Anuario 2009
Pakistán
"Pakistán encara el abismo tras restaurar su democracia

"
Maria de la Figuera

Empujado por el terrorismo y por su clase política, Pakistán ha demostrado este año estar al borde del abismo. La insurgencia talibán se ha expandido en el norte y en el este del país y ha incrementado el número de atentados cometidos por todo el territorio pakistaní. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha presionado sin cesar al Gobierno de Pakistán para que se enfrente y termine con la insurgencia talibán, para así poder acabar con la guerra en Afganistán. Al otro lado de Pakistán, en el este, India se levantó furiosa por los atentados de Bombay en noviembre de 2008, supuestamente cometidos por el grupo islamista pakistaní Lashkar-e-Toiba, lo que suma una nueva crisis diplomática entre ambos países asiáticos. Pakistán se ha visto encajonado entre dos frentes mientras que la clase política se ha mostrado ineficaz para solventar la situación. Los líderes pakistaníes parecen estar más preocupados por disputarse el poder que en intentar tomar las riendas de una realidad cada vez más inestable y menos controlable.

El 5 de agosto de este año, el Gobierno pakistaní anunció que Baitulá Mehsud, líder de los talibanes –organización fundamentalista islámica presente tanto en Pakistán como en Afganistán, país que hace frontera en el oeste– en Pakistán y uno de los insurgentes más buscados del país, había muerto en un ataque aéreo no tripulado de Estados Unidos. La muerte del líder talibán significaba el primer gran triunfo de la ofensiva que, desde hacía cuatro meses, libraba el Ejército pakistaní, con ayuda de Estados Unidos, contra la insurgencia talibán de Pakistán, instalada en el oeste y en el norte del país.
La mayoría de los talibanes de Pakistán, aposentados a lo largo de la frontera con Afganistán, son aquellos que huyeron del vecino Afganistán después de que Estados Unidos derrocara su régimen en 2001. Tras ocho años, el Ejército estadounidense sigue presente en Afganistán con el mismo objetivo con el que invadió el país asiático: capturar a Osama Bin Laden, líder del grupo terrorista Al-Qaeda y cerebro del atentado del 11 de septiembre en Nueva York, supuestamente escondido bajo el cobijo de los talibanes en Afganistán; además de terminar con la red de Al-Qaeda y con los talibanes. A lo largo del pasado año y sobre todo de este año, Estados Unidos ha dirigido su estrategia de guerra contra el terrorismo también hacia Pakistán. El traslado de los talibanes afganos a la frontera pakistaní, el control talibán de la frontera entre los dos países (lo que permite la libre circulación de personas, armas y otros objetos ilegales), su expansión más allá de los territorios fronterizos, la inestabilidad política en Islamabad, el colapso de la economía y la tendencia del país a abismarse en el caos provocaron que Estados Unidos considerase que, para derrotar a los talibanes en Afganistán, había que derrotar primero a los talibanes instalados en Pakistán. Hasta hace poco menos de dos años, los talibanes tan sólo controlaban la Zona Tribal de Administración Federal (FATA por sus siglas en inglés), una de las ocho regiones (cuatro provincias y cuatro territorios) que comprenden Pakistán y situada en el noroeste del país, en la frontera con Afganistán. Actualmente, los talibanes están esparcidos más allá de la FATA y controlan la mayor parte de la región Frontera del Noreste, situada al este de la FATA y en el norte del país. Esto significa que los talibanes en este 2009 han llegado a controlar hasta un 10% del territorio pakistaní y que han mantenido su influencia en otro 10%. Además, este año la provincia de Punjab –centro político, económico y agrícola donde vive el 40% de los 173 millones de pakistaníes– ha sido uno de los nuevos objetivos del terrorismo talibán. Los talibanes pactaron con diferentes grupos extremistas no talibanes de Punjab, dedicados básicamente a luchar contra India –principal rival pakistaní por la disputa de los territorios indios de Cachemira, los cuales Pakistán considera suyos–, y cometieron 29 atentados durante este año. La expansión talibán inquieta cada vez más al Gobierno pakistaní, pero sobre todo a Estados Unidos, que lo último que quiere es ver cómo Pakistán cae en el caos más absoluto.
El ataque de las tropas pakistaníes contra la insurgencia talibán era la primera gran ofensiva que lanzaba el Ejército oficial desde la invasión estadounidense de Afganistán, y la primera movilización a gran escala de la maquinaria militar pakistaní contra los talibanes después de un año de presiones por parte de Estados Unidos para que el Gobierno y el Ejército de Islamabad terminasen con los talibanes. La ofensiva se inició el 28 de abril de este año con un ataque de 30.000 soldados sobre Swat y otro sobre Bunner (a 100 quilómetros de Islamabad, la capital del país), dos distritos de la región Frontera del Noreste y principales bastiones de los talibán desde 2007. La ofensiva duró cuatro meses. Muchos de los talibanes huyeron hacia la FATA y el Ejército tomó la zona. Swat y Bunner, que en el pasado habían sido complejos turísticos, fueron la primera fase de la ofensiva. La segunda estaba planificada para octubre en Waziristán del Sur, el distrito sur de la FATA. El inicio de la segunda ofensiva se realizó tras once días de atentados, perpetrados en tres de las cuatro provincias de Pakistán y que terminaron con la vida de 160 personas. Al cabo de dos meses de lucha armada en Waziristán del Sur, terminaron los enfrentamientos. El presidente de Pakistán, Asif Ali Zardari, anunció el fin de la batalla y dijo que se habían controlado varios puntos, pero que no habían conseguido el control de todo el territorio.
 
Guerra también en política
Según la cadena británica BBC, en un mapa elaborado por ella misma, el Gobierno pakistaní tan sólo controla el 38% de la zona noroccidental del país, el resto se mantiene bajo control de los talibanes. Además, el resto del país cuenta con la presencia de “señores de la guerra” y líderes tribales, lo que podría sugerir que otras regiones del país tampoco están controladas por el Gobierno. Una de las causas de la poca eficacia de las autoridades pakistaníes a la hora de controlar su propio territorio es la poca legitimidad y la débil autoridad de que gozan las autoridades. De todas formas, Pakistán siempre se ha caracterizado por su inestabilidad y por su poca eficacia política, también durante los nueve años (1999-2008) en que gobernó el general Pervez Musharraf. El 18 de agosto de 2008, el dictador Pervez Musharraf, que había llegado a la presidencia gracias a un golpe de Estado en 1999, cayó del poder debido a la presión de varios partidos políticos.  Tras su caída, volvió la democracia, pero tal y como la dejaron en 1999: Pakistán vuelve a estar sumido en disputas entre los dos principales partidos, el Partido Popular de Pakistán (PPP), de ideología de centroizquierda y actualmente en el poder; y la Liga Musulmana de Pakistán-Nawaz (PML-N), de ideología conservadora y actualmente en la oposición. La caída del dictador y la restauración de la democracia no se han traducido en avances positivos para Pakistán, sino todo lo contrario. Es ahora cuando Pakistán está al borde de convertirse en un “Estado fallido”, hundido por el auge del terrorismo, la ineficacia política y la caída en picado de sus índices económicos. Esta ineficacia política es la que hace diez años culminó con el ascenso de una dictadura.
Los dos principales partidos políticos han sido rivales históricos, pero se unieron para derrotar al dictador Musharraf y, para ello, formaron un Gobierno de coalición en febrero de 2008. Para formar esta coalición, ambos partidos se reclamaron requisitos mutuamente: el PPP pedía el apoyo del PML-N para aprobar en el Parlamento una investigación de la ONU por la muerte de Benazir Bhutto, líder del partido hasta su asesinato en 2007 y ex esposa del actual presidente pakistaní, Asif Ali Zardari; el PML-N por su parte, reclamaba la habilitación de los jueces del Tribunal Supremo, entre ellos el juez presidente, Iftikhar Chaudrhy, que Musharraf había destituido durante su dictadura. Nawaz Sharif, líder del PML-N, requería los antiguos jueces ya que, de no ser así, los jueces que impuso Musharraf (que seguían ejerciendo después de su caída) revisarían los cargos pendientes contra Sharif y su hermano, y no los dejaría gobernar.
 El 14 de abril de 2008 el PML-N, con su voto en el Parlamento, permitió que la ONU creara una comisión para aclarar los hechos del atentado contra Bhutto. A diferencia del PML-N, el PPP no cumplió el requisito de habilitar a los jueces y Nawaz Sharif, líder del PML-N, se retiró de la coalición. El PPP no tiene ningún interés en que vuelvan los antiguos jueces porque, de ser así, podrían considerar nulos todos los derechos que Musharraf otorgó a la entonces líder del partido, Benazir Bhutto, y a su esposo, y actual presidente, Asif Ali Zardari. Entre estos derechos estaba el de la amnistía que permitió a Bhutto y a Zardari volver del exilio en 2007.
La restitución de los jueces del Tribunal Supremo es lo que ha arrastrado la crisis política hasta este año. Tanto si se rehabilitan los jueces como si no, uno de los dos partidos sale perdiendo. De aquí a que cada uno puje concienzudamente por sus intereses. Como el PPP no cumplió con su promesa de habilitar a los jueces, el 25 de febrero de este año el Tribunal Supremo prohibió a Nawaz Sharif y a su hermano, Shahbaz Sharif, tener un cargo público. Ambos están acusados de secuestro de un avión y de terrorismo en relación al intento de rapto de la aeronave en la que viajaba Musharraf, horas antes del golpe de Estado que lo llevó al poder en octubre de 1999. La decisión del Tribunal Supremo significaba que Sharif debía abandonar el liderato del partido PML-N y que, por lo tanto, no podía presentarse a las próximas elecciones. Su hermano quedaba también destituido como presidente del Gobierno de Punjab y la provincia quedaba, ahora, en manos de Islamabad. La resolución del Supremo sacó a miles de partidarios de Sharif a la calle. Los manifestantes acusaban al Gobierno de Zardari de estar detrás de las acciones contra los dos hermanos. Las manifestaciones duraron más de 20 días y se saldaron con centenares de detenidos, entre ellos Nawaz Sharif, que quedó bajo arresto domiciliario. En vistas de la caótica situación y de la imposibilidad de controlarla, el Gobierno anunció el 15 de marzo que cedía a restituir el ex presidente del Tribunal Supremo, Iftikhar Chaudry. El objetivo de Zardari era rebajar la tensión y poner fin a la crisis política. Con la restitución de Chaundry, quince días más tarde, el Tribunal Supremo suspendió la inhabilitación a cargos públicos de los hermanos Sharif.
Tras cinco meses en el cargo, Chaudry, cumplió con los peores temores del presidente Zardari. El 16 de diciembre el Tribunal Supremo declaró inconstitucional e ilegal la ley de amnistía por la cual Zardari pudo regresar a Pakistán en 2007, y ordenó reabrir el caso que causó su exilio. El partido de la oposición de Sharif pidió la dimisión del presidente. Zardari está acusado de corrupción, incluso se ganó el mote de “Señor 10%” por el cobro de comisiones durante los dos Gobiernos de su esposa Benazir Bhutto, en 1988-1990 y 1993-1996. Zardari no es un personaje muy popular entre la población pakistaní, a diferencia del dos veces primer ministro Sharif (1990-1993 y 1997-1999). Pero el asesinato de Bhutto, en plena campaña electoral, provocó que los simpatizantes del PPP votaran a Zardari. De esta forma, Zardari se hizo con el Gobierno el año pasado.
Estados Unidos teme las crisis políticas que azotan Islamabad. La Casa Blanca las considera un obstáculo y una distracción para el Gobierno pakistaní, que parece que dedique más tiempo a intentar mantenerse en el poder que en terminar con la insurgencia talibán y con la crisis tanto económica como humanitaria que vive actualmente su país.


La economía al borde del colapso
Una vez que Pakistán aceptó, en 2001, apoyar la campaña de Estados Unidos en Afganistán para eliminar a los talibanes, el Gobierno pakistaní empezó a recibir dinero y asistencia por parte tanto de Estados Unidos (en ocho años, Washington ha donado a Pakistán 12.000 millones de dólares) como de la Unión Europea. Aunque la entrada de dinero extranjero ayudó a levantar ligeramente la economía del país, la mala gestión de los fondos, la inestabilidad política y los conflictos han provocado que el país siga en una situación económica pésima. La falta de demanda exterior y la poca inversión y productividad interior han provocado que la balanza comercial se encuentre bajo mínimos. Durante los últimos dos años, Pakistán ha tenido que tirar del carro de las importaciones por lo que su economía se ha desestabilizado. El 30% de las importaciones de Pakistán son de petróleo y energía eléctrica. La falta de dinero para comprar en el exterior ha provocado una crisis energética que ha repercutido directamente sobre la población civil, que constantemente sufre cortes de electricidad de hasta diez horas diarias.
Desde 2008, la economía en Pakistán vive uno de los peores momentos de los últimos diez años y está al borde del colapso. Actualmente, tan sólo se sostiene gracias al dinero que le otorga el Fondo Monetario Internacional (FMI), además de las ayudas procedentes de Estados Unidos y del Banco Asiático de Desarrollo (ADB, en inglés). En octubre de 2008, Pakistán firmó un convenio con el FMI, con vigencia durante 23 meses, por el que la organización internacional se comprometía a facilitar un préstamo por valor de 7.600 millones. En junio de este año Estados Unidos anunció que enviaría 7.500 millones de dólares en cinco años para rehacer la economía pakistaní e intentar frenar su declive.
El PIB de Pakistán ha crecido el 2% este año, una mala cifra si se tiene en cuenta que antes de la crisis financiera global la economía pakistaní crecía entre un 7% y un 8%. Los efectos más inmediatos de la crisis los sufre la población más empobrecida, que en Pakistán abarca el 24% del total. La subida de los precios, sobre todo en los comestibles, y el aumento del número de parados (hasta el 7,4% este año) han provocado que hasta el 51% de la población carezca de suficientes alimentos y que un 30% más de niños sufran malnutrición, según informa la ONU.
El mayor problema de la pobreza en Pakistán es la estrecha relación que mantiene con el aumento del fundamentalismo islámico y las bases terroristas. La falta de acceso a la educación (el 50% de pakistaníes son analfabetos) con el que tropiezan los sectores más pobres de la población provoca que las escuelas coránicas (madrazas), donde se enseña la visión más fundamentalista del Islam, ocupen el hueco de la escuela. En muchos casos, las madrazas acaban siendo el único centro escolar al que asistirá un niño en su vida. El alojamiento y la comida gratuita que ofrecen los centros religiosos son la única alternativa de millones de familias que no pueden mantener a sus hijos. Desde que Estados Unidos invadió Afganistán en 2001 para luchar contra los talibanes, el número de madrazas en Pakistán ha crecido hasta llegar a las 20.000 en 2008, de las cuales el 80% se encuentran Islamabad, y que en total albergan a casi dos millones de niños.

Arsenal nuclear y talibanes, un cóctel explosivo
 Pakistán es el único país islámico que posee armas nucleares y, también, el único que combina un potente arsenal nuclear –sin haber firmado el Tratado de No Proliferación (TNP)– con una insurgencia talibán en expansión que, a la vez, está ligada a la red terrorista más sofisticada y violenta del mundo, Al-Qaeda.  Esta situación es una de las que causa más alarma entre la comunidad internacional y, sobre todo, en Estados Unidos.
El desequilibrio económico y político que sufre Pakistán, yuxtapuesto a la expansión, cada vez menos controlada, del terrorismo y la alerta de que Pakistán acabe siendo un “Estado fallido” provoca el temor y el debate sobre dónde irán a parar las armas nucleares en el caso de que se desmorone el país. El mayor miedo es que las armas acaben en manos de los insurgentes talibanes y, por lo tanto, de Al-Qaeda. Hasta ahora, algunos políticos, militares y expertos no parecen del todo convencidos de que el arsenal nuclear (el séptimo más potente del mundo) termine entre talibanes, lo ven una opción remota y sin fundamento. Además, tanto el Gobierno como el Ejército han asegurado que las armas nucleares están totalmente controladas y no corren ningún riesgo de acabar en otras manos. 
Sin embargo, la comunidad internacional y, sobre todo, Estados Unidos temen que el Ejército pakistaní pierda el control total del país y éste quede en manos de los insurgentes. El Ejército oficial posee mucho poder dentro de la sociedad pakistaní y ha aprovechado la inestabilidad y el caos político que ha vivido Pakistán para, en algunos casos, ocupar el lugar de mandatarios políticos. El Ejército actúa en muchas ocasiones de forma independiente al Gobierno e incluso tiene fuentes de financiación no ligadas con el presupuesto del Estado, como fábricas y empresas de su propiedad. De hecho, desde el nacimiento de Pakistán en 1947, el país ha vivido tres dictaduras militares. El Ejército es quien mantiene el control de las armas nucleares y actualmente cuenta con 10.000 hombres que velan por la seguridad del arsenal.
El temor a que el arsenal caiga en manos indebidas se alimenta de que los militares y los policías son el blanco de ataques talibanes, ya que son las tropas las que luchan cuerpo a cuerpo contra los insurgentes. Estos ataques contra las fuerzas de seguridad se han  intensificado tras las dos ofensivas realizadas este año contra los insurgentes en el valle de Swat y en Waziristán del Sur. Además, el nuevo líder de los talibanes en Pakistán, Hakimullah Mehsud –al mando de la insurgencia tras la muerte del jefe talibán, Baitullah Mehsud– advirtió en su primera conferencia de prensa tras el relevo que el Ejército se había convertido en el principal objetivo de ataques de los talibanes. Dos semanas más tarde de que Mehsud pronunciara estas palabras, el Ejército pakistaní vivió uno de los peores ataques cometidos por la insurgencia de los últimos años. En este caso, los talibanes tomaron durante 18 horas el cuartel general del Ejército pakistaní, situado en Rawalpindi, ciudad cercana a la capital y sede de los militares de Pakistán. En total murieron catorce personas, cuatro insurgentes y diez militares. Actualmente, la mayoría de las instalaciones nucleares de Pakistán se sitúan en el este de la provincia del Punjab. La incursión de los rebeldes talibanes en la ciudad de Mianwalli, en el noreste de Punjab, en junio, hizo saltar de nuevo todas las alarmas, ya que la zona se encuentra a menos de 50 kilómetros de las instalaciones nucleares de la localidad punjabí de Chasma. Desde entonces, ha habido un gran despliegue de fuerzas de seguridad para tener bien controladas las instalaciones y sus alrededores.
 


India pide cuentas a Islamabad



Uno de los motivos por el cual Pakistán se había resistido a enfrentarse contra los talibanes es la importancia que el país otorga al conflicto que, desde hace más de 60 años, mantienen Pakistán e India por los territorios de Cachemira. La independencia de la India de los británicos en 1947 llevó a la escisión de Pakistán (hasta entonces parte del Gobierno británico de India) para convertirse en un Estado islámico. Los territorios de Cachemira, de mayoría musulmana, quedaron divididos entre Pakistán e India tras una guerra entre ambos países. Se estableció una frontera entre los dos países que Pakistán no reconoció. Hasta la fecha, los dos países asiáticos han librado tres guerras, una en 1971 por la independencia de Pakistán Oriental, que pertenecía a Pakistán y que actualmente es la República de Bangladesh, situada al este de la India, y dos más por los territorios de Cachemira. Actualmente, Pakistán sigue reclamando los territorios “ocupados” de Cachemira, tal y como los llaman en Pakistán. Desde la escisión, el principal rival de Islamabad ha sido, y todavía sigue siendo, India. Por este motivo, el Ejército pakistaní siempre ha priorizado, y por lo tanto ha concentrado sus tropas en la frontera india. Las presiones de Estados Unidos para que el Ejército pakistaní hiciera un cambio de rumbo y trasladara sus tropas de la frontera india a la frontera afgana no han dado sus frutos hasta este año. Pero aun con las dos ofensivas lanzadas en contra de los bastiones talibanes, el 80% de las tropas pakistaníes han seguido en la frontera india. De todas maneras, antes del comienzo de las ofensivas Estados Unidos temía que Pakistán no se decidiera a lanzar un ataque contundente contra los rebeldes talibanes. El temor de la Casa Blanca era fruto de que el grupo islamista radical Lashkar-e Toiba (Let) –uno de los principales grupos que actúan por la liberación de Cachemira– fue acusado por India de ser el autor de los atentados de noviembre de 2008 en Bombay, donde murieron 163 personas. Estos atentados despertaron el temor a que, tanto India como Pakistán movilizaran las tropas en las respectivas fronteras, tal y como había ocurrido en casos anteriores (por ejemplo, tras un ataque al Parlamento indio en 2002). Después de los atentados de Bombay, no pasó nada parecido, pero lo que sí se generó es una nueva y grave crisis diplomática entre los dos países. India suspendió el proceso de paz iniciado en 2004 con su vecino asiático y alegó que sólo lo reanudaría si Pakistán tomaba medidas contra el grupo Lashkar-e-Toiba. Después de los atentados, los momentos más críticos se dieron mientras Pakistán negaba las acusaciones de India. No fue hasta el 12 de febrero de este año que Pakistán aceptó por primera vez que los atentados de Bombay se habían gestado en suelo pakistaní. Una vez Pakistán lo reconoció, India dio paso a las reuniones. El 20 de junio, el presidente pakistaní, Asif Ali Zardari, y el primer ministro indio, Manmohan Singh, se reunieron por primera vez tras los atentados. Un mes más tarde, los respectivos ministros de Asuntos Exteriores se reunieron en Egipto, con motivo de la cumbre del Movimiento de Países No Alineados; y en septiembre ambos ministros se volvieron a encontrar en Nueva York. Ninguna de estas reuniones sirvió para reanudar el proceso de paz, pero sí para mantener un clima lo menos tenso posible entre ambos países y, sobre todo, para que India presionara a Pakistán para que juzgue a los terroristas y tome medidas contra el LeT. Por el momento, parece que Pakistán ha dado un primer paso: el 25 de noviembre de este año, el tribunal antiterrorista de Rawalpindi, ciudad vecina de Islamabad, acusó a siete pakistaníes –entre ellos al líder del LeT– sospechosos de participar en la planificación de los atentados de Bombay y anunció que empezaría a juzgar a los acusados, que se declararon no culpables, el 5 de diciembre. 



Cronologia año  2009

 


Periodismo Internacional © 2022 | Créditos
Facultat de Comunicació Blanquerna - Universitat Ramon Llull
Aviso legal | Política de protección de datos | Política de Cookies