Anuario 2008
Estados Unidos
"Obama llega al rescate de un país en crisis y desencantado"
Ana Isabel Rodríguez

Barack Hussein Obama ha hecho historia al convertirse en el primer presidente negro de Estados Unidos. Este abogado de 47 años y senador por Illinois desde 2004 ha cumplido el sueño de Martin Luther King al romper la última barrera racial. Su carrera hacia la Casa Blanca, que se había iniciado el 10 de febrero de 2007, cuando anunció su candidatura por el Partido Demócrata, culminó en las urnas el 4 de noviembre de 2008 con un triunfo arrollador sobre al candidato republicano, el senador por Arizona John McCain. Un mulato (de madre blanca y de padre negro inmigrante) consiguió conectar con un pueblo desencantado con su gobierno y sus políticas económicas y exteriores. Obama prometió el cambio. No era un cambio únicamente de presidente, ni de partido en el poder, era un cambio de proyecto del país. Tras ocho años en el gobierno, George Bush dejaba una herencia pésima que se resume en una crisis económica de proporciones todavía desconocidas y el fracaso al intentar conseguir la victoria en la guerra de Afganistán y en la invasión ilegal de Iraq. Estos dos conflictos solo habían dejado muertos e imágenes vergonzosas de torturas por parte del Ejército estadounidense a los presos de Guantánamo (Cuba) y de Abu Grahib (Iraq).
El estallido de la burbuja inmobiliaria en el año 2007 y la crisis de las hipotecas subprime (de máximo riesgo) que llevó aparejada desencadenaron en 2008 una crisis financiera de escala planetaria. Los mercados se hundieron, principalmente tras el anuncio de la quiebra del banco de inversión estadounidense Lehman Brothers, y no se recuperaron a pesar del brusco giro hacia el intervencionismo estatal en la economía. De la noche a la mañana, la Administración republicana pasaba de defender el liberalismo absoluto a nacionalizar bancos y aprobar partidas multimillonarias para rescatar el sistema económico. Las consecuencias de la crisis financiera no tardaron en hacer mella en la economía real: parón del consumo seguido de la caída de la producción y, con esta, de la destrucción de dos millones de empleos.
El candidato demócrata mostró su voluntad de reformar el sistema financiero, cuya desregulación total había sido la causa del descalabro en los mercados; y respecto a Iraq, Obama, que había votado en contra de la guerra, prometió retirar las tropas de aquel país, así como cerrar la cárcel de Guantánamo al llegar al poder.
En sus proyectos también se hallaban políticas sociales en sanidad y educación, políticas medioambientales y una voluntad de diálogo en la escena internacional que no solo mantuviese la hegemonía de Estados Unidos, sino que recuperase su liderazgo, su crédito y su prestigio.
Hasta el próximo 20 de enero, cuando asuma de forma oficial la presidencia del Gobierno, no se le podrá juzgar por el desarrollo de estas propuestas. Pero lo importante de su victoria es que sólo por el hecho de ganar las elecciones, ya ha supuesto un cambio de ciclo: fue el adiós a la “era Bush”, el presidente estadounidense que abandona la casa Blanca con la popularidad más baja de la historia.
 Mientras el apoyo popular del republicano caía en picado, el de Obama crecía como la espuma no sólo en las elecciones presidenciales, sino también, anteriormente, en las primarias, en su enfrentamiento a la candidata del partido, Hillary Clinton.
El carisma de Barack Obama se extendió por todo el mundo. Su mensaje atraía a multitudes que se congregaban en cada uno de sus mítines fuera y dentro de las fronteras de Estados Unidos. Obama encarnaba el ascensor social: millones de personas, especialmente las minorías, vieron en él un ejemplo de la recompensa al trabajo y al esfuerzo personal.
Como presidente electo, Obama volvió a hacer gala de la responsabilidad que había prometido en campaña. Ejemplo de ello fue el pragmatismo al elegir su equipo de gobierno, decantándose por personas con experiencia y de centro; y sobre todo la celeridad con la que lo designó y con la que se puso a preparar medidas para ponerlas en marcha en cuanto se haga con el timón en Washington.


El “sueño americano” del primer presidente negro


Soñaron. Pudieron. Estados Unidos de América ha vuelto a reinventarse en 2008 al escoger como presidente a Barack Hussein Obama. La primera familia de raza negra en la Casa Blanca; el presidente de internet; la encarnación del ascensor social; el renacer de la política; la unificación de un pueblo dividido; la ruptura de la última barrera racial; el cambio. Un hecho histórico. Sí, el candidato demócrata Barack Obama hizo historia, rompió moldes, y así se vio ante los ojos de todo el planeta, tanto por sus seguidores como sus detractores, como un líder universal.
“El cambio ha llegado a América”: lo anunciaba el presidente electo, la noche del 4 de noviembre, en su discurso de celebración en Grant Park (Chicago), tras conocer su victoria, ante más de cien mil seguidores. Una victoria contundente: 364 votos electorales y el 52% de los votos populares (62.992.553 ciudadanos), frente a los 174 escaños y a las 55.796.823 personas que votaron al candidato republicano, el senador por Arizona John McCain. Obama es el primer demócrata desde Jimmy Carter que consigue más del 50% de los votos (Carter había obtenido el 50,1%).
“Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de Estados rojos y azules. Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América”, proclamó Obama.
Y no se equivocaba mucho. Ese mensaje de unión, de dar cabida a cualquier color, edad y opción política fue su lema de campaña, y así se reflejó en la macroencuesta a pie de urna, hecha por National Election Pool para las televisiones ABC, CBS, CNN, FOX, NBC, y la agencia de noticias Associated Press. En especial, los jóvenes, las mujeres, los negros y los hispanos se decantaron por el “Yes, we can”, el lema que condujo al senador por Illinois a la Casa Blanca.
Obama obtuvo el 95% de los votos de la minoría negra, el 66% de la hispana; el también 66% de los jóvenes entre 18 y 29 años; y el 68% de los que podían votar por primera vez; el 56% de las mujeres; el 73% de los que ganan menos de 15.000 dólares al año (el 6% del electorado); el 53% de los católicos y el 74% de los judíos.
Mientras, los votantes republicanos respondieron al perfil de varón de raza blanca (un 55% frente al 43% de Obama) y creyente, con estudios superiores (el 48% graduado en la universidad), valores patrióticos y en edad de jubilación (no hay que olvidarse que McCain, a sus 72 años, podría haberse convertido en el presidente más viejo de la historia de Estados Unidos).
Este héroe de la guerra de Vietnam mantuvo el liderazgo en sus feudos electorales de Texas, Georgia, Tenessee, Arizona (su estado natal), y en especial, en Alaska, de donde es gobernadora Sarah Palin, la candidata a vicepresidenta. Sin embargo, sufrió un duro revés en Estados clave como Ohio y Florida. En total, fueron nueve los Estados que se cambiaron de bando respecto a las elecciones ganadas por el republicano George Bush en 2004 (Carolina del Norte, Indiana, Virginia, Colorado, Iowa, Nevada y Nuevo México).
La clave: los hispanos. El mismo grupo étnico que aupó al presidente saliente decantó en esta ocasión la balanza hacia el lado demócrata. El 80% de los 45 millones de latinos ya se anunciaba a favor de Obama antes de las elecciones. El motivo: el derrumbe de la economía y la reforma migratoria de Bush. A principios de año, el senador de Illinois incluso tenía serias dificultades en las primarias en Estados como California, pero la agudización de la crisis, entre otros elementos, fue un factor determinante en el vuelco electoral.
     En Florida, con un récord de participación del 71,5%, el voto de los jóvenes y de los hispanos fue decisivo. En este Estado, dominado por el exilio cubano, se dio un salto generacional, de forma que los hijos de los inmigrantes vieron la situación con una perspectiva distinta, y se sumaron al ideal de cambio. Podría decirse que la comunidad hispana ve en Obama un reflejo de hasta dónde pueden llegar ellos, la minoría más numerosa del país.
Asimismo, destacan Ohio y Virginia. El primero es considerado un “swing state” o Estado oscilante, de ahí que recibiese cientos de visitas de ambos candidatos a lo largo de todo el año. Las de Obama cosecharon un claro éxito gracias a los jóvenes. Pero, sin duda, destaca Virginia, donde el azul demócrata no brillaba desde 1964.
También fue muy significativo el dato de participación: aproximadamente 130 millones de personas, es decir, el 66% del electorado, ejerció su derecho al voto. Atrás quedaba la media estadounidense del 54%. Esta movilización y la victoria de Obama se produjeron gracias a una excelente campaña electoral demócrata.
David Plouffe y David Axelrod, enemigos de las cámaras, trabajaron en la sombra, forjando el triunfo en las urnas. Pouffle, el director de la campaña, ideó una estrategia específica para cada Estado. Para ello se rodeó de asesores expertos en cada uno de ellos.  Destacó el caso de Iowa, donde consiguió la colaboración del veterano senador Tom Harkin, con el que había iniciado su carrera política. Juntos descubrieron cómo derrotar en las primarias a Hillary Clinton en su propio bastión electoral.
Por su parte, a Axelrod, bautizado por el diario The New York Times como “el narrador”, se le considera el responsable del éxito mediático y político de Obama. Consiguió presentar al candidato como un hombre de centro, el hombre que debería liderar el cambio y que no iba a cambiar.
La movilización que lograron estos dos “arquitectos electorales”, como se les conoce en Estados Unidos, no se podía haber conseguido sin dinero. Fueron los aproximadamente 454  millones de dólares recaudados por el candidato demócrata los que permitieron hacer una campaña de calidad y tan extensiva geográficamente (anuncios, mítines de costa a costa, multiplicación de oficinas electorales), frente a los 316 millones conseguidos por McCain.
En las primarias también había batido récords: Obama recaudó 265 millones de dólares procedentes de más de dos millones de personas frente a los 215 de Clinton, recibidos de donantes acaudalados que hacían la máxima contribución legal.
Para ello renunció al sistema de fondos públicos que se había establecido en los años 70, y apostó por combinar las nuevas tecnologías junto a los medios tradicionales. A través de su página web consiguió que personas de todas las clases hiciesen contribuciones. Ahí radicó su éxito: conseguir muchos donativos aunque fuesen de cantidades pequeñas. El 70% de la recaudación procedió de donaciones voluntarias de menos de 50 dólares cada una (lo que confiere al presidente electo cierta independencia de los lobbies, hasta ahora impensable en Estados Unidos).
La estrategia digital marcó una nueva forma de hacer campañas en el futuro. Obama se convirtió en el  primer presidente que se aprovechó de los beneficios de Internet, así como Kennedy lo hizo con el poder de la televisión, y Roosevelt con la radio.  Los vídeos de Obama en Youtube recibieron solo en octubre 77 millones de visitas, mientras que los de McCain, 22 millones. La campaña demócrata había volcado en la red hasta 20 vídeos al día en las semanas previas a las elecciones.
La explicación son las redes sociales como Facebook, que impulsan sobremanera el marketing viral, es decir, el boca a oreja, a través de la red, y cuyos mayores consumidores son los jóvenes. Además, en su página web www.barackobama.com se informaba diariamente de las actividades del candidato, y se reclutaban seguidores para colaborar con su causa.
La comunidad demócrata se empleó a fondo para involucrar al electorado: llamadas telefónicas, envío masivo de correos electrónicos, mensajes de texto a móviles, e incluso visitas puerta a puerta, mientras que desde la dirección de la campaña no se escatimó en gastos: 230 millones para anuncios de televisión que barren los 180 empleados por Bush en 2004. En especial, destacó la compra de un espacio televisivo de 30 minutos en las principales cadenas estadounidenses (CBS, NBC y Fox, y también por la cadena hispana Univisión, MSNBC, la cadena negra BET y TV One) en horario de máxima audiencia por valor de cuatro millones de dólares en la semana anterior al 4 de noviembre.
Detrás de este producto de marketing había contenido: las promesas de cambio de Obama convencieron al electorado, cuyas prioridades a la hora de votar fueron, en primer lugar, la economía y, en segundo lugar, la guerra de Iraq, dos asuntos en los que la Administración de George Bush había fracasado estrepitosamente.
En materia económica, dos fueron sus propuestas clave: una moratoria de 90 días para la ejecución de los embargos de viviendas a aquellos que se mostraban dispuestos a pagar su deuda; y la rebaja fiscal a los ciudadanos con unos ingresos inferiores a 250.000 dólares al año (el 95% de la población), mientras que se los subiría al resto.
En la esfera internacional, prometió la retirada de tropas de Iraq, y el cambio de estrategia en la guerra de Afganistán para reconducir el recrudecimiento de la violencia.

Los errores de McCain
Más allá de los aciertos de Obama, el candidato republicano le allanó el camino con ciertos errores insalvables, como la elección de Sarah Palin como candidata a vicepresidenta. Además de las constantes meteduras de pata en sus declaraciones, que dejaron patente su ignorancia en política internacional y nacional, la escasa experiencia política de la gobernadora de Alaska (dos años en el cargo) privó a McCain de utilizar ese argumento frente a su rival.
También su equipo contribuyó a la falta de una estrategia electoral claramente definida. Su campaña fue sometida a continuas remodelaciones y cambios de directores. Esta inestabilidad se plasmó en su discurso, cuyo foco de atención se desviaba de la economía a la seguridad nacional de manera vacilante.
Ante su falta de protagonismo y con las encuestas desfavorables, el candidato optó por la estrategia del desprestigio del contrario y los mensajes pesimistas y negativos. Perdió más tiempo intentando convencer de que no votasen a Obama que de que lo escogiesen a él.
Además también tuvo que invertir demasiado tiempo en desmarcarse de la era Bush. El entonces presidente fue el mayor lastre de McCain. Una encuesta elaborada por el periódico The New York Times y la cadena televisiva CBS señalaba que cuatro de cada cinco estadounidenses consideraba que su país llevaba un 'rumbo completamente equivocado” y dos tercios de la población desaprobaba la gestión de George Bush.

La sorpresa de las primarias
Barack Obama también hizo historia en las primarias al conseguir derrotar a la candidata del aparato del Partido Demócrata, Hillary Clinton. Fueron unas elecciones muy reñidas: hasta las últimas votaciones no se decidió el ganador. Este alargamiento de los “caucus” puso en peligro al propio Partido Demócrata, que se desgastaba y daba una imagen de división, sin un liderazgo fuerte. Los dos compañeros de partido, incluso, tuvieron que acordar un cese de las acusaciones verbales recíprocas, que sólo dañaban la imagen de ambos.
La victoria de Obama el 3 de enero en Iowa cogió por sorpresa al equipo de Hillary Clinton. Los estrategas de la senadora de Nueva York se equivocaron al infravalorar las opciones del senador de Illinois y centrarse en desbancar al ex candidato a presidente en el año 2000, Al Gore.  
    Se desencadenó entonces una lucha fratricida por el poder dentro del equipo. Mark Penn, estratega de la campaña de Hillary, quería hacerse con la dirección plena y desbancar a los asesores que habían acompañado a la senadora de Nueva York desde que esta había sido primera dama.
Sus estrategas también se equivocaron en el mensaje: quisieron jugar la baza de la experiencia y esta no tenía la suficiente fuerza para combatir la capacidad de cambio y esperanza que ofrecía Obama.
Sin embargo, la victoria del senador no se producía hasta julio, cuando alcanzó el número de delegados suficientes para alzarse con la candidatura oficial en la Convención Demócrata de agosto.
También sorprendió la victoria de McCain por el partido republicano en las primarias. Como candidato independiente dentro del partido, no partía como favorito cuando presentó su candidatura el 25 de abril de 2005.  El gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, y el ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, le superaban en fondos recaudados. Sin embargo, a medida que avanzaban las primarias fue ganando posiciones: el 29 de enero, en Florida, uno de los Estados clave, que se sumaba a New Hampshire y a Carolina del Sur, tradicionalmente el Estado de donde sale el candidato del partido de los elefantes.
Después llegaba el “supermartes” del 5 de febrero, cuando se impuso en número de Estados y de delegados. De esta forma el camino se le despejaba en el resto de votaciones, y era en la Convención Republicana de agosto cuando aceptaba oficialmente su candidatura.

Obama, en marcha para afrontar la difícil situación económica
Barack Obama sabía, cuando fue elegido presidente de Estados Unidos, que tendría por delante una legislatura complicada tanto en política exterior como, principalmente, en el panorama económico. Con esta premisa, se puso manos a las obra desde el primer día y, en menos de un mes, había configurado su equipo de gobierno con el objetivo de  que estuviese listo para actuar desde el próximo 20 de enero de 2009, día en el que asumirá el cargo oficialmente.
Sin abandonar su papel de presidente electo, tomó todo el protagonismo posible para hacer ver al pueblo estadounidense que estaba trabajando para hacer frente a la crisis económica que azotaba el país. Las prioridades absolutas fueron la designación del equipo económico y el desarrollo de un plan económico a punto para ponerlo en marcha en los primeros días de su gobierno.
Timothy Geithner, entonces presidente de la FED de Nueva York, fue designado secretario del Tesoro. Este profesional de gran prestigio, que había trabajado para tres gobiernos distintos y para cuatro presidentes de la Reserva Federal, destaca por su gran experiencia para afrontar crisis, como demostró en la solución de la mexicana y de la  asiática en los años noventa.
Otro peso pesado, Lawrence Summers, dirigirá el Consejo Nacional Económico (organismo de la Casa Blanca). Este ex secretario del Tesoro con Bill Clinton será el encargado de preparar los informes económicos para el presidente. Su excelente trayectoria avalan la confianza depositada en su figura: además de haber sido reconocido como uno de los economistas menores de 40 años que más habían contribuido a la economía, también ocupó puestos como el de presidente de Harvard entre 2001 y 2006.
Desde el prestigioso puesto de presidente de la Oficina de Presupuestos del Congreso, el presidente electo incorporó a su equipo a Peter Orszag. Este doctor en Economía deberá manejar los Presupuestos de la Presidencia. Una de las tareas inmediatas será administrar el gigantesco déficit con el que se cerró 2008.
Pero además de los cargos habituales, Obama creó un nuevo departamento económico: el Consejo Asesor  para la Recuperación Económica. El ex presidente de la FED entre 1979 y 1987 dirigirá a un equipo de 16 personas entre las que destaca Austan Goolbee, que desempeñará el cargo de economista jefe del Consejo. Goolbee fue uno de los asesores económicos de Obama desde 2004.
Este pragmatismo en los nombramientos (apostando por lo práctico y seguro, es decir, sin arriesgar) empezó a levantar sospechas sobre el cambio prometido. Obama defendió firmemente su apuesta por la experiencia y la competencia a la hora de designar a los miembros de su Gabinete. El cambio dijo que vendría de él mismo, y sería él quien marcase el rumbo de la embarcación, pero a bordo quería a la mejor tripulación y la más capacitada para enfrentarse al vendaval económico.
El mismo principio marcó la formación de su equipo de defensa nacional. El mayor revuelo lo produjo el nombramiento de Hillary Clinton, su rival acérrima en  las primarias y peso pesado del Partido Demócrata, como secretaria de Estado, el puesto de mayor relevancia pública después del de la presidencia. Su currículum (abogada de prestigio, primera dama durante ocho años y senadora desde el año 2000) respaldaba fuertemente su elección para el puesto. Hillary tendrá el encargo de restaurar la imagen de Estados Unidos en el mundo, renovar la diplomacia americana y buscar soluciones a la amenaza del terrorismo.
Además de la competencia, la segunda característica del equipo fue su bipartidismo y centrismo. La ideología quedó relegada, y se pudo ver a varios republicanos ocupando puestos de gran trascendencia, como Robert Gates y James Jones. El primero permanecerá un año más como secretario de Defensa, cargo que ocupaba desde hacía dos años, cuando sustituyó a Ronald Rumsfeld, el máximo promotor de la guerra de Iraq. Durante la nueva legislatura, Gates tendrá el cometido de retirar a las tropas de Iraq, mientras que hasta 2008 su objetivo era conseguir la victoria.
Por su parte, el general de cuatro estrellas retirado James Jones será el consejero Nacional de Seguridad. Jones también cuenta con una larga trayectoria a sus espaldas, en la que, entre otras cosas, fue comandante supremo de la OTAN en Europa entre 2003 y 2006.
Janet Napolitano cierra el equipo de defensa como secretaria de Seguridad Nacional. La hasta entonces gobernadora de Arizona fue la primera en implantar, desde ese cargo, una estrategia de seguridad estatal; y también fue la primera que pidió ayuda la Guardia Nacional mexicana para colaborar en la frontera, y  además, lidera un movimiento nacional por una reforma migratoria más comprensiva.                   
La tercera característica destacada de la futura Administración fue el pasado “clintoniano” de muchos de sus miembros. Geithner, Summers o Bill Richardson, entre muchos otros, trabajaron en alguno de los mandatos de Bill Clinton. El gobernador latino de Nuevo México desde 2002, Bill Richardson, había sido secretario de Energía y embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas con Clinton. Obama le encomendó la secretaría de Comercio, a quien había sido un apoyo fundamental en la campaña presidencial entre la comunidad latina.
Con esta designación, quedaban enmarcados dentro del nuevo gobierno los tres ex rivales de Obama en las primarias (Bill Richardson, Hillary Clinton y el vicepresidente Joe Biden). Un gesto más del carácter conciliador y dialogante del presidente electo.
También accedieron a puestos relevantes destacadas figuras de su campaña, como el estratega de esta, David Axelrod, quien será el asesor del presidente; Rahm Emanuel, encargado de la victoria demócrata de 2006 en las elecciones legislativas, que ocupará el puesto de jefe de Gabinete de la Casa Blanca; y, por su parte, Susan E. Rice, una de las personas más cercanas a Obama y su consejera de política exterior hasta entonces, quien asumirá la representación de Estados Unidos ante la ONU.
El pragmatismo, la experiencia y el centrismo de su equipo perfilaron una Administración plural e independiente que evitará que la Casa Blanca sea rehén del Capitolio, con mayoría demócrata en las dos Cámaras y más a la izquierda que Obama.


El Congreso se tiñe de azul demócrata



En las elecciones del 4 de noviembre no solo se escogía presidente de Estados Unidos. Estaba en juego la renovación de los 435 escaños de la Cámara de Representantes, un tercio del Senado, once gobernadores de Estados y más de un centenar de proposiciones estatales.
Los demócratas ampliaron la mayoría en ambas cámaras, lo que les permitirá mayor margen de maniobra para gobernar. El Congreso en conjunto tendrá que responder con celeridad a asuntos de gran trascendencia como son las medidas económicas, entre ellas la puesta en marcha de la segunda parte del plan de rescate aprobado en octubre por un monto de 700.000 millones de euros para ayudar a la economía financiera o el plan de infraestructuras que anunció Obama para crear 2,5 millones de puestos de trabajo.
En la agenda del Congreso también tendrán prioridad el calendario para la retirada de tropas de Irak, la ampliación de las rebajas de impuestos a la clase media (se calcula que puede afectar al 95% de la población), así como aumentar la cobertura médica (hasta ahora destinada a los pensionistas y a los más pobres de forma gratuita).
En el Senado no se alcanzó la mayoría absoluta de 60 senadores que evitaría la llamada “táctica dilatoria de los oponentes”, es decir, el bloqueo de las leyes por parte de los republicanos. Por lo tanto, los demócratas no tendrán total libertad para aprobar las reformas y leyes que deseen, sino que deberán buscar acuerdos puntuales con senadores del Partido Republicano para que las propuestas salgan adelante.
Los demócratas aumentaron su presencia en la Cámara Alta en seis escaños, por lo que consiguieron 55 asientos frente a los 40 del republicano.
Hasta las elecciones, ambos partidos contaban con 49 senadores, pero el impulso de Barack Obama fue determinante para arrebatar seis. Destaca especialmente Carolina del Norte, donde la veterana senadora Elisabeth Dole perdió su escaño a favor de Kay Hagan. También sorprendió el cambio de color político en New Hampshire: allí Jeanne Shaheen le ganó la partida al republicano John Sununu. En Nuevo México, Virginia, Colorado, Connecticut y Oregon también se dio la vuelta al resultado a favor del Partido Demócrata.
En la Cámara de Representantes, los republicanos sufrieron la segunda derrota en dos años. El partido azul consiguió ampliar la mayoría obtenida en 2006, cuando se habían hecho con el control de la Cámara. Los demócratas pasaron de 235 escaños a 261, lo que se tradujo en una pérdida de asientos para los republicanos, que de controlar 199 pasaron a 174.
Además de presidente, los electores de once Estados debían elegir gobernador. Los republicanos se mantuvieron en el poder en Indiana, Vermont, Dakota del Norte y Utah, mientras que Missouri cayó del lado azul. En este Estado, el demócrata Jay Nixon, el fiscal general más veterano de todo el país, se impuso en la lucha por el puesto al republicano y seis veces congresista Kenny Hulshof, que esperaba relevar a su compañero de partido Matt Blunt, que no se presentaba a la reelección.
No hubo más sorpresas y los demócratas también se aseguraron la victoria en los Estados de Washington, Carolina del Norte, Montana, Virginia Occidental, Delaware y New Hampshire, donde gobernaban. La elección de Berverly Perdue en Carolina del Norte supuso la llegada de la primera mujer gobernadora a este Estado.
Pero no acabó aquí la lista de papeletas que los ciudadanos tuvieron que rellenar el 4 de noviembre. En muchos Estados estaban en juego importantes leyes relacionadas con los derechos sociales, las más controvertidas: el aborto y los matrimonios homosexuales.
En California prosperó la Propuesta 8, por la cual el concepto de matrimonio se restringió a la unión entre un hombre y una mujer, dejando las bodas homosexuales fuera de la ley. El 52% del electorado se mostró a favor de derogar la decisión del Tribunal Superior de Justicia, que las había aprobado en mayo. Desde entonces, 18.000 parejas habían contraído matrimonio.
Hasta final de año, los defensores del matrimonio homosexual protagonizaron marchas y reivindicaciones públicas para protestar por lo que consideraban una violación de un derecho constitucional. Al mismo tiempo, emprendieron acciones legales apoyadas por personajes de Hollywood, como Brad Pitt, que donó 100.000 dólares a la causa.
En Florida y Arizona quisieron adelantarse a una situación similar, y votaron a favor de una enmienda conservadora para incorporar a la Constitución del Estado la definición de matrimonio como exclusiva para la unión entre un hombre y una mujer.
En un tono más progresista, en Michigan se aprobó una enmienda a favor de rebajar las regulaciones sobre la investigación con células madre embrionarias. Con ella, se abrió la posibilidad para utilizar embriones de clínicas de reproducción asistida.
Otra legalización subrayable fue la de marihuana para uso terapéutico en Michigan, Dakota del Sur, Colorado y Massachusetts. En este último, además, se rebajó la penalización de la posesión de pequeñas cantidades de esta droga, reduciendo el castigo a una multa de cien dólares.  
Con relación al aborto, hubo dos estados que votaron enmiendas, Dakota del Sur y Colorado. El primero rechazó la restrictiva propuesta de prohibición absoluta del aborto, excepto en los casos de violación, de incesto, o riesgo para la salud de la madre. Mientras que el segundo descartó una enmienda constitucional que fijaría el inicio de la vida humana en el momento de unión de un óvulo con un espermatozoide. Ello implicaría que el aborto fuese ilegal en todo supuesto, y extendería derechos humanos a los fetos.
En Washington el debate se vivió respecto al fin de la vida. Este Estado se convirtió en el segundo de Estados Unidos (tras Oregón) en legalizar la eutanasia para los enfermos terminales.
Por su parte, en la republicana Nebraska, donde el más votado fue John McCain, los ciudadanos aprobaron una enmienda que prohibió la discriminación positiva en programas públicos por motivo de raza, sexo, etnia o nacionalidad, tanto a nivel local como nacional.


¿Dónde estaba Bush?

Los días previos a las elecciones presidenciales y el mismo día, todos los medios de comunicación se preguntaban dónde estaba Bush. Durante cinco días el presidente de Estados Unidos suspendió todos los actos oficiales e incluso prefirió votar por correo al candidato de su partido, John McCain, para evitar que su imagen en los medios lastrase todavía más las opciones del senador de Arizona.
Este confinamiento de su figura a un segundo plano fue la tónica del último año de su mandato. Bush era ya historia, y el protagonismo lo acapararon sus posibles sustitutos.  Empezó el año con la popularidad por los suelos: un 28%, el mismo porcentaje que Richard Nixon en 1972 después del escándalo del Watergate. El último discurso del estado de la nación, que pronunció en enero, pasaba prácticamente inadvertido en medio de las primarias. Y lo acabó peor: su popularidad en la semana de las elecciones marcó un mínimo histórico, el 24% de aprobación.
En plena crisis financiera, cada vez que Bush hablaba para recuperar la confianza de los ciudadanos en los mercados, estos se desplomaban. El mismo efecto tenía su figura sobre la intención de voto a McCain.
Sus políticas internas destacaban por sus consecuencias negativas. Una de ellas fue la reforma inmigratoria, aprobada en 2007, que se volvió excesivamente estricta (multas a los empresarios que contraten trabajadores ilegales, refuerzo policial en la frontera, así como la construcción del muro que separa EE.UU. y México). Los ciudadanos estadounidenses de origen latinoamericano, contrarios a las medidas, cambiaron su voto, tradicionalmente republicano, al azul demócrata.
Por otro lado, a pesar de la imagen que dejó el “Katrina” del deterioro de las construcciones de la primera potencia mundial, no se aumentaron las inversiones en infraestructuras. La reparación de puentes, la ampliación de aeropuertos o la modernización del sistema de tratamiento de aguas residuales son algunas de las obras que más urgencia requieren, y para las que Obama prometió dinero y puestos de trabajo para llevarlas a cabo.
En materia energética, no hubo ningún plan para reducir la dependencia de las importaciones de petróleo. Ante la escalada de los precios del combustible, que parecía que no tocaban techo, sobrepasando los 150 dólares el barril de Texas (precio de referencia en Estados Unidos), Bush no consiguió que sus amigos de la OPEP, como Arabia Saudí, aumentasen la producción.
La oposición que le brindó el Congreso contribuyó todavía más a su inacción gubernamental. Quedaron pendientes la renovación del plan educativo “Que ningún niño se quede atrás” (No child left behind), que premia a las escuelas que fomenten un alto progreso de sus alumnos, especialmente cuando estos proceden de sectores minoritarios o con más dificultades; o del  Tratado de Libre Comercio con Colombia, cuya discusión quedó suspendida indefinidamente.
En general, a nivel gubernamental, se vivió un clima de espera por el cambio de gobierno. Lo único que interesaba eran las propuestas de la nueva Administración, y olvidar lo antes posible a la última.



El neoliberalismo se bate en retirada


La crisis de las hipotecas “subprime” o alto riesgo, que había estallado en agosto de 2007 en Estados Unidos cuando el aumento de la morosidad produjo enormes pérdidas bancarias, desencadenó una crisis financiera mundial en 2008 que llevó aparejada una crisis de la economía real.
Lo que a principios de año se denominaba crisis, pasó a convertirse en recesión en el tercer trimestre. La contracción del comercio interno, el aumento del paro, la caída del poder adquisitivo, la debilidad de la demanda y el frenazo de la actividad económica, todo ello combinado, supuso hablar del inicio de una depresión que para los analistas solo tiene parangón con la que siguió al “crack” de la Bolsa de Nueva York en 1929.
La trascendencia de la actual crisis se empezó a concebir cuando el Gobierno estandarte del neoliberalismo y la desregulación de los mercados puso en marcha las mayores medidas intervencionistas de la historia de Estados Unidos. En marzo, la Reserva Federal estadounidense (FED, en sus siglas en inglés) salió al rescate del banco de inversión Bear Stearns. La que se vendía como una medida excepcional, se repetiría en varias ocasiones para evitar la quiebra de importantes entidades financieras que podrían llevarse consigo a todo el sistema.
A pesar de los numerosos planes de rescate de la economía impulsados por la FED y el Departamento del Tesoro, las bolsas del planeta se desplomaron casi diariamente entre los meses de septiembre y noviembre. Estados Unidos se dio cuenta de que había finalizado la época del liberalismo voraz (iniciado en los años 80 con los mandatos de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en EE.UU), en el que los mercados son autosuficientes y se autorregulan; y dio los primeros pasos hacia un nuevo ciclo de intervencionismo en la economía.
El 15 de noviembre, los jefes de Estado y de Gobierno del G-21 (grupo de veinte países que integra a los más desarrollados y a los emergentes) se reunían en Washington para buscar una solución global a una crisis que afectaba de manera sistémica a todas las economías. Se empezó a hablar de otro “New Deal”, en referencia a la reforma económica que el presidente estadounidense Franklin Delano Roosvelt había puesto en marcha como respuesta a la Gran Depresión de 1929, y de un nuevo “Bretton Woods”, en analogía a la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, celebrada al final de la Segunda Guerra Mundial, que configuró un nuevo orden económico internacional.
Esta vez no llegó a ser una refundación del sistema, pero sirvió para dar carpetazo a casi tres décadas de descontrol y desregulación en los mercados, al reconocer como principios básicos: tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario, y tanto bienestar para la mayoría de la sociedad global como las condiciones económicas lo permitan, recuperando el modelo económico de John Maynard Keynes, uno de los economistas más influyentes del siglo XX.
Más allá del vago contenido de la cumbre, su verdadera intención era ofrecer confianza a los ciudadanos: hacerles ver que los Gobiernos tomaban las riendas del descalabro y que se ponía fin al estado de confusión vivido hasta entonces, en el que se sucedían planes millonarios y medidas dispersas que no atajaban el problema.
A principios de año, George Bush había aprobado la Ley de Estímulo Económico por valor de 168.000 millones de dólares. Este plan consistía en incentivos fiscales a las empresas que invirtiesen y creasen nuevos puestos de trabajo, y en la devolución de 600 dólares de impuestos a los contribuyentes. A este se unieron el plan “Lifelife”, un proyecto de salvamento para congelar durante un mes la ejecución hipotecaria; así como continuas inyecciones de liquidez por parte de la FED. En mayo aumentó un 50% las subastas de liquidez (dinero en metálico que el Tesoro pone a disposición de los bancos a un tipo de interés fijo) hasta los 75.000 millones de dólares, cuyo plazo se amplió hasta el 30 de enero de 2009.
Mientras tanto, los parqués marcaban mínimos históricos y los bancos acumulaban pérdidas superiores al 70%. En este contexto, en septiembre se produjo la nacionalización de Fannie y Fredie Mac, aseguradoras de la mitad de las hipotecas estadounidenses, a través de la inyección máxima de 200.000 millones de dólares en nuevo capital y líneas de crédito.
Días más tarde, el Gobierno estadounidense aplicaba otra vara de medir y dejaba caer a Lehman Brothers. No acudir a su rescate se consideró el mayor error de la Administración Bush frente a la crisis. La quiebra de este banco de inversión puso de manifiesto que el colapso inmobiliario norteamericano era de enormes proporciones.
El pánico que desató la desaparición de este actor tan importante a nivel global llevó a una volatilidad en los mercados desconocida hasta entonces, y a la visibilidad de que se estaba ante una crisis de liquidez y de solvencia que trajeron consigo la sequía en el mercado interbancario y en la concesión de nuevos créditos. Esta parálisis se traducía, inevitablemente, en el parón de la economía real: caída de la inversión, de la demanda, de la producción, de la inflación; en definitiva, del crecimiento económico.
Aprendida la lección, tan sólo dos días después, se rescataba y nacionalizaba a American International Group (AIG), la mayor aseguradora del mundo. La FED le prestó 85.000 millones de dólares a cambio de hacerse con el 80% de sus activos.
Al mismo tiempo, desaparecía la banca de inversión: Morgan Stanley y Goldman Sachs solicitaron la transformación en bancos comerciales, sujetos a mayor regulación y capaces de captar depósitos.
Ahora bien, salvar a AIG no  era suficiente para hacer frente al hundimiento de Wall Street, provocado por la precipitación de Lehman Brothers. El temor a un “crash” financiero obligó al Gobierno de Bush a lanzar un plan de rescate sin precedentes por valor de 700.000 millones de dólares, en un principio, para la compra de “activos tóxicos” (aquellos que no se esperan cobrar) por parte del Gobierno como forma de dotar de liquidez y solvencia a la banca.
El plan de emergencia inicial de cinco folios fue enviado al Congreso para su aprobación. Su rechazo en un primer momento perjudicó todavía más los mercados financieros, puesto que Bush había vendido este paquete de medidas como el salvador de la economía. Después de dos revisiones en la Cámara de Representantes y el Senado, el plan de rescate pasó a tener 451 folios en los que además de recortes fiscales y el aumento de la garantía de los depósitos de 100.000 a 250.000 dólares, como las medidas estrella, se incorporaron una serie de propuestas más populistas, como las ayudas fiscales a los fabricantes de flechas, para conseguir su aprobación.
Su eficacia suscitaba muchas dudas, ya que la inversión en “activos tóxicos” sería dinero perdido. Por primera vez, EE.UU. daba un giro inesperado y miraba a Europa, en concreto a Reino Unido y al plan de Brown para comprar “activos sanos”(de máxima calidad). De esta forma, la primera fase del plan de rescate consistió en una inyección de 250.000 millones de dólares para entrar en el capital de los bancos, a través de acciones preferentes sin derecho a voto. Además también se incluía la limitación de los sueldos de los directivos de las entidades rescatadas, así como medidas de regulación que evitasen la misma situación en un futuro.
Tras la cumbre del G-21, por fin llegaron las primeras medidas importantes para ayudar a la economía real. La Reserva Federal y el Departamento del Tesoro aprobaron otro plan, esta vez por valor de 800.000 millones de dólares, para reactivar los mercados de crédito (ante la crisis de liquidez de los bancos) y frenar los efectos de la crisis financiera sobre las empresas y las familias.
Una primera partida de 600.000 millones de dólares fue destinada a comprar activos hipotecarios y una segunda, de 200.000 millones, para avalar créditos al consumo, para ahorradores, estudiantes y personas con hipoteca, así como para los compradores de coches (ya que la industria del automóvil fue una de las más afectadas por la crisis).

¿Cómo se llegó hasta aquí?
En el origen de las soluciones intervencionistas del Estado se encontraba el análisis de las causas de la crisis financiera mundial. La conclusión había sido que la liberalización financiera de las últimas dos décadas (sin ningún tipo de control) y el exceso de liquidez global habían llevado a una euforia financiera basada en burbujas especulativas que distorsionó completamente la percepción de riesgo.
La punta de lanza de la crisis fue el estallido de la burbuja inmobiliaria. Esta tuvo su origen en el sector financiero. Los bancos de inversión (intermediarios entre los bancos comerciales y los inversores) creaban derivados financieros que permitían que los bancos comerciales subdividieran y reagruparan sus activos, especialmente hipotecas (concedidas si ton ni son a miles de personas de dudosa solvencia), y los revendieran en el mercado en forma de obligaciones, cuyo respaldo era el pago de las propias hipotecas.
Estos derivados financieros se comercializaron en todo el mundo gracias a la globalización de los mercados, e iban aumentando su precio al pasar de unas manos a otras, alejándose de su valor real y de la posibilidad de cobrarlo.
En esta falta de regulación, defendida por el ex presidente de la FED Alan Greenspan, también desempeñaron un papel importante los llamados préstamos al día o “call loans”, en los que el comprador solo paga una parte muy reducida de las acciones adquiridas (en torno al 10%), y el resto lo proporciona un corredor, gracias al crédito bancario. Esta práctica permitió que miles de compradores sin avales ni fondos se hiciesen con títulos financieros.
Otro de los factores responsables de la crisis fue la política de altos rendimientos impuesta por los directivos, fijada en cifras superiores al 15%. El llamado rendimiento de los fondos propios (ROE, “return on equity” en inglés) supuso un aumento de los ganancias del 255% entre 2000 y 2007. Las empresas que, en determinados momentos, se encontraban con exceso de liquidez, invertían en fondos de máximo riesgo porque las ganancias eran altísimas, incluso llegaban a superar a la propia actividad del negocio. En esa política también figuraban las altas retribuciones de los jefes (salarios escandalosos que se mantuvieron pese a la crisis), así como una bonificación en caso de cancelación de su contrato.
Además de la reventa de hipotecas, paralelamente se creó otro activo financiero más peligroso: el seguro de impago (CDS, “Credit Defaut Swaps), que respaldaba los nuevos derivados de crédito. Las empresas aseguradoras obtuvieron enormes beneficios, debido a las altas primas que se pagan por productos de alto riesgo. Este modelo propició un crecimiento elevado de la economía entre 2003 y 2007.
Ahora bien, todo este tinglado se basaba en que los estadounidenses pudieran pagar sus hipotecas. Esto dependía de que el precio de la vivienda siguiese subiendo, puesto que así los hipotecados podían refinanciar su deuda gracias al mayor valor de su inmueble.
Los precios venían subiendo como la espuma gracias a la especulación (se pensaba que se podrían vender a un precio más alto del que habían pagado) y gracias a la política monetaria que en 2001, tras el 11-S, había recortado los tipos de interés hasta el 1%. A partir de 2004 la tendencia se invirtió y la FED llegó a subir los tipos de interés hasta el 5,25% en 2006. En seguida, la morosidad y las ejecuciones de hipotecas se dispararon, y pronto salió a la luz el riesgo que entrañaban aquellas operaciones.
Desde entonces, la FED empezó a reducir los tipos de interés: tras sucesivos recortes a lo largo del año, pasaron del 4,5% en enero hasta el 1% en octubre. Por su parte, la venta de las viviendas usadas cayó un 11,3% hasta octubre, y la venta de casas nuevas, un 40% en índice interanual, según datos del Departamento de Comercio. De nada sirvió el descenso de los precios de la vivienda hasta los 272.000 dólares, comparado con los 313.000 dólares que costaba de media una casa en octubre del año pasado.
El número de propiedades en venta aumentó todavía más por el incremento de las ejecuciones hipotecarias, que registró una subida del 25% respecto al año anterior. Uno de cada 452 hogares en Estados Unidos se encontraba en octubre en alguna fase de la ejecución (notificación de morosidad, subasta pública, apropiación por parte del banco). Los Estados de Nevada, Arizona, Florida, California y Colorado ocupaban los puestos con porcentajes más altos.

Estados Unidos entra en recesión
La crisis financiera no solo afectó a las hipotecas y la venta de la vivienda. Sus consecuencias se dejaron sentir en todos los ámbitos económicos que afectan directamente a los ciudadanos y al crecimiento del país.
El dato más preocupante fue el retroceso del Producto Interior Bruto (PIB), que, en el tercer trimestre, cayó un 0,3% (la caída más fuerte desde el tercer trimestre de 2001, que había estado marcado por el 11-S). Para el último trimestre del año se esperaban cifras similares que harían hablar oficialmente de recesión.
Este retroceso en el crecimiento se produjo por un círculo vicioso que tiene su origen en la caída del consumo estadounidense, que supone el 70% del PIB. En el tercer trimestre registró un descenso del 3,7% en tasa interanual, el mayor desde 1980. El miedo, la falta de confianza y las cargas hipotecarias pasaron factura. Entre 1950 y 1980, los estadounidenses gastaban el 91% de sus ingresos, mientras que en los últimos años rondaban el 99% y solo ahorraban un 1%. El centro de investigaciones Pew calculó que en 2008 el ahorro sería de un 3% de los ingresos.
Este parón de la demanda supuso una caída en la producción. Las empresas vieron cómo sus ganancias se reducían y, a mayores, se encontraron con grandes dificultades para invertir ante la negativa de los bancos para conceder nuevos créditos.
En esas circunstancias fueron muchas las empresas, especialmente las del automóvil como General Motors, que decidieron reducir plantilla, desprenderse de filiales o simplemente echar el cierre. El desempleo alcanzó niveles récord: en noviembre se situó en el 6,7%, el más alto desde 1983, después de que medio millón de personas más pasasen a engrosar las listas del paro, la mayor subida en 34 años. En el balance de 2008, 1,68 millones de estadounidenses perdieron sus puestos de trabajo, de los cuales solo entre agosto y noviembre supusieron 1.184.000.
    El aumento de parados supuso la entrada de menos ingresos en las familias; unido a ello, la gente empezó a consumir menos, cayó la demanda; se contrajo la oferta, y así se completó el círculo que hizo caer el crecimiento del PIB.
Llevados por esta espiral, la inflación y el precio del petróleo descendieron. El IPC, que había crecido de enero a julio hasta el 5%, el mayor avance en 26 años, especialmente por los precios energéticos, empezó a retroceder desde agosto hasta el 2,7% en octubre. Aparte de la caída del consumo, el descenso del precio del petróleo fue el factor determinante.
El coste del llamado oro negro había vivido una escalada vertiginosa desde 2007 hasta alcanzar el techo de los 150 dólares en agosto de 2008. Gran parte la culpa la tuvieron los inversores especulativos que vieron un negocio en el mercado del petróleo. Pero con el estallido de la crisis financiera y el estancamiento productivo, la demanda empezó a caer, y el precio del petróleo se situó por debajo de los 50 dólares y, por tanto, la inflación también disminuyó.
A nivel estatal, la crisis y los multimillonarios planes de rescate hicieron que el endeudamiento de Estados Unidos alcanzase los 9 billones de dólares y dejase como herencia al presidente electo, Barack Obama, un déficit presupuestario récord de 482.000 millones de dólares.
Ante la falta de ingresos, el Departamento del Tesoro tuvo que recurrir a la emisión de deuda pública. La mayor parte fue acaparada por China, que se situó como el principal poseedor de deuda estadounidense, tras pasar a Japón. El gigante asiático suma 585.000 millones de dólares en inversiones en la primera economía mundial, el doble de lo que disponía en julio de 2005. Por tanto, la crisis benefició al principal rival económico de Washignton.
En cuanto al déficit, que triplicó el del ejercicio fiscal de 2007,  equivale al 3,2% del PIB. Además de los planes de emergencia, varios factores explican esta subida: por un lado, el aumento del gasto en un 9,1%, principalmente por las partidas de Defensa y Seguridad Social; y, por otro, los menores ingresos, como consecuencia del paquete de estímulo fiscal de 168.000 millones de dólares, así como la ralentización de la economía. Sin embargo, los analistas coinciden en señalar que, en momentos de crisis, el déficit no debe verse como un problema, sino como la solución. A diferencia de lo que se hizo inicialmente después del crack del 29, cuando se intentó contener el presupuesto, lo ideal es que el Estado siga invirtiendo en época de crisis para reactivar la economía.


Bush también suspende en política exterior en su último año de mandato


Finalizó el último año de George Bush al frente de la presidencia del Gobierno de Estados Unidos y la dañada imagen de la diplomacia estadounidense no pudo recuperarse. Su legado consistió principalmente en dos guerras empantanadas, en Iraq y Afganistán;  un  retroceso en las relaciones con Rusia, rival militar y estratégico; la insistente negativa de Irán a detener su programa de enriquecimiento de uranio; y el fallido intento de dar solución al conflicto palestino-israelí.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York habían supuesto una redirección de la política internacional de EE.UU. La guerra contra el terror era el epicentro: el terrorismo islamista se convertía en el principal enemigo contra la seguridad nacional estadounidense y la colectiva mundial, al igual que el comunismo lo había sido en la Guerra Fría. Esta vez la estrategia no estuvo bien planteada, ya que el enemigo no era un Estado concreto, sino el terrorismo, una amenaza difusa, informal y deslocalizada.
El claro ejemplo de su fracaso fue la invasión de Afganistán en octubre de 2001. Siete años después de su inicio, en 2008, la guerra contra los talibanes y las milicias de al-Qaeda (asentadas principalmente en la frontera con Pakistán) vivió uno de los peores recrudecimientos. Las tropas estadounidenses sufrieron 500 ataques de media al mes. El peor dato se lo llevan los civiles muertos: 1.445 habían fallecido hasta agosto, lo que supone un 39% más frente al mismo período del año anterior, según datos la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay.
    La insurgencia talibán se hizo más fuerte en sus tradicionales bastiones en el sur y el este del país, y además avanzó posiciones hacia las provincias que rodean la capital, Kabul.
Ante un panorama tan desalentador, en agosto, el Pentágono reformuló la Estrategia Nacional de Defensa: ganar las guerras de Iraq y Afganistán no “supondrá una victoria” en sí misma, sino que el verdadero reto al que se enfrenta Estados Unidos es una “larga guerra” contra la “amenaza del terrorismo”, calificada de “conflicto irregular”. Esta rectificación, que llegaba con casi dos legislaturas de retraso, puso en evidencia la necesidad de renovar las alianzas diplomáticas como una de las vías más plausibles para alcanzar una solución.
La Administración Bush empezó a trabajar para mejorar las relaciones entre los gobiernos paquistaní y afgano. Islamabad es considerado el aliado clave para ganar la guerra, ya que los militantes de Al Qaeda encuentran un santuario en su territorio, y es ahí donde estaría escondido Bin Laden.
Además de la mayor colaboración entre ambos Estados, el secretario de Defensa, Robert Gates, admitió que 'parte de la solución podría ser la reconciliación con gente que está dispuesta a trabajar con el Gobierno afgano', tal como se llevó a cabo en Iraq. El recurso al diálogo y a las negociaciones empezaba a cobrar mayor fuerza que el uso de la fuerza unilateral, fallida hasta entonces.
Sin embargo, sobre el terreno, el Ejército estadounidense no dudó en violar la soberanía nacional de Pakistán y, a lo largo del año, realizó numerosos ataques aéreos en territorio paquistaní contra objetivos talibanes. Estas acciones enfriaron las relaciones diplomáticas con Asif Ali Zardari, el nuevo presidente de Pakistán. A la espera de la toma de posesión del nuevo presidente de Estados Unidos, en 2009, la colaboración entre Pakistán y Estados Unidos quedó en un punto muerto.
Ahora bien, el propio Zardari pidió a Washington apoyo en la lucha contra el tráfico de drogas afgano. En octubre, la OTAN aprobó la iniciativa estadounidense para que las fuerzas internacionales puedan participar en operaciones antidroga junto al Ejército de Afganistán. La mafia del narcoterrorismo talibán ingresa entre 60 y 80 millones de dólares al mes con el cultivo y la transformación de opio en heroína en laboratorios afganos, según datos de Estados Unidos.

Iraq, la victoria que no llega
George Bush se despidió del conflicto iraquí con un “mea culpa” (sin consecuencias) al reconocer que el inicio de aquella guerra había sido un error y que los informes del servicio de inteligencia sobre armas de destrucción masiva en aquel país eran falsos.
En la misma entrevista concedida a ABC News, el republicano también reconoció que cuando se convirtió en presidente el año 2001 no estaba preparado para la guerra. Cuando le preguntaron por qué no se había retirado de esta, el mandatario dijo sentirse “orgulloso de no haber retirado de manera prematura las tropas en Irak”.
Sobre el terreno, esta voluntad se plasmó en la ampliación de la permanencia de las tropas estadounidenses hasta 2011. El mandato expiraba a finales de 2008, pero la falta de un gobierno iraquí estable no aseguraba una democracia fuerte, independiente de la influencia iraní, y que fuese un aliado estratégico de EE.UU. en la zona.
La fórmula de integrar a kurdos, chiíes y suníes (vista como una imposición estadounidense a los ojos de los grupos armados de oposición) no tiene visos de prosperar: los kurdos quieren la autonomía jurídica en el territorio del Kurdistán (en el norte de Iraq), y existen profundas diferencias religiosas entre la mayoría chií y la clase suní gobernante hasta la caída de Sadam Husseim, en 2003.
De nuevo en 2008, el principal frente de resistencia lo abrió el clérigo chií Muqtada al-Sadr. Sus seguidores se hicieron fuertes en la ciudad de Nayaf (160 kilómetros al sur de Bagdad), y la lucha contra el ejército invasor se hizo constante. Ante las oleadas de atentados, el presidente iraquí, Nuri al Maliki, tuvo que imponer dos toques de queda, hasta que finalmente Maliki y Sadr alcanzaron una tregua.
Igualmente, la ciudad de Faluya (situada 63 kilómetros al oeste de Bagdad), de mayoría suní, se levantó contra el Ejército estadounidense. Las tropas de ocupación tuvieron que recurrir a las autoridades religiosas del lugar para que mediasen. Posteriormente, las fuerzas estadounidenses se retiraron y dejaron como responsables de la seguridad de la ciudad a antiguos militares del régimen de Sadam Hussein, un giro sorprendente respecto a la estrategia inicial de Estados Unidos de apartarles del poder.
Esta nueva estrategia consiste en pagar salarios mensuales a las milicias suníes para combatir a al-Qaeda y reforzar así la seguridad. El defensor de esta idea fue el general David Petreus, responsable de las tropas estadounidenses en Irak desde 2007 hasta septiembre de 2008. Sin embargo, no tuvo un buen recibimiento por parte de Maliki, que considera peligroso armar a la minoría suní, un sector que no ve con buenos ojos al presidente chií.  
En cuanto al acuerdo de ampliación de la permanencia estadounidense en Iraq, Maliki lo vendió a la opinión pública como el establecimiento de un plazo fijo para la retirada de tropas estadounidenses en vez de como un alargamiento del mandato de aquellas. Además, el propio Maliki firmó una cláusula que permitirá a la gran potencia mantener en el territorio iraquí sus bases militares una vez concluya la retirada. Bajo el discurso de que se trata de una presencia tolerada, varias bases estadounidenses tendrán absoluta inmunidad frente a las leyes iraquíes. Este espectacular enclave geoestratégico en Oriente Próximo era uno de los principales objetivos de Estados Unidos.
El acuerdo no fue bien recibido en Iraq, donde volvió a agitar a los opositores contra el invasor. Miles de manifestantes aliados del clérigo Muqtada al Sader salieron a las calles para protestar. Tampoco le hizo gracia a la mayoría de la población estadounidense, harta de una guerra de cinco años con altos costes económicos y una lista de víctimas mortales que no para de crecer (más de 4.000 soldados estadounidenses desde la invasión).
Esta fue una de las prioridades que llevaron a los estadounidenses a elegir en las elecciones presidenciales del 4 de noviembre a Barack Obama. El entonces candidato demócrata en las primarias había prometido la retirada de Iraq en 16 meses. Una vez elegido presidente, reafirmó su propósito, aunque sin dar una fecha exacta, que sería consultada con los mandos militares de la zona.
La Administración de George Bush había demostrado que la lección de Vietnam no estaba aprendida puesto que se volvieron a cometer varios errores de fondo: la falta de una previsión realista de los objetivos que se pueden alcanzar; considerar que la única solución es la victoria; y, sobre todo, olvidar la importancia del respaldo popular interno.

El resurgimiento de potencias regionales
La hegemonía estadounidense (militar, económica, cultural y tecnológica) no entró en entredicho a pesar de la mala gestión de Bush en la esfera internacional. Sin embargo, su papel de líder y modelo mundial perdió fuelle, y potencias como Rusia y China ampliaron sus áreas de influencia.
La temida expresión “Guerra Fría” volvió a sonar ante la escalada de tensión diplomática entre Washington y Moscú. Los acuerdos bilaterales que EE.UU. firmó con Polonia y la República Checa para instalar escudos antimisiles en sus territorios fueron interpretados por Rusia como una amenaza y una intromisión en lo que sería su “patio trasero” (en referencia al área de influencia rusa durante la Guerra Fría). Como respuesta, el presidente ruso, Dimitri Medvedev, anunció el despliegue de misiles en la frontera con esos dos países, si no se cancelaba el establecimiento de los escudos.
El otro gran choque se produjo a raíz de la guerra entre Rusia y Georgia, en agosto. La intervención militar georgiana en Osetia del Sur “para restaurar el orden constitucional”, según el presidente de Georgia, Mijail Saakashvili, supuso un regalo para Rusia, que movilizó a sus tropas en defensa de los surosetos, en un alarde de fuerza y de poder en la zona. El conflicto benefició al Kremlin que, de esta forma, devolvía con la misma moneda a EE.UU. y a Europa el reconocimiento de Kosovo (provincia serbia que había declarado unilateralmente su independencia meses antes); y también que Estados Unidos estuviese negociando una posible ampliación de la OTAN (que nació como una alianza para la seguridad europea y occidental frente a la Unión Soviética) con países del “patio trasero” de Rusia, como Georgia y Ucrania.
Estados Unidos apoyó económica y logísticamente al Gobierno prooccidental de Saakashvili, y encomendó a Condoleeza Rice, la secretaria de Estado estadounidense, la tarea diplomática. Ella fue la encargada de presionar al Gobierno de Tiflis para que firmase el plan de paz elaborado con el presidente de turno de la UE y presidente francés, Nicolás Sarkozy, quien llevó el mando de las negociaciones.
Rusia no solo recuperó posiciones en su área de influencia, sino que se lanzó a la búsqueda de alianzas con los países del “patio trasero” de Estados Unidos. La presencia rusa en Latinoamérica se centró en ayuda militar a Venezuela, Bolivia y Cuba, principalmente.  Además, a estos países los une su confrontación ideológica al “american way of life” y su rechazo al “imperialismo norteamericano”.
Entre Moscú y Caracas destacaron, especialmente, tres acuerdos: uno de ellos estableció que el país latinoamericano obtendrá cooperación y tecnología rusa para el desarrollo de energía nuclear; el segundo, la creación de un consorcio ruso de cinco empresas de hidrocarburos (Rosneft, Lukoil, Gazprom, TNK-BP y Surguneftgaz) para llevar a cabo negocios petroleros con Venezuela; y el tercero, la realización conjunta de maniobras aeronavales en el mar Caribe, adonde se desplazó la flota rusa. A ello se añade la continua compra de armamento ruso por parte del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. En los últimos tres años, la factura ascendió a 4.500 millones de dólares  en bombarderos, helicópteros, aviones de transporte y fusiles de asalto.
En el caso de China, que utiliza las transacciones comerciales como eje de su política exterior, la principal amenaza para EE.UU. continuó siendo el crecimiento de su economía, que ya ocupa el segundo puesto mundial. A lo largo de 2008, el Gobierno de Hu Jintao se lanzó a la conquista de nuevos mercados, principalmente en África y América Latina, para satisfacer su demanda interna y asegurarse las materias primas que necesita para su industria. China es ya el primer importador de acero, cemento y cobre en el mundo.
La otra potencia regional que preocupa a Washington es Irán, debido a su programa de enriquecimiento de uranio, que estaría siendo utilizado para desarrollar armas nucleares, como asegura la comunidad internacional.
El Consejo de Seguridad de la ONU (del que forma parte Estados Unidos como miembro permanente) más Alemania (el grupo 5+1) ofreció al Gobierno iraní de Mahmud Ahmandineyad cooperación económica y política, así como no imponerle nuevas sanciones, a cambio de la suspensión de sus proyectos energéticos y de la instalación de más centrifugadoras nucleares. Ante la falta de acuerdo, EE.UU. amplió las sanciones económicas y, a partir de noviembre, los bancos estadounidenses suspendieron toda transacción relacionada con cuentas iraníes, con el objetivo de aislar su sector financiero.
La falta de progreso en las negociaciones puso sobre la mesa la necesidad de impulsar un diálogo directo entre Estados Unidos e Irán. Una de las voces que abogó por él fue la del presidente electo, Barack Obama, quien, sin embargo, tampoco descartó cualquier otro tipo de intervención en caso de que fuese necesaria.
Por su parte, Corea del Norte fue el único que concedió una tregua a Estados Unidos y, finalmente, dio marcha atrás en su carrera armamentística. En octubre, Washington y Pyongyang alcanzaron un acuerdo en el marco de las negociaciones a seis bandas que habían mantenido desde 2003 Estados Unidos, Rusia, Japón, China, Corea del Sur y Corea del Norte. El régimen de Kim Jong Il se comprometió a cerrar su principal reactor nuclear en sesenta días y a permitir las inspecciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA); a cambio, recibirá una primera entrega de 50.000 toneladas de petróleo, al finalizar ese período, que llegará a un total de un millón cuando desmantele todas sus centrales nucleares.

Sin solución al conflicto palestino-israelí
Una vez más, un presidente de Estados Unidos fracasó en su intento de lograr una paz para el conflicto palestino-israelí. “Estados Unidos hará y yo haré, todo lo que podamos para lograr un acuerdo de paz que defina un Estado palestino para fin de año”, anunció el presidente de Estados Unidos, George Bush, el 28 de enero de 2008, en su último discurso sobre el Estado de la Nación.
Las mismas prisas que en su día tuvieron George Bush padre y Bill Clinton para cerrar un acuerdo antes de finalizar sus mandatos, las vivió George Bush hijo a lo largo del año. Tanto él como la secretaria de Estado, Condoleeza Rice, se esforzaron al máximo para que ambos bandos cumpliesen las bases del proceso de paz que se habían establecido en la Conferencia de Annapolis (Maryland), el 27 de noviembre del año anterior.
En ella se sentaron el primer ministro de Israel, Ehud Olmert; el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas; su homólogo estadounidense, George Bush, así como representantes de China, Rusia, las Naciones Unidas, la Unión Europea y la Liga Árabe, además de los cancilleres palestino e israelí, Salamm Fayyad y Tzipi Livni, respectivamente.
Las premisas de partida eran buenas dado que los líderes israelíes reconocerían un Estado palestino, pero enfrente tenían varios obstáculos que se mostraron insalvables: el rechazo de los judíos más ortodoxos a la cesión de una parte de Jerusalén para una futura capital palestina; el enfrentamiento entre los propios palestinos (la Autoridad Nacional Palestina que gobierna en Cisjordania y el Movimiento de Resistencia Islámico, Hamás, en Gaza) y la caída del presidente israelí Ehud Olmert, con el consiguiente ascenso de Tzipi Livni como primera ministra y la convocatoria de elecciones para 2009, al verse incapaz de formar un gobierno.
El retorno a las negociaciones tendría que esperar, por tanto, a la celebración de las elecciones en Israel y Palestina, ya con el nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Significativamente, los estadounidenses de confesión judía se decantaron en un 74% por el senador de Illinois.



Cronologia año  2008
10 de enero. Reconocimiento de la independencia de Kosovo

15 de enero. Se aprueba el envío de 3.200 soldados más a Afganistán.

16 de enero. EE.UU. y la República Checa acuerdan la instalación del escudo antimisiles

22 de enero. Bush aprueba un plan de incentivos fiscales: la principal medida es la devolución de entre 300 y 1200 dólares a particulares y empresas.

28 de enero. Se registran 3934 muertes de soldados estadounidenses desde el comienzo de la guerra en Iraq.

4 de febrero. Irán prueba el lanzamiento de un cohete, aparentemente para lanzar un satélite.

5 de enero: Supermartes, elecciones primarias en 22 estados. Obama se perfila favorito.

12 de febrero. Puesta en marcha del plan Lifelife para el aplazamiento de la ejecución de hipotecas durante un mes.

11 de marzo. El almirante William Fallon, el principal jefe militar de Estados Unidos en las guerras de Irak y Afganistán, por desacuerdo con la política de la Casa Blanca.

12 de marzo. La FED lanza una nueva línea de crédito temporal por valor de 200.000 millones de dólares.

14 de marzo. Rescate del banco de inversión Bear Stearns.

10 de abril. La Cámara de Representantes suspende la aprobación del TLC con Colombia.

23 de abril. David Petreus sustituye a Fallon como nuevo jefe del Comando para Oriente Próximo.

9 de mayo. Obama supera a Clinton en número de apoyos de superdelegados.

19 de junio. La Cámara de Representantes aprueba una nueva partida de fondos de 165.400 millones de dólares destinada a las operaciones militares en Afganistán e Irak. Obama renuncia a la financiación pública de la campaña.

25 de junio. Corea del Norte revela a EE.UU. la información sobre su programa militar.

27 de junio. Aprobada la Iniciativa Mérida para combatir el narcoterrorismo en colaboración con México.

1 de agosto. Nueva Estrategia Nacional de Defensa del Pentágono que apuesta por una larga guerra contra el terrorismo.

7 de agosto. EE.UU. intenta mediar diplomáticamente a favor de Georgia en la guerra con Rusia.

13 de agosto. Se firma el acuerdo con Polonia para establecer el escudo antimisiles.

22 de agosto. Obama presenta a Joseph Biden como candidato a vicepresidente.

27 de agosto. Obama es nombrado por aclamación candidato demócrata en la Asamblea de su partido.

29 de agosto. John McCain elige a Sarah Palin como candidata a vicepresidenta.

7 de septiembre. Nacionalización de los bancos Fannie y Fredie Mac.

15 de septiembre. Quiebra del banco Lehman Brothers.

17 de septiembre. Nacionalización de AIG.
1 de octubre. Se aprueba el plan de rescate de 700.000 millones de dólares.

10 de octubre. EE.UU. saca a Corea del Norte del “eje del mal”.

16 de octubre. Acuerdo con Iraq para que las tropas estadounidenses permanezcan en el país hasta 2011.

4 de noviembre. Barack Obama gana las elecciones presidenciales. Los demócratas ganan en la Cámara de Representantes y el Senado.


 


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