Anuario 2006
China
"El reto de cambiar el modelo de desarrollo para seguir creciendo"
Anna Bernadó

Los líderes del país más poblado del mundo parecen ser cada día más conscientes de que China necesita cambiar sustancialmente la pauta de desarrollo económico si quiere, por un lado, empezar a pensar en la sostenibilidad, sobre todo teniendo en cuenta que el gigante asiático es el país que más petróleo consume, uno de los que más recursos naturales necesita y que ya se ha convertido en el segundo país más contaminante del planeta. Y, por otro lado, afrontar el reto de traducir el desarrollo económico en desarrollo social, asumiendo la necesidad de disminuir las desigualdades territoriales y rebajar la pobreza, que afecta seriamente al 14% de la población china. Por estos motivos, este año la Administración de Hu Jintao ha puesto sobre la mesa dos proyectos: el XI Plan Quinquenal 2006-2010 y otro plan de menor impacto, pero que tendría que sacar de la pobreza a 148.000 pueblos y afectaría a 23 millones de personas. Ambos proyectos trabajan en la misma dirección: desarrollo sostenible –esto incluye medioambiente, economía y recursos energéticos–, disminución de las desigualdades territoriales y de la pobreza y, por tanto, de la inestabilidad social. Esta última ya ha sido incluida entre los temas clave de la agenda del Gobierno debido al aumento que ha experimentado en los últimos años. Sólo en 2005, el Ministerio de Seguridad Pública contabilizó 87.000 casos de los denominados “incidentes de masas” (manifestaciones), un 50% más que en 2003. 
El principal indicador puesto en marcha este año que nos confirma la aspiración de cambiar al modelo de desarrollo de China por parte de los dirigentes del país es el XI Plan Quinquenal 2006-2010 que la Asamblea Popular Nacional aprobó en marzo de este año y que fue impulsado por el PPCh en 2005. La principal novedad del documento respecto a otros planes quinquenales es que no solamente atribuye importancia a los índices económicos, sino que presta una mayor atención a los índices humanos, sociales y medioambientales. Los índices de desarrollo están divididos en dos categorías: los expectativos y los obligatorios, y se prioriza como tarea estratégica principal la “edificación de un nuevo agro socialista”. El plan plantea explícitamente que la prioridad de China en los próximos cinco años no consiste en ampliar su potencial, sino en actualizar su estructura con el fin de promover la transformación de la industria y fortalecerla. Por primera vez, se da una importancia destacada al sector servicios, se nombra al medio ambiente y se pone el acento en “la consideración del hombre como lo primordial y la solución de ciertos problemas importantes que atañen a los intereses vitales de las masas populares”.

El plan intenta dar salida a una realidad social que no se corresponde con el potencial económico e internacional que tiene el país. La contaminación es un problema generalizado en todo el gigante asiático, y una fiebre constructora amenaza con recalentar la economía. El crecimiento desenfrenado en el que se encuentra inmerso el gigante asiático ha hecho que duplique el valor de su economía en cinco años –del 2000 al 2005–  y ha cuadriplicado su PIB entre 1994 y 2005. Los líderes del PPCh intentan poner énfasis en el “desarrollo sostenible”, aunque todavía queda por demostrar si los altos cargos del partido gobernante podrán llevar a buen puerto prioridades como frenar la contaminación y ahorrar energía.

Pequín consume mucha energía por unidad de PIB. En 2003, China necesitaba 832 toneladas de equivalente de petróleo (tep) para producir un millón de dólares de PIB, es decir, cuatro veces más que EE.UU. (209 tep), seis veces más que Alemania (138 tep) y siete veces más que Japón (118 tep). Además, la intensidad energética –la cantidad de energía necesaria para generar un dólar estadounidense de PIB–, que había caído hasta finales de los años noventa, se ha estabilizado desde el año 2000. En otro orden de recursos, la escasez de agua potable, especialmente al norte del río Yangtsé, es alarmante.

El gigante asiático posee uno de los suministros de agua per cápita más bajos del mundo. La distribución es tan desigual que el norte del país alberga a un 43% de la población, pero sólo cuenta con un 14% del suministro de agua. El Gobierno central, en un intento de compensar este desequilibrio, ha iniciado un gran proyecto, posiblemente la obra pública más cara de la historia china, que bombeará agua de la parte sur hacia el norte por canales que parten del río Amarillo. El plan es visto por las autoridades como la mayor esperanza para mantener el crecimiento económico en el norte.

China está sufriendo como ningún otro país el mayor proceso de urbanización de la historia. Unos 200 millones de chinos han dejado el campo y han emigrado a las grandes ciudades desde los años 80. Hay que tener en cuenta que cada habitante urbano chino multiplica por más de tres el consumo de energía de su compatriota campesino. Y las previsiones oficiales de futuro afirman que, hasta el 2020, entre 300 y 400 millones de chinos rurales se convertirán en urbanos. La sostenibilidad parece difícil de controlar para el gigante asiático.

Si analizamos la agricultura china según el modelo occidental de mercado, se podría decir que esta no es rentable, porque el 47% de la población laboral que trabaja en el campo sólo genera el 15% del PIB. La visión occidental también considera que un país desarrollado no tiene más de un 5% de campesinos en su población activa. Un país desarrollado ha logrado dejar en el campo sólo a una minoría de personas que trabajan en la agricultura –que se ha hecho superproductiva– y ha conseguido asumir y urbanizar a toda la masa del antiguo campesinado.

Sin embargo, los expertos son conscientes de que en China, donde más de la mitad de la población es rural, la perspectiva occidental no funciona. En la República Popular, 800 de los 1.200 millones de habitantes que tiene el país, un 67%, practica y depende de la agricultura campesina. Si la mayoría de estos ciudadanos son forzados a emigrar a las ciudades, no les quedará más remedio que convertirse en población marginal establecida en suburbios, como pasa en grandes ciudades de África, América Latina, India, y Manila y Yakarta en Asia Sudoriental.
A finales de año, el Diario de la Juventud china –un periódico de Pequín gestionado por la Liga Juvenil Comunista– y el portal de internet chino “Sina.com.cn.” –web de la empresa SINA Corporation, una compañía de medios de comunicación online y proveedora de información acerca de China– realizaron una encuesta que reveló que cerca del 90% de los chinos encuestados (10.259) opina que la diferencia de desigualdad entre ricos y pobres se ha ampliado de forma alarmante durante los últimos años. En 2004 hubo 74.000 manifestaciones, 10.000 más que diez años atrás. Sin embargo, entre 2004 y 2006 la cantidad de protestas creció a un ritmo aún mayor. En tan sólo dos años se contabilizaron 13.000 manifestaciones más.
Según el Banco Mundial, el nivel de desigualdad de ingresos (según el denominado Coeficiente de Gini), pasó de 0,29 en 1980 a 0,47 en la actualidad. El Coeficiente de Gini es una medida de la desigualdad que normalmente se utiliza para medir la desigualdad en los ingresos, pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual. El coeficiente de Gini es un número entre 0 y 1, en donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y todos los demás ninguno). Según la organización mundial toda sociedad que supera el 0,4 se convierte en “un polvorín”.
La nueva retórica del PPCh
La estrategia del Partido Comunista Chino ha cambiado considerablemente desde 2002 y su discurso ha ido introduciendo progresivamente referencias a la importancia que tiene el desarrollo para el gigante asiático. La primera enmienda que encontramos es la aspiración de construir una sociedad “modestamente acomodada” y, dos años después, en 2004, se introduce el concepto de “desarrollo científico”. En 2005 los dirigentes comunistas empiezan a nombrar el proyecto de construir una “sociedad armoniosa” y este año se ha declarado como principal prioridad del XI Plan Quinquenal 2006-2010 la “edificación de un nuevo agro socialista”, un programa de subvenciones, inversiones y ayudas al abandonado sector agrario.
El proyecto, que podría convertirse en el primer intento serio de las autoridades por cambiar sustancialmente la pauta de desarrollo económico de China, es también el primer plan de la llamada “cuarta generación” de líderes chinos. Los dirigentes de dicha generación, con el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao a la cabeza, consiguieron hacerse con  las riendas del Partido en el año 2002, del Gobierno un año más tarde y del Ejército en 2004. Al llegar al poder, los máximos dirigentes de la China actual marcaron como principales objetivos de su mandato alcanzar hacia 2020 una sociedad “moderadamente próspera” para la mayor parte de los casi 1.300 millones de ciudadanos chinos, reducir la desigualdad en la distribución personal y territorial de la renta y acabar con la corrupción en el Partido y en el Estado.
Sin embargo, la complejidad de la economía china, cada día más dependiente de los mecanismos del mercado, se ha encargado estos últimos años de poner distancia entre las previsiones de los planes quinquenales y lo que acaba siendo la realidad económica del país. Por ejemplo, el X Plan Quinquenal (2001-2005) planificaba un crecimiento anual medio del 7% del PIB y unos objetivos concretos de aumento de la producción de carbón y de electricidad. Según estimaciones de la Oficina Nacional de Estadística, en realidad, el crecimiento anual fue del 8,8% y los objetivos de aumento de la producción de carbón y de incremento de la generación de electricidad fueron superados en un 100% y en un 20%, respectivamente.
Aunque no son determinantes, los planes quinquenales tienen todavía influencia, sobre todo en países como China, donde el sistema financiero y varios sectores industriales importantes para el país se encuentran en manos del Gobierno. También hay que valorarlos como una notable fuente de información sobre la hermética política china, ya que incluyen una lista con los principales problemas del país y una enumeración de las prioridades del Gobierno.
Además, China ha incrementado notablemente su influencia en la economía mundial en los últimos seis años. En el año 2000, cuando se discutió el X Plan Quinquenal, el gigante de Asia constituía el 3,4% del producto bruto mundial medido, el 11,6% del producto mundial en paridad de poder adquisitivo (PPA), el 6,6% del consumo de petróleo y el 3,9% de las exportaciones mundiales de mercancías. Cuatro años más tarde, China representó el 4,2% del producto mundial (13,2% en PPA), el 8,3% del consumo mundial de petróleo y el 6,5% de las exportaciones de mercancías. Este año China se ha convertido en cuarta economía mundial en PIB, ocupa la segunda posición en PIB en paridad de poder adquisitivo, la segunda en consumo de petróleo y la tercera en comercio exterior. El impacto comercial de China cuando se cumplen cinco años de su ingreso en la Organización Mundial del Comercio es cada vez mayor. Sólo en los últimos cinco años, el país más poblado del mundo ha multiplicado su comercio por más de tres.
El nuevo proyecto para los próximos cinco años, oficialmente denominado como “Programa para el Desarrollo Económico y Social Nacional”, abandona por primera vez el acento en el elevado crecimiento que había figurado en todos los planes anteriores. La evolución de China, según el XI Plan Quinquenal, tiene que se “rápida y estable”, pero tiene que controlar el consumo de recursos energéticos y de agua. El “desarrollo sostenible”, incluyendo factores sociales y medioambientales, debuta como una de las principales prioridades.
En cuestión de contaminación, China puede ser un factor clave en la degradación ambiental del planeta por el efecto de cambio climático. Sin embargo, aparte de las intenciones que constan en el nuevo plan, no parece que el Ejecutivo chino esté muy dispuesto a tomar medidas para mejorar la situación, al menos a corto plazo. Estados Unidos, el único gran país con suficiente peso y liderazgo para influir en las decisiones chinas, tampoco está muy interesado en presionar al país asiático. China y EE.UU. no han ratificado el Protocolo de Kyoto y no es una casualidad: cada uno tiene, aproximadamente, el 20% de las reservas mundiales de carbón, la fuente de energía más sucia en términos de emisiones de dióxido de carbono.
En clave social, los dirigentes chinos son conscientes de la necesidad de hacer frente a las notables desigualdades que padece el país. Por este motivo, la Administración pretende mejorar los servicios sociales, tal como consta en el proyecto, y prevé “acelerar la transformación de la pauta de crecimiento económico” para conseguir un desarrollo generalizado, armonioso y sostenible. El modelo que Pequín ha seguido hasta ahora ha dado como resultado un desarrollo desproporcionado y desigual, que ha beneficiado principalmente a las regiones costeras en detrimento de las zonas interiores del país.
Aparte de toda la retórica, el proyecto también incluye objetivos más determinados, como son la intención de duplicar en 2010 el PIB de 2004 y el PIB per cápita de 2000, la voluntad de reducir en un 20% el consumo de energía primaria por unidad de PIB entre 2006 y 2010 y el deseo de promover empresas nacionales que dispongan de sus propias marcas y de propiedad intelectual local. En este sentido, China está realizando un esfuerzo considerable para modernizar su legislación y adaptarla a las leyes internacionales, y así potenciar su propiedad industrial e intelectual. Aunque la República Popular posee uno de los peores registros del mundo si hablamos de propiedad intelectual, el Gobierno central es consciente de la importancia de los derechos intelectuales para la estabilidad económica y el crecimiento del país. Por este motivo, estos últimos años viene potenciando una serie de medidas que van desde la planificación y aplicación de medidas contra la piratería, hasta la puesta en marcha campañas para mejorar las leyes. En diciembre de 2004, el Tribunal Popular Supremo y la Fiscalía Popular emitieron una interpretación judicial en la aplicación penal de los derechos de la propiedad industrial e intelectual que reformula las condiciones para empezar procedimientos judiciales, la aplicación de condenas penales y la posibilidad de imponer penas de presión en delitos reiterados.
Afrontar todas estas reformas que incluye el XI Plan Quinquenal posiblemente comportaría un aumento de los impuestos en las ciudades, lo que, según argumentan los expertos, parece poco probable, al menos por el momento, por el temor de las autoridades de que tal cosa frene el crecimiento industrial. Por este motivo, muchos analistas se preguntan cómo podrá financiar los gastos sociales y de protección medioambiental el Gobierno de Pequín. En cualquier caso, si la Administración china realmente consigue cambiar las prioridades en su modelo de desarrollo, tal como apunta el programa para 2006-2010, las repercusiones internacionales –en las relaciones comerciales, la demanda y los precios del petróleo o el impacto en el medioambiente– serán sustanciales y posiblemente marquen un antes y un después de la aplicación de estas medidas.
En la misma línea que el XI Plan Quinquenal en materia de pobreza y población agrícola, se presenta un plan que el PPCh dio a conocer en octubre y que pretende sacar de la pobreza a 148.000 pueblos en 2010. El proyecto beneficiaria a más de 23 millones de personas, el 80% de la población rural del país. El plan consiste en que, durante los próximos cinco años, el 10% de los fondos que el Ejecutivo chino destina normalmente a la reducción de la pobreza vayan dirigidos a impulsar proyectos laborales para la población que habita en el campo, y sean utilizados para construir puestos de trabajo que no dependan de la agricultura. Además, la Administración central ya está dando un mayor apoyo a aquellas empresas que contribuyen a una mayor reducción de la pobreza a nivel local. Pequín ha respaldado hasta la fecha a 260 compañías que ayudan a más de trece millones de pobres.
En su libro “China. La venganza del Dragón”, la periodista Georgina Higueras apunta a la idea de que“los hados parecen confabulados para que el avance de China hacia la modernidad siga aquel monótono ritmo, de dos pasos hacia delante y uno para atrás”. Algunos expertos argumentan que este año la retórica de Pequín es consciente por primera vez de que tiene que cambiar el modelo de desarrollo del país para adecuar su situación social y medioambiental con su desmesurada economía. Sin embargo, ahora viene lo más complicado: pasar a la práctica el discurso. El profesor Paul Isbell, investigador de Economía y Comercio Internacional del Real Instituto Elcano –una fundación privada e independiente dedicada a analizar la actualidad internacional– y especialista en mercados emergentes, es partidario, como muchos otros especialistas en el tema, de que a estas alturas Pequín está “mucho más concentrado en conseguir hidrocarburos en cantidades suficientes para hacer frente a la demanda prevista” y poder seguir creciendo, y que el factor de sostenibilidad “no entra en sus cálculos políticos”. Según Isbell, esto se debe, en parte, a que la prioridad absoluta del Gobierno chino pasa por fomentar al máximo el crecimiento económico para satisfacer la exigencia de aumentar la calidad de vida y el nivel de ingreso medio de sus más de mil millones de ciudadanos.


China supera a Francia y a Reino Unido en volumen del PIB

En enero de 2006, el Departamento Nacional de Estadística del Gobierno de China revisó al alza el valor total del producto interior bruto (PIB) del país. Debido a esta revisión estadística, la República Popular China (sin incluir a Hong Kong ni a Macao) adelantó a Italia en la clasificación del Banco Mundial de países por volumen de su PIB y, una vez contabilizado el propio crecimiento del año 2005, de un 10,1%, la economía china rebasó a las de Francia y el Reino Unido, convirtiéndose en la cuarta del mundo, con un producto interior bruto total de 2,26 billones de dólares estadounidenses, sólo por detrás de Estados Unidos, Japón y Alemania. En los últimos cinco años, China ha duplicado el valor de su economía, mientras que desde 1994 su PIB se ha cuadruplicado. En aquel momento, los bienes y servicios del país asiático estaban valorados en 559.000 millones de dólares. Sin embargo, con una población de más de 1.200 millones de habitantes y una renta por cápita de 1.700 dólares, al gigante asiático todavía le queda un largo recorrido para alcanzar la prosperidad de las tres economías más fuertes del planeta, que, en conjunto, representan el 50,4% de la economía mundial.
A principios de año se conocía la noticia de que China había superado al Reino Unido por volumen de PIB, y se quedaba a las puertas del podium de economías mundiales, sólo por detrás de Estados Unidos, Japón y Alemania. En términos de producción, unos meses antes, China ya había superado a Italia y Francia, dos países que el año anterior estaban por delante del gigante asiático en el ranking mundial. Muchos analistas señalaron que esta escalada de posiciones era “anunciada”, y más teniendo en cuenta las dimensiones del país y su extensa población (casi 1.300 millones de habitantes), que en términos relativos restan importancia a las hazañas de la economía del país más poblado del mundo.
El PIB de China en 2004 fue el sexto del mundo (1,6 billones de dólares), por detrás de EE.UU. (11,66 billones), Japón (4,62), Alemania (2,71), Reino Unido (2,14) y Francia (2). A lo largo del 2005 siguió creciendo alrededor del 10% y dejó atrás a Francia y al Reino Unido. Hoy, su PIB es el cuarto del mundo por países y los analistas estiman que en otros cuatro años Alemania será rebasada.

El precio que China está pagando por este rápido crecimiento se manifiesta sobre todo en términos sociales y de consumo de energía. Por un lado, y aunque gran parte de la población vive mucho mejor ahora que hace treinta años, el inevitable desarrollo de las zonas más productivas del país (las denominadas zonas económicas especiales), situadas principalmente en la costa, está generando grandes desigualdades frente a la masa rural que tiene el país asiático. Precisamente, en marzo, la Asamblea Popular Nacional aprobó el XI Plan Quinquenal (2006-2010), un programa de subvenciones, inversiones y ayudas al abandonado sector agrario. El proyecto representa toda una novedad en la política china, que en los últimos planes quinquenales siempre se había preocupado de hacer crecer la economía del país, sin mencionar en ningún caso cómo afrontar el desequilibrio social, cómo asumir la gran masa de campesinado que tendrán que soportar las grandes urbes chinas en los próximos años, o cómo mejorar la escasa preocupación por el medioambiente. En este sentido, el plan representa un punto de inflexión en la retórica de los dirigentes chinos en materia de desarrollo social y medioambiental
Por otro lado, el motor económico chino está creciendo de forma tan acelerada que necesita enormes cantidades de combustible y materias primas para saciar su producción. China es el mayor consumidor del mundo de cemento, carbón, acero, níquel y aluminio, y el segundo importador de petróleo, por detrás de EE.UU. Entre 1995 y 2005 la demanda de petróleo del país se duplicó, alcanzando los 6,8 millones de barriles al día. Esto está llevando a China a tejer una gran red de suministro de energía en el mundo para poder abastecerse y asegurarse ahora y en el futuro el combustible que le permita continuar creciendo como hasta ahora.
El PIB del país asiático en los nueve primeros meses del año alcanzó una cifra estimada de 14,15 billones de yuan (equivalente a 1,79 billones de dólares), un 10,7% más que en el mismo período de 2005. En tasas interanuales, el primer semestre del año la subida fue del 10,9%, y del 11,3% en el segundo, la cifra más alta desde 2004. El crecimiento del producto interior bruto se desaceleró ligeramente en el tercer trimestre del año, período en el que registró un aumento estimado del 10,4% como consecuencia de las medidas adoptadas para frenar el sobrecalentamiento de la economía.
Sobrecalentamiento
A medida que ha ido avanzando este año, en Pequín se ha vuelto a disparar la alarma por el elevado sobrecalentamiento de la economía. A finales de abril aumentaron, por primera vez desde octubre de 2004, el tipo de interés para los préstamos en 27 puntos básicos, hasta el 5,85%. A mediados de agosto, volvió a aumentar el tipo para los préstamos (hasta el 6,12%) y subió el tipo para los depósitos (del 2,25% al 2,52%).
El sobrecalentamiento que padece la economía china no es de carácter general, sino parcial. Este sólo afecta a los sectores de la economía en los que hay fuerte sobreinversión, como podrían ser el del acero, del aluminio, del cemento, de la producción de electricidad, textiles y propiedad inmobiliaria, entre otros. La sobreinversión o sobrecapitalización es la utilización de capital para la puesta en marcha de proyectos empresariales de dudosa o nula viabilidad, debido a la superabundancia de dinero disponible para invertir. A corto plazo produce un estímulo de la economía, pero a la larga, el mantenimiento de los proyectos supone desembolsar nuevo dinero para mantener el negocio abierto. Al final, se hace evidente que prácticamente no habrá retornos positivos para la inversión o que estos van a ser desproporcionadamente bajos. Sin embargo, entonces ya se han gastado cantidades notables de recursos financieros, humanos y materiales. En China, el crecimiento de la inversión es superior al 30% anual, cuando en un país desarrollado estaría sobre  el 15 o 20%, y las exportaciones están creciendo al 25%, cuando para mantener el crecimiento en un país occidental bastaría con el 15% o el 20%. Esos dos componentes de la demanda son los que explican el rápido crecimiento del PIB, ya que el consumo interno es todavía proporcionalmente pequeño y registra incrementos más moderados: las ventas al por menor crecieron el 12,9% en 2005 y el 13,3% en el primer semestre de 2006.
El Ejecutivo de Pekín puso en marcha en 2004 varias medidas administrativas para enfriar la economía. Aparte de las tradicionales acciones de política monetaria para frenar el sobrecalentamiento –es decir, aumentar los coeficientes de reserva y los tipos de interés–, las medidas emprendidas iban desde establecer límites en propiedad inmobiliaria, pasando por controlar de la oferta de suelo o restringir el crédito bancario en los sectores en los que hay sobrecalentamiento, hasta reforzar las inspecciones a los proyectos de inversión.
A pesar de los temores de una desaceleración, China sigue siendo uno de los motores del crecimiento mundial. Se estima que este año la economía registrará una expansión del orden de un 10% a un 10,5%. El impulso provendrá principalmente de las exportaciones, más diversificadas y menos dependientes de la electrónica que otros países de Asia, y del incremento de la demanda doméstica, sobre todo rural, que se ha beneficiado por la creación de empleos y de un alza de los ingresos. Por ello se espera que la demanda china por recursos naturales también siga siendo muy alta.
El intercambio comercial chino aumentó entre enero y septiembre en casi un 25%,
hasta los 1,27 billones de dólares, por lo que el superávit comercial chino subió a 109.850 millones de dólares. La balanza comercial china registró en septiembre, por primera vez en varios meses, un pequeño descenso en el balance mensual que sirvió, sin embargo, para que el valor total del superávit acumulado durante el año haya superado el registrado en 2005 a falta de un trimestre para terminar el curso.
La Administración General de Aduanas informó al final del tercer trimestre que la Unión Europea sigue siendo el mayor socio comercial de China, posición que mantiene desde 2004, después de que el comercio bilateral ha crecido un 23,3% en lo que va de año. Estados Unidos, Japón y los países de la ASEAN siguen a Europa en términos de volumen de comercio con Pekín. En este sentido, el fuerte crecimiento de la República Popular también se ha puesto de manifiesto con el aumento de las exportaciones de los Estados Unidos hacia el gigante asiático, que posiblemente provocará que China se convierta en el tercer mercado del mundo para productos norteamericanos antes de fin de año, pasando por delante de Japón.

El crecimiento imparable de China está teniendo también las primeras consecuencias en los organismos internacionales. El FMI aprobó en septiembre con un 85% de los votos una reforma de la institución para aumentar el peso de economías como la china o la surcoreana, dándoles un mayor poder de voto. Por otra parte, Japón ha propuesto este año que los actuales cinco miembros permanentes y con derecho a veto del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aporten entre el 3 y el 5% del presupuesto de la organización. El aumento de las contribuciones afectaría sólo a dos miembros del Consejo, China que contribuye con el 2,1%, y Rusia, con el 1,1% del presupuesto de Naciones Unidas. El argumento de Japón es que los países con decisión de veto deberían contribuir en función de su responsabilidad y estatus. En el año 2000 Japón ya propuso aumentar las contribuciones, pero es la primera vez que concreta una cuota exacta.

Mirando hacia el futuro, una de las medidas propuestas este año por Pekín, junto con Japón y Corea del Sur, que podrían tener más repercusión, no sólo en la economía del gigante asiático, sino que afectaría a la estabilidad de toda la región y a la economía mundial, sería la creación de una Unidad Monetaria Asiática (UMA). En mayo, los ministros de Finanzas de los tres países se reunieron en el marco del encuentro anual del Banco Asiático del Desarrollo para impulsar la posibilidad de coordinar sus monedas en lo que significaría un paso previo para acabar creando una moneda única. Una propuesta que cuenta con el respaldo del denominado grupo del ASEAN más 3 y pretende crear una nueva divisa similar al euro para garantizar la estabilidad monetaria en la región.

El precio por el desarrollo: precariedad laboral y contaminación
El acelerado desarrollo de la economía china ha repercutido en un alto coste social y ambiental para el país. Para poder atraer inversiones extranjeras, durante muchos años la Administración china ofrecía paquetes de incentivos fiscales y un marco regulatorio sumamente laxo en materia de derechos laborales y de protección ambiental. Además, el bajo coste de inversión inicial y de la mano de obra barata que caracteriza el país han hecho del gigante asiático el primer destino de inversión extranjera directa a nivel mundial. Sin embargo, una gran cantidad de empresas internacionales se han aprovechado de la situación y trabajan bajo condiciones ínfimas de higiene y seguridad laboral.
Las facilidades del Gobierno para la inversión extranjera llevaron en 1980 a la creación de zonas económicas especiales en la zona costera, convirtiendo a China en la mayor productora del mundo, sobre todo en el sector de los electrodomésticos y textiles, debido al bajo coste de la mano de obra, cuyo salario en las regiones industriales ronda los 70 euros mensuales. Se calcula que aproximadamente un 25% de todos los bienes manufacturados del mundo se produce en China. El proceso de apertura iniciado en la costa ha permitido a las regiones costeras un despegue económico vertiginoso con índices medios de crecimiento superiores al 10%. Las regiones interiores, no obstante, han experimentado un despegue económico más moderado, con índices de crecimiento en torno al 7%. Este despegue a dos marchas ha abierto una brecha entre la costa y el interior.
El precio por el desarrollo industrial también se ha pagado a nivel ambiental. China se ha convertido en el segundo país en emisiones de dióxido de carbono y tiene que alimentar a su población (el equivalente a uno de cada cinco seres humanos) con sólo un 7% de su superficie en condiciones de ser empleada para la agricultura. Debido en parte a la meta gubernamental de reubicar a 400 millones de chinos en las ciudades en los próximos 25 años, dicha superficie cultivable disminuye al ritmo de 1 millón de hectáreas al año.
Algunos expertos consideran que el precio ambiental y social que está sufriendo el país más poblado del mundo para mantener su crecimiento es un coste temporal y necesario para llegar al nivel de prosperidad de cualquier país desarrollado. De modo que, cuando China estabilice su economía, contará con suficiente presupuesto para corregir estas suplencias ambientales y sociales. Sin embargo, también hay quien considera que el elevado crecimiento de China no es sostenible a nivel de recursos, materias primas, combustible, medioambiente y exclusión social, y que el gigante asiático no podrá mantener este ritmo de prosperidad económica sin solventar antes sus problemas medioambientales, sociales y energéticos.



China busca su sitio como potencia regional y mundial

La prueba nuclear de Corea del Norte y el ascenso al liderazgo japonés del reformista Shinzo Abe han marcado la política exterior de China durante 2006. Por un lado, el ensayo de Pyongyang compromete la posición internacional del gigante asiático, el único país con ascendente sobre Corea del Norte, que además comparte 1.400 kilómetros de frontera; es su primer socio comercial y se enfrenta al reto de ser el primer responsable de hacer efectivas las sanciones internacionales sobre su vecino del norte. Por otro lado, Shinzo Abe, el nuevo primer ministro japonés, prioriza en su agenda internacional mejorar las relaciones entre las administraciones nipona y china, seriamente dañadas por las posiciones nacionalistas de su predecesor, Junichiro Koizumi, y por la disputa energética de unos yacimientos de gas del este del Mar de la China. Precisamente, la demanda energética casi insaciable del gigante asiático está llevando estos últimos años al Ejecutivo de Hu Hintao a tejer una red de alianzas y connivencia política en todo el mundo para garantizarse los suministros de crudo y materias primeas en un futuro. Unos retos a los que China tiene que hacer frente con éxito para redefinir su política en el mundo y en la región Asia-Pacífico.

La prueba nuclear que Corea del Norte efectuó el 9 de octubre de este año ha puesto a China en una posición delicada en el escenario internacional ya que la sitúa como principal actor para frenar la carrera atómica de la que ya es la novena potencia atómica del mundo. El gigante asiático, tradicional aliado de Pyongyang, ha intentado en reiteradas ocasiones a lo largo del año retomar las negociaciones a seis bandas (China, Estados Unidos, las dos Coreas, Japón y Rusia) sobre el programa nuclear de Corea del Norte, tanto antes como después de la prueba nuclear. Sin embargo, el ensayo hace difícil el “amparo” del régimen del norte de la península coreana por parte de China, que no sólo tiene que endurecer su política con Pyongyang de cara a los organismos internacionales, sino que además es el principal responsable de hacer que Corea del Norte cumpla con las sanciones, sobre todo comerciales, que se le han impuesto. En este sentido, el gigante asiático juega un papel principal para la estabilidad de la región.

Los expertos consideran que este año el nuevo Ejecutivo de Japón ha brindado a China una gran oportunidad para conseguir una fuerte alianza en la zona. El presidente chino, Hu Jintao, y el primer ministro, Wen Jiabao, se reunieron el 8 de octubre en Pequín con el nuevo primer ministro japonés, Shinzo Abe, en el primer encuentro entre los más altos responsables de la política china y japonesa en los últimos 17 meses. Se trata del primer paso de Abe en su voluntad de mejorar las relaciones bilaterales con la República Popular –y también con Corea del Sur– para intentar superar los contenciosos históricos entre las dos administraciones. Esta ha sido la primera vez que el primer viaje al exterior de un nuevo jefe del ejecutivo japonés tiene como objetivo Pequín.
El gesto de Abe, demuestra el cambio de rumbo de la política exterior nipona respecto a China, muy dañada estos últimos meses por las polémicas visitas del hasta septiembre premier japonés, Junichiro Koizumi, al santuario de Yasukuni. Un ritual que siguen los mandatarios nipones desde el fin de la segunda Guerra Mundial que consiste en visitar el santuario, considerado como el epicentro del nacionalista japonés de derechas, y que Koizumi ha realizado seis veces entre 2001 y 2006. El santuario gestiona un museo sobre la historia del Japón en honor de los soldados que lucharon por el “País del Sol Naciente”. Un video documental muestra a los visitantes del museo la conquista japonesa de Asia oriental previa a la Segunda Guerra Mundial como un esfuerzo para salvaguardar a Asia del avance imperialista de las potencias occidentales. El hecho en sí no era objeto de controversia política, ya que en Yasukuni se recordaba a todos los muertos de Japón en las guerras. Sin embargo, el 17 de octubre de 1978 empezó discretamente a venerarse a los denominados “Mártires de Showa”, 14 personas a las que el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente consideró criminales de guerra de la Clase A. Las visitas son consideradas desde Pequín como una provocación y constituyen uno de los principales elementos de tensión entre Japón y sus vecinos asiáticos. Por el momento, el nuevo premier, Shinzo Abe, que llegó al cargo con la reputación de ser más nacionalista que su predecesor, ha evitado pronunciarse sobre el pasado militar de Japón y no ha aclarado si visitará o no el controvertido santuario de Yasukuni.
China también ha criticado duramente este año las declaraciones de Japón en las que aseguraba que Taiwán ha llegado a la “madurez política como país”, palabras que sólo sirvieron para aumentar la tensión entre los dos países. Otra de las causas del deterioro de las relaciones entre China y su vecino nipón ha sido la disputa de unos yacimientos de gas y petróleo situados en el este del Mar de China. Las conversaciones entre China y Japón sobre la explotación de estos recursos se han ido sucediendo a lo largo del año. El primer encuentro, que se celebró el 8 de enero, sólo sirvió para constatar la voluntad de negociar y para establecer una nueva cita. Un encuentro que tuvo lugar a principios de marzo, cuando Pequín propuso la explotación conjunta de los hidrocarburos del mar del este de China. La propuesta fue rechazada por el por entonces Secretario en jefe del Gabinete japonés, Shinzo Abe.

En agosto, la petrolera estatal china CNOOC anunció en su página web que había iniciado los trabajos de explotación de los yacimientos de gas y petróleo de Chunxiao, en el mar del este de China. Según la información de la web de CNOOC, el viceministro de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reformas, Zhang Guobao, había visitado el 23 de julio los yacimientos en disputa para constatar que su explotación había comenzado al máximo nivel, una información que provocó la indignación de Tokio.

Los yacimientos del mar de la China oriental son importantes para China en el marco de la política energética que está llevando a cabo. La Administración de Hu Hintao está enfocando su política exterior a garantizarse energía para los próximos años, ya que la demanda en el país es cada vez más elevada. Hasta hace quince años, China era el principal exportador de petróleo de Asia oriental. Sin embargo, hoy en día la situación ha cambiado y el gigante asiático ya es el segundo importador mundial de crudo por detrás de Estados Unidos. China importa un 40% del petróleo que consume. Sus necesidades crecen al mismo ritmo que su economía. Y no sólo la demanda petróleo. China también es el segundo consumidor de fuentes de energía primaria con una cuota del 13,6%, porcentaje que, según algunos estudios, podría aumentar hasta el 16-18% para el año 2020.

Algunos expertos aseguran que gran parte de lo que está impulsando a China a conseguir una seguridad energética es el persistente temor de verse aislado económica y políticamente de futuras fuentes vitales de energía. En un artículo publicado en la revista “Foreign Affaires”, David Zweig, director del Centro sobre Relaciones Transnacionales de China de la Universidad de Hong Kong, explicaba que “Pekín ha estado animando a los representantes de las empresas controladas por el Estado a que asegurasen acuerdos de exploración y suministro con países productores de petróleo, gas y otras fuentes de energía. Al mismo tiempo, ha estado cortejando a los gobiernos de estos estados, fortaleciendo las relaciones comerciales bilaterales, concediendo ayudas, perdonando deudas nacionales y ayudando a construir carreteras, puentes, estadios y puertos. A cambio, China ha ganado acceso a recursos claves, des de oro de Bolivia a carbón de Filipinas o petróleo de Ecuador y gas natural de Australia. La búsqueda de recursos por parte de China ha supuesto un beneficio a ciertos estados, especialmente países en desarrollo (...). Pero para otros, particularmente Estados Unidos y Japón, la insaciabilidad china es motivo de preocupación. A algunos les preocupa que Pekín entre en su esfera de influencia o concierte acuerdos con países a los cuales se intenta marginar.”

En este sentido, Washington se queja de que la política energética de China provoca que establezca alianzas con regímenes hostiles a Estados Unidos o que no son respetuosos con los derechos humanos. “Los chinos mantienen una búsqueda agresiva –de energía– en todo el mundo; sea en Irán, Sudán o Venezuela”, dice James Lilley, embajador de los Estados Unidos en China de 1989 a 1991, “da igual el país que nombres, allí están ellos”. Según David Zweig, la dependencia petrolífera ha hecho que China se convierta en un jugador activo en Oriente Próximo –zona de donde proviene la mitad del crudo que importa el gigante asiático–, en el África subsahariana –región que suministra casi un 30% de las importaciones chinas–, y en América Latina. China ha negociado estos últimos años importaciones con países como Angola, Omán, Irán, Sudán, Vietnam, Yemen, Congo e Indonesia, y en menor medida Guinea Ecuatorial, Nigeria, Chad, Gabón y Camerún.

De hecho, este año hemos presenciado claras muestras de la política exterior del gigante asiático orientada a la energía. A finales de marzo el presidente ruso, Vladimir Putin, visitó Pequín para firmar un acuerdo con su homologo ruso, Hu Jintao, para la construcción de dos gasoductos que permitan transportar el gas natural de Siberia a China. Cuando los dos proyectos se hayan completado, Rusia se convertirá en el principal suministrador de energía de la República Popular. Los dos gaseoductos costarán unos 10.000 millones de dólares y llevarán a China entre 60.000 y 80.000 millones de metros cúbicos de gas natural cada año, cifra equivalente a más del doble del consumo total de China en el año 2004.
Este no ha sido el único proyecto del gigante asiático para garantizarse el suministro energético durante este año. A principios de abril, el primer ministro, Wen Jiabao, viajaba a Canberra, Australia, con dos propósitos: concretar un acuerdo general entre los dos países sobre el uso pacífico de la energía nuclear y otro más específico para la explotación china de algunas minas de uranio australianas. El principal objetivo de China en Australia es el acceso a sus recursos de uranio, que equivalen al 40% de las reservas conocidas del mundo.

Sin embargo, las relaciones que China ha potenciado este año de forma especial han sido con el continente africano. A principios de año, durante una visita del ministro de Exteriores, Wen Jiabao, a África, el Ejecutivo chino presentaba oficialmente sus ambiciosos planes comerciales para obtener crudo y materias primas en el continente. A finales de abril, el propio Hu Hintao inició en Marruecos una ronda de visitas a distintos países africanos. Antes de desplazarse a Kenia y después de hacer escala en Arabia Saudita, Hu Hintao visitó Nigeria –otro de los grandes exportadores de petróleo– por segunda vez desde que es presidente. Concretamente, China invertirá en Nigeria 4.000 millones de dólares (3.200 millones de euros) en infraestructuras. Como compensación, el país asiático tendrá acceso a cuatro nuevas explotaciones de petróleo. En junio, Wen Jiabao volvió al continente africano, esta vez para realizar una gira por siete países. El primer ministro chino se entrevistó en Ghana con el presidente del país, John Kufuor, con el que pactó la concesión de un crédito a bajo interés para proyectos en el sector de las telecomunicaciones. En Sudáfrica, que es uno de los grandes productores mundiales de uranio, Wen Jiabao y el presidente sudafricano, Thabo Mbeki, cerraron un acuerdo para intercambiar conocimientos en materia nuclear y personal para mejorar los procesos e impulsar el desarrollo de tecnología propia.

La región de América latina tampoco ha estado exenta este año de la ofensiva energética de China. El 8 de agosto, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, viajó a la capital china para afianzar los acuerdos petroleros y consolidar los lazos económicos y políticos entre ambos países. En octubre, el gigante asiático llegó a un acuerdo para comprar gas a Turkmenistán y en noviembre pactó cooperar en materia nuclear con India. En el que fue el primer viaje de un presidente chino a la India en los últimos diez años, las dos potencias asiáticas acordaron doblar el comercio bilateral para llegar a los 40.000 millones de dólares en 2010 y se comprometieron a acelerar los esfuerzos para solucionar los conflictos fronterizos, que provocaron una guerra en 1962 por territorio en litigio en el Himalaya por el que todavía no han firmado un acuerdo de paz.

Sin embargo, Pequín es consciente de que, a parte de tejer una red de alianzas a nivel internacional, para asegurarse la energía en un futuro también tiene que esforzarse en diversificar las vías para conseguirla. En marzo, el Consejo de Estado, presidido por Wen Jiabao, aprobó un plan de desarrollo que prevé aumentar la capacidad de generación de energía nuclear china hasta los 40 millones de kilovatios, un 4% del total, para el año 2020. Para lograrlo se construirá una planta cada año con una capacidad de producción de 1,8 kilovatios. Además, en noviembre, la Administración china anunció la construcción de la que será una de las mayores plantas de producción de energía solar del mundo. En total, el ejecutivo chino tiene previsto invertir 765 millones de dólares en la planta, que tendrá 100 megavatios de potencia y se situará en Dunhuang, una ciudad situada en la provincia de Gansu, en el noroeste del país. Los planes del Ejecutivo chino marcan como objetivo para el año 2020 aumentar la proporción de energía renovable que se consume hasta el 16% del total.

Relaciones China - EEUU
Hoy en día las relaciones entre Washington y Pequín son mejores de lo que se preveía con la llegada al poder de la Administración Bush en 2001. El Ejecutivo norteamericano del actual presidente definía al gigante asiático en los primeros meses de Gobierno como un “competidor estratégico” de EE.UU., en lugar de un “socio estratégico”, término utilizado por la Administración anterior. La posición estadounidense con respecto a China era muy severa, ya que se consideraba al país asiático como “una amenaza potencial de primer orden para la paz y la estabilidad en Asia e incluso para la supremacía militar de EE.UU. en el mundo”. Por este motivo, EE.UU. defendía una política estadounidense en Asia centrada en un mejor despliegue militar de EE.UU. en la región, en un mayor apoyo político y militar a Taiwán y en un fortalecimiento de las relaciones con los aliados (Japón, Corea del Sur, Filipinas y Singapur) en detrimento de la política del Ejecutivo de Clinton, considerada como excesivamente centrada en China. El constreñimiento e incluso la contención del gigante asiático eran defendidos firmemente en la conocida “tesis Armitage/Wolfowitz” –por el subsecretario de Estado, Richard Armitage, y el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz–.

En abril de 2001, un incidente entre un caza chino y un avión de reconocimiento EP-3 de EE.UU. tensó aún más las relaciones entre las dos potencias, ya que obligó al comando estadounidense a posarse en la isla de Hainan. En ese momento, George Bush llegó a anunció que haría “todo lo necesario” para defender Taiwán. Aún así, los atentados terroristas del 11-S marcaron un antes y un después en las relaciones bilaterales, que han mejorado de notablemente hasta que, a finales de 2003, se afirmó que estaban en su mejor momento desde 1972. La colaboración bilateral en la lucha internacional contra el terrorismo, un relativamente menor apoyo estadounidense a Taiwán y la importancia que ha adquirido China para EE.UU. en el tratamiento de la crisis nuclear de Corea del Norte han sido los principales responsables de fortalecer los contactos entre los dos Estados. Hoy en día, aseguran los expertos, la relación es estable y las visitas oficiales y los contactos entre los dos Gobiernos han proliferado en los últimos cuatro u cinco años.

Este año, las dos Administraciones han estado trabajando para establecer un “teléfono rojo” entre sus ministerios de Defensa. El establecimiento de la línea telefónica directa entre los responsables de defensa de los dos países ha sido uno de los grandes objetivos norteamericanos después de la crisis en las relaciones militares bilaterales de 2001 a raíz del accidente mencionado anteriormente entre un caza chino y un avión de reconocimiento EP-3 de EE.UU. Aunque todavía no se ha llegado a un acuerdo, la prensa china estima que las conversaciones sobre un posible “teléfono rojo” podrían dar resultado en los primeros meses de 2007.

Relaciones China - Taiwán
La moderación y la prudencia en el apoyo de EE.UU. a Taiwán se ha puesto de manifiesto a finales de enero de este año, cuando Washington lanzó un toque de atención sin precedentes a Taiwán, después de que éste propusiera eliminar la principal institución de la isla dedicada a estudiar una eventual reunificación con el continente (Consejo de Reunificación Nacional). El Departamento de Estado norteamericano alertó al presidente taiwanés, Chen Shui-bian, de que, aunque siempre ha apoyado el ‘statu quo’  de la isla respecto a China, en ningún caso significa que apoye la independencia de la isla y recordó que la política del Ejecutivo de Bush está regida por la idea de la existencia de una única China. La Republica Popular, por su parte, pidió en mayo de este año a Washington que deje de vender armamento a Taiwán, una petición que por el momento no ha sido satisfecha.

Las relaciones entre China y Taiwán han sufrido un duro revés este año a raíz del cierre del Consejo de Reunificación Nacional. El presidente de la isla advirtió a finales de enero de la intención de acabar con el organismo, a pesar de la clara oposición de EE.UU. y bajo la amenaza militar de Pequín, que alertó de la crisis que podía desatar una decisión así. Un mes después, el líder taiwanés cerraba el Consejo de Reunificación Nacional amparándose en el principio democrático de que la soberanía de las naciones reside en las manos del pueblo. Una decisión que, según , pone en peligro la estabilidad de toda la región.
Las contraofensiva de la República Popular a lo largo del año se ha traducido en intentar aislar a Taipei y establecer y fortalecer relaciones diplomáticas y económicas con aliados tradicionales de la isla. En abril, Pequín exigió al Vaticano –el único país europeo que reconoce Taiwán como Estado- que rompiera las relaciones con Taiwán para poder restablecer relaciones diplomáticas entre la República Popular y la Santa Sede, rotas desde 1951. Las tensiones existentes entre los dos países se han puesto de manifiesto este año a raíz de la ordenación por parte de China de tres obispos sin la aprobación tácita del Vaticano. En junio, una delegación del Vaticano visitó Pequín por primera vez en cinco años, pero las posiciones siguen siendo opuestas.
China también ofreció una colaboración estratégica a los pequeños Estados del Pacífico, reunidos en la cumbre regional celebrada en Fiyi en abril de este año, basada en ayudas al desarrollo económico a cambio de energía y de que rompieran toda relación con Taiwán. El paquete de ayudas incluía préstamos preferenciales por valor de 375 millones de dólares para el desarrollo de recursos, agricultura y turismo, junto con la abolición de las tasas de aduanas para la entrada al mercado chino de los productos procedentes de los países más pobres del Pacífico.
La política taiwanesa de Pequín ha sido siempre muy conservadora y China ha reiterado siempre y constantemente su posición: no hay más que una China en el mundo, que agrupa a Taiwán y al continente, y la soberanía e integridad territoriales son inseparables. Sin embargo, Pequín parece consciente de las graves consecuencias de un conflicto y ensaya otras opciones. La apuesta comercial es la más intensa: el comercio entre Taiwán y China (pasando por Hong Kong) ascendió a 63,48 millones de dólares en 2004, con un crecimiento del 36,2% en un año.
Los taiwaneses más o menos residentes en el continente se aproximan al millón de personas (Taiwán cuenta con 23 millones de habitantes) y entre dos y tres millones de taiwaneses van y vienen a China cada año. Ellos han visto con buenos ojos la posibilidad de los lazos aéreos directos durante tres semanas y con motivo del año nuevo lunar para facilitar la reagrupación familiar por tercer año consecutivo. Además, en junio de este año, las dos partes llegaron al acuerdo de incrementar la conexión aérea entre el continente y la isla, mediante vuelos chárter, a un total de cuatro fiestas nacionales. Aunque los aviones no pueden volar directamente entre la República Popular y Taiwán (tienen que hacer escala en un tercer país o en Hong Kong y Macao), el acuerdo es un paso adelante para establecer enlaces aéreos fijos. En julio, después de57 años, entró en funcionamiento el primer vuelo de carga directo entre ambas regiones, motivado principalmente por las relaciones económicas.
Una de las zonas con potencial económico y con un gran interés estratégico por parte de las dos potencias es el Estrecho de Taiwán. China aprobó en marzo de este año una propuesta para crear la denominada “Zona Económica de la Riba Occidental del Estrecho de Taiwán”, una zona de libre comercio para desarrollar la provincia de Fujian, en la región del Xiamen, con el objetivo de que pueda competir con los deltas de los ríos Yangtze y de las Perlas, y con Taiwán. El proyecto significa un movimiento claro hacia un proceso de reunificación pacífico entre la isla y el continente. En julio de este año, el Ejecutivo de Taipei rebajó las restricciones económicas en el estrecho. El primer ministro taiwanés, Su Tseng-chang, afirmó a finales de noviembre que los lazos entre los dos lados del Estrecho de Taiwán beneficiarían a Taiwán y se comprometió a incrementarlos y a fortalecerlos. Su admitió también que, en vista del rápido crecimiento económico de Hong Kong y de Singapur, Taiwán debía considerar si adoptar o no una política más abierta respecto a los lazos del Estrecho. Sin embargo, el presidente Chen Shui-bian se ha mostrado reiteradas veces reticente a liberalizar las relaciones económicas con China, argumentando que la economía de la isla empieza a depender en exceso de su vecina.



Cronologia año  2006
8 de enero. Pequín y Tokio inician conversaciones sobre los yacimientos de gas y petróleo en disputa en el mar de la China Oriental.

10 de enero. El líder norcoreano, Kim Jong-Il, viaja a Pequín en una visita secreta para reactivar el diálogo sobre el programa nuclear de Corea del Norte.

16 enero. Pequín desvela sus ambiciosos planes comerciales para obtener petróleo y materias primas en África durante un viaje del ministro de Exteriores chino, Ban Ki-moon, al continente africano.

20 de enero. Por tercer año consecutivo, la China y Taiwán reanudan los vuelos directos entre ambos países para facilitar la reagrupación familiar para las fiestas del nuevo año chino.

27 de febrero. El presidente de Taiwán, Chen Shui-bian, anuncia que cerrará la principal institución creada para estudiar una eventual reunificación con China (el Consejo de Unificación Nacional).

7 de marzo. Celebración de la Asamblea Nacional Popular china en la que se aprueba el XI Plan Quinquenal (2006-2010) y se da luz verde al plan de desarrollo de la costa occidental del estrecho de Taiwán. La propuesta incluye potenciar una zona de libre comercio a en Xiamen, la denominada “Zona Económica de la Ribera Occidental del Estrecho de Taiwán”.

7 de marzo. El jefe del Gabinete japonés, Shinzo Abe, rechaza la propuesta presentada por Pequín de explotación conjunta de los hidrocarburos del Mar de la China Oriental.

8 de marzo. Pyongyang lanza dos misiles tierra-aire cerca de su frontera con China.

9 de marzo. El ministro de Exteriores japonés, Taro Aso, cualifica Taiwán de “país” y asegura que su democracia ha alcanzado un alto grado de madurez.

22 de marzo. El presidente ruso, Vladimir Putin, firma en Pequín un acuerdo para la construcción de dos gasoductos para llevar el gas natural de Siberia hasta China.

24 de marzo. El Consejo de Estado, presidido por el Primer Ministro, Wen Jiabao, aprueba un plan para aumentar la producción de energía nuclear china.

3 abril. Representantes de las Administraciones china y australiana firman un acuerdo mediante el cual China podrá obtener uranio australiano para utilizarlo como combustible.

3 de abril. China exige al Vaticano que rompa las relaciones con Taiwán para poder reestablecer relaciones diplomáticas entre la República Popular y la Santa Sede.

5 de abril. Pequín ofrece una colaboración estratégica a les islas del Pacífico basada en ayudas al desarrollo económico a cambio de energía y de que rompan toda relación con Taiwán.

9 de abril. Reunión en Tokio de los delegados de los seis países (China, Japón, Estados Unidos, Rusia y las dos Coreas) que participan en las negociaciones sobre los planes nucleares de Pyongyang, en el marco de una conferencia sobre seguridad.

24 de abril. El presidente chino, Hu Jintao, inicia en Marruecos una visita a África.

3 de mayo. La iglesia china nombra a dos obispos sin el consentimiento de la Santa Sede.

4 de mayo. Los ministros de Financias de China, Japón y Corea del Sur anuncian que iniciarán estudios sobre la posibilidad de coordinar sus respectivas monedas en un paso previo para acabar creando una moneda única.

19 de junio. El primer ministro chino, Wen Jiabao, inicia una gira por siete países africanos.

4 de julio. El informe del Banco Mundial constata que China ha superado a Gran Bretaña en términos de Producto Interior Bruto durante el año 2005 y se convierte, de este modo, en la cuarta economía mundial.

13 de junio. China y Taiwán acuerdan incrementar la conexión aérea entre ambos países a través de vuelos charter en las cuatro principales fiestas del año y en casos especiales.

19 de julio. Entra en funcionamiento el primer vuelo de carga directo en 57 años entre China y Taiwán.

7 de agosto. China restablece las relaciones diplomáticas con Chad y provoca la indignación de Taiwán.

7 de agosto. La petrolera estatal china CNOOC anuncia que ha iniciado la explotación de los yacimientos de gas del Mar de la China Oriental, en disputa con Japón.

8 de agosto. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, visita Pequín.

16 de septiembre. El Fondo Monetario Internacional (FMI) aprueba con más de un 85% de los votos aumentar el peso del voto de algunos países asiáticos en función de su economía. La medida afecta a China y a Corea del Sur.

28 de septiembre. El nuevo primer ministro japonés, Shinzo Abe, propone establecer una relación de confianza con China y Corea del Sur en su programa de Gobierno.

8 de octubre. Shinzo Abe y los máximos mandatarios chinos, el presidente, Hu Jintao, y el “premier”, Wen Jiabao, se reúnen por primera vez en cuatro años durante una cumbre bilateral en Pequín.

9 de octubre. Pyongyang realiza la primera prueba nuclear subterránea de su historia, que desencadena una reacción unánime de rechazo en la comunidad internacional.

10 de octubre. China y Corea del Sur anuncian que no apoyaran ninguna resolución de la ONU que implique el uso de la fuerza militar contra Pyongyang.

14 de octubre. China llega a un acuerdo para comprar gas a Turkmenistán.

17 de octubre. El Gobierno de Pequín acuerda un plan para sacar de la pobreza a 148.000 pueblos en 2010.

24 de octubre. Un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino confirma que el líder norcoreano Kim Jong-Il ha asegurado al Gobierno de Pequín que no realizará un segundo ensayo atómico.

21 de noviembre. China e India acuerdan cooperar en materia nuclear y doblar el comercio bilateral para llegar a los 40.000 millones de dólares en 2010.

18 de diciembre. Reanudación de las conversaciones sobre el programa nuclear de Pyongyang entre China, Japón, las dos Coreas, Estados Unidos y Rusia.

 


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