Anuario 2004
Libia
"Gaddafi trata de recuperar el tiempo perdido con Occidente mediante una frenética actividad diplomática"
Neus Contreras

En la que era su primera visita a Europa en quince años, Muammar el Gaddafi llegó a Bruselas el 27 de abril y, haciendo gala de las excentricidades que se le atribuyen, desplegó una jaima en Val Duchesse, en el extrarradio de la capital belga. La agenda oficial del viaje no difería excesivamente de la de cualquier otro jefe de Estado o de Gobierno en circunstancias similares: se entrevistó con su anfitrión, el primer ministro Guy Verhofstadt; visitó la sede de la Comisión Europea, donde almorzó con el entonces presidente del Ejecutivo comunitario, Romano Prodi, y se reunió con el alto representante de la Unión Europea (UE) para la política exterior y la seguridad común (PESC), Javier Solana.
Sin embargo, la visita del coronel Gaddafi a Bruselas rompió todo el protocolo de la UE. Excepcionalmente, fue Prodi –considerado el principal valedor del líder libio en Europa– quien organizó el viaje y quien recibió a Gaddafi en el aeropuerto. Pero, si bien con el italiano tuvo la deferencia de trasladarse a la sede de la Comisión, Solana se vio obligado a desplazarse a la jaima. Además, la policía belga autorizó una concentración de dos centenares de partidarios de Gaddafi, que le recibieron con tambores y retratos a su llegada al edificio del Ejecutivo comunitario, mientras relegaba una manifestación de opositores a las puertas del Parlamento Europeo. El colofón del espectáculo fue la comparecencia del líder libio ante la prensa: para sorpresa de los periodistas, Gaddafi apareció protegido por cuatro mujeres de su guardia pretoriana.

Excentricidades aparte, el viaje del coronel a Bruselas supuso un paso más en la normalización de las relaciones entre Libia y la comunidad internacional tras casi dos decenios de aislamiento del país norteafricano. De hecho, el goteo de gestos conciliatorios, tanto por parte del régimen libio como de Occidente, ha sido constante a lo largo de este año. Uno de los que dio más que hablar, por considerarse que contribuyó de forma decisiva a reconciliar a Gaddafi con las potencias occidentales, fue la visita que el primer ministro británico, Tony Blair, hizo a Trípoli el 25 de marzo. Con este viaje, calificado de “histórico”, Blair quería recompensar al régimen libio por la renuncia a seguir con su programa nuclear –anunciada en diciembre de 2003–, así como por su compromiso a pagar indemnizaciones a los familiares de las víctimas del atentado de Lockerbie (Escocia) en 1988.

Pero la del primer ministro británico no ha sido ni la primera ni la última visita de líderes o altos cargos occidentales a Libia en 2004: le precedieron un grupo de congresistas norteamericanos (24 de enero); su homólogo italiano, Silvio Berlusconi (10 de febrero); y el secretario de Estado adjunto de Estados Unidos, William Burns (23 de marzo). Le emularon, entre otros, el ministro de Exteriores francés, Michel Barnier (6 de octubre) y el canciller alemán, Gerhard Schröder (14 de octubre). Asimismo, los altos cargos del régimen libio intensificaron su actividad diplomática, con visitas a países como Estados Unidos y Francia.

Los observadores internacionales se apresuraron a destacar el contenido “altamente simbólico” de muchos de estos intercambios diplomáticos. Pero, más allá de su importancia simbólica, la intensificación de las relaciones entre Trípoli y las potencias occidentales se ha traducido en numerosos acuerdos ventajosos para ambas partes. Así, a lo largo de este año Gaddafi ha visto cómo desaparecían buena parte de las sanciones que le impuso la comunidad internacional en los años ochenta en respuesta a las actividades terroristas en las que se vio implicado el régimen. La primera piedra la puso el Gobierno de EE.UU. el 26 de febrero, cuando, tras años de negociaciones más extraoficiales que oficiales, la Casa Blanca anunció que levantaba las restricciones de viaje de sus ciudadanos a Libia impuestas en 1981 y anunció que las empresas estadounidenses podían volver a invertir y comerciar con el país norteafricano, una suavización de las sanciones que Washington amplió, sin llegar a levantar del todo, apenas dos meses más tarde, el 23 de abril. Este proceso culminó, en parte, el 20 de septiembre, fecha en la que el presidente de EE.UU., George W.Bush, anunció que ponía fin a todas las sanciones comerciales que pesaban sobre Libia, excluyendo únicamente el embargo militar. La reacción de la UE, en cambio, se hizo esperar hasta el 11 de octubre, cuando los ministros de Exteriores de la Unión aprobaron la derogación total –tras suavizarlas en septiembre de 2003– de las sanciones militares a Libia, en vigor desde 1986.



Petróleo y gas

A pesar de esta retahíla de concesiones al régimen de Gaddafi, los países occidentales no se han quedado rezagados a la hora de sacar provecho del acercamiento al régimen libio, especialmente en lo que concierne a los dos sectores clave de la economía libia. Porque a nadie se le escapa que, con una producción diaria que roza el millón y medio de barriles de crudo, el país magrebí es el segundo mayor productor de petróleo –un petróleo ligero y bajo en sulfuro, por añadidura– del continente africano después de Nigeria, además de tener unas reservas probadas de 36.000 millones de barriles. Así como nada despreciables son sus yacimientos de gas, con unas reservas cercanas a los 46,4 billones de pies cúbicos.

No en vano, pues, entre los objetivos del viaje de Tony Blair a Libia se encontraba dar el empujón final a un acuerdo de inversión entre la petrolera Royal Dutch-Shell y el régimen de Gaddafi para producir gas y petróleo en el país norteafricano. La mediación del premier británico surtió efecto y el 26 de marzo, apenas veinticuatro horas después de la reunión entre Blair y el líder libio, la empresa angloholandesa confirmó el acuerdo y anunció una inversión inicial de 200 millones de dólares que podría ampliarse hasta los mil millones.

Este mismo patrón se podría aplicar a Estados Unidos, Italia, Francia, Alemania e incluso España. En el caso de EE.UU., la Administración venía recibiendo presiones de algunas compañías petroleras estadounidenses para poder volver a operar sin restricciones en el sector petrolífero libio y, tras la derogación de las sanciones comerciales, estas empresas ya han empezado a negociar su regreso. Entre ellas se encuentra Occidental Petroleum, que llegó a producir 100.000 barriles diarios en Libia antes de salir del país en 1986, y ConocoPhilips. Berlusconi, por su parte, debe proteger, entre sus muchos intereses en el país africano, los de la petrolera italiana Eni, que, desde su aterrizaje en 1959, se ha convertido en el principal operador petrolero de Libia, con una producción actual cercana a los 100.000 barriles diarios. Tampoco vendría mal, aseguran los analistas, una visita del presidente francés, Jacques Chirac, o de su primer ministro, Jean-Pierre Raffarin, a Gaddafi para respaldar la ya importante presencia de Total en el país magrebí. Una opinión que debe compartir el Elíseo, pues a principios de octubre anunció que Chirac viajará a Libia antes de que finalice el año.

El canciller Schröder, por su parte, tampoco olvidó hacer un guiño al sector petrolífero libio durante su visita al país árabe, al inaugurar un pozo petrolero que explotará la empresa alemana Wintershall AG. De hecho, incluso España parece dispuesta a no dejar escapar las oportunidades que ofrece el país africano y, una semana antes de que la UE aprobara levantar totalmente las sanciones económicas al régimen de Gaddafi, una delegación integrada por once de las principales multinacionales españolas viajaron a Libia para abrir nuevas vías de cooperación. Entre estas empresas se encontraban Repsol YPF –que ya contribuye con unos 16.000 barriles a la totalidad de la producción diaria de Libia y tiene firmados allí diversos contratos de exploración–, Gas Natural, Cepsa y Endesa.

Al margen de su evidente interés por el sector petrolífero libio, la mayoría de estos seis países tienen otras razones para no oponer demasiada resistencia a la reconciliación entre la comunidad internacional y el que fuera Estado paria en los años ochenta. En el caso de España, por ejemplo, existe un interés creciente por potenciar el turismo en el país magrebí. Un interés que se concreta, por ahora, en las negociaciones que ha iniciado un grupo de hoteleros españoles para construir un complejo cerca de Trípoli y en la posible firma de un convenio de cooperación turística en los próximos meses. Y un interés que, si se compara con los de Italia y Estados Unidos, podríamos calificar de puramente anecdótico.



Aliado contra el terrorismo

Y es que Washington, y sobre todo Roma, han apostado fuerte por Libia a lo largo de este año. No por casualidad, Il Cavaliere ha viajado ni más ni menos que en tres ocasiones a la que fue colonia italiana durante cuarenta años: el 10 de febrero, el 25 de agosto y el 7 de octubre. ¿Las motivaciones últimas? Quizá, y a diferencia de otros países, no tanto el petróleo como el gas y la inmigración ilegal. Así, en octubre Berlusconi hizo un viaje relámpago a Trípoli para inaugurar el gaseoducto que proveerá a Sicilia y aprovechó la ocasión para agradecer a Gaddafi la creación de un polémico puente aéreo que unos días antes había permitido a Italia expulsar a un millar de inmigrantes procedentes de la costa libia. Fue el Gobierno italiano, además, el principal promotor del levantamiento del embargo militar de la UE con el argumento que sólo con material para poder vigilar mejor sus costas podrá controlar los flujos de inmigración clandestina.

En cuanto a Estados Unidos, ni la inmigración ilegal procedente del norte de África ni el gas libio parecen quitarle el sueño. Sí que le interesa, en cambio, potenciar el papel del que en los ochenta fue el enemigo público número uno para el Gobierno estadounidense como aliado estratégico en lo que Washington ha calificado de guerra contra el terrorismo. Sobre todo desde que el 1 de septiembre de 2003 el líder libio diera uno de sus habituales golpes de efecto al anunciar en un discurso televisado que su país dejaría de ser un Estado rebelde y que, en adelante, “aceptará la legalidad internacional”, para declararse unos meses después “en la misma trinchera de Estados Unidos luchando contra un enemigo común”.

Nada sorprendente si se tiene en cuenta que Gaddafi lleva mucho tiempo combatiendo a los integristas islámicos –por los que el dirigente libio siente un profundo rechazo y a los que, en su momento, llamó a “exterminar como perros rabiosos”. No en vano, la guerrilla Grupo de Combate Islámico (conocido también como Hermandad Musulmana) se erigió, en su momento, como la única oposición seria al régimen. El coronel fue, además, uno de los primeros en señalar el peligro de Al Qaeda, por lo que tanto estadounidenses como europeos han acabado por convencerse de que Gaddafi lleva mucho tiempo luchando contra el peligro que ahora amenaza a todo el mundo.



De Estado paria a aliado de Occidente

Así pues, los gestos conciliatorios de la comunidad internacional tienen, obviamente, más de alianza estratégica que de altruismo. Pero esto no puede hacer perder de vista que la principal interesada en que la reconciliación entre Occidente y el régimen de Gaddafi llegue a buen puerto es la propia Libia. Una reconciliación que, de una forma u otra, lleva persiguiendo desde finales de los ochenta, cuando su economía más se resintió de las restricciones que comportaba el aislamiento, y que empezó a andar con paso firme en 1999, con la entrega de los dos terroristas libios acusados del atentado de Lockerbie y el posterior levantamiento del embargo aéreo y armamentístico que la ONU impuso al país magrebí en 1992.

Lo que muchos se preguntan ahora es qué puede haber pasado por la cabeza de Gaddafi para que aquel capitán de 27 años, fervorosamente panarabista y antiimperialista, que el 1 de septiembre de 1969 proclamó la República Árabe Libia y se hizo ascender a comandante supremo de las Fuerzas Armadas con el rango de coronel haya dado su brazo a torcer a Occidente. ¿Qué ha llevado al autoproclamado “guía de la revolución” libia a abandonar su condición de Estado rebelde para situarse en “la misma trinchera” que Washington, su acérrimo enemigo de antaño? Hay quien no ha dudado en considerar este reposicionamiento un síntoma más de la demencia del extravagante coronel libio. Una locura que esta vez ha conseguido obtener el visto bueno de los líderes occidentales, pero locura al fin y al cabo.

Esta no es una explicación del todo descartable, sobre todo si se tienen en cuenta las numerosas salidas de tono con las que Gaddafi ha adornado sus 35 años en el poder. Pero calificarlo simplemente de lunático es menospreciar sus capacidades, ya que, desde 1969, las salidas de tono a las que hacíamos referencia se han intercalado con numerosas muestras de una gran capacidad de adaptación y versatilidad, tanto en los asuntos internos del país como en política exterior, lo que ha llevado a numerosos analistas a considerar a Gaddafi uno de los dirigentes más astutos y visionarios de Oriente Próximo.

Tengan o no razón, parece existir un cierto consenso a la hora de establecer la razón última de la denominada metamorfosis o reconversión de Gaddafi: el Comandante Supremo se habría dado cuenta de que la supervivencia de su régimen pasa por la reconciliación con Occidente. Al fin y al cabo, en los últimos 35 años los habitantes de Libia han visto cómo su nivel de vida oscilaba y luego se hundía como consecuencia de las sanciones internacionales, aunque continúan teniendo una de las rentas per cápita más alta del Magreb (en 2002, la renta per cápita en paridad de poder adquisitivo -PPA- era de 7.750 dólares, frente a los 3.810 de Marruecos, por ejemplo) y un reparto más equitativo del PIB que en la mayoría de países. Ahora, tras el levantamiento de las restricciones, la economía libia empieza a estabilizarse y, en 2003, el PIB creció un 4,6%, revirtiendo la tendencia de los últimos años. Sin embargo, la intervención del Estado en la economía sigue siendo muy elevada, fruto de la nacionalización llevada a cabo por Gaddafi al poco de llegar al poder.



Preparando la sucesión

Pero otra de las hipótesis que se barajan para explicar el afán de Gaddafi por acercarse a Occidente es que el líder libio está preparando su sucesión y quiere dejar a su heredero un país en orden y que goce del respeto de las potencias occidentales. Sea o no verdad, cabe preguntarse si El Saif al Islam Gaddafi, primogénito del segundo matrimonio del coronel y principal aspirante a la sucesión, no ha desempeñado un papel más activo de lo que parece en el acercamiento de Libia a la comunidad internacional. Saif Gaddafi preside desde 1997 la Fundación Gaddafi, encargada de negociar las compensaciones a los familiares de las víctimas del avión de la Pan Am que cayó sobre la ciudad escocesa de Lockerbie (1988), con 2.7000 millones de dólares, y el de la UTA que cayó sobre Níger (1989), con 170 millones. El 3 de septiembre de este año, la Fundación resolvió su último frente abierto con la firma de un acuerdo para indemnizar con otros 35 millones a las víctimas de la bomba colocada por terroristas en la discoteca La Belle de Berlín, que causó la muerte de tres personas.

Saif Gaddafi es, además, el hijo del líber libio más mediático, el más conocido en Occidente y con un mayor perfil político, lo que le convierte, según los analistas políticos internacionales, en la persona más preparada para suceder al coronel. Con 32 años, soltero, la cabeza rapada y siempre bien vestido a la última moda italiana, se ha declarado admirador de la democracia norteamericana y es un firme defensor del liberalismo económico, así como de la apertura de Libia al mercado internacional. Así pues, no parece que vayan muy desencaminados los que le consideran el artífice del lavado de cara del régimen libio. De hecho, su creciente protagonismo en la política libia se hizo evidente de nuevo el pasado 12 de octubre, cuando, en la ceremonia de apertura de una conferencia para hombres de negocios occidentales celebrada en Trípoli, propuso un plan de reformas para el país norteafricano, los principales ejes del cual son la reducción del gasto militar y el abandono progresivo de las políticas panárabes, auténtica obsesión de Gaddafi hasta hace bien poco.



Del panarabismo al panafricanimo

Con esta propuesta, el delfín libio se hacía eco del que su padre considera un paso lógico de la evolución política y económica del régimen libio: su interés por África. O, en otras palabras, abandonar el nacionalismo árabe para apostar por el panafricanismo. Este nuevo giro de la política exterior libia también se materializó el 1 de septiembre de 2003, cuando Muammar el Gaddafi anunció en su intervención televisada que Libia actuará en adelante de conformidad con la Unión Africana (UA) “y no de la mano del mundo árabe, aturdido por la globalización”. Parece, pues, que el Comandante Supremo no olvida que fueron sus vecinos del África meridional, y no sus hermanos árabes, los que ayudaron a Libia durante los momentos más duros del embargo internacional.

Quizá tenga más suerte en su afán por convertirse en el nuevo padre de la unidad africana que la que tuvo al proponerse como dirigente panárabe. No son pocos, sin embargo, los que creen que la actual pasión panafricana de Gaddafi terminará por pasar también, sobre todo a medida que los efectos del levantamiento de las sanciones vayan notándose en toda la economía y Libia restablezca sus tradicionales vínculos con la otra orilla del Mediterráneo. A esto contribuiría de forma determinante la implicación del régimen libio en el llamado proceso de Barcelona, un mecanismo de diálogo político y económico que la UE estableció en 1995 con los países árabes de la cuenca sur e Israel para abrir el comercio a través del norte de África.

Y, a decir verdad, los rumores sobre una plena integración de Libia en este foro, del que es miembro observador desde 1999, se han vuelto insistentes durante este año. En abril, por ejemplo, se llegó a dar por hecho que, durante su visita a Bruselas, Gaddafi solicitaría ingresar en el proceso de Barcelona mediante una carta de compromiso. Pero el documento, si es que alguna vez existió, abandonó la capital comunitaria con el coronel. Al fin y al cabo, la plena integración del régimen libio en el proceso de Barcelona le obligaría aceptar sin condiciones el acervo de este foro, lo que comporta, entre otras cosas, el respeto de los derechos humanos, la apuesta por la economía de mercado antes de 2010 y el reconocimiento implícito del Estado hebreo, al que, no hace tanto, el régimen libio consideraba un enemigo irreductible.

Pero ha llovido mucho desde entonces y parece que, a lo largo de este año, Gaddafi también ha dejado atrás ese antisemitismo rabioso que caracterizó la política exterior del régimen hasta bien entrados los noventa (el líder libio llegó a pedir que se lanzaran a los “sionistas” al mar y, en 1999, sin ir más lejos, aceptó formar parte del proceso de Barcelona, pero se retiró en el último minuto exigiendo la expulsión de Israel). Así, a principios de enero, diversos medios de comunicación, sobre todo israelíes, aseguraron que Libia e Israel habían iniciado un discreto proceso de diálogo en los últimos meses de 2003.

De cualquier forma, y volviendo al giro panafricanista de Gaddafi, éste se explica en parte por las turbulentas relaciones que desde hace tiempo mantiene el líder libio con la Liga Árabe, a la que considera “dócil e ineficaz”, pero de la no parece querer distanciarse completamente. Ya el 24 de octubre de 2002 Gaddafi anunció oficialmente la retirada de Libia como país miembro de la organización. Una escenificación que había repetido el pasado 22 de mayo, cuando se retiró de la cumbre que la Liga Árabe celebraba en Túnez por un “desacuerdo en el orden del día” -en realidad, protestaba así porque no se aceptó su propuesta para la creación de un único Estado israelo-palestino- y amenazó de nuevo con abandonarla definitivamente.

Y es que pese a plegarse sumisamente a las exigencias de Occidente, parece que Gaddafi no quiere desprenderse del todo de la fama de rebelde que se ha ganado a pulso a lo largo de sus 35 años de reinado. Así, durante estos últimos meses Gaddafi no se ha privado de lanzar alguna que otra pulla contra Estados Unidos –acusándole, por ejemplo, de crear el virus del sida en sus laboratorios–, mientras Mauritania le consideraba el instigador de dos intentonas golpistas contra Nuakchot, una acusación nada descartable si se tienen en cuenta los antecedentes del régimen libio en estas lides.

También Amnistía Internacional ha recordado este año que, pese a las declaraciones de buenas intenciones del régimen, la situación de los derechos humanos continúa siendo preocupante en Libia. El pasado 6 de mayo, sin ir más lejos, Trípoli condenó a morir fusilados a cinco enfermeras búlgaras y a un médico francés, a quienes acusa de infectar con el virus del sida a 400 niños. A finales de octubre, Gaddafi aseguró que aboliría la pena de muerte, una promesa que viene haciendo desde finales de los años ochenta. Sólo puso una pequeña pega: “El Congreso Popular General [Parlamento] no lo aceptó porque no está convencido y también porque la sociedad tiene que alcanzar todavía un estadio de civilización para derogar la pena de muerte”. Genio y figura.


El régimen libio desmantela sus instalaciones nucleares con la colaboración de EE.UU.

En diciembre de 2003, Libia anunció que pondría fin a su programa de armas de destrucción masiva. Y Estados Unidos no quería quedar al margen de tamaño acontecimiento. Así, el pasado 19 de enero la Administración Bush acordó, junto con Gran Bretaña, colaborar con la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) para desmantelar el programa nuclear libio: Washington se encargaría de destruir el material, mientras la organización de la ONU velaría porque Libia cumpliera su compromiso con el Tratado de No Proliferación. Este proceso culminó, en parte, a principios de marzo, cuando un carguero zarpó de las costas libias con destino a Estados Unidos. Transportaba, entre otras cosas, 500 toneladas de centrifugadoras, necesarias para enriquecer uranio, y misiles de largo alcance, incluidos cinco Scuds y sus respectivas lanzaderas, según anunció la Casa Blanca. “Prácticamente se puede decir que ya hemos completado la eliminación de armas de destrucción masiva”, aseguró en mayo el ministro de Exteriores libio, Abdurrahman Shalgam.


Cronologia año  2004
9 de enero. La Fundación Gaddafi -presidida por El Saif al Islam Gaddafi, primogénito del segundo matrimonio del coronel Gaddafi- firma con Francia un acuerdo de indemnización para las familias de las 170 víctimas del atentado contra un avión de la compañía francesa UTA en Níger, el 19 de septiembre de 1989.

19 de enero. Estados Unidos y Gran Bretaña llegan a un acuerdo con la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) para colaborar con la agencia de la ONU en el desmantelamiento del programa nuclear libio.

24 de enero. Primeros contactos oficiales entre Estados Unidos y Libia con la visita al país magrebí de congresistas norteamericanos.

10 de febrero. El líder del régimen libio, Muammar el Gaddafi, recibe en Sirte al primer ministro italiano, Silvio Berlusconi.

23 de febrero. El director general de la OIEA, Mohammed El Baradei, se reúne con las autoridades libias para negociar el desmantelamiento del programa nuclear militar de Trípoli.

25 de febrero. Libia reafirma su responsabilidad en el atentado de Lockerbie (Escocia), en 1988, y acepta indemnizar a los familiares de las víctimas.

26 de febrero. Washington levanta las restricciones de viaje de sus ciudadanos a Libia y anuncia que sus empresas podrán comerciar con el país árabe.

6 de marzo. La Casa Blanca anuncia Libia ha entregado todo su armamento nuclear a la OIEA y que éste se trasladará en barco a Estados Unidos.

23 de marzo. El secretario de Estado adjunto de EEUU, William Burns, visita Libia, en el que es el primer viaje a este país de un alto cargo norteamericano en más de treinta años.

25 de marzo. El primer ministro británico, Tony Blair, se reúne en Trípoli con el coronel Gaddafi. Ese mismo día, la compañía petrolera angloholandesa Shell anuncia que invertirá para producir gas y crudo en Libia

23 de abril. La Casa Blanca suaviza las sanciones económicas al régimen libio.

27 de abril. Gaddafi inicia una visita de dos días a Bruselas.

6 de mayo. Trípoli condena a morir fusilados a cinco enfermeras búlgaras y a un médico francés, a quienes acusa de infectar de sida a 400 niños.

22 de mayo. Gaddafi se retira de la cumbre de la Liga Árabe en Túnez y amenaza con abandonar la organización definitivamente.

10 de junio. Acusan al “guía de la Revolución” de haber ordenado el asesinato del príncipe heredero de Arabia Saudí.

28 de junio. Estados Unidos restablece las relaciones diplomáticas directas con Trípoli, interrumpidas durante veinticuatro años.

27 de julio. La Organización Mundial del Comercio (OMC) aprueba la constitución de un grupo de trabajo para negociar las condiciones de ingreso de Libia.

25 de agosto. Segunda visita de Berlusconi a Libia en lo que va de año. El primer ministro italiano busca un acuerdo para controlar la inmigración ilegal.

31 de agosto. El coronel Gaddafi dice que los secuestros de extranjeros en Irak son “terrorismo” y pide la liberación de dos periodistas franceses retenidos por un grupo islamista.

3 de septiembre. La Fundación Gaddafi firma un acuerdo para indemnizar con 35 millones de dólares a los más de 160 heridos en el atentado contra la discoteca Le Belle de Berlín en 1986.

20 de septiembre. El presidente de EEUU, George W. Bush, levanta la mayoría de las sanciones económicas a Libia, pero mantiene el embargo militar.

23 de septiembre. Reunión del secretario de Estado de EEUU, Colin Powell, con su homólogo libio en Nueva York.

2 de septiembre. Las autoridades mauritanas aseguran haber abortado un intento de golpe de estado, el tercero en quince meses, y acusan a Libia y Burkina Faso de instigarlos.

4 de octubre. Roma y Trípoli establecen un puente aéreo que traslada a Libia miles de inmigrantes africanos rechazados por Italia.

5 de octubre. Saif Gaddafi anuncia que la fundación que preside está intentado conseguir la liberación del británico Kenneth Bigley, secuestrado en Irak.

7 de octubre. En su tercera visita a Libia desde principios de año, Berlusconi inaugura un gaseoducto.

11 de octubre. La UE levanta el embargo de armas a Libia (en vigor desde 1986), a propuesta de Italia.

12 de octubre. Saif Gaddafi, hijo del coronel Gaddafi, propone un nuevo plan de reformas generales para Libia, que incluye un distanciamiento de Oriente Próximo y la reducción del gasto militar. Lo anuncia en Trípoli durante la sesión inaugural de una conferencia de hombres de negocios occidentales.

14 de octubre. El canciller alemán, Gerhard Schröder, inicia una visita de dos días a Libia.

17 de octubre. Libia acoge la celebración de una cumbre africana extraordinaria para examinar la situación en la región sudanesa de Darfur.

 


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