Anuario 2009
Túnez
"Ben Ali gana las elecciones presidenciales con el 89,96% de los votos y renueva así por quinta vez consecutiva su régimen dictatorial

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Borja Franco

“El 29 de septiembre por la mañana, Radhia Nasraoui, una abogada conocida por su lucha a favor de las libertades, se da cuenta al salir de casa de que le han rajado las cuatro ruedas de su coche. La abogada iba a buscar a su marido, Hamma Hammami (opositor político), al aeropuerto de Túnez. […] Antes de que Hammami cruzara la aduana, en la parte inaccesible al público, fue rodeado por una veintena de policías vestidos de civiles que le propinaron una paliza”. El periódico francés Le Monde recogió este testimonio un mes antes de las elecciones presidenciales del país. Por entonces, el régimen de Zin El Abidín Ben Alí ya engrasaba la maquinaria de su aparato represivo para asegurarse la victoria el 25 de octubre.


Como era de esperar, Ben Ali acabó ganando las elecciones y accediendo de esta manera a su quinto mandato consecutivo. Ali obtuvo el 89,96% de los votos –hecho que fue noticia puesto que nunca antes había bajado del 90%–. Los votos restantes quedaron repartidos entre sus tres únicos contrincantes en las urnas, dos de los cuales –Mohamed Bouchiha, del Partido de la Unidad Popular (5,1%), y Ahmed Inoubli, de la Unión Democrática Unionista (3,8%)– representan a formaciones afines al régimen. Así, se puede decir que sólo el tercero, Ahmed Brahim, líder del partido Ettajid (Renovación), ejercía como auténtico contrapeso a la candidatura de Ben Alí. Pero Brahim sólo pudo obtener el 1,57% de los sufragios, en parte por culpa de las dificultades que le pusieron los ministerios de Interior y Comunicación.
Alí “redujo a la oposición, silenció el disenso y reprimió cualquier cobertura de los medios independientes” para asegurarse su victoria, según analistas internacionales. Un estudio sobre la cobertura de la campaña, presentado el día antes de las elecciones por la Liga Tunecina de Derechos Humanos (LTDH), lo constataba con cifras: el conjunto de la prensa le dedicó el 97,23% de sus informaciones a la candidatura de Ben Ali y sólo el 2,7% restante a los demás aspirantes a la presidencia. El ministro del Interior, Haj Kacem, declaró una vez se supieron los resultados que las elecciones –que habían rozado el 90% de participación– fueron 'libres y transparentes' y se desarrollaron 'con todas las garantías”. Pero la oposición no lo vio igual: “Hemos registrado irregularidades en bloque y en detalle”, advirtió el fundador y secretario general del Fórum Democrático para el Trabajo y las Libertades (FDTL), Mustapha Ben Jaafar.
Jaafar se perfilaba como el principal candidato opositor a las presidenciales, pero el 28 de septiembre el Consejo Constitucional eliminó su candidatura porque no había presidido su partido durante dos años, tal y como exige una nueva ley electoral adoptada en 2008. Tampoco pudieron participar en la carrera presidencial otras dos figuras opositoras importantes –en total hay ocho partidos opositores legalizados–, como son Ahmed Nejib Chebbi, del Reagrupamiento Socialista Democrático (RSP), y los islamistas de Ennahda (Renacimiento), una formación que ha llegado a recoger un tercio de los votos de los suburbios de la capital, Túnez.
Aparte de amordazar a la oposición, la victoria de Ali fue posible gracias a la reforma constitucional que hizo en 2002 y con la que suprimió la limitación de tres mandatos presidenciales. Por todo esto, la oposición recibió la victoria de Ali como una oportunidad perdida de democratizar el país y algunos incluso apuntaron que los resultados fueron propios de una dictadura. El partido de Ali, Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD), controla el escenario político, la Administración pública y la sociedad tunecina en su conjunto desde hace 22 años. Durante este tiempo el presidente tunecino ha gobernado con puño de hierro el país, aplastando las libertades de la gente, pero sosteniendo un fondo de relativa estabilidad social y de prosperidad económica que le convierten, de cara a Occidente, en un “dictador discreto”. Una buena muestra fueron las elecciones, que fueron validadas por España y Francia pese a que no existieron las mínimas garantías democráticas. Sólo Estados Unidos se mostró preocupado por la falta de observadores internacionales.
A nivel interno, la política represiva del régimen ha ido alejando de la política a los ciudadanos, que han encontrado refugio en el éxito económico del país, como demostró la obra La fuerza de la obediencia. Béatrice Hibou explica en este estudio que la gran mayoría de los tunecinos puede “vivir normalmente, por llamarlo así, en un entorno político disciplinario, regulador y a veces coercitivo”. Pueden vivir sin sufrir por la ausencia de libertad de expresión, por el peso de un discurso único o por la inexistencia de una prensa libre, siempre y cuando la economía funcione bien.

Libertad de expresión
A mediados de agosto varios miembros progubernamentales del Sindicato Nacional de Periodistas Tunecinos (SNJT) impusieron, de forma ilegal, un nuevo presidente afín al partido gobernante. Este cambio en el SNJT, que era la única organización independiente para periodistas críticos, fue visto como “un simple golpe de Estado orquestado para maximizar la cobertura de los medios afines al partido gobernante”, dijo la red mundial Intercambio Internacional por la Libertad de Expresión (IFEX).  
También el sitio web de Al Jazeera, el canal a través del que se informan las personas opositoras al régimen, estuvo bloqueado desde el día de las elecciones. Muchos periodistas fueron detenidos o se les privó de entrar a sus puestos de trabajo. Por ejemplo, la policía impidió a los periodistas Lotfi Hidouri y Sihem Bensedrine participar en un taller de la Asociación Tunecina de Mujeres Democráticas, y Hidouri y otro colega suyo fueron detenidos días después por tomar fotografías sin permiso del Estado. Incluso la policía atacó, el 22 de octubre, a uno de los periodistas más críticos, Taoufik Ben Brik, mientras se dirigía a recoger a su hija al colegio. También se le impidió la entrada al país al corresponsal de Le Monde, Florence Beaugé, porque “siempre había adoptado malevolencia obvia hacia Túnez y había asumido sistemáticamente posiciones hostiles”, según fuentes gubernamentales tunecinas. La organización Reporteros Sin Fronteras, que estuvo haciendo un estudio durante la campaña electoral sobre la libertad de prensa, concluyó que “los tunecinos no tienen acceso a noticias e información equilibradas”.
El 26 de noviembre condenaron a seis meses de cárcel a Ben Brik, acusado de violencia, daños a la propiedad, ataques a la moral pública y difamación. Amnistía Internacional criticó esta condena tras considerar que el juicio fue “falto de garantías y apoyado en pruebas falsas”. Las autoridades tunecinas impidieron a sus familiares y abogados visitarle después de la audiencia que se celebró el 19 de noviembre en el Tribunal de Primera Instancia de Túnez. 'El veredicto pone en tela de juicio la independencia y la integridad del proceso judicial tunecino', afirmó AI, que cree que Ben Brik fue condenado por sus críticas a la reelección de Ben Ali.
Los 22 años que Ben Ali ha estado en el poder se han caracterizado por una constante violación de los derechos humanos, que ha incluido detenciones y reclusiones arbitrarias, tortura y malos tratos, juicios injustos, hostigamiento e intimidación del colectivo de defensores de los derechos humanos, y restricciones de la libertad de expresión y de asociación. Amnistía Internacional denunció estas violaciones de los derechos humanos en 2007, con motivo del 20 aniversario en el poder de Ben Ali: Túnez “ha sufrido un marcado deterioro desde la entrada en vigor de la ley antiterrorista de 2003. Esta ley contiene una imprecisa definición de terrorismo de la que se han servido las fuerzas de seguridad para perseguir al colectivo de defensores de los derechos humanos y a las personas que critican y se oponen pacíficamente al Gobierno, y silenciar así cualquier crítica. Siguen denunciándose casos de tortura y otros malos tratos, incluso en las prisiones”, destacaba el documento.
Precisamente a finales de este año, AI publicó otro informe en que advertía que la situación de los derechos humanos en Túnez no ha mejorado mucho desde entonces. Ben Ali ha intentado camuflar a Occidente las deficiencias democráticas de su régimen colaborando en la lucha contra el terrorismo islamista y defendiendo el derecho de las mujeres. Túnez se presentó, al independizarse de Francia en 1956, como un Estado moderno y ejemplar del mundo árabe, abanderado de la reforma del Código del Estatuto Personal, que equiparaba los derechos de las mujeres al de los hombres y restringía, por ejemplo, la poligamia. Pero medio siglo después, Túnez no ha resultado ser el país ejemplar que soñaba Occidente, y el autoritarismo del Estado obliga a la gente a buscar alternativas al poder. Una de ellas es el islamismo, que se está extendiendo lentamente por el país, y que se percibe con la proliferación de mujeres con velo.
En materia de terrorismo yihadista, este año se ha cerrado un capítulo importante en la historia reciente de Túnez. El 6 de febrero un tribunal especial criminal de París condenó a 18 años de prisión al cerebro del atentado terrorista de Djerba, Christian Ganczarski. Este atentado, obra de Al Qaeda, tuvo lugar en 2002 contra la sinagoga de Djerba (una isla del norte de África perteneciente a Túnez). Un “kamikaze” tunecino de 25 años hizo explotar un camión cisterna matando a 21 personas. Francia, que fue la potencia colonial hasta 1956, es el principal socio internacional de Túnez. Pero durante este año se han vivido dos episodios que han hecho crecer la tensión entre ambos países.
Uno fue el juicio por el robo de unos yates de lujo –uno de ellos del ex presidente del Banco Lazard y amigo personal de Jacques Chirac, Bruno Roger– en Córcega en 2006. Entre los acusados había dos sobrinos del presidente tunecino, Imed y Moaz Trabelsi. El embrollo político entre Francia y Túnez giró en torno a dónde deberían ser juzgados los hermanos Trabelsi, en Francia o en su país. La fiscalia francesa acabó negándose a juzgarlos porque los delitos no se habían producido en Francia. Pero, en cambio, sí que juzgaron y condenaron a los otros nueve encausados en el crimen. Finalmente, los hermanos Trabelsi quedaron en libertad.
Anteriormente había tenido lugar otro conflicto diplomático entre los dos países mediterráneos. El motivo fueron las declaraciones que hizo en marzo el jefe de la diplomacia de Francia, Bernard Kouchner, en la revista africana Jeune Afrique. Las palabras de Kouchner, lamentando la falta de libertad de expresión en Túnez, irritaron a las autoridades del país magrebí. “Kouchner tiene derecho a hacer creer que defiende los derechos humanos, pero no tiene derecho difundir clichés sobre Túnez”. Según el poder tunecino, el problema es que el régimen “sufre un déficit de imagen” debido a una mala estrategia en materia de comunicación. “Esta es nuestra [del régimen] principal debilidad”. Todo lo contrario que la economía.

Túnez es el país más competitivo de África
Sin duda, la mayor garantía del RCD es el éxito económico del país, que le ha servido de escudo para mantener vivo su régimen represivo. El desarrollo económico (el PIB per cápita fue de 7.600 dólares en 2009) y humano (nivel medio según el ránquing de la ONU) son los mayores triunfos del régimen actual, y por esto la campaña electoral de Ben Ali se basó en la promesa que Túnez llegaría a ser un país desarrollado en 2014, al fin de su quinto mandato. La meta parece que no queda tan lejos.
El informe anual 2009 del Banco Africano de Desarrollo (con sede en Túnez) situó al país de Ben Ali como el Estado africano más competitivo, por delante de Sudáfrica, Botswana y la isla Mauricio. Y el último informe sobre la competitividad global 2008-2009, elaborado por el Foro Económico Mundial de Davos, clasificó a Túnez en el 36º puesto de 134 países desarrollados y emergentes en materia de competitividad global. Con todo, este año se ha frenado el crecimiento anual del 5% al que estaba acostumbrado el país magrebí. Así, el crecimiento del PIB en 2009 ha sido del 3%, pero Túnez encaró la crisis como una oportunidad para desarrollar aún más su economía. A finales de mayo lanzó campaña comunicativa que rezaba “Túnez, un remedio anticrisis” y que defendía que con la crisis los países desarrollados no tendrían más opción que invertir en Túnez.
Túnez goza de una economía bastante diversificada, aunque las exportaciones y el turismo son sus principales fuentes de ingreso. El país no dispone de muchas reservas energéticas (es autosuficiente en gas y ha de importar las cuatro quintas partes de su consumo de petróleo), pero gracias a una mano de obra barata, ha podido basar su economía en las exportaciones, principalmente de la industria textil. Túnez está considerado el socio mediterráneo más mimado de la Unión Europea, donde  destina el 80 % de sus exportaciones.
Uno de los sectores más beneficiados por este crecimiento económico ha sido el de la educación, que es gratuita para todo el mundo hasta la universidad. Esta medida ha favorecido un gran número de licenciados y diplomados, y se prevé que el número de estudiantes universitarios superará este año el medio millón. Según el Foro Económico Mundial de Davos, Túnez dedica una cuarta parte de su presupuesto a su sistema educativo, cualificado como el 17º mejor del mundo, por delante de países como Francia y Alemania. No obstante, algunos críticos denuncian que en los últimos años el régimen está rebajando el nivel del sistema educativo para que sea más fácil obtener un graduado escolar o universitario. Esta medida, dicen, es una  estrategia de Ben Ali para amentar su popularidad entre los jóvenes.
Otro ámbito beneficiado por el crecimiento económico de Túnez son las infraestructuras. El informe de Davos le sitúa, por la calidad de su infraestructura, en el primer puesto del Magreb y de África, en el 4º del mundo árabe y en el 33º del mundo. Así, sobre un total de 134, Túnez se encuentra por delante de países europeos como Italia, Grecia e Irlanda. Este año, por ejemplo, ha entrado en funcionamiento en Túnez la primera teleoperadora 100% nacional, Divona, que será también la primera que emitirá vía satélite en el país. Más tarde, a finales de octubre, se creó el primer banco islámico local de Túnez (existe otro banco islámico saudí) con un capital inicial de 25 millones de dólares. Su promotor, el millonario Mohammed Sakher El-Materi, es el yerno del presidente. Esto da pie a una de las críticas que se le hace al Gobierno tunecino: que los principales beneficiarios del éxito económico del país son los miembros de la “familia reinante”, que es como se conoce a los familiares y amigos de Ben Ali y su esposa Leila Trabelsi.
El crecimiento económico de Túnez es innegable. Pero, sin embargo, la distribución de la riqueza entre la población es desigual (el índice de pobreza se sitúa cerca del 15%). Muchas veces se divide la población tunecina en dos: aquellos que se aprovechan del régimen, y por lo tanto se benefician de su crecimiento económico; y aquellos que no se aprovechan del régimen, y que por lo tanto sufren problemas económicos. Oficialmente, Túnez es el país norteafricano con más población (80%) de clase media, pero aún así mucha gente tiene problemas para llegar a fin de mes porque los salarios son muy bajos (el salario mínimo es de 130 euros). Además, el índice de paro se mantiene del 15%, que es el mismo que había en 1986, y que afecta básicamente a los jóvenes.
La desigualdad social y los favoritismos del régimen fueron el detonante de la revuelta que hubo el año pasado en la región minera de Gafsa, en el sur del país. La protesta juvenil se originó después de que la compañía nacional de fosfatos, la empresa más poderosa de la provincia, hiciera pública la lista del nuevo personal contratado. Los habitantes de la localidad de Redeyef y de otros lugares acusaron a la dirección de la compañía de ofrecer los puestos a sus allegados y de desatender las solicitudes de trabajo de la población desempleada. Los protestantes fueron duramente reprimidos, algunos incluso murieron, aunque este año Ben Ali puso en libertad a 38 personas condenadas por aquellos disturbios.
“Los jóvenes no tienen esperanza ni futuro”, sostiene la dirigente del mayor partido de la oposición, el Partido Democrático Progresista de Túnez, Maya Jribi. La mayoría de los jóvenes no comparte con su padre el compromiso de servicio al país posterior a la independencia, ni tampoco la sed de conocimientos y de principios que había en esa época. No se preocupan por la política, sino que lo que más les interesa es el dinero y la capacidad adquisitiva. “Para los jóvenes el éxito se reduce al dinero”, explica la sociologia Khadija Chérif, de la Asociación Tunecina de Mujeres Demócratas (ATFD). La líder opositora Jribi cree que la revuelta de Gafsa es la constatación de que el “milagro económico tunecino” está debilitándose, y piensa que en el futuro se van a reproducir movimientos juveniles como el del año pasado.



Cronologia año  2009

 


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