Anuario 2004
Afganistán
"Los afganos legitiman a Karzai como presidente, pero el país sigue controlado por los “señores de la guerra”"
Ana Navarro

Afganistán ha conseguido durante este año dos avances importantes en su camino hacia la democracia: la celebración en octubre de las primeras elecciones democráticas, que mantuvieron a Hamid Karzai como presidente, y la aprobación de la Constitución en enero, condición previa para la cita electoral. La Carta Magna combina el respeto a las normas del islam con derechos marcadamente occidentales.
Las elecciones presidenciales legitimaron a la persona elegida por Estados Unidos para devolver la estabilidad a un país marcado por más de veinte años de guerras y de regímenes autoritarios de carácter fundamentalista. Tras los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas, y el posterior ataque estadounidense para derrocar a los talibanes, el reto de Estados Unidos y de la ONU ha sido instaurar la democracia en este país centroasiático. Para ello se designó en 2002 un Gobierno interino que trabajara junto a los estadounidenses hasta que las condiciones de seguridad permitieran la celebración de los comicios presidenciales y legislativos, que en la conferencia interafgana de 2002, en Bonn, se fijaron para este junio.

Pero la escalada de atentados a principios de año y el retraso en la elaboración del censo provocaron que en febrero los comicios presidenciales se pospusieran hasta octubre. En enero, la ONU y la Unión Europea, que participaron activamente en la organización del proceso electoral, sugirieron a las autoridades estadounidenses y afganas que se retrasara la cita electoral. Pero Estados Unidos y una parte del Gobierno interino, entre la que se encontraba el presidente, insistían en respetar los plazos de Bonn. Aunque estos acuerdos estipulaban que tanto los comicios presidenciales como los legislativos se celebrarían antes de junio, las autoridades estadounidense y afganas retrasaron las votaciones al Parlamento hasta abril de 2005.

Analistas políticos interpretaron la prisa de Estados Unidos para que los afganos eligieran a su presidente como una maniobra electoral de George Bush, quien, antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre, quería presentar las elecciones en Afganistán como un triunfo de su política exterior. Por su parte, el presidente interino Karzai necesitaba que los afganos le legitimaran cuanto antes al frente del país.

Pocos dudaban de la victoria de Karzai, el preferido por los occidentales, y los primeros recuentos ya le señalaban como el ganador. Y es que después de tres años en el Gobierno, era el más conocido de los candidatos y muchos afganos le ven como la única persona con capacidad para mantener la paz y modernizar el país. El reto de Karzai era movilizar a los ciudadanos de todas las etnias para conseguir más del 50 por ciento y evitar la segunda vuelta, y los resultados finales le otorgaron el 55,4 por ciento de los votos. Aunque él es pashtun, el grupo mayoritario que vive en el sur y constituye el 40 por ciento de la población, las cifras de registro de las afganos que residen en las zonas pashtunes fueron más bajas que en el resto del país. Karzai, consciente de la diversidad étnica de Afganistán, nombró vicepresidentes al tayiko Ahmad Zia Masud (hermano de Ahmad Sha Masud, líder de la Alianza del Norte que combatió contra los talibanes hasta su asesinato en 2001), y al hazaro Jalil Kalili. Su principal rival electoral fue Yunis Qanuni (16,3 por ciento), un destacado miembro tayiko de la Alianza del Norte que hizo campaña por todo el país. Del los 18 candidatos restantes, destacaron Abdul Rashid Dostum (10 por ciento), un líder uzbeco al que muchos consideran un criminal de guerra; o la pediatra Masuda Jalal, única mujer que se presentó a los comicios.

A pesar de que en la mayor parte del territorio de Afganistán reina el caos y el clima de inseguridad, la jornada electoral se consideró todo un éxito. Tanto los hombres como las mujeres plantaron cara a la resistencia talibán, que amenazaba con convertir los colegios electorales en una carnicería, y los índices de participación rozaron el 70 por ciento. Para garantizar la seguridad, tanto Estados Unidos como la OTAN enviaron tropas adicionales que se unieron al contingente estadounidense, formado por 18.000 soldados, y al de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), que aporta más de 9.000 personas de 37 países diferentes.

Otro de los triunfos de la ONU, organización que auspició los comicios, fue que el 40 por ciento de mujeres votara, una cifra inconcebible años atrás en el que, posiblemente, sea el país más misógino del mundo por imposición de los talibanes. Sin embargo, el grado de libertad de éstas varia en función a la etnia a la que pertenecen. Mientras que más de la mitad de las tayikas y de las hazaras ejercieron su derecho a voto, las de etnia pashtun registraron los índices más bajos de participación. A modo de ejemplo, en la región de Kandahar, feudo talibán en el sur del país, sólo votó un 2 por ciento de las mujeres; y en la vecina Uruzgan, un 4 por ciento.

Al margen de esto, las denuncias de fraude de 14 de los 18 candidatos empañaron la cita electoral. Algunos de ellos amenazaron con boicotear los comicios durante la jornada electoral. Se quejaban porque la tinta, supuestamente indeleble, con la que se marcaba a los que ya habían votado se eliminaba con facilidad. Para evitar que se anularan los resultados de las elecciones, la Comisión Electoral prometió que investigaría las denuncias de los candidatos. Para ello se formó un comité de expertos electorales internacionales que estudiara las quejas e investigara las posibles irregularidades. Semanas después de las elecciones, los representantes de la ONU concluyeron que, a pesar de los errores causados por la tinta, no había motivo para invalidar las votaciones.

Por su parte, la comunidad internacional y los observadores avalaron las elecciones desde el mismo día que se celebraron, y mostraron su satisfacción por la alta participación de los afganos porque, aunque reconocieron que la elección de la tinta fue un error y se pudieron producir irregularidades, este era el primer paso para llevar la estabilidad a Afganistán. Y es que en un país sin tradición democrática y anclado en un sistema tribal, la celebración de las elecciones ha supuesto un esfuerzo extraordinario a nivel humano y técnico. Miles de afganos, instruidos por la ONU, recorrieron el país durante meses para explicar cómo se vota. Los esfuerzos también se dirigían a convencer a los afganos de que las mujeres también tienen derecho a participar en los comicios y a aclarar que una persona no podía votar por toda la familia, ni un jefe tribal por toda la comunidad. También convencían a las mujeres de fotografiarse para el documento que les permitiría votar, y les mostraban fotos de los candidatos, las mismas que aparecían en las papeletas. Este procedimiento era la única manera de familiarizar a los afganos con los aspirantes a la presidencia ya que, para prevenir atentados, la campaña electoral fue casi inexistente y la mayoría de los electores desconocían los programas políticos. Además, sólo un 20 por ciento de los afganos tiene televisión y el analfabetismo provoca que únicamente el 17 por ciento puede acceder a los medios impresos.

Aunque se había previsto que el recuento se realizaría en dos semanas, hubo que esperar casi un mes para conocer los resultados oficiales. El retraso se debió a la dificultad para recoger todos los votos, ya que las carreteras son casi inexistentes y el territorio afgano es muy montañoso, para acceder a las aldeas más remotas eran necesarios los asnos. Por ello, Karzai no fue declarado ganador de las presidenciales oficialmente hasta el 4 de noviembre, y los aspirantes a la presidencia que denunciaron un posible fraude aceptaron la victoria del líder pashtun para evitar una nueva crisis interna. El día 7 de diciembre juró su cargo en la capital afgana en una ceremonia a la que acudieron dos de los políticos estadounidenses más importantes, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, para mostrar su apoyo al primer presidente afgano electo.

Hamid Karzai se encuentra ante un país totalmente destruido después de veinticinco años de guerra y otros cinco bajo un régimen islámico radical. A pesar de la presencia de fuerzas extranjeras y la formación del Ejército afgano, compuesto por 21.000 soldados, sólo la ciudad de Kabul y algunas regiones del centro están controladas por el Gobierno interino. El resto del país sigue sometido a los “señores de la guerra” o fracciones de resistentes talibanes, que no dudan en utilizar las armas para mantener el poder de las regiones que controlan. Este escenario es especialmente palpable en el sur y en el sureste de Afganistán, donde los enfrentamientos entre las tropas estadounidenses y milicianos armados son constantes. La zona fronteriza con Pakistán, conocida como el “cinturón pashtun”, continúa apoyando a los tabilanes para provocar la retirada de los norteamericanos. Además, las autoridades pakistaníes y su Servicio de Inteligencia apoyan a los resistentes afganos. Por otra parte, las operaciones militares para controlar a los insurgentes siguen causando la muerte de civiles y la indignación de los afganos.

Las ayudas internacionales no son suficientes para reconstruir Afganistán. A las escasas infraestructuras del territorio afgano se suma una precaria situación humanitaria. Se estima que sólo un 12 por ciento de la población puede acceder a los servicios básicos como la sanidad, la educación, el agua potable o la electricidad. Más de la mitad de la población es analfabeta y la esperanza de vida se sitúa en los 43 años. Y las organizaciones humanitarias presentes en Afganistán tienen grandes dificultades para realizar sus labores, como el acceso a las zonas más pobres (el 80 por ciento de la población vive en el campo) o la imposibilidad de entrar a las regiones más peligrosas que, hasta para los militares, se han convertido en zonas vedadas. Pero sin duda el mayor problema es la inseguridad de los voluntarios. Desde principios de 2004 más de veinte trabajadores han sido asesinados, entre ellos cinco que pertenecían a Médicos sin Fronteras. Posteriormente, esta organización humanitaria procedió a su retirada del país tras denunciar la pasividad del Gobierno ante los hechos. Pero el Ejecutivo de Karzai sabe que, de cara al exterior, es muy importante la seguridad del personal de ayuda extranjera. Por ello, participaron activamente en la liberación de tres empleados de la ONU que fueron secuestrados el 28 de octubre a las afueras de Kabul. Después de tres semanas de negociaciones con los captores, los rehenes, que trabajaban para las elecciones, recobraron la libertad. El jefe de los secuestradores anunció que la liberación se hizo a cambio de la puesta en libertad de 24 prisioneros talibanes, mientras que el Gobierno afgano y la ONU mantienen que no accedieron a sus peticiones. Muchos temen que en Afganistán se repita el escenario iraquí, donde los secuestros se han convertido en una medida de presión para provocar la retirada de las tropas extranjeras.

Además, los datos sobre la economía no son nada alentadores: según la ONU, los ingresos procedentes del opio representa la mitad del PIB, y la producción de heroína se ha multiplicado por diez en los últimos dos años. Esta actividad supone un peligro mayor si tenemos en cuenta que los “señores de la guerra”, Al Qaeda, y hasta los talibanes (que casi erradicaron los campos de amapolas en los últimos años que estuvieron en el poder), tienen en este negocio su principal fuente de financiación. En febrero la ONU publicó un informe en el que certifica que, en 2003, en 30 de las 32 provincias afganas hay plantaciones de opio y que el 7 por ciento de la población, 1,7 millones de personas, se dedican al cultivo de la adormidera. Afganistán es el primer exportador mundial (produce alrededor del 75 por ciento) y un 90 por ciento se distribuye en los países occidentales. Y es que, en un país como Afganistán, donde reina el caos y la anarquía, el opio se ha convertido en un negocio fácil y rentable.

Ante esta situación, el presidente Karzai pide ayuda internacional para luchar contra esta actividad, que puede llegar a convertir a Afganistán en un “narcoestado”. Los mandos norteamericanos también han pedido en repetidas ocasiones que la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), que dirige la OTAN, extienda su misión hacia el oeste del país. Hasta la fecha, sólo actúa en el norte de Afganistán y tiene como objetivo llevar la estabilidad a Afganistán. Además, el secretario de Estado estadounidense, consciente de la dificultad para controlar el territorio afgano, pidió en octubre a los ministros de Defensa de la OTAN que estudien la unificación de la misión de Estados Unidos y la ISAF. La repuesta de Francia y Alemania no se hicieron esperar: se oponen tajantemente a colaborar en operaciones antiterroristas. Y es que las dos misiones, avaladas por la ONU, tienen objetivos muy distintos: la ISAF pretende llevar la estabilidad a Afganistán, mientras que la operación “Libertad Duradera” estadounidense, además de participar en la reconstrucción del país, combate a los talibanes y a Al Qaeda en el sur del país.


La Constitución afgana

La aprobación de la Constitución era el paso previo para que se celebraran las elecciones. Con unas semanas de retraso por la falta de consenso, los 502 miembros de la Loya Yirga o Gran Asamblea de las tribus afganas llegó a un acuerdo final el 4 de enero. De esta manera, se establecía una democracia islámica basada en un sistema presidencialista y laico. Sin embargo, la Constitución afirma que, por encima de todo, se respetarán las normas del Islam. Muchos analistas internacionales ven en este punto la posibilidad de que se acaben imponiendo los preceptos de la Sharia (ley islámica). El presidente será el encargado de elegir a sus dos vicepresidentes y a otras representantes importantes del Ejecutivo. Uno de los puntos más conflictivos era el que hacía referencia a los poderes del presidente, ya que a algunos miembros de la Gran Asamblea les parecían excesivos. Otra cuestión que costó consensuar fue la de la lengua. Los delegados de la Loya Yirga de las minorías uzbeka, tayika o hazara exigían el reconocimiento de todas las lenguas del país, y el borrador de la Constitución sólo contemplaba como oficiales el pashtun y el daí, los idiomas mayoritarios. Finalmente, el resto de lengua sólo serán oficiales en las regiones en las que se hablen. Cuando parecía que las negociaciones se iban a suspender, y un centenar de miembros amenazaba con boicotear las reuniones, un enviado especial de Naciones Unidas medió entre las partes y, aunque no han trascendido los motivos, tras el encuentro, todos los integrantes de la Loya Yirga apoyaron la Carta Magna. No obstante, quedó patente que el nuevo Gobierno debe trabajar para que las diferencias étnicas no supongan una amenaza para alcanzar la estabilidad en un país roto.


Cronologia año  2004
1 de enero. Casi la mitad de los miembros de la Loya Yirga o Gran Asamblea de las tribus abandonan la reunión en la que se consensuaba la Constitución porque no están de acuerdo con varias cuestiones, como los poderes que tendrá el presidente o las lenguas oficiales.

2 de enero. Un enviado especial de Naciones Unidas se reúne con los delegados de la Lorga Yirga que se niegan a aprobar la Carta Magna afgana.

4 de enero. La Gran Asamblea de Afganistán aprueba por consenso la Constitución, que establece un régimen presidencialista laico.

7 de enero. El secretario general de la ONU, Kofi Annan, advierte que el actual clima de violencia podría poner en peligro las elecciones programadas para junio.

26 de enero. El presidente Karzai firma la Constitución de Afganistán en una ceremonia celebrada en Kabul.

6 de febrero. Los ministros de Defensa de la OTAN acuerdan ampliar el número de soldados desplegados en Afganistán de cara a los próximos comicios.

10 de febrero. Un oficial de la ONU afirma que, aunque Karzai tome medidas legales para prevenir el comercio del opio, las autoridades regionales permiten su cultivo.

18 de febrero. El enviado especial de Naciones Unidas para Afganistán afirma que todavía no es posible fijar la fecha de las elecciones previstas para este verano, a causa de la inseguridad y del retraso en la elaboración del censo.

25 de febrero. El presidente interino afgano se reúnen con el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld.

17 de marzo. El secretario de Estadio estadounidense, Colllin Powell, y el presidente interino afgano se reúnen en Kabul.

28 de marzo. Karzai anuncia que las elecciones presidenciales, previstas para junio, se celebrarán en septiembre.

5 de abril. Unas mil personas que se dedican al cultivo del opio se manifiestan al este de Afganistán. Afirman que han recibido una escasa compensación a cambio de la destrucción de sus campos de cultivo de la adormidera. El embajador estadounidense en Afganistán declara que ha advertido al Gobierno paquistaní que si ellos no son capaces de controlar su frontera, lo harán las tropas estadounidenses.

12 de abril. Nueve jugadores de la selección afgana de fútbol desparecen de la concentración del equipo en la ciudad italiana de Verona.

5 de mayo. El portavoz militar de Pakistán se queja por la incursión de tropas estadounidenses en territorio pakistaní.

2 de junio. Cinco voluntarios de Médicos sin Fronteras son asesinados por un grupo de talibanes. Un día después esta ONG anuncia su retirada del país.

15 de junio. El presidente de Estados Unidos, George Bush, recibe al presidente Karzai en Washington.

6 de julio. El portavoz de Karzai afirma que las elecciones parlamentarias y las presidenciales no se celebrarán el mismo día. También anunció que los comicios presidenciales se retrasaran hasta finales de octubre.

7 de septiembre. Comienza la campaña electoral de los 17 candidatos a la presidencia de Afganistán. Masuda Jalal, la única mujer que se presenta a la elecciones, realiza el primer mitin electoral, cerca de Kabul.

16 de septiembre. Un cohete cae cerca de una escuela del sueste de Afganistán, donde el presidente interino Karzai tenía previsto aterrizar en helicóptero.

1 de octubre. Los refugiados afganos que viven en Pakistán (unos 800.000) y los de Irán (alrededor de 600.000) empiezan a registrarse para las elecciones presidenciales.

5 de octubre. Karzai celebra su primer mitin electoral en Ghazni, al sur de Kabul.

6 de octubre. El “número dos” de Karzai, Ahmad Zia Masud, sale ileso de un atentado cuando durante un mitin electoral.

9 de octubre. Se celebran las elecciones presidenciales en Afganistán. Durante la jornada electoral, la mayoría de los candidatos anuncian que van a boicotear los comicios porque la tinta que marcaba a los que ya habían votado se diluía con facilidad y se podía votar más de una vez.

10 de octubre. Se crea una comisión independiente para investigar las quejas de los candidatos a la presidencia de Afganistán.

11 de octubre. Los gobiernos y organismos internacionales avalan las elecciones en Afganistán, aunque reconocen que hubo algunas irregularidades como el error en la elección de la tinta que se utilizó para marcar a los que habían votado, que no era endeble.

13 de octubre. El secretario de Estado norteamericano, Donald Rumsfeld, pide a los ministros de la OTAN que estudien la integración de la fuerzas de la OTAN y las estadounidenses en Afganistán.

14 de octubre. La Comisión Electoral central da luz verde para comenzar oficialmente con el escrutinio de los votos Algunos medios de comunicación internacionales ya hablan de una alta participación y de la posible victoria de Karzai.

24 de octubre. El portavoz del candidato Yunis Qanuni afirma que aceptará los resultados de las elecciones por el interés de la nación y para evitar otra crisis interna.

5 de diciembre. Karzai es proclamado vencedor de las elecciones presidenciales de Afganistán.

7 de diciembre. Hamid Karzai jura su cargo como presidente de Afganistán en una ceremonia a la que acudieron dos de los políticos estadounidenses más importantes, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, para mostrar su apoyo al primer presidente afgano electo.


 


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