Anuario 2008
Japón
"Crisis de liderazgo para una nueva recesión económica"
Isabel Roldán

El Partido Liberal Democrático (PLD) pasa por sus horas más bajas de popularidad. La grave crisis de liderazgo que vive el partido, que ha sido presidido por tres primeros ministros –ninguno de ellos elegidos en las urnas-- en los dos últimos años, parece dilatarse. Las últimas encuestas realizadas sobre el actual primer ministro, Taro Aso, el cual inició su mandato el pasado octubre, indican, tras sólo tres meses de mandato, un notable descenso de popularidad: un 19,2% en diciembre de 2008, un 6,3% menos que el mes anterior.  
La crisis política que experimenta el país no es una particularidad del momento actual. Desde la fundación del PLD, en 1953, una veintena de gobiernos han sido formados y posteriormente disueltos, lo que significa que los mandatarios del PLD, fuerza hegemónica de la política japonesa desde la creación del partido --a excepción de un pequeño paréntesis entre 1993 y 1994 en el que gobernó el Partido Democrático de Japón (PDJ)--, han permanecido una media de dos años y medio en el poder.  Los acontecimientos de los dos últimos años son, no obstante, especialmente  desalentadores, sobre todo para aquellos que confiaban en que Junchiro Kozumi, primer ministro de Japón entre 2001 y 2006, había reformado el anquilosado sistema político. Ni el PLD ni el sistema de partidos han aportado las reformas que la política nipona necesita, definida por un sistema arcaico de dinastías que se perpetúan en el poder, lo que favorece los vínculos e intereses particulares por encima de los intereses colectivos.  Al deterioro político se ha sumado, este último año, los efectos de la crisis económica global. Después de la llamada “década perdida”, el decenio de 1990, en que la economía de Japón se desaceleró notablemente a causa de la explosión de la burbuja económica, el país inició en 2003 una nueva etapa de crecimiento pausado pero sostenido. Tras sólo cinco años de tregua, no obstante, la economía del país se halla nuevamente debilitada a causa de los efectos de la crisis mundial: Japón lleva ya dos trimestres en recesión y las perspectivas a corto plazo dejen poco margen al optimismo.  La sociedad nipona siente una profunda desesperanza y preocupación hacia su Gobierno y hacia su líder, Taro Aso, cuya imagen se ha visto seriamente debilitada a raíz de la crisis económica. Las últimas encuestas revelan que la población japonesa considera que el mandatario no tiene la mano dura ni la fortaleza necesarias para afrontar una crisis económica de tales magnitudes.
Además, parece que el PLD ha perdido la única ventaja que tenía siempre a su favor, la ausencia de una alternativa política. La popularidad del partido opositor, el PDJ,  está en alza. Su actual líder, Ichiro Ozawa, aspira por primera vez a convertirse en primer ministro debido al desánimo de la población nipona, lo que podría representar un giro político histórico en el país, aunque nadie se aventura a hacer suposiciones.
Cabe subrayar que el PDJ ya tiene poder en el Gobierno a través de la mayoría que ostenta en la Cámara Alta desde las elecciones de 2006, en las que el holgado fracaso del PLD llevaría a una inédita situación en la vida política de Japón: por primera vez las cámaras pasarían a ser controladas por distintos partidos: El PLD se mantendría en la Cámara Baja y el Partido Democrático de Japón (PDJ) pasaría a asumir el poder de la Cámara Alta, al  controlar 137 de sus 242 escaños.  La división de los poderes entre los partidos ha sido de hecho otro de los factores que agravado notablemente la crisis política del país ya que ha sumido al Gobierno en una situación de absoluto bloqueo, debido a que la oposición, desde el Senado, puede vetar cualquier tipo de iniciativa  que impulse el PLD.
Taro Aso, al llegar el poder el pasado septiembre, anunció que disolvería la Cámara Baja la primera semana de octubre y que las elecciones generales se celebrarían el 26 del mismo mes. La convocatoria, sin embargo, aún no ha tenido lugar. El primer ministro  ha reiterado en numerosas ocasiones que convocará elecciones una vez queden aprobados los presupuestos generales de Japón para 2008, que contienen un paquete de estímulo económico ante la crisis global. Todo parece apuntar, no obstante, a que el retraso en la convocatoria se debe al temor del primer ministro a la derrota. En una encuesta realizada por teléfono el fin de semana del 10 de enero de 2009, y publicada por la agencia local de noticias Kyodo, sólo el 22,1% dijo que prefería a Aso como primer ministro, 11,4% menos que en diciembre. La tasa de desaprobación del Gobierno nipón se situó en el 70,2%. El apoyo popular a Ozawa creció 11,9 puntos con respecto al último sondeo realizado en diciembre, y se situó en el 46,4 %. En la encuesta, el 51,4% expresó que preferiría un Gobierno liderado por el actual partido en la oposición, el Democrático de Japón (PDJ). Por su parte el 30,5% contestó que prefiere al gobernante Partido Liberal Demócrata (PLD).
Con respecto a las elecciones legislativas, el 39,7 % de los entrevistados indicaron que votaría por el PDJ y el 26,3 % aseguraron que apoyaría al PLD.
En septiembre de 2007 Yasuo Fukuda, al predecesor en el cargo de Taro Aso, iniciaba su mandato. En Fukuda se depositó la labor de reconducir la convulsa gestión que había llevado a cabo su antecesor, Abe Shinzo. El nuevo primer ministro situó entre sus principales objetivos la continuidad de las reformas económicas, e impulsar una política conciliatoria con China y Corea del Norte.  No obstante, y pese a su veteranía y sus ambiciosos propósitos, el mandato de Fukuda ha sido definido de tenso y poco fructífero. En febrero de 2008, tras sólo cinco meses en el poder, su popularidad había caído al 20%. Cabe subrayar, no obstante, el hecho de que el ex primer ministro asumió la presidencia en un momento muy delicado del partido. Y con un gran frente añadido, que nunca ningún otro mandatario del PLD había tenido: trabajar junto a la oposición, lo cual ha sumido a la política japonesa en una  grave parálisis política. De hecho, el mandatario, el junio de 2008, cuando abandonó el cargo, atribuyó las causas de su dimisión a “su  imposibilidad de gobernar por el bloqueo opositor del Senado”. “Son necesarias medidas en un nuevo marco político”, indicó la noche de su dimisión el ex primer ministro, quien en sus once meses de mandato había visto cómo la oposición rechazaba el apoyo a diversas propuestas, entre las más relevantes, la ampliación del impuesto sobre la gasolina destinado a financiar la construcción de carreteras. Aso apareció entonces en escena para anunciar su aspiración a la presidencia del partido. Tras haber quedado en un segundo plano después de que Fukuda prescindiera de él en la Secretaría General del PLD, y le ofreciera un puesto en el Gabinete al que Aso no accedió.  De talante tradicionalista y conservador, Aso batió fácilmente a sus cuatro contrincantes: Shigeru Ishiba, ministro de Defensa; Yuriko Koike,  ministra de Defensa con Abe; Kaoru Yosano, ministro de Estado de Política Fiscal y Económica; y Nobuteru Ishihara, ex titular de Transportes. Su mandato, no obstante, está siendo tan poco productivo como el de sus antecesores. El primer ministro, tal como les ocurrió a Abe y Fukuda, se halla en una comprometida situación: ni puede enfrentarse a los líderes de las facciones --cuyo poder de las cuales desde que Kozumi dejó el Gobierno ha ido en alza hasta situarse en los niveles anteriores a la reforma--, ni tampoco puede retroceder en las reformas que Kozumi impulsó, por miedo a que la economía caiga en una aún más aguda deceleración. Con todo, quizás el peor síntoma de este desastroso panorama es que el movimiento a favor de la reforma se ha debilitado. Las ideas de cambio se han esfumado de la agenda nacional y, bajo la fachada de un “nuevo” PLD, los mismos viejos rostros continúan dominando la política japonesa. El partido depende de un voto cada vez más desencantado. Un horizonte, en definitiva, incierto y con pocas perspectivas de solución a corto plazo.  Una diplomacia pacífica  De perfil claramente nacionalista, el actual primer ministro señaló en la ceremonia de su investidura que, pese a que sus principales retos en el poder sean velar por la seguridad nacional y, por tanto, también por su estrecha alianza con EE.UU., ello no supondría,  ninguna traba en las reconstruidas relaciones con China y Corea del Sur, reanudadas durante el mandato de Abe.   Una etapa de conciliación en las relaciones chino-niponas Durante el año 2008 las relaciones entre ambos territorios han estado definidas por una nueva etapa de conciliación. Los mandatarios de ambos territorios se vieron las caras en mayo. La reunión, llena de simbolismo, constituyó el fin de diez años de estancamiento en sus relaciones, en los que, desde la visita a Japón del ex presidente chino Jian Zemin en 1998, no había tenido lugar ningún encuentro entre máximos líderes. Entre los acuerdos más relevantes que se alcanzaron, figura el reparto equitativo de la explotación de reservas de gas del mar de China oriental, que había sido objeto de disputas territoriales entre los dos países. El yacimiento contiene reservas explotables equivalentes a 63,8 millones de barriles de petróleo, de un total de 3.260 millones de barriles en el conjunto del mar de China Oriental, según afirman estudiosos chinos y japoneses.  Más allá de este y otros enfrentamientos territoriales que se creían enterrados, como el de la soberanía de las islas Senkaku (o Doayou para los chinos), las cuales tienen potentes reservas energéticas, las relaciones chino-niponas están marcadas por un doloroso pasado histórico. Pasados treinta años del inicio de la normalización de sus relaciones, aún existen espinosos problemas por resolver, que se vieron agravados durante el mandato del ex primer ministro Kozumi, quien, estando en el poder, realizó frecuentes visitas al santuario de Tyakusmini, convertido en un símbolo del nacionalismo nipón donde se honra a criminales de la Segunda Guerra Mundial. El fin de la era de Kozumi promovió el acercamiento entre el régimen comunista y Japón, y abrió una nueva fase de entendimiento y cooperación, que se ha prolongado durante los mandatos de Fukuda y, en la actualidad, de Taro Aso.  Igualmente, a día de hoy, China mantiene activada una campaña por el revisionismo de algunos libros de texto de Japón que minimizan el pasado militarista japonés y han maquillado algunas de las operaciones de la armada imperial japonesa. Estas graves disputas no esconden, sin embargo, una realidad que Japón y China han comenzado a asimilar: sus economías son cada vez más dependientes y complementarias. La meteórica emergencia de China como un claro competidor en el liderazgo económico regional y global, y la evidente interdependencia entre las dos economías ha hecho que el país represente uno de los pilares fundamentales en sus relaciones diplomáticas. Los intercambios entre ambos gigantes asiáticos ascendieron a 151.822 millones de euros en 2007. China es, desde 2003, el principal socio comercial japonés, y se ha convertido no únicamente en un gran mercado para sus exportaciones, sino también en una gran fábrica de mano de obra barata para las empresas niponas.  La amenaza norcoreana  El régimen estalinista de Pyongyang representa, en la actualidad, la amenaza más grave para la seguridad japonesa. Desde octubre de 2006, año en que Corea del Norte realizó su primer ensayo nuclear, el régimen norcoreano ha utilizado la amenaza nuclear con el fin de extorsionar a la comunidad internacional. Finalmente, y después de un largo estira y afloja, el proceso de desnuclearización se halla encauzado. No obstante, a lo largo de este último año el proyecto se ha parado y reanudado en varias ocasiones. A lo largo de todo el proceso de desnuclearización, Japón, miembro del grupo multilateral para las negociaciones del desarme nuclear, junto a China, Corea del Sur, Japón, y Rusia, se ha mostrado rotundo en su trato con el régimen estalinista, y ha intentado congelar cualquier tipo de ayuda económica al régimen de Kim Jong Il, y de endurecer las penas hacia el país, tanto desde el grupo de seis, como desde la ONU.   Taro Aso, fiel heredero de la doctrina pacifista de su abuelo Yoshida Durante la Guerra Fría las relaciones exteriores japonesas se centraron en el principio de la “doctrina Yoshida”, llamada así en honor al ministro japonés que la impulsó, por la cual se estableció que Washington aseguraría la total defensa del archipiélago frente a cualquier ofensiva exterior, a la vez que se permitía a Japón mantener, aunque de forma limitada, sus capacidades de defensa. Las relaciones bilaterales fueron reforzándose a lo largo de los años y el pacto militar quedó sellado, mediante la revisión del Tratado de Seguridad de los Estados Unidos (1961), por el cual se estableció que Japón mantendría su alianza militar con EE.UU. indefinidamente. Taro Aso, en una retórica inspirada en la doctrina pacifista de su abuelo Yoshida –padre de la madre del primer ministro--,  se ha manifestado partidario de seguir fortaleciendo la alianza con EE.UU,  piedra angular de la diplomacia japonesa, y se ha mostrado favorable a mantener el apoyo a las tropas de EE.UU. en Afganistán a través del suministro de combustible que llevan a cabo barcos japoneses en el océano Índico.  La economía nipona se ve inmersa en una nueva recesión La recuperación de la economía japonesa, después de una década de estancamiento, ha durado poco. Japón solo logró salir de la crisis, que empezó en 1991 con el estallido de una burbuja inmobiliaria, después de una década de recesión. Solo desde 2004 y hasta 2007, la economía japonesa ha disfrutado de una recuperada situación de normalidad macroeconómica, creciendo a una media anual del 2,3%.  Si bien inicialmente parecía que la actual crisis económica internacional no iba a afectar mucho a Japón, debido a que el país se hallaba en una situación económica fuerte y saneada, la realidad está siendo muy distinta. Es cierto que el proceso de reformas económicas conducido por Koizumi impulsó la modernización de las obsoletas estructuras de gobierno de las instituciones del país, tanto políticas como económicas –llevó a cabo el recorte de poder de los grupos de presión, como las grandes empresas y propietarios agrícolas--.  Pero ello no ha sido suficiente para evitar que Japón lleve ya dos trimestres en recesión y las perspectivas a corto plazo dejen poco margen al optimismo.  La economía nipona ha basado su crecimiento en las exportaciones. El desplome de la demanda de los principales clientes de sus productos, China, la UE y EE.UU., junto a la revalorización del yen, han llevado a una reducción drástica de la demanda exterior, y no es razonable esperar a corto plazo una contribución positiva significativa de la misma al crecimiento. La demanda interna, por su parte, se halla también deprimida por las restricciones de crédito a familias y empresas, las malas expectativas económicas, el aumento del desempleo y el efecto de riqueza negativo, lo que significa que las personas son más pobres debido a la pérdida de valor de sus activos mobiliarios e inmobiliarios, lo que, consecuentemente, les lleva a consumir menos.  Desde el pasado agosto, el Gobierno japonés ha puesto en práctica dos paquetes de medidas de estímulo fiscal por un importe de 170 mil millones de dólares, y ha preparado un tercero. Pero de nuevo el peso de las disfunciones que aún persisten en el modelo de funcionamiento político del país está influyendo negativamente sobre la economía. El nuevo paquete preparado por el primer ministro Aso se halla parado en el Parlamento, y al ministro no le va a resultar fácil lograr su aprobación con la perspectiva de unas cercanas elecciones generales. En definitiva, Japón parece necesitar un aumento del peso de la demanda interna, especialmente de consumo de las familias, no solo para afrontar la crisis a corto plazo, sino estructuralmente, pues si no, la economía seguirá sufriendo una dependencia excesiva de factores externos, es decir, de la evolución de la demanda del resto de economías. Está por ver si el difícil contexto político impedirá tomar las medidas que necesita la economía nipona para hacer frente a la situación sin más sacrificios de los necesarios.


El legado de Koizumi 


Tras una década de declive económico y de gran inestabilidad política durante la cual se nombró hasta a ocho primeros ministros, el mandato de Kozumi (2001-2006) representó un gran punto de inflexión en la vida política de Japón. Su estancia en el poder fue una era de  crecimiento económico y de importantes  reformas,  en la que se rompieron algunos moldes de la política japonesa y durante la cual se introdujeron grandes cambios en la dinámica interna del PLD.   Entre las importantes reformas impulsadas, el primer ministro logró debilitar el papel de las llamadas facciones (habatsu). Durante medio siglo, han sido los líderes de las facciones quienes han acordado el nombramiento del jefe de Gobierno y de los ministros, y quienes se han responsabilizado de financiar el partido. En dichas facciones están representadas las distintas tendencias políticas del partido y en muchos casos son tales las diferencias ideológicas que más que facciones son como partidos distintos. A menudo, estas subdivisiones se agrupan por vínculos o intereses familiares que se derivan de las diversas dinastías que integran el partido.  El propio nombramiento del líder supuso una novedad: al llegar al poder, Koizumi renovó sus gabinetes con el apoyo de las bases del partido y sin consultar a los líderes de las facciones, tal como históricamente se había hecho. Lo que supuso la  división y neutralización de las facciones. La pérdida de cohesión entre estas, y el aumento de su número hicieron que la negociación entre sus dirigentes ya no resultara tan imprescindible como antes para lograr el conceso del partido sobre los asuntos más controvertidos.  Por otra parte, el mandatario se enfrentó a las kou, o “tribus”, es decir, a los grupos parlamentarios del PLD que defienden intereses económicos en sectores concretos y quienes ejercen su influencia sobre los poderes públicos, especialmente en las políticas económicas  En septiembre de 2006, un año después de que El PLD lograra su mayor victoria electoral desde la fundación del Partido, en 1955, Koizumi designó a Abe Shinzo como sucesor de su cargo y depositó sobre él la responsabilidad de prolongar su impulso reformista. No obstante, en 2007, un año después de su investidura, y tras un mandato manchado de escándalos de corrupción en el que la economía del país se había visto descuidada, se produjo un nuevo y llamativo vuelco en el PLD, esta vez inverso: el partido obtuvo la mayor derrota electoral en toda su historia: perdió 27 de los escaños que controlaba con anterioridad lo que le llevó a perder el poder de la Cámara Alta. Shinzo Abe decidió dimitir de su cargo dos meses después de su flagrante derrota,  en septiembre de 2007, y dos semanas antes de cumplir su primer aniversario como presidente.



Cronologia año  2008
8 de mayo: El presidente chino, Hu Jintao, y el primer ministro japonés, Yasuo Fukuda se reúnen. El encuentro pone punto final a diez años de estancamiento en sus relaciones. En la reunión se acordó resolver equitativamente la disputa sobre la explotación de las enormes reservas de gas del mar de China Oriental

24 de septiembre: Toma posesión de la presidencia Taro Aso.

27 de octubre: Taro Aso anuncia un paquete de medidas anticrisis.

13 de diciembre: Corea del Sur, China y Japón se reúnen en una cumbre independiente para hacer frente a la crisis económica.


 


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