Anuario 2004
Ucrania
"El prooccidental Víktor Yúshenko gana unas elecciones discutidas"
Eloy Pardo

El 26 de diciembre, a punto de finalizar el año 2004, Víktor Yúshenko era proclamado vencedor de las elecciones a Jefe de Estado por mayoría absoluta. Candidato del partido Nuestra Ucrania, Yúshenko necesitó de una repetición de las elecciones generales, un hecho que raramente se ha dado en la historia de las democracias parlamentarias y que mantuvo al mundo a la expectativa de lo que podía suceder en un país que ha escenificado un choque de intereses entre Rusia y Occidente. La batalla callejera e institucional por la anulación de los resultados de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, iniciada tras conocerse los resultados, el pasado 21 de noviembre, fue la primera victoria de Yúshenko, y una derrota humillante para el Primer Ministro, Víktor Yanukóvich, quien ya se había proclamado vencedor, con el beneplácito de Vladímir Putin y del Jefe de Estado ucranio Leonid Kuchma. El Tribunal Supremo de Ucrania mandó entonces repetir las elecciones, como única salida posible a una situación que, por momentos, se desbordaba y amenazaba con convertirse en un conflicto civil de graves dimensiones.
Tras reconocer el fraude, la Comisión Electoral Central mandaba a organizar una virtual tercera vuelta, presentada como una repetición de la segunda, que los rusófilos calificaron de ilegal, a pesar de acaparar aceptándola. Esa comisión, la misma que había proclamado vencedor a Yanukóvich, procedió a anular el resultado electoral, inducida por la tremenda presión popular, calificada como “Revolución Naranja” por las bufandas de ese color que lucieron los seguidores de Yúshenko. Las críticas de Washington y Bruselas, y las denuncias de fraude de la OCDE dieron paso al silencio de Moscú, que pronto acataría, de mal grado, eso sí, la decisión judicial de repetir las elecciones de Ucrania, confiando quizás en que Yanukóvich tendría tiempo suficiente para volver a movilizar a su electorado, situado en las regiones rusófonas del este del país (región minera del Dombass, netamente) y Crimea.

Fijada para el 26 de diciembre, la nueva ronda electoral fue, sin embargo, ganada por Víktor Yúshenko con el 51,99% de los votos, frente al 44,19% de su oponente. Se ponía punto y final a diez años de gobierno prorruso, encabezado por Leonid Kuchma, un equilibrista del tablero internacional, capaz de enviar tropas a Irak para ayudar en su misión a EE.UU, y contentar geoestratégica y económicamente al Kremlin.

Con este resultado, a priori desfavorable para los intereses de Rusia, quedaban confirmadas las graves imputaciones de fraude reportadas por la OCDE y Nuestra Ucrania, ya que el resultado anterior había dado un 49,46% de los votos a Yanukóvich y un 46,61% a Yúshenko. Tras la victoria del candidato prooccidental, 2004 finalizó empero con la noticia de la desaparición del saliente Ministro de Transporte y Comunicaciones, Georgui Kirpa, que apareció muerto con un disparo en la sien. Tras perder las elecciones, Yanukóvich y el resto del Gobierno de Kuchma aceptaban salir del poder muy a regañadientes, y, en los últimos días del año, se esperaban recursos de impugnación electoral ante el Tribunal Supremo ucraniano contra la victoria de Yúshenko. Las amenazas entre el Gobierno saliente y el grupo político vencedor, gestadas a lo largo de esa segunda campaña electoral que discurrió a lo largo de todo el mes de diciembre, estaban siendo muy fuertes, según afirmaron varios diputados en los días finales del año.

En 2002, Yanukóvich fue nombrado Primer Ministro por Kuchma. En Ucrania, el Jefe de Estado propone la elección de un Primer Ministro, que debe ser aprobado por mayoría parlamentaria. El perfil prorruso de Yanukóvich vino a acallar las críticas que muchos vertían sobre Kuchma, que anteriormente había nombrado como Primer Ministro al actual vencedor de las elecciones, el prooccidental Yúshenko. La plataforma de promoción de la que gozó Yanukóvich durante los dos años anteriores a la Elecciones de 2004, debía servirle como tarjeta de presentación, de cara a convertirse en el nuevo presidente del país. Su derrota ha sido un trauma doblemente doloroso, reflejado en sus intentos de impugnación de los resultados del 26 de diciembre ante el Supremo. Hasta el último momento, antes del traspaso de poderes, los prorrusos parecían mantener la esperanza demostrar judicialmente que había existido un complot destinado a hacerles perder las elecciones. Toda la región este de Ucrania da por incuestionable que EE.UU ha intervenido apoyando financieramente las manifestaciones callejeras y la campaña política de Víktor Yúshenko, cuyos contactos directos con Washington han existido según varios analistas.

Pese a que es probable que ambos candidatos a Presidente, apoyados por sendos intereses oligárquicos, llevaran a cabo tácticas ilícitas para llevarse los comicios, lo más evidente a ojos del observador internacional fue que las protestas populares encabezadas por Yúshenko escenificaban una inequívoca voluntad de cambio, con unas esperanzas puestas en las bondades de la UE que no se veían desde el ocaso del antiguo Bloque del este, adherido a Rusia hasta 1989.

Ante este alud de manifestantes, el uso de la violencia policial contra la población fue descartado desde un primer momento por las autoridades, uniéndose algunos agentes a las protestas, tal y como Yúshenko se afanó en incitar. Pero una dura lucha de intereses entre clanes económicos, prorrusos los unos y prooccidentales los otros, parece inminente. Algunos analistas hablaron de la posible partición del país, que estaría siendo inducida por el Kremlin, con el objetivo de procurarse el control de toda la zona este de Ucrania. La idea de unidad de los rusófonos y, sobre todo, la doctrina del “Extranjero Próximo”, que desde 1993 pretende solidificar aquellos territorios exsoviéticos que Rusia considera de trato preferencial en sus relaciones comerciales, ha mantenido muy firme al Kremlin en su voluntad de incidir en la campaña electoral ucraniana. El partido de Yanukóvich, el segundo más importante de la Verkhovna Rada (parlamento ucranio) con 67 escaños tiene un nombre connotativo a estos efectos: Regiones de Ucrania, que tras la anulación de las elecciones se reveló como el partido de las regiones del este de Ucrania, pues la campaña de agitación anti-Yushenko se centró allí.

La derrota de su candidato presidencial Yanukóvich, que ya se intuía tras la anulación electoral, este grupo político se mostró muy activo en las divisiones administrativas (oblast o regiones) que hacen frontera con Rusia, movilizando a los partidarios de seguir manteniendo el vínculo con Rusia. Los seguidores de Yanukóvich también ocuparon las calles de numerosas ciudades, en respuesta de las movilizaciones de la llamada Revolución Naranja. Y aunque no llegaron a producirse enfrentamientos, la idea que primaba tanto en un lado como en otro fue que los respectivos oponentes habían practicado el fraude electoral. Frente a esta idea, la OSCE, órgano europeo, reconocía tan solo el fraude perpetrado por el poder saliente.



La división de Ucrania, un problema más económico y geoestratégico que identitario

La idea de la secesión en el este de Ucrania fue fomentada por dirigentes regionales afines a Leonid Kuchma y Víktor Yanukóvich. Sin duda, ambos han intentado que la población rusófila sienta como suya la pérdida del poder, en un Estado que parecía sólidamente unido a los intereses rusos, materializados en la creación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), cuyo principal bastión, en lo económico, ha sido y sigue siendo Ucrania. Pero la partición del país es de momento una hipótesis. La idea de una Ucrania partidaria de la secesión, dispuesta a unirse a Rusia o a crear un Estado nuevo prorruso en el este del país, no es tan mayoritaria entre la población. Si es verdad que existe una minoría antirrusa en el oeste del país, dispuesta a abrir rencillas religiosas, lingüísticas e ideológicas para enfrentarse a los rusófilos -muchos de ellos ucranios de pura cepa-, también es cierto que en el este de Ucrania existen rusohablantes descontentos con la situación general del país. Yúshenko, antiguo contable de la URSS, nacido en el este y rusoparlante, es uno de ellos. Pese a que su partido, Nuestra Ucrania -un partido arraigado en el oeste del país-, hace bandera del anticomunismo, de la religión autóctona (catolicismo y ortodoxos de Kíev, diferenciados de los de Moscú) y de un discurso reaccionario entorno a la lengua uniata, Yúshenko no ha hecho demasiado hincapié en este terreno, apelando, sobre todo, a la necesidad de entrar en la UE y modernizar el país. Pero la imagen del polaco Lech Walesa manifestándose a favor de Yúshenko animó a quienes piensan que existe un complot contra Rusia. La reaparición de Walesa, miembro del sindicato católico Solidarnosk, recordó que existe un discurso muy vivo en el este europeo que explota las diferencias entre poblaciones mediante la rusofobia.

Ante quienes intentan reafirmar las identidades, resalta el hecho de que sólo el 13% de la población de Ucrania sea de origen ruso. Esta cifra indica que el sentimiento de simpatía hacia Rusia abraza amplios sectores de la población autóctona de Ucrania, los uniatas, que representan el 77% de la población.

Tampoco el poder de los partidos rusófilos, un conglomerado parlamentario de organizaciones políticas nacidas tras la desmembración del Partido Comunista Soviético de Ucrania y que han legitimado a Kuchma a lo largo de los últimos diez años, se ha forjado en la idea de pertenencia identitaria, sino en la forma de entender la economía y la sociedad. Y, paralelamente, mucha gente ha apoyado a Yúshenko por cuestiones que tampoco atañen a la identidad.

La división de Ucrania no ha sido tanto entre rusohablantes y uniatas, dos lenguas habladas indistintamente, sino que se entiende por la grave situación económica del país y por los intereses particulares creados al calor de uno u otro bando. Ucrania era un país sólidamente industrial, con una buena producción agrícola. Una de las repúblicas más saneadas de la URSS. Pero la liberalización de la economía emprendida por Kuchma a lo largo de los años 90 fue, justamente, motivo de celebración en sectores económicos de EE.UU, provocando la oposición de los comunistas ucranianos. El marco legal construido por quien, tras perder las elecciones, se hace valedor de un discurso antioccidental, ha significado el auge de las privatizaciones y las rebajas de impuestos en sectores como la metalurgia, la minería (titanio, mercurio, níquel, cobalto, aluminio) la maquinaria (aviones, grúas, armas) o la producción eléctrica, produciendo cifras de crecimiento económico continuado, gracias a una cifra de exportaciones que supera los 263.000 millones de dólares. Rusia, sobre todo, pero también Alemania, Italia y China, son sus principales clientes.

Pero ni ese crecimiento, monopolizado por los oligarcas, ni los créditos concedidos por el FMI, invertidos en bienes de capital (111.000 millones de dólares en 2003), ni tampoco el trato preferencial con Rusia, que recibe más de Ucrania que lo que da, han significado una mejora de las condiciones de vida para la mayor parte de los 50 millones de habitantes del país. La miseria alcanza al 29% de la población; y la ilegalidad y la desregulación mueven hoy la economía del país, tanto a gran escala (monopolios de compra-ventas de gas y petróleo hacia Europa) como a pequeña (mercados de prostitución y venta de órganos hacia Occidente). Las condiciones laborales son difíciles, por la nula modernización de la minería y la industria, que da empleo a gran parte de la población asalariada: 31 mineros fallecieron en una mina de la región de Dombass y 5 personas fallecieron en la explosión de un arsenal de armas en Melitopol (hecho este que provocó la dimisión del Ministro de Defensa, Evhem Martchuk). Finalmente, el infraempleo y el paro técnico no oficial de muchos asalariados se unen al nulo gasto estatal en materia sanitaria y educacional.

Pese a que la UE bloquea la entrada de cereales ucranianos (cuyo precio es más bajo que el europeo), y pese al difícil camino que le espera al país (Frits Bolkestein, comisario de Mercado Interior de la UE, manifestó que quien “deje entrar a Turquía se lo permita también a Ucrania”), la promesa de Europa ha encandilado a una parte importante de la población. Yúshenko, un economista que fue jefe del Banco Central de Ucrania ha logrado que su mensaje, decidido a poner orden al caos, cale entre los ciudadanos de Ucrania, independientemente de su lengua de origen. Su aliada Yúlia Timoshenko ha ido todavía más lejos, al señalar la necesidad de procesar por distintas malversaciones a Leonid Kuchma. Timoshenko, conocida como la “Princesa del Gas”, tiene sin embargo varios juicios abiertos por corrupción y un recorrido personal de dudoso pasado. Antigua protegida de un oligarca hoy encarcelado en San Francisco por blanqueo de dinero, Pavel Nazarenko, Timoshenko es directora de la Sociedad Energética Unificada (SEU), un conglomerado de compra-venta de gas que media con empresas estatales rusas. Su aversión por Rusia ha molestado, sin duda, a Moscú, que tiene grandes intereses en las corporaciones de gas y petróleo que transportan sus materias primas en suelo ucraniano. Ciertos cálculos oficiales indican que el 25% del actual presupuesto ruso nacen de las transacciones financieras que el Estado hace en Ucrania, que cubre el 85% de sus necesidades energéticas gracias a Rusia. Un motivo de peso que llevó a Putin a apoyar explícitamente a Víktor Yanukóvich, al que rindió visita en plena campaña electoral en noviembre. Parece claro, también, que existe un gran temor en el Kremlin de que Ucrania bascule del lado de la OTAN y la UE, tal como ha sucedido con las tres Repúblicas bálticas, Lituania, Letonia y Estonia. La flota rusa destacada en los puertos de Crimea, salida natural de Rusia hacia el Mediterráneo, es un bastión militar de incalculable valor para Putin.



Kuchma y Yúshenko maniobran. Occidente y Rusia se enfrentan verbalmente

Durante todas y cada una de las etapas del maremoto político, Leonid Kuchma y Víktor Yúshenko han mantenido un pulso con un objetivo que, a la postre se ha demostrado común: minimizar el impacto del cambio. Kuchma parecía renegar de EE.UU, que no escondió sus simpatías por Yúshenko, retirando las tropas ucranianas asentadas en Irak, que él mismo había enviado en 2003. Pero el consenso alcanzado junto con el jefe de la oposición, logró primero la invalidación de unas elecciones, y más tarde, en plena campaña electoral, el fomento de nuevas leyes electorales y la convocatoria de una nueva votación.

Las protestas callejeras entorno a las instituciones fueron el mejor argumento del candidato proccidental, de cara a presionar a los poderes estatales. Kuchma en persona y la oposición negociaron una tramitación parlamentaria conforme el nuevo presidente del país tendría menos poder, frente a una Rada con más competencias. La medida, aprobada por el Parlamento mismo, fue presentada como un intento de Kuchma por conservar su red de intereses. Yúshenko, por su parte, buscó presionar al poder establecido para que invalidara la Comisión Electoral Central (CEC) y reformara la ley electoral. El CEC, que proclamó vencedor a Yanukóvich, era señalado por los miembros de Nuestra Ucrania como responsable del fraude electoral masivo y del anuncio de un resultado electoral falso. Según los partidarios de Yúshenko, el voto a domicilio fue el origen del problema, puesto que el control gubernamental sobre las papeletas determinó la victoria de Yanukóvich. Más tarde, los perdedores de las elecciones denunciarían ante el Supremo la validez de las elecciones mismas, pues millones de personas se quedaron sin votar.

El presidente saliente, Leonid Kuchma, sabedor de que su situación era límite, trató siempre de hacer creer que el fraude había sido una responsabilidad repartida entre dos candidatos principales, Yúshenko y Yanukóvich. Buscó crearse una imagen libre de toda culpa, cosa que, en realidad, sólo sirvió para enconar las posiciones de uno y otro lado, que por momentos llegaron a parecer irreconciliables.

El juego a dos bandas entre Rusia y la Unión Europea impidió que la situación se desbordara excesivamente. Lograron que los dos aspirantes contuvieran a sus respectivos seguidores e impidieron una intervención armada contra la población. Pero es Rusia la parte que ha cedido. La posición de la UE en favor del candidato prooccidental; la rapidez con que Bruselas emitió repetidos comunicados de condena que desautorizaban la victoria de Yanukóvich; la petición de ayuda que Yúshenko reclamó de la UE, llegando incluso a reclamar una inmediata incorporación de Ucrania al organismo europeo; la enfermedad cutánea del mismo candidato presidencial, producto de un envenenamiento, pusieron contra las cuerdas a Rusia, que apenas tuvo tiempo para reaccionar. EE.UU escenificó su propia versión del problema electoral amenazando, en boca de Colin Powell, con sancionar económicamente a Ucrania, si Víktor Yanukóvich, no obedecía a la “voluntad popular”.

Pese a las posiciones coincidentes entre Europa y EE.UU, a la UE le ha correspondido el papel de mantener un cierto equilibrio, consciente de su relación directa con Rusia, y de los enormes intereses recíprocos que ambas mantienen. El Alto Representante para la Política Exterior de la UE, Javier Solana, logró organizar una Mesa en la que se sentaron Kuchma, Yúshenko, Yanukóvich, Kwasniewsky (presidente de Polonia), Adamkus (jefe de Estado de Lituania), Jan Kubis (secretario general de la OSCE) y Boris Grizlov (presidente de la Duma rusa). Es decir, todos los actores y mediadores del conflicto, incluidos los presidentes de Polonia y Lituania, dos países que acaban de entrar en la UE y en la OTAN, y cuyas opiniones sobre cómo debe ser el futuro de Ucrania molestan en Moscú. La mesa sirvió para calmar ciertas tensiones desatadas, y organizar no solamente unas nuevas elecciones, sino una transición consensuada, con el enfado de una Rusia que cree perder poder, pero que ha aceptado, finalmente, los resultados.



Cronologia año  2004
21 de febrero. Ucrania y Egipto, borradas de la lista del Grupo de Acción Financiera (GAFI), que vigila las redes de blanqueo de dinero.

18 de mayo. Los tártaros de Crimea recuerdan el 60 aniversario de su deportación a Uzbekistán.

20 de julio. 31 mineros fallecen en el interior de una mina en la región de Dombass.

26 de agosto. El presidente Leonid Koutchma inaugura un canal en el delta del Danubio, zona de alto valor ecológico.

1 de octubre. La UE conmina a Ucrania a crear campos de refugiados para los inmigrantes que quieren entrar en Europa.

12 de octubre. El jefe de la oposición, Víktor Yúshenko, afirma haber sido envenenado.

28 de octubre. Putin visita Ucrania para conmemorar la victoria soviética contra el Tercer Reich, y apoya a Víktor Yanukóvich.

22 de noviembre. Se celebra la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Ucrania.

23 de noviembre. Víktor Yanukóvich, Primer Ministro de Ucrania, gana las elecciones con un 49% de los votos, frente al 43% de la oposición. El candidato opositor Yúshenko llama a la huelga general, al no aceptar los resultados y se autoproclama presidente de Ucrania.

24 de noviembre. Yúshenko pide el respaldo del Ejército y Leonid Kuchma llama a la calma.

25 de noviembre. EE.UU y la UE rechazan el escrutinio oficial, pero Putin felicita a Yanukovich.

29 de noviembre. Dirigentes de las regiones del este de Ucrania fronterizo con Rusia piden la secesión.

30 de noviembre. Yúshenko pide que la UE acelere la incorporación de Ucrania, y afirma que la OSCE debe organizar nuevas elecciones.

2 de diciembre. Se acuerda una repetición de las elecciones, ante la magnitud de la presión popular fomentada por Yúshenko.

4 de diciembre. El Supremo ordena repetir las elecciones. Rusia critica la interferencia “destructiva” de la UE en Ucrania.

7 de diciembre. Kuchma destituye de su puesto de Primer Ministro a Yanukóvich, para que enfrente la nueva campaña electoral.

8 de diciembre. El Parlamento aprueba los cambios en la Ley Electoral que exige la oposición prooccidental.

9 de diciembre. Los médicos de Yúshenko dicen que sufrió un envenamiento durante la campaña electoral. La OTAN y Rusia firman una declaración conjunta para garantizar la independencia de Ucrania.

26 de diciembre. El Supremo autoriza a pocas horas de las elecciones el voto a domicilio, tras haberlo suprimido a petición del grupo de Yúshenko. Se celebra la repetición de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

28 de diciembre. Con el 99% escrutado, Yúshenko se lleva las elecciones con un 52% de los votos frente al 44% de Yanukóvich.

31 de diciembre. Yanukóvich depone su cargo de primer ministro del gobierno de Leonid Kuchma.

 


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