Anuario 2005
Polonia
"Giro a la derecha tradicionalista en una Polonia sumida en la confusión"
Gaspar Pericay

El 9 de octubre Polonia pasó página de un capítulo de su historia. Los dos candidatos que pasaban a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales eran de derechas. Lech Kaczynski, del partido conservador y católico Ley y Justicia, y hasta entonces alcalde de Varsovia, quedó en segundo lugar en la primera vuelta con el 33,1% de los votos, pero fue él quien finalmente ganó el segundo asalto, el 23 de octubre. Se convertió así en presidente de Polonia, y juró el cargo el 23 de diciembre. Su partido tradicionalista también había ganado las elecciones legislativas celebradas el 25 de septiembre, aunque muy lejos de conseguir mayoría absoluta. No obstante eso, ha podido formar un gobierno en minoría, con el apoyo parlamentario de dos formaciones populistas y, una de ellas, marcadamente ultraconservadora. De esta forma, Ley y Justicia acapara ahora los principales cargos de poder en Polonia. La incógnita es saber si el país cierra así una etapa de su historia o es un capítulo más de la larga transición poscomunista, debido a la posible inestabilidad de los apoyos parlamentarios del nuevo Gobierno y, sobre todo, a la sensación de confusión y desorientación que impregna a la sociedad polaca en los últimos años, después del descrédito de la clase política tradicional, compuesta por comunistas y sindicalistas reconvertidos.
Con la victoria en las dos elecciones de Ley y Justicia (PiS en polaco), Polonia tiene por primera vez, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un Ejecutivo neta y originariamente conservador, sin herencias de movimientos de otros tiempos como era la conservadora Solidaridad, que había nacido como un sindicato que se oponía al régimen comunista. Sin embargo, el nuevo Gobierno cuenta con una estabilidad parlamentaria frágil. Los grandes resultados de los populistas y radicales parecen indicar que se está lejos de una etapa de estabilidad y que más bien se está en un nuevo camino del largo viaje de la transición que lleva Polonia desde un régimen comunista hacia una democracia inserta en la Unión Europea y hacia una economía de libre mercado integrada en la globalización. Este auge de las opciones políticas con un discurso más populista, que llega más fácilmente a la gente, deriva del nivel de confusión y pasotismo de la ciudadanía en los últimos años, profundamente descontenta con los anteriores gobiernos y dirigentes por los múltiples escándalos de corrupción y de mala gestión pública. Tras la caída del régimen comunista, entre finales de 1989 y principios de 1990, vinieron las presidencias del popular líder sindical Lech Walesa y de un comunista reconvertido, Aleksander Kwasniewski. Sus gobiernos fueron forzados, convulsos e inestables, sacudidos por las desavenencias internas y los escándalos. Ambos líderes cayeron en desgracia, y con ellos el legado que arrastran. La ciudadanía polaca se ha hartado de la clase política que ha protagonizado la vida pública de los últimos quince años. A sus ojos, está desacreditada, y otros partidos han aparecido, como Ley y Justicia, liderado por los dos hermanos gemelos Kaczynski, que se fundó en 2001. La ciudadanía los han abrazado en masa, aunque -o porque- algunos de estos partidos tengan un marcado corte populista y radical.



Los gemelos Kaczynski ganan las elecciones legislativas y las presidenciales

Ley y Justicia (PiS) ganó las elecciones legislativas del 25 de septiembre sin alcanzar la mayoría absoluta. A lo largo de la campaña electoral, algunas de las encuestas daban como vencedor a los conservadores católicos y otras a los liberales, liderados por Donald Tusk, pero todas coincidían en que ninguno de los dos podría gobernar en solitario y, por afinidad ideológica y por aritmética parlamentaria, se daba por hecho que deberían llegar a un entendimiento para gobernar juntos en coalición. No obstante, en la recta final, parecía que la liberal Plataforma Cívica de Tusk perdía posiciones, y así fue. El PiS, con los dos gemelos Kaczynski a la cabeza, obtuvo 155 diputados, pasando por delante de la Plataforma Cívica (PO en polaco), que consiguió 133 escaños en el Parlamento polaco, el Sjem, que cuenta con 460 representantes populares. El resto de fuerzas políticas quedaron a una notable distancia: los ex comunistas de la Alianza de la Izquierda Democrática (SLD en polaco), el partido en el poder desde 2001, obtuvieron 55 diputados, uno menos que Samoobrona, el partido de los agricultores, populista, conservador y euroescéptico, la traducción de cuyo nombre seria “Autodefensa” y que está liderado por Andrzej Lepper. El otro partido de agricultores, el Partido de los Campesinos Polacos (PSL en polaco), más izquierdista que el anterior, ha logrado 25 representantes en el Parlamento. Otro partido populista significativo es la Liga de las Familias Polacas, católico, ultraconservador y que algunos medios sitúan en la órbita fascista. La Liga ha conseguido 34 escaños. Los resultados oficiales no se conocieron hasta dos días más tarde, pero se alejaron muy poco de las encuestas a pie de urna. Lo que sí se conoció al cerrar los colegios electorales fue el dato sobre participación y fue el más bajo desde la caída del comunismo en 1989, alcanzando tan sólo el 40,5%. Esto muestra una vez más el desengaño y la poca ilusión de los polacos con la política de estos años, que también se pudo ver en la bajísima participación en las elecciones europeas de junio de 2004, donde sólo votó uno de cada cinco censados.

El cabeza de cartel de Ley y Justicia en las legislativas era su presidente, Jaroslaw Kaczynski, hermano gemelo del candidato del partido a las posteriores elecciones presidenciales y uno de los dos favoritos a ganarlas. El parecido entre los dos políticos es asombroso, incluso en la manera de vestir, de peinarse y de moverse; tanto, que se presta a confusión. Las encuestas revelaron que la ciudadanía no quería un presidente de Polonia y un primer ministro con la misma cara. Junto con la que parecía la casi obligada alianza entre conservadores católicos y liberales para formar una coalición gubernamental, el otro gran tema de debate postelectoral era precisamente qué hacer si los dos gemelos ocupaban los máximos puestos del Estado. Al final, para no restar posibilidades a su hermano en las elecciones del 9 y 23 de octubre, Jaroslaw Kaczynski anunció que no encabezaría el Gobierno, que se dedicaría a la actividad parlamentaria y al partido. Así pues, Lech Kaczynski tenía la vía libre en las presidenciales, sin miedo a que los polacos no lo votaran por parecerse demasiado a su hermano. Este anuncio se hizo el 29 de octubre y el partido Ley y Justicia, para sorpresa general, propuso para el puesto de primer ministro a Kazimierz Marcinkiewicz, un economista de prestigio pero desconocido por el público en general. Ese mismo día, a las dos de la tarde, empezaban las negociaciones entre los dos partidos pero con la ausencia destacada de los candidatos presidenciales. Los liberales, a su vez, propusieron como candidato a viceprimer ministro a su número dos, Jan Rokita.

El 19 de octubre, el Parlamento encomendaba a Marcinkiewicz la formación del nuevo Gobierno, pero no iba a ser tarea fácil porque la campaña presidencial estaba en su apogeo. Los dos partidos que estaban llamados a gobernar conjuntamente eran ahora los máximos rivales en las elecciones a presidente. Y peor se puso con la llegada de la segunda vuelta, en la que se enfrentaban ya únicamente los candidatos de Ley y Justicia y de la Plataforma Cívica. De esta manera, las verdaderas negociaciones no llegaron hasta el 24 de octubre, el día después de la segunda vuelta de las presidenciales. Sin embargo, para entonces las cosas habían cambiado.



Lech Kaczynski es elegido presidente de Polonia

En la primera vuelta, Donald Tusk (PO) quedó en primer lugar, con el 36,3% de los votos, sacando una leve ventaja de 3,2 puntos a Lech Kaczynski (PiS). Los otros candidatos a presidente quedaron muy atrás, ya que en tercer lugar quedó el candidato de Autodefensa, con el 15,1%. Además, el otro gran hombre en la carrera para ocupar la jefatura del Estado había renunciado a presentarse. Era el ex ministro de Exteriores de Kwasnieswki y presidente del Sjem, Wlodzimierz Cimoszewicz, que era visto por el entonces presidente de Polonia como su sucesor. Cimoszewicz se había convertido en el “hombre fuerte” del partido gubernamental SLD y a mediados de julio era el candidato a presidente mejor situado, con más de un 30% de apoyo popular. Sin embargo, una dura campaña en contra, centrada en su fortuna personal -que se vio obligado a hacer pública-, le supuso un torpedo en la línea de flotación y lo hundió en las encuestas. El 15 de septiembre, apenas tres semanas antes de la primera vuelta de las presidenciales y diez días antes de las elecciones legislativas, anunció su retirada, alegando un linchamiento en su contra. El SLD no acabó de aceptar la renuncia de su candidato y le exigió la devolución de los fondos gastados en su campaña, disputa que al final quedó aparcada. El otro candidato de la izquierda, Marek Borowski, del SdRP, únicamente consiguió el 10,3% de los sufragios. Y otro candidato que también abandonó, pero esta vez tan sólo cuatro días antes de la primera vuelta, fue el de la Liga de las Familias Polacas, Maciej Gyertich, al que las encuestas le otorgaban sólo un 1%, y que pidió que a los candidatos sin posibilidades que lo imitasen. Evitar una humillación electoral podría ser el motivo de esta retirada táctica. Su hijo y portavoz no quiso recomendar a quién debían votar sus seguidores y dijo que ellos ya sabían a quién votar. En la segunda vuelta, Lech Kaczynski superó a Donald Tusk con el 54% de los votos emitidos, frente al 45% de su rival, y, una vez más, se registró una tímida participación, que rozó el 50%.



El nuevo Gobierno, en minoría

Las sucesivas victorias electorales de Ley y Justicia reforzaron su posición de fuerza. Donald Tusk exigía que en lugar de Marcinkiewicz fuera el mismo Jaroslaw Kaczynski quien ocupara el puesto de primer ministro. El PiS se negaba a ello alegando que no querían mentir a sus electores puesto éstos habían acudido a votar en las presidenciales con el anuncio de la renuncia de Jaroslaw Kaczynski al cargo de primer ministro. La segunda condición de los liberales era que no fuera el líder de Samoobrona, Andrzej Lepper, quien fuera presidente del Parlamento. Los conservadores católicos se negaban también a ceder en este punto aduciendo motivos de concordia nacional, ya que con el pacto se reducirían, según ellos, la pluralidad de fuerzas que ocupan los puestos más importantes del Estado. Finalmente, al ganar las presidenciales, Ley y Justicia decidió que fueran miembros de su formación los que ocuparan los cargos de poder del Estado, como la presidencia de la Cámara Baja, que recayó en las manos de Marek Jurek. De esta manera, los liberales quedaban apartados. Esta decisión provocó la ruptura definitiva de las negociaciones para la formación de un gobierno de coalición y de nada sirvió, incluso, la intermediación de la Iglesia Católica. El 31 de octubre, el nuevo Gobierno de Polonia prestó juramento ante el presidente Kwasniewski y ganó la confianza del Parlamento el 10 de noviembre. Kazimierz Marcinkiewicz lo preside y está compuesto por seis miembros de Ley y Justicia, dos próximos a los liberales -que ocupan las carteras de Sanidad y Obras Públicas- y nueve independientes. En total suman diecisiete ministerios. El Ejecutivo gobierna en minoría parlamentaria, pero contando con el apoyo para determinados proyectos de los dos grandes partidos populistas: los agricultores euroescépticos y conservadores de Autodefensa, y los ultraconservadores de la Liga de las Familias Polacas.



El orgullo polaco recobra fuerza con la muerte de Juan Pablo II

El año 2005 ha llegado, pues, a su fin con el dominio de la vida política del país por parte de los conservadores católicos de Ley y Justicia, que predican un “conservadurismo compasivo” al más puro estilo del presidente norteamericano, George Bush. En el terreno económico quieren una Polonia fuerte, con una economía dinámica y basada en el libre mercado que siga manteniendo los altos índices de crecimiento registrados los dos últimos años. Al considerar la política social, algunos proyectos podrían ser calificados de “izquierdistas”, ya que quieren reforzar la escuela pública, la sanidad universal y facilitar el acceso a la vivienda. No obstante, los continuos planteamientos moralistas y su visión muy tradicional de las costumbres sociales, los sitúa en el conservadurismo. Sin ir más lejos, en el programa electoral de esta formación figuraba la polémica implantación de la pena de muerte para algunos delitos extremos. Este proyecto no ha sido abordado en los dos primeros meses de gobierno y no se ha hecho demasiado hincapié en él una vez pasadas las elecciones, pero es un motivo de preocupación por parte de la oposición liberal y, sobre todo, por parte de la Unión Europea, donde precisamente se intenta que los países que aspiran a la adhesión la erradiquen del Código Penal. Además, Ley y Justicia quiere incrementar la implicación de la Iglesia en la vida pública, y en particular, en su papel asistencial y caritativo. Pretende extender las prestaciones sociales contando con la colaboración eclesial.

Y es que el auge de esta manera de entender la gestión pública que representa el partido en el poder casa con el renacer de un sentimiento de orgullo nacional que pasa por la fe de la Iglesia Romana, ya que Polonia es una isla católica entre territorios luteranos y ortodoxos. Lo que desde siglos ha constituido la seña de identidad polaca es ser un pueblo eslavo y católico. Este repunte del fervor nacionalista ante las esencias proviene del derrumbe del régimen comunista, que trató de eliminarlas, y del descrédito de sus sucesores, los políticos del SLD, y de Solidaridad, el sindicato que si bien se rebeló contra el régimen anterior y resucitó parte del orgullo nacional y el apego al catolicismo, una vez en el poder cayó en las corruptelas y la endogamia de sus predecesores. A mediados de los noventa, Solidaridad se fue desacreditando y fue la responsable que los ex comunistas llegaran al poder. La historia polaca está llena de invasiones, persecuciones y vejaciones por parte de los pueblos vecinos. Las fronteras de Polonia han sido unas de las más movidas de Europa. Empezó el siglo XX perteneciendo al Imperio austro-húngaro; después de un breve período de independencia, fue invadida por el ejército de Adolf Hitler y con la caída de éste, Polonia cayó oficiosamente en manos de la Unión Soviética. Entonces el país sufrió una traslación hacia el oeste: como si fuera una figura geométrica cualquiera, fue corrido en el mapa de este a oeste. Y permaneció bajo la absoluta influencia de Moscú hasta la caída del muro de Berlín. El régimen comunista fue muy duro para los polacos y la transición poscomunista ha acabado protagonizada por los múltiples escándalos de corrupción. Entre una cosa y otra, los polacos se han hartado de todo lo que les recuerde ese período histórico. Ahora han aparecido partidos populistas que esgrimen el argumento del orgullo nacional y la sociedad polaca se siente como un ave fénix que quiere recuperar su esplendor de épocas pretéritas. La recuperación de las esencias pasa por la reafirmación de lo que les hace diferentes a sus vecinos, entre otras cosas, la fe católica.

El momento en que eso fue evidente a los ojos de todos fue al morir el Papa Juan Pablo II. El 2 de abril le llegaba la muerte al Pontífice y estalló en Polonia una ola de dolor como nunca antes se había visto. En los días anteriores, cuando el mundo seguía la agonía del Papa Karol Wojtyla, ya se vieron multitudinarias concentraciones de fieles que rezaban por él en muchos puntos del país, principalmente en Cracovia -donde había sido arzobispo-, en la capital y principal ciudad, Varsovia, en Wadowice -ciudad natal del pontífice- o en Czestochowa, santuario venerado por la mayoría de los polacos y también por Juan Pablo II, que adoraba a la virgen negra de este templo. Los fieles montaban vigilias aguardando la fatídica noticia y cuando esta llegó, las escenas de dolor se extendieron por todo el país y el número de personas congregadas a las plegarias multitudinarias aumentó. Cientos de miles de personas se reunían en los mencionados lugares y se tenía la sensación de que Polonia entera lloraba la muerte de uno de los suyos, Karol Wojtyla.



Los conflictos con los países vecinos

Esta reafirmación nacional polaca viene acompañada de crecientes conflictos, principalmente por intereses económicos con sus vecinos. No obstante, el que mantiene con Bielorrusia es de carácter político. En este país hay una importante comunidad polaca instalada en esas tierras desde siglos atrás, cuando Polonia ocupaba territorios que ahora son bielorrusos. La delicada situación política que vive Bielorrusia, controlada por la autoridad desmedida de un presidente, Aleksander Lukashenko, que ejerce el poder de forma abusiva, arbitraria y megalómana, ha puesto a la comunidad polaca entre la espada y la pared. Lukashenko no tolera en sus dominios ningún atisbo de poder que no controle él personalmente y con mano de hierro. La comunidad polaca, constituida alrededor de la Unión de los Polacos, eligió democráticamente a Angelika Borys como su líder, en marzo de 2005, con el inconveniente de que era una persona crítica con el régimen dictatorial instaurado en Bielorrusia. Borys ha denunciado reiteradas coacciones y amenazas que ella y su familia han sufrido por parte del Gobierno de Lukashenko y el ex KGB bielorruso. Para mostrarle su apoyo, el Gobierno del último primer ministro de la era Kwasniewski, Marek Belka, nombró a principios de septiembre a Borys como cónsul honoraria de Polonia en Bielorrusia; durante esos días, Borys viajó junto con el candidato liberal Donald Tusk al Parlamento Europeo de Estrasburgo para explicar el caso. Además, muchos miembros de la Unión de los Polacos han sido perseguidos por haber elegido una dirección contraria a Lukashenko; como su creador, Tadeusz Gawin, que fue arrestado a finales de verano durante treinta días.

Polonia mantiene, además, un conflicto con el país del cual se intenta distanciar desde hace quince años, la gran Rusia. El conflicto de este año se centra en el sector energético, y especialmente en el del gas. Rusia y Alemania quieren construir un gasoducto que amplíe el suministro de Europa occidental esquivando Polonia. El trazado del gaseoducto discurría a través del mar Báltico, de forma que no pasara ni por Estonia, Letonia y Lituania ni por Polonia. Esta infraestructura, clave para garantizar el suministro energético de media Europa, reportaría grandes beneficios económicos a los países por los cuales transitara y conectaría los depósitos rusos del Ártico con la ciudad alemana de Greifswald. Toda la operación está valorada en 8.000 millones de dólares norteamericanos y tiene en el ex canciller alemán Gerhard Schröder a uno de sus principales impulsores, durante su mandato y una vez concluido, ya que, abandonada la política activa, se ha convertido en consejero del proyecto. Polonia y las tres repúblicas ex soviéticas alegan que el gasoducto supone una amenaza innecesaria al ecosistema del mar Báltico. Sin embargo, estos argumentos no parecen tan importantes para los gobiernos implicados como la guerra que la compañía rusa Gazprom -controlada por el Kremlin- ha decidido empezar incrementando sus precios a los países de la órbita soviética, a los que vendía gas a un precio muy reducido. Polonia depende en un 90% del suministro de Gazprom, y ésta ha anunciado a Varsovia su intención de cobrar 200 dólares por 1.000 metros cúbicos de gas a partir de 2006, cuando hasta la fecha cobraba entre 140 y 150 dólares. Las consecuencias de este incremento de cerca de un 40% tendrían unos efectos considerables en el bolsillo de los polacos y en la economía en general. Este asunto es, pues, un destacado motivo de preocupación para el nuevo Ejecutivo, y así se lo transmitió a la nueva canciller alemana, Angela Merkel, durante su visita a Varsovia. Merkel intentó tranquilizar a sus anfitriones prometiéndoles que Polonia se beneficiará también del nuevo gasoducto.



El conflicto con la UE

Pocos días más tarde, en el Consejo Europeo celebrado en Bruselas entre los días 15 y 17 de diciembre, Merkel ejerció también un importante papel como catalizadora del acuerdo para el nuevo presupuesto de la Unión Europea para el período comprendido entre los años 2007 y 2013, las llamadas “perspectivas financieras”. Polonia encabezaba las reclamaciones de los Estados de la reciente ampliación que protestan por los recortes de los fondos estructurales y las ayudas comunitarias -como las agrícolas- respecto a ejercicios anteriores. Esta reducción se corresponde a la voluntad de los países ricos de la UE de disminuir su aportación a las arcas comunitarias para paliar sus problemas domésticos. Alemania es el principal promotor de este recorte, al que también se suman Francia, Reino Unido, Países Bajos, Suecia y Austria. Frente a las distintas propuestas presupuestarias hechas por las presidencias de turno luxemburguesa y británica -especialmente las de ésta última, que recortaba en 6.000 millones de euros los fondos para Polonia previstos en las anteriores propuestas-, Varsovia amenazaba con el veto, cosa que paralizaría el proyecto y con ello las instituciones comunitarias.

No obstante, el problema se viene fraguando en los últimos tres años, cuando se intentó volver a negociar lo que se pactó en Niza: las cuotas de poder de decisión que cada Estado miembro tendría. El Tratado de Niza (ratificado en 2001) equiparaba Polonia a España, al tener poblaciones de tamaño similar, y dejaba a estos dos países con veintisiete votos cada uno, tan sólo dos por detrás de los que tenían los “cuatro grandes”: Alemania, Francia, Reino Unido e Italia. La reformulación de Niza estaba en la base del Tratado por el cual se establecía una Constitución para la Unión Europea, que reducía considerablemente el peso político de España y de Polonia. Con el cambio de estrategia del Gobierno socialista español respecto a la UE, que ya no pasa por la enfrentamiento, sino en crear y consolidar complicidades para realizar intercambios políticos en las complejas negociaciones comunitarias, Polonia se quedó en la actitud beligerante sola y defendiendo Niza. El presupuesto acordado representa únicamente el 1,045% de la Renta Nacional Bruta de la UE, y queda muy lejos del 1,24% reclamado por la Comisión Europea, mucho más cercana de los intereses polacos. Aun así, Polonia ha acabado por aceptarlo ya que se han aumentado ligeramente las partidas de los fondos de cohesión (en parte creando nuevos fondos vinculados a la competitividad y a la innovación) y no se han tocado las ayudas agrícolas, como mínimo, hasta 2009.

Sin embargo, las relaciones entre Polonia y sus socios comunitarios no acaban de ser fluidas, y la mayoría de polacos se muestran muy escépticos con la UE: tan sólo el 23% de ellos considera que haber ingresado en la Unión tiene o tendrá efectos positivos. Bien es cierto que los diez nuevos Estados que se han adherido en la UE no tienen exactamente los mismos privilegios que los que ya formaban parte del club comunitario, pero eso son sólo medidas transitorias. Por ejemplo, el protocolo de Schengen se aplica en parte: se autoriza la libre circulación de personas pero limita la de trabajadores (aquellas personas que residen en un país comunitario con un contrato de trabajo), a la que se ha puesto una veda temporal. Esta medida no es la primera vez que se lleva a cabo en la Unión, pero no ha gustado a los nuevos países, que se sienten discriminados. El motivo de esta prórroga en la total aplicación de Schengen es la preocupación de los quince a una invasión de trabajadores del Este buscando mejores sueldos. Esto se debe a la gran diferencia de renta por habitante entre los diez nuevos y los quince. Los países de la ampliación de 2004 tienen, como media (sobre el poder adquisitivo), el 34% de la renta por cápita de los quince. Eso desequilibra enormemente las estadísticas europeas y hace que buena parte de los fondos de cohesión viajen hacia el Este.

Polonia es la gran beneficiaria de estas ayudas entre los diez nuevos miembros. Este Estado representa a casi la mitad de la nueva población comunitaria y acapara alrededor de la mitad de los 57.000 millones de euros que estos países recibirán a lo largo del período 2002-2006. Concretamente, en 2004, Polonia recibió, como saldo neto, más de 1.400 millones de euros. Eso representa una inyección de capital descomunal para la economía polaca; significa un 0,75% de su producto nacional bruto. Sin embargo, los fondos se recortarán en el futuro, porque los Estados ricos se niegan a contribuir a las arcas comunitarias con mayores cantidades de dinero; porque así debería ser por lógica: una Unión más grande necesita de más presupuesto para invertir lo mismo, y ahí está la trampa. No se invertirá lo mismo. Comparando lo que hubieran tenido que recibir estos nuevos Estados en fondos de cohesión de habérseles tratado como a España, Grecia o Portugal, la cantidad sería verdaderamente estratosférica y los países ricos hubieran tenido que aportar muchísimo más dinero para poder financiar estas ayudas, cosa que, precisamente, es lo que no quieren hacer.

Paralelamente, y para acabar de complicar la conciliación de los intereses de todos los socios, la gran diferencia entre las economías de los nuevos y los viejos Estados miembro hacen que quienes reciban más dinero de la UE, paradójicamente, sigan siendo los países ricos, porque son los que tienen un PIB más abultado y pueden “digerir” más ayudas e inversiones, a parte de ser los que más contribuyen a las arcas comunitarias. Esto ha creado un cierto malestar entre los miembros de la reciente adhesión porque sienten que no se les trata igual que a los otros socios. Por otra parte, las ayudas agrícolas, de las que Polonia se podría beneficiar mucho, también se verán reducidas a medio plazo, pero Polonia será uno de sus principales destinatarios. Aun así, los agricultores polacos no parecen muy contentos y crecen los partidos agrarios euro escépticos. Parece que no acaban de apreciar las sumas de dinero que ya reciben, ni la libre circulación de sus productos, ni su aumento de precio; al contrario, parece que recelan más que nunca de la UE y que temen, por un lado, ser invadidos por productos europeos y, por el otro, que se tienda a desmantelar sus explotaciones agropecuarias, como en la parte occidental del continente.



El tumultuoso idilio con Estados Unidos

En cambio, Varsovia mantiene unas excelentes relaciones con Washington. Cuando la “vieja Europa” se volvía de espaldas a Estados Unidos al invadir éste Irak, la “nueva Europa”, con Polonia al frente, se rendía a los encantos políticos, económicos y tecnológicos de la superpotencia. Aleksander Kwasniewski entabló una buena relación con George Bush y ha viajado a la capital norteamericana numerosas veces, también en 2005. Polonia aportó 2.500 soldados para derrocar al régimen del dictador iraquí, Sadam Husein. Las fuerzas polacas comandaban las fuerzas multinacionales que controlaban el sector centro, al sur de Bagdad. Pese a la retirada de tropas de países de la coalición, Varsovia mantiene allí su destacamento aunque ha sido reducido hasta 1.400 individuos. Sin embargo, el ministro de Defensa, Radoslaw Sikorski, anunció en noviembre la posible retirada de todo el contingente para mediados de 2006, con una primera vuelta a casa de 500 militares para enero. Pero su homólogo norteamericano ya le ha pedido que no sea así y que incluso aumente el número de tropas en lugar de reducirlo.

Otro asunto protagoniza la relación entre ambos países: las supuestas cárceles secretas que la CIA (la agencia de espionaje norteamericana) habría puesto en funcionamiento en países de Europa del Este, incluida Polonia. Se sospecha que la CIA mantenía encarceladas allí a personas a las que vinculaba con el terrorismo islamista, la mayoría capturadas en Afganistán o en Pakistán, sin que constara en ningún sitio su paradero y sin que se les acusara formalmente de nada. Además, se cree que las cárceles estaban en países de la Europa del Este y no en territorio norteamericano porque así se podría torturar a los prisioneros sin vulnerar las leyes de Estados Unidos. El asunto no ha sido aclarado en 2005, pero el Consejo de Europa, la Unión Europea y, especialmente, y una vez más, Angela Merkel han pedido explicaciones al Gobierno de Bush.



 


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