Anuario 2009
Marruecos
"El rey Mohamed VI celebra diez años en el poder sin haber completado la transición democrática del país

"
Borja Franco

Espectáculos aéreos, colecciones de monedas de plata y de sellos conmemorativos, ediciones especiales de periódicos, dossieres fotográficos… Este año Marruecos vivió el décimo aniversario de la entronización de Mohamed VI, que sustituyó a su padre Hassan II después de su muerte, el 23 de julio de 1999. El régimen de Hassan II había destacado por ser muy autoritario y represivo, casi dictatorial, y por esa razón su sucesión a finales del siglo XX levantó muchas expectativas entre la población. Los marroquíes vieron entonces una gran oportunidad para dar el paso definitivo hacia la modernización y la democratización del país, y depositaron todas sus esperanzas de cambio en Mohamed VI. El joven monarca (cuando subió al trono tenía 35 años) se estrenó con gestos prometedores, hablando en su primer discurso de democracia, de crear empleo, de luchar contra la corrupción y de respetar los derechos humanos. Pero diez años después hay una sensación general de frustración y de desencanto con Mohamed VI porque no ha satisfecho las expectativas.

La transición es “inacabada”, como diría el historiador francés Pierre Vermeren. Si bien se le reconoce un cierto cambio a Marruecos –se ha abierto al mundo, se ha vuelto más transparente que antes y ha despegado económicamente–, a nivel socio-político el país africano sigue anclado en el pasado. Es más, el último informe sobre gobernabilidad del Banco Mundial constataba que la estabilidad política, la efectividad del gobierno y el control de la corrupción han empeorado durante el reinado de Mohamed VI.
El reino magrebí combina dos estilos: el autoritario y feudal, que usa corrientemente para la sociopolítica y que retiene el país en unas estructuras muy alejadas del modelo democrático occidental; y el moderno, utilizado básicamente para las “citas” económicas con Occidente. Una prueba del inmovilismo político de Mohamed VI es que mantiene vigente la Constitución de 1996, que concentra los poderes en la monarquía. Según establece dicha Constitución, el rey alauí preside el Consejo de Ministros, nombra al primer ministro y a otros cargos políticos e incluso puede forzar su dimisión o disolver el Parlamento. De esta manera, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial quedan supeditados a la voluntad del rey, que es quien controla el país.
“Marruecos ha pasado en los últimos años de un autoritarismo apoyado en el aparato de represión a un autoritarismo institucionalizado y legitimado por los partidos”, piensa Moulay Hicham, el primo del rey conocido por su postura crítica con la monarquía. Una muestra de este “autoritarismo legalizado” fueron las elecciones municipales que se celebraron a mediados de junio de este año, y que sirvieron para elegir a los 27.795 concejales de los 1.503 ayuntamientos del reino de Marruecos. Los comicios, que, según los analistas fueron bastante transparentes, los ganó con el 18.7% total de los votos el recién creado Partido de la Autenticidad y Modernidad (PAM), conocido también como “el partido del rey”. El resto del apoyo popular quedó repartido entre el nacionalista Partido Istiqlal (16,57%), el partido de derechas Reagrupamiento Nacional de los Independientes (13%), los Socialistas (10,82%), el partido rural y bereber Movimiento Popular (7,9%) y los islamistas moderados del Partido de la Justicia y Desarrollo (7,47%).
La victoria del PAM podría resultar sorprendente a primera vista puesto que era el partido más joven de todos los que se presentaban. Pero es un claro ejemplo de la enorme influencia del rey en la política del país. El PAM fue creado en agosto de 2008 por Fuad Ali Himma, también conocido como “virrey” por su íntima relación con el monarca. La entrada en escena de un nuevo grupo político pretendía buscar una alternativa a los partidos tradicionales (Istiqlal y socialistas) y que plantara cara a los islamistas, hasta entonces los únicos capaces de aportar cosas nuevas a la población.
Pero lejos de reanimar la escena política, el nuevo partido la ha fragmentado aún más y ha reforzado el poder del rey, como quedó constatado con el triunfo electoral del PAM. Esta victoria no hubiera sido posible sin el respaldo estatal que les permitió presentar más candidatos (17.000) que cualquier otra formación, incorporando incluso a sus listas políticos que antes formaban parte de los partidos tradicionales. Sus principales adversarios criticaron esta operación y acusaron al PAM de “robo” de candidatos, pero sus quejas no sirvieron de nada porque la justicia le acabó dando la razón al PAM.
El conflicto entre el “partido del rey”, y el Istiqlal y los socialistas se arrastraba desde el inicio de la campaña electoral, a finales de mayo. Hasta entonces los tres partidos habían formado la coalición de gobierno, pero horas antes de que empezase la campaña por las municipales el PAM decidió abandonar el Ejecutivo de Abas el Fassi debido a la “crisis artificial” de las candidaturas –el Ministerio del Interior amenazó con aplicar la ley antitransfuguismo para impedir que el PAM integrase candidatos de otras formaciones–. La retirada del PAM dejó en una situación muy inestable al Gobierno marroquí, que se quedó en minoría al perder 43 de sus parlamentarios. A la larga esto puede provocar que, frente a una votación crucial como la de los presupuestos de 2010, Mohamed VI tenga que rehacer el Gobierno.      
Aunque Mohamed VI haya renunciado a la represión como instrumento de gobierno, durante los diez años que ha estado en el poder ha combinado períodos de mayor tolerancia junto con otros de más presión. Y en este sentido, la prensa ha sufrido este año las consecuencias de la represión de Mohamed VI. En julio la justicia marroquí impuso fuertes multas a tres periódicos independientes (Al Jarida al Oula, Al Massae y Al Ahdat al Magrebia) por “haber dañado públicamente” al líder libio Muammar al Gaddafi. Más tarde, a principios de agosto, el Ministerio del Interior secuestró los dos semanarios de mayor tirada, el de lengua francesa Tel Quel y el árabe Nichane, por publicar el primer sondeo, muy favorable por cierto, sobre Mohamed VI –el 91% valoraba positivamente sus diez años de reinado–.
El acoso a los periódicos continuó los meses siguientes con el cierre definitivo de Akhbar al Yaoum, diario que publicó una viñeta de un primo del rey, Moulay Ismael, y con el ingreso en prisión del dibujante y del director del periódico. Y por último, la censura fue dirigida contra la prensa extranjera, en concreto contra Le Monde (Francia) y El País (España). Marruecos vetó la distribución durante tres días del rotativo francés por publicar una caricatura del rey y otra de Moulay Ismael. Más tarde, el reino alauí también vetó la distribución por un día de El País por haber reproducido las viñetas de Le Monde. Por todas estas razones Samira Sitaïl, directora de informativos de la cadena pública más vista en Marruecos, afirmaba en una entrevista en El País que 'la prensa es el pariente pobre del progreso marroquí'.

200.000 personas salen anualmente de la pobreza
Teniendo en cuenta la declaración de Sitaïl, en el lado opuesto a la prensa se encontraría el desarrollo económico del país, el mayor éxito de Mohamed VI. En el periodo comprendido entre los años 1998 y 2007, casi dos millones de personas superaron el umbral de pobreza en Marruecos, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Esto significa que cada año 200.000 personas abandonaron la miseria. Este desarrollo ha sido posible gracias a la apertura del país al mercado internacional y a una serie de reformas modernizadoras destinadas a aumentar la competitividad y a diversificar la producción económica, distribuida entre el sector de los servicios (58,5%), la industria (29%) y la agricultura (12,4%).
Durante los diez años de reinado de Mohamed VI, el índice de crecimiento de la economía ha progresado constantemente a un ritmo medio del 5% anual, según indicaba el informe Una ambición marroquí, elaborado por diez expertos. Pero el impacto de la crisis se pudo apreciar en las previsiones para 2009, que constataban un freno de este crecimiento económico. El Gobierno marroquí informó de que el crecimiento del PIB disminuiría respecto al año anterior (6,2%), y se situaría en un 5,8%, mientras que el centro de investigación Economist Intelligence Unit, del grupo británico Economist, lo redujo al 2,3%. Entre las principales causas de este recesión se encuentran, según el profesor de Economía del Instituto Nacional de Estadística de Rabat Mehdi Lahlou, la reducción de las remesas de los marroquíes que trabajan en el extranjero, la caída de las exportaciones de fosfatos, textiles y repuestos de automóviles, y la contracción del turismo. Las remesas, por poner un ejemplo, cayeron un 2,4% en 2008, y en los dos primeros meses de este año se redujeron un 15% respecto al año anterior.
Este período de “vacas flojas” amenaza con agitar la paz social marroquí. Pese al progreso económico vivido con los diez años de reinado de Mohamed VI, aún existe una gran desigualdad social en Marruecos. Casi tres millones de personas (15% de la población) siguen vivendo por debajo del umbral de pobreza mientras que el 70% de los recursos del país está en manos de poco más del 10% de la población. El propio monarca, que se autoproclamó “rey de los pobres” cuando ascendió al trono, es el séptimo rey más rico del mundo según la revista Forbes.
Así, Marruecos ocupa hoy día la posición 108 en el ránquing de riqueza por habitante y la 126 en Índice de Desarrollo Humano, según la ONU. Es por esto que en este aspecto también ha defraudado la política de Mohamed VI. Los principales desafíos de la política marroquí son el analfabetismo, que afecta casi al 50% de la población, y el aumento del paro. Pese a que el índice de desempleo se ha reducido a la mitad (10%) desde que Mohamed VI llegó al poder, sigue existiendo un grave problema con el paro urbano entre los jóvenes, que asciende al 33%. El grupo de los recién licenciados son los más afectados por este desempleo, y protagonizaron diversas manifestaciones a lo largo del año e icluso llegaron a tomar, en febrero, la sede del Istiqlal en Rabat. Fue un primer un aviso de lo que puede suponer la crisis para el reino magrebí.
Además, el aumento de las brechas sociales dentro del país amenaza con extender el integrismo islámico –curiosamente, este año salió publicado un informe que destacaba un incremento de la práctica religiosa en Marruecos–. Combatir el terrorismo ha sido una de las prioridades de Mohamed VI, sobre todo a raíz de los atentados de Casablanca de 2003, en los que murieron 45 personas. El ataque fue perpetrado por catorce jóvenes que vivían en los míseros suburbios de la capital económica del país, barrios de chabolas donde las ideologías extremistas intentan llenar el vacío dejado por el Estado. Mohamed VI ha empezado algunas tímidas reformas, por ejemplo la reconstrucción de la zona Sidi Moumen, unos suburbios de Casablanca donde viven 170.000 personas. Se calcula que alrededor de 700 familias han sido trasladadas a otra parte de la ciudad, donde se les concede un terreno a bajo precio para que se puedan construir una casa.
La lucha antiterrorista es un claro ejemplo de la doble moralidad que impera en Marruecos. Por un lado, el reino marroquí coopera internacionalmente con la lucha antiterrorista. En 2009, el tribunal antiterrorista de Sale (ciudad costera cercana a Rabat) condenó a 15 años de prisión a Saad Husseini, y a 20 años a Hassan el Haski, ambos presuntamente implicados en los ataques del 11-M de Madrid. La Brigada Nacional de la Policía Judicial desmanteló a finales de junio una supuesta célula terrorista integrada por ceutíes que planeaban atentar en Marruecos. En total se detuvieron a lo largo del curso 2008/2009 unos 190 presuntos islamistas radicales que fueron declarados culpables de delitos de terrorismo, según Amnistía Internacional.
Pero por el otro lado, esta cooperación internacional le lleva a cometer abusos de poder y a vulnerar los derechos humanos. Esta doble moralidad, estos intentos de lavar la cara del régimen, se han ido sucediendo durante estos últimos diez años. Posiblemente el más significativo sea la reforma del código de familia (Moudawana) aprobada en 2004 y que, entre otras cosas, eleva la edad mínima de las mujeres para casarse de los 15 a los 18 años, restringe la poligamia y da a la mujer el derecho a divorciarse. El intento de equiparar los derechos de hombres y mujeres sería un avance muy positivo sino fuera porque la aplicación de la ley es imperfecta. Sólo en 2007, según cifras del Ministerio de Justicia, se autorizaron 33.000 matrimonios de mújeres menores.
La Asociación Marroquí de Derechos Humanos denuncia que, en términos generales, en Marruecos se siguen vulnerando los derechos humanos, continúa habiendo una ausencia importante de libertades como la de expresión y de asociación, y persiste la represión y las detenciones arbitrarias. Este año, por ejemplo, Mohamed VI, que ostenta el título de Comendador de los Creyentes (jefe espiritual de los musulmanes), orquestó una campaña de persecución contra la minoría musulmana chií del país (la religión oficial de Marruecos es el sunií malekita). A finales de marzo arrestaron a decenas de personas de confesión chií en Tánger, Essaouira y Ouyazze, según informó el periódico independiente de Casablanca, Al Jarida Al Aoula. Durante este mismo periodo las mezquitas hicieron apología de la religión oficial de Marruecos, se incautaron de libros y se cerró la escuela iraquí chií de Rabat.
Esta campaña contra la libertad de culto vino precedida, tres semanas antes, por la ruptura de las relaciones diplomáticas de Marruecos con Iran, motivada supuestamente por las declaraciones de un alto cargo iraní que cuestionaban la soberanía de Bahrein y criticaban el apoyo de Marruecos a la independencia de ese país pérsico. Pero muchos analistas señalaron que, seguramente, el motivo real de la ruptura con Iran fuera la propaganda chií que hace el régimen iraní y la consecuente expansión del chiísmo en la sociedad marroquí.
Rabat también había tenido un conflicto diplomático con Venezuela a principios de año, cuando el Ministerio de Asuntos Exteriores de Marruecos ordenó el cierre de la embajada en Caracas por atacar la integridad territorial del reino al apoyar la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). El tema del Sahara sigue siendo “el telón de Aquiles” de Marruecos, como se pudo ver también a principios de septiembre en la celebración del 40 aniversario de la toma de poder del líder libio, Moamar el Gadafi. La delegación marroquí, encabezada por el primer ministro el Fassi –Mohamed VI estaba por primera vez oficialmente enfermo y no asistió–, se retiró de Libia al advertir la presencia de la RASD en calidad de un estado. Esto desató una crisis entre Libia y Marruecos. Rabat dijo que la actitud de Gadafi “contradijo por completo los lazos de fraternidad, cooperación, solidaridad y respeto mutuo entre ambos países”, y el líder libio respondió que no ellos no habían invitado al festejo al líder saharaui.
Pero a pesar de las agresivas respuestas contra Venezuela e Iran, “los últimos años se han caracterizado por la retirada de Marruecos de la escena internacional”, piensa el historiador y fundador del semanario marroquí Le Journal Hebdomadaire, Aboubakr Jamai. Hace tres años que el rey no asiste a ninguna cumbre internacional. Pero esta falta de atención a los cuestiones de Estado contrasta con el gusto que tiene Mohamed VI por los viajes privados. Desde que accedió al poder, el monarca alauí ha efectuado entre 80 y 100 viajes, muchos de ellos a título individual, según detalla el escritor Ferran Sales en el libro Mohamed VI: El príncipe que no quería ser rey. Este mismo año, por ejemplo, Mohamed VI estuvo tres semanas en EE.UU. sin que quedase claro si se trataba de un viaje oficial o particular, y en verano se fue de vacaciones al puerto de M’diq, cerca de Tetuán. De nuevo parece, ahora en el marco de las relaciones internacionales, que la élite marroquí está sólo interesada en los asuntos comerciales –en abril Mohamed VI realizó un viaje de negocios a Guinea para estrechar los lazos económicos con el país– y que olvida las cuestiones que atañen a su pueblo.
Marruecos ha basado su progreso económico básicamente en mejorar las relaciones comerciales con Occidente –ha sido el primer país magrebí en obtener, en 2008, un estatuto avanzado de la Unión Europea, que le garantiza el acceso a determinados programas comunitarios y le otorga un marco privilegiado de relaciones políticas, económicas y sociales–. Francia y España, sus dos ex potencias coloniales, son sus principales socios. Por eso no es de extrañar que Marruecos se haya convertido este año en el tercer cliente (y el primero fuera de Europa) de la industria militar española y que Mohamed indultara, en motivo de su décimo aniversario al poder, el 80% de los presos españoles de Marruecos (un total de 178).
Y, mientras tanto, el conflicto del Sáhara Occidental sigue olvidado. Diez años después de la muerte del rey que se anexionó el territorio no parece que haya una solución clara al conflicto e incluso durante el reinado de Mohamed VI la situación de los saharauis ha empeorado, según denunció Human Rights Watch a finales del 2008. En esta ocasión, la misma comunidad internacional participa de la hipocresía marroquí.



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