Anuario 2009
Libia
"Gaddafi prepara la sucesión al nombrar a su hijo Saif al Islam como “número dos” del régimen"
Borja Franco

El líder de Libia, Muammar al-Gaddafi, nombró este año a su hijo Saif al Islam “número dos” del régimen, con lo que el país magrebí entró a formar parte del club de las dictaduras hereditarias, junto con Egipto, Siria y Corea del Norte. Gaddafi reunió a principios de octubre, en un oasis del desierto situado a 800 kilómetros al sur de Trípoli (la capital), a los mandos populares y sociales de su régimen (una asamblea de jefes tribales que actúa como órgano ejecutivo). A pesar de que la designación de Saif como sucesor de Gaddafi aún no es formal, dos periódicos libios, Quryna y Oea, fueron dando a conocer algunos detalles del encuentro. Según estos diarios, la asamblea de jefes tribales resaltó la 'honestidad y el espíritu patriótico de Saif al Islam, por lo que se merece ser nombrado por unanimidad coordinador de los Mandos populares y sociales con competencias para tutelar el Congreso del Pueblo (Parlamento), el Gobierno y todos los organismos de seguridad'.


El segundo hijo de Gaddafi, formado en el extranjero, pasa por ser “el rostro reformista” del régimen. Le llaman 'el Joven Valiente' o 'Nuestro Joven Amigo', y es el creador de Fundación Internacional Gaddafi de Asociaciones Benéficas, que lucha contra la tortura y trabaja en la defensa de los derechos humanos. Durante los últimos años ha desempeñado funciones importantes en la gestión de conflictos diplomáticos del país, el último de ellos, el caso Lockerbie. Los expertos ven en Saif rastros del carácter excéntrico de su padre, pero creen que es un joven culto y cosmopolita que no tiene las mismas ansias de poder que él. Gaddafi, nacido en una tribu beduina del desierto, se ha convertido en el líder actual más longevo de África y del mundo árabe. Justo este año se ha cumplido el 40 aniversario del golpe de Estado que él, siendo un joven general del ala izquierda del Ejército, protagonizó junto con otros jóvenes oficiales, y mediante el cual derrocaron al rey Idriss Deby.
El “Guia de la Revolución” –es uno de los títulos que recibe Gaddafi– celebró el aniversario de esa revuelta durante seis días. Se gastó 40 millones de dólares en los festejos, que incluyeron desfiles militares, exhibiciones aéreas, una gran cena en una plataforma flotante, conciertos, exposiciones y hasta un espectáculo que narraba los 5.000 años de historia del país. Gaddafi llegó a este momento extasiado por su elección, a principios de febrero, como nuevo presidente de la Unión Africana (UA). Pese a que el nombramiento fue casual –el puesto correspondía por rotación a un país magrebí y Libia era el único que optaba a él–, y que el mandato sea sólo de un año, Gaddafi se vio en la cima del poder y se tomó su nuevo título como la oportunidad de cumplir uno de sus sueños: crear un Estado federal africano.
“Necesitamos que las gentes de África canalicen sus energías para empujarnos hasta alcanzar la fase final: los Estados Unidos de África”, declaraba Gaddafi en la cumbre de la UA que se celebró en la capital etíope de Addis Abeba. “Para ello es necesario un Gobierno de la unión. Tendrá que haber secretarios, coordinadores de políticas como Defensa o Asuntos Exteriores, que hoy son divergentes”, siguió Gaddafi en su discurso. El nuevo “rey de los reyes africanos” incluso habló de crear una moneda única, un ejército común y un mismo pasaporte.
Pero la propuesta de Gaddafi se encontró con la reticencia de varios de los 53 países que forman la UA, algunos importantes como Suráfrica, hecho que alargó la cumbre dos días más de lo previsto. Muchos líderes africanos consideran que la propuesta de un Estado africano es impracticable, y mucha gente la considera una más de las absurdas fantasías de Gaddafi. Al final, tras cuatro días de reunión, se acordó cambiar el nombre de “Comisión de la UA” –el área responsable de la coordinación administrativa– por el de “Autoridad de la UA”, y también dotarla de más competencias y un mayor presupuesto. No obstante, el cambio de nombre tardará aún años en llegar puesto que ha de ser ratificado por 2/3 de los Estados miembros.
Pero aunque los líderes de África siguen viendo a Gaddafi con recelo, su riqueza, su buena relación con Occidente y la falta de alternativas políticas en el continente le están dando cada vez más protagonismo. “El deshielo de las relaciones con Occidente, que empezaron en 2003, cuando Gaddafi abandonó el programa de desarrollo de armamento nuclear, le han dado más credibilidad en África; y su creciente liderazgo africano le hace más aceptable para Occidente”, apuntaba un analista del periódico norteamericano The New York Times. Durante la década de los ochenta Gaddafi había financiado a movimientos rebeldes de varios Estados africanos, como en Chad o en Níger, siendo ésta uno de las razones de su exclusión de la comunidad internacional. Aunque el motivo principal de la marginación política internacional fue el atentado, en 1988, contra el avión estadounidense de la compañía Pan Am, en el que murieron 270 personas. La explosión de la aeronave mientras sobrevolaba la pequeña localidad escocesa de Lockerbie tuvo mucha repercusión mediática y fue el atentado más importante hasta el 11-S.  
Durante décadas las sanciones internacionales contra Libia ahogaron su economía, hasta que finalmente, el año 2003, Gaddafi se comprometió a abandonar su programa de armas nucleares, reconoció su implicación en el atentado de Lockerbie e indemnizó a las víctimas. Cuatro años antes, en 1999, Gaddafi había entregado a la justicia escocesa a los dos supuestos autores del ataque, de los que sólo fue condenado –a cadena perpetua– el agente de la inteligencia libia Abdelbaset Ali Mohmed Al Megrahi.
“Gaddafi cumplió así los requisitos de la comunidad internacional y, por lo tanto, oficialmente se pudieron reanudar las relaciones, pero en realidad se habían retomado mucho antes”, analiza seis años después el director del Departamento de Política y Estudios Internacionales de Cambridge, George Joffé. Esta hipocresía de la comunidad internacional, impaciente por explotar y beneficiarse del crudo y del gas libio, sigue marcando las relaciones actuales con el país norteafricano. Así quedó demostrado con la polémica liberación, el 19 de agosto de este año, de Megrahi, el responsable del atentado de Lockerbie. El Tribunal Superior de Edimburgo lo excarceló por razones humanitarias –sufre un cáncer terminal y según los informes médicos le quedaban sólo tres meses de vida–. Pero tanto esta decisión, como la multitudinaria recibida que le dispensaron en Libia, irritaron a la comunidad internacional y, sobre todo, a las familias de las víctimas del atentado.
Pocos días después,  se confirmó la hipótesis que advertía que detrás de la liberación del ex agente libio había intereses económicos en juego. Lo reconoció el 4 de septiembre el ministro de Justicia británico, Jack Straw, en una entrevista en el Daily Telegraph. Straw contó que la liberación del terrorista había estado “en gran parte” motivada por la firma de un acuerdo millonario entre la compañía British Petroleum y Libia y por las relaciones comerciales entre ambos países. Hay una larga lista de Gobiernos que, desde que Libia se sacó la etiqueta de “Estado paria”, han acelerado las negociaciones para lograr una relación provechosa con el país magrebí.
A mediados de febrero, la responsable de Relaciones Exteriores de la Comisión Europea, Benita Ferrero-Wadner, visitó Libia para ultimar un acuerdo marco –Libia es el único país mediterráneo que no tiene ninguna relación comercial con la UE–. “Tenemos que ser pragmáticos. Libia se ha abierto a la comunidad internacional y lo debemos aprovechar”, declaró la comisaria europea. Las tres áreas de interés para Europa son, en este orden, energía, migración y África. Libia vive básicamente del crudo, que junto con el gas representan el 70% de su PIB. Es el primer país de África en reservas de petróleo y posee el 2% de la producción mundial, aunque el 80% del territorio está aún por explorar. Pero el elemento crucial de las negociaciones bilaterales con la UE es el gas. Con una reserva de 1.500 millones de metros cúbicos, de los que ahora sólo se aprovechan 28 millones anuales, Libia ofrece a Europa una alternativa a la dependencia rusa.

La política exterior de Gaddafi
Gaddafi ha vivido un año intenso en materia de política exterior. Primero recibió en enero el Rey de España, Don Juan Carlos, y lo hizo como de costumbre en su residencia bombardeada por Reagan en 1986 y que el líder libio se niega a reconstruir. El objetivo de la visita española era liquidar una deuda que tenía Libia con España desde hace más de 20 años y abrir así una nueva etapa entre ambos Estados. Además, Gaddafi aprovechó este encuentro para negar que fuera a nacionalizar las empresas petrolíferas que operan en su territorio (como la española Repsol), tal y como había amenazado a finales de enero.
Gaddafi también procuró mejorar las relaciones con Arabia Saudí, un país con el que lleva enfrentado seis años tras un incidente en la cumbre de la Liga Árabe de Sharm el Sheij (Egipto) de 2003. Durante la cumbre de la Liga Árabe de Doha celebrada este año, el líder libio acusó al país arábigo de ser “una creación británica con protección americana”. Pero después de este incidente que tuvo lugar durante la ceremonia inaugural, Gaddafi y el rey saudí, Abdulá bin Abdelaziz, mantuvieron una reunión amistosa durante treinta minutos que presagia un futuro reconciliador .
Otro novedad fue su primera visita, a finales de septiembre, a Nueva York, donde asistió a la asamblea general de la ONU. La estancia del líder libio despertó mucho malestar entre la población de Nueva jersey, de donde eran oriundos 21 de las víctimas del atentado de Lockerbie. Durante su intervención en la ONU, el líder libio arremetió contra el Consejo de Seguridad de la organización, al que llamó “consejo del terror”. Días más tarde, en la II Cumbre América del Sur-África, Gaddai propuso crear “una OTAN del Atlántico del sur” y comparó las relaciones Norte-Sur con “las relaciones de señores y esclavos”.
Pero seguramente el acto más mediático de Gaddafi fue su primera visita a Italia (la antigua potencia colonial de Libia), tanto por sus declaraciones como por el acuerdo que firmó con el presidente italiano, Silvio Berlusconi. Durante sus tres días de estancia en Italia, Gaddafi comparó los ataques terroristas de Bin Laden con los de Reagan a Libia, y hizo un llamamiento a una “revolución femenina” en el mundo árabe. Además, Gaddafi se presentó ante Berlusconi, a su llegada al aeropuerto de Roma, con una foto del líder libio anticolonialista, Omar al-Mukhtar (asesinado por los italianos en 1931), colgada del pecho de su uniforme.  
No obstante, el motivo de su viaje no era reprochar al país europeo su etapa colonizadora (aunque lo hizo), sino ratificar el acuerdo bilateral de cooperación económica y migratoria que ambos firmaron en agosto de 2008 y que es una especie de indemnización por las más de tres décadas de ocupación colonial italiana. El Tratado de Amistad, Asociación y Cooperación establece la inversión, en 25 años, de 3.546 millones de euros en Libia y la construcción de un sistema de radares para que el país norteafricano pueda controlar mejor la inmigración en su frontera sur. Pero el acuerdo migratorio tiene un punto crítico, que son las patrullas marítimas conjuntas en aguas libias e internacionales.
Gracias a este acuerdo, el 7 de mayo Italia pudo iniciar el bloqueo naval de inmigrantes clandestinos, que consiste en devolver a Trípoli a todos los inmigrantes ilegales que intenten  alcanzar las costas italianas. El mismo día 7 Italia devolvió a la capital libia a 227 inmigrantes que habían sido interceptados en aguas internacionales. La organización norteamericana Human Rights Watch (HRW) denunció que este procedimiento es ilegal porque Italia expulsa a los inmigrantes de manera forzosa, sin identificarlos y ni tan siquiera comprobar si pueden optar al estatus de refugiados. Una vez llegan a Libia, muchos son maltratados y detenidos en condiciones inhumanas y degradantes, según un informe reciente de HRW.
El director del Comité italiano para los Refugiados (CIR), Christopher Hein, declaró este año en una entrevista para el diario español El País que “los centros de detención de inmigrantes libios no ofrecen garantías”. Libia no ha firmado la Convención de Ginebra sobre derechos humanos, y Hein calcula que hay como mínimo 8.000 personas retenidas (las cifras oficiales son de 5.400) sin garantías en 40 centros libios (ellos cuentan 25). “No hay límite de tiempo, no asiste la Media Luna, no hay leyes”, explicaba Hein en la entrevista.
Este año hubo, a principios de abril, un grave accidente en el que desaparecieron más de 200 inmigrantes al hundirse su barca en la costa de Libia. En agosto murieron también 75 personas de hambre y de sed en su intento de llegar a la isla italiana de Lampedusa, después de que su patera navegara a la deriva durante 20 días. La inmigración es uno de los principales problemas de los países europeos, y Gaddafi la utiliza para presionarlos. La Unión Europea le ofreció en febrero 20 millones de euros para combatir la inmigración ilegal, aunque unos meses más tarde Libia le pidió hasta 707 millones de euros. Pero la inmigración también representa un problema para Gaddafi, porque evidencia el fracaso de su sistema político.

Una riqueza mal administrada
Se calcula que el país magrebí acoge hasta a dos millones de personas “sin papeles” procedentes del resto de África, que representan el 20% del total de su población. Los inmigrantes acuden a Libia atraídos por el panafricanismo de Gaddafi y la imagen de progreso que exporta de su país, respaldada por decenas de rascacielos asomados a primera línea de mar de la capital libia. Cruzan el desierto del Sahara pensando que en el país magrebí encontrarán trabajo y una posibilidad de emigrar a Europa, pero la realidad que se encuentran es totalmente distinta: carreteras, puentes y cruces de Trípoli están sobresaturados por estos inmigrantes en situación irregular que buscan conseguir trabajos ínfimos de un día.  
Libia tiene el segundo PIB de África, una baja tasa de pobreza (7%), el índice de alfabetización más elevado del norte del continente africano y una de las más elevadas expectativas de vida. A pesar de estas cifras, el estado libio aún arrastra las consecuencias de más de 30 años de un sistema económico socialista muy rígido. Una vez levantadas las sanciones de la comunidad internacional, en 2003, Gaddafi intentó suavizar el intervencionismo estatal y estimular la privatización de las empresas. Pero según el Índice de Libertad Económica, a día de hoy los negocios privados están muy restringidos y el sistema financiero permanece muy centralizado y sujeto a las decisiones del estado, igual que las inversiones extranjeras.    
La acogida de Gaddafi en la comunidad internacional, motivada por sus reservas energéticas, revalorizó la economía libia. Actualmente el país magrebí exporta tanto petróleo (por habitante) como Arabia Saudí. La exportación de crudo supone el 95% del total de las exportaciones libias, y representa el 75% del presupuesto del estado. Pero al mismo tiempo, con la apertura al mercado internacional, Libia también ha experimentado un crecimiento en las importaciones (el 90% de los alimentos y los materiales los compra en el extranjero), que ha provocado un encarecimiento de los productos básicos.    
Esto no sería tan preocupante si no fuera porque la burocracia y la corrupción del sistema político libio han generado mucha desigualdad en el reparto de la riqueza del país. Los salarios son muy bajos, lo que a menudo obliga a la gente a combinar dos trabajos. Y además, la escasez de opciones laborales fuera del ámbito gubernamental ha elevado la tasa de paro juvenil hasta cerca de un 30%.
“La Administración ha fallado y la economía del Estado también”, reconoció Gaddafi a principios de año, y después se preguntó: “¿Dónde va el dinero del petróleo. Si Libia es actualmente un país que anda cojo es debido, fundamentalmente, al sistema creado por Gaddafi, aunque él no asuma su responsabilidad. El líder revolucionario rechazaba la democracia al estilo occidental, porque no la consideraba suficientemente justa para el pueblo. Por eso fundó la Gran República Árabe Libia Popular y Socialista, basada en la Jamahiriya, un modelo de democracia directa que repartía el poder en comités populares. Gaddafi pretendía así crear un sistema político que fuera un híbrido entre Islam, socialismo y 'democracia directa'. Pero en realidad, Libia ha acabado siendo  una de las mayores dictaduras del mundo, con una élite gobernante que concentra muchos privilegios.
Todo el poder, todas las decisiones, emanan del Gran Líder, y los centenares de comités de personas ideados por la Jamahiriya no tienen ninguna relevancia política. Las condiciones de libertad, tanto la individual como la colectiva, son pésimas, según denuncia las organizaciones proderechos humanos, que advierten que en el sistema de partido único que gobierna Libia no hay lugar para la oposición ni para las críticas públicas al régimen. Este año, por ejemplo, el líder expulsó del Gobierno al ministro de Economía, Ali Abd Alaziz Isawi, por declarar en público que se tenía que rehacer el Gobierno para mejorar su efectividad.
El líder revolucionario propuso una solución para remediar la desigualdad en la distribución de la riqueza de Libia: “Demoleremos el Gobierno y daremos los beneficios del petróleo directamente a las familias”. De momento esta promesa ha quedado en el aire. Es evidente que el estado tiene graves deficiencias democráticas, pero por ahora Gaddafi es el único que puede introducir cambios en el sistema.



Cronologia año  2009

 


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