Anuario 2000

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América Andina
La región inicia el siglo sin haber podido superar la violencia y la pobreza
Tomás Giménez

En el comienzo del nuevo milenio la América andina parece incapaz de superar sus demonios ancestrales. Pobreza, militarismo, oligocracia, violencia; desgobierno, en definitiva. Colombia y Venezuela (Estados, ambos, de inmensas riquezas naturales) pasan por ser de los países más violentos del mundo. Perú, con una costa ubérrima en productos piscícolas, casi no puede alimentar a su población. Bolivia, el único país de la zona realmente pobre en recursos naturtales, sigue sumida en el aislamiento y la miseria.

El Estado se va enriqueciendo y su población sigue pobre. Así se resume, en pocas palabras, la más importante de las paradojas de la zona: el desfase abismal entre la opulencia del Estado y la miseria de los ciudadanos. Ni la globalización, ni la revolución de las comunicaciones, ni las ayudas internacionales han logrado erradicar la pobreza en Latinoamérica.

Nuevas políticas: misma pobreza

La vida política del continente se caracteriza por un nuevo factor: el régimen democrático se ha extendido por todos los lugares (o casi todos). Los militares han vuelto a los cuarteles y dictaduras muy antiguas se han desfondado. Con la excepción de Cuba, todos los gobernantes han sido libremente elegidos y se consideran legítimos. Este retorno de las democracias (que algunos califican de “democracias de baja intensidad”) no garantiza, sin embargo, el desarrollo económico, que sigue siendo el problema central del continente y que desdeñaron durante decenios las dictaduras. Los regímenes militares favorecieron ampliamente la corrupción, sin impedir la fuga de cerebros y capitales, empeñándose con frecuencia en gastos suntuarios y de prestigio, y haciendo elevar la deuda exterior de la región andina a 116.000 millones de dólares (la de toda Sudamérica suma 460.000). Todo esto animó a la mayor parte de los gobernantes a abandonar las políticas creadoras de hiperinflación y aceptar las políticas neoliberales y los planes de ajuste estructural preconizados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Las políticas ultraliberales aparecieron como éxitos en términos macroeconómicos. Pero aumentaron las desigualdades y agravaron el desasosiego de las clases medias, factores decisivos para la estabilidad política y social; arrojaron al sector de la economía sumergida o informal a una población cada vez más desorientada. Se incrementaron la violencia y la criminalidad. Los tráficos ligados al comercio de la cocaína se intensificaron, así como los negocios turbios ...


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