Anuario 2004
Argelia
"Buteflika se afianza en el poder tras su contundente victoria en las elecciones"
Neus Contreras

La confirmación de los resultados de las elecciones presidenciales argelinas, celebradas el pasado 8 de abril, se hizo esperar. Pero el 9 de mayo, y tras desestimar los recursos presentados por la oposición, el Consejo Constitucional anunciaba su veredicto final: el jefe de Estado saliente, Abdelaziz Buteflika, era reelegido para un nuevo mandato quinquenal con el 84,99% de los sufragios (8.651.723 votos de un total de 10.508.777), pese a no contar esta vez con el respaldo del Frente de Liberación Nacional (FLN), el antiguo partido único, que gobernó Argelia con mano de hierro desde su independencia, en 1962, hasta 1989.
De hecho, el pronunciamiento del Consejo Constitucional no hacía más que confirmar lo que ya se daba por descontado desde la misma noche de las presidenciales, cuando los primeros recuentos de papeletas apuntaban que la victoria del candidato a la reelección sería holgada y que Buteflika conseguiría el 50% de los votos necesarios para evitar una segunda vuelta. Es más: a medida que pasaban las horas incluso fue necesario revisar al alza este pronóstico, pues el presidente argelino no sólo había ganado con holgura, sino que había conseguido un triunfo apabullante.

Nada sorprendente, se podría objetar, en un régimen como el argelino, que no se puede considerar precisamente una de las democracias más consolidadas del mundo. El propio Buteflika llegó al poder en 1999 con el 73,79% de los sufragios, gracias al inestimable apoyo del Ejército y tras la retirada de todos sus adversarios. Ciertamente, nada sorprendente si no fuera porque una serie de factores hacían pensar que de estas elecciones presidenciales, las terceras desde la instauración del multipartidismo, en 1989, saldrían los resultados más ajustados en la historia de la ex colonia francesa.

Unos factores que a principios de año no entraban en las previsiones de nadie. Así, en enero, y aunque Buteflika todavía no había manifestado su deseo de presentarse para un segundo mandato, todo el mundo, y en especial la prensa argelina, daba por hecho que el jefe de Estado optaría a la reelección e incluso que se impondría con facilidad. A primeros de ese mes, por ejemplo, el diario Le Matin, de Argel, pedía “una invalidación de las presidenciales” y rechazaba a la candidatura del Buteflika.



De aliados políticos a rivales en las urnas

Pero el periódico argelino no sólo se oponía a un nuevo mandato del presidente saliente. También le acusaba de sumir a Argelia en una nueva crisis política, cuyo detonante fue la celebración, el 20 de marzo de 2003, del VIII Congreso del FLN. En él, los militantes del antiguo partido único eligieron como secretario general de la formación a Alí Benflis. El flamante líder del FLN era entonces el primer ministro de Buteflika y se le consideraba su delfín político, tras dirigir la campaña electoral para los comicios presidenciales de 1999 y ser jefe de Gabinete.

Con la elección de Benflis como secretario general del partido, y por primera vez en la historia de la Argelia democrática, el FLN se independizaba de la tutela del Estado y, por extensión, de la de Buteflika, uno de los principales dirigentes históricos de la formación. Desde su nuevo cargo, Benflis se hizo con el control del antiguo partido único -que cuenta, desde las legislativas de 2002, con mayoría absoluta en la Asamblea Nacional Popular (ANP, Parlamento)- y anunció su candidatura a las presidenciales, lo que le convertía en el principal rival de Buteflika en las urnas.

Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, el reducido núcleo de militantes del FLN partidarios de Buteflika no se quedaron de brazos cruzados ante el entonces aparentemente imparable ascenso de Benflis y denunciaron ante la justicia argelina irregularidades en el VIII Congreso del FLN. El candidato a la reelección, por su parte, destituyó fulminantemente a Benflis como primer ministro a principios de mayo de 2003 y le sustituyó por Ahmed Ouyahia, dirigente del segundo partido de la mayoría gubernamental, el Reagrupamiento Nacional Democrático (RCD), creado por tránsfugas del FLN y que aspira a ocupar su lugar en el mapa político argelino.

El verdadero golpe de efecto no llegó, en todo caso, hasta el 30 de diciembre de 2003, cuando el Tribunal Administrativo de Argel se pronunció a favor de los disidentes del FLN y decidió “congelar todas las actividades del antiguo partido único, y también sus cuentas”, al considerar que el VIII Congreso de esta formación política “no había respetado los estatutos del partido y que sus resultados -y, por tanto, la elección de Alí Benflis como secretario general- eran “nulos”. Diversos sectores de la sociedad argelina acusaron entonces a Buteflika de haber llevado a cabo un “golpe de Estado jurídico”.

Con el artículo de primeros de enero, pues, Le Matin se sumaba a las innumerables muestras de rechazo que había suscitado la suspensión de las actividades del FLN, así como mostraba su desacuerdo con la invalidación del VIII Congreso del partido. El rotativo argelino denunciaba además que la justicia argelina había tomado esta decisión bajo la presión directa de Buteflika. Y es que, durante los primeros meses de 2004, las acciones de la justicia contra el FLN hicieron correr ríos de tinta en Argelia. Al fin y al cabo, la suspensión de las actividades del antiguo partido único impedía a Benflis concurrir a las presidenciales al amparo de sus siglas y bloqueaba la utilización de las cuentas de la formación para financiar la campaña electoral.

Así y todo, el que fue primer ministro de Buteflika confirmó el 19 de febrero su participación en las elecciones, una semana después de que el presidente argelino fijara como fecha de celebración de los comicios el 8 de abril. La presentación de la candidatura de Benflis coincidió con la confirmación de lo que hasta ese momento sólo había sido un insistente rumor: el diario oficialista El Moudjahid publicaba, el mismo 19 de febrero, una declaración firmada por Buteflika en la que anunciaba que optaría a la reelección. Una candidatura que el jefe de Estado oficializó apenas tres días después en Argel.

Para entonces, como ya se ha apuntado, pocos dudaban de que Buteflika partía como claro favorito, sobre todo tras la suspensión de las actividades del FLN. Y si las posibilidades de Benflis, el único rival capaz de hacer sombra al candidato a la reelección, eran exiguas, qué decir de las de los otros cuatro candidatos: el líder islamista moderado Abdallah Yaballah, del Movimiento Nacional de la Reforma (MNR); el representante del partido bereber y laico Reagrupamiento para la Cultura y la Democracia (RCD), Said Sadi; la trotskista Luiza Hanun, en representación del Partido de los Trabajadores (PT), y un político desconocido, Alí Fawzi Rabian.



Neutralidad de las Fuerzas Armadas

No obstante, la campaña electoral dio un vuelco inesperado a principios de marzo, cuando el Ejército Nacional Popular (ANP, en sus siglas en francés), las todopoderosas Fuerzas Armadas argelinas, optó por la neutralidad en los comicios. El entonces jefe del Estado Mayor y, por tanto, máximo representante de la institución castrense, el general Mohamed Lamari, aseguró en una entrevista con la revista oficial El Deijch (Ejército) que la cúpula militar estaba “al margen de la competición electoral, no tiene candidato ni está contra ninguno”. Un posicionamiento tanto más sorprendente si se tiene en cuenta que, pocos meses antes, Jaled Nezzar, ex jefe del Estado Mayor, había hecho público un panfleto titulado Algérie, le sultanat de Bouteflika en el que reconocía lo que, desde el primer momento, todo el mundo dio por sentado. A saber: que en 1999 los jerarcas militares auparon a Buteflika a la presidencia.

Las declaraciones de Lamari, en cualquier caso y pese a ser una mera declaración de buenas intenciones, fueron gratamente recibidas, tanto dentro del país como por parte de la comunidad internacional. “Si esto se confirma estaremos ante una evolución a la turca de los militares argelinos, que dejarán de interferir en la política y se consagrarán a su ámbito reservado”, aseguraron entonces fuentes diplomáticas europeas. No en vano, desde que el país lograra la independencia, en 1962, el Ejército argelino ha desempeñado un papel clave, hasta el punto de que se le ha considerado, indistintamente, el Gobierno en la sombra, el único poder fáctico en Argelia y un Estado dentro del Estado. Su influencia se incrementó sobremanera en 1992, cuando organizó un golpe de Estado para impedir que el Frente Islámico de Salvación (FIS) asumiera el poder tras su inesperada y apabullante victoria en la primera vuelta de las elecciones legislativas, lo que desencadenó una guerra civil encubierta en la que murieron más de 150.000 personas en menos de diez años.

La imparcialidad de las Fuerzas Armadas, pues, rompió todos los esquemas. Los analistas políticos se apresuraron a proclamar que las elecciones presidenciales de abril serían las más transparentes en la historia del país. Sobre todo porque serían las primeras que no estaban amañadas de antemano, lo que, a su vez, derivaría en un final de campaña reñido debido a la incertidumbre sobre quién podía ser el próximo jefe de Estado. La supuesta voluntad del Ejército por mantenerse al margen de la contienda electoral no puso fin, sin embargo, a las especulaciones sobre las preferencias de la cúpula militar. Y, a decir verdad, motivos para especular no faltaron, porque daba la impresión de que una parte del poderoso clan de los generales argelinos, una intrincada maraña de grupos y subgrupos, prefería a Benflis.

Así, a principios de enero, el general en la reserva Rachid Benyelles, ex jefe del Estado Mayor de la Marina, aseguraba que “el fraude electoral está en preparación por parte del equipo presidencial” e impulsaba la creación de una gran coalición para evitar la reelección de Buteflika. Benyelles se acercaba con estas declaraciones a las tesis del panfleto de Nezzar, quien, tras confirmar que el Ejército había puesto a Buteflika en el poder en 1999 porque era “el menos malo”, escribía que el candidato a la reelección conducía a Argelia “a una catástrofe”. Finalmente, un nutrido grupo de generales en la reserva acabaron por apoyar abiertamente a Benflis, entre ellos el general Alí Buhadja, y hasta los rumores sobre la apuesta de Lamari por el secretario general del FLN se volvieron insistentes, mientras fueron escasos los que se alinearon explícitamente con Buteflika. Antes bien, las habladurías sobre el descontento de la cúpula castrense con el jefe de Estado se intensificaron a medida que avanzaba la campaña.

Cuando faltaban pocos días para las presidenciales, por ejemplo, Le Quotidien d'Oran se hizo eco de estas especulaciones en un artículo reproducido por el Courrier Internacional con el elocuente título de Sobre el arte de seducir a los generales. La principal tesis del texto es que, así como Buteflika se alineó en los años noventa con los generales erradicadores -artífices del golpe de Estado de 1992, contrarios a cualquier tipo de negociación con los islamistas y los mismos que le auparon al poder en 1999- para posteriormente pasar al bando de los reconciliadores -partidarios de la “concordia civil” o “reconciliación nacional”-, Benflis había seguido el camino inverso. A saber: en 1992 y siendo miembro del buró político del FLN, se opuso, como lo hizo el antiguo partido único, a la anulación de la primera vuelta de las legislativas, de la que salió vencedor el FIS, y posteriormente apostó por llegar a una solución política con los islamistas. Todo esto cambió el año pasado, cuando buscó el apoyo de los generales erradicadores -es el caso de Nezzar, considerado uno de los instigadores de la anulación del proceso electoral en 1992- para contrarrestar el poder de Buteflika, su rival en las urnas. El artículo, sin embargo, no mencionaba a Lamari.



La prensa argelina, contra Buteflika

La incertidumbre sobre las preferencias del Ejército, en cualquier caso, dio un nuevo brío a la recta final de la campaña para las presidenciales. Benflis aumentó el tono de sus ataques contra Buteflika, al que calificaba de “fascista” y “faraón”, mientras sus colaboradores tachaban al presidente de “media colilla” (por su baja estatura) y recalcaban que no podía seguir gobernando porque no había tenido descendencia, entre muchas otras lindezas. Además, el secretario general del FLN denunció reiteradamente en sus mítines “la gran sospecha de fraude y de manipulación” que pesaba sobre el candidato a la reelección. Una denuncia a la que se sumaron el berberista Sadi y el islamista moderado Yaballah el 6 de abril, en el transcurso de las dos jornadas de reflexión. Fue entonces cuando los tres firmaron un comunicado en el que, bajo el eslogan “¡No al atraco electoral!”, aseguraban que “la camarilla del presidente” preparaba un fraude a gran escala para declararle vencedor en la primera vuelta, anunciaban que rechazarían ese resultado y invitaban a “las instituciones de la República encargadas de la protección de la Constitución […] a poner término a esa conspiración”, lo que se interpretó como una nítida alusión al Ejército.

Pero tampoco se debe que olvidar la supuesta neutralidad de las Fuerzas Armadas contrastó con la actitud beligerante de gran parte de la prensa argelina, por lo que el secretario general del FLN contó también con el apoyo -en este caso más explícito- de la mayoría de los periódicos, aunque sólo fuera porque éstos arremetían a diario contra Buteflika, acusándole de “dictador” y corrupto”. No en balde, Argelia posee una de las prensas escritas -no así la audiovisual, que sigue siendo un monopolio del Estado- más libres del mundo árabe.

A la hora de la verdad, sin embargo, todos estos apoyos le cundieron poco a Benflis. La última palabra la tuvieron las urnas y su respuesta fue contundente: el 8 de abril, sólo obtuvo 653.951 votos de un total de 10.508.777. Es decir, un 6,42% de los sufragios, frente al apabullante 85% del presidente saliente. El secretario del FLN se tuvo que conformar, por tanto, con un humillante segundo puesto, por delante de Abdallah Yaballah (5,02% de los votos), Said Sadi (1,94%), Luiza Hannun (1%) y Ali Fawzi Rabian (0,63%). De hecho, los detractores de Buteflika ni siquiera pudieron escudarse en la recurrente excusa de la abstención, ya que el 58% de los electores inscritos acudieron a depositar su voto, una participación elevada con respecto al de las elecciones legislativas (46%) y locales (50%) de 2002.



Denuncias de fraude

Después de que el ministro del Interior argelino, Yahid Zerhuni, anunciara la contundente reelección de Buteflika, tanto Benflis como Sadi y Yaballah reiteraron sus denuncias de fraude. Pero, por primera vez, los rivales del presidente saliente no acusaban al Ejército de amañar los resultados, sino a la Administración y al equipo del Buteklika. También fue entonces cuando, según Le Quotidien d'Oran, considerado el diario más imparcial, los tres candidatos acudieron a visitar al general Lamari para pedirle explícitamente la intervención del Ejército. A lo que el jefe del Estado Mayor respondió, siempre según el rotativo argelino, que debían aceptar los resultados. Se quebraba así la esperanza de los opositores, mostrada de forma velada durante la campaña, de que la Comisión de Defensa, el máximo órgano militar, parara los pies a Buteflika.

En todo caso, ni Benflis, ni Sadi, ni Yaballah pudieron aportar pruebas fehacientes de fraude y los recursos que presentaron al Consejo Constitucional fueron desestimados. Al fin y al cabo, poco podían objetar si se tiene en cuenta que, por primera vez, los resultados se escrutaron frente a los interventores de los partidos, a lo que hay que añadir que observadores del Parlamento Europeo, de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y de la Unión Africana supervisaron las votaciones y el recuento. Es cierto que su número -unos 120- fue del todo insuficiente para poder hacerse una idea de lo que sucedió en las cerca de 40.000 mesas electorales repartidas por todo el país, pero la senadora belga Anne-Marie Lizin no dudó en afirmar que la consulta se había desarrollado “con criterios equiparables a los europeos”. También los periodistas pudieron asistir a los recuentos de papeletas en los colegios que quisieron.

Que la oposición no encontrara pruebas de fraude no significa, sin embargo, que el proceso electoral quedara libre de toda sospecha. Ya el filtro de candidaturas hecho por el Consejo Constitucional en marzo levantó justas polémicas: el ex ministro de Exteriores Taleb Ibrahim, supuestamente afín al disuelto FIS, quedó excluido de la carrera electoral pese a haber presentado el número de firmas exigido por la ley, mientras Alí Fawzi Rabian, un candidato de más dudosos apoyos, pasaba la criba. Por no mencionar las maniobras emprendidas contra el FLN leal a Benflis (suspensión de actividades y congelación de cuentas) o el uso masivo de dinero público para la campaña y precampaña de Buteflika. “No se puede hablar de igualdad de oportunidades cuando un candidato visita todas las wilayas [provincias] con el dinero del Estado mientras los otros se deben conformar con reuniones en salas de fiesta”, denunciaba a principios de febrero Le Quotidien d'Oran.

Según la oposición, también se registraron irregularidades durante la jornada electoral, como compra de votos, expulsiones de sus representantes en algunos colegios y amenazas de muerte a sus interventores para que firmaran actas de recuento, unas acusaciones que no pudieron probar. Más sospechosos son, en cualquier caso, los contundentes resultados que obtuvo Buteflika, superiores incluso a los de 1999, cuando ganó con el 74% de los votos -un millón menos que en 2004- gracias a la intervención del Ejército. Llama la atención también que el berberista Sadi recabara tan sólo 200.000 votos (1,94%), la quinta parte de los que había obtenido en las presidenciales de 1995, y, sobre todo, que Fawzi Rabian consiguiera únicamente 65.000 papeletas, 10.000 menos que las firmas de apoyo que presentó. Algo raro teniendo en cuenta que los trámites para poder firmar a favor de un candidato son más engorrosos que los que se necesitan para votar.

Todo esto llevó a los analistas a concluir que, si bien era probable que se hubiera estirado algo el porcentaje de votos para Buteflika, no se había producido una manipulación escandalosa. O, dicho de otro modo, que, grosso modo, el resultado proclamado reflejaba el veredicto de las urnas y, en consecuencia, la voluntad de los electores. A lo que los observadores internacionales añadieron otra conclusión un tanto curiosa: si el fraude lo perpetran los civiles ya es un avance. Un fraude fabricado por el Ejército, argumentaban, tiene vocación de hacerse endémico; el civil, mucho menos. Y estas opiniones parecían reflejar el sentir general, pues fueron muchos los que interpretaron las elecciones de abril como una victoria de la sociedad argelina, al considerar que habían reforzado al poder civil en detrimento de los clanes militares.



Dimisión de Lamari

Sea o no verdad, quien indudablemente salió reforzado de los comicios fue Buteflika, quien a lo largo de los últimos meses no ha hecho más que consolidarse en el poder y que, gracias a la gran libertad de maniobra que le ha dado su contundente victoria incluso frente al poder militar, podría ver cumplida una de sus principales ambiciones: instaurar un sistema más presidencialista. A este afianzamiento contribuyó sobremanera la dimisión, el pasado 3 de agosto, del general Lamari, que fue sustituido por el hasta entonces jefe de las fuerzas terrestres argelinas, general Salah Ahmed Gaid, un militar supuestamente afín a Buteflika.

El jefe del Estado Mayor alegó “motivos de salud” para justificar su renuncia al cargo que había ocupado durante once años, según el comunicado que hizo público la presidencia de la República, pero la prensa argelina ya la daba por hecha desde principios de julio, cuando el máximo representante del Ejército no apareció durante la visita que hizo a Argel la ministra de Defensa francesa, Michèle Alliot-Marie, ni en ningún acto público posterior. Varios periódicos aseguraron incluso que Lamari había presentado su dimisión al presidente poco después de su aplastante reelección.

La renuncia de Lamari, en cualquier caso, no cogió desprevenido a nadie. Para agosto ya hacía varios meses que se especulaba sobre un progresivo deterioro de las relaciones entre el general y Buteflika. A mediados de enero, por ejemplo, el militar de más alta graduación no acompañó a la delegación presidencial durante su visita al museo de las Fuerzas Armas de Argel y prefirió departir con los periodistas argelinos sobre la postura que debía adoptar el Ejército en las elecciones presidenciales, lo que se interpretó como una prueba más de la fría relación entre el presidente y el jefe del Estado Mayor. Por no mencionar su neutralidad en las presidenciales, que muchos entendieron como un apoyo implícito a Benflis.

Y es que a Buteflika y a Lamari les separaba un profundo desacuerdo sobre uno de los temas clave de la política argelina: la actitud que adoptar frente a los sectores islamistas. Así, el ex jefe del Estado Mayor era partidario de la línea dura en la represión de los fundamentalistas islámicos y se oponía a cualquier tipo de concesión. No por casualidad, las organizaciones proderechos humanos y sus antiguos compañeros de armas le acusaron de ser el protagonista de la represión militar, tanto contra el terrorismo islamista como contra la población civil que simpatizaba con los integristas, y pocos ponen en duda que fue el principal artífice de la guerra sucia iniciada en 1992. No es de extrañar, por tanto, que Lamari, como los generales erradicadores que apoyaron a Benflis, no vieran con buenos ojos la política de “concordia civil” impulsada por Buteflika.



Disminución del terrorismo

Sin embargo, es precisamente la política de “concordia civil” -también llamada “de reconciliación nacional”- lo que más valoran los argelinos de la gestión de Boutef, como se le conoce popularmente, por lo que bien podría considerarse también una de las principales razones de su éxito en las elecciones de abril. Esta política permitió la reinserción en la sociedad de miles de islamistas que habían empuñado las armas tras la ilegalización del FIS en 1992. Pero, lo que es más importante para el ciudadano de a píe, supuso la caída en picado de la actividad terrorista. Así, en 2000, tras el acceso de Buteflika al poder, hubo aún más de 2.000 muertos, mientras en los tres primeros meses de este año sólo se registraron 150. El balance de los trimestres posteriores no parece menos esperanzador: la campaña y la jornada electoral transcurrieron sin incidentes graves, así como el mes del Ramadán. El goteo, en todo caso, no cesa, y gran parte de los últimos ataques de los grupos islamistas han sido emboscadas contra las fuerzas de seguridad argelinas, por lo que muchas de las víctimas pertenecían o bien a la policía, o bien al Ejército o a cuerpos paramilitares.

Los numerosos golpes que el Ejército argelino ha asestado a las dos principales organizaciones terroristas, el Grupo Islámico Armado (GIA) y, sobre todo, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), a lo largo de este año han contribuido igualmente a llevar una cierta estabilidad al país magrebí. El primer tanto de 2004 en estas lindes se lo llevaron, no obstante, las fuerzas armadas de Chad, que el 10 de marzo aseguraron haber dado muerte a 43 terroristas islamistas y apresado a otros cinco, la mayoría de ellos argelinos integrantes del GSPC, vinculado a Al Qaeda, después de que su líder, el emir Nabil Sahraui, se declarara leal a Osama Bin Laden en un comunicado firmado el 11 de septiembre de 2003. Pero el 20 de junio, el Ejército argelino anunció la decapitación de esta organización precisamente tras la muerte del emir Sahraui -más conocido como Abu Ibrahim Mustafá- durante un enfrentamiento con las Fuerzas Armadas en las montañas de Cabilia. El Estado Mayor dio por “completamente neutralizada” a la dirección del GSPC, ya que en los combates murieron también el lugarteniente de Sahraui y el jefe de los artificieros de la organización, entre otros cabecillas del grupo armado. Esta operación se completó con la detención, el pasado 20 de octubre, del líder del GSPC Amari Saifi -cerebro del secuestro, en febrero de 2003, de 32 turistas europeos que viajaban por el Sáhara argelino.



Bonanza económica

Así pues, durante el primer mandato de Buteflika, los argelinos perdieron el miedo que paralizó a todo el país durante un decenio, sumiéndolo en lo que muchos consideraron una inestabilidad crónica. Pero, probablemente, a la hora de depositar su voto en las urnas los argelinos tampoco olvidaron los halagüeños resultados económicos con los que el presidente saliente cerró sus primeros cinco años de mandato: un crecimiento del 6,8% del PIB en 2003, un incremento del superávit de la balanza comercial de 6.520 millones de dólares, la inflación contenida en el 2,6% y reservas de divisas por valor de más de 30.000 millones de dólares. Una buena racha sin precedentes en el país magrebí -sobre todo tras la negra década de los noventa- y que debería consolidarse en 2004, gracias, en buena medida, al auge del precio de los hidrocarburos (gas y petróleo). No en vano, éstos acaparan el 97% de las exportaciones argelinas.

Lo que muchos se preguntan ahora es si Buteflika aprovechará esta coyuntura favorable para lanzar las reformas en el amplio e ineficiente sector público argelino. Unas reformas que viene anunciando a bombo y platillo desde hace tiempo y que se centran en la apertura de la economía y la privatización. Posicionamientos, por cierto, muy en consonancia con el neoliberalismo a ultranza que se atribuye al clan de Boutef.

El ambicioso programa de reestructuración del Gobierno, en todo caso, se paralizó seis meses antes de las elecciones presidenciales por temor al descontento social y cuando el Estado sólo había asumido la reestructuración de la industria siderúrgica. La consolidación de Buteflika en el poder tras su contundente victoria electoral hace pensar, sin embargo, que el proceso de privatización de Sonatrach -el gran gigante argelino de los hidrocarburos, así como una de las primeras empresas de África- podría acelerarse, pese a las reticencias de actores sociales importantes, como los sindicatos.

Sin lugar a dudas, con el impulso de estas reformas económicas Buteflika mejoraría sus relaciones con las potencias occidentales. Una relaciones que ya son de todo menos malas, como se ha demostrado en los últimos meses. Especialmente significativo fue el viaje relámpago que hizo el presidente francés, Jacques Chirac, a Argelia el 14 de abril, antes incluso de que el Consejo Constitucional comunicara los resultados definitivos de las elecciones. De vuelta a París, Chirac remitió una carta a Buteflika, entonces presidente provisional, en la que le daba las gracias por el recibimiento y le felicitaba en los siguientes términos: “El pueblo argelino ha ratificado su confianza en usted para presidir Argelia. El largo mandato que le corresponde contribuirá a la acción que está realizando desde hace cinco años a favor de la paz civil, la democratización y las reformas económicas y sociales”.

Nada sorprendente si se tiene en cuenta que Buteflika siempre ha gozado del apoyo incondicional de Francia, tan incondicional que el Elíseo y la prensa francesa han hecho oídos sordos ante los excesos del presidente argelino. A Francia le interesa, además, mantener la sintonía existente entre ambos países en política internacional, lo que frenaría el acercamiento de Argelia a Estados Unidos, cuya influencia es cada vez más evidente en el Magreb, como se observa sobre todo en Marruecos, Túnez y, últimamente, en Libia.

Aunque no tan efusivas como las de Francia, las felicitaciones de los líderes occidentales a Buteflika por su reelección tampoco se hicieron esperar demasiado. Fue éste el caso de España, cuyo nuevo presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, viajó el pasado 14 de julio al país magrebí con el objetivo de impulsar la construcción de un gaseoducto -que transportará el producto directamente desde los yacimientos de Beni Saf (cerca de Orán) hasta la costa de Almería a través del mar de Alborán- y para confirmar que este proyecto, denominado Medgaz, sigue siendo prioritario para el Estado español. Le acompañaba el presidente de Cepsa, Carlos Pérez de Bricio, pues, junto con Sonatrach, la segunda petrolera española encabeza el consorcio propietario del proyecto.

El interés de Rodríguez Zapatero está más que justificado si se tiene en cuenta que Argelia es el principal proveedor de gas a España, con un peso sobre el total de las importaciones del 58% hasta octubre de 2003, no muy lejos del límite de 70% que establece la legislación española como máxima cuota de gas que puede llegar de un mismo origen. Así, incidentes como la explosión que el pasado 19 de enero afectó a la planta de licuefacción de gas natural de Sonatrach en Skikda -la segunda más importante en Argelia- y en la que murieron 27 trabajadores y otros 74 resultaron heridos repercuten directamente en el sector energético español.

En el caso de Alemania, sucede todo lo contrario. La visita del canciller alemán, Gerhard Schröder, a Argel el pasado 15 de octubre no evidenció precisamente una dependencia del sector energético argelino, ya que el objetivo de Schröder no era otro que afianzar su tercer lugar en la clasificación de países proveedores de Argelia, con unas exportaciones por valor de más de 800 millones de dólares en 2003 y sólo por detrás de Francia e Italia.



Dotes diplomáticas

De todas maneras, la buena sintonía entre la clase política argelina y las potencias occidentales -especialmente con la que fue su metrópoli, Francia- no se explica únicamente por los yacimientos de gas o a su dependencia del extranjero. Al fin y al cabo, a estas alturas pocos cuestionan las dotes diplomáticas de Buteflika, que fue ministro de Exteriores durante la presidencia de Huari Bumedian (1965-1978). Así como pocos le niegan el mérito de haber devuelto a Argelia su prestigio internacional durante los primeros cinco años de mandato.

Sin embargo, esto, que bien podría considerarse otra de las razones del éxito de Boutef en las elecciones de abril, se le ha girado en contra en más de una ocasión, y no tanto en el extranjero como entre los propios argelinos. A principios de febrero, por ejemplo, Le Quotidien d'Oran consideraba que Buteflika busca desesperadamente la legitimación en el exterior para compensar la ausencia total del credibilidad en el interior. “El fenómeno no afecta únicamente al presidente Buteflika, sino al conjunto de las instituciones y del personal político. Los argelinos no confían en su alcalde, ni en su diputado. Creen que el juez es corrupto…”, afirmaba el rotativo. Una tesis similar a la que defendieron los diarios La Tribune y L'Expression con motivo de la celebración del 50º aniversario del inicio de la guerra contra Francia, el 1 de noviembre de 1954.

Nada nuevo bajo el sol, sobre todo si se tiene en cuenta que la bonanza económica sin precedentes no se ha traducido en mejoras sustanciales para el grueso de la población, lo que ha llevado a los argelinos a pedir a gritos su parte en la prosperidad que generan los cuantiosos ingresos energéticos. Además, la elevada tasa de paro -que afecta a más del 20% de la población activa y, especialmente, a los menores de 30 años- exacerba las tensiones y extiende la sensación que la riqueza sólo ha contribuido a acentuar aún más las desigualdades sociales. Todo ello ha multiplicado las acusaciones de corrupción contra las elites del país, a la vez que ha sumido a parte de la sociedad argelina en la apatía y el escepticismo.



Tensión en Cabilia

Pero en los más de cuatro años que le quedan de mandato, el presidente Buteflika no sólo deberá hacer frente a estas acusaciones. Persiste también la crisis en Cabilia, una región de mayoría bereber que se rebeló hace tres años para exigir el reconocimiento de una serie de reivindicaciones políticas, socioeconómicas, identitarias, lingüísticas y culturales. En enero, el régimen argelino, representado por el primer ministro, Ahmed Ouyahia, intentó llegar a un acuerdo con los representantes del movimiento cabileño para atajar el conflicto. Las negociaciones fracasaron cuando ya se había firmado un acuerdo para revocar los cargos políticos elegidos en las elecciones municipales y legislativas de 2002 -una de las principales reivindicaciones de los bereberes- y, el 31 de enero, el movimiento popular de Cabilia amenazó con boicotear las presidenciales si el Gobierno no reconocía la oficialidad de su lengua, amazigh. A lo que Ouyahia contestó que para ello era necesaria una reforma constitucional aprobada por referéndum.

Las elecciones estuvieron marcadas, finalmente, por la muerte en un sospechoso incendio de Hakim Aluache, hermano de uno de los líderes de la revuelta de Cabilia, la víspera de los comicios. Sin embargo, la jornada electoral en Tizi Uzu, la capital de región, transcurrió sin que se registraran los violentos enfrentamientos entre fuerzas de orden público y manifestantes que habían caracterizado las anteriores consultas. Eso sí, los bereberes secundaron masivamente la huelga general que habían convocado los comités de tribus y aldeas, conocidos popularmente como los aarchs, que constituyen la principal fuerza de la región. Pese a pedir el boicot de las presidenciales, los aarchs instaron a sus partidarios a no recurrir a la violencia y la jornada electoral se cerró con una participación del 20%. Una cifra ridícula, pero muy superior a la de las elecciones legislativas (2%) y municipales (7%) de 2002. Lo que no impidió tampoco que diversos analistas concluyeran que la victoria de Buteflika hubiera sido total de no ser por Cabilia. De hecho, el movimiento popular de esta región bereber ha demostrado reiteradamente su hostilidad hacia Boutef también después de su contundente triunfo en las urnas y no se lo pondrá nada fácil en su segundo mandato quinquenal.

Como nada fácil se lo pondrá la mayoría de la prensa argelina, a la que el presidente llegó a calificar de “mercenarios que matan con su pluma” y a la que acusó de ejercer “un terrorismo de otra índole” y de trabajar “por cuenta de círculos extranjeros que no desean el bien de Argelia ni de su pueblo”. Todo esto a lo largo de la campaña, durante la cual la mayoría de los diarios, liderados por Le Matin y Liberté, se unieron en un auténtico frente anti-Buteflika. Y la reconciliación no parece probable a corto plazo, sobre todo si se tiene en cuenta que los directores de El Jabar, Ali Djerri; Le Matin, Mohamed Benchicu, y Er Rai, Ahmed Benaum, fueron condenados en julio por tráfico de divisas o por difamación y los dos últimos llegaron incluso a ingresar en prisión. Entretanto, Buteflika reiteraba su compromiso con la libertad de expresión.

Más coherente se ha mostrado el presidente a lo largo de este año sobre la postura argelina ante el conflicto en el Sáhara Occidental, cuando menos de cara a la galería. Así, pese al amago de acercamiento a Marruecos que se produjo en 2003, la diplomacia argelina, liderada por Abdelaziz Beljadem, uno de los hombres fuertes del régimen, se ha mantenido inamovible en su apoyo al Frente Polisario y su defensa del plan Baker. Curiosamente, el mismo Beljadem, un político con fama de conservador, constituye uno de los principales obstáculos para otro de los temas pendientes del régimen argelino: la reforma del Código de Familia.

Queda por ver también cuál será el futuro del FLN, herido de muerte tras la apabullante derrota de Benflis. Los llamados disidentes rectificadores, liderados precisamente por Beljadem e impulsores de la denuncia de irregularidades que culminó en la suspensión de las actividades del FLN, pidieron a principios de enero que se celebrara un congreso de reunificación. Una propuesta que rechazó el secretario general de la formación, al considerar que la disidencia había violado las reglas internas del partido para apoyar la candidatura de Buteflika. El inquilino del palacio de el-Muradia tiene ahora la última palabra. Como en casi todo tras su reelección.



Cronologia año  2004
6 de enero. Seis representantes del movimiento bereber de Cabilia y el primer ministro argelino, Ahmed Ouyahia, firman un protocolo de acuerdo.

9 de enero. El Gobierno argelino y los representantes de las asambleas de las tribus de Cabilia, de cultura y lengua mayoritariamente beréber, llegan a un preacuerdo, con la ratificación del protocolo, para solucionar la crisis en la región.

15 de enero. El Ejército argelino sugiere que intervendrá si las elecciones presidenciales previstas para este año ponen en peligro la estabilidad del país y si todos los candidatos a le piden que garantice la legalidad de la consulta.

19 de enero. Una explosión en la planta de licuefacción de gas natural de Sonatrach en la localidad de Skikda, la segunda más importante de Argelia, provoca la muerte de 27 trabajadores y hiere a otros 74.

23 de enero. El Gobierno y los representantes de las asambleas de las tribus de Cabilia cierran un acuerdo para revocar los cargos de las últimas elecciones municipales y legislativas, una de las principales reivindicaciones de los beréberes de la región.

7 de febrero. Buteflika firma un decreto en que se fija la celebración de la primera vuelta de las elecciones presidenciales el 8 de abril.

8 de febrero. El portavoz del movimiento popular de Cabilia, Belaod Abrika, anuncia la ruptura de las negociaciones con el Gobierno.

19 de febrero. El secretario general del FLN, Ali Benflis, confirma su participación en las elecciones del 8 de abril.

22 de febrero. Tras meses de rumores, Buteflika oficializa en Argel su candidatura a los comicios presidenciales.

10 de marzo. El Gobierno de Chad anuncia en un comunicado que su ejército ha matado a 43 “terroristas” islamistas, la mayoría de ellos argelinos integrantes del GSPC, y apresado a otros cinco tras cinco horas de combates encarnizados cerca de la frontera con Níger.

6 de abril. Los tres principales rivales de Buteflika en las elecciones presidenciales quiebran las dos jornadas de reflexión previas a los comicios y aseguran que se prepara un fraude a gran escala para declarar vencedor a Buteflika en la primera vuelta y anuncian que rechazarán ese resultado.

7 de abril. Muere en un incendio Hakim Aluache, hermano de uno de los líderes de la revuelta en la región de Cabilia.

8 de abril. Celebración de las elecciones presidenciales, con un 59% de participación.

9 de abril. Buteflika es reelegido presidente con el 83,49% de los sufragios. Los candidatos de la oposición denuncian que hubo fraude.

14 de abril. El presidente francés, Jacques Chirac, realiza una visita relámpago a Argelia donde da por sentada la reelección de Buteflika pese a que aún no ha habido una confirmación definitiva de su victoria.

19 de abril. Seis personas -tres civiles y tres militares- mueren y otras quince resultan heridas en dos ataques cometidos por bandas terroristas islamistas en la provincia de Tipaza y Bumerdés.

9 de mayo. El Consejo Constitucional comunica los resultados definitivos de las elecciones presidenciales del 8 de abril: Buteflika obtiene el 84,99% de los votos, frente a un 6,42% de Ali Benflis.

2 de junio. Diez miembros de las fuerzas de seguridad argelinas mueren y 16 más resultan heridos en un ataque de islamistas radicales en una localidad de Cabilia. Por otro lado, Argelia propone a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) eliminar de forma temporal las cuotas de producción por países.

3 de junio. El ministro de Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, se reúne con Buteflika en Argelia, donde anuncia la creación de una comisión mixta antiterrorista.

18 de junio. El GSPC, a la que se vincula a Al Qaeda desde octubre pasado, pierde a su jefe, Nabil Sahraui, conocido como Abu Ibrahim Mustafa, y a otros cinco dirigentes, en un enfrentamiento con el ejército en Cabilia.

20 de junio. El Ejército argelino asegura que en un comunicado el líder del GSPC, el emir Nabil Saharaui (más conocido como Abu Ibrahim Mustafá), ha muerto en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad en las montañas de Cabilia.

23 de junio. Cinco personas asesinadas en la provincia de Medea, a unos 100 kilómetros al sur de Argel, al ser detenidos en un falso control de carretera montado por terroristas islámicos, según un comunicado de los servicios de seguridad argelinos.

3 de julio. Dos policías municipales asesinados a tiros en una emboscada tendida por un comando de terroristas islamistas en la provincia de Jijel (este de Argelia).

14 de julio. El presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, y el presidente de la petrolera Cepsa, Carlos Pérez de Bricio, viaja a Argelia para impulsar un nuevo gaseoducto que irá directamente desde el país magrebí hasta la costa de Almería.

23 de julio. La prensa local informa que siete miembros de bandas de musulmanes integristas perdieron la vida y otros tres fueron capturados, en el curso de una operación de rastreo llevada a cabo esta semana en la región de Bumerdés, al este de Argel.

3 de agosto. La Presidencia de la República argelina emite un comunicado anunciando la dimisión “por motivos de salud” del jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, general Mohamed Lamari, considerado el más poderoso de los militares argelinos.

5 de agosto. Buteflika efectúa diversos cambios en la cúpula militar tras la dimisión de Lamari, que será sustituido por el comandante del ejército de tierra

27 de septiembre. La prensa argelina informa que seis personas integradas en los cuerpos paramilitares que combaten a las bandas terroristas islámicas han sido asesinadas por un comando integrista en la región de Ain-Defla.

11 de octubre. El ministro de Exteriores argelino, Abdelaziz Belkhadem, descarta que la tensión existente entre Rabat y Argel por el conflicto en el Sáhara Occidental puede derivar en un conflicto armado entre ambos países.

15 de octubre. El canciller alemán, Gerhard Schröder, viaja a Argel para relanzar las relaciones económicas entre ambos países.

 


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