Anuario 2004
Sáhara Occidental
"La dimisión de Baker aleja aún más la solución al conflicto"
Neus Contreras

Bloqueado, paralizado, estancado, enquistado; punto muerto, eterna cuenta atrás, callejón sin salida; atolladero diplomático, acuerdo inalcanzable, espinoso problema. Hace tiempo ya que el repertorio de palabras para referirse al conflicto del Sáhara Occidental se agotó. Y, lo que es peor, hace tiempo ya que estas expresiones, a fuerza de repetirse una y otra vez, se vaciaron de significado. En vísperas del treinta aniversario del inicio del conflicto, sería difícil imaginar un panorama menos alentador.
Así lo admitía, en cierto modo, el propio Kofi Annan, en su último Informe del Secretario General sobre la situación relativa al Sáhara Occidental, que presentó al Consejo de Seguridad de la ONU el pasado 20 de octubre. “Cuando presenté mi informe anterior en abril de 2004 -asegura Annan-, las partes no habían llegado a un acuerdo sobre el plan de paz para la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental. Hoy día ese acuerdo parece aún más distante”. El escepticismo del secretario general de Naciones Unidos parece justificado, sobre todo si se tiene en cuenta que tras la dimisión, el pasado mes de junio, del que fuera su enviado especial para la zona durante siete años, el norteamericano James A. Baker III, el abismo que separa a las partes enfrentadas no ha hecho más que acentuarse.

Desde la perspectiva actual, no se puede decir, sin embargo, que 2004 empezara con mal pie en lo que al conflicto en la antigua colonia española se refiere. Así, a principios de enero trascendió que el 23 de diciembre de 2003 Marruecos había remitido a Baker una contrapropuesta al denominado Plan de Paz para la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental (más conocido como plan Baker II o simplemente como plan Baker), que el entonces enviado especial de Annan para la zona elaboró a principios de 2003 y que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó por unanimidad el 31 de julio de 2003.

En esta contraoferta -resultado de las presiones que venía ejerciendo Annan desde octubre de 2003, cuando censuró a Rabat por rechazar el plan Baker sin presentar ninguna alternativa-, Marruecos ofrecía revisar su Constitución tomando en consideración “disposiciones constitucionales vigentes en los Estados geográfica y culturalmente cercanos al Reino”, como por ejemplo España, para conceder al Sáhara Occidental una autonomía. Con tal propósito, los dirigentes habrían creado incluso una célula de reflexión sobre una reforma regionalizadora de la Carta Magna.

Pero lo que Marruecos presentaba como una concesión no logró el respaldo de Baker. Al fin y al cabo, la propuesta del reino alauí sólo contemplaba una autonomía limitada para la antigua colonia española, mientras su plan de paz prevé la celebración de un referéndum de autodeterminación tras una etapa de como máximo cinco años durante la cual el territorio tendrá estatuto de autonomía dentro de Marruecos y estará administrado por un Ejecutivo y una Asamblea Legislativa provisionales. Un extremo, el del referéndum de autodeterminación, que Marruecos rechaza porque podría conducir a la independencia del Sáhara Occidental.

Como era de esperar, la otra parte implicada en el contencioso, el Frente Polisario (que cuenta con el apoyo de Argelia) tampoco tardó en desestimar la oferta marroquí, con el argumento de que descarta la opción de la independencia, además de considerarla una nueva maniobra dilatoria. No en vano, desde que, tras un amago de rechazo, el Polisario acabó aceptando el plan de paz de Baker, el 6 de julio de 2003, los independentistas saharauis se han convertido en los principales defensores de la propuesta del enviado de Annan.

A pesar de todo, el 2 de abril Baker se reunió con una delegación marroquí en Houston para conseguir que la propuesta de Rabat se aproximase más a las de su plan de paz. Sin éxito, pues en el informe que Annan presentó al Consejo de Seguridad el 23 de abril se adjuntaba una carta fechada el 9 de abril de 2004 -dirigida a Baker y firmada por el ministro de Exteriores de Marruecos, Mohamed Benaissa- en la que Marruecos daba su respuesta “definitiva” al plan de paz. Su postura queda resumida en una frase: “El carácter definitivo de la solución de autonomía no es negociable para el Reino”. O, en otras palabras, Marruecos sólo aceptará “una forma de autonomía en el marco de la soberanía marroquí”. Una idea, por lo demás, que los dirigentes alauíes no se ha cansado de repetir, por activa y por pasiva, en los últimos meses.

En este mismo informe del 20 de abril, el secretario general de la ONU recomendó además que el mandato de la Minurso (Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental) se prorrogase por un período de diez meses, hasta el 28 de febrero de 2005, una ampliación que el Consejo de Seguridad redujo finalmente a seis meses, hasta el 31 de octubre. El Polisario, no obstante, mostró su “decepción” por la propuesta de Annan (hasta ese momento, las prórrogas habían sido de tres meses), ya que, de ser aprobada, hubiese significado un aplazamiento de diez meses en la búsqueda de una solución al conflicto y la admisión clara del fracaso de la mediación tanto del secretario general de la ONU como de su enviado especial.

Se podría decir, en favor de Annan, que diversos factores contribuían entonces a decantarse por posponer el proceso temporalmente. En primer lugar, el conflicto en Irak y el inicio de la tan o más convulsa posguerra monopolizaban la atención de la ONU, a lo que hay que añadir que Argelia -un actor de primer orden en el conflicto saharaui, como se ha vuelto a poner de manifiesto en los últimos meses- estaba centrada en preparar sus elecciones presidenciales de abril. Pero no se debe menospreciar tampoco el hecho de que el Gobierno estadounidense encargase a Baker que renegociase con los acreedores la deuda externa iraquí, lo que le obligó (o le permitió) a apartarse del conflicto en el Sáhara Occidental.

De hecho, este encargo bien podría interpretarse ahora como un signo premonitorio de lo que sucedió apenas unos meses después. Y es que a mediados de junio, la prensa internacional se hizo eco de un rumor que posteriormente confirmarían fuentes diplomáticas: tras siete años como enviado especial del secretario general de Naciones Unidas en la zona, Baker había dimitido mediante una carta enviada a Annan el día 11. Dos días después, el 13 de junio, el propio Annan anunció la noticia en un comunicado y pidió al diplomático peruano Álvaro de Soto, encargado durante años del conflicto chipriota y al que la ONU ya le había adjudicado antes tareas de mediación en el Sáhara Occidental, que continuase con la labor de Baker.

Annan no explicó las razones de la dimisión del diplomático norteamericano, pero la hipótesis que cobró más fuerza es que el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, le habría pedido que se volcara de lleno en su campaña electoral para la reelección. No por casualidad, Baker es en uno de los políticos republicanos que cuenta con un mayor prestigio en EE.UU. Fue subsecretario de Comercio con el presidente Gerald Ford y pasó después a jefe de Gabinete de Ronald Reagan, que le nombró más tarde subsecretario del Tesoro. Con George Bush padre se hizo cargo de la secretaría de Estado y, tras la guerra del Golfo de 1991, puso en marcha la conferencia de paz de Madrid sobre Oriente Próximo. En política interior desempeñó un papel clave en la elección, en el año 2000, de George W. Bush, cuando participó en el control del polémico recuento de papeletas en varias circunscripciones del Estado de Florida.

Baker, por tanto, contaba con el pleno respaldo de la Casa Blanca. Incluso antes de su dimisión eran muchos los que aseguraban que si una personalidad de su calibre no lograba dejar encarrilada una solución para el Sáhara era poco probable que la persona que le sucediera consiguiera ir más lejos. Tras su renuncia al cargo estos discursos catastrofistas se han multiplicado.

Y, mal que nos pese, hasta ahora el tiempo no ha hecho más que darles la razón. Ni siquiera hizo falta esperar a la confirmación oficial de Annan para comprobarlo: el 12 de junio, la víspera del comunicado del secretario general de la ONU, Benaissa aseguraba en declaraciones a la Magreb Arab Press (MAP), la agencia de prensa oficial en Marruecos, que “la dimisión del señor Baker es el resultado de la tenacidad de la diplomacia marroquí y de su rechazo de algunos principios que ponen en tela de juicio la integridad territorial de Marruecos y su soberanía”. Pese a que en un primer comunicado el ministerio de Exteriores marroquí alabó los “esfuerzos encomiables y sinceros” desplegados por Baker para resolver el conflicto en la antigua colonia española, las posteriores declaraciones de Benaissa no sorprendieron a nadie. Tampoco lo hizo el evidente regocijo con que recibió la noticia buena parte de la prensa marroquí, que arremetió con dureza contra Baker tras la aprobación de su plan en verano de 2003. Al fin y al cabo, si existe un consenso nacional en el reino alauí éste es a propósito de la marroquinidad del Sáhara.

Pero, como también era previsible, la manifiesta alegría de Marruecos contrastó con la desolación del Polisario, que ensalzó los “esfuerzos inestimables” del ex jefe de la diplomacia estadounidense. Curiosamente, sin embargo, las dos partes en conflicto coincidieron en la interpretación que hicieron de la renuncia de Baker. Así, el Polisario hizo público un comunicado en el que la atribuyó al “serio revés” sufrido por el enviado personal de Annan. Su dimisión, añadió, fue una “pura manifestación de indignación” frente a “la actitud intransigente del régimen marroquí”, que no ha cesado de “sabotear deliberadamente” cualquier solución “justa y pacífica”.

En los últimos meses, el Polisario -a través de su representante en la ONU, Ahmed Bujari- también ha reclamado, sin éxito, que sea un norteamericano el que sustituya a Baker. Y es que una de los muchas críticas que ha tenido que oír el sustituto del ex jefe de la diplomacia estadounidense, el peruano Álvaro de Soto, es que goza de menos apoyos que su antecesor. Esta petición del Polisario ha sido secundada por el tercero en discordia en el conflicto del Sáhara Occidental: Argelia.

No en vano, a lo largo de 2004 -y, especialmente, durante la segunda mitad del año-, Argelia ha vuelto a adquirir un papel de primer orden en el contencioso saharaui. Porque, si bien Argel ha apoyado al Polisario política y logísticamente desde que Marruecos ocupó parte del territorio en 1975, durante estos treinta años su predisposición a enfrentarse al reino alauí en favor de la causa saharaui ha variado en función de sus intereses por mantener más o menos buenas relaciones con sus vecinos magrebíes.

El caso es que la dimisión de Baker reavivó la tensión entre Marruecos y Argelia, pues fue a partir de la renuncia del ex jefe de la diplomacia estadounidense cuando el Gobierno de Abdelaziz Bouteflika empezó a recibir presiones -por parte de España y Estados Unidos, pero, sobre todo, de Francia, principal valedora de Marruecos en el conflicto- para que aceptase lo que Marruecos preconiza: una “solución política”. Es decir, una negociación directa con Argel.

Estas presiones se concretaron el 13 de julio, cuando el ministro de Exteriores francés, Michel Barnier, se reunió con Bouteflika en la capital argelina y le instó a dar “un nuevo impulso” a un diálogo “clave” con Marruecos sobre el Sáhara. La reacción oficial de Argelia tardó dos meses en llegar: el 4 de agosto, Bouteflika envió una carta a Annan en la que califica de “procedimiento puramente dilatorio” cualquier intento “de enmarcar el problema del Sáhara Occidental en un contexto argelino-marroquí, porque Argelia no puede ni quiere sustituir al pueblo saharaui en lo concerniente a su porvenir”.

El panorama se complicó aún más cuando, el 15 de septiembre, Sudáfrica reconoció la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) -proclamada en 1976 por el Polisario- y estableció, de inmediato, relaciones diplomáticas con ella. “El hecho de que la cuestión de la autodeterminación del pueblo del Sáhara Occidental continúe sin resolverse es para nosotros un motivo de gran vergüenza”, aseguró entonces el presidente sudafricano, Thabo Mbeki. La decisión de Pretoria se interpretó, en cualquier caso, como un duro revés para Rabat, que la calificó de “parcial e inoportuna”. Cabe recordar, además, que durante la guerra que le enfrentó al Polisario (1975-1991), Marruecos no dudó en comprar armamento al régimen del apartheid para mantener después fuertes discrepancias sobre el Sáhara Occidental con los nuevos dirigentes sudafricanos. Sin embargo, tampoco esta vez Argelia se salvó de la quema, ya que Rabat aseguró que el reconocimiento de la RASD por parte de Pretoria era fruto de las “maniobras” de Argel y de su interés por vender petróleo a buen precio a la patria de Nelson Mandela a cambio de comprarle armamento militar.

Con la celebración de la 59º Asamblea General de la ONU llegaron las declaraciones de buenas intenciones y, en su discurso del 21 de septiembre, Mohamed VI reiteró su compromiso de cooperar con Naciones Unidas en la solución del conflicto en la antigua colonia española. Tal compromiso quedó, como era de esperar, en agua de borrajas, pues, apenas tres días después de la solemne declaración de principios del monarca, Marruecos remitió un memorando de 48 puntos a Annan en el que rechazaba categóricamente un referéndum de autodeterminación para el Sáhara Occidental y, por extensión, el plan de Baker. Rabat acusaba además a Argelia de haber obstaculizado sistemáticamente las propuestas para solucionar el conflicto y de controlar al Polisario.

Argel reaccionó inmediatamente a estas acusaciones por boca de su ministro de Exteriores y “hombre fuerte” del régimen, Abdelaziz Beljadem, quien el 28 de septiembre afirmó que el conflicto saharaui es “un problema de descolonización” que sólo se podrá resolver en el marco del segundo plan Baker y que este plan “no es negociable ni está sujeto a una segunda lectura”. Asimismo, Beljadem devolvió la pelota a Rabat al asegurar que el estancamiento del contencioso es fruto de “las tergiversaciones y otras maniobras de obstrucción de Marruecos”. La tensión entre Argel y Rabat era tal que el propio Beljadem se vio obligado a desmentir, el 11 de octubre, la posibilidad de un conflicto armado. “No existe razón alguna para que pueda producirse una guerra entre dos países hermanos y dos pueblos hermanos”, afirmó el jefe de la diplomacia argelina.

Estas declaraciones, aparentemente conciliadoras, de Beljadem apenas pudieron ser digeridas por los dirigentes marroquíes, ya que el 18 de octubre el Comité de Política Especial y Descolonización de la Asamblea General de la ONU aprobaba una nueva resolución sobre el Sáhara Occidental, elaborada por Argelia, que respalda el plan de paz de Baker para la autodeterminación del Sáhara Occidental como la mejor solución política para el conflicto.

En un primer análisis, el resultado se podía interpretar como un nuevo triunfo del Frente Polisario y, por extensión de Argelia. Pero el hecho de que fuera aprobada con 52 votos a favor y 89 abstenciones (entre las que figuraban las de los 25 miembros de la Unión Europea y Estados Unidos) llevó a muchos analistas a considerarlo una victoria diplomática de Marruecos, sobre todo porque suponía una ruptura con la tradición del consenso que reinaba en las decisiones adoptadas por este órgano sobre el Sáhara. Pese a que la resolución no tenía carácter vinculante, la elevada abstención puso en entredicho, además, el sólido apoyo que recibió hace un año el plan de paz de Baker. No es de extrañar, por tanto, que, con argumentos diametralmente opuestos, tanto el Polisario como Marruecos se mostraran satisfechos por los votos de la comisión de descolonización.

La decisión de esta comisión de Naciones Unidas dio lugar, en cualquier caso, a una nueva batería de acusaciones de Rabat a Argel. De este modo, un día después de la aprobación de la resolución, el Ministerio de Exteriores marroquí divulgó un comunicado en el que reprendía a Argelia por haber roto el consenso que había caracterizado hasta ese momento las resoluciones del comité de descolonización de la ONU en relación al conflicto saharaui. Y concluía, una vez más: “El contencioso sobre el Sáhara Occidental es sin duda un contencioso entre Marruecos y Argelia”.

Asimismo, cabe destacar que, en este mismo comunicado, criticó que Argelia hubiera eliminado del proyecto de resolución “cualquier mención al representante especial” del secretario general de la ONU. A vueltas con Álvaro de Soto, pues. De hecho, fue precisamente este argumento el que había esgrimido antes de la votación el embajador de Rabat ante Naciones Unidas, Mohamed Bennouna, para justificar la abstención de Marruecos. Y añadió, en declaraciones a la agencia oficial de noticias MAP, que los países que siguiesen el ejemplo de Rabat demostrarían su apoyo a De Soto en su esfuerzo por alcanzar una solución política negociada y aceptable para ambas partes.

Ciertamente, Argelia logró evitar que en el texto definitivo se mencionara explícitamente al nuevo emisario de la ONU en la zona. Y es que, como ya se ha apuntado anteriormente, tanto el Polisario como Argel rechazan la mediación de De Soto y, en el caso de los argelinos, consideran incluso que “está bloqueando los esfuerzos para buscar una solución política al conflicto”. A lo que los marroquíes responden que “es Argelia la que intenta bloquear el proceso”, ya que consideran que el diplomático peruano se muestra más flexible que Baker.

El nombramiento de De Soto como sucesor del ex jefe de la diplomacia estadounidense también está dando algún que otro quebradero de cabeza al Gobierno español, que, tras la victoria socialista en las elecciones del pasado 14 de marzo, ha apostado por abandonar la pasividad política de los anteriores gobiernos del PP respecto al conflicto saharaui para impulsar el curioso concepto de “neutralidad activa”. Así pues, desde principios de año, el Gobierno encabezado por José Luis Rodríguez Zapatero ha dedicado buena parte de sus esfuerzos diplomáticos a conseguir un acuerdo entre las partes en conflicto. Con escaso éxito, todo hay que decirlo.

Y es que la tan anhelada “neutralidad activa” ha acabado dando lugar a una ambigüedad difícil de digerir. Así, en la visita que hizo a Casablanca a finales de abril, Rodríguez Zapatero, casualmente, no hizo referencia al plan Baker ni una sola vez, lo que suscitó la inquietud del Polisario. El revuelo fue tal que el ministro de Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, tuvo que aclarar después que esta propuesta seguía siendo “el marco referencial” para la diplomacia española.

Pero tampoco durante su visita a Argel, el pasado 14 de julio, el presidente del Gobierno español se mostró demasiado entusiasmado con la última propuesta de la ONU. Algo que no le pasó por alto al ministro de Exteriores argelino, Abdelaziz Beljadem. “Hay en algún sitio una pequeña simpatía franco-española para ir en un sentido distinto al declarado en el plan Baker”, afirmó entonces Beljadem. Curiosamente, apenas tres meses después, el 26 de octubre, el jefe de la diplomacia argelina aseguraba, tras reunirse con Moratinos en Madrid, que su Gobierno apoya la posición de España sobre el Sáhara Occidental porque también busca aplicar el plan de paz.

Estos vaivenes diplomáticos no han despistado, sin embargo, a la mayoría de analistas políticos, que no han dudado en afirmar que, desde marzo, el acercamiento del Ejecutivo español a Marruecos en el tema del Sáhara Occidental ha sido más que patente. A Marruecos y a Francia, se debería añadir, ya que los rumores sobre la existencia de un eje París-Madrid para solucionar el conflicto en la ex colonia española -algo que ya apuntó en julio el mismo Beljadem- no han hecho más que intensificarse en los últimos meses.

El principal objetivo de esta alianza sería ampliar el margen de maniobra de De Soto, ya que sólo así el nuevo emisario de Annan para el Sáhara Occidental podría introducir cambios en el plan Baker. Pero el fin último de la estrategia franco-española -que, según los observadores internacionales, todavía esté en fase de construcción- sería neutralizar la creciente influencia de Estados Unidos en la zona. Washington, entretanto, hace oídos sordos a las peticiones de Marruecos y mantiene un prudente equilibrio entre el reino alauí y Argelia, pero es poco probable que aceptara sin rechistar una iniciativa conjunta de Francia y España para resolver el contencioso.

En todo caso, lo que a estas alturas parecen haber olvidado la mayoría de actores implicados en el conflicto del Sáhara Occidental es que, mientras los bailes diplomáticos se suceden, unos 160.000 saharauis siguen malviviendo en los campos de Tindouf, en pleno desierto argelino. Y, además, bajo la continua amenaza de que la ONU acabe por perder la paciencia ante la falta de avances y retire su misión en la zona, de la que depende la supervivencia de los refugiados.

Por el momento, el mandato de la Minurso está asegurado hasta el 30 de abril de 2005. Así lo establece la última resolución de Naciones Unidas, aprobada por el Consejo de Seguridad el pasado 28 de octubre. También en este texto se omite mencionar a De Soto.


La larga travesía por el desierto del plan Baker

El Plan de paz para la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental, más conocido como plan Baker, ha pasado por más bajos que altos desde que, a principios de 2003, el enviado personal del secretario general de la ONU en la zona, el norteamericano James Baker III, lo presentó por primera vez a las partes implicadas. Para entonces, se confiaba en que Marruecos no pondría ningún impedimento a la propuesta, ya que el mismo Baker había admitido, en 2002, que el reino alauí era en gran medida el diseñador del plan. Las dudas se disiparon apenas dos semanas antes de la aprobación del documento por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Concretamente, a mediados de julio de 2003, cuando el país magrebí rechazó la última propuesta de Baker, una postura que reiteró el 22 de octubre. "Marruecos quiere reafirmar con fuerza su rechazo del plan presentado por James Baker, tanto a nivel de su arquitectura general como a nivel de sus modalidades prácticas", anunció el Gobierno marroquí en un comunicado. Francia, claro está, siguió pronto los pasos de su ex colonia. Los independentistas saharauis, por su parte, apostaron por el camino inverso, ni más ni menos. En un primer momento, rechazaron el nuevo plan de paz, para, poco después de la negativa de Marruecos, acabar aceptándolo. Fueron muchos los analistas políticos que calificaron la actitud del Polisario de huida hacia delante. Pero, ante todo, la consideraron un intento de dejar solo a Marruecos en su rechazo y destapar así su intransigencia en el conflicto. Sea como fuere, la realidad es que, a fecha de hoy, tanto el Polisario como su principal valedor, el Gobierno argelino, parecen ser los únicos que continúan confiando en la viabilidad del plan Baker. Y eso que la última propuesta del diplomático estadounidense no beneficia precisamente a los saharauis en algunos aspectos. Por ejemplo, en los criterios que fija para determinar quién podrá votar en el referéndum sobre la libre determinación que contempla la propuesta Así, el plan Baker incluye en el censo a todos aquellos que hayan vivido en el territorio más de 25 años, lo que daría el derecho a voto a los miles de colones marroquíes que se han instalado en la zona desde el inicio del conflicto, en 1975. Esto probablemente inclinaría la balanza a favor del reino alauí en el caso de que se celebrase finalmente una consulta popular.


Cronologia año  2004
11 de enero. Marruecos envía a la ONU una contrapropuesta al plan Baker que sólo contempla una autonomía limitada para la antigua colonia española.

19 de enero. El secretario general de la ONU, Kofi Annan, propone prorrogar la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (Minurso) tres meses más, hasta el 30 de abril.

20 de febrero. Marruecos ofrece cambiar su Constitución, inspirándose en el modelo de España, para conceder al Sáhara Occidental una autonomía. El representante especial del secretario general de la ONU para el Sáhara Occidental, James Baker, sin embargo, considera insuficiente esta concesión.

9 de abril. Marruecos remite una carta a Baker en la que rechaza “elementos esenciales” del plan Baker y le comunica que sólo aceptará una autonomía limitada para la antigua colonia española.

23 de abril. Annan propone prorroga la MINURSO diez meses, hasta el 28 de febrero de 2005.

24 de abril. El Frente Polisario se muestra decepcionado ante la propuesta de Annan de prorrogar hasta febrero de 2005 la Minurso.

2 de mayo. El Polisario critica al presidente de Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, por alinearse con Marruecos.

3 de mayo. El ministro de Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, se reúne con Buteflika en Argelia, donde reafirma su intención de que todas las partes implicadas en el contencioso saharaui lleguen a un acuerdo en un plazo de seis meses.

8 de junio. Mohamed VI se reúne con Bush en la Casa Blanca y le pide que no imponga el plan Baker.

11 de junio. Annan envía una carta al presidente del Consejo de Seguridad de la ONU anunciándole que había aceptado la dimisión de James Baker.

12 de junio. El ministro de Exteriores de Marruecos, Mohamed Benaissa, atribuye la dimisión de Baker a la “tenacidad” de su país.

13 de junio. Annan confirma a los medios la dimisión de Baker y su sustitución por el diplomático peruano Álvaro de Soto.

22 de junio. De Soto defiende en Madrid la validez del plan de paz diseñado por James Baker.

14 de julio. Zapatero reclama en Argelia una nueva resolución de la ONU que respete la autodeterminación saharaui pero no menciona la celebración de un referéndum, como prevé el plan Baker.

30 de julio. El rey de Marruecos afirma en el Discurso del Trono que quiere una solución política para el Sáhara en un plazo de cinco años.

4 de agosto. Buteflika envía una carta a Annan en la que rechaza cualquier intento “de enmarcar el problema del Sáhara Occidental en un contexto argelino-marroquí, porque Argelia no puede ni quiere sustituir al pueblo saharaui en lo concerniente a su porvenir”.

6 de septiembre. Mohamed VI recibe al nuevo representante de la ONU para el Sáhara Occidental en su palacio de Meknes.

12 de septiembre. De Soto viaja a los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf (Argelia), donde se reúne con los dirigentes del Polisario.

15 de septiembre. Sudáfrica reconoce la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y de inmediato establece con ella relaciones diplomáticas. Poco después, el reino alauí llama a consultas su embajador en Pretoria.

16 de septiembre. Marruecos califica de “parcial e inoportuna” la decisión de Pretoria.

21 de septiembre. Mohamed VI reitera en su discurso en la Asamblea General de la ONU su compromiso de cooperar con Naciones Unidas en la solución del conflicto.

22 de septiembre. También en Nueva York, la cúspide diplomática de la RASD critica duramente las gestiones que el Gobierno español realiza para lograr un acuerdo sobre el Sáhara.

24 de septiembre. Marruecos envía a Annan un memorando de 28 puntos en el que comunica al secretario general de la ONU que no aceptará un referéndum de autodeterminación en el Sáhara Occidental y acusa a Argelia de haber obstaculizado sistemáticamente las propuestas para solucionar el conflicto.

28 de septiembre. Argelia reacciona a las acusaciones de Marruecos y rechaza cambios en el segundo plan Baker.

11 de octubre. El ministro de Exteriores argelino, Abdelaziz Belkhadem, descarta que la tensión existente entre Rabat y Argel por el conflicto en el Sáhara Occidental puede derivar en un conflicto armado entre ambos países.

13 de octubre. Moratinos anuncia, durante su tercera visita a Marruecos desde su nombramiento, que propondrá a la ONU una nueva resolución para el Sáhara Occidental.

15 de octubre. Zapatero se reúne con el presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, y acuerdan iniciar una “cooperación diplomática” para “contribuir a encontrar una solución en el marco de la ONU” para la antigua colonia española.

18 de octubre. El Comité de Política Especial y Descolonización de la Asamblea General de la ONU aprueba, con numerosas abstenciones, un proyecto de resolución elaborado por Argelia que respalda el plan de paz de Baker para la autodeterminación del Sáhara Occidental como la mejor solución política para el conflicto. El ministro de Exteriores marroquí,, Mohamed Benaissa, afirma en Nueva York que el contencioso es “sin duda entre Argelia y Marruecos”.

20 de octubre. Annan afirma en su informe sobre la situación en el Sáhara Occidental que la solución del contencioso “parece aún más distante” y recomienda prorrogar la Minurso seis meses más, hasta el 30 de abril de 2005.

26 de octubre. Fuentes diplomáticas afirman que Estados Unidos propuso reducir en un 16% la dotación militar de la Minurso en la reunión del Grupo de Amigos del secretario general de la ONU para el Sáhara.

 


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