Anuario 2010
China
"China afianza su posición en medio de la crisis mundial"
Isabel Sánchez

En un momento en que muchos de los países occidentales se han visto fuertemente golpeados por la crisis financiera, China está sabiendo aprovechar todas las oportunidades de inversión que se le presentan. De hecho, el Estado y las grandes empresas chinas están comprando por un buen precio un considerable número de compañías occidentales y adquiriendo una parte importante de la deuda pública de distintos países. El dinamismo comercial chino es la clave del crecimiento de su economía, una economía que es la tabla de salvación de muchos países con graves dificultades económicas.


La principal baza de la economía china son las exportaciones. En marzo de 2010, la Organización Mundial de Comercio (OMC) anunció que en 2009 China había logrado superar a Alemania como primer exportador mundial, al acaparar un 9,6% de las exportaciones de todo el planeta. Durante ese año, las ventas de la República Popular al exterior alcanzaron el valor de 1,2 billones de dólares. En 2008, el país asiático ya había logrado superar a Estados Unidos y situarse en la segunda posición de la lista. Sin embargo, la competencia entre Alemania y China no se da en igualdad de condiciones, puesto que en el país europeo se respetan los derechos laborales y las conquistas sociales, mientras que en China los trabajadores son explotados y no tienen la posibilidad de organizarse en sindicatos ni tienen derecho a protagonizar una huelga, lo que constituye una auténtico “dumping social”. Además, el valor del yuan, que el Gobierno de Pekín mantiene artificialmente débil, favoreció también el aumento de las exportaciones.
Precisamente, en la última cumbre del G-20, celebrada en noviembre en Seúl, Estados Unidos, la Unión Europea y Japón acusaron a China de mantener el yuan artificialmente bajo y la instaron a revaluar su moneda. La reticencia por parte de China a la hora de cumplir con las exigencias de los países occidentales está generando una gran tensión en las relaciones económicas del planeta que podría acabar derivando en una “guerra de divisas”. China sólo está dispuesta a revaluar el yuan de una forma lenta y gradual que responda a las necesidades de su economía. El espectacular crecimiento económico chino de los últimos años ha hecho posible que la moneda del país no sólo tenga connotaciones financieras, sino también políticas y estratégicas, y China es consciente de ello.
Muchos analistas pensaron que el desarrollo económico chino traería como consecuencia lógica la apertura política. Los partidarios de esa apertura quisieron ver en la organización de los Juegos Olímpicos de 2008 y en la Exposición Universal de Shanghái, inaugurada en mayo de 2010, un gesto de modernización del país por parte del régimen comunista. Sin embargo, el cambio de rumbo que esperaban nunca llegó. Es más, la Quinta Sesión Plenaria del XVII Comité Central del Partido Comunista de China (PCCh), celebrada en octubre, no hizo sino confirmar la tendencia conservadora en cuanto a materia política se refiere: en la reunión, donde se concretó el plan quinquenal de desarrollo para el período 2011-2015 bajo el lema “Construcción de una sociedad moderadamente próspera”, se hizo hincapié en que el PCCh es y seguirá siendo, al menos por el momento, la única “garantía fundamental” para que China logre sus objetivos en materia económica y social. El nombramiento en la reunión  del actual vicepresidente, Xi Jinping, como “número dos” de la cúpula militar reafirma esta tendencia conservadora. El ascenso de Xi Jinping fue considerado por los expertos como un paso previo para aspirar a la presidencia del país en 2013, año en que el actual presidente, Hu Jintao, abandonará el cargo. Xi Jinping, que además es uno de los nueve miembros del Comité Permanente de Politburó del PCCh, el máximo órgano de gobierno del Estado, es ahora también el vicepresidente de la Comisión Militar Central (CMC), sólo por detrás del propio Hu Jintao. Xi representa la cara más conservadora del PCCh y es un protegido de Jiang Zemin, el presidente de la República Popular China de 1993 a 2003, que apoya a los llamados tecnócratas desarrollistas.
El omnipresente Partido Comunista de China ha sido testigo en numerosas ocasiones de tensiones y luchas internas entre sus dos principales facciones: el ala reformista, que aboga por las políticas socialdemócratas para frenar la desigualdad social; y los conservadores, que defienden la economía de mercado a ultranza como único modo para desarrollar el país. Esta estructura de dos grupos bien diferenciados ha hecho que en ocasiones los analistas políticos se refieran al PCCh como “un partido, dos facciones”. Xi Jinping pertenece al segundo grupo: el que reúne a los dirigentes más elitistas, procedentes de provincias prósperas. Jiang Zemin perteneció a este grupo, conocido también como el “Grupo de Shanghái”. El ala de los reformistas se conoce también como “la facción de la Liga de la Juventud” o la “coalición populista”. La mayoría de los miembros de este grupo provienen de un entorno rural y dieron sus primeros pasos en la política en la Liga de la Juventud Comunista de China. Algunos dirigentes históricos del PCCh, como Hu Yaobang, o el actual presidente, Hu Jintao, ocuparon cargos relevantes en la misma.
De hecho, los analistas creían que Xi habría sido ascendido dentro de la cúpula militar en el 2009. Este retraso de un año podría deberse a discrepancias dentro del Partido. En realidad, el presidente Hu pretendía favorecer a su protegido, el actual viceprimer ministro, Li Keqiang, que representa a las Juventudes Comunistas, que abogan por la apertura política. Para compensar la elección de Xi, se baraja la posibilidad de que Li Keqiang reemplace al primer ministro, Wen Jiabao, cuando éste deje el cargo en 2013.
De la mano de Xi, China continuará ahondando en el capitalismo y la economía de mercado como vía de progreso, pero el sistema autoritario de un único partido seguirá impidiendo que progrese el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos. En octubre, uno de los principales defensores chinos de los derechos humanos, el disidente Liu Xiabo, fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz 2010. El intelectual está en prisión desde diciembre de 2008, cuando fue condenado a 11 años de cárcel por redactar y firmar la “Carta 08”, un documento que pedía reformas democráticas y legales en China. Cientos de disidentes chinos firmaron también la carta.
Las duras críticas por parte de la comunidad internacional a raíz de la condena de Li  fueron vistas por China como una injerencia en sus asuntos internos. Por eso, cuando el Instituto Noruego del Nobel decidió reconocer la labor del activista chino, China consideró la concesión del premio como “una blasfemia” y decidió someter al entorno de Li a una estricta vigilancia. Su mujer, Liu Xia, fue arrestada de facto en su domicilio. Todas las voces que reclaman que en China se respeten los derechos humanos y se eliminen las enormes desigualdades sociales son igualmente acalladas.
A pesar de que en el momento de su elección en el año 2003, tanto el presidente, Hu Jintao, como el primer ministro de la República Popular China, Wen Jiabao, expresaron su intención de reducir drásticamente las diferencias entre ricos y pobres, éstas no han hecho más que aumentar: el coeficiente de Gini, un indicador de la desigualdad de los ingresos dentro de un país, ha alcanzado el 0,47%, superando así la línea de seguridad de 0,4%, a partir de la cual pueden generarse disturbios sociales. Hace tres décadas, esta cifra oscilaba alrededor del 0,2%.
Los ciudadanos chinos, especialmente lo más desfavorecidos, empiezan a pedir mejoras en sus condiciones de trabajo ante el apabullante desarrollo económico del país. A pesar de que la legislación china en materia laboral no reconoce el derecho a la libre asociación sindical ni tampoco el derecho a la huelga, en julio se desató una ola de huelgas en la región de Guangdong para reivindicar subidas salariales y finalmente los trabajadores consiguieron mejoras de entre el 24% y el 33%. Las movilizaciones, que afectaron principalmente a empresas extranjeras, no tardaron en extenderse también a otros lugares, como a Kunshan, en la provincia de Jiangsu, donde cincuenta trabajadores de una fábrica de maquinaria resultaron heridos a consecuencia de los enfrentamientos con la policía.

La crisis económica y sus consecuencias para China
La crisis económica mundial desatada en octubre de 2008, que provocó la desestabilización de los mercados financieros de prácticamente todos los países del globo, no consiguió frenar el imparable desarrollo económico de China, aunque sí lo redujo.
Por una parte, el modelo económico de China, que durante décadas se había basado en las exportaciones, se reveló como insuficiente. Debido a la crisis de las subprimes, Estados Unidos y algo más tarde Europa, principales mercados de los productos chinos, redujeron drásticamente su demanda. Además, en el año 2007 la política gubernamental china había llevado a cabo una reestructuración de la industria que pretendía mejorar la calidad de los productos y reducir la contaminación del sector manufacturero. Esto hizo que la producción fuera más costosa y muchas empresas de exportación se vieron forzadas a cerrar. En el año 2008, aproximadamente 20 millones de personas perdieron su empleo y se cerraron 67.000 pequeñas y medianas empresas. También en ese mismo año China vio cómo por primera vez en la última década su índice de crecimiento se reducía, aunque sólo en un punto: pasó del 10% al 9%, una cifra envidiable si tenemos en cuenta la situación del resto de economías. El producto interior bruto del gigante asiático en 2009 creció un 8,7%, superando el 8% que se había marcado el Gobierno. En el primer trimestre de 2010, el PIB chino subió un 11,9% respecto al mismo periodo del año anterior; el segundo semestre lo hizo un 10,3%  y creció un 9,5% en el tercer trimestre. Estos valores son muy superiores a las previsiones del Gobierno, que esperaban un crecimiento anual del 8%.
Desde que comenzó la crisis financiera mundial, el Gobierno chino ha intentado reconducir el modelo económico incrementando el consumo interior, aunque no le está resultando fácil. El mercado de consumo chino es en realidad el gran talón de Aquiles de su economía. Pekín se ha volcado en un plan para fomentar la inversión pública y el consumo, especialmente en el medio rural. Entre otras medidas, el Gobierno ha rebajado los tipos de interés, ha estimulado fiscalmente la exportación y ha recortado los impuestos a las inversiones inmobiliarias.
 El hecho de que la economía china esté resistiendo bien la crisis tiene, por su parte, efectos positivos para el resto de los países, puesto que su peso global es muy grande. La pujanza de las finanzas del país asiático puede servir de estímulo para vencer la crisis mundial. Las grandes reservas de divisas de que dispone China le están permitiendo invertir en las economías deficitarias, como la de Estados Unidos. Otro efecto importante del crecimiento económico del País del Centro es el control de regiones, principalmente en el mundo subdesarrollado, que le garantizan el acceso a materias primas. De hecho, China está realizando una penetración económica, no exenta de connotaciones políticas, de grandes proporciones en el continente africano y todo apunta a que esto sólo sea el principio. Pero China no sólo está interesada en las materias primas de África, sino también en las posibilidades de negocio que le ofrecen Australia y América Latina.
  Todos estos factores hicieron posible que en el segundo trimestre de 2010 China superara a Japón como segunda potencia económica del mundo. En el segundo trimestre (de abril a junio) el PIB del País del Centro ascendió a 1’3 billones de dólares, mientras que el del archipiélago japonés era de 1’2 billones de dólares. La recesión mundial fue la principal causante del retroceso económico de Japón, puesto que depende en gran parte de las exportaciones y éstas se vieron reducidas. Al igual que China, Japón es cada vez más consciente de que su economía no puede estar centrada en la demanda del extranjero.
 En Estados Unidos incluso auguran que en el año 2027 China será la mayor potencia del mundo. Es importante recordar, sin embargo, que el PIB per cápita es casi diez veces mayor en Japón que en China. Mientras que en el primero, en el año 2009, fue de 37.800 dólares, en el segundo sólo fue de 3.600.
El rápido crecimiento del PIB de China durante 2010 preocupó en un primer momento a los analistas, ya que temieron un sobrecalentamiento de la economía. Sin embargo, el IPC, uno de los mayores indicadores de calentamiento, se mantuvo en un 2,2% durante el primer trimestre y un 2,4% en el segundo. Estos resultados favorables son un argumento más a favor de que China revalúe su moneda. Pekín ha estado manteniendo el yuan artificialmente bajo para que sus exportaciones fueran más competitivas en el mercado mundial. Sin embargo, Estados Unidos, Japón y algunos países europeos han exigido que China tome medidas, como subir los tipos de interés o establecer una fluctuación del yuan, para que el mercado determine libremente su valor e impedir así que llegue a darse una “guerra de divisas”.
Si  el yuan se revalúa, disminuirán las exportaciones chinas en beneficio de otros países exportadores como Alemania, Japón o Estados Unidos. La revaluación del yuan reduciría el acopio de divisas por parte de China y, en consecuencia, bajaría su liquidez a la hora de invertir en otras zonas del mundo subdesarrollado o de convertirse en banquero del mundo desarrollado. Si, por el contrario, el yuan no se revalúa, se propiciará una “guerra de divisas”, en cuanto que los restantes países exportadores, a fin de facilitar la penetración de sus productos en sus mercados exteriores, pretenderán devaluar sus propias monedas, tal como ya hizo Estados Unidos inyectando 600.000 millones de dólares en su sistema productivo.

La represión de las minorías étnicas: un problema sin solucionar
El espectacular crecimiento económico que ha vivido China en los últimos años no ha logrado reducir las reivindicaciones políticas de las nacionalidades minoritarias. China, que cuenta con más de mil tres cientos millones de personas, es una república multiétnica en la que conviven 56 nacionalidades distintas. Los han son el mayor grupo étnico, representan el 90,6% de la población total; el 9,4% restante está compuesto por 55 etnias, que en total suman unos 120 millones de personas. Estas nacionalidades están repartidas en las cinco regiones autónomas que conforman el país: Mongolia Interior, Ningxia, Guangxi, el Tíbet y Xinjiang.
En el año 2000, el Gobierno chino puso en marcha el “proyecto de desarrollo del Oeste”, un proyecto que pretendía que doce provincias, un municipio central y una región autónoma —el 78% del territorio nacional—, incluidas las regiones del Tíbet y Xinjiang, progresaran y que gracias al desarrollo económico sus minorías étnicas se asimilaran a la mayoría han. El Gobierno chino es de la opinión de que sólo el desarrollo puede amortiguar las reivindicaciones políticas nacionales minoritarias. Desde que se inició este plan hace diez años, según fuentes oficiales, la población pobre se ha reducido a la mitad. Sin embargo, y al contrario de lo que deseaban los dirigentes chinos, la asimilación cultural y la represión que se llevaron a cabo en nombre de este proyecto sólo consiguieron el efecto contrario: las reivindicaciones políticas nacionales crecieron.
En la última década, las minorías étnicas de algunas de estas regiones han tenido serios enfrentamientos con el Gobierno central por defender su identidad cultural y nacional. Las minorías son discriminadas sistemáticamente. De hecho, los musulmanes de la región de Xinjiang causan desconfianza y son víctimas de una fuerte represión en cuanto desean reivindicar su identidad. Xinjiang, el Turkestán Oriental, también conocido como la China musulmana, es una región autónoma de China, estratégica desde el punto de visto geográfico porque hace frontera con las Repúblicas centroasiáticas, India, Rusia y Mongolia. Xinjiang fue anexionado a China en el siglo XVIII y vivió dos breves períodos de independencia: entre 1933-1934 y entre 1944-1949. Esta región ocupa la sexta parte del total del territorio del país y es muy rica en materias primas. La represión ejercida en esta región se vio incrementada después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 cuando China empezó a usar como pretexto la lucha contra el terrorismo islámico.
Un año después de los incidentes que tuvieron lugar en julio de 2009 en Urumqi, la capital de Xinjiang, entre los uigures y los han, que se saldaron con cerca de 200 muertos, el Gobierno de Pekín desplegó el Ejército en la región por miedo a nuevas revueltas. En marzo, el presidente, Hu Jintao, presentó un plan de desarrollo de la zona con el objetivo de que el PIB de Xinjiang se iguale a la media nacional en 2015. Además, se comprometió a erradicar la pobreza de la región antes de 2020. Pekín pretende que este plan, que fomentará las inversiones y las posibilidades de negocio, rebaje la tensión entre los uigures y los han.
En Occidente es especialmente conocido el caso de la represión de la región autónoma del Tíbet (Xizang, en chino), sobre todo después de los grandes disturbios que tuvieron lugar poco antes de los Juegos Olímpicos de Pekín, en el año 2008. Desde que el Ejército Popular de Liberación invadiera el Tíbet en 1950, no han cesado las manifestaciones de su población para exigir la independencia. El Dalái Lama, líder espiritual del budismo tibetano, ha reivindicado en numerosas ocasiones la autonomía del Tíbet. En realidad, el Dalái Lama y los militantes usan la palabra “autonomía”, porque no se atreven a hablar del concepto de independencia.
El Dalái Lama continuó también durante 2010 con su labor diplomática en busca de aliados internacionales. En febrero realizó una visita en Washington al actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y provocó así “la profunda insatisfacción” del Gobierno chino, que lo vio como una provocación. Para no irritar a China, la Administración Obama había decidido que el encuentro fuera a puerta cerrada y en el comunicado oficial puso especial cuidado en destacar que Estados Unidos respeta escrupulosamente la integridad territorial china. Sin embargo, Pekín consideró que la visita era un desatino más por parte de Estados Unidos, tan sólo unos días después de que el país norteamericano anunciara que le había vendido armas a Taiwán, cuya independencia tampoco reconoce China. A pesar de que Washington firmó un comunicado en 1979 reconociendo al Gobierno de la República Popular como el único legal de China y considerando que Taiwán es parte del país comunista,  en el mismo año también se comprometió a proveer a Taipéi de las armas necesarias para su autodefensa. La ambigüedad de Estados Unidos irrita a Pekín, que considera que Taiwán es un asunto interno.
A pesar de todo ello, en junio las relaciones entre Pekín y Taipéi vivieron un momento de distensión histórico con la firma del acuerdo de libre comercio más importante de sus sesenta años de historia. El Acuerdo Marco de Cooperación Económica (AMCE), que contempla la reducción y la desaparición de aranceles para más de ochocientos productos en el plazo de tres años, se firmó en un lugar emblemático: la ciudad de Chongqing. Chongqing había sido escenario de otro histórico encuentro en 1945 entre los comunistas de Mao Tse Tung y el Kuomintang de Chang Kai Chek que derivó en un conflicto bélico que acabó con la escisión de Taiwán. Más allá de los beneficios económicos, Pekín confía en que el pacto comercial sea el inicio de una nueva era en las relaciones bilaterales entre la isla y el continente y que facilite el camino hacia la reunificación política de Taiwán. A pesar de que los taiwaneses no comparten esta idea, el presidente de Taiwán, Ma Jing Yeou, se sintió satisfecho con el pacto, puesto que supone una mejora cualitativa de las relaciones con China.
La relación entre Estados Unidos y China vivió momentos especialmente difíciles a raíz del ataque que Corea del Norte lanzó sobre la isla surcoreana de Yeonpyeong el 23 de noviembre provocando la muerte de cuatro persones e hiriendo a veinte más. El incidente fue una provocación más del régimen estalinista de Kim Jong-il, que en marzo había bombardeado una corbeta surcoreana y había acabado con la vida de las 46 personas de la tripulación. China, que es el principal aliado de Corea del Norte y le suministra dos tercios o más del petróleo y los alimentos que necesita, no condenó el ataque y se limitó a instar a los dos países a que se esforzaran en recuperar la estabilidad en la península coreana. Además, China consideró que el incidente era un motivo más para reanudar las conversaciones a seis bandas —en las que participan Estados Unidos, las dos Coreas, Japón, China y Rusia— sobre el programa nuclear norcoreano, que no se habían retomado desde abril de 2009. Estados Unidos, Corea del Sur y Japón criticaron a China por no reaccionar con la suficiente contundencia ante las provocaciones de Corea del Norte.
El 27 de agosto el líder norcoreano, Kim Jong-il, había visitado China para entrevistarse con el presidente, Hu Jintao. El objetivo del la visita era presentarle a su hijo menor, Kim Jong-un, como su sucesor e incrementar la cooperación comercial y militar con Pekín. Las exportaciones del País del Centro a Corea del Norte crecen sin cesar; a cambio, China obtiene materias primas del régimen de Pyongyang. Corea del Norte obtuvo el beneplácito chino en las dos cuestiones, pero a cambio China le instó a rebajar la tensión militar en la península coreana, así como también a permitir una progresiva apertura económica, al estilo chino, en la que las empresas chinas, que están muy interesadas en explotar los recursos naturales de Corea del Norte, tuvieran prioridad.
Sin embargo, y a pesar de que Pekín no está dispuesto a que el régimen comunista norcoreano se derrumbe, también empieza a cansarse de las salidas de tono del régimen de Kim Jong-il. De la capacidad diplomática de Pekín depende en gran parte que el régimen estalinista de Pyongyang se aísle aún más si cabe y sus acciones se vuelvan aún más impredecibles.
A principios de septiembre, el choque de un pesquero chino contra dos buques guardacostas japoneses en las aguas de las islas Diayou, en chino, o Senkaku, en japonés, desencadenó el mayor conflicto diplomático de los últimos años entre China y Japón. Se trata de una disputa en la que no sólo están en juego la soberanía de las islas y la explotación de sus reservas de pesca o sus hidrocarburos, sino también el reconocimiento de China como el nuevo país hegemónico en Asia.
Estas islas, que Japón anexionó a finales del siglo XIX tras comprobar que estaban deshabitadas, pasaron a manos de los Estados Unidos al acabar la Segunda Guerra Mundial. En 1971, al comprobarse que las islas disponían de recursos marinos y energéticos, China y Taiwán las reclamaron por primera vez. Sin embargo, al año siguiente Estados Unidos devolvió las islas a Japón junto con el archipiélago de Okinawa. Desde entonces, las islas Senkaku/Diayou han sido motivo de litigio entre las dos potencias asiáticas en numerosas ocasiones alcanzando el punto álgido en septiembre, cuando Japón decidió arrestar al capitán del pesquero chino después de que los guardacostas ordenaran que el barco cesara sus actividades sin obtener respuesta. La detención del capitán, que se prolongó durante quince días, desató la indignación del Gobierno chino, que decidió tomar medidas al respecto, entre otras la suspensión de las relaciones de alto nivel ministerial, la cancelación de las reuniones para ampliar los vuelos comerciales entre los dos países y el aplazamiento de una reunión sobre carbón y el cambio climático. Además, Pekín pospuso la visita de mil estudiantes japoneses a la Exposición Universal de Shanghái y arrestó a cuatro japoneses por entrar ilegalmente en una zona militar y grabar imágenes.
La  contundencia de la respuesta de China sorprendió al Gobierno japonés. Pero lo que más preocupó a los dirigentes nipones fue la respuesta de los ciudadanos chinos, puesto que las medidas del Gobierno comunista fueron respaldadas masivamente por la sociedad: muchos chinos cancelaron sus vuelos a Japón e importantes empresas suspendieron sus exportaciones al país nipón. El suceso coincidió con el aniversario de la invasión de Manchuria por los japoneses en 1931 y el Gobierno japonés temió que el resentimiento histórico contra Japón y la exaltación de los nacionalismos pudieran llevar a un grave enfrentamiento en la región. Finalmente, Japón decidió poner fin a la espiral de tensión entre los dos países y liberó al capitán del pesquero chino.



Cronologia año  2010

1 de mayo: Inauguración de la Exposición Universal de Shanghái.

29 de junio: Firma del Acuerdo Marco de Cooperación Económica (AMCE) entre China y Taiwán.

27 de agosto: El líder norcoreano, Kim Jong-il, visita China para entrevistarse con el presidente, Hu Jintao. El objetivo de la visita es presentarle a su hijo menor, Kim Jong-un, como su sucesor e incrementar la cooperación comercial y militar con Pekín.

7 de septiembre: Un pesquero chino choca contra dos barcos guardacostas japoneses en aguas de las islas Diayou / Senkaku. Japón detiene al capitán del pesquero.

19 de septiembre: China responde a la prolongación de la detención del capitán del pesquero suspendiendo los contactos de alto nivel con Japón y anulando repentinamente la visita de un millar de jóvenes nipones a la Expo de Shanghái.

8 de octubre: El disidente Liu Xiabo, uno de los principales defensores chinos de los derechos humanos, es galardonado con el Premio Nobel de la Paz 2010.

18 de octubre: La Quinta Sesión Plenaria del XVII Comité Central del Partido Comunista de China finaliza con la aprobación del nuevo plan quinquenal y la promoción del actual vicepresidente, Xi Jinping, a número dos de la cúpula militar. El ascenso de Xi es un paso más para formalizar su posición como sucesor del actual presidente, Hu Jintao, que abandonará el cargo en 2013.

31 de octubre: Clausura de la Exposición Universal de Shanghái 2010.


 


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