Anuario 2004
Túnez
"Los tunecinos avalan la gestión social y económica de Ben Alí pese al recorte de libertades"
Neus Contreras

A la hora de hacer las apuestas sobre los resultados de las elecciones tunecinas, previstas para el 24 de octubre, los analistas políticos de todo el mundo se encontraron frente a una seria dilema: ¿el presidente saliente, Zin el Abidin Ben Alí, sería reelegido con el 100% de los votos o bajaría hasta el 99%? La mayoría de ellos se inclinaron por la segunda opción, basándose, sobre todo, en los datos de comicios anteriores. Y éstos, ciertamente, mostraban que la candidatura de Ben Alí había experimentado una clara tendencia a la baja desde su llegada al poder, en 1987.
Así, en las dos presidenciales en las que concurrió como candidato único (1989 y 1994) obtuvo el 99,7% y el 99,6% de los votos, respectivamente, mientras que en las de 1999 la contienda electoral fue tan reñida que su porcentaje descendió hasta el 99,4%. Un resultado similar (99,5%) al del referéndum que, en mayo de 2002, sirvió para aprobar una reforma constitucional que permitió a Ben Alí revocar la limitación de mandatos que él mismo decretó en 1988.

Pero, para sorpresa de todos, las elecciones presidenciales del pasado 24 de octubre marcaron un punto de inflexión en la trayectoria política de Ben Alí. Una ruptura que se confirmó pocas horas después de los comicios, cuando el ministro del Interior tunecino, Hedi Mhenni, anunció los resultados oficiales definitivos: con una participación del 91,52%, el candidato a la reelección sólo había conseguido 4.204.292 votos de un total de 4.449.558. O, lo que es lo mismo, el 94,48% de los sufragios, cinco puntos menos que en 1999. El presidente tunecino dejó de ostentar, a partir de este momento, el prestigioso título de Señor 99%.

Ironías aparte, la victoria de Ben Alí en las presidenciales fue tan contundente como la del partido que preside, el Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD), en las legislativas, celebradas también el 24 de octubre. De este modo, el RDC obtuvo 152 de los 189 escaños del Parlamento. Es decir, lo máximo a lo que podía aspirar, ya que la ley electoral vigente impide que un partido tenga más del 80% de los asientos. Otras cinco formaciones se repartieron los 37 escaños restantes, encabezadas por el Movimiento de los Demócratas Socialistas (MDS), con catorce asientos, el Partido de la Unidad Popular (PUP), con 11, y la Unión Democrática Unionista (UDU), que consiguió siete escaños.

La misión de la Liga Árabe, encargada de supervisar los comicios e invitada por el propio Ben Alí, se apresuró a avalar los resultados. “Según los primeros datos, no hemos constatado graves excesos. Sólo algunos detalles de organización, que no afectan en nada a la credibilidad del escrutinio”, aseguró el jefe de los observadores de la organización panárabe, Ahmed Ben Helli. “Globalmente, las condiciones permitieron a los ciudadanos expresar libremente sus opciones”, añadió. También el ex ministro belga Robert Urbain y la escritora italiana Gaetana Pace, que figuraban entre los observadores internacionales llegados a Túnez, se pronunciaron en el mismo sentido.

Una parte de la oposición, sin embargo, no lo percibió así y denunció que se había producido “una mascarada total organizada por la dictadura”. “Este resultado es un insulto a la inteligencia de los tunecinos”, aseguró el abogado Yachi Hammani, portavoz de Iniciativa Democrática, una plataforma que apoyaba la candidatura del ex comunista Mohamed Alí Haluani. La reacción fue secundada por el propio Haluani, líder del movimiento de izquierdas Ettajdid, quien anunció que impugnaría los resultados de las elecciones ante el Consejo Constitucional. ¿Su principal acusación?: el escrutinio final recompensaba a los aliados de Ben Alí, a la par que castigaba a sus detractores.

Y es que la oposición que concurrió a los comicios del pasado octubre bien se podría dividir en dos categorías: la prefabricada, por su proximidad al régimen tunecino, y la real. En el primer grupo se encuentran partidos como el MDS, el PUP y la UDU, que en las elecciones legislativas obtuvieron catorce, once y siete escaños, respectivamente. Es decir, 32 de los 37 asientos reservados a la oposición. En el bando contrario, los ex comunistas de Haluani pasaron de cinco a tres escaños. A lo que habría que añadir que, en las presidenciales, el segundo candidato más votado fue el líder del PUP, Mohamed Buchiha, con un 3,78% de los votos, mientras Haluani se tuvo que conformar con un anecdótico 0,95%.

No es de extrañar, pues, que la prensa internacional describiera a los adversarios de Ben Alí en la carrera a la presidencia como “dos floreros que se disculpan por estar allí y Mohamed Alí Haluani, un tipo honesto con un discurso claro” (Libération, 22 de octubre de 2004). Los floreros eran el citado Buchiha y Munir el Beji, del Partido Social Liberal (PSL). Tanto en el caso del primero como del segundo, su mensaje electoral se centró en alabar la gestión del presidente saliente y en felicitarse por el buen desarrollo de la campaña, iniciada el 10 de octubre. Una percepción, esta ultima, para nada compartida por el resto de la oposición.

Así, a lo largo de la campaña, el mismo Haluani denunció en repetidas ocasiones que no se le permitía distribuir su manifiesto electoral -cuya impresión prohibió el Ministerio del Interior- y, el 21 de octubre, sus partidarios se manifestaron contra la actitud del Gobierno. Apenas 24 horas después de esta protesta, y cuando quedaban dos días para la celebración de los comicios, el Partido Democrático Progresista (PDP) anunciaba la retirada de sus candidatos a las legislativas alegando que, también a ellos, las autoridades les habían prohibido difundir su manifiesto. Esta vez, porque consideraban que no se ajustaba a las disposiciones del Código Electoral.

Antes de su retirada definitiva, el PDP había llamado ya a boicotear las elecciones presidenciales, puesto que el Consejo Constitucional rechazó la candidatura de su presidente, Nekib Chebbi. Pero, con su renuncia también a las legislativas, el PDP se sumaba a los partidos de la oposición ilegal que, desde el primer momento, habían apostado por promover un boicot total de los comicios. Este movimiento disidente estaba encabezado por el Partido Comunista Obrero de Túnez (PCOT), liderado por Hamma Hammani; el Forum Democrático, de Mustafá ben Jafar, y el Congreso para la República, con Moncef Marzuki al frente. Les secundaban diversas ONG tunecinas que aún no han sido legalizadas y el movimiento En-Nahda (Renacimiento), el partido islamista ilegalizado en 1992 y cuyo líder, Rachid Ghanuchi, vive exiliado en Londres.

Estos vaivenes, en cualquier caso, no son más que una muestra de la profunda división que existe entre los opositores a Ben Alí. Por un lado, los partidos legalizados navegan entre el ejercicio de una oposición “constructiva” o “decorativa” (eufemismos, ambos, de “mera comparsa del poder”) y la oposición real (o democrática). Es el caso del Ettajdid de Haluani, que si bien en las elecciones de octubre mostró su rostro más reivindicativo, años atrás su actitud no difería en exceso de la de los “floreros”.

Pero el panorama no es mucho más alentador entre la oposición ilegal. Todos quieren acabar con la “dictadura” de Ben Alí, el problema estriba en llegar a un acuerdo sobre cómo hacerlo. ¿Deben aliarse con los islamistas del En-Nahda para conseguirlo? ¿Sería o no un riesgo contar con ellos? Estas fueron algunas de las dudas que planearon sobre la reunión de opositores tunecinos que se celebró en París el pasado 16 de octubre. “La oposición es su mejor enemiga”, concluía unos días después el diario francés Libération.

Entretanto, al presidente Ben Alí no le hacía falta ni tan siquiera hacer una campaña electoral al uso. Su primer y último mitin fue el 10 de octubre, cuando presentó un programa de 21 puntos para el próximo quinquenio centrado, como no podría ser de otra manera, en las dos claves del éxito de sus diecisiete años en el poder: las políticas sociales y, sobre todo, las económicas. Así, el candidato a la reelección se comprometió, entre otras muchas cosas, a aumentar el salario medio anual, elevar el índice de cobertura social (porcentaje de ciudadanos que se benefician de la seguridad social) al 95% de la población y crear 70.000 nuevas empresas para aliviar el déficit de puestos de trabajo.

Pero el programa electoral de Ben Alí tampoco olvidó dos pilares del régimen de Habib Bourguiba (1955-1987), el padre del Túnez moderno. A saber: la educación y la condición de la mujer. En el primer ámbito, el candidato a la reelección garantizó que, en los próximos cinco años, habría un ordenador para cada 150 alumnos en primaria y para cada 80 en secundaria. Ben Alí prometió, además, realizar la convergencia con los niveles de enseñanza universitaria de la Unión Europea (UE) y reducir el analfabetismo a menos del 10% de la población. No menos ambiciosas eran las propuestas en el terreno del estatuto de la mujer, habida cuenta de que el Código de Familia tunecino es el más avanzado del Magreb. De este modo, el presidente saliente se comprometió a introducir medidas para mejorar la conciliación de la vida familiar y laboral, entre las que destaca la posibilidad de trabajar media jornada por dos tercios del salario.

A fin de cuentas, es incuestionable que la tunecina no es sólo la sociedad más moderna del Magreb, sino también la que goza de un mejor nivel de vida. Buena prueba de ello es la existencia de una potente clase media que, como es obvio, no quiere renunciar a los privilegios que le ha reportado el régimen de Ben Alí. Y esto es, precisamente, lo que explica la contundente victoria del presidente saliente en las elecciones del pasado octubre. Toda la oposición es consciente del éxito de la gestión económica y social de Ben Alí, pero no por ello su respuesta es menos contundente: el poder utiliza el desarrollo económico y social conseguido como un escaparate que esconde la existencia de una brutal dictadura. El precio a pagar por la prosperidad, añaden, es vivir en un Estado policial.

Ciertamente, Túnez es, junto con Libia, el país norteafricano en el que la situación de los derechos humanos y de las libertades públicas es más crítica. Cuando menos, así lo han denunciado diversas organizaciones -tanto tunecinas, encabezadas por la Liga Tunecina de los Derechos Humanos (LTDH), como extranjeras- a lo largo de los últimos años. El pasado 11 de diciembre, sin ir más lejos, el Consejo Nacional para las Libertades en Túnez (CNLT, no reconocido por la ley) denunció en un comunicado que, coincidiendo de la celebración del Día de los Derechos Humanos, “un impresionante dispositivo de unos 150 policías” rodeó la sede de la organización y agredió “violentamente” a algunos de sus miembros.

Firmaba el comunicado del CNLT Sihem Bensedrine, figura emblemática de la oposición tunecina. “Vivir bien pero sin poder hablar del sistema represivo no es la democracia”, afirmaba antes de las elecciones. Y es que Bensedrine, directora de la revista on-line Kalima (tampoco reconocida por el régimen) e impulsora del CNLT, se ha convertido en una de las personas más hostigadas por el poder, tal y como denunciaba a principios de este año la organización estadounidense Human Rights Watch (HRW). Pero no es la única, porque el también periodista Jalel Zoghlami ha sido objeto de una constante persecución policial a lo largo de este año.

De hecho, la ya de por sí exigua libertad de prensa en Túnez -donde la mayoría de los diarios están controlados por el poder- se ha visto mermada tras la aprobación, el 10 de diciembre de 2003, de una ley antiterrorista. “La situación de las libertades ha empeorado desde la adopción de esta normativa”, aseguró el presidente de la LTDH, Mokhtar Trifi, poco antes de las elecciones de octubre. Trifi denunció también que hay 600 presos políticos (la mayoría de ellos supuestos islamistas) en las cárceles tunecinas, mientras que el Gobierno asegura que todos son detenidos de derecho común.

Entretanto, la comunidad internacional hace la vista gorda ante los excesos del régimen tunecino. No en vano, Ben Alí se ha convertido en uno de los más fieles aliados de Occidente en la lucha contra el terrorismo islamista y goza de buena reputación entre los líderes europeos y estadounidenses. Los mandamases occidentales deben pensar que, al fin y al cabo, Túnez lleva reprimiendo eficazmente a los islamistas desde la década de los noventa. Que lo haga sin garantías legales suficientes quizá sea lo de menos.

Porque como bien dijo el presidente francés, Jacques Chirac, durante su última visita al país magrebí, en diciembre de 2003, “si el derecho de comer es el primero de los derechos humanos, en Túnez éstos últimos están bien defendidos”. Pese a que al día siguiente tuvo que pedir disculpas, la frasecita de Chirac bien podría resumir la postura internacional ante el régimen de Ben Alí. Y, quizá, la de los propios tunecinos.


El Gobierno cierra el año con un balance económico favorable

Sólo una recesión económica podría hacer que se tambalearan los sólidos cimientos del régimen de Zin el Abidin Ben Alí. Así lo aseguran, cuando menos, numerosos analistas políticos. Y así lo demostró, en parte, el conato de crisis que se produjo en 2002, cuando el PIB tunecino cayó hasta el 1,7%, frente a un crecimiento del 5% el año anterior. ¿La causa? Los efectos de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y del ataque de Al Qaeda contra una sinagoga de la tunecina isla de Yerba (abril de 2002) en el turismo internacional, el principal motor económico del país magrebí. Las aguas volvieron a su cauce en 2003, cuando el PIB tunecino creció un 5,6%. Y el balance de 2004 no es menos halagüeño: según los datos que hizo público el Gobierno el pasado 14 de diciembre, el incremento del PIB se situó en un 5,8%. El mismo día 14, el primer ministro tunecino, Mohamed Ghannouchi, presentó ante la Cámara de Diputados el presupuesto para 2005, la mitad del cual estará destinado a la “gestión del orden”. Ghannouchi explicó además que el Gobierno se ha fijado como objetivo mantener el índice de crecimiento en el 5%. Ben Alí, pues, puede hacer y deshacer con tranquilidad como mínimo un año más. Hasta el balance económico de 2005.


Cronologia año  2004
10 de marzo. La Federación Internacional de Periodistas (FIP) decide expulsar a la Asociación de Periodistas de Túnez por conceder un premio al presidente tunecino, Zin el Abidin Ben Alí, el gobierno del cual ha sido acusado reiteradamente de presionar y violar los derechos de los informadores

28 de marzo. Ben Alí suspende la celebración de la XVII cumbre de la Liga Árabe, prevista para el 29 y el 30 de marzo, por desacuerdos sobre las reformas políticas

3 de abril. La Liga Tunecina de Derechos Humanos comunica que dos antiguos estudiantes y ex presos políticos han suspendido la huelga de hambre de 57 días para reclamar su derecho a seguir haciendo Medicina, la carrera que estudiaban cuando fueron encarcelados por sus opiniones políticas

22 de mayo. Tras la suspensión, empieza en Túnez la XVII cumbre de la Liga Árabe

12 de junio. Ben Alí y el jefe de la diplomacia española, Miguel Ángel Moratinos, acuerdan reforzar la cooperación entre los dos estados en la lucha antiterrorista, principalmente a través de los ministerios de Exteriores e Interior

6 de septiembre. El presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, inicia una visita de dos días a Túnez. El viaje pone fin a su gira por el Magreb

29 de septiembre. Periodistas tunecinos denuncian que la prisión, la persecución policial, las agresiones físicas y la censura se ha convertido en moneda corriente para los profesionales que no se ciñen al discurso oficial

10 de octubre.Inicio de la campaña electoral. Ben Alí presenta un programa de 21 puntos

16 de octubre. Miembros de la oposición se reúnen en París para reclamar que las elecciones sean democráticas y pluralistas, además de pedir que Ben Alí no sea reelegido

17 de octubre. Los exiliados tunecinos empiezan a votar

18 de octubre. El presidente del grupo hotelero francés Accor, Gérard Pélisson, anuncia la construcción de dos nuevos hoteles en el capital del país, un proyecto en el que se invertirán 20 millones de euros

19 de octubre.El presidente de honor de la Liga Tunecina de Derechos Humanos, Moncef Marzouki, denuncia en un artículo en el diario francés Liberatión que la salud de la democracia tunecina no deja de empeorar

20 de octubre. La Liga Árabe anuncia que ha enviado una delegación a Túnez para supervisar el desarrollo de los comicios

21 de octubre. Los partidarios de uno de los candidatos a las presidenciales, el ex comunista Mohamed Haluani, protestan en el centro de Túnez por la prohibición de distribuir un manifiesto electoral

22 de octubre. El Partido Democrático Progresista (PDP), una de las formaciones de la oposición legal tunecina, anuncia que retira a sus 89 candidatos a las legislativas y denuncia irregularidades en la campaña electoral

24 de octubre. Un total de 4,6 millones de tunecinos están convocados hoy a las urnas para votar en las elecciones legislativas y presidenciales. Las primeras estimaciones apuntan que Ben Alí ha sido reelegido por cuarta vez consecutiva jefe de Estado por un mandato de cinco años. La participación, según las autoridades, ha sido masiva y el jefe de la misión de observadores de la Liga Áraba, Ahmed Ben Helli, considera que los comicios son creíbles y que no ha habido “excesos graves”

25 de octubre. Los resultados definitivos dan el 94,48% de los sufragios válidos a Ben Alí, con una participación del 91%. Haluani anuncia que impugnará los resultados al Consejo Constitucional

 


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