victoria laborista en 2001. El director de comunicaciones de Blair, Alastair Campbell, acusado de “maquillar” el informe de armas sobre Irak, también dimitió.

La guerra en Irak, junto con el “caso Kelly”, ha dañado fuertemente la credibilidad de Blair. Al término de las investigaciones, las encuestas demostraban que dos de cada tres británicos estaban descontentos con el primer ministro. A pesar de estos resultados, el nivel de popularidad de Blair seguía superando æaunque en menor medida que a principios de añoæ el de impopularidad.

La crisis del “caso Kelly” ha sido una de las razones por las que el Gobierno se ha visto obligado a aplazar el referéndum sobre el euro. Pero, ¿hasta cuándo? Este ha sido uno de los puntos de fricción entre Tony Blair y el ministro del Tesoro y posible candidato a sustituirle, Gordon Brown. La crisis por la que atravesaba el Reino Unido durante el verano no hubiera beneficiado un éxito en el referéndum ya que gran parte de la opinión pública estaba en contra del Gobierno. La adhesión al euro podría ser positiva para la economía británica. Así lo ha manifestado Brown, que ya en 1997 habló de los beneficios económicos de la incorporación a la moneda única, pero ahora parece convencido de que lo mejor es que no se lleve a cabo el referéndum hasta la próxima legislatura, es decir, hasta pasadas las elecciones previstas para 2005 o 2006. Blair, por su parte, defiende aplazarlo para el año próximo, lo que supondría convocarlo dentro de la actual legislatura. Grandes empresas como Vodafone, Siemens o Ford, además, han proclamado que si la libra esterlina no ingresa en la zona euro, sus inversiones en el Reino Unido corren peligro. Pero el ambiente de crispación que ha desatado el “caso Kelly” y las diferencias entre el primer ministro y el del Tesoro no son las únicas causas de la suspensión del referéndum sobre el euro. La situación que están viviendo los dos grandes de la Unión Europea, Francia y Alemania, que por tercer año consecutivo han incumplido el Pacto de Estabilidad acordado en el Consejo de Amsterdam de 1997, provoca un cierto pánico a los tres únicos países que aún no forman parte de la eurozona. Dinamarca ya celebró un referéndum en 1998 con resultado a favor del “no” a la adhesión a la moneda única. Suecia lo ha llevado a cabo en este año 2003 con el resultado de un 52% también a favor del “no”. El Reino Unido, viendo estos resultados, prefiere dejar pasar un tiempo hasta que las garantías de una economía europea próspera sean más evidentes. De momento, lo único seguro es que el referéndum no se celebrará en 2003. El año que viene habrá que ver quién da su brazo a torcer, si Blair o Brown.

Otra de las batallas internas en la que se ha visto involucrado el primer ministro británico, después de la guerra y el “caso Kelly”, ha sido con la oposición conservadora. Los tories, con Ian Duncan Smith a la cabeza del partido, criticaron la política del Gobierno, exigiendo la dimisión de Blair por haber utilizado a Kelly como “una marioneta en su batalla con la BBC”. Duncan Smith criticó también que los laboristas hubieran subido los impuestos pero que no hubieran mejorado los servicios públicos, e hizo la promesa de que él los bajaría. Ésta y otras muchas promesas que Duncan Smith lanzó al viento, sin embargo, fueron acogidas con escepticismo por la población británica, que muestra muy poca confianza por el Partido Conservador. La culpa de este escepticismo la tiene el mismo líder tory. Duncan Smith no ha sabido aprovechar al aura de desconfianza que envolvía al laborista Blair durante buena parte de este año. En los dos años que lleva al frente del partido conservador, ha demostrado ser un mal comunicador y no tener capacidad para dirigir un partido. A mediados de octubre de 2003, además, salió a la luz que Duncan Smith había estado pagando durante 15 meses a su mujer un sueldo con dinero público por un trabajo de secretaria que, según defiende la acusación, ella no desempeñaba. Esta crisis de credibilidad le ha llevado a perder, el 29 de octubre, la moción de confianza por 90 votos en contra y 75 a favor. Con la dimisión de Duncan Smith los tories se han dado una oportunidad para volver a estar en la brecha política y convertirse en un partido fuerte y compacto no sólo para liderar la oposición, sino para incrementar, poco a poco, sus posibilidades de gobernar. Para conseguir este objetivo, Michael Howard ha sustituido en el cargo de líder tory a Duncan Smith. Howard intentará salvar al partido de una humillación en las generales de 2005, aun sabiendo que no tienen grandes posibilidades de ganar.



El Reino Unido y Europa

El Reino Unido se ha alineado con España en su defensa de los intereses de Estados Unidos en pro de la guerra en Irak. Con esta actitud formaron un bloque frente a la otra postura dentro de la Unión Europea: la oposición a la guerra de Francia y Alemania. Esta dicotomía parecía, en un principio, que iba a acabar con el diálogo entre los grandes de la UE –Francia, Alemania y el Reino Unidoæ pero la necesidad de un acuerdo en el seno de la Unión ha llevado a los tres a dejar las diferencias a un lado y a negociar en pro del bien de la UE. Así, la futura Constitución Europea, por ejemplo, ha alineado en el mismo bando a Alemania, Francia y Reino Unido. Los tres han aceptado, sin mayores reticencias, el proyecto elaborado por la Convención presidida por Valéry Giscard D’Estaing. El único punto de fricción ha sido el debate sobre la creación de una Europa de la defensa, que Francia y Alemania han estado tratando de imponer desde abril. El Gobierno de Blair ha mostrado siempre su negativa a aceptar un órgano de defensa independiente de la OTAN, entre otras cosas porque faltaba la aprobación de su hermano mayor: Estados Unidos. Finalmente, a mediados de noviembre, el Reino Unido aceptó la creación de la Agencia Europea del Armamento, que pretende hacer más eficientes los gastos de defensa de los europeos.


Otra crisis en la monarquía británica

La monarquía británica no consigue mantenerse al margen del escándalo público. A principios de noviembre volvió a ser tema de portada en los periódicos –aunque por orden judicial algunas publicaciones del país y extranjeras fueron censuradasæ por un presunto “incidente sexual” en el que podría estar implicado el príncipe Carlos. La apresurada reacción del gabinete de comunicación de los Windsor, un tanto desafortunada, no ayudó a desmentir la noticia, sino a darle más credibilidad. Este suceso, sumado a los ya “habituales” escándalos que se la han atribuido a la familia real británica, podría sumir a la Casa Real británica en la mayor crisis desde la desatada por la muerte de la princesa Diana. George Smith, antiguo empleado de los Windsor, denunció que había visto al príncipe Carlos en una situación sexualmente comprometida con su asistente, Michael Fawcett, en la habitación del primero. Esta dura acusación fue remitida por el mismo Smith a la princesa Diana quien, al parecer, la grabó en una cinta que ahora está en manos del ex mayordomo de la princesa, Paul Burell –un personaje que ya salió a la luz pública en 2002 por haberse quedado con pertenencias de la princesaæ. Los diarios italianos Il Corriere della Sera y La Repubblica fueron los primeros en difundir la noticia, el 8 de noviembre. Una semana antes, las acusaciones de Smith ya estaban listas para salir publicadas en el rotativo británico The Mail on Sunday, pero esta declaración, comprometedora para el príncipe Carlos, fue censurada por una orden judicial que había promovido uno de los afectados, Fawcett. Otros diarios británicos rechazaron la orden de no publicar la noticia argumentando que a través de internet todos los ciudadanos podían conocer el escándalo. Estas publicaciones intentaron esquivar los obstáculos legales contando la noticia pero sin contarla, es decir, haciendo referencia al tema pero evitando dar detalles que comprometieran al príncipe de Gales. A mediados de noviembre, sin embargo, la censura fue más lejos al prohibir la distribución de publicaciones extranjeras en las que se explicaba el affaire del heredero de la corona británica. Las empresas distribuidoras de periódicos en el Reino Unido se abstuvieron de repartir o incluso destruyeron los ejemplares extranjeros. En respuesta a este bloqueo deliberado de la distribución, las empresas editoras podrían emprender acciones judiciales en contra de la “censura”. 7.000 ejemplares de Le Monde fueron retirados del mercado. Lo mismo les pasó a publicaciones como Il Corriere della Sera, Libération, Le figaro o La Stampa. Los quioscos británicos justificaron la falta de estos rotativos extranjeros por los “retrasos”. La sucesión de escándalos protagonizados por la Casa Real británica ha provocado que cualquier rumor que circule en torno a los Windsor se dé por válido. Escándalos como el sonado divorcio del matrimonio de la princesa Diana con el príncipe Carlos; la presentación en sociedad de la amante del heredero, Camila Parker-Bowles; las denuncias, el año pasado, del mismo George Smith en las que aseguraba haber sido violado por un empleado de los Windsor, que podría haber sido Michael Fawcett; las declaraciones del ex mayordomo de Lady Di, Paul Burrell, que confesó haberse quedado con pertenencias de la princesa; o la muerte de ésta en un sospechoso accidente de tráfico. Todos estos sucesos han mermado la credibilidad de los británicos en su monarquía. Este nuevo escándalo, sin embargo, va más allá que todos los anteriores porque pone en entredicho la sexualidad del príncipe de Gales. La comparecencia del secretario privado de Carlos, Michael Peat, frente a los medios de comunicación para negar la noticia cuando ésta aún no había sido difundida en su totalidad, no ayudó a desmentirla, sino que provocó que se difundiera la duda de lo que realmente podría haber ocurrido. Fue una decisión precipitada y mal tomada por parte de la Casa Real, ya que los medios de comunicación habían hablado de que un miembro de la familia real podría estar implicado en un escándalo sexual, y Michael Peat salió ante las cámaras para defender que el príncipe Carlos no había participado en ningún incidente de ese tipo, haciendo público, así, de qué miembro de la familia se trataba. El heredero a la corona británica volvió de un viaje oficial por la India y reunió a su hijo, el príncipe Guillermo, a su novia, Camila Parker-Bowles, y a sus asesores más próximos en su residencia de Highgrove, para discutir cómo afrontar el escándalo. Finalmente decidieron que lo mejor era que el príncipe Carlos no compareciera frente a las televisiones, ni que concediera entrevistas a la prensa. Con esa táctica esperaban que los medios de comunicación se olvidaran del suceso. El daño, sin embargo, ya estaba hecho. Tras este escándalo, el príncipe de Gales, según algunos analistas, podría optar por ceder el cargo de heredero a su hijo mayor, el príncipe Guillermo. Pero el 2003 tuvo tiempo para acabar de apuñalar la imagen de la monarquía británica. A mediados de noviembre se descubrió que un sirviente de la Casa Real británica, Ryan Parry, había estado durante dos meses ocultando su verdadera identidad: periodista del diario Daily Mirror. El periódico publicó un reportaje de 15 páginas en las que se ponía en evidencia el sistema de seguridad del Buckingham Palace, ya que aparecían fotos del periodista posando en el balcón principal y en diferentes salas de la residencia real. El Daily Mirror es un diario explícitamente anti-Bush y es por esa razón que aprovechó la visita, a mediados de noviembre, del dirigente norteamericano y de su séquito a Londres ælo que movió un importante contingente de seguridadæ para burlar la seguridad del Palacio inglés a través de la infiltración de Parry en la casa. Y lo hizo. El periodista consiguió el trabajo a través de una agencia, enviando su documentación real y dos referencias de trabajo: una real y la otra falsa. Las medidas de comprobación de los datos del nuevo sirviente fueron insuficientes, y se basaron, principalmente, en comprobar sus antecedentes penales, que no tenía. A Parry le dieron el trabajo y pudo entrar con una cámara fotográfica. La Casa Real británica no se dio cuenta hasta que vieron publicado el reportaje. En éste el periodista afirma que incluso podría haber asesinado a Bush o a la reina, ya que tenía acceso a las dependencias de todos ellos. Parry había servido personalmente el desayuno a Condoleezza Rice o a Colin Powell. El Buckingham Palace anunció que denunciaría al Daily Mirror y al periodista por haber transgredido el contrato de confidencialidad al publicar fotos del interior del recinto real y explicar las interioridades de los Windsor.

El conflicto del UIster

El Ejército Republicano Irlandés (IRA) anunció el 21 de octubre el tercer y mayor desarme de su historia, previo discurso de Gerry Adams, líder del Sinn Féin (el brazo político del grupo terrorista), en el que hizo un llamamiento a los grupos republicanos disidentes para que abandonasen la violencia: “Que las armas abandonen la sociedad irlandesa”. Cuatro horas antes, desde Downing Street habían convocado para el 26 de noviembre elecciones en Irlanda del Norte, tras las reuniones entre los primeros ministros británico e irlandés, Tony Blair y Bertie Ahern, respectivamente. La convocatoria de estas elecciones tenía la vista puesta en devolver la autonomía a la región norirlandesa. Con estas proclamaciones se abría la brecha de la esperanza necesaria para recuperar la paz en Irlanda del Norte. Sin embargo, el encargado de poner la guinda en el pastel, el líder del partido moderado unionista –tendencia política de los partidarios de la unión de el Reino Unido e Irlanda del Norte_ del Ulster (UUP), el partido unionista mayoritario, David Trimble, apagó de un soplo la vela de la ilusión de muchos irlandeses al denunciar la falta de transparencia en el proceso de desarme del IRA, volviendo a dejar en pausa el proceso de paz. Sin embargo, la sociedad norirlandesa tenía la llave del futuro de su país. A finales de noviembre, tal y como había anunciado Londres, se convocaron elecciones. La participación fue escasa, poco más del 50%. Y esto fue lo que, según algunos analistas, favoreció el resultado: la sorprendente victoria del líder radical del Partido Unionista Democrático (DUP), el reverendo Ian Paisley. Su partido fue el único que se negó a aceptar los acuerdos de Viernes Santo (1998), la aproximación más cercana a la paz que se ha logrado entre Londres y Dublín. Paisley, además, se niega a compartir gobierno con los que él llama “terroristas” del Sinn Féin, tercer partido más votado, después de los unionistas de Trimble. La victoria de los extremistas republicanos y unionistas deja el proceso de paz en un impasse ya que el primer ministro británico, Tony Blair, ha dejado claro que no se renegociarán los acuerdos de 1998 y que, con estos resultados, mantendrá suspendida la autonomía de Irlanda del Norte. Hace un año que Irlanda del Norte no tiene Gobierno autónomo. Al menos durante todo el 2003, ha sido Londres la encargada de administrar la vida política norirlandesa desde que en octubre de 2002 les arrebataron la autonomía a los norirlandeses (la cuarta vez que Londres se hacía con el control del Gobierno norirlandés) por un caso de espionaje del IRA en la Asamblea de Stormont æel Parlamento norirlandésæ. Cuatro miembros del Sinn Féin fueron detenidos. Desde aquel momento David Trimble anunció que no compartiría gobierno con los republicanos a menos que el IRA se desarmase abierta y públicamente, constatando, así, definitivamente, el cese de la violencia. Tony Blair ha apoyado la petición de Trimble y en diversas ocasiones ha recriminado a los republicanos que los gestos simbólicos no son suficientes para culminar el proceso de paz. En marzo, los primeros ministros británico e irlandés, Blair y Ahern, se reunieron en Belfast para reactivar este proceso. Las negociaciones, sin embargo, concluyeron sin éxito y Blair aplazó las elecciones para mayo, fecha en la que, nuevamente, declaró el aplazamiento de los comicios por considerar que la posición del IRA era poco clara. Esta decisión provocó un cierto distanciamiento entre Londres y Dublín, separación que se fue difuminando hasta que se reabrieron las negociaciones en el mes de octubre. Esta vez tampoco se pudo llegar a un acuerdo total ya que los unionistas moderados, con David Trimble a la cabeza, denunciaron la falta de claridad en el gesto de desarme del IRA. Ahora, con el resultado de las elecciones, los norirlandeses que acudieron a votar han demostrado que considera insuficientes los intentos de desarme del grupo terrorista, que constituye uno de los puntos clave de los Acuerdos de Viernes Santo, votando al único partido que se negó a firmar tal pacto. A pesar de la falta de apoyo de última hora del, hasta entonces, líder unionista, Blair decidió mantener la fecha de las elecciones para el 26 de noviembre, cuando esperaba que el IRA hubiera complacido lo suficiente a Trimble como para que los unionistas moderados aceptasen de nuevo compartir gobierno con los republicanos ya que, de no ser así, hubiera podido salir beneficiado el Partido Demócrata Unionista de Paisley. Y esto ha sido finalmente lo que ha pasado. Paisley, combinación extrema de política y religión, ha sido siempre un provocador, gracias al poder innato que tiene para manipular a las masas. Se ha relacionado con hombres integrantes de grupos terroristas pero nunca se ha podido demostrar su participación directa en actos de violencia. Lo que sí es demostrable es su capacidad para incitar a esta violencia; Paisley ha sido considerado uno de los promotores del nacimiento de los Troubles (disturbios), acciones violentas que han azotado la isla desde 1969. Este reverendo radical ha dirigido numerosas protestas callejeras, ha sido expulsado en dos ocasiones del Parlamento británico por acusar de mentirosos a ministros norirlandeses, y ha rechazado el acuerdo más esperanzador para la paz en el Ulster: el acuerdo de Viernes Santo. Paisley calificó este pacto como “la traición de Trimble”, argumentando que en él había muchas concesiones para el IRA y la República Irlandesa. Ahora que Ian Paisley ha ganado las elecciones se ha reafirmado en su postura de no compartir gobierno con el Sinn Féin. La reacción inmediata a su victoria, sin embargo, dejó entrever a un líder sin una alternativa clara a la propuesta de paz citada en negociaciones de Viernes Santo _que Paisley no acpeta_, la solución al conflicto vigente hasta el momento. Paisley exige empezar de cero en el proceso de paz, pero esta es una tarea harto difícil si se tiene en cuenta que el líder del DUP es firme en su negativa a negociar con el partido de Adams. A Trimble de nada le ha servido sus amenazas de no compartir asiento con los extremistas del Sinn Féin en la Asamblea de Stormont si el IRA no proclamaba el final de la guerra de una manera pública, ya que el resultado de las elecciones le ha dejado fuera del primer puesto. A pesar de ello, el líder unionista ha asegurado que no dimitirá. Trimble había reclamado al IRA una acción de desarme transparente, hasta el punto que una selección de periodistas cámaras de televisión presenciaran el desarme para inmortalizar el momento histórico, todo ello acompañado de un exhaustivo inventario sobre las armas que habían destruido. Al líder del UUP no le bastó con que el presidente de la Comisión Internacional de Desarme, el canadiense John de Chastelain, presenciara el acto de eliminación de las armas del grupo terrorista. De Chastelain compareció frente a los medios de comunicación para constatar que, efectivamente se había producido tal acto. Pero, ¿qué armas y cuántas? Este es el punto en el que Trimble ha reclamado más transparencia. El presidente de la Comisión admitió que el IRA le había impuesto restricciones a la hora de revelar el número de armas eliminadas, de las que sólo pudo decir que se hallaban en “un lugar de la isla de Irlanda”. Ante esta imprecisión el líder unionista acusó al IRA de haber impuesto una “estúpida obligación de confidencialidad” a De Chastelain, e hizo un llamamiento al grupo terrorista para que diera más detalles sobre la operación de desarme. El IRA, por su parte, consideró inaceptable la postura que había adoptado Trimble. En el comunicado que hizo público el grupo terrorista en referencia a su tercer desarme reafirmaban “el compromiso con el proceso de paz” y el “deseo de que el proceso sea un éxito”. Ante estas declaraciones de buena voluntad y la supervisión de De Chastelain, el IRA creía haber cumplido con su parte del trato _los acuerdos de Viernes Santo_, pero al líder unionista no le parecía suficiente. Frente a esta decisión parece paradójico que David Trimble (UUP) y Gerry Adams (Sinn Féin) hayan podido mantener conversaciones a favor de la paz, pero la realidad demuestra que desde que en mayo fracasaron los intentos de los gobiernos británico e irlandés de asfaltar el camino para la celebración de elecciones en Irlanda del Norte, los líderes de unionistas y republicanos decidieron hacer frente a la situación mediante negociaciones que deberían haber llegado a su fruto en el mes de octubre. Tras el anuncio de desarme del IRA y la negativa de Trimble a aceptarlo, las relaciones se han vuelto nuevamente tensas. Mientras el proceso de paz ha caído en un pozo en el que, por el momento, no parece haber salida, la sociedad irlandesa sigue viviendo el miedo de las amenazas, las palizas y los tiroteos de los miembros de uno y otro bando. Es la llamada violencia de baja intensidad. Ya hace años que el Ulster no vive la violencia a la que ha sido sometida durante tantos años. Pero, a pesar de los acuerdos de paz, siguen siendo amenazados por los grupos radicales disidentes. Aún subyace en el recuerdo norirlandés uno de los atentados más brutales que vivió Irlanda del Norte. Se trata del atentado de Omagh, que se cobró la vida de 31 personas en agosto de 1998, sólo cuatro meses después de los acuerdos de Viernes Santo. Una de las calles más céntricas de la pequeña localidad de Omagh fue el escenario escogido. Los terroristas llamaron para avisar que había un artefacto explosivo en uno de los extremos de la calle. La policía efectuó la evacuación intentando que no cundiera el pánico. La bomba, sin embargo, no estaba donde los terroristas habían indicado. El resultado, 31 vidas y la denuncia pública del atentado, por primera vez, de Gerry Adams. El IRA Auténtico _un grupo radical disidente de la primera facción del IRA, denominada “Provisional” (que tenía un pie cerca de la tregua)_ fue el presunto autor del brutal atentado. Poco después el IRA Provisional decretó el alto el fuego. En septiembre de 2003, cinco años después, la policía norirlandesa arrestó a un hombre y una mujer sospechosos de estar relacionados con el atentado. El hombre, un electricista desempleado de 34 años de edad, compareció ante el tribunal por la posesión de una sustancia explosiva que se utilizó en Omagh. La sociedad norirlandesa, a pesar de que el miedo sigue helándoles la sangre, vive con menos temor que en aquellos años. En este 2003, su principal anhelo era poner la primera piedra de la construcción de una paz definitiva. El resultado de los comicios de finales de noviembre, sin embargo, dejó en el aire la consecución de este objetivo. Habrá que esperar quién a ver da su brazo a torcer, si Blair, que se niega a renegociar lo acordado en 1998, o Paisley, que se niega entablar conversaciones con el Sinn Féin.

El “caso Kelly”

En junio de 2003, la BBC se unió al carro de los detractores del Ejecutivo británico y denunció intimidaciones del Gobierno de Blair para que la cadena de televisión desvelara quién era el miembro del servicio secreto que había acusado al Gobierno. Éste estuvo investigando quién podría ser el delator, hasta que descubrió que era David Kelly, experto británico en armas químicas y colaborador en la elaboración del informe sobre el arsenal de Irak. Kelly, sin embargo, nunca había sido miembro del espionaje británico, como defendía la cadena de televisión, por lo que cabe la hipótesis de que el Gobierno de Blair hubiera permitido la difusión del nombre del científico para desprestigiar a la BBC por dar una información falsa. Esta hipótesis, sin embargo, ha sido difícil de comprobar ya que nadie quería confesar quién había autorizado la publicación del nombre del científico. Una vez que salió a la luz, Kelly compareció ante sus superiores y les confesó que había mantenido algunas conversaciones con el periodista de la BBC Andrew Gilligan, pero negó que fuera su fuente principal de información, y reiteró que las acusaciones que había difundido el periodista no se correspondían con el contenido de la entrevista que habían mantenido. El ministro de Defensa británico, Geof Hoon, apoyado por Tony Blair, exigió que Kelly compareciera ante el Comité de Asuntos Exteriores, que le sometió a un duro interrogatorio. Dos días más tarde, el 17 de julio, el científico apareció muerto. Se había suicidado. David Kelly era un reconocido experto en armas químicas que había formado parte del grupo de inspectores de Naciones Unidas de 1997 a 2001. En abril de 2002, el Gobierno británico le pidió que colaborara con un informe que estaban preparando sobre las armas de destrucción masiva que podía tener Irak. El informe salió publicado en septiembre de ese mismo año con algunas afirmaciones bastante discutibles, según ha salido a la luz en 2003. La muerte de Kelly abrió un debate sobre el papel que desempeñan los medios de comunicación pero, sobre todo, puso en entredicho los argumentos del Gobierno británico a favor de la guerra en Irak. El 12 de agosto se inició el juicio a cargo del juez Hutton, quien dejó claro desde un principio que era él quien dirigía la investigación y que, por lo tanto, él decidiría hasta dónde quería llegar con la misma. Como hecho histórico y para ofrecer la mayor transparencia posible en la investigación, Hutton pidió que se publicasen los documentos confidenciales utilizados en el juicio, unos documentos que, en cualquier otro caso, no habrían salido a la luz pública hasta que no hubieran pasado cerca de 30 años. La confesión de altos funcionarios del espionaje británico de que tenían serias dudas sobre el informe, y el hallazgo de unos correos electrónicos entre los asesores de Blair en los que dicen no tener pruebas suficientes para atacar Irak, pusieron las bases de la difícil investigación, que sentó en el banquillo a más de 70 testigos e implicados, pasando por los más altos cargos del Gobierno británico. El periodista Andrew Gilligan aseguró haberse basado en las revelaciones de Kelly para dar la noticia. Afirmó también haber intentado contrastar la información con dos contactos en el Gobierno que ni corroboraron ni desmintieron la información. Gilligan reconoció haberse anticipado en la publicación de la noticia y haber errado al decir que la fuente era de los servicios secretos. Pero, por encima de todo, defendió que el conjunto de la información era cierta. Su testimonio, sin embargo, contrasta con el que dio Kelly en el interrogatorio ante el Comité de Asuntos Exteriores, donde dijo no reconocer en las acusaciones que hacía Gilligan lo que él le había dicho en la entrevista. El periodista era famoso por su presentación de historias originales pero, a su vez, por la utilización de métodos poco habituales como eran el no tomar notas en las entrevistas o, en este caso, no haber contrastado la información con Downing Street para analizar de qué manera hubiera reaccionado el Gobierno británico ante las acusaciones de las que se había hecho eco el periodista. La credibilidad de la BBC ha sufrido una fuerte caída con este caso, ya que, entre otras cosas, ha publicado una información con una fuente anónima y sin contrastarla. Alastair Campbell era el director de comunicaciones de Blair y, como tal, colaboró en la presentación del informe. Campbell estaba acusado de exagerar el informe, de “hacerlo más sexy”, diciendo que Sadam podía lanzar un ataque con armas de destrucción masiva “en 45 minutos”. En el juicio negó categóricamente su responsabilidad sobre el informe de Irak, y acusó a los servicios secretos de ser los últimos responsables de la elaboración del polémico informe. El 29 de agosto, sólo diez días después de su comparecencia, Alastair presentó su dimisión. Geof Hoon, ministro de Defensa, estaba acusado de haber permitido que se hiciera público el nombre de Kelly. Hoon negó toda responsabilidad en la identificación pública del científico e incluso aseguró que se había tratado a Kelly de una manera “justa y apropiada”. Poco más de diez días después, el 9 de septiembre, el Comité de Inteligencia y Seguridad de los Comunes acusó a Hoon de haber engañado en su comparecencia, y al poco tiempo, el mismo ministro de Defensa confesó, por primera vez, haber autorizado desvelar la identidad de Kelly. Tras esta acusación la oposición pidió su cabeza, pero Blair prefirió mantenerlo en su equipo hasta que se hicieran públicas las conclusiones del caso. La comparecencia de Tony Blair ya tenía un precedente. Su predecesor en el cargo como primer ministro, el ex líder conservador John Major, tuvo que comparecer ante un tribunal en 1994 por la presunta venta de armas al régimen de Sadam. Blair fue contundente al decir que “la acusación de la BBC, de ser cierta, hubiera merecido mi dimisión”. El primer ministro británico se mostró seguro de que las investigaciones le darían la razón y de que las decisiones que había tomado eran las correctas. Además, destacó que el informe sobre Irak no era la razón inmediata para entablar el conflicto. Las investigaciones demostraron que Blair había presidido la reunión en la que se decidió hacer público el nombre de Kelly. La investigación se cerró a finales de septiembre con malos augurios para el Gobierno de Blair, ya que tras el análisis de todas las comparecencias estaba bastante claro que el Gobierno había exagerado el informe sobre Irak. El juez Hutton decidió tomarse su tiempo para redactar el dictamen, y hasta la fecha aún no lo ha resuelto.


Cronologia año  2003
22 de enero. Blair afronta una oposición creciente a la guerra de la opinión pública.

7 de febrero. Acusan al Gobierno británico de plagiar el informe contra Irak que citó Powell.

3 de marzo. Tony Blair y el primer ministro irlandés, Bertie Ahern, viajan a Belfast para reactivar el proceso de paz en Irlanda del Norte.

5 de marzo. Blair retrasa las elecciones del Ulster hasta el mes de mayo al fracasar las negociaciones. La demora electoral supone un revés para el proceso de paz, en crisis desde octubre, cuando Londres suspendió la autonomía por un supuesto caso de espionaje del IRA.

10 de marzo. Una ministra británica amenaza con dimitir si Londres entra en guerra sin la ONU.

14 de marzo. Bush, Blair y Aznar cierran en Azores “la última etapa diplomática”.

17 de marzo. Dimite el ministro británico Robin Cook por su oposición a un ataque a Irak.

20 de marzo. Blair logra ampliar el apoyo a la guerra en la opinión pública británica.

31 de marzo. Robin Cook dice que “el error de Blair es unirse al unilateralismo de Bush”.

3 de abril. El apoyo de los británicos a la guerra cae por primera vez por debajo del 50%. Cuando comenzó la invasión de Irak el respaldo de Blair era del 59%.

1 de mayo. Brecha entre Dublín y Londres por el retraso de las elecciones en Irlanda del Norte .

2 de mayo. Los conservadores derrotan a Blair en las municipales británicas

12 de mayo. Dimite Clare Short, la ministra de Blair más crítica con la guerra de Irak.

22 de mayo. Blair ofrece a su ministro de Finanzas ser su sucesor si apoya el referéndum sobre el euro. Gordon Brown rechaza la oferta porque quiere que el país entre en la zona euro después de convertirse en primer ministro y no antes.

30 de mayo. Un miembro del espionaje británico acusa al Gobierno de falsear un informe sobre Irak.

2 de junio. Dos ex ministros acusan a Blair de manipular los informes sobre Irak. Cook pide una investigación sobre las armas de destrucción masiva.

4 de junio. Blair ofrece una investigación secreta sobre las armas de Irak.

10 de junio. Londres cree que aún no se dan las condiciones para el ingreso del euro pero abre un plazo de un año.

28 de junio. La BBC denuncia intimidaciones del Gobierno de Blair por la guerra de Irak.

18 de julio. Hallado muerto el asesor acusado de contar a la BBC que Blair exageró el peligro de Irak. David Kelly fue señalado por el Gobierno como el responsable de las acusaciones de manipulación vertidas contra el primer ministro.

19 de julio. La policía británica confirma el suicidio del experto que filtró las “mentiras” de Blair.

21 de julio. El juez del “caso Kelly”, Lord Hutton, anuncia una investigación “urgente” y “pública”.

22 de julio. Blair niega haber autorizado la identificación de Kelly como “topo” de la BBC.

19 de agosto. El jefe de comunicación de Blair, Alastair Campbell, niega haber exagerado el informe sobre las armas de Irak.

24 de agosto. Un documento divulgado por el juez señala que Blair aprobó que se identificara a Kelly. Dos terceras partes de la población británica opina que su Gobierno mintió sobre las armas de destrucción masiva.

27 de agosto. La campaña a favor del euro, primera víctima de la crisis

29 de agosto. Alastair Campbell, director de comunicación de Blair, dimite por el “caso Kelly”.

3 de septiembre. Dos detenidos en Irlanda del Norte por el atentado de Omagh.

6 de septiembre. Londres veta una Europa de la Defensa al margen de la OTAN.

7 de septiembre. Un electricista en paro del Ulster, acusado por el atentado de Omagh.

11 de septiembre. El Parlamento británico acusa al ministro de Defensa, Geof Hoon, de mentir sobre los informes de Irak.

12 de septiembre. Blair mantiene a su ministro de Defensa pese a las críticas del Parlamento.

23 de septiembre. Londres pacta con Berlín y París las bases de una defensa europea autónoma de la OTAN.

28 de septiembre. Blair no descarta un referéndum sobre el euro para antes de 2005.

30 de septiembre. Blair logra el apoyo incondicional del laborismo para lograr su tercer mandato

6 de octubre. El ex ministro Robin Cook revela que Blair sabía que Irak no tenía armas químicas.

13 de octubre. Tony Blair y el primer ministro irlandés, Bertie Ahern, concluyen su reunión sin acuerdo sobre las elecciones en Irlanda del Norte.

14 de octubre. Blair presidió la reunión en la que se decidió identificar a David Kelly.

21 de octubre. El IRA anuncia su tercer y mayor desarme.

29 de octubre. El líder conservador, Ian Dunca Smith, dimite tras perder una moción de confianza por 90 votos en contra y 75 a favor.

26 de noviembre. Las elecciones en el Ulster dan la victoria al radical Ian Paisley

10 de diciembre. Última reunión del Comité de Mediación, donde deben acordarse las reformas que propone Schröder.

12 y 13 de diciembre. Última reunión de la Conferencia Intergubernamental en la que se cerraron las negociaciones del año 2003 sobre la futura Constitución Europea.


 


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