Anuario 2007
Estonia
"Los estonios renuevan su confianza en el primer ministro liberal Andrus Ansip, en medio de una crisis diplomática con Rusia"
Alexandra Mestres

En el libro de memorias de Estonia, este año 2007 aparecerá como uno de sus ejercicios más convulsos de los últimos años. De hecho, estos doce meses han dado mucho de sí para este pequeño país báltico de tan sólo 1’3 millones de habitantes. Por un lado, las elecciones legislativas de marzo confirmaron al primer ministro liberal, Andrus Ansip, en su cargo y, de este modo, se ha convertido en el primer jefe de Gobierno que renueva mandato desde que el país recuperara su independencia respecto la URSS, en 1991. Sin embargo, Ansip ha decidido cambiar de socios de coalición y, de este modo, el tripartito de centroizquierda de los últimos cuatro años ya ha pasado a la historia. A pesar de que el primer ministro ha traído al seno de la coalición al partido Socialdemócrata, lo cierto es que ahora Andrus Ansip ha hecho un viraje hacia la derecha, asociándose con los nacionalistas conservadores del partido Pro Patria-Res Pública para afrontar esta nueva legislatura. Pero sin duda, el acontecimiento que más ha marcado el convulso derrotero del país durante este año ha sido el continuo encontronazo con su vecina Rusia y que ha derivado en una de las crisis diplomáticas más graves de los últimos años entre estos dos países, ya de por sí poco amigos. Como no podía ser de otro modo, el fantasma de la ocupación comunista –que estuvo presente durante cincuenta años en Estonia– ha sido el detonante de dichas crispaciones. Frente a la actitud beligerante de Rusia, Tallin se ha encontrado con una Unión Europea pasiva y cauta, que quiere evitar un enfrentamiento abierto con Rusia. 
El 4 de marzo de este año, los estonios estaban llamados a las urnas para votar en las que han sido las primeras elecciones legislativas desde la entrada del país en la Unión Europea en 2004. Además, estos comicios se han convertido en un hito por partida doble: por un lado, la victoria del partido Reforma del primer ministro Andrus Ansip le ha convertido en el primer jefe de Gobierno que repite en su cargo –cosa nunca vista desde que el país recuperara su independencia en 1991. Por otro lado, Estonia se ha convertido en el primer país que ha permitido el voto por internet en unas elecciones parlamentarias. En total, los comicios contaron con un 61% de participación, lo que equivale a 546.200 votantes; uno de cada treinta de ellos lo hizo a través de Internet.
    Así pues y contra todo pronóstico –los sondeos previos daban la victoria a Edgar Savisaar, líder del Partido Central y miembro de la antigua coalición de centroizquierda–, el partido de centroderecha Reforma del primer ministro Ansip ganó las elecciones con un 27’7% de los votos. De este modo, Reforma pasa de 19 a 31 diputados en el Parlamento unicameral de Estonia. Por lo tanto, estas elecciones han demostrado a Ansip y a su equipo cómo la población ha renovado la confianza en el Ejecutivo resultante de las elecciones de 2003. Por su parte, el partido de centroizquierda Central, que partía como favorito, se ha tenido que contentar con un segundo puesto, ya que ha contado con el 26’2% de los votos y, por lo tanto, 29 escaños. La debacle en los resultados la ha protagonizado el partido de centroderecha Pro Patria-Res Pública, que en los comicios de 2003 fue la formación más votada; esta vez, se ha situado en tercera posición con un 17’8% y 19 diputados en el Parlamento. A continuación, se encuentran los socialdemócratas, que con un 10’6%, han conseguido 10 escaños. Finalmente, tanto la Unión del Pueblo como los Verdes han obtenido 6 diputados del Riigikogu, el Parlamento estonio. Pero para estos últimos representa su entrada en la vida política de las Cortes, tras superar el umbral del 5% de los votos necesario.
    Pese a todo, la estrecha victoria no le ha valido a Ansip para poder gobernar en solitario y el primer ministro se ha visto forzado a volver a designar una coalición gubernamental. Teniendo en cuenta las diferencias políticas acontecidas en los dos últimos años de gobierno entre Ansip y su socio Savisaar, del partido Central, no es de extrañar que el líder liberal haya decidido prescindir ahora de sus dos antiguos socios de Gobierno, entre los cuales también figuraba la Unión del Pueblo estonio. Así pues y a pesar de integrar en el seno de la nueva coalición a los socialdemócratas, el jefe de Gobierno ha hecho, esta vez, un viraje hacia la derecha y ha puesto sus ojos en la conservadora Unión Pro Patria-Res Pública.
    De este modo, el actual Gobierno de coalición es el noveno de Estonia desde la reinstauración de la democracia en 1991, síntoma evidente de la inestabilidad política que caracteriza al país. Si bien el centroderecha ha sido el que tradicionalmente ha dominado el escenario político estonio, lo cierto es que los choques personales entre políticos han dificultado a lo largo de estos años la instauración de gobiernos de derecha. Ahora, sin embargo, parece ser que el liberal Andrus Ansip quiere intentar romper con la historia política de Estonia de los últimos diecisiete años. Pese a todo, el partido Reforma no lo tendría que tener difícil en esta nueva etapa, debido a su holgada experiencia en el gobierno de la nación, en el que siempre ha estado presente desde 1999.


La ocupación soviética reaparece en la actualidad de Estonia y se agravan las maltrechas relaciones con su vecina Rusia

    Bien poco le duró a Andrus Ansip la satisfacción de haber ganado los comicios de marzo de 2007. Su desiderátum de tranquilidad y estabilidad se hizo añicos a partir de la primavera, con el retorno a primera línea de combate del peor fantasma para Estonia: la ocupación soviética que se acaeció en el país a partir de 1944 y que se alargó hasta cincuenta años más tarde. Ya a mediados de enero, el Parlamento estonio puso la primera semilla que después habría de florecer en la guerra diplomática abierta –y, hasta cierto punto, incluso física– entre Estonia y Rusia y que ha dominado este ejercicio: se aprobó la ley que permite resituar memoriales de guerra y tumbas de soldados, entre los cuales también se incluyen los soviéticos.
    Así pues, y amparado bajo la legalidad de dicha ley, el Gobierno de Ansip no tardó en actuar: el 27 de abril se dispuso a trasladar “el Soldado de Bronce”, un memorial de guerra en recuerdo a los soldados soviéticos caídos durante la Segunda Guerra Mundial, de la céntrica Tallin a un cementerio militar a tres kilómetros de la capital. Como era de esperar la minoría rusa del país –de los 1’3 millones de habitantes de Estonia, una cuarta parte son rusohablantes– no permaneció impasible y, junto con Rusia, lo consideró un agravio y una blasfemia hacia esos soldados que perecieron por la causa antinazi. Así pues, sobre el mantel ya había los ingredientes necesarios para que estallara la bomba de relojería y la ciudad se sumió en tres días de enfrentamientos abiertos entre los nacionalistas estonios y la minoría rusa, comunidades que no han mantenido una fácil convivencia desde 1991. Los tumultos se saldaron con una muerte, más de cien heridos –entre ellos doce policías– y más de 1.000 detenidos. En octubre, la Fiscalía de Estonia acusó al Gobierno del Rusia de haber financiado dichos disturbios.
    El Gobierno de coalición defendió la recolocación alegando que desde el 9 de mayo de 2006 –día en que Rusia conmemora la victoria de la URSS ante los nazis– el lugar se había convertido en escenario habitual de enfrentamientos entre nacionalistas de ambas comunidades. A pesar de esta versión oficial, lo cierto es que las causas que subyacen tras este conflicto son las distintas lecturas históricas: mientras que para la minoría rusa de Estonia, así como para Moscú, el monumento venera a los soviéticos que dieron su vida para derrotar a los alemanes nazis, Estonia lo entiende como el recuerdo del totalitarismo y la ocupación soviética que vivió tras el fin de la guerra y que perduró hasta 1991. Precisamente, para la república báltica la retirada de dicho memorial era un intento para romper con ese oscuro capítulo de su historia, pero además era un mensaje para Rusia: los estonios miran hacia el oeste y rehúsan cualquier tipo de influencia de Moscú.
    Los altos niveles de violencia a los que se llegó deben entenderse en el contexto de las difíciles relaciones que han mantenido los estonios y la minoría rusa desde la independencia del país báltico. Ésta llegó en 1991 –la república báltica  sólo había conocido previamente la libertad entre 1919 y 1940–, e inmediatamente se refundó una identidad nacional, que yace sobre todo en la lengua estonia. Así pues, sólo recibieron el pasaporte los estonios nacidos en el país antes de 1940 o sus hijos. Todos los demás serían extranjeros (rusos en su mayoría, al haber llegado como “colonos soviéticos”) o apátridas (si han nacido en la Estonia soviética) y el conocimiento de la lengua ha sido, desde entonces, el requerimiento previo para obtener la nacionalidad; nada fácil si se tiene en cuenta la dificultad de aprender una lengua de descendencia finesa, como es el caso del estonio. Además, a los rusohablantes les está prohibido votar en las elecciones presidenciales y parlamentarias y, únicamente, pueden acudir a las urnas para los comicios municipales. También les está vetado el ingreso en el Ejército. Además, distintos estudios sociológicos indican que las minorías sufren una tasa de paro (9’7%) que dobla la de la mayoría estonia y que no tienen representación acorde a sus números en los puestos de responsabilidad social o en los mejor remunerados. Así pues, desde ya hace diecisiete años, la minoría rusa se siente marginada por el Gobierno estonio y de ahí que el traslado de “el Soldado de Bronce” haya sido la espoleta que ha hecho estallar la violencia latente.
    Pero a la violencia desatada en el interior del país, se le sumó la lanzada desde la vecina Rusia, que sabe manejar a su antojo el desaliento de la minoría rusa en Estonia, y que recibió la resituación del memorial como un claro desafío. El mismo día 27 de abril, el presidente del Senado ruso, Sergei M. Mironov, afirmó que Estonia había tomado “los primeros pasos hacia la legalización del fascismo y el neonazismo del siglo XXI” y, además, pidió a Vladimir Putin el cese inmediato de las relaciones diplomáticas con Tallin. Sin embargo, Moscú pasó de las palabras a los hechos y, ese mismo día, Estonia empezó a recibir ciberataques provenientes de ordenadores conectados a redes oficiales rusas; de hecho, el Gobierno de Ansip no titubeó al acusar directamente al Kremlin de estar detrás de dicha violencia internauta y que ya ha sido calificada como la primera guerra virtual de la historia. Durante dos semanas, Tallin tuvo que hacer frente a los llamados “ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS)”, que impiden el acceso a una página web, colapsándola mediante millones de peticiones. Para ello, los atacantes envían un virus a miles de ordenadores de usuarios conectados a Internet, lo que les permite abrir una puerta trasera para controlar ese ordenador, al que denominan zombie. Tras la infección de miles de ordenadores, el pirata puede utilizarlos a su antojo.
    Aunque en un primer momento, el objetivo fueron las webs estatales, poco después se amplió la diana, afectando a periódicos y televisiones, escuelas y bancos. Y todo esto ocurrió en uno de los países del mundo más desarrollados tecnológicamente hablando y que más usa Internet en sus actividades cotidianas. “Si se tiene en cuenta el daño y la forma en que se han organizado los ataques, podríamos compararlos con una acción terrorista”, declaró con dureza Jaak Aaviksoo, ministro de Defensa estonio.  
    Tanto la OTAN como la UE vivieron los ataques con estupefacción, pero, sin embargo, poco pudieron hacer, ya que la Alianza Atlántica no define los ciberataques de forma expresa como una acción militar, por lo que las provisiones del Artículo V del Tratado –las relativas a la defensa mutua en caso de un ataque armado contra uno o varios aliados– no se extenderían automáticamente al caso de Estonia. A pesar de esto, un alto cargo de Bruselas transmitió la gravedad de lo sucedido: “Si el centro de comunicaciones de un miembro es atacado con un misil, tú puedes llamarlo un acto de guerra. Pero, ¿cómo lo llamamos, si la misma instalación es destruida por un ciberataque?
    Por todo ello, la OTAN ya se ha planteado crear un colchón de seguridad legal para contrarrestar posibles agresiones de este tipo y que sean asimilables al terrorismo, al crimen internacional organizado o a una agresión contra otro Estado. Así pues, la Alianza Atlántica –dedicada a la protección de sus miembros de un hipotético ataque físico– está replanteándose su propia posición y función.
    Sea como fuere, la reacción de una Rusia enfurecida no sólo se circunscribió a internet, sino que también afectó a las relaciones comerciales con Estonia. Como ya viene siendo de costumbre, Rusia volvió a usar el petróleo como arma política y geoestratégica y, a partir del 1 de mayo, y a modo de represalia, impuso cortes en el suministro de crudo hacia la república báltica; el Kremlin adujo reparaciones en las vías ferroviarias. Así pues, quedó de manifiesto una vez más cómo los recursos energéticos fósiles cobran un papel muy importante en la esfera política. Rusia es conocedora de la baza que tiene entre manos –tiene el 38% de las reservas probadas de gas del mundo y el 6% de las de petróleo y, además, es el primer productor mundial de gas y el segundo de petróleo, detrás de Arabia Saudí– y lo sabe usar para su conveniencia, como ya pasara a principios de 2007, cuando por disputas comerciales con Bielorrusia, decidió cerrar el grifo energético, cosa que afectó a Alemania, Polonia, Hungría y a otros países de la Europa del Este.
    El Kremlin también restringió el paso de exportaciones a través del país báltico, alegando las mismas reparaciones en la red ferroviaria. Tallin contempló la decisión con estupefacción aún más cuando por el puerto de la capital se exportan 40 millones de toneladas de mercancías al año, que significan un 20% del PIB de Estonia. Así pues, durante esos días los exportadores rusos desviaron las mercancías hacia otros puertos del Báltico, especialmente los de Riga y Ventspils, en Letonia, el puerto de Klaipeda, en Lituania, y hacia Finlandia. Sin embargo, la decisión de Rusia no dejó de ser un tanto paradójica, si se atiende al hecho de que es la minoría rusa de Estonia la que está más vinculada con el transporte marítimo y ferroviario.
    La misma capital moscovita también fue escenario de la tensión latente de este 2007 entre Estonia y Rusia. Al día siguiente del traslado de “el Soldado de Bronce”, el día 28 de abril, activistas del movimiento juvenil proKremlin Nashi, empezaron el asedio al consulado estonio en Moscú, que duró seis días y terminó cuando su embajadora, la estonia Marina Kaljurand, decidió irse del país.
    Si bien son ampliamente conocidas las tensas relaciones entre Estonia y Rusia, lo cierto es que los acontecimientos de este año han marcado un hito en esta relación de desencuentros. El Kremlin ha dejado bien claro que no hay lugar para las reinterpretaciones de la historia –esto es, que los soviéticos lejos de ocupar Estonia, lo que hicieron fue liberarla de las atrocidades nazis– y también ha demostrado sus intenciones de seguir influyendo en los países de Europa del Este. Sin embargo, bien distinto es el deseo de los antiguos países bajo órbita comunista, los cuales tras la caída de la URSS huyeron de todo contacto con Moscú y buscaron el deseado ingreso en la UE y el amparo norteamericano ante la siempre temida Rusia.
    Sin embargo, las respuestas de la Unión Europea y de la OTAN frente a la agresividad de Rusia han dejado mucho que desear, en opinión de Estonia. Ni la UE ni la Alianza Atlántica han querido poner en peligro las relaciones con Moscú por lo que le pueda suceder a este pequeño país del Báltico. Un lenguaje diplomático un tanto más duro es  lo máximo a que llegaron estas dos organizaciones. Así pues, de todo lo acontecido, el balance que sustrae Estonia es claro: la ausencia de un amparo de la comunidad internacional, que no ha estado a la altura de las circunstancias, y la sensación de haber retrocedido en el proceso de integración de la minoría rusa en el país.    


Rusia también mediatiza las relaciones de Estonia con la UE

    Más allá de los deseos de Estonia a desvincularse de todo aquello sinónimo de Rusia, lo cierto es que este país vecino ha sido el protagonista absoluto en el ejercicio de 2007 de la república báltica; de hecho, incluso las relaciones entre Tallin y Bruselas se han movido al son de la influencia rusa y, además, por partida doble. En primer lugar y como ya sucediera con el conflictivo traslado de “el Soldado de Bronce”, el legado estalinista también ha protagonizado las relaciones de Estonia con la UE. Sin embargo, Tallin volvió a encontrarse con la incomprensión y el desamparo de sus socios.
    El objetivo del Ejecutivo de Andrus Ansip era que la Unión equiparara los crímenes cometidos por Stalin –se calcula que durante los cincuenta años del régimen hubo al menos 20 millones de muertos en el conjunto de las tres repúblicas bálticas, según las cifras más conservadoras– a los perpetrados por los nazis, aspecto que también fue exigido por Polonia y Lituania. Las reclamaciones de Tallin tuvieron lugar la víspera del día en que la Unión debía aprobar una ley que castigaría la negación del Holocausto. El 19 de abril, los Veintisiete llegaron a dicho acuerdo y, de este modo, la incitación al racismo y a la xenofobia es considerada desde entonces delito, así como también la negación de los crímenes contra la Humanidad o los genocidios reconocidos por tribunales internacionales. Ello supone la inclusión del Holocausto y los crímenes nazis, pero no los estalinistas. A pesar de todo, los otros países miembros quisieron amortiguar el golpe para Estonia y acordaron incluir una declaración que señala que la decisión marco “no cubre” los crímenes cometidos por regímenes totalitarios, a pesar de lo cual “el Consejo deplora todos estos crímenes”. Sea como fuere, dicha ley prevé penas de entre uno y tres años de prisión para todo aquel que incurra en tales delitos.
    Y detrás de dicha ley hay el esfuerzo de Angela Merkel como presidenta de turno de la Unión, durante el primer semestre del año 2007. La canciller la había convertido en una de sus prioridades, aunque también se marcó otros tantos al frente de la UE, tales como la reactivación de un nuevo tratado Constitucional para los veintisiete –el Tratado de Lisboa fue aprobado por los países miembros el mes de diciembre– y conseguir, así, acabar con la crisis institucional europea que se acontecía tras el fracaso de la Constitución europea en manos de los “no” francés y holandés.
    Pero si en ese caso Estonia no obtuvo la solidaridad de sus socios, bien distinta fue la situación tan sólo un mes después durante la cumbre UE-Rusia celebrada en mayo de este año en Samara y segunda ocasión en la que Rusia irrumpía en la escena. Allí, Bruselas respaldó las reivindicaciones de Tallin; en concreto, la UE apremió a Moscú para que ratificara los acuerdos sobre sus fronteras con Estonia y Letonia. Rusos y estonios firmaron un acuerdo sobre sus fronteras en 2005. Posteriormente, el Parlamento estonio ratificó este acuerdo, pero añadiendo un preámbulo que no fue aceptado por Moscú por estimar que modificaba el pacto. Esta parálisis intencionada de Rusia inquieta a la república báltica, que comparte 460 kilómetros de frontera con su país vecino. Frente la pasividad europea con la que se encontró Estonia en el conflicto de “el Soldado de Bronce”, en esta ocasión, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, lanzó un mensaje de complicidad con sus socios estonios: “Las dificultades de uno de los miembros de la UE son para toda la UE. La UE se basa en el principio de solidaridad. Ahora somos 27 miembros. Un problema de Lituania o de Estonia es un problema de toda Europa”, declaro el jefe del Ejecutivo de la UE en el marco de la cumbre.
    Sin embargo, no es menos cierto que la UE ha tenido que afrontar más de un quebradero de cabeza ocasionado, a veces, por la difícil convivencia con sus nuevos socios de la Europa del Este. Las últimas ampliaciones han traído al seno de la organización muchos antiguos países bajo órbita comunista, que han demostrado que no están dispuestos a plegarse a toda exigencia que provenga de Bruselas. De hecho, el día a día y las relaciones con Rusia y EE.UU. se han resentido más de una vez, desde que en 2004 la UE engrosara su lista hasta los 25 miembros, después de incorporar diez nuevos socios. Las diferencias entre el desarrollo económico de los viejos y los nuevos miembros es un problema a solucionar, como también lo son las distintas visiones que hay en la Unión alrededor de la lucha contra el cambio climático. De este modo, estas divergencias aún latentes entre este y oeste pueden considerarse muros invisibles que todavía hay que derrocar.
    Así, por ejemplo, a principios de marzo se puso de manifiesto la disparidad de opiniones alrededor de la lucha contra el calentamiento global, cuando los veteranos de la Unión se encontraron con las reticencias de los nuevos miembros a hacer de Europa la líder mundial en la lucha contra el cambio climático. En concreto, seis países de Europa del Este –Estonia, Letonia, Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa– decidieron llevar ante la justicia europea los planes de comercio de emisiones de gases contaminantes comunitarios que fija Bruselas para cada país. El motivo era bien claro: no están dispuestos a sacrificar su crecimiento económico para batallar contra las emisiones de CO2.
    Mediante el sistema de comercio de emisiones –puesto en marcha en 2002–, Bruselas adjudica a los Gobiernos una serie de derechos de emisión de dióxido de carbono que, a su vez, las capitales distribuyen entre las industrias. Si los empresarios exceden el máximo permitido deberán comprar en el mercado nuevos derechos de emisión. Este coste económico es el que algunos países de Europa del Este consideran que merma su competitividad. Sin embargo, mientras que en 2005 la Comisión Europea fue muy generosa en el reparto de derechos, este 2007 decidió  para la segunda fase del sistema, 2008-2012, rebajar las concesiones. Y fue entonces cuando estos países pusieron el grito en el cielo.
    Angela Merkel, que en ese momento aún era la presidenta de turno de la UE, no se anduvo con tapujos: “No es que falten cinco minutos para la medianoche, sino que ya pasan cinco minutos de las doce”, declaró la canciller alemana. Sin embargo, no le es difícil a la vieja Europa convertirse en la abanderada de la causa ecologista, si se tiene en cuenta que la industria más contaminante ya no se encuentra en Europa occidental, sino que se ha desplazado hacia los países del Este; ahora son ellos el corazón industrial de la UE y los que deben competir con gigantes como China y la India.
    Sea como fuere, pocos días después de este desencuentro entre los distintos miembros de la Unión, a Estonia le llegó una noticia más que satisfactoria: el club de los 30 países desarrollados que forman la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) aprobó abrir el proceso para la incorporación de Estonia, además de otros países tales como Rusia, Israel, Chile y Eslovenia. Sin embargo, no hay que olvidar que este es un anuncio que llega diez años después de la solicitud de Estonia para entrar en dicho grupo. Así pues, a partir de ahora se abre un proceso de negociaciones autónomas para cada uno de estos países que, si bien puede no terminar en adhesión, lo cierto es que nunca antes ha sucedido. La última incorporación la protagonizó Eslovaquia, que entró el año 2000. Los requisitos previos para entrar en la organización es el respeto a los principios democráticos y mercados abiertos.
    Precisamente, Estonia tiene una economía de mercado moderna, caracterizada por sus relaciones y lazos con el Oeste. El país ha gozado de un fuerte crecimiento económico desde que ingresara a la UE en 2004. Sus beneficios económicos provienen del sector de la electrónica y las telecomunicaciones y está ampliamente influenciada por los desarrollos que se acontecen en Finlandia, Suecia y Alemania, sus tres mayores socios. De hecho, Finlandia y Suecia son los principales destinos de las exportaciones estonias –mayoritariamente, se trata de maquinaria y productos textiles y de madera–, que en 2007 se prevén que tengan un valor de 11.470 millones de dólares. Por lo que respecta al PIB se estima que este año se sitúe en el 7’9%, cayendo del 11’4% de 2006. El consumo privado es el factor que más contribuye al Producto Interior Bruto, ya que genera el 52’4% de la riqueza del país. El sector servicios es el que tiene un mayor peso en la economía de Estonia (67’8% del PIB), por delante de la industria (29’1%) y de la agricultura (3’2%). Por su parte, el IPC se calcula que sea de un 6% este 2007, siguiendo la tendencia al alza de los últimos cuatro años. La tasa de desempleo se situó en 2006 en el 4’5% y un 5% de la población vivía en 2003 por debajo del lindar de la pobreza. Actualmente, la deuda externa de Estonia se sitúa en los 20.000 millones de dólares. Sin embargo, el presupuesto del Estado está equilibrado y la deuda pública es baja.



Cronologia año  2007
11 de enero. El Parlamento estonio aprueba la ley que permite resituar memoriales de guerra y tumbas de soldados; entre ellos se encuentran los soviéticos.

4 de marzo. Celebración de elecciones legislativas: el primer ministro Andrus Ansip renueva su condición de jefe de Gobierno, en unas elecciones que cuentan con un 61% de participación y en las que Estonia ha sido el primer país que ha permitido el voto por Internet en unas elecciones parlamentarias. Ansip forma un gobierno de coalición junto con los socialdemócratas y la conservadora Unión Pro Patria-Res Pública.

8 de marzo. Los líderes de la Unión se reúnen para hacer de Europa la líder mundial en la lucha contra el cambio climático; sin embargo, los veteranos de la UE se encuentran con las reticencias de los nuevos socios, los cuales no quieren sacrificar su crecimiento económico para batallar contra las emisiones de CO2.

18 de abril. Tallín pide a sus socios de la UE que equiparen los crímenes cometidos por Stalin a los perpetrados por los nazis, el día antes de que la Unión apruebe una ley que debe castigar la negación del Holocausto.

19 de abril. La UE aprueba dicha ley, pero, finalmente, no incluye la petición de la república báltica.

26 de abril. Durante toda la noche, se desata un alud de violencia frente al memorial de “el Soldado de Bronce” –un memorial de guerra en recuerdo a los soldados soviéticos caídos durante la II G. M. – que se salda con un muerto, decenas de heridos y trescientas personas detenidas. La minoría rusa de Estonia protesta por la resituación del monumento que se debe efectuar al día siguiente.

27 de abril. “El Soldado de Bronce” es trasladado de Tallín a un cementerio militar a tres kilómetros de la capital. Durante la noche, se vuelven a repetir los altercados; esta vez, terminan con diez heridos y un centenar de detenidos. Por su parte, el presidente del Senado ruso, Sergei M. Mironov, afirma que Estonia ha tomado “los primeros pasos hacia la legalización del fascismo” y pide a Vladimir Putin el cese de las relaciones diplomáticas con Tallín. Automáticamente, Estonia empieza a recibir ciberataques provenientes de ordenadores conectados a redes oficiales rusas.

28 de abril. Tercera noche de desórdenes en Tallín por la recolocación de “el Soldado de Bronce”. Termina con 96 personas heridas y con 600 personas detenidas. A su vez, activistas del movimiento juvenil proKremlin Nashi empiezan un asedio al consulado estonio en Moscú.

1 de mayo. Rusia no se queda impasible tras todo lo sucedido y restringe el paso de exportaciones a través del país báltico.

2 de mayo. Rusia continúa tomando represalias contra Estonia tras la recolocación de “el Soldado de Bronce” y, aduciendo reparaciones en las vías ferroviarias, impone cortes en el suministro de crudo hacia la república báltica.
    
3 de mayo. Termina el asedio al consulado estonio en Moscú por parte del grupo Nashi después de que su embajadora, Marina Kaljurand, decida irse del país.

11 de mayo. Tallin ha hecho frente durante dos semanas a los llamados “ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS)”.

16 de mayo. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) notifica a Estonia que se abre el proceso para su incorporación en el grupo. También disfrutan de la misma dicha Rusia, Israel, Chile y Eslovenia.

17 y 18 de mayo. Celebración de la cumbre UE-Rusia en Samara. Bruselas apremia a Moscú para que ratifique los acuerdos sobre sus fronteras con Estonia y Letonia.   

4 de octubre. Bruselas acepta que Estonia se integre en la zona Schengen –espacio europeo libre de controles fronterizos internos– el 21 de diciembre de 2007. También se tienen que adherir Polonia, Hungría, Letonia, Malta, República Checa, Eslovenia y Eslovaquia, todos ellos, excepto la isla de Malta, antiguos países bajo órbita comunista.

13 de diciembre. Los Veintisiete firman el nuevo Tratado europeo en Lisboa y terminan así con la crisis institucional que se había acontecido en la UE desde los “no” de Holanda y Francia a la antigua Constitución en 2005. 

 


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