Anuario 2004
Estados Unidos
"El descrédito de la invasión de Irak copa el protagonismo de un año centrado en las elecciones"
Enric Tomàs

A la vista de todo lo acaecido en 2004, alguien podría confundirse y afirmar que la capital de EE UU es Bagdad y la de Irak, Washington. Y es que la vinculación entre estos dos países tan desiguales es la que ha marcado buena parte, por no decir toda, la agenda política estadounidense, no sólo en asuntos exteriores, sino también en el ámbito nacional. La legalidad de la invasión del país árabe se vio, este año, ensombrecida por la aparición de varios informes que aseguraban que Irak nunca dispuso de armas de destrucción masiva, y, sobre todo, por el continuo goteo de testimonios cercanos a la Casa Blanca que así lo afirmaban. Uno de los primeros en realizar algo parecido a la autocrítica fue el secretario de Estado, Colin Powell, el mismo que en febrero del año pasado ratificó ante la ONU que los vínculos de Irak y Al Qaeda eran evidentes. En esta ocasión, el jefe de la diplomacia estadounidense reconoció, a colación de un estudio del “think tank” Carnegie Endowment for International Peace, que no existían “vínculos concretos” entre la organización terrorista y el país árabe, aunque matizó que la conexión “fue prudente considerarla en ese momento”. Cuatro meses después, Powell se dejó de ambages y reconoció abiertamente que presentó información “defectuosa” para justificar la invasión de Irak. No obstante, atribuyó el error a la CIA.
Otro testimonio que responsabilizó a la CIA fue el del ex jefe de la misión estadounidense encargada de buscar armas de destrucción masiva en Irak, David Kay, quien acusó a la CIA de exagerar el posible potencial armamentístico del país. De este modo, eximió de una parte de las responsabilidades a la Casa Blanca, con la intención de no añadir más carga política al asunto. Kay, experto en armas de destrucción masiva que participó en misiones de búsqueda de armamento en el propio Irak entre 1991 y 1992, se dirigió también al Senado, concretamente al Comité de Fuerzas Armadas. Ante la Cámara Alta norteamericana, Kay repitió sus argumentos centrados en desacreditar el papel de la CIA, y volvió, de nuevo, a quitar responsabilidades a la Administración de Bush. Ante estas declaraciones más que contrastadas, el Gobierno poco podía objetar, puesto que Kay, ferviente defensor de la guerra de Irak, tomó posesión de su cargo en junio de 2003 con la promesa de encontrar el arsenal de Sadam. En este sentido, matizó que sólo se había realizado un 85% de la inspección en el país árabe, y que ésta tendría que continuar bajo mandato de su sucesor, Charles Duelfer.

El informe Duelfer no se hizo público hasta septiembre y los resultados fueron idénticos a los cosechados por Kay. Sin embargo, el borrador del informe contenía un pequeño matiz: si bien es cierto que en Irak no había armas de destrucción masiva cuando empezó la guerra, sí existía la voluntad de construirlas tan pronto como Naciones Unidas levantara las sanciones sobre el país árabe.

Con sendos informes, y sobre todo con el primero, firmado por David Kay, Washington no pareció cambiar sus líneas de argumentación: Bush aseguró que Kay había identificado “decenas de programas relacionados con las armas de destrucción masiva y cantidades significativas de material que Irak ocultó a la ONU”. Por su parte, el vicepresidente, Dick Cheney, aseguró que no había constancia del “alcance de todo lo que tenían los iraquíes”. Pese a la actitud obstinada de Washington, Kay siguió como adalid de la verdad y, en una entrevista concedida en marzo al The Guardian inglés, pidió a George W. Bush que admitiera su error sobre Irak para recuperar la credibilidad de su Gobierno. Bush, en otra entrevista, esta vez a The New York Times, y a menos de una semana para iniciar la convención republicana de Nueva York, admitió que “quizás” calculó mal los riesgos de la posguerra, aunque en ningún momento se arrepintió de haber empezado el conflicto. Diferente interpretación a la realizada por la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, quien reconoció el error de Irak cuando admitió, a finales de enero, la existencia de fallos sobre la previsión de armamento de Sadam.

A pesar de todas las voces críticas, ningún miembro de la Administración republicana entonó un mea culpa más contundente, y rápidamente se dirigieron las culpas a la CIA. Primero Kay, luego Powell, seguido del Congreso y del Senado. Este órgano, incluso, redactó un informe que afirmaba que la CIA escondió a Bush información según la cual Sadam ya no fabricaba armas de destrucción masiva. La inteligencia estadounidense también se llevó otro palo, esta vez por parte del informe de la comisión de investigación del 11-S. Ésta reveló que hasta en diez ocasiones se podría haber detectado la preparación de los atentados, y, además, negaba vínculos entre Irak y Al Qaeda. A pesar de esto, las culpas no recayeron en el Gobierno, sino en los servicios de espionaje. Con todos estos desatinos, el director de la CIA, George Tenet, dimitió a principio de junio alegando motivos personales. En su lugar, Bush colocó al congresista republicano de Florida Porter Goss.

A raíz de las críticas a la CIA, Bush aprobó, a principios de diciembre, una reforma del sistema de espionaje, la mayor desde la II Guerra Mundial (cuando se creó la propia CIA). La nueva normativa fue ratificada en la Cámara de Representantes, con 336 votos a favor por 75 en contra, y en el Senado, con 89 votos a favor y 2 en contra. El nuevo sistema de espionaje establece que un solo director será responsable de los quince cuerpos de seguridad y espionaje estadounidenses, que incluyen, entre otros, la CIA, el FBI y la Agencia Nacional. El nuevo director de la Inteligencia Nacional, que, en un acto lleno de simbolismo, ocupará el despacho destinado tradicionalmente al jefe de la CIA en la sede de la agencia en Langley (Virginia), será el coordinador de todas las agencias de seguridad y establecerá el reparto de un presupuesto de 40.000 millones de dólares entre cada una de ellas. Los puntos principales de la reforma del espionaje son, aparte de la creación del cargo de director de Inteligencia Nacional, el establecimiento de un Centro Nacional contra el Terrorismo que tendrá la misión de coordinar y consolidar las operaciones contra el terrorismo mundial; la consolidación del Pentágono como único responsable de las operaciones militares sobre el terreno, incluyendo el uso de equipos de alta tecnología como los satélites de espionaje; el establecimiento de una junta independiente para la protección de los Derechos Civiles y la Vida Privada de las personas; el aumento de las penas por el tráfico ilegal de inmigrantes; la autorización de fondos para fortalecer la seguridad en puertos marítimos, terrestres y aéreos; la unificación de la información de las 15 agencias de inteligencia estadounidenses, para que compartan datos sobre posibles amenazas terroristas; incremento de la guardia fronteriza con 2.000 hombres un año y 800 los cinco siguientes; y, finalmente, la implantación de cláusulas para mejorar las relaciones entre EE UU, Oriente Medio y el sur de Asia a través de programas de desarrollo económico e intercambio cultural.

La extensa reforma de los servicios de espionaje contó con la oposición, en un primer momento, de sectores republicanos. Especialmente vehementes fueron el presidente del Comité Judicial de la Cámara, James Sensenbrenner, así como el congresista Duncan Hunter y el senador John Warner. Estos últimos se opusieron a que hubiera un cargo -el director de Inteligencia Nacional- que estuviera en medio de los mandos militares y el presidente de EE UU, mientras que Sensenbrenner abogó por que la nueva ley endureciese las medidas contra la inmigración ilegal.



La Comisión de Investigación de los atentados del 11-S responsabilizan a la CIA

Las propuestas de reforma de las agencias de inteligencia fueron apuntadas en el informe de conclusiones de la Comisión de Investigación del 11-S. Este organismo, con representantes de ambos partidos aunque al margen de los intereses y presiones de ellos, fue creado para determinar los problemas de seguridad que favorecieron los atentados y analizar cómo podrían haberse evitado. Estuvo dirigido por el ex gobernador de New Jersey Thomas Kean, republicano, y se prolongó durante 19 meses en los que se interrogaron a más de 1.000 testigos. Finalmente, la Comisión presentó su informe a la Casa Blanca el 22 de julio. En él, se concluyó que los servicios de espionaje no entendieron la gravedad de la amenaza terrorista y que hubo una total falta de coordinación entre las diferentes agencias que forman la inteligencia estadounidense. Además, las acusó de “falta de imaginación” para prever nuevas formas de ataques terroristas en territorio norteamericano. Aparte de esta falta, la Comisión estipuló otros tres fallos: la falta de capacidad organizativa de las agencias; la falta de apreciación real del terrorismo como una amenaza grave; y la incapacidad para considerar el terrorismo como una prioridad debido a una mentalidad propia de la Guerra Fría. Respecto a los motivos que impulsaron a Bush a iniciar la guerra en Irak -la supuesta vinculación entre este país y Osama Bin Laden-, el informe detalla que hubo ciertos contactos, aunque aclara que fueron “insustanciales”, por lo que remarca que Sadam no tuvo relación alguna con la trama del 11-S. El informe, de 576 páginas y dividido en 14 capítulos, critica también al FBI, del que dice no estar preparado para hacer labores de inteligencia dentro del país, y exonera de culpas al presidente Bush y a su antecesor, Bill Clinton. Como punto final, la Comisión citó que, hasta en 10 ocasiones, los servicios de inteligencia podrían haber frustrado la preparación de los atentados.

Entre los más de 1.000 testigos interrogados por una Comisión formada por cinco republicanos y cinco demócratas, destacaron los dos últimos presidentes de EE UU, George W. Bush y Bill Clinton, así como sus respectivos vicepresidentes, Dick Cheney y Al Gore; la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice; el ex coordinador de la lucha contra el terrorismo de la Casa Blanca, Richard Clarke; o el director de la CIA desde 1997, George Tenet, que dimitió a principios de junio.

A finales de marzo compareció Condoleezza Rice. Su participación en la Comisión estuvo en entredicho durante un tiempo, ya que la Casa Blanca no lo autorizó en un primer momento. Pero la presión de los diez miembros que investigaban los atentados del 11 de septiembre, sumado al temor de Washington de que la opinión pública les acusara de no colaborar para esclarecer los ataques terroristas, hizo que al final Rice sí declarara ante la Comisión, y que, además, lo hiciera en sesión pública y bajo juramento. En su declaración, la consejera de Seguridad Nacional defendió la gestión del presidente Bush y valoró que el país “estaba ciego” ante una amenaza de este tipo. Por esto, esclareció que “no había una solución mágica que hubiera prevenido los atentados”. Dos semanas antes de Rice, quien pasó por el estrado de los testigos fue el ex coordinador de la lucha contra el terrorismo de la Casa Blanca Richard Clarke. El ex funcionario es autor de Contra todos los enemigos, libro en el que afirma que el Gobierno de EE UU, con Bush de presidente, pudo haber destruido Al Qaeda y que al no hacerlo provocó su reactivación. La declaración de Clarke no se desvió de los argumentos expuestos en las 384 páginas del libro, ya que mantuvo las denuncias contra Bush, al que criticó por no convertir la lucha antiterrorista en una prioridad durante los primeros ocho meses de su mandato. Otras personalidades que declararon fueron aquellos que ocupan o ocuparon la Secretaría de Estado en los mandatos de Bush y Clinton, Colin Powel y Madeleine Albright, respectivamente. El primero eximió de responsabilidades a la gestión de Bush, de la que, contradiciéndose con Clarke, dijo que sí priorizó la lucha antiterrorista. Por su parte, Albright afirmó que prevenir posibles atentados fue “una prioridad para el presidente Clinton y todos sus consejeros en política exterior y seguridad nacional”. También compareció el responsable de la agencia cuya labor se llevó todas las críticas. El director de la CIA desde 1997, George Tenet, asumió que la inteligencia estadounidense cometió errores durante los meses previos a los ataques y mencionó, por ejemplo, que antes del 11-S existían cuatro bancos de datos terroristas separados, uno en el Departamento de Estado, otro en la CIA, otro en el Pentágono y otro en el FBI. Además, aseguró que la eliminación de Bin Laden no habría evitado los atentados de septiembre.

Con todo, dos de las intervenciones más esperadas eran las de los hombres que presidieron EE UU. El primero en declarar fue Bill Clinton, acompañado del que fuera su vicepresidente, Al Gore. Ambos declararon por separado y a puerta cerrada. Según expresó la Comisión en un breve comunicado, el ex presidente se mostró “comunicativo y cooperador con las preguntas”, durante las tres horas que duró su comparecencia.

Tres semanas después de Clinton y Gore, comparecieron juntos ante la Comisión George W. Bush y Dick Cheney. El hecho de que el vicepresidente acompañara al presidente sorprendió a muchos, que lo vieron como una muestra más de la influencia que tiene Cheney sobre Bush en todas las decisiones que se toman en Washington. Según declaraciones del propio Bush al finalizar su intervención -porque la Comisión no informó sobre qué dijeron ambos gobernantes-, la reunión fue “cordial” y en ella respondió a todas las preguntas. Además, aseguró que no podía descartar que Al Qaeda no tuviera células activas en EE UU, por lo que el país era “aún vulnerable”. Lo que no aclaró el presidente es por qué acudió a la comparecencia de la mano de Cheney.

A pesar de haber colaborado con la Comisión, Bush se mostró reticente en un primer momento a coadyuvar. Puso impedimentos a la comparecencia de Condoleezza Rice, aunque al final cedió. Muchos han visto en esta actitud la cercanía de las elecciones presidenciales de noviembre. A pocos meses de los comicios, el índice de popularidad del presidente entre los norteamericanos se situó por debajo del 50%, sobre todo, a raíz de las revelaciones extraídas del informe de la Comisión. Además, a principios de abril, la Casa Blanca anunció que revisaría las conclusiones de la Comisión antes de su publicación. Washington se reservaba, de este modo, la posibilidad de borrar pasajes enteros, si consideraba que éstos podían afectar a la confidencialidad de la lucha contra el terrorismo. Sin embargo, al final optó por no aplicar ningún tipo de censura y el informe salió publicado.



Dos jueces determinan anticonstitucionales secciones de la Patriot Act

El próximo mandato de Bush se llevará a cabo con algunas caras nuevas. Con los cambios en el Gabinete propuestos por el presidente, se aparta del Gobierno uno de sus máximos exponentes de la línea más dura. Al relevo de Al Gonzáles por John Ashcroft, aquejado por una pancreatitis, se unió la derogación de varias secciones de la “obra cumbre” del ya ex fiscal general de EE UU, la Patriot Act. A finales de septiembre, el juez federal de Nueva York, Víctor Marrero, declaró “anticonstitucional” una parte de la “ley patriota”. La parte derogada es aquella en que se daba al FBI el derecho a exigir a los proveedores de Internet y a las empresas información confidencial sobre sus clientes, en el marco de sus investigaciones sobre posibles actividades terroristas. Hasta la fecha, los agentes federales podían emitir la llamada “Carta de Seguridad Nacional”, con las que podían pedir información confidencial sin autorización judicial previa y sin tener de demostrar de antemano una necesidad real que lo justificase. El demandante fue, en este caso, la Unión Estadounidense de Libertades Civiles.

Meses antes, otra sección de la Patriot Act fue declarada “anticonstitucional”. La responsable fue la juez federal Los Ángeles, Audrey Collins. La magistrada determinó que los artículos que prohíben “la asesoría o la ayuda de expertos” a los grupos incluidos en el registro de organizaciones terroristas eran demasiado vagos y violaban la primera y la quinta enmienda de la Constitución de EEUU, que reconocen la libertad de expresión, y el derecho a un juicio con garantías, respectivamente. Según Collins, tal y como estaba redactada la ley, no se establecía diferencia entre el asesoramiento con fines pacíficos, y la asistencia para llevar a cabo actos violentos. En este caso, el demandante fue el Humanitarian Law Project, que presentó una demanda por la acusación dirigida a cinco organizaciones humanitarias y a dos ciudadanos norteamericanos que querían apoyar una serie de actividades legales y no violentas a favor de los refugiados kurdos en Turquía.

Estos dos casos suponen dos nuevos ejemplos de la cada vez más frecuente oposición a la Patriot Act. Esta ley, aprobada un mes después de los atentados del 11-S, fue polémica desde un inicio. Por esto, después de tres años sin atentados terroristas ni amenazas exteriores a EE UU, se ha extendido, por parte de asociaciones de derechos civiles y algunos políticos de ambos partidos, un movimiento de repulsa a la ley de Ashcroft. De momento, tres estados y más de 180 ciudades y condados de EE UU aprobaron resoluciones de repulsa contra la Patriot Act, por considerar que viola derechos y libertades garantizados por la Constitución.


Muchas caras nuevas para cuatro años más de Bush

El Gobierno de EE UU consta de 15 departamentos, dirigidos cada uno de ellos por otros tantos secretarios. Con la victoria de Bush en noviembre, se han contabilizado nueve dimisiones, entre las que destacan, por encima del resto, las del secretario de Estado, Colin Powell, y la del secretario de Justicia y Fiscal General, John Ashcroft. Con todos estos cambios, Bush empezará su segundo mandato, el próximo 20 de enero, con uno de los Gabinetes más reformados de la historia de EEUU. Uno de los relevos más importantes, y que pueden tener más peso en los próximos cuatro años, es el del secretario de Estado. Hasta ahora, el cargo lo desempeñaba Colin Powell, uno de los miembros más moderados del Gabinete de Bush. Esta moderación le llevó a mantener continuas disputas con los “halcones” de la Casa Blanca, sobre todo, en los más de cuarenta días que duró la guerra oficial en Irak -entre el 20 de marzo y el 2 de mayo de 2003-. Tras su renuncia, Bush definió al que ha sido jefe de la diplomacia estadounidense como una “de las grandes figuras del servicio público de nuestra época”. El presidente, además, afirmó que lo “añoraría”. Pero la pena le durará poco a Bush, ya que en lugar de Powell entra una de sus más fieles colaboradores, la que dicen es la primera mujer con la que habla cada mañana, y la última con que departe antes de acostarse, y, todo ello, sin provocar los celos de Laura. Después de plantearse el volver a la docencia en la Universidad de Stanford, Condoleezza Rice acudió a los cantos de sirena de Bush y aceptó ocupar la cartera de Estado. Con este nombramiento, una figura fiel a Bush, y más acorde con la ideología conservadora, será la encargada de lidiar con la política exterior norteamericana. Sus retos serán, de nuevo, Irak, así como Irán, Siria, o incluso Corea del Norte, países que, según la Administración estadounidense, forman el “eje del mal”. En este sentido, Rice declaró que su objetivo será la guerra contra el terrorismo, la paz en Oriente Próximo y el control de la proliferación de las armas de destrucción masiva. El cargo de Rice como asesora de Seguridad Nacional lo ocupará su hasta ahora mano derecha, Stephen Hadley. El otro relevo de trascendencia es el que se producirá en el seno del Departamento de Justicia, donde su director es también fiscal general de EE UU. Su titular hasta la fecha, John Ashcroft, presentó, mediante una carta escrita a Bush para evitar filtraciones a la prensa, su dimisión. Ashcroft pasa por ser uno de los “halcones” más afines a la ideología neocon predominante en Washington durante el último mandato. Suya es la promulgación de la Patriot Act, polémica ley con la que se autorizaban las escuchas telefónicas; se endurecían las normas de inmigración; y se podían vigilar los mensajes enviados por correo electrónico. Todo ello destinado a fortalecer la lucha antiterrorista. Su sustituto será el ex juez de Texas, el conservador Alberto Gonzales. Con esta nominación, Bush mata dos pájaros de un tiro: por un lado, modera la imagen, en ocasiones de extrema derecha, de Ashcroft; por el otro, coloca a un hispano, por primera vez en la historia, al frente de Justicia, con lo que lanza un guiño a esta comunidad, tradicionalmente demócrata, que, sin embargo, en los comicios de noviembre le votó en mayor cantidad que otros años. En este sentido, Gonzales agradeció a Bush su nombramiento y manifestó que “los hispanos comparten la esperanza de que se les ofrezca la posibilidad de mostrar de qué son capaces”. Una de los departamentos importantes, aún sin dueño, es el de Seguridad Nacional. Su anterior titular, Tom Ridge, presentó su renuncia al cargo en una decisión por todos esperada, máxime teniendo en cuenta que el propio Ridge había comentado su voluntad de dejar el cargo. El departamento de Seguridad Nacional, creado ex novo después de los atentados del 11-S, no sólo es uno de los de mayor presión dentro del Gobierno de EE UU, sino que es uno de los que cuenta con mayor número de empleados, más de 180.000. Después de la obligatoria quiniela para saber quién sustituiría a Ridge, el puesto se adjudicó a Bernard Kerik. No obstante, el ex jefe de policía de Nueva York durante los atentados tendrá el dudoso honor de ser el secretario con un servicio más breve. Una semana después de ser nombrado por Bush, se supo que había empleado como niñera a una mexicana sin papeles. Automáticamente, Kerik, de quien la productora Miramax prepara una película sobre su vida, renunció al cargo. Ante tanto cambio en departamentos de enjundia, la Casa Blanca confirmó que al frente de la secretaría de Defensa seguirá uno de sus viejos “halcones”, Donald Rumsfeld. Con su continuidad, Bush confirma que la política de Washington seguirá escorada a la derecha más extrema. Y es que un relevo de Rumsfeld como jefe del Pentágono supondría, implícitamente, un reconocimiento de los innumerables errores cometidos en Irak. En este sentido, Bush se afanó en manifestar que el “halcón”, de 72 años, es “el hombre correcto para estos tiempos de desafíos especiales”. Liderando la modestísima recuperación económica que vive el país estará de nuevo John Snow, secretario del Tesoro desde 2000. Su reelección fue la más cuestionada, ya que a pesar de contar con el respaldo de Bush, muchos sectores republicanos ya habían empezado a moverse para buscarle un sustituto. El Departamento del Tesoro tendrá en los próximos meses trabajo extra, puesto que deben tirar para adelante reformas como las del sistema fiscal y la de la seguridad social, ambas prometidas por Bush durante la campaña. Otros secretarios que seguirán en el Gabinete de Bush son Alphonso Jackson, en Desarrollo Urbano; Gale Norton, en Interior; Elaine Chao, en Trabajo; y el único demócrata del Gobierno, Norman Mineta, en Transporte. Con la incorporación de Mineta, Bush cumple su objetivo de integrar en su Gabinete a un demócrata moderado, dando, de este modo, una imagen integradora en un país más polarizado que nunca. Las nuevas carteras serán para Mike Johans, en Agricultura; Carlos Gutiérrez, en Comercio; Samb Bodman, en Energía; Margaret Spellings, en Educación; Mike Leavitt en Sanidad; y el ex embajador de EE UU en el Vaticano, James Nicholson, que coge la cartera de Veteranos de Guerra.

EE UU bendice a George W. Bush con un mandato más

El mundo en general, y Estados Unidos en particular, estuvieron marcados este año por las elecciones presidenciales celebradas el 2 de noviembre. Con un 51% del voto popular, George W. Bush, el actual presidente y candidato republicano, fue reelegido para cuatro años más. Su rival en las urnas, el senador de Massachussets John F. Kerry, del Partido Demócrata, obtuvo un 48% de votos. Las elecciones estadounidenses destacaron por una alta participación, cercana al 60%, que se situó muy por encima del 53% de media registrados en los cuatro comicios anteriores. El recuento final de papeletas dio a Bush 60.608.582 votos, lo que se traduce en 286 votos electorales de los 538 en liza. Por su parte, Kerry obtuvo 57.288.974, con lo que ganó 252 votos electorales. Y por último, el candidato independiente y ecologista, Ralph Nader, se hizo con 406.924 votos, que no le otorgan ningún voto electoral. Los resultados finales quedaron un tanto alejados de los previstos por los sondeos, sobre todo los realizados horas después de cada uno de los tres debates que enfrentaron a los candidatos. Aun así, todas las encuestas previas sí vaticinaron cuáles iban a ser los estados que tendrían un papel clave en el mapa electoral estadounidense: Ohio, Pennsylvania y Florida. Cada uno de estos estados se caracterizaba por dos motivos: el primero, por contar con más de 20 votos electorales (Ohio, 20, Pennsylvania, 21, y Florida, 27). En cuanto a votos electorales, no son los estados más poblados: Texas, por ejemplo, cuenta con 34, Nueva York con 31, o California con 55. Sin embargo, el color del que se teñirían estos estados estaba más que claro. El primero, patria chica de Bush, siempre ha sido rojo republicano, mientras que los dos segundos, habitados por la progresía de Hollywood y por miles hispanos en la costa oeste, y la izquierda cool en la este, siempre ha sido azul demócrata. Así, Ohio, Pennsylvania y Florida, aparte de contar con muchos votos electorales, tenían otra particularidad: ser un swing state o “estado bisagra”. Con este nombre se conoce a los estados que en cualquier mapa antes de las elecciones se pintan de morado, lo que significa que, históricamente, se han movido entre la afinidad al partido republicano o al demócrata. El primer estado en declinarse hacia uno u otro candidato fue Pennsylvania, confirmado a las pocas horas de haber empezado el recuento. Las quinielas de ambos partidos fijaban que quien fuera capaz de ganar en dos de estos tres estados, ganaría las elecciones. En el imaginario demócrata, además, apareció Florida en el año 2000. Fue en este estado del sureste donde en las últimas elecciones se fraguó uno de los mayores escándalos de la historia de las elecciones estadounidenses. En los anteriores comicios, miles de papeletas a favor del candidato demócrata, Al Gore, fueron invalidadas. A ello se sumó que, en una controvertida decisión, se prohibió ejercer el voto a personas con antecedentes judiciales. Con esta criba se apartaba de la arena electoral, sobre todo, a negros e hispanos, tradicionalmente afines al asno demócrata. Además, el dificultoso sistema de votaciones mediante las papeletas llamadas “mariposa”, llevó a muchos demócratas a votar erróneamente al candidato ultraconservador Pat Buchannan. Con todos estos indicios de fraude, Al Gore impugnó al Tribunal Supremo el resultado de Florida. Quien ganara en este estado, ganaría las elecciones. Pero el Tribunal Supremo ordenó la paralización del recuento manual de votos, dando de este modo la victoria a Bush, que alcanzó la Casa Blanca con menos votos populares que su rival. Estos antecedentes hacían presagiar que el “estado bisagra" de Florida caería en manos demócratas. Pero el recuento se encargó de mostrar una realidad diferente: Bush obtuvo los 27 representantes del Colegio Electoral del estado, fruto de los 400.000 votos de ventaja respecto a Kerry. Sin duda una mala noticia para el Partido Demócrata, que confió demasiado en que Florida castigaría a los republicanos por su fraude electoral. Y es que Kerry no tuvo en cuenta varios factores: por un lado, el apoyo republicano de los condados del norte y del sur del estado; por otro el carisma del gobernador de Florida, Jeb Bush, hermano del candidato republicano, que goza de un índice de popularidad de casi un 70%. Además, Kerry soslayó el envejecimiento e hispanización -en Florida viven millones de cubanos exiliados y disidentes del régimen de Fidel Castro- de una población que, tradicionalmente, es partidaria del elefante republicano. Con la amplia y clara victoria en Florida, que muchos utilizaron para legitimar la victoria de Bush en 2000, las miradas se fueron hacia el norte, y con ellas, un ejército de abogados. En total se movilizaron 20.000 letrados de ambos partidos, y junto a ellos, otro ejército, aunque en este caso de voluntarios. El objetivo de todos ellos era vigilar y evitar que se repitiesen las irregularidades de 2000. En el norte se halla el tercer “estado bisagra”, Ohio. Con 20 votos electorales, muchos sondeos previos lo teñían de azul demócrata, bajo pretexto del alto índice de paro que azota el estado. La fuerte recesión económica que vive todo el país se hizo más lacerante en esta zona, donde habitan 11 millones de personas y existe un fuerte asentamiento industrial. Esta recesión ha causado en los últimos cuatro años un aumento del índice de paro en un 1,9%, situando a Ohio en un índice del 6%. Con este dato en la mano, los demócratas aplicaron silogismos varios para creer asegurado los 20 votos electorales. Mientras tanto, Ohio era consciente de que todo el mundo tenía su mirada puesta sobre ellos. Además, la historia guardaba un curioso dato que hacía a este estado del medio este aún más importante: ningún presidente republicano de EE UU había llegado a la Casa Blanca sin imponerse en Ohio. Para asegurar la limpieza de las votaciones, un tribunal de tres magistrados de la Sexta Corte de Apelaciones autorizó, a las cuatro de la mañana del 2 de noviembre, que en las mesas de votaciones estuvieran presentes representantes de ambos partidos para evitar un posible fraude. Pero éste no existió y Bush obtuvo la mayoría de votos populares que le sirvieron para llevarse los 20 votos electorales y, consecuentemente, la victoria en las elecciones. El hecho de que la victoria republicana en este tercer “estado bisagra” fuera por algo más de 130.000 votos, hizo pensar a muchos que la situación de Florida iba a repetirse, debido a los rumores sobre posibles errores en el recuento, la falta del escrutinio del voto por correo y el hecho de que aún faltaran por contar miles de papeletas provisionales. Estas papeletas se daban a aquellos cuyo derecho a voto no estaba confirmado el día de las elecciones, por lo que se les permitía votar aunque la validez de sus votos se otorgara cuando se les legitimase como votantes. Consciente de esta bolsa de votos aún sin dueño, el candidato a vicepresidente demócrata, John Edwards, manifestó, el mismo 2 de noviembre en un discurso ante sus seguidores, que no se harían concesiones hasta que no se hubieran contado todos los votos de Ohio. Desde su púlpito en Boston, ciudad donde se ubicó el cuartel general del Partido Demócrata, Edwards añadió que “hemos esperado cuatro años para esta victoria, podemos esperar una noche más”. Sin embargo, al día siguiente de la jornada electoral, John Kerry llamó a George Bush para felicitarle por la victoria, y por ende, reconocer su derrota. El candidato derrotado compareció ante los medios para aclarar que “la victoria la dan los votantes, no los tribunales”. De este modo, aclaraba que ni él ni su partido iban a impugnar el resultado de Ohio ni a reclamar un nuevo recuento de las papeletas. En su alocución, un apesadumbrado Kerry reconocía su derrota aunque aseguró que “aunque la campaña ha acabado hoy, sigue la lucha”. Además, comentó los pormenores de su breve conversación con el candidato vencedor. Según Kerry, la charla duró unos cinco minutos y en ella ambos políticos valoraron “el riesgo de división del país y la indispensable necesidad de unidad para encontrar un terreno de entendimiento”. Desde el bando republicano se valoró la conversación en idénticos términos. Fuentes oficiales tildaron la charla de “cortés”. Conscientes de su victoria, el partido de Bush no esperó al recuento en Ohio para proclamar su victoria. La mañana del miércoles 3 de noviembre, el jefe de protocolo de la Casa Blanca, Andrew Card, se presentó ante sus seguidores para festejar con ellos la victoria y asegurar que la ventaja de Bush en Ohio era “estadísticamente imposible de remontar”. Card, además, aseguró que Bush obtendría un total de 286 votos electorales con los que lograría una “victoria decisiva”. Finalmente, a las tres de la tarde del 3 de noviembre, justo una hora después de la comparecencia de Kerry, apareció Bush en el Centro Ronald Reagan de Washington, cuartel general de los republicanos, para proclamar su victoria y realizar las primeras declaraciones como presidente reelecto de EE UU. En su alocución triunfal, Bush felicitó la campaña de su rival y destacó tanto la alta participación registrada como el hecho de que su candidatura hubiese sido la más votada en la historia del país. Asimismo, Bush se dirigió a los votantes de Kerry a los que pidió su apoyo “para hacer el país más fuerte”, para de este modo, “continuar nuestro progreso económico”. El recién reelegido presidente apuntó que otro objetivo de su próximo mandato iba a ser apuntalar las “democracias incipientes de Irak y Afganistán para que nuestros soldados vuelvan a casa con el honor que se han ganado”. Todo ello sin olvidar que en la política nacional iba a defender “los valores de familia y de la fe”. Con la consecución de Ohio por parte del bando republicano, Bush podía considerarse vencedor ya que superaba los 270 votos electorales necesarios para acceder al 1600 de Pennsylvania Avenue, en Washington. A pesar de la victoria republicana, dos estados no adjudicaron sus votos hasta dos días después. Tanto Iowa como Nuevo México, que juntas suman 12 votos y que en 2000 fueron demócratas, sufrieron problemas con el voto por correo y con los lectores ópticos de las papeletas. Al final, ambos estados cayeron del lado de Bush, aunque de no haber sido así, tampoco hubieran modificado el resultado final. Así pues, con los estados ya coloreados de rojo, Bush obtuvo 286 representantes por 252 de Kerry. La inapelable victoria de Bush en las presidenciales no fue la única buena noticia para los republicanos. Además de estos comicios, el primer martes después del primer lunes de noviembre de cada año divisible por cuatro, también se votaba la formación de la Cámara de Representantes y la renovación de un tercio del Senado. En ambos órganos, que juntos forman el Congreso de EE UU, ganaron los republicanos, hecho que muchos analistas consideran como una bendición para Bush, que tendrá en su nuevo mandato todos los vientos a favor. En el Senado, o Cámara Alta, se renovaba un tercio de sus 100 miembros. En total entraban en liza 34 asientos, que hasta el día de las elecciones 19 eran demócratas y 15 republicanos. Con el recuento efectuado, esta situación ha cambiado. Así, el Senado estadounidense, formado por 100 miembros, dos por cada uno de los 50 estados (el Distrito de Columbia no se considera estado de facto), quedará con 55 senadores republicanos por 44 demócratas, más uno independiente. Entre los nombres propios de las elecciones al Senado destacan, Barack Obama, demócrata de Illinois que se convirtió en el tercer afroamericano en obtener un asiento en la Cámara Alta. También consiguieron un escaño los senadores hispanos Ken Salazar, demócrata de Colorado, y Mel Martínez, republicano de Florida. Con ellos dos, suman cinco los hispanos que han obtenido asiento en el Senado. Pero, sin duda, el mayor batacazo y la mayor sorpresa la protagonizó el ya ex líder de la minoría demócrata en la Cámara Alta, Tom Daschle, de Dakota del Sur, que se convirtió en el primer líder de un partido en más de medio siglo que perdía los comicios en su estado. Los republicanos extendieron su dominio, también, a la Cámara de Representantes. En la Cámara Baja los compañeros de partido de Bush obtuvieron una cómoda victoria, aunque quizás no tanto como se esperaba. En total consiguieron 231 asientos, cuatro más que en 2000, por 200 los demócratas, tres menos que 2000. Un asiento fue para un candidato independiente, y aún restan tres escaños por confirmar. Ocho meses marcados por la seguridad nacional, Irak y Bin Laden Más de 1.000 millones de dólares gastados en una carrera contrarreloj iniciada oficialmente el pasado 6 de marzo. Estos datos reflejan una parte de lo que fue la campaña electoral para la presidencia de EE UU, aunque a la vista del continuo cruce de acusaciones entre los dos candidatos, bien parecía que lo que se votaba el 2 de noviembre era el nombre del comandante en jefe del Ejército estadounidense. Y es que durante el largo maratón de precampaña, los temas que más veces se repitieron fueron Irak y la lucha contra el terrorismo. Irak ha sido fuente inagotable de discusiones, discursos, dimes y diretes. Durante el año se confirmó que en el país árabe ni había ni se estaban desarrollando armas de destrucción masiva, gracias a testimonios como los del ex jefe de la misión estadounidense encargada de buscar estas armas en Irak, David Kay. El ex representante estadounidense afirmó ante el Senado que la CIA había exagerado el potencial nuclear del país árabe. En septiembre, un informe del Gobierno de EE UU verificó las palabras de Kay. Pocos días después, el 21, Bush intervenía ante la ONU para reivindicar la legitimidad de la guerra de Irak. Por otro lado, a principios de octubre, empezaron a surgir las primeras voces cercanas al Gobierno que dudaban públicamente de la situación en Irak. Una fue la del ex administrador civil de EE UU en Irak, Paul Bremer, que afirmó que su país nunca dispuso de tropas suficientes para ganar la guerra en Irak. El otro, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, manifestó sus dudas sobre los vínculos entre Al Qaeda y Sadam, aunque luego rectificó. También el propio Bush admitió, a finales de agosto, haber calculado mal los riesgos de la posguerra en Irak. El presidente hizo estas declaraciones días antes de la Convención Republicana, con lo que su calado quedó rápidamente tapado por montañas de confeti. Los titubeos desde la Administración norteamericana empezaron a calar entre la sociedad, situando el nivel de popularidad de Bush en cotas inferiores al 50%. Un dato que, estadísticamente, le pondría muy difícil su reelección. Además, las noticias que llegaban de Irak no eran nada, halagüeñas. La situación empeoraba cada día más y la cifra de fallecidos estadounidenses ya superaba los 1.000 soldados. Pero la campaña no se centró allende las fronteras norteamericanas. Si bien es cierto que la economía, el (des)empleo o el seguro médico tuvieron cierta resonancia mediática, ninguno de estos asuntos o issues -como se denomina en EE UU los temas de campaña- pudo hacer sombra a un tema, el de la seguridad, que desde septiembre de 2001 ha pasado a ser el centro de las vidas de los norteamericanos. La elección del presidente se convirtió, por tanto, en escoger cuál de los dos candidatos estaba mayor capacitado para proteger al país ante un eventual ataque terrorista. Para recordar a los ciudadanos que la protección era un tema primordial, desde la Casa Blanca se aumentó el nivel de alerta ante un posible ataques terrorista. El secretario de Seguridad Interior, Tom Ridge, elevó en agosto la alerta antiterrorista hasta el color naranja, considerada la cuarta en una escala de cinco. Acto seguido, Bush recibió críticas por hacer uso electoral del temor y del sistema de colores creado ad hoc para avisar de posibles ataques. Sin embargo, y a pesar de la importancia de los temas de Irak y del terrorismo, la victoria se decantó finalmente por la fidelidad a los valores morales, en parte gracias al trabajo, oscuro en muchas ocasiones, del jefe de campaña republicano, Karl Rove. Rove, uno de los más despiadados a la par que brillantes estrategas políticos de la última década, fijó que quienes darían la reelección a Bush sería la comunidad de los evangélicos. Entre esta comunidad, que representa casi una quinta parte de los votantes estadounidenses, casi cuatro millones de personas no votaron en los comicios de 2000. El objetivo de Rove fue convencerlos de la importancia de su voto para preservar los valores morales americanos, de los que siempre hacía gala su jefe de filas, George W. Bush. El plan fue un éxito ya que el presidente revalidó su victoria con casi tres millones y medio más de votos. Pero si la estrategia de Rove finalmente no resultaba exitosa, las campañas de uno y otro partido ya estaban definidas, de igual modo que sus mensajes. Por un lado, los republicanos insistirían que una victoria de Kerry supondría un mayor peligro para la seguridad nacional del país y una mayor intromisión del Gobierno en la gestión de la asistencia médica. Por el otro, los demócratas defendían que la victoria de Bush acentuaría el aislamiento internacional de EE UU, conllevaría una privatización del sistema estatal de jubilaciones y, anatema, la vuelta del servicio militar obligatorio. No obstante, el trabajo previo realizado por ambos partidos a punto estuvo de venirse abajo por la inesperada aparición del hombre que ha centrado la opinión pública y la política estadounidense en los últimos tres años. Osama Bin Laden, renovado en su cargo de enemigo número uno a raíz de los atentados del 11 de septiembre, aparecía en un vídeo difundido por la cadena qatarí Al Jazeera, en el que advertía a EE UU de que su seguridad no estaba en manos de Kerry, ni de Bush ni del Al Qaeda, sino en sus propias manos. Bin Laden, además, indicó que el presidente estaba engañando al pueblo norteamericano, y, en alusión al 11-S, aseguró que “siguen existiendo razones para repetir lo que ya ocurrió”. A pesar de la importancia del vídeo, en el que el terrorista saudí aparecía con inmejorable aspecto, los sondeos posteriores no revelaron si la cinta tuvo una influencia definitiva en la elección de los norteamericanos. De hecho, muchos analistas no supieron realmente a quién iba a favorecer realmente el comunicado. Por una lado, el mayor favorecido podía ser Bush, que había subrayado en su campaña el tema de la seguridad y se había postulado como único abanderado para conseguirla. La cinta de Bin Laden dio argumentos al republicano para demostrar que EE UU seguía estando bajo la amenaza terrorista. Aunque, por otro lado, el demostrarse que Bin Laden seguía vivo implicaba dos cuestiones: que Bush no lo había atrapado todavía y que tenía infraestructuras para lanzar mensajes cuando y como quisiera. Así pues, la cinta que no beneficiaba plenamente ni a Bush ni a Kerry, sólo podía ayudar a una persona: Bin Laden, quien gracias a su aparición polarizó aún más el debate entre los dos candidatos, debilitando de este modo a su enemigo atávico, EE UU. Una larga campaña finalizada con tres debates La campaña electoral viajó por casi todo el territorio estadounidense, aunque pronto, con la igualdad cada vez más latente en los sondeos y la confirmación de cuáles iban a ser los estados con un papel realmente importante, los candidatos sólo se centraron en unos pocos objetivos. A principios de campaña se consideró como “bisagra” los siguientes estados: Florida, Pensilvania, Ohio, Michigan, Missouri, Minnesota, Wisconsin, Colorado, Iowa, Arkansas, Nevada, Nuevo México, Oregón y Virginia Occidental. Con los días y los sondeos, los candidatos se centraron en los tres primeros, que, además sumaban juntos 68 votos electorales. De ahí que en los últimos días de campaña, sus mítines fueran casi exclusivamente en estos tres estados. Por ejemplo, Kerry visitó Florida y Ohio en 26 ocasiones, y Pensilvania en 22. Por su lado, Bush hizo campaña en Ohio 17 veces y 18 en Pensilvania. Entre viaje y viaje por toda la geografía norteamericana, se llegó a la recta final de una campaña electoral durante la cual, el cruce de acusaciones entre Kerry y el presidente George W. Bush fue in crescendo hasta el mismo día de las elecciones. Unas denuncias que se mantuvieron en cada uno de los tres debates celebrados. El primero se celebró el 30 de septiembre en la Universidad de Miami. El hecho de escoger esta ciudad no fue por la belleza de sus playas, sino porque Florida estaba considerado como uno de los swing states, y porque fue el estado que dio la victoria a Bush en 2000. El tema vehicular de los 90 minutos de debate fue Irak. Bush aseguró que la paz estaba cercana, mientras que Kerry recordó la situación de descontrol existente en el país árabe. En lo único que coincidieron los candidatos fue en su patriotismo, que les llevó a afirmar que defenderían mejor las tropas en el extranjero. Además, destacaron que la seguridad interior es fruto de una buena política exterior. A partir de eso todo fueron desavenencias: Bush afirmó que el mundo está más seguro sin Sadam Hussein en el poder, y que la democracia en Irak es sinónima de seguridad en EE UU. Por su parte, Kerry recordó que no se hallaron armas de destrucción masiva en Irak y que Sadam no tenía relación alguna con los atentados del 11-S y con Osama Bin Laden. El demócrata se presentó en el escenario de Miami con su esposa Teresa Heinz, vestida de riguroso blanco, y con un traje oscuro con corbata roja. Bush estuvo acompañado por su mujer, Laura Bush, también de blanco, y con traje oscuro pero con corbata azul. El tema de las corbatas no es baladí, puesto que ambos candidatos usaron colores presentes en la bandera norteamericana. Sus esposas apoyaron el simbolismo de sus maridos con sendos traje chaqueta blancos como las estrellas de la bandera, en una tendencia que se repetiría en los otros debates. Según todos los sondeos realizados al finalizar el cara a cara, el vencedor fue Kerry. Los republicanos aseguraron que el presidente se encontraba con un poco de fiebre. A ello puede sumarse la configuración del escenario, dos atriles y un moderador, que resultó un tanto incómoda para Bush. El segundo debate tuvo lugar el 8 de octubre en San Luis, Missouri. El formato era distinto al primero, ya que los candidatos respondían las preguntas del moderador de pie y sin estar detrás de un atril. Las cuestiones fueron leídas por el periodista del canal ABC,Charles Gibson, que las había recopilado del público: 140 personas indecisas, 70 prorrepublicanas y 70 prodemócratas. La posibilidad de poder gesticular, moverse libremente por el escenario y decir en voz alta el nombre de quien formulaba la pregunta permitió ver a un Bush más cómodo y eso se notó en los resultados finales, aunque los sondeos dieron, de nuevo, aunque con un ligero margen, victorioso a Kerry. El tema sobre el que versó el choque fue otra vez Irak, aunque hubo momentos para la política interior. Kerry acusó al presidente de haber atacado al país árabe sin el consenso de la comunidad internacional y sin un plan realista para la posguerra. Igualmente, el demócrata lanzó duros reproches a su adversario por, según él, haber ignorado los problemas de la clase media, como el desempleo, el deterioro de la protección sanitaria, los déficit de educación y las agresiones al medioambiente. Bush se defendió tildando al demócrata de ser “uno de los senadores más liberales de EE UU” -algo que puede considerarse un insulto-. También le recriminó su blandura en los temas concernientes a defensa, su poca capacidad para ser comandante en jefe, y sus continuos cambios de parecer. El tercer y último debate se celebró el 13 de octubre en Tempe, Arizona. Como en los dos anteriores, ambos candidatos llegaban empatados en intención de voto. En el tercer y último cara a cara, Irak no se llevó todos los minutos, y los aspirantes pudieron centrarse en los temas de política interior, como la seguridad, la sanidad y la economía. En Tempe, Kerry acusó a Bush de ser el primer presidente en 72 años que destruye puestos de trabajo al finalizar su mandato y avanzó que subiría los impuestos a los más ricos para aprovechar ese dinero para impulsar mejoras destinadas a la clase media. Bush, por su parte, defendió su gestión al frente de la Casa Blanca, y recordó sus continuas bajadas de impuestos. Además, el presidente rechazó la autorización de los matrimonios entre homosexuales y recordó que en EE UU hay ciudadanos de minorías dueños de empresas y de sus propias casas. En este sentido, ambos candidatos aludieron a los inmigrantes ilegales y a la posibilidad de legalizar su situación en el país. Además, Kerry quiso destacar que a pesar de ser el país más rico del planeta, hay muchos niños sin seguro médico. A los debates presidenciales debe añadirse el que se celebró el 5 de octubre en Cleveland y que enfrentó a los dos candidatos a vicepresidente: el republicano Dick Cheney, actual vicepresidente de EE UU, y el demócrata John Edwards, senador de Carolina del Norte. En esta ocasión, los sondeos reflejaron un empate entre el viejo halcón y el risueño orador. En este tipo de debates, los segundos espadas de la candidatura se dedican tanto a defender las propuestas de su partido, como a justificar y ensalzar cualquier acto o palabra de su presidente. Cheney y Edwards hablaron, sobre todo de Irak, y al respecto repitieron los mismos argumentos que Bush y Kerry. En el cara a cara, además, ambos futuribles vicepresidentes se mostraron mucho más agresivos y menos comedidos que sus jefes. Mientras Cheney acusó a Edwards que su candidato a presidente, Kerry, no era apto para seguir adelante la guerra contra el terrorismo, el senador replicó con fuerza, repitiendo varias veces que entre Al Qaeda e Irak no existía ninguna conexión y acusando a Cheney de los negocios, nada esclarecidos, que la empresa que presidía, Halliburton, realizó en Irak. Las convenciones marcan el programa de los partidos y impulsan a su candidato Si los debates, como cenit de la campaña electoral, son la penúltima estación en la larga contienda en pos de convencer a los votantes, el paso anterior son las convenciones. En el bando republicano, George W. Bush, no tuvo que pasar por el proceso de primarias puesto que su condición de presidente saliente de un primer mandato le convertía en candidato a la reelección. Este cargo le fue adjudicado durante la Convención Republicana, celebrada a principios de septiembre en el Madison Square Garden de Nueva York. Entre unas impresionantes medidas de seguridad y rodeados de miles de activistas contrarios a la guerra de Irak, la plana mayor republicana se reunió para lanzar arengas contra los demócratas y exponer ante 2.509 delegados las líneas básicas de actuación del partido: posicionamiento contra el aborto; rechazo al reconocimiento de cualquier tipo de unión entre homosexuales; limitación de la investigación con células madre; oposición al control de armas; restricción del acceso a la beneficencia social y aumento de la promoción de la abstinencia sexual como método de planificación familiar Durante el encuentro de los republicanos en Nueva York se quiso dar una imagen de cohesión y de fuerza. Sin embargo, existe una corriente dentro de la base del partido que se aleja de la posición ultraconservadora del programa que aplican Bush y sus acólitos. Es por esto que los mítines de los miembros de la derecha más extrema se celebraron a primera hora de la tarde, cuando las audiencias y la repercusión de las soflamas son menores. Como representantes del sector más moderado, destacaron, entre otros, el ex alcalde de la ciudad durante el 11-S, Rudolph Giulani; el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger; la primera dama, Laura Bush, o el vicepresidente de EE UU, Dick Cheney. Finalmente, también habló el candidato a la reelección, George W. Bush. Mención aparte merece el discurso del senador demócrata, Zell Miller, el único miembro de la oposición que apoyó a Bush. Su participación tuvo mucho simbolismo, ya que para los republicanos, y para el público atento a la Convención, resultaba todo un triunfo tener a un “enemigo” ensalzando las virtudes y el programa republicano. Similar espectáculo de luz y de color se produjo en la Convención Nacional Demócrata, donde se confirmó a John Kerry como candidato a la presidencia de EE UU. Celebrada a finales de julio en el Fleet Center de Boston, la Convención reunió a multitud de delegados llegados de todo el país. Con tres golpes de martillo, el presidente del Partido Demócrata, Terry McAuliffe, dio por iniciado el cónclave en el que Kerry presentó su programa electoral basado en una economía fuerte; un aumento de las retribuciones a la clase media; un cuidado médico al alcance de todos; y un ejército fortalecido. Los mítines más destacados fueron los del ex vicepresidente y candidato a las elecciones de 2000, Al Gore; el del ex presidente Jimmy Carter; el del ahora senador de Illinois, Barack Obama; o el del matrimonio Clinton. Por supuesto, también intervino John Kerry. El efecto que produjo la intervención de Zell Miller en la Convención Republicana lo causó en Boston Ron Reagan, hijo del ex presidente Ronald, que defendió la investigación con células madre a las que el Gobierno se opone. Con la ratificación de Kerry como candidato a las elecciones de noviembre, se cerraba un largo proceso dentro del seno del Partido Demócrata que arrancó al perder Al Gore las elecciones, pero que se manifestó con más intensidad desde principios de año. El 19 de enero empezó el proceso de selección para escoger definitivamente al candidato demócrata. En la línea de salida se posicionaron Dick Gephardt, John Kerry, Wesley Clark, John Edwards y Howard Dean. Este último, gobernador de Vermont, era el que, a priori, contaba con más posibilidades ya que fue el cabeza visible del movimiento de oposición a la guerra de Irak. De hecho, son muchos los que imputan a Dean el haber sido capaz de unir de nuevo al Partido Demócrata. Sin embargo, Dean flaqueó y a medida que se iban celebrando primarias en todos los 50 estados más el Distrito de Columbia, sus posibilidades iban en franco retroceso. Dos días iguales en diferente mes sirvieron a John Kerry para recabar el suficiente apoyo entre los delegados demócratas, que eran quienes tenían que ratificarle como candidato demócrata durante la Convención del partido a finales de julio. El 2 de febrero ganó el llamado 'minimartes', en el que se impuso en los estados de Missouri, Arizona, Delaware, Nuevo México y Dakota del Norte, negándosele el triunfo sólo en Carolina del Sur, que fue para el senador John Edwards, y en Oklahoma, donde venció el ex general Wesley Clark. Estos resultados provocaron la renuncia de Dean, Clark y Gephardt, con lo que la pugna quedaba como un mano a mano entre Kerry y Edwards. Otro segundo día de mes, en este caso de marzo, Kerry obtuvo también la victoria en el 'supermartes'. De los 10 estados en liza, en los que se escogía 1.151 de los 2.162 delegados, el senador de Massachussets se impuso en Connecticut, Rhode Island, Massachusetts, Ohio, Maryland, Georgia, Minnesota, Nueva York y California, mientras que Edwards sólo venció en Vermont. Con estos resultados, Edwards renunció, dejando a Kerry como candidato demócrata. Pero, como ya se ha visto, su tercera elección celebrada el segundo día de mes, noviembre en este caso, no fue tan exitosa. George W. Bush ganó las elecciones.

Washington se apunta el éxito de la transición de Irak

El jueves 4 de noviembre, el presidente reelecto de EE UU, George W. Bush, compareció en el Edificio Eisenhower de Washington para explicar cómo iba a ser la política exterior en su nuevo mandato. Según el presidente, en estos próximos cuatro años, EE UU buscará trabajar con sus aliados, como la OTAN y la UE, “para impulsar el desarrollo y el progreso, derrotar a los terroristas y fomentar la libertad y la democracia como alternativa a la tiranía y el terror”. Con estas palabras, muchos tragaron saliva, y otros pensaron que lo que estaba pasando en Irak iba a repetirse. Además, Bush aseguró que seguiría tomando decisiones de ámbito internacional, considerando, en primer lugar, los intereses de EE UU. No obstante, aclaró, “consultaré con otros para explicar por qué tomo las decisiones que tomo”. Aunque no los citó, Bush se refería a Irak y a la guerra que inició el año pasado contra este país sin contar con el consenso internacional. El país árabe ha sido, de nuevo, la actividad principal de la diplomacia estadounidense este año. Dieciocho meses después de que el presidente Bush diera por finalizada la guerra, en un discurso lanzado desde la cubierta del portaaviones “Abraham Lincoln”, la situación en Irak sigue siendo un polvorín, y no tiene visos de cambiar aunque ya se haya confirmado la celebración de elecciones el 30 de enero 2005. En un año en que los comicios también se celebraban en EE UU, la campaña de Bush para lograr su reelección se vio seriamente afectada por las noticias que llegaban desde Irak. Por un lado, se confirmaba que el país árabe y el régimen que lo dirigía no tuvieron relación con el 11-S ni poseían armas de destrucción masiva; por el otro, se conocía que la cifra de muertos había superado la simbólica cifra de 1.000 soldados; a todo esto, se añadían las imágenes que mandaba la televisión, en las que se veían ciudades iraquíes donde reinaba la anarquía y en las que las tropas estadounidenses eran incapaces de controlar la situación. A pesar de este clima de violencia, EE UU se ha centrado, este año, en fijar una fecha para celebrar elecciones en Irak. El próximo 30 de enero, los iraquíes asistirán a las urnas para escoger a su nuevo Gobierno, el primero votado en las urnas después de la caída del régimen de Sadam. El nuevo gabinete transitorio tendrá el objetivo de redactar una Constitución, que deberá de ser refrendada a finales de 2005, o a más tardar, a principios de 2006. A partir de ahí, se celebrarán nuevas elecciones para un gobierno permanente. De consumarse todo el programa de transición política en Irak, Bush habrá cumplido el objetivo que tenía cuando, en una cumbre en las Azores junto al premier británico, Tony Blair, y el presidente del Gobierno español, José María Aznar, anunció el inicio de la ofensiva militar contra Irak para llevar allí la democracia. Sin embargo, el proceso para cumplir los planes de Bush ha sido largo y tortuoso, dejando mucha sangre en las calles y mucha tinta en los documentos. A mediados de enero, Washington reclamó la colaboración de la ONU para acelerar el traspaso de poderes en Irak. La reunión se celebró en Nueva York, y a ella asistieron el entonces administrador civil de EE UU en Irak, Paul Bremer; una delegación iraquí capitaneada por el presidente de turno del Consejo de Gobierno, Adnan Pachachi; y el secretario general de la ONU, Kofi Annan. Durante el cónclave, EE UU pidió a Naciones Unidas una mayor intervención de la organización en la transición iraquí, así como que ejerciese de mediadora con el líder espiritual de los chiítas, Alí al Sistani. La intención del clérigo era celebrar elecciones generales antes de que EE UU traspasara la soberanía a autoridades iraquíes. Washington denegó la propuesta de Al Sistani, alegando que sería poco “práctico” celebrar comicios antes de la transición. A pesar de la postura de EE UU, días después de la reunión de Nueva York, un equipo de la ONU, dirigido por el enviado especial de la organización en Irak, Lajdar Ibrahimi, se desplazó hasta el país árabe para estudiar la viabilidad de celebrar elecciones. En Bagdad, la delegación de Naciones Unidas mantuvo reuniones con miembros de la Administración Civil. Este organismo, dirigido por el norteamericano Paul Bremer, era el encargado de supervisar los recursos económicos y energéticos iraquíes, y sus servicios públicos. La delegación de Naciones Unidas también se reunió con responsables del Consejo de Gobierno iraquí, creado por Bremer en julio de 2003 para desempeñar una función parecida a la Administración Civil, y con el añadido de redactar una Constitución previa que, con la llegada del Ejecutivo vencedor en las elecciones de 2005, deberá ser ratificada. Además, Ibrahimi mantuvo encuentros con líderes políticos y religiosos, entre los que figuraban el clérigo Al Sistani. Sin embargo, el informe enviado por el equipo de la ONU detallaba que era “improbable” e “imposible” la celebración de las elecciones antes del 30 de junio, fecha prevista para celebrar la transición de poderes en Irak, aunque apuntaba la conveniencia de celebrarlas cuanto antes. La razón esgrimida es que no había ni las condiciones mínimas de seguridad, ni el marco legal deseable para llevar a cabo los comicios. Ante esta negativa, Naciones Unidas habló con Al Sistani, líder religioso del 60% de iraquíes, quien, finalmente, acató la decisión, aunque pidió “garantías claras, como una resolución del Consejo de Seguridad [de la ONU]” y no demorar más las elecciones. De este modo, se imponían las tesis norteamericanas sobre cuándo debía Irak acudir a las urnas. No obstante, en mayo, la Administración de Bush empezó a realizar movimientos para conservar su presencia en Irak después de la transición de finales de junio. En este sentido, se estipuló que el control del país, que deberá alargarse de facto al menos hasta las elecciones de enero de 2005, quedaría, desde el uno de julio, en manos del Departamento de Estado. Éste, dirigido por Colin Powell, asumiría “la dirección, coordinación y supervisión de todos los empleados de la Administración y de las políticas y actividades de EE UU en Irak”. Además, quien ostentará el cargo de embajador de EE UU en Irak será John Negroponte, un hombre del círculo íntimo de Powell. Hasta la transición, era el Pentágono el Departamento que se ocupaba del tema de Irak. La transición fue ratificada por la ONU el 8 de junio. Los quince miembros del Consejo de Seguridad aprobaron, por unanimidad, la resolución 1546 presentada de forma conjunta por Reino Unido y EE UU. En el proyecto de Londres y Washington, se aplaude la llegada de la democracia, y el establecimiento de “un Gobierno provisional totalmente soberano e independiente”. Además, se insiste en que las fuerzas internacionales bajo mandato unificado seguirán en Irak por petición “expresa” del nuevo Gobierno, hasta que se celebren comicios en el país, o hasta que lo desee el propia Administración. También se especifica que los ingresos derivados del petróleo y del gas natural serán controlados por el Gobierno iraquí, aunque será supervisado por la comunidad internacional. La aceptación de la resolución para Irak propuesta por Bush y Blair supuso un respiro para el primero. Enzarzado en plena campaña electoral, la anuencia de Naciones Unidas le sirvió, por un lado, para frenar el descenso imparable de su popularidad entre el electorado estadounidense, y, por el otro, para recuperar una parte de su credibilidad, lastrada por todas las noticias relacionadas con Irak. Además, le sirvió para contrarrestar el continuo aumento de popularidad de su rival demócrata, John Kerry, que hizo sangre con que el presidente actuaba sin contar con el criterio de la ONU. Finalmente, la transición se produjo en Irak, aunque el 28 de junio, dos días antes de lo previsto, para evitar que los insurgentes pudieran boicotear el acto. Según la Casa Blanca, el adelanto del relevo gubernamental es un síntoma de que el nuevo Ejecutivo avanza “a velocidad de vértigo” y una muestra de “quiénes son los que toman las decisiones”. Sin embargo, fuentes diplomáticas en Bagdad aseguraron que lo que realmente se quería era eludir que coincidieran en el mismo acto el nuevo embajador estadounidense en Irak, John Negroponte, y el Administrador Civil, Paul Bremer, para evitar así, dar una sensación de continuidad. A pesar de la resolución aprobada el 8 de junio, el nuevo Gobierno interino, presidido por Ghazi al Yauar, tendrá serias restricciones. Según publicaba The Washington Post, citando a un alto cargo de la Administración norteamericana, el Gabinete iraquí no podrá tomar decisiones políticas a largo plazo, y contará con, al menos, doce altos cargos nombrados directamente por EE UU. Además, como “pesos pesados” en el Gobierno iraquí, Bremer nombró inspectores generales en cada ministerio para los próximos cinco años, y propuso comisiones para controlar la corrupción y para regular la televisión o las Bolsas. Asimismo, añadió el Post, Washington tiene la potestad de suspender a cualquier partido o político que pueda vincularse a milicias o que utilice el “lenguaje del odio”. Pero esto no parece afectar al nuevo Ejecutivo árabe. A principios de diciembre, el presidente interino iraquí, Ghazi al Yauar, visitó a su homólogo norteamericano, George W. Bush. En su reunión en la Casa Blanca, ambos presidentes hablaron sobre las elecciones en el país árabe, y acordaron celebrarlas el día previsto. Para ello, Bush aseguró que dotaría al Ejército estadounidense desplegado en Irak con 12.000 soldados más, situando el contingente en 150.000 hombres. Las imágenes vergonzosas de Abu Ghraib hacen tambalear el Gabinete de Bush El tema de Irak guardaba, aún, un nuevo capítulo, más soez si cabe. El 28 de abril, la cadena CBS difundió una serie de fotografías de la cárcel de Abu Ghraib, al oeste de Bagdad. En ellas se veían a soldados estadounidenses humillando a presos iraquíes. La colección de instantáneas recogía imágenes de todo tipo de vejaciones: presos arrodillados y, delante de ellos, el hocico de un perro amenazador sujetado por un soldado norteamericano; cadáveres iraquíes echados sobre una cama tapados con hielo, y a su lado, soldados sonrientes; hombres desnudos recubiertos de una sustancia marrón que bien podría ser el contenido de una letrina; una chica, la soldado England, sujetando con una correa a un reo, tal que si se tratara de un perro; montañas de hombres apilados desnudos, unos sobre los otros. A todas estas pavorosas imágenes se añadía la imagen de los soldados. Chicos y chicas jóvenes risueños, orgullosos de su cometido, levantando el pulgar en señal de “ok”. Paralelamente, la revista The New Yorker publicaba un informe en el que uno de los generales destacados en Irak, Antonio Taguba, admitía la existencia de abusos. Además, en el Pentágono se amontonaban imágenes, más escalofriantes si cabe, en las que las torturas y vejaciones se extendían también a mujeres. Lógicamente, muchas de estas instantáneas incluían escenas de agresiones sexuales. Para evitar posibles represalias políticas -faltaban siete meses para las elecciones-, Bush concedió, días después de iniciarse el escándalo, dos entrevistas a Al Hurra, cadena en lengua árabe que emite desde el Estado de Virginia y que está organizada por EE UU para tratar de contrarrestar la influencia de Al Yazeera, y a Al Arabiya, emisora con sede en los Emiratos Árabes Unidos. En ambos casos, el presidente aseguró que los culpables serían castigados, y que, con su actitud, no representaban a EE UU. No obstante, durante sus dos intervenciones televisivas, Bush no pidió perdón, algo que provocó un profundo malestar entre los árabes. Por ello, 48 horas después, el presidente rectificó. Aprovechando la visita a la Casa Blanca del rey de Jordania, Abdalá, Bush se disculpó, en un gesto que ya habían hecho, previamente, altos responsables del Pentágono o la misma consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice. Después de pedir perdón, Bush dirigió su mirada hacia el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, al que acusó de no haber sido capaz de transmitirle la gravedad de lo sucedido en Abu Ghraib. A pesar de todo, Bush calificó a Rumsfeld como “un secretario de Defensa muy bueno” y confirmó que seguiría ocupando la jefatura del Pentágono. Finalmente, fue Rumsfeld el que se disculpó por las torturas en Abu Ghraib, aceptando “toda la responsabilidad” y asegurando que se sentía “muy mal” por todo lo ocurrido. Por ello, el secretario de Defensa compareció ante el Comité de Fuerzas Armadas del Senado, y ante la Cámara de Representantes. Ante las dos Cámaras, volvió a pedir perdón por no haber sabido valorar la importancia de lo sucedido en Abu Ghraib y por no haberlo puesto rápidamente en conocimiento del Congreso estadounidense. Asimismo, informó de que se crearía una comisión especial para investigar los abusos, aunque sus conclusiones aún no han visto la luz. Además, matizó que la “catástrofe”, como definió el tema, no refleja al Ejército norteamericano, sino que es obra de un “pequeño grupo de militares”. Con Rumsfeld en el punto de mira, los demócratas pidieron su dimisión. El candidato demócrata, John Kerry, arguyó que “no sólo las personas de rangos inferiores deben cargar con las responsabilidades”. Para ello, se basaba en el informe Schlesinger, que señalaba que Rumsfeld “estableció un clima gracias al cual pudo cometerse este tipo de abusos”. Este informe, derivado de la comisión de investigación de las torturas en Abu Gharib, estuvo dirigido por el ex secretario de Defensa de EE UU, el independiente James Schlesinger. El eco de este informe se tapó con otro, en este caso encargado por el propio Ejército y dirigido por el general George Fay. Su análisis corroboró la “conducta inapropiada” de varios soldados de la Brigada 205 de Inteligencia Militar, responsables de los interrogatorios y posteriores vejaciones en Abu Ghraib, pero, como punto más importante, exoneró de cualquier responsabilidad a los altos cargos del Pentágono. Meses antes de librarse de comparecer ante un tribunal, Donald Rumsfeld visitó por sorpresa las instalaciones del penal de Abu Ghraib. El motivo de su visita se debió a que “lo correcto era venir aquí y mirarles a ustedes [los soldados] frente a frente”. El secretario de Defensa negó que su visita se debiera a una maniobra de propaganda para reparar la mala imagen generada por EE UU. Esta no fue la primera visita del máximo responsable de Defensa a Bagdad, pero sí la primera después de que Abu Ghraib saltara a la palestra mediática. De este modo, con toda la prensa atenta a sus palabras, Rumsfeld añadió que en todos los niveles habría personas castigadas por las torturas. Los primeros, y hasta la fecha únicos inculpados, fueron los encargados de interrogar a los prisioneros de Abu Ghraib. A mediados de mayo, se celebró en Bagdad un tribunal marcial en el que se juzgó a los siete acusados. De momento, sólo han sido condenados el sargento Ivan Frederick, a ocho años de prisión, y el soldado Jeremy Sivits, a uno. Ambos, además, serán degradados y posteriormente expulsados del Ejército. El resto espera una sentencia que dirimirá otro tribunal, esta vez en territorio estadounidense, al que se enfrentarán el 18 de enero de 2005. Antes, no obstante, irán pasando por una serie de audiencias ante varios tribunales militares que se encargarán de establecer los delitos por los que serán juzgados en enero. Para esa fecha, es probable que cada uno de los acusados mantenga el argumento de que cumplieron órdenes de superiores, según ellos, para “ablandar” a sus víctimas y propiciar, de este modo, un interrogatorio satisfactorio. Una de las soldados, Lynndie England, paradigma mundial de la ignominia en Abu Ghraib, asistió a varias audiencias. Durante la primera, celebrada en la base de Fort Bragg, Carolina del Norte, England se declaró inocente y aseguró que querían convertirla en chivo expiatorio. Además, manifestó que los autores intelectuales de las torturas estaban en Washington y en la Casa Blanca. Mientras, sus abogados anunciaron que pedirían la comparecencia del vicepresidente, Dick Cheney, ante el tribunal del 18 de enero. Otros letrados, en este caso los de Jeremy Sivits, pidieron la comparecencia del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, en una petición que fue denegada por un juez militar. Por otro lado, otros siete soldados fueron apercibidos mediante una sanción escrita, hecho que puede apartarles igualmente de la carrera militar. En una de las audiencias también se interrogó a la general Janis Karpinski, jefa de cárceles de Irak, quien aseguró que ignoraba lo que sucedía en Abu Ghraib y responsabilizó a la inteligencia militar de las torturas. En este sentido, The Washington Post informó de que el teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas de EE UU en Irak, autorizó a altos mandos del penal de Abu Ghraib el uso de torturas. La acusación no tuvo repercusiones inmediatas. Sin embargo, coincidiendo con la fecha de la transición de soberanía a Irak, el Pentágono relevó al teniente general Sánchez por George Casey, con el mismo rango. Casey pasaría, así, a ser el responsable de la fuerza multinacional presente en el país árabe. Fuentes del Pentágono se afanaron a explicar que el relevo en la jefatura militar en Irak se debió a una “rotación normal” y no a un “voto de no confianza” hacia Sánchez. El día siguiente de la visita de Donald Rumsfeld a Abu Ghraib, EE UU liberó más de 300 presos de este penal. Esta no era la primera vez que la Coalición internacional, controlada por EE UU, ponía en libertad a reos iraquíes, aunque nunca lo había hecho en estas cantidades. Bush advierte a Irán sobre su programa nuclear A mediados de noviembre, aprovechando su participación en el foro de Cooperación Asia-Pacífico, celebrado en Santiago de Chile, Bush lanzó una nueva amenaza, o al menos una insinuación -algo que en la semántica presidencial puede confundirse- a Irán. “Es muy importante para el Gobierno iraní escuchar que estamos preocupados por sus deseos y estamos inquietos por informes que muestran que, antes de una reunión internacional, quieren acelerar el procesamiento de materiales que podrían llevar a una arma atómica”, dijo el presidente de EE UU. A él se sumó, por un lado, el secretario de Estado, Colin Powell, quien indicó “haber visto ciertas informaciones que sugieren que los iraníes trabajan activamente en sistemas de lanzamiento [de una bomba nuclear]”, y por el otro, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, quien afirmó que el Gobierno de Irán estaba apoyando a los insurgentes de su vecino Irak. De este modo, los tres políticos estadounidenses explicaron a sus conciudadanos quién era ese país situado al este de Irak y qué cosas malas hacía. Las relaciones entre Irán y EE UU han sido nulas en estos últimos 25 años, aunque desde sectores de Teherán se aboga por un acercamiento al Gran Imperio. Del país árabe, de mayoría chií y gobernado de forma dual por el presidente Jatami y el ayatolá Jomeini, siempre se ha valorado su papel de mediador en los conflictos de la zona. Según afirman fuentes diplomáticas iraníes, en el conflicto de Afganistán su país siempre destacó por la cooperación en el terreno diplomático. En el caso de Irak, los iraníes se presentan como los primeros interesados en la solución del conflicto, debido a que ellos necesitan estabilidad con sus vecinos para potenciar el desarrollo comercial. Sin embargo, y a pesar de mostrar sus buena relaciones con sus vecinos ante EE UU, Irán sigue provocando recelos. Una desconfianza que no sólo se limita a su elaboración de una posible arma nuclear, sino a su influencia religiosa sobre otros países de la zona. Irán es un país de 69 millones de habitantes en el que el 89% de la población profesa el chiísmo. Es, por tanto, una sociedad mucho más cohesionada, que, además, puede influir, según lo ve EE UU, en los países colindantes. EE UU tiene muy presente las elecciones en Irak, previstas para el 30 de enero, en las que hay un candidato que apunta a la victoria. Se trata de Abdelaziz Al Hakim, chií -rama del islam que cuenta con un 60% de apoyo en Irak-, y que vivió 25 años en Teherán exiliado del régimen de Sadam Hussein. Sus vínculos con la capital de Irán van más allá: el partido del cual es jefe, la Asamblea Suprema de la Revolución Islámica, fue fundado en esta ciudad, y su ala militar combatió junto a tropas iraníes en la guerra contra Irak. Además, Al Hakim cuenta con el apoyo del clérigo chií Alí Sistani, al que veneran los iraquíes pertenecientes a este credo. Todo ello es lo que preocupa a EE UU, ya que considera que de producirse una victoria de Al Hakim en los comicios iraquíes, sumada al sólido Gobierno chií de Teherán, crearía un vínculo muy estrecho entre dos países como Irak e Irán. Pero EE UU no sólo corre el riesgo de quedarse fuera de esta porción de territorio anclado en medio del llamado “polvorín” de Oriente Próximo. A los más de dos millones de metros cuadrados que suman Irak e Irán, pronto podría añadirse otro vasto espacio. Arabia Saudí, hasta ahora dirigida por el rey Fahd, fiel aliado de EE UU, podría ser territorio hostil en los próximos años. El rey Fahd, octogenario y gravemente enfermo, se muere. De todos los que se han postulado para sucederle -y no son pocos puesto que la familia real saudí cuenta con unos 30.000 miembros, de los que 12.000 tienen legitimidad para acceder al trono-, el que tiene la aquiescencia del propio rey es Abdulaziz bin Fahd, que no llega a los 40 y se muestra “amable” con los fundamentalistas. Este guiño del posible heredero a la facción más integrista del islam, entre la que se incluye a Bin Laden, implicaría que el príncipe se podría alejar cada vez más de Washington, en una tendencia que ya se viene apuntando desde los atentados del 11-S. Con todo, EE UU trabaja con la hipótesis de perder el apoyo de Arabia Saudí, y con él, su permiso para colocar allí sus bases. Si este hecho se produjera, Norteamérica perdería uno de sus colchones, económicos y geoestratégicos, en Oriente Medio. En este contexto deben situarse las amenazas de George W. Bush, ya que se vinculan con la corriente neocon preponderante en Washington desde que W accedió a la Casa Blanca. Una corriente que, tras la dimisión del secretario de Estado, Colin Powell, y el nombramiento de Condoleezza Rice como jefa de la diplomacia estadounidense, puede desarrollarse mucho más libremente, al no tener el escollo del moderado Powell. Uno de los “popes” neocon, Michael Leeden, miembro del centro académico American Enterprise Institute, definió gráficamente las líneas maestras de su grupo, en lo que se refiera a relaciones exteriores: “Más o menos cada diez años, EE UU tiene que elegir algún país de mierda y empujarlo contra la pared, sólo para enseñarle al mundo que vamos en serio”. Sin entrar a valorar qué entiende Leeden por un “país de mierda”, es evidente que Irán no forma parte de este grupo. Ocupa más de un millón y medio de kilómetros cuadrados, en los que habitan 69 millones de personas. Las diferencias con Irak resultan evidentes. Además, el Ejército estadounidense está aún apagando fuegos en Irak, por lo que es poco probable que, por ahora, se enzarcen en una nueva campaña de invasión. En el horizonte de los planes estadounidenses sobre política internacional, se sitúa Oriente Próximo por varios motivos. Uno de los más importantes es el control energético de esta parte del globo, ya que las reservas de petróleo del Golfo Pérsico y el Mar Caspio alcanzan el 70% del total mundial. Una vigilancia que tiene en cuenta el lento pero inexorable despertar de China. Y es que el gigante asiático es el país que puede poner en jaque la política internacional. Su imparable crecimiento no pasa desapercibido a nadie, y menos a EE UU. La política neocon tiene unas líneas muy marcadas respecto a China: apoyo político y militar a Taiwán, fortalecimiento de las políticas con los aliados vecinos (Japón, Corea del Sur, Tailandia, Filipinas, Singapur) y mayor despliegue militar en Asia Oriental. Además, aún resuena lo que escribió Condoleezza Rice en 2000 en la revista Foreign Affairs: “China no es una potencia partidaria del statu quo, sino una que querría alterar a su favor la balanza de poder en Asia. Esto, por sí sólo, hace de ella un competidor estratégico [de EEUU]”. En este sentido, puede entenderse la intención estadounidense: controlar Irak y situarse en el centro de Oriente Próximo. Así podrá controlar sus reservas de petróleo, para, de este modo, estar cerca del gigante dormido para vigilar su crecimiento, y, en la medida de lo posible, suministrarles ellos mismos los recursos energéticos que precisen. A estos propósitos responde el interés norteamericano por Irán. A ello debe sumarse la invasión de Afganistán en 2002. Con la caída del régimen talibán, EE UU se aseguró disponer de este territorio -donde hay una gran reserva de gas- a su disposición para hacer circular por él los principales gaseoductos que traviesan Asia. Uno de los más importantes unen Turkmenistán con Pakistán, Estado amigo de EE UU. Con el control de Afganistán, Norteamérica se aseguraba total libertad para trasladar energía, petróleo y gas, entre ambos países sin la intromisión de los talibanes. Por último, el interés por Irán responde a la voluntad estadounidense de situarse cerca de una serie de países, entre los que destacan India y Pakistán, que cuentan con arma nuclear. EE UU plantea una reforma democrática y económica en el Gran Oriente Próximo Independientemente de los planes que la diplomacia estadounidense tenga previstos en Oriente Próximo, Washington intentó emprender un plan de acción, consensuado con la comunidad internacional, para impulsar una serie de reformas en la zona, delimitada entre Marruecos hasta Pakistán, que concluyesen en la creación del llamado “Gran Oriente Próximo”. Bajo esta denominación se engloban los países árabes más Turquía, Israel, Pakistán y Afganistán, y, por supuesto, Irán. Según EE UU, el plan “no quiere imponer reformas, sino apoyar cualquier movimiento que las favorezca”. A pesar de estas palabras, formuladas por el tercer espada del Departamento de Estado estadounidense, el subsecretario de Asuntos Políticos, Mark Grossman, EE UU propuso, en el marco de la cumbre del G-8 celebrada a principio de junio en Sea Island, Georgia, un plan destinado a superar tres grandes lacras en la zona: la libertad, el déficit de conocimiento y la situación de la mujer. Sin embargo, el plan se conoció mucho antes, gracias a una filtración al diario árabe Al Hayat. En la propuesta estadounidense se recogían tres vías de avance: la promoción de la democracia, dentro de la cual se engloba el apoyo a todo tipo de iniciativas de elecciones libres, así como proyectos en contra de la corrupción y a favor de las tareas de las ONG; la construcción de la sociedad del conocimiento, dentro la cual se prevé la creación de programas de desarrollo para, entre otras cosas, rebajar el analfabetismo; y la ampliación de las ayudas al sector privado, que incluye préstamos de microcréditos a mujeres y pequeños empresarios. Todas estas reformas tenían como objetivo acabar con el terrorismo, el extremismo, el crimen internacional y la emigración ilegal, lacras causadas, según EE UU, por los déficit anteriormente expuestos. Este ambicioso plan fue presentado en la Cumbre del G-8 en Sea Island, donde intervinieron los siete países más industrializados del mundo (EE UU, Francia, Canadá, Japón, Italia, Alemania y Reino Unido), más Rusia, y con Irak como invitada estelar. Durante la cumbre, el presidente de EE UU aprovechó para reclamar a la OTAN una mayor presencia en Irak. Después de almorzar con el primer ministro británico, Tony Blair, Bush pidió que la Alianza Atlántica tuviera un papel más allá del meramente logístico que desempeña en Irak en estos momentos. Según muchos analistas, y como luego se demostró, la intención de Washington es que la Alianza entrene tropas del nuevo Ejército iraquí. Hasta la fecha, la mayoría de los 26 miembros de la OTAN ya están presentes en Irak a título individual. La propuesta estadounidense, que contemplaba que estos países estuvieran en el país árabe bajo dominio de la OTAN, fue rechazada por Francia, que consideró que esta intervención sólo podría hacerse “por deseo expreso de un Gobierno iraquí soberano”. En referencia al plan “Gran Oriente Próximo”, muchos países, con Francia y Alemania a la cabeza, se mostraron recelosos de la propuesta norteamericana, porque ven en la reforma una medida para difuminar el fracaso de la invasión estadounidense a Irak. No obstante, el resultado de la cumbre fue parcialmente exitoso para EE UU, aunque los países participantes denegaron la posibilidad de reemplazar regímenes en la zona sino existían medidas concretas para impulsar estos cambios. En este sentido, el presidente francés declaró que “los países de Oriente Próximo y África del Norte no necesitan misioneros de la democracia”. Sobre la cuestión palestino-israelí, el G-8, en su documento de conclusiones, apuntó que se buscaría “un claro compromiso para actuar en el conflicto palestino-israelí según las resoluciones 242 y 338 de Naciones Unidas”. Este punto fue el que causó mayor recelos tanto en Europa como en muchos países árabes, ya que consideraban que el plan diseñado por Bush soslaya que el conflicto palestino es la pólvora que alimenta el polvorín de Oriente Medio. Sin embargo, las disensiones vividas en esta cumbre fueron mínimas comparadas con las del año pasado, hecho que demuestra que las relaciones de la UE y EE UU volvían a los cauces de la normalidad y cordialidad de antaño. Bush definiría las viejas rencillas como “ya superadas”, aunque un año antes afirmase sentirse “decepcionado” por la actitud europea. El distanciamiento entre ambos continentes se produjo por la posición europea ante la guerra de Irak. Francia y Alemania se opusieron a la intervención militar y buscaron liderar una Europa con más peso en la escena internacional, así como más “multipolar”, según palabras del presidente francés Jacques Chirac. En cambio, algunos países europeos se alinearon con la posición estadounidense. Entre ellos destacaron Gran Bretaña y España, cuyos orgullosos dirigentes se fotografiaron junto a “su” comandante en jefe, George W. Bush, en las Azores. Esa instantánea significó el inicio de la guerra de Irak. Dentro de la cumbre del G-8 en Sea Island, también se llegaron a otros acuerdos: pactar el desbloqueo del ciclo de Doha -consistente en liberalizar los contactos comerciales entre los países, eliminando sus barreras comerciales¬-, propuesto por la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2003; adoptar un plan de acción para luchar contra la proliferación de las armas de destrucción masiva; mejorar la seguridad en los transportes, tanto terrestres, como marítimos y aéreos, sobre todo, a raíz de las amenazas de grupos terroristas; “destrabar y abaratar” el envío de remesas de emigrantes hacia América Latina, teniendo en cuenta que es este uno de los sostenes de la economía suramericana; y finalmente, condonar la deuda exterior iraquí o, al menos, una parte de ella. En este punto se enfrentaron EE UU y Francia. Mientras Bush, consciente de que el país árabe debe poco a su país a causa del embargo comercial de los últimos diez años, proponía una condonación de la deuda, Chirac, a cuyo país Irak debe casi 3.000 millones de dólares, se negó en redondo. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), la deuda exterior iraquí asciende a 121.000 millones de dólares. Las mejoradas relaciones de Bush con Europa vivieron un nuevo capítulo a finales de junio, cuando se celebró en Irlanda, presidente de turno de la Unión Europea, la cumbre anual entre EE UU y la UE. En Ennis, Irlanda, y en medio de una oleada de protestas populares contra Bush, el presidente estadounidense se reunió con los 25 para tratar el tema del traspaso de poderes en Irak. Además, insistió a la UE sobre la conveniencia de mandar tropas de la OTAN al país árabe, ya que “el éxito de Irak depende de que los iraquíes puedan defenderse a sí mismos. Necesitan tener sus fuerzas y sus policías para hacer frente a quienes quieren impedirlo”. Unas fuerzas de seguridad que, según Bush, deben ser entrenadas por la OTAN. Asimismo, Bush aprovechó la cumbre para pedir a la UE que aceptara a Turquía -una de sus grandes aliadas en Oriente Próximo- en su seno. Respondiendo a la proposición norteamericana, Jacques Chirac se quejó de la intromisión estadounidense en temas europeos y, no sin cierta sorna, comentó que la UE no opina sobre los problemas fronterizos de EE UU con México. En las resoluciones derivadas de la cumbre, ambos continentes pactaron “el compromiso de apoyar la reconstrucción económica y política de Irak”, y la promoción de una reducción de la deuda exterior iraquí. Después de su exitoso paso por Irlanda, Bush viajó a Ankara, Turquía, donde se reunió con el primer ministro turco, Tayipp Erdogan, y con el presidente, Ahmet Sezer. A ambos les trasladó su apoyo para que Turquía entre en la UE. Días después, Bush viajó a Estambul, donde se celebró la cumbre de la OTAN. Centrada en Irak, se inició con una victoria para Bush y sus planes. Con las palabras “estamos unidos en nuestro apoyo al pueblo iraquí y ofrecemos plena cooperación al nuevo Gobierno soberano interino en sus esfuerzos para fortalecer la seguridad interna y preparar el camino a las elecciones en 2005”, la OTAN firmó su apoyo a la nueva policía iraquí y, por ende, a las propuestas realizadas por Bush. Además, la Alianza mostró su apoyo “a la independencia, soberanía, unidad e integridad territorial de la República de Irak y para el fortalecimiento de la libertad, la democracia, los derechos humanos, el imperio de la ley y la seguridad de todo el pueblo iraquí”. La decisión de la OTAN de instruir a la policía iraquí se tomó en una reunión previa en la que participaron sus embajadores. Otra decisión a la que se llegó en la cumbre de Estambul fue la de aumentar el contingente de tropas enviadas a Afganistán, con el objetivo de supervisar y asegurar la celebración de elecciones presidenciales y legislativas. Para tal efecto, la OTAN acordó aumentar hasta 10.000 los hombres de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), superando en 3.500 el contingente actual. Con este aumento del número de soldados, en septiembre se celebraron elecciones en Afganistán, que se resolvieron con la victoria del otrora presidente de transición, Hamid Karzai, amigo y aliado de EE UU. En el acto de jura del cargo como primer máximo mandatario elegido democráticamente en la historia del país, Karzai estuvo acompañado por varios invitados internacionales, entre los que destacaban, el vicepresidente de EE UU, Dick Cheney, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.

Bush insiste en el unilateralismo, aunque tiende la mano a sus aliados

A finales de septiembre de 2002, un año después de los atentados en Nueva York y Washington, George W. Bush presentaba ante el Congreso su nuevo diseño de la política de defensa y de seguridad nacional. En el documento, llamado “Estrategia para la Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América” y conocido más popularmente como “Doctrina Bush”, se establecieron las cuatro líneas teóricas de la política exterior estadounidense. La más importante fue la idea del ataque preventivo. En este sentido, el presidente defendió el uso de la fuerza militar contra los terroristas o estados que intenten utilizar o que dispongan de armas de destrucción masiva. Además, aseguró que EE UU “actuará contra esas amenazas en ciernes, antes de que éstas terminen de concretarse”. El uso preventivo de la fuerza militar frente a ataques inminentes tiene el aval del derecho internacional siempre y cuando la agresión del enemigo sea apremiante y notoria. Sin embargo, Bush dio un paso más adelante, ya que justificó el ataque militar “aunque exista incertidumbre en cuanto al momento y el ataque del enemigo” En segundo lugar, la Estrategia de Seguridad Nacional de Bush estableció mantener la supremacía de EE UU como única potencia mundial. En este sentido, el presidente avisaba que se anticiparía a cualquier país o grupo de países que quisieran quitar a EE UU su poder hegemónico. “Nuestras fuerzas serán lo bastante potentes como para disuadir adversarios potenciales de emprender una acumulación de fuerzas militares con la esperanza de sobrepasar o igualar el poderío de EE UU”, reza el informe. No obstante, son muchos los que creen que es bueno para la estabilidad mundial que se mantenga una hegemonía estadounidense. Prueba de ello es que, según el documento, en muchos países, las tropas norteamericanas son bien recibidas. En tercer lugar, la Doctrina Bush declara que “también nos guía la convicción de que ninguna nación puede, por sí sola, crear un mundo mejor, más seguro. Las alianzas y las instituciones multilaterales pueden multiplicar la fuerza de las naciones amantes de la libertad. EE UU está comprometido con las instituciones perdurables”. A pesar de tender la mano a las decisiones multilaterales, Bush aseguró que “no dudaremos en actuar solos”. Esta máxima fue la misma que utilizó el presidente en su discurso dos días después de vencer las elecciones de 2004. Por este motivo, el multilateralismo que anunció Bush para su segundo mandato queda en entredicho a tenor de lo sucedido los meses anteriores a la invasión de Irak. En aquellas semanas, el presidente estadounidense no esperó las conclusiones de los informes de la ONU que debían aclarar si Sadam tenía, o no, armas de destrucción masiva, y lanzó su ataque en solitario. De ahí que sean muchos los que recelen del presidente cuando afirma que buscará la connivencia de la comunidad internacional para lanzar un ataque contra otro país. Por último, el cuarto punto establecía que la misión de EE UU era la de extender la democracia en todo el mundo y la promoción del desarrollo de “sociedades libres y abiertas en todos los continentes”. En este sentido, en la Estrategia de Seguridad Nacional se hace un llamamiento sobre todo al mundo musulmán para que sepa sobre EE UU y aprenda de él. Y de Norteamérica, lo que se debe aprender, según el documento, es “la libertad y la justicia porque estos principios son justos y verdaderos para los pueblos de todas partes”. Con esta enseñanza, EE UU pretende, aparte de democratizar todos los confines del planeta, mejorar su seguridad nacional ya que las situaciones de paz hacen menos probables los ataques a intereses estadounidenses, sobre todo los que se hallan en el interior de las fronteras de Norteamérica. Este punto recuerda al plan que EE UU ha previsto para Oriente Próximo -desde Marruecos hasta Pakistán- en su llamado proyecto para el “Gran Oriente Próximo”. Con estas líneas maestras de la política exterior de Bush puede entenderse cuál ha sido el desarrollo de estos últimos cuatro años y cómo pueden ser los años venideros. Para su segundo mandato, aquél en el que, tradicionalmente, el presidente de EE UU se juega pasar a la posteridad o quedar como un nombre más en una lista de 42, Bush prometió seguir con su política unilateralista, aunque intentó restablecer relaciones con la comunidad internacional después de las disputas derivadas de la guerra de Irak. Países como Canadá, Alemania o México se mostraron contrarios a la intervención militar en el país árabe, aunque durante 2004, antes y después de la reelección de Bush, mantuvieron encuentros con el presidente estadounidense para limar asperezas, y poco menos que disculparse por haber sido, durante un breve lapso de tiempo, díscolos con el mayor y único imperio del mundo. Algo similar pasará recién estrenado 2005, ya que está prevista una reunión entre Bush y el primer ministro francés, Jacques Chirac. El primer destino de Bush después de ganar las elecciones fue Canadá. En Ottawa, el presidente estadounidense lanzó un mensaje a la ONU y a la OTAN: “Mi país está determinado a trabajar al máximo dentro del marco de las organizaciones internacionales y esperamos que otras naciones trabajarán con nosotros para hacer esas instituciones más relevantes y más efectivas”.

Una economía enferma que recupera las constantes vitales

El tan manido tópico que reza que cuando EE UU estornuda Europa se resfría puede aplicarse, por enésima vez, a la situación económica que han presentado las cuentas del mayor y único imperio de principios de siglo. Sin embargo, desde Washington se apunta una mejora. Según el pronóstico oficial realizado cada año por la Casa Blanca, el crecimiento del producto interior bruto (PIB) en 2005 será de 3,5%, superior al 3,4% de 2004. Además, el índice de inflación bajará al 2%, después de situarse en 2004 en un 3,4%, sobre todo, por los altos precios del petróleo. Finalmente, el desempleo, uno de los temas que más veces se repitieron durante la maratoniana campaña electoral, descenderá al 5,3%, 0,2% inferior al de 2004. No obstante, la situación puede agravarse si, finalmente, Bush avanza con su plan de reforma de la Seguridad Social, tal y como prometió durante su campaña electoral. En su discurso radiofónico del sábado 11 de diciembre, el presidente avisó del “peligro que se avecina” si se mantiene el sistema actual de Seguridad Social, que otorga rentas a los jubilados y a los aquejados de invalidez. De seguir así, Bush aseguró que peligran los beneficios “para nuestros hijos y nietos”. La propuesta del presidente pasa por permitir que los trabajadores jóvenes destinen parte de sus cotizaciones a la Seguridad Social a las llamadas “cuentas individuales de jubilación”. Con esta privatización parcial de los fondos de retiro, las arcas del Estado dejarían de ingresar parte de los sueldos de los trabajadores jóvenes, que actualmente abonan un 12,4% de sus nóminas. Esta situación es la más preocupante, puesto que muchos expertos opinan que, de aplicarse la reforma, dejarían de recaudarse más de dos billones de dólares en los próximos diez años. No obstante, Bush se afanó en asegurar que no aumentarían los impuestos sobre la renta para solucionar el problema. Esta pérdida de ingresos se sumaría a la deuda que arrastra EE UU, la mayor en su historia, que alcanza los 7,5 billones de dólares. Además, el cierre del ejercicio de 2004 arrojará otros datos igualmente preocupantes, ya que el déficit fiscal se situará, al cierre de este año fiscal, en la cifra récord de 413.000 millones de dólares. En el presupuesto para 2005, presentado por Bush ante el Congreso en febrero de 2004, se promete una reducción del déficit fiscal, que, según los pronósticos, quedaría en torno a los 364.000 millones de dólares. Además, se prevé un aumento del gasto en defensa y en seguridad, así como varios recortes, siendo el más amplio el del 8,1% que afectaría al Departamento de Agricultura. También verían menguar su presupuesto, entre otros, la Dirección de Protección Ambiental y la Dirección de Pequeñas Empresas. A pesar de los recortes y de la confianza de la Administración norteamericana en reducir el déficit, la situación actual no permite vislumbrar una mejoría. El estornudo de EE UU, y que puede resfriar a Europa, es el índice de “déficit gemelo” que presenta el país, considerado como “insostenible” por el ex presidente del Banco Central Europeo, Wim Duisenberg, quien, además, considera que puede convertirse en un freno para la recuperación de la economía mundial. El déficit fiscal para 2004 se acerca al 4% del PIB, es decir, EE UU gasta más de lo que recauda en forma de impuestos, mientras que el déficit por cuenta corriente está en torno a un 6%, lo que se traduce en que EE UU importa más de lo que exporta. En este sentido, el “déficit gemelo” ha tenido una gran importancia para la depreciación del precio del dólar frente al euro, sobre todo, y frente a otras monedas como el yuan chino. Sin embargo, la debilidad del billete verde norteamericano también puede ser beneficiosa, ya que el modo de reducir el déficit comercial pasa por atraer inversores, y qué mejor manera que con un dólar bajo, que favorezca las exportaciones de productos norteamericanos al exterior. Como medida de choque ante la flaqueza del dólar, el presidente de la Reserva Federal (FED, en su acrónimo inglés), Alan Greenspan, aplicó, a mediados de diciembre, una subida en los tipos de interés, dejándolos en un 2,25%. Sin embargo, hasta junio, Greenspan mantuvo los tipos al nivel más bajo en los últimos 45 años, con lo que favoreció que los consumidores estadounidenses pudieran conservar un alto nivel adquisitivo. Así, pudo mantener el índice del consumo, que en EE UU representa casi el 70% del crecimiento económico. Con la subida del precio del dinero, iniciada en junio y revisada hasta en cinco ocasiones, los tipos de interés se situaron en un 2,25%: de este modo, la Reserva Federal devolvía el precio del dinero a un nivel en el que se pudiera controlar la inflación sin cercenar el crecimiento de la economía. A pesar de los intentos de la FED para reflotar la mayor economía mundial, ésta se ha encontrado con dos lastres que, poco a poco, parece que van pesando menos. El primero, el desempleo, que se mantiene en un 5,5%, un porcentaje de crecimiento insuficiente en un país en el que, anualmente, 150.000 personas acceden al mercado laboral. El segundo, el petróleo. La sempiterna crisis de Irak, sobre todo, y las cada vez más difíciles relaciones con Arabia Saudí -exportadora del 25% del crudo del planeta-, pusieron, a mediados de agosto, el precio del barril en un tope histórico cercano a los 55 dólares en la Bolsa de Nueva York. Precisamente, el precio del crudo provocó un hecho insólito en los parqués de todo el mundo, ya que mientras las bolsas europeas registraban subidas, las norteamericanas se estancaban o, incluso, presentaban sensibles pérdidas. Pero en septiembre, el barril de petróleo empezó a bajar su precio, lo que favoreció que las bolsas de ambos lados del Atlántico registraran subidas. Así, Wall Street cerró diciembre de 2004 con un aumento de 102 puntos, ocho más de la previsión realizada por los analistas. En este sentido, la compañía de tarjetas de crédito Mastercard informó que durante los días previos a las vacaciones navideñas, los estadounidenses gastaron 60.000 millones de dólares, un 13% más que en el mismo periodo del año anterior.

Las elecciones polarizadas y el influjo del “arquitecto” Karl Rove

Cuando George Bush y John Kerry mantuvieron la primera conversación una vez resueltas las elecciones, fijaron como medida urgente acabar con la fuerte polarización creada durante la maratoniana campaña electoral. La existencia de dos Américas ya se preveía en las innumerables encuestas previas al 2 de noviembre. En el mapa electoral de EE UU, con los estados pintados de rojo o azul según su voto, destaca a primera vista que los estados que apoyan al Partido Republicano son los del interior, mientras que los que votan demócrata son los situados en las costas oeste y noreste. Algunos analistas han considerado que esta polarización se debe a la proximidad de los estados al agua, ya sea del mar, de los ríos o de los Grandes Lagos. Esta división geográfica, se corresponde, también, con dos clases de sociedades: los cosmopolitas liberales, afines a la ideología demócrata, o los agricultores conservadores, afines a la republicana. Estos dos modelos diferencian al estadounidense que vive en una gran ciudad y al que lo hace en pueblos del interior. Como afirma el demógrafo de la Institución Brookings, William Frey a The New York Times, “en las ciudades portuarias viven minorías, gente joven que busca pasar allí sus años de soltería, así como elites con cultura universitaria y medios económicos que pueden permitirse residir en las mejores ciudades”. Por esta razón, en las ciudades portuarias existe una fuerte bolsa de voto azul demócrata. En años pasados, los demócratas eran propietarios de fábricas que daban trabajo a miles de personas de los estados costeros. Pero el cierre de muchas de estas empresas hizo que mucha gente migrase hacia estados del interior, y con ellos, su intención de voto. Este fenómeno ha provocado dos sociedades que viven flujos de crecimiento distintos, ya que las grandes ciudades como Chicago, San Francisco o Boston han descendido en número de habitantes, mientras que las ciudades interiores de la llamada “América profunda”, como Fort Worth o Phoenix, han hecho lo contrario. Es en el interior de EE UU, la parte del país con mayor crecimiento demográfico, donde los republicanos consiguen gran parte de su bolsa de votos. En la franja central viven los descendientes de los escoceses e irlandeses que llegaron a Norteamérica en el siglo XVII, que, según declara el ex secretario de la Armada, James Webb, a The New York Times, “siempre han desconfiado de las elites y aristocracias”. El interior de EE UU tiene la agricultura como principal fuente de ingresos; la iglesia, como centro de la comunidad; y el crear y consolidar una familia, como objetivo. Este amplísimo espectro social es el que apoya a Bush, y éste, les devuelve la moneda con medidas como la de 2002, año en que incrementó las ayudas a la agricultura en un 64%. A todo habitante del interior de EE UU, Bush le ha querido trasladar sus valores, que, según él, reflejan la idiosincrasia del americano medio, al que preocupaban mucho más la permanencia de los valores morales americanos que otros temas como Irak, la seguridad o la economía. Así, muchos de los votantes republicanos expresaron su aprecio por Bush por su transparencia, su liderazgo o su fe religiosa. En cambio, los votantes de Kerry veían en el senador de Massachussets otras características, como la inteligencia o la compasión. El día de las elecciones no sólo se votaba el presidente y la configuración del Congreso. También se celebraron referéndum en once estados para legitimar, o no, los matrimonios entre homosexuales, y para dotar de más recursos a la investigación con células madres. Del primer asunto, fueron los once estados en discordia los que se opusieron a reformar la Constitución para que ésta aclarase que el matrimonio sólo puede llevarse a cabo entre un hombre y una mujer. El estado en que la elección estuvo más reñida fue Oregón, uno de los estados costeros del Pacífico donde ganaron los demócratas. Respecto a dotar de más recursos a la investigación con células madre, los votantes de California, estado donde se votaba la medida, aprobaron la dotación de 3.000 millones de dólares para este fin. En este tema destacó la actitud de personajes como Nancy Reagan, opositora de este tipo de investigación hasta que su marido, Ronald, murió de Alzheimer. Este interés de Bush por identificar sus ideales con los de la derecha norteamericana, y por situarse lejos del liberal y aristócrata Kerry fue idea del jefe de campaña republicano, Karl Rove, quien promovió que el debate preelectoral gravitara en torno a las tres G, God, Gays, Guns (Dios, gays y armas), y las dos F, Family y Faith (familia y fe), situándolos, incluso, muy por encima de los temas de Irak, la seguridad nacional o la crisis económica. Y es que EE UU es un país en el que el 60% de la población asegura que la religión es muy importante en sus vidas, y el 30% acude al menos una vez por semana a algún oficio religioso. Además, siete de cada diez estadounidenses consideran que su presidente debe tener fuertes convicciones religiosas. Con la identificación Bush-valores morales, Rove motivó a los cristianos evangélicos y “renacidos” -entre los que destaca el propio presidente- para que acudieran a las urnas. Este llamamiento motivó que cuatro millones de personas de este credo fueran a votar, a diferencia de lo sucedido en 2000. Según un estudio de Associated Press, el 23% de los votantes fueron evangélicos. De este grupo, casi un 80% votó republicano. Otros datos constatan el apoyo de los sectores religiosos a Bush: un 52% de católicos romanos le votaron, a pesar de que Kerry era el primer candidato católico a la presidencia desde John F. Kennedy. Consciente de que no tenía el apoyo de los sectores religiosos, el equipo de campaña de Kerry optó por convertir a un liberal de Massachussets en un católico cuya vida se centra en su fe y la familia. Así, el demócrata no olvidó cerrar la última intervención de su primer debate con un “Dios bendiga a Estados Unidos”, y publicó una web con un nombre inequívoco Kerrysharesourvalues.org (Kerry comparte nuestros valores). Rove amplió la base de apoyo a Bush con la población suburbana, los demócratas blue-collar (trabajadores) y la población rural. Asimismo, estuvo cerca de igualar el voto entre las mujeres y los hispanos. Entre los religiosos, también los católicos prefirieron a Bush sobre Kerry, un católico pro abortista. Para evitar que los votantes católicos se decantaran por el lado demócrata, Karl Rove, al que Bush definió en su discurso recién ganadas las elecciones como “el arquitecto de la victoria”, utilizó subterfugios para desacreditar, incluso con falacias, la imagen de Kerry. Sin embargo, estas técnicas no le eran en absoluto desconocidas. Para el “arquitecto” no fue difícil mancillar a Kerry, hurgando donde más flaqueaba: que si era un liberal a ultranza, refinado en exceso, sometido a Europa, y sobre todo, que si era un veleta o flip flop, palabra americana para definir a aquél que cambia constantemente de opinión. Rove también estuvo, presumiblemente, detrás de la campaña de difamación contra el pasado del demócrata en Vietnam. Autoconsiderado héroe, Kerry utilizó su paso por esa guerra para presumir de patriotismo. Pero Rove supo tergiversar la situación y promovió, junto a la asociación Veteranos por la Verdad, la difusión de un vídeo en el que se tilda a Kerry de traidor. Acto seguido, desde el núcleo demócrata se dejó de hablar de Vietnam. Aunque Rove siempre negó su vinculación con estos veteranos, se ha demostrado que éstos se sufragaron gracias a las donaciones del magnate tejano Bob Perry, donante habitual en las campañas de los Bush y amigo cercano de Rove. El actual jefe de campaña republicano, reconocido por amigos y enemigos como uno de los grandes estrategas políticos de la década, empezó su carrera como asesor de Bush padre, para pasar después a ayudar a W en la misión de hacerse con el cargo de gobernador de Texas. Para muchos, el papel de Rove en la carrera política de Bush hijo ha sido clave, allanándole el camino y desacreditando, uno por uno, a todos los rivales que se le han puesto por delante. Por ejemplo, en las primarias de 2000 para escoger candidato republicano a las presidenciales, Karl Rove creó el mensaje oportuno para insinuar que el rival de Bush hijo en esas elecciones internas, John McCain, había sufrido serios problemas mentales durante su reclusión en una cárcel de Vietnam. De este modo, cambió la visión heroica que quería dar de sí mismo McCain, por una visión que le apartaba de la carrera electoral. Algo parecido hizo con la rival demócrata para gobernador de Texas, Ann Richards, a la que Rove y la maquinaria republicana tacharon, implícitamente y sin fundamento, de lesbiana. Con la llamada a filas de los cristianos evangélicos, y con la extrema polarización que vivía el país, se preveía una alta participación, como así fue. El 2 de noviembre, más de 121 millones de estadounidenses acudieron a las urnas, lo que significa un 59% del censo total. Estos datos, muy alejados de 51,3% de 2000, llevaron a Bush a ser el candidato que accedía a la Casa Blanca con más votos populares. Para encontrar un índice de participación tan alto, cabe remontarse a 1968, año en que votó un 62% del censo total. Curiosamente, aquellas elecciones coincidieron con la guerra de Vietnam. Estos datos constatan dos cosas: una, que los norteamericanos acuden en mayor número a las urnas cuando el país está en guerra; de ahí que tanto Bush como Kerry, se postularon ante sus votantes como candidatos a comandante en jefe. El otro hecho es la ruptura de la ecuación a más votantes, más posibilidades de cambio. Esta fue una de las grandes bazas y esperanzas demócratas, aunque la, a menudo, sibilina labor de Rove se encargó de tirarlas por el suelo. Pero la polarización existente no se plasmó sólo en la población, sino que saltó a otros ámbitos, como es el de los medios de comunicación y los fenómenos mediáticos. En EEUU es normal que los diarios apoyen en sus editoriales a uno u otro candidato. En las elecciones de 2004, según informaciones de los partidos, 229 medios escritos apoyaron a Kerry, por 134 que respaldaron a Bush. El origen de los periódicos da un dato fehaciente sobre la polarización que vive el país, tanto en el ámbito geográfico como en el social. Los medios que abogaron por la reelección del presidente se editan en el interior de EE UU, y, desde las filas republicanas, se destacó que muchos de estos medios pertenecen a estados indecisos. Por su parte, John Kerry recibió la bendición de los medios más influyentes y prestigiosos a escala mundial. En este grupo se incluyen rotativos como The New York Times o The Washington Post, o como La Opinión de Los Ángeles o La Prensa de Nueva York, que son diarios destinados al público hispano. Desde las filas demócratas se hizo especial mención a periódicos como el Orlando Sentinel o el Bangor Daily News, que no apoyaban a un candidato demócrata desde hacía 40 años y desde el siglo XIX, respectivamente. A pesar de que muchos de estos medios de enjundia apoyasen a Kerry, la noticia no era tan buena como podía parecer para los demócratas, ya que en el interior de EE UU se lee mucho más los periódicos locales que los prestigiosos diarios venidos de las costas. Al enfrentamiento entre medios, debe añadirse la profusión de libros y documentales sobre uno u otro candidato. En este sentido, destacan los firmados por Kitti Keller, La Familia, en el que traza una historia, a menudo poco comprobada, de la dinastía de los Bush desde los tiempos del abuelo del actual presidente, Prescott. En contra de este libro apareció el de Tommy Franks, jefe de la campaña en Irak, llamado American Soldier. La guerra mediática no sólo se libró en el terreno de los libros. También en el campo audiovisual hubo enconadas batallas, las más virulentas dirigidas por el “soldado”, presuntamente demócrata, Michael Moore. El obeso director presentó su Fahrenheit 9/11, en el que hace un duro alegato contra la Administración Bush a la que acusa de tener conexiones financieras con la familia Bin Laden de Arabia Saudí. Además, pone de relieve la ineptitud del presidente para dirigir los destinos del país. A colación de Fahrenheit 9/11 salieron nuevos documentales en los que se criticaba la gestión de Bush. Uno de ellos fue Uncovered: The War on Irak (Descubierto: La guerra de Irak), que arrasó en el campo del DVD y que explicaba minuciosamente cómo el Gobierno de Bush manipuló a la opinión pública respecto a las armas de destrucción masiva de Sadam. A favor de los republicanos, apareció Honor robado: heridas que nunca sanan. Este documental, producido por Carlton Sherwood, un veterano de Vietnam y ex periodista del diario conservador The Washington Times, lanza una dura diatriba contra Kerry, al que acusa de traicionar a sus compañeros durante la guerra de Vietnam. A todo ello se sumó Hollywood y los personajes de la farándula. Muchos actores y actrices mostraron públicamente su decisión de votar a Kerry, o de revalidar la confianza en el presidente Bush. Entre los que apoyaron a Kerry, destacan el matrimonio Sean Penn-Susann Sarandon, George Clooney o Matt Damon. A ellos, se les añade cantantes como Bruce Springsteen, REM o Moby, quienes impulsaron la gira Vote for Change (Vota por el cambio) en la que pedían el voto a favor de Kerry. Bush no se quedó atrás y cosechó también apoyos entre los personajes públicos, como la cantante Britney Spears, o los actores Mel Gibson, Bruce Willis, Clint Eastwood y, cómo no, el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger.


Cronologia año  2004
9 de enero. Colin Powell reconoce que no tiene pruebas de la relación entre Irak y Bin Laden.

25 de enero. EE UU acepta negociar con la ONU y con los chiíes su plan de transición para Irak.

29 de enero. La secretaria de seguridad nacional, Condoleezza Rice, admite la existencia de fallos sobre la previsión de armamento de Sadam.

2 de febrero. Bush autoriza una comisión independiente de investigación sobre la ausencia de armas de destrucción masiva en Irak.

5 de febrero. El jefe de la CIA, George Tenet, afirma que nunca consideró a Irak una amenaza inminente.

3 de marzo. John Kerry es confirmado como candidato demócrata a la Casa Blanca.

6 de marzo. Empieza la campaña electoral para la presidencia de EE UU.

3 de abril. EE UU acepta una nueva resolución de la ONU para Irak, aunque rechaza ceder el control militar. El secretario de Estado de EE UU, Colin Powell, reconoce que presentó información “defectuosa” para justificar la invasión de Irak. Powell atribuye el error a la CIA.

8 de abril. Condoleezza Rice declara en la Comisión del 11-S que EE UU no estaba preparada para los ataques terroristas y que éstos no pudieron ser evitados. Bill Clinton y Al Gore comparecen ante la Comisión del 11-S.

27 de abril. Colin Powell confirma que EE UU sólo otorgará una soberanía limitada a Irak tras el 30 de junio.

29 de abril. Bush y Cheney declaran en la Comisión del 11-S.

30 de abril. Salen a la luz las imágenes de los abusos de los soldados estadounidenses a los reos de la cárcel de Abu Ghraib en Irak.

6 de mayo. Bush pide perdón por Abu Ghraib pero culpa al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.

7 de mayo. Rumsfeld asume toda la responsabilidad por las torturas y pide perdón a los iraquíes torturados.

9 de mayo. EE UU juzgará a los soldados torturadores.

10 de mayo. Bush respalda a Rumsfeld. El Senado norteamericano condena los malos tratos en Abu Ghraib y pide perdón.

13 de mayo. Rumsfeld promete que los torturadores serán castigados.

14 de mayo. El Pentágono afirma que cederá el control de Irak al Departamento de Estado el 1 de julio.

19 de mayo. Los jefes militares de EE UU aseguran ante el Senado que no ordenaron torturar a los reos de Abu Ghraib.

2 de junio. EE UU propone abandonar Irak en 2005, según el segundo borrador de resolución presentado a la ONU. El director de la CIA, George Tenet, dimite por razones personales.

6 de junio. Bush afirma que seguirán en Irak a petición del nuevo Gobierno de transición.

8 de junio. La ONU aprueba definitivamente la resolución de EE UU y Gran Bretaña sobre el traspaso de poderes en Irak. Cumbre del G-8 en Sea Island (EE UU).

25 de junio. Cumbre anual entre Europa y EE UU en Ennis (Irlanda).

28 de junio. Traspaso de poderes en Irak, dos días antes por temor a posibles atentados.

30 de junio. El presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, sube los tipos de interés al 1.25%. Se trata del primer aumento del precio del dinero desde 2004.

6 de julio. El senador de Carolina del Sur, John Edwards, candidato a vicepresidente demócrata. Un informe del Comité de Inteligencia del Senado de EE UU, afirma que la CIA escondió a George W.Bush que Sadam ya no fabricaba armas de destrucción masiva.

16 de julio. El vicepresidente Dick Cheney, candidato a la reelección por el Partido Republicano.

21 de julio. El informe de la Comisión de investigación del 11-S revela que hasta en diez ocasiones se podría haber detectado la preparación de los atentados, y niega vínculos entre Irak y Al-Qaeda.

26 de julio. Empieza en Boston la Convención Nacional Demócrata.

30 de julio. Finaliza la Convención Demócrata con el discurso de Kerry en el que afirma que no llevará al país a una guerra con engaños.

5 de agosto. Bush aprueba la nueva ley de dotación de Defensa aprobada por el Congreso, con la que se prevé un aumento del 7% de su presupuesto respecto al año anterior.

8 de agosto. El Gobierno de EE UU asegura que Al Qaeda planea atentar antes de las elecciones.

10 de agosto. El congresista por Florida, Porter Goss, nuevo director de la CIA.

16 de agosto. El presidente de EE UU anuncia un plan de repliegue de sus tropas. Según Bush, unos 70.000 soldados abandonarán sus bases sobre todo en Europa Occidental y Asia.

24 de agosto. Una comisión oficial encargada por el Pentágono culpa a este organismo de no impedir las torturas en Abu Ghraib.

27 de agosto. Bush reconoce por primera vez que calculó mal los riesgos de la posguerra en Irak.

30 de agosto. Empieza en Nueva York la Convención Republicana,.

17 de septiembre. Un informe de EE UU revela que en Irak no había armas de destrucción masiva, aunque estaba en proyecto el fabricarlas.

21 de septiembre. Intervención de Bush en 59ª Asamblea General de la ONU, en la que defiende la legitimidad de la guerra en Irak.

30 de septiembre. Primer debate presidencial en Miami.

5 de octubre. El ex responsable de la Autoridad Provisional de la Coalición, Paul Bremer, afirma que EE UU nunca dispuso de tropas suficientes para ganar la guerra en Irak

8 de octubre. Segundo debate presidencial en San Luis.

13 de octubre. Tercer debate presidencial en Phoenix.

29 de octubre. Nuevo vídeo de Osama Bin Laden en el que asegura que la amenaza sobre EE UU aún persiste.

2 de noviembre. Elecciones presidenciales. Bush consigue más votos populares y electorales que Kerry.

3 de noviembre. Kerry reconoce su derrota en los comicios.

9 de noviembre. El fiscal general de EE UU, Richard Ashcroft, y el Secretario de Comercio, John Evans, presentan la dimisión.

15 de noviembre. El secretario de Estado, Colin Powell, dimite de su cargo.

16 de noviembre. Condoleeza Rice nombrada sustituta de Colin Powell como secretaria de Estado.

30 de noviembre. El secretario de Seguridad Interior, Tom Ridge, anuncia su dimisión.

8 de diciembre. El Congreso de EE UU aprueba la mayor reforma de los servicios de espionaje desde la Seguna Guerra Mundial.

 


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