Anuario 2009
Afganistán
"Karzai llega a la presidencia acusado de fraude mientras que Estados Unidos no ve salida al conflicto  

"
Maria de la Figuera

Afganistán vivió el 20 de agosto las segundas elecciones democráticas de su historia. Pero la ONU denunció que estos comicios fueron fraudulentos, lo que obligó a celebrar una segunda vuelta que nunca llegó, ya que uno de los dos candidatos, Abdulah Abdulah, se retiró antes de tiempo. Finalmente, Hamid Karzai fue proclamado presidente al ser el único candidato electoral. Estas caóticas e imprevisibles elecciones son sólo la punta del iceberg de la inestabilidad que sigue azotando al país, ocho años después de que Estados Unidos iniciara la operación Libertad Duradera para capturar a Osama Bin Laden y derribara el régimen talibán. Los comicios de agosto eran una oportunidad para la nueva Administración de Barack Obama, que pretende legitimar un Gobierno afgano que permita abandonar la presencia militar estadounidense en el país, cada vez  más impopular por la falta de logros y el avance de los talibanes. En 2009 la insurgencia ha controlado hasta el 80% del territorio, mostrando más resistencia y más capacidad para cometer atentados. Afganistán, después de 30 años en conflicto permanente, desde la invasión soviética en 1979, sigue sin mostrar indicios de recuperación.  


Afganistán demostró, en sus segundas elecciones democráticas de la historia, que no  puede garantizar unos comicios verdaderamente democráticos. El 20 de agosto tan sólo el 38,7%, de los 17 millones de personas llamadas a las urnas, fueron a votar. La causa principal de la alta abstención no es la falta de interés de los afganos, sino la falta de seguridad, el mayor problema del país. Los comicios estuvieron marcados por la amenaza violenta de la insurgencia talibán  –organización fundamentalista islámica cada vez más presente en el país después de que Estados Unidos derribara su régimen en 2001–, dirigida a atacar colegios electorales, cortar carreteras y boicotear el tráfico y hasta cortar los dedos de aquellos que hubieran votado. Los pocos que se atrevieron a depositar la papeleta dieron la victoria a Karzai, que ganó con un 54,3% de los votos mientras que su principal rival y ex ministro de Exteriores, Abdulah Abdulah, obtuvo el 28,1%. Sin embargo, un mes más tarde, la ONU denunció fraude electoral por parte de Karzai en los comicios de agosto y le rebajó la victoria por debajo del 50% de los votos. Esto suponía tener que celebrar una segunda vuelta (si ninguno de los dos candidatos más votados en la primera vuelta llega al 50% de los votos, se celebra una segunda votación). Pero ésta nunca llegó. El broche final en este imprevisible período electoral lo puso Abdulah Abdulah al retirar su candidatura, alegando que seguía sin haber suficientes medios para esquivar otro fraude electoral. El 2 de noviembre la Comisión Electoral Independiente (órgano controlado por el Gobierno), con el apoyo internacional, proclamó presidente al único candidato presente en las papeletas: Hamid Karzai.

Para Estados Unidos y sus aliados, de los que Afganistán depende militar y económicamente, el desenlace de estas elecciones supone el peor escenario con el que se podían encontrar. Desde que Barack Obama llegó a la Casa Blanca, en enero de este año, su Administración ha intentado dejar atrás la era Bush y dar un giro a su estrategia en el país asiático. Estados Unidos entró en Afganistán en 2001 en respuesta a los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y derrocó al régimen talibán, en el poder desde 1996. El objetivo era capturar al supuesto cerebro del ataque, Osama Bin Laden (líder del grupo terrorista Al-Qaeda), que en principio, se refugia en Afganistán bajo el cobijo de los talibanes. Después de ocho años, Bin Laden sigue en paradero desconocido.
El nuevo plan de Obama, anunciado en marzo, para continuar la lucha contra Al-Qaeda y los talibanes consistía básicamente en retirar los 145.000 soldados estacionados en Irak (presentes desde 2003) e incrementar la presencia militar en Afganistán con 60.000 hombres antes de otoño. Además, el plan aportaba soluciones que no se habían tratado hasta ahora, como reforzar el Ejército afgano, aumentar las ayudas económicas y los recursos para el desarrollo del país, presionar a las autoridades  contra la corrupción e involucrar al Gobierno de Pakistán. De todos modos,  la solución más significativa era la oferta de diálogo que Obama tendía a aquellos talibanes  que abandonasen la violencia, tal y como anunció la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, en la cumbre de La Haya sobre Afganistán a finales de marzo. Este anuncio suponía el cambio más rotundo en relación con la era Bush, que evitó desde el principio del conflicto, en 2001, cualquier conciliación con la insurgencia talibán.
Expansión talibán e incertidumbre en Occidente
El motivo por el cual la Casa Blanca elaboró un nuevo plan para Afganistán, con la novedad de incluir soluciones no militares, es la falta de resultados positivos desde su intervención en el país. Hasta ahora, las estrategias de Estados Unidos y de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, bajo el mando de la OTAN y formada por 41 países) se habían limitado a enviar más tropas. Actualmente, Afganistán cuenta con 100.000 militares extranjeros. Pero nada parece indicar que una solución estrictamente militar sea la mejor manera de combatir la insurgencia y estabilizar mínimamente el país.
Este año los talibanes han llegado a controlar hasta el 80% del territorio afgano, un 26% más que en 2007, según el Consejo Internacional de Seguridad y Desarrollo (ICOS), un centro de análisis con sede en Bruselas. Para hacer sus estudios, ICOS se basa en el número de ataques insurgentes registrados y en la percepción que tiene la población local sobre el dominio de los talibanes. Los actos violentos de los talibán han pasado de una media mensual de 44 hace seis años a 573 en 2008. La capital afgana, Kabul, es de las pocas zonas que el Gobierno de Afganistán aún controla, pero tampoco se salva de ataques. En febrero, tres atentados en un mismo día, contra el Ministerio de Justicia, el Ministerio de Educación y el Departamento de Prisiones, mataron a 30 personas y 70 resultaron heridas. Cuatro meses más tarde se lanzó la mayor ofensiva contra los talibanes desde 2004 con la intención de conquistar Helmand (una de las 34 provincias de Afganistán, situada en el sur del país), zona con una fuerte presencia talibán y una de las más inseguras del país. El objetivo era estabilizar la provincia antes de los comicios de agosto. Después de siete días de combate, los 4.000 marines y los 600 soldados afganos desplegados se retiraron porque la ofensiva se suspendió antes de tiempo. La causa fue el gran número de bajas militares debido a la gran movilización talibán para defender un territorio crucial para ellos, aunque también debido a los golpes de calor y a la deshidratación que provocaba tener que luchar a 40 grados de temperatura.
El mes de julio fue el más mortífero (76 fallecidos) para las fuerzas extranjeras desde la caída del régimen talibán. En referencia al resto del año, el número de bajas militares  se ha incrementado un 60% con respeto al año anterior, la peor cifra desde 2001; además, el coste económico de la guerra es cada vez mayor –Gran Bretaña ya ha llegado a los 5.000 millones de dólares al año– y la falta de logros es evidente. Estos datos, nada favorecedores, han provocado este año intensos debates entre los países que pertenecen a la Alianza Atlántica, sobre todo en Europa.  Países como Alemania, con 3.405 militares desplegados, y Gran Bretaña, con 8.910, han puesto en duda si  permanecen en Afganistán, confrontándose así a la decisión de Estados Unidos de no abandonar el país. Los Gobiernos integrados en la misión de la OTAN fueron cada vez más reacios a enviar más tropas y a ampliar su implicación en el conflicto. Mientras tanto, desde Afganistán, el general estadounidense Stanley McChrystal, comandante del conjunto de fuerzas extranjeras en el país asiático, advertía, a finales de agosto, en un informe dirigido al Departamento de Defensa de Estados Unidos, que “si no se reciben más tropas se corre el riesgo de fracasar” y pedía entre 40.000 y 45.000 soldados más. Este informe ponía, todavía más, a Obama entre la espada y la pared. El presidente norteamericano seguía atrapado en el debate de qué estrategia seguir en Afganistán. A finales de septiembre, Obama se reunía con el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, para decidir cuál de los caminos seguir: si enviar más tropas y continuar con la guerra o empezar la retirada. Se trataba de una decisión clave para la nueva Administración Obama porque marcaría el resto de su presidencia. Uno de los grandes problemas, cada vez más crítico, es la falta de apoyo tanto de los Gobiernos integrados en la OTAN como de la población civil occidental. En una encuesta de la cadena de televisión norteamericana CNN, publicada a finales de agosto,  se mostraba que tan sólo el 41% de los estadounidenses justificaba la guerra en Afganistán.

Desconfianza civil, corrupción y presencia extranjera
La principal causa de la expansión de los talibanes ha sido, además de una mala gestión internacional, el fracaso del Gobierno afgano.
Hamid Karzai fue, en 2001, el elegido por Estados Unidos para presidir un Gobierno de transición y en 2004 ganó las primeras elecciones presidenciales de Afganistán después de la caída del régimen talibán. El mandatario siempre tuvo el apoyo de Occidente, pero en los últimos dos años las relaciones se han deteriorado. Incluso dentro de Afganistán ha perdido adeptos, ya que lo consideran un títere de la Casa Blanca.
La confianza que había depositado Estados Unidos en Karzai, para empezar a reconstruir un país tras 20 años de guerras (invasión soviética, guerra civil y régimen talibán) se ha traducido en escándalos de corrupción en su Gobierno, relaciones con los “señores de la guerra” y una bajísima eficacia en los quehaceres del país.
Afganistán es uno de los países más corruptos del mundo (junto con Haití, Birmania, Irak y Somalia) y Karzai no ha hecho más que reafirmarlo con sus acciones. En la Conferencia Internacional de Donantes de Apoyo a Afganistán, que se celebró el año pasado en París, se recaudaron 21.000 millones de dólares entre 80 países y varias instituciones internacionales. El dinero iba acompañado de varias advertencias a Karzai para que sea transparente con los fines de la donación y sea tajante con la corrupción. Estos avisos no son de extrañar, ya que Karzai ha sido acusado varias veces de destinar la ayuda internacional a otros fines, en vez de invertirla en infraestructuras y en la lucha contra la insurgencia. Según Integrity Watch Afghanistan, un centro de estudio afgano que lucha contra la corrupción, de los 25.000 millones de dólares de ayuda internacional que había recibido el Gobierno de Karzai desde 2001 hasta el pasado año, sólo 15.000 habían sido empleados en la reconstrucción del país. Un hecho escandaloso si se tiene en cuenta que Afganistán sigue siendo el penúltimo país, sólo por encima de Níger, en el índice de desarrollo humano, según la ONU. La esperanza de vida no llega a los 44 años y el 72% de la población, de 32 millones de habitantes según estimaciones del 2008, es analfabeta. Cinco millones de niños no han podido acceder a la educación este año y es que las escuelas son uno de los principales blancos para la insurgencia. Sólo en mayo y en junio se registraron 98 incidentes en centros educativos, según UNICEF. El desempleo es del 40% y más de la mitad de la población vive en la pobreza.

La ineficacia de Karzai en el Gobierno había provocado un descenso de popularidad desde las pasadas elecciones de 2004. Durante la campaña electoral Karzai no se lo pensó dos veces a la hora de conseguir votos de donde fuera: pactó con algunos “señores de la guerra”, presentes en el norte y en el oeste del país. El caso más sonado ha sido el retorno, en agosto, de Rashid Dostum (un general exiliado en Turquía líder para la etnia uzbeka, presente en el norte del país).  Karzai le ofreció la vicepresidencia y le aseguró que no se investigarían los crímenes de guerra que se le imputan, como la muerte de centenares de prisioneros talibanes en 2001. A cambio, Dostum sólo tenía que apoyar la candidatura de Karzai, lo que aseguraba al candidato el 9% (población uzbeka) de los votos, que en las pasadas elecciones fueron para el general. Por otro lado, Karzai aprobó una reforma de la Ley Familiar chií para contentar a esta comunidad (17% de la población), en la que la mujer tenía que atender las necesidades sexuales del marido, podía ser privada de alimento en caso de mal comportamiento, entre otras cosas. La Constitución afgana permite a los chiís tener sus propias leyes tradicionales. La reforma fue en parte diseñada por diferentes líderes chiís afganos, quienes presionaron al Gobierno para que se aprobara. La ley provocó la indignación de la comunidad internacional que pidió que se aboliera ya que se contradice a la misma Constitución, que garantiza la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Aunque constitucionalmente las mujeres tienen garantizado la igualdad de derechos, socialmente son el colectivo más precario y castigado. El 80% de las mujeres son víctimas de violencia domestica. El 60% de sus matrimonios son forzados y casi el 56% de las niñas son casadas antes de cumplir los 16 años.
Por otro lado, la mala gestión de las fuerzas internacionales ha provocado que la guerra y la presencia de militares extranjeros sea cada vez más impopular. Los errores del Ejército de la coalición, que en varias ocasiones ha acabado con la vida de civiles (1.013 muertos sólo en los primeros seis meses de 2009), y la poca eficacia de sus acciones no han hecho más que alimentar el odio hacia la presencia de fuerzas internacionales. El 7 de mayo, una multitud de personas se manifestaron en Farah, provincia del oeste, para protestar por las numerosas muertes civiles ocasionadas por las fuerzas extranjeras en esa región, después de que un ataque aéreo norteamericano en Gerani, en el oeste del país, matara a 100 civiles. Otra manifestación en Kabul provocó, en octubre, que cientos de estudiantes salieran a la calle para expresar su rechazo a las tropas.
La miseria y el hastío de los afganos, después de ocho años de presencia militar extranjera y de guerra continua, han provocado que muchos civiles busquen una salida a su precaria situación junto a los talibanes. En muchos casos, los civiles han terminado participando de las actividades de los talibanes, ya sea en la lucha contra la presencia militar extranjera o contra el Gobierno, o bien en el cultivo de opio. La cosecha y el tráfico de opio de Afganistán, que supuso en 2008 el 60% de la economía afgana, está básicamente controlado por los talibanes y es su principal fuente de financiación. Esta actividad, que sacia el 93% de la demanda mundial de opio, ocupó el año pasado a 366.500 familias, casi el 10% de la población afgana (mayoritariamente rural), según la ONU.  


Pakistán como la solución del conflicto



El 22 de enero de este año el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, nombraba a Richard Holdbrook, ex embajador estadounidense de las Naciones Unidas, como representante de la Casa Blanca tanto en Afganistán como en Pakistán. No es que Obama quisiera escatimar en personal, sino que consideraba que el conflicto afgano ya no se libraba sólo en Afganistán, sino que se había extendido más allá de sus fronteras. Ahora, entraba en juego Pakistán.
La insurgencia talibán tiene sus principales bastiones en la frontera entre estos dos países, principalmente en la Zona Tribal de Administración Federal (FATA), una unidad administrativa de Pakistán que hace frontera con el este de Afganistán y que está poblada principalmente por pastunes –la etnia mayoritaria de los afganos–. Muchos de los talibanes instalados en la zona son aquellos que huyeron en 2001 de la invasión estadounidense de Afganistán, que provocó la caída del régimen talibán.
La mayoría del territorio pakistaní –igual que en Afganistán– está fuera del control de las autoridades políticas, que no ejercen su poder más allá de la capital, Islamabad. Talibanes, “señores de la guerra” y jefes tribales se reparten el resto del territorio. La insurgencia talibán es quien mantiene el control de la frontera con Afganistán, que sirve de plataforma para sus ataques terroristas en ambos países. Además, según un informe de la ONU, la frontera se ha convertido en una de las regiones del mundo con más tráfico ilegal de armas, de material para fabricar bombas, de gente (sobre todo talibanes) y de drogas (el cultivo y el tráfico de opio es la mayor fuente de financiación de los talibanes).   
Pakistán –que posee armas nucleares– está al borde de convertirse en un “Estado fallido” debido al avance talibán. Esta situación límite en que se encuentra el país inquieta enormemente a Estados Unidos, no sólo por la presencia insurgente, sino por el futuro control de las armas nucleares, en caso que se llegara a desmoronar el Estado.
Por todo esto la Casa Blanca se ha visto obligada a ampliar su estrategia a Pakistán. Incluso ha llegado a pensar que una solución en Afganistán pasa antes por una solución en Pakistán. Así lo decía en abril Holdbrook: “Incluso si enderezamos todo en Afganistán, si conseguimos un Gobierno sin corrupción, si funciona la contrainsurgencia, nunca triunfaremos si la situación en Pakistán no se arregla'.
Estados Unidos ha instado al Gobierno pakistaní, quien mantiene un frente abierto con la India por los territorios de Cachemira, a que intensifique la lucha contra los talibanes.  El 28 de abril de este año, el Ejército pakistaní lanzaba, a petición de la Casa Blanca, una ofensiva contra los talibanes en el valle de Swat, una zona del norte del país controlada por la insurgencia desde 2007. Al cabo de un mes, el Ejército tenía controlados diferentes bastiones talibanes, pero el problema era mantener el control de la zona frente a la contraofensiva talibán. Además, después de treinta días de lucha, la ONU advertía de una posible crisis humanitaria debida a los casi dos millones de refugiados que huían de los combates.
Para Estados Unidos los esfuerzos del Gobierno pakistaní, aún con su gran ofensiva, no han sido del todo suficientes. Por ello Obama ha forzado también a lo largo del año varias reuniones con el presidente de Pakistán, Asif Ali Zardari. En mayo, la Casa Blanca recibía al presidente afgano, Hamid Karzai, y al presidente pakistaní. Al final del encuentro, los tres mandatarios establecieron un pacto sin precedentes en que se comprometían en la lucha contra la insurgencia talibán. En octubre, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, visitaba Islamabad para mostrar más apoyo de Washington a Pakistán en la lucha contra los talibanes, pero también para forzar al Gobierno pakistaní a que intensifique sus esfuerzos.   
Estados Unidos no sólo ha querido apoyar a Pakistán con palabras y visitas, sino también con dinero. En octubre, Obama anunciaba que aportaría 7.500 millones de dólares en cinco años para la lucha contra la pobreza y contra el extremismo en Pakistán.



Cronologia año  2009

 


Periodismo Internacional © 2019 | Créditos
Facultat de Comunicació Blanquerna - Universitat Ramon Llull