Anuario 2000
Ex URSS
"La falta de consenso entre los miembros de la CEI afianza el liderazgo de Rusia"
Laura Jimeno

La Comunidad de Estados Independientes (CEI) surgió tras la desintegración de la URSS con la intención de crear una unión entre los países ex soviéticos y, supuestamente, debía estar gobernada por un “centro independiente”. La perestroika de Gorbachov sacó a relucir las realidades y contradicciones de un imperio tan vasto y complejo como la URSS, que había intentado esconder las enormes disparidades culturales y económicas existentes entre sus zonas.
El hundimiento de la Unión Soviética en 1991 llegó acompañado de la proclamación de la ansiada independencia de las zonas que la integraban. Sin embargo, la mayoría de estas repúblicas ex soviéticas, acostumbradas a vivir bajo un mismo techo, no querían quedarse totalmente desvalidas y Rusia les propuso crear un organismo de cooperación voluntaria, la Comunidad de Estados Independientes (CEI

Aunque el acta fundacional de esta Comunidad fue firmada por Rusia, Ucrania y Bielorrusia, después se añadieron las repúblicas de Armenia, Azerbaiyán, Kazajstán, Kirguizistán, Moldavia, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán y, por último, en 1993, Georgia. Doce de las quince repúblicas de la ex URSS, excepto los tres Países Bálticos, aceptaron pertenecer a esta unión gobernada supuestamente por un "centro independiente". Pero las primeras negociaciones entre las zonas constitutivas pusieron de manifiesto dificultades y discordias mayores de las augurables, y el viejo centro de poder, Moscú, se mantenía en vigor por inercia. Su influencia se notaba cuando se creaban nuevos núcleos de poder en las repúblicas recién independizadas con muchos de los hábitos despóticos del centro moscovita.

La Comunidad de Estados Independientes no ha logrado solucionar los ingentes problemas económicos y sociales que atenazan a todas las repúblicas, sino que se ha convertido en una instancia fantasmagórica, porque con el paso del tiempo se ha hecho evidente que bajo su cobertura no se ha conseguido ninguna estructura política común, los acuerdos económicos se han ajustado a un esquema estrictamente bilateral, principalmente entre Rusia y cada uno de los asociados, y se ha hecho notar el poder intervencionista y absorbente de Rusia.

La CEI busca su camino, a pesar de la inoperancia demostrada hasta el momento y la gran diversidad de intereses de las regiones que a menudo son divergentes y contradictorios. Para algunos, este marco comunitario debe ser un modelo de integración, pero para otros es una estructura que ha de imponer el mínimo de restricciones a los países miembros. En 1997, Georgia, Ucrania, Azerbaiyán y Moldavia crearon el grupo GUAM para establecer una cooperación económica y política que permitiera a sus miembros liberarse de la enorme dependencia de Rusia. Esta asociación se nutre de los proyectos iniciados en el contexto de TRACECA (proyecto corredor entre Asia Central y Europa lanzado por la Unión Europea) y de la colaboración euroatlántica.

Ante esta ineficacia de la CEI y las posibles escisiones, Rusia ha instado al resto de países a reforzar el potencial económico y militar de la comunidad postsoviética, donde pretende afianzar su liderazgo, y a fortalecer la seguridad colectiva en las fronteras. El presidente ruso, Vladimir Putin, considera necesario elevar el peso y atractivo de la Comunidad para acelerar la reintegración entre sus miembros y revertir las tendencias centrífugas que desgarran esta alianza. La CEI se reunió en mayo para trazar el nuevo sistema de coo-peración militar y en materia de seguridad colectiva cuando planeaban las amenazas rusas de lanzar un ataque preventivo contra Afganistán que al final no se llevó a cabo. La reunión pretendía adaptar el Tratado de Seguridad Colectiva de la CEI a la nueva realidad geopolítica internacional, pero en la práctica sólo sirvió para que los cinco países signatarios de este tratado respaldaran la nueva política rusa. El temor al extremismo islámico, tanto en su vertiente terrorista como en su papel de oposición política, ha sido el catalizador del apoyo a la nueva política de Moscú hacia el espacio postsoviético y la posibilidad de que las tropas rusas de los grupos especiales del Ministerio del Interior puedan establecerse en bases de los países signatarios del Tratado.

La última cumbre de la CEI en Yalta, durante el mes de agosto, estuvo ensombrecida por el hundimiento del submarino nuclear "Kursk" en el Ártico y una ola integrista en Asia Central. La ausencia de los presidentes de Turkmenistán, Uzbekistán y Kirguizistán, que están inmersos en una crisis causada por el integrismo en Asia Central y ante la cual la Comunidad había permanecido inactiva , cuestionó el éxito de la reunión. Esta ausencia suponía una crítica abierta al presidente ruso, Vladirmir Putin, quien prometió en mayo hacer una gira por Asia Central para ayudar a los países de la región si eran amenazados por el integrismo islámico y no lo hizo hasta el mes de octubre.

Este año las reuniones de la CEI se han centrado en la lucha contra el terrorismo internacional, reflejado en la expansión del integrismo islámico en Asia Central, la creación de una zona de libre comercio e impulsar la cooperación regional en un plazo de cinco años. Sin embargo, el principal problema para implantar este mercado libre en la CEI es la falta de consenso general entre los países miembros a la hora de unificar las tarifas aduaneras, según reconocieron los participantes en el Consejo de primeros ministros del organismo. No obstante, han planteado un período de dos años para conseguir la solución de todos estos problemas y lanzar la zona de libre comercio. En la lucha antiterrorista, todos los miembros aceptaron los planes de Rusia para crear y financiar un Centro de Lucha Antiterrorista con base en Moscú, y su oferta de ayuda técnica para reforzar las fronteras y protejer a los países de la CEI de la amenaza del extremismo islámico.


Los bálticos se esfuerzan por integrarse en la UE y olvidar su pasado soviético

Las miradas de las tres repúblicas están puestas en Europa a la vez que intentan desmarcarse de todo lo relacionado con la extinta Unión Soviética, y han exigido a Moscú indemnizaciones monetarias por los daños causados a las empresas y al Estado durante los cincuenta y cinco años de ocupación soviética. Este año, los países bálticos han concentrado todas sus energias en asistir a conferencias comunitarias y superar las inspecciones que les permitirán acceder definitivamente a la Unión Europea. Estonia, Letonia y Lituania son las regiones que registran el menor PIB per cápita de todos los candidatos a ingresar en la UE, pero van hacia un "crecimiento duradero", según la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, porque ya se han recuperado de los efectos de la crisis financiera rusa de 1998, ha crecido el PIB, se ha reducido su deuda pública, la inflación anual es estable y el déficit presupuestario es de un 2% del PIB. En esta carrera por ver quién consigue ingresar antes en la UE, Estonia ya ha cerrado sus negociaciones con la UE en cuatro capítulos y doce temas en un período mucho más corto que los demás candidatos. Minorías rusas Estos tres países, que quieren modernizarse mediante la política de privatizaciones, todavía deben superar sus problemas con las minorías étnicas heredadas de la ex URSS. En Estonia hay un 64% de estonios, en Letonia sólo el 57% son letones y en Lituania el 81% de la población son lituanos. Lituania es el país que ha progresado más en la consolidación de un sistema político de partidos, porque el país es más homogéneo étnicamente. En las elecciones de octubre ganó la Coalición Socialdemócrata de Algirdas Brazauskas con un 31% de los votos. Sin embargo, en Letonia hay un conflicto étnico porque los rusos representan un 30% de la población frente al 57% de letones. El bloque nacionalista es el que controla el país, ya que muchos de los rusos todavía deben superar las duras pruebas de naturalización impuestas por el Gobierno para poder votar. El Gobierno letón es una coalición de cinco partidos de centro-derecha encabezado por el primer ministro, Andris Berzins. Los países bálticos han intentado que la población rusófona abandonara estas repúblicas. Ante esta situación, el Gobierno de Rusia planteó en el Comité de Ministros del Consejo de Europa la cuestión de los derechos de la población rusa en Letonia y Estonia porque cree que están menospreciados. La tensión se acrecentó cuando la presidenta letona, Vaira Vike-Freiderga, hizo unas declaraciones para la cadena BBC con un marcado tono antirruso mostrando la tensión existente entre estos dos colectivos. Vike-Freiderga cree que Moscú quiere desestabilizar la región para provocar un "cisma" entre los países bálticos y volverlos a su esfera de influencia. También propuso que los rusos que no se integren en la sociedad letona regresen a su patria. Las circunstancias de la población rusófona en Letonia ha sido siempre uno de los puntos de fricción entre Riga y Moscú, que nunca ha visto con agrado la naturalización de los rusos de origen. Las tensiones no acaban aquí, porque los países bálticos siguen juzgando a los colaboradores del nazismo. Letonia fue ocupada por los soviéticos pero también por los nazis antes de la Segunda Guerra Mundial y la población estuvo dividida en dos bandos. Todavía hay un gran conflicto ideológico sobre quién pertenece a cada bando porque aunque los héroes oficiales sean los soldados partidarios de los soviéticos, el 30 por ciento de la población letona defiende a los veteranos del nazismo.


 


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