Anuario 2002
Asia Central
"El año en que Estados Unidos se asentó en el patio trasero ruso, chino e iraní"
Ignasi Castelló

El desembarco estadounidense en Asia Central, como consecuencia a la guerra en Afganistán, ha convulsionado una zona que se mantenía semiapartada del mundo. Las jóvenes repúblicas centroasiáticas han visto cómo, de un año al otro, se erigían en uno de los puntos claves de la geoestrategia global y en el terreno de “lucha” entre las mayores potencias mundiales.
La consolidación de la presencia militar norteamericana en las repúblicas ex soviéticas de Asia Central ha supuesto un cambio sustancial en el “Gran Juego“ para adueñarse de las únicas reservas energéticas del mundo que aún no han sido explotadas masivamente. Con la operación militar en Afganistán, EE.UU. ha aprovechado para firmar acuerdos de cooperación económica y militar con unos países que hasta el momento eran casi de exclusiva influencia rusa. Unos acuerdos difícilmente pensables sin el contexto de la operación antiterrorista global desencadenada tras el 11-S. A esta ofensiva militar y económica en Asia Central, la Federación Rusa ha respondido poniendo en marcha todo su aparato diplomático para no perder la influencia en un territorio considerado como su “patio traseo”.
A las bases militares en Afganistán, Uzbekistán y Tayikistán hay que unir la cesión de aeropuertos y del uso del espacio aéreo de Kazajstán y Kirguistán que permiten al Gobierno norteamericano tener una sólida situación para encarar la carrera por la explotación del subsuelo centroasiático, rico en gas y petróleo, y con una importancia geoestratégica muy relevante al ser el cruce de caminos entre Oriente Próximo y China, entre Rusia y el Océano Índico.
La lucha por las reservas energéticas de Asia Central fue uno de los puntos de colisión entre dos de los grandes imperios del siglo XIX, el ruso y el británico, en lo que se denominó “el Gran Juego”. “Juego” que se reanudó tras el colapso de la Unión Soviética y que permitió abrir una zona al mundo que permanecía aislada a Occidente desde la época estalinista. Con la caída del régimen comunista de Moscú, estas repúblicas, compuestas de población éticamente dispar y con distintas visiones del Islam, se enzarzaron en luchas de poder en la que los antiguos miembros de las elites comunistas -convenientemente transformados en nacionalistas, islamistas moderados, mezcla de ambas corrientes o en déspotas autócratas- se afianzaron en el poder y pudieron administrar las riquezas de sus reservas sin contar con la tradicional tutela rusa. La súbita e inesperada aparición del movimiento de los estudiantes islámicos de las madrasas de Peshawar (Pakistán), los talibán, en Afganistán, el año 1994, incrementó la presión en una zona ya de por sí misma inestable, y estimuló el fervor islamista en sus países vecinos, que veían en los talibán el espejo de la revolución islámica a seguir. De hecho los talibán, una vez afianzados en el poder, apoyaron a movimientos como el Hizb Ut-Tahrir al-Islami (HT) –que pretende fundar un califato islámico en Asia Central, de momento por vías pacíficas- o el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU) , que opta por la guerra de guerrillas para conseguir la instauración de repúblicas islámicas en todo Centroasia.
Pese el oscurantismo y la cerrazón de los talibán, el mundo siguió acechando las reservas de la segunda zona del planeta más rica en crudo, tras la del golfo Pérsico (unos 75.000 millones de barriles de petróleo en el Caspio frente a los 750.000 millones de barriles en el Pérsico); y uno de los subsuelos con mayores bolsas de gas (entre 71 y 114 miles de millones de metros cúbicos) según un estudio del Departamento de Energía de Estados Unidos de 1997. Las multinacionales del petróleo, como la argentina Bridas y la norteamericana Unocal, llegaron a negociar con el régimen de Kabul para conseguir la autorización para el paso de las tuberías pese a la sanciones de la ONU sobre Afganistán. La desaparición de los talibán, la instalación del régimen proamericano de Hamid Karzai en Afganistán y el desembarco militar y económico del Tío Sam en Asia Central han reabierto el juego cerrado por Rusia en el tercer decenio del siglo XX, y que ahora Moscú se niega a perder.
Para intentar no quedar fuera de la carrera por Asia Central -como ya quedó fuera por la del golfo Pérsico al perder sus aliados árabes socialistas en la época soviética (el Egipto de Nasser, Siria o Libia)-, el Kremlin ha querido aumentar su presencia, tanto diplomática como militar en sus ex repúblicas centroasiáticas. Además de enrolarse en la coalición internacional que derrotó a los talibán y que vigila la transición afgana con ayudas económicas y militares, y aumentar el número de tropas de su destacamento permanente en Tayikistán, el Gobierno de Putin ha conseguido firmar acuerdos bilaterales con Kazajstán y Azerbaiyán para repartirse el norte y el oeste, respectivamente, de las reservas petrolíferas del mar Caspio, tras el fracaso de la cumbre del Caspio celebrada en marzo. Esa cumbre, a la que asistieron los países ribereños de dicho mar, buscaba la fórmula para repartirse el subsuelo del Caspio, que enfrentaba dos posturas encontradas. La primera, defendida por Irán, pretendía que la explotación fuese repartida a partes iguales entre todos los países ribereños, y la construcción por su territorio de los distintos oleoductos. Mientras tanto, el bloque encabezado por Rusia y sus aliados kazajos (el 40 % de la población de Kazajstán es de origen ruso) defendían el reparto proporcional del mar teniendo en cuenta los kilómetros de costa de cada país y la construcción hacia el norte de las tuberías de petróleo. La cumbre por la explotación del Caspio acabó sin un acuerdo entre los asistentes, pero con las inquietantes palabras del presidente turkmeno –Turkmenistán siempre ha mantenido neutral en estas cuestiones estratégicas-, Saparmurad Niyazov, pronosticando que “el Caspio olía a sangre”, y con las maniobras militares rusas más espectaculares en la zona desde el fin de su era soviética.
La ruta de los oleoductos y gaseoductos de Asia Central ha sido y sigue siendo uno de los mayores focos de conflictos de la región. Las grandes potencias han tratado de influir en los países de la zona para poder construir una red de conductos que favorezca sus intereses. Actualmente, las tuberías de energía existentes son las que la antigua Unión Soviética construyó en su momento. Para no perder esta fuente de riqueza, Rusia presiona a sus vecinos centroasiáticos para que los nuevos oleoductos y gaseoductos sigan la ruta norte, hacia el territorio ruso, desde donde lo podría distribuir a Europa a través de Ucraina. Al otro país que ahora se ha implicado en la región, Estados Unidos, no le interesa esta ruta norte y desde un primer momento ha apostado porque los conductos eviten sus grandes rivales en la explotación de los recursos energéticos: Rusia e Irán. Para evitar a rusos e iraníes los norteamericanos tienen previsto dos grandes rutas alternativas. La primera de estas dos rutas estudiadas prevé bombear el petróleo kazajo por una tubería debajo en Mar Caspio hasta Azerbaiyán; de aquí y para evitar a la cristiana Armenia (exigencia azerbaiyana a causa al conflicto fronterizo no resuelto de Nagorno-Karabaj), el conducto se desviaría hacia Georgia para acabar en Turquía, que pretende recuperar la influencia del antiguo imperio otomano. El segundo itinerario estudiado es el del gran gaseoducto rumbo sur que iría de Turkmenistán para acabar en el oceano Índico en Pakistán, pasando por el Afganistán proamenicano de Karzai. Todas las rutas previstas tienen la intención de evitar pasar por territorio del siempre incómodo Irán, que presiona para construir la red de tuberías energéticas al sur, con salida al golfo Pérsico. Con este recorrido el país chií del “Eje del Mal” asentaría las bases para constituirse como la gran potencia de la zona y podría competir con las “petromonarquías” suníes del Golfo.
La presencia norteamericana en la zona, sin embargo no se ha limitado a la carrera por las reservas de crudo y gas. Estos nuevos países “amigos” de Estados Unidos, con el Uzbekistán dictatorial de Karimov a la cabeza, también se han visto beneficiados de la “guerra contra el terrorismo” que el Gobierno Bush inició tras los atentados contra el World Trade Center en Nueva York y el Pentágono de Washington DF el 11 de septiembre de 2001. Con los aviones y las tropas, también llegaron a estos países las ayudas económicas y militares para frenar el auge de los movimientos fundamentalistas islámicos que sacuden las “peculiares” democracias de Centroasia, que van desde el culto a la persona en Turkmenistán al débil gobierno de coalición surgido en Tayikistán tras su guerra civil. Un año después del inicio de esta operación militar, los talibán y sus huéspedes de Al-Qaeda han sido desalojados de Afganistán, pero sus cabezas visibles, el mulá Mohamed Omar y el saudí Usama Ben Laden, han conseguido escapar al cerco de la ISAF (International Security and Asistance Force) y de las tropas norteamericanas, y han prometido venganza y continuar la yihad contra el aún inestable Gobierno de Hamid Karzai y las tropas occidentales presentes en el país. El estado de semicaos que vive el Afganistán postalibán ha provocado el resurgimiento de viejos asuntos que los talibán habían podido controlar con mano de hierro. El año 2002 ha significado el resurgir de los conflictos interétnicos entre los “señores de la guerra” del norte del país que se habían unido en la Alianza de Norte vencedora. Este año también ha visto resurgir el masivo cultivo de amapola –opio para fabricar heroína- que el mulá Omar había reducido de una manera espectacular durante 2001. Informes de la ONU apuntan que el tráfico de heroína afgana ha aumentado un 17% desde la caída de los talibán pese a los esfuerzos del Gobierno Karzai para intentar detener el cultivo más rentable para los empobrecidos agricultores afganos.
Pese a que Afganistán ha concentrado las mayores atenciones de la comunidad internacional, Asia Central se ha visto convulsionada por conflictos que han desestabilizado algunos de los gobiernos de la zona. De los disturbios y los enfrentamientos violentos con la oposición en Kirguistán –que provocaron la caída del Gobierno en verano y han puesto el país al borde de la guerra civil- y los problemas con el sur sececionista étnicamente uzbeko, a la guerrilla del MIU, Asia Central no ha podido salvarse de la influencia del ejemplo de los talibán afganos ni de Al-Qaeda, que ha alimentado ideológicamente y económicamente los movimientos vecinos en su huida tras la derrota contra Estados Unidos en Afganistán. Aprovechando la nueva era que se avecinaba, las repúblicas centroasiáticas no han dudado en reclamar la ayuda a Estados Unidos para combatir los focos de la yihad islámica en sus países, mientras Norteamérica ha cerrado los ojos a los métodos que tradicionalmente han usado sus nuevos aliados para combatir cualquier cosa que oliera a islamismo.


Asia Central, cruce de caminos

El cruce de civilizaciones que históricamente siempre ha sido Asia Central es uno de los factores que tener en cuenta para explicar por qué estos territorios son étnicamente tan ricos, aunque ello signifique el origen de muchos de los conflictos que sufre en la actualidad. Desde hace más de 3.000 años, la región centroasiática ha sido el paso por el que los grandes imperios occidentales y orientales se han expandido territorialmente. Ya en el siglo IV a. C. el Imperio Persa se ubicaba en el actual Irán y se extendía cerca del Caspio, dejando población étnicamente persa en estas zonas. Posteriormente, la caída de los persas en manos de Alejandro Magno (333 a. C.) hizo que se introdujera la cultura helénica en la región. Unos mil años más tarde, la gran expansión del Islam árabe de los omeyas introdujo la doctrina anunciada por Mahoma en una zona que había estado apartada de las grandes religiones asiáticas y occidentales. Años más tarde, la división de la fe musulmana entre suníes (que agrupan el 85 % del total de creyentes) y la chií (mayoritaria en Irán y el Líbano, y con presencia en Irak, Pakistán, India y Bahrein) también afectó a la zona e hizo que los antiguos grupos étnicos persas adoptaran el chiísmo -excepto el actual Tayikistán, que tiene cultura y lengua persa pero no es chií- frente al sunismo mayoritario. La invasión de las hordas mongolas de Gengis Khan (s. XIII d. C.), provenientes de las estepas asiáticas, no hizo tambalear el equilibrio religioso –los mongoles respetaron la religión de los pueblos que conquistaban e incluso muchos de ellos se convirtieron al Islam-, pero desplazaron población étnicamente mongola a la zona, y en la actualidad los antiguos nómadas de la estepa están asentados en Kazajstán y Kirguistán. Ya en el siglo XV, la toma de control de las tierras del Islam por parte de los turcos otomanos hizo que se repitieran otras migraciones de población de etnia túrquica, que se asentaron en países como Turkmenistán, Azerbaiyán o también en Uzbekistán, aunque las constantes migraciones hicieron que las poblaciones estuvieran mezcladas. A estos movimientos de población también hay que sumar que el territorio de Asia Central estaba cruzado por la conocida Ruta de la Seda y sus importantes ciudades, que albergaban comerciantes y viajeros provenientes de muchos lugares, como comunidades chinas, alemanas, coreanas o judías. Así pues, la zona centroasiática está divida por un conjunto de pueblos y tribus étnicamente distintas, y con distintas maneras de interpretar el Islam. Ya en el siglo XX, la revolución islámica de Jomeini (1979) hizo cuestionar la primacía de Arabia Saudí – guardiana y protectora de los lugares santos de La Meca y Medina- frente a chiísmo revolucionario de Irán, al que siempre había considerado como hereje. Para no perder este liderazgo en el mundo musulmán, los monarcas saudíes quisieron propagar, gracias el dinero obtenido por la venta de petróleo, su visión del Islam suní, el wahabismo. El wahabismo es la doctrina defendida por los discípulos de Ibn adb el Wahhab (1703-1792), predicador rigorista cuya influencia predomina en el Islam saudí y que exige un férreo control de las costumbres coránicas por parte de los creyentes. Son los religiosos wahabíes saudíes los que promulgan mandatos islámicos, algunos considerados fundamentalistas desde Occidente y dentro del propio Islam, amparándose en el hecho de ser los protectores de los Santos Lugares. Una de las zonas en la que los saudíes trataron de no perder su influencia fue en Afganistán (vecino de Irán), mediante la masiva financiación de los muyahidines durante la resistencia contra la invasión soviética; y la península del Indostán, donde la escuela wahabí se mezcló con la deobandi, nacida en los actuales Pakistán e India y que había surgido como movimiento de resistencia a la colonización británica. Esta escuela wahabí, promocionada y financiada por Arabia Saudí, es una de las causantes de la radicalización de los islamistas en Pakistán, donde se formaron los talibán afganos, que posteriormente aplicaron al máximo la interpretación wahabí del Corán. Aunque la introducción de esta tendencia dentro del Islam suní al sur de Asia Central fue un hecho insólito, la composición étnica del resto de la región y su forzado aislamiento del mundo islámico general al estar dentro de la URSS, hizo que los territorios restantes evolucionaran durante la segunda mitad del siglo XX de una manera diferente. Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, Stalin redistribuyó la antigua provincia zarista del Turkestán Oriental para dividirla en las cinco repúblicas que hoy existen: Turkmenistán, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayiskistán. Esta división administrativa del territorio se llevó a cabo sin tener en cuenta la composición étnica ni la historia de la zona, lo que comportó que, por ejemplo, los tayikos estén más presentes en repúblicas vecinas que en Tayikistán. Los pueblos de toda esta zona de Asia Central eran conocidos por su tolerancia religiosa y de hecho fue de donde, en el siglo XVIII surgió la corriente jadidista, secta intelectual que quería llevar el Islam a la modernidad. Esta amalgama de pueblos y de interpretaciones del Corán profesaba mayoritariamente la confesión suní del Islam. Pese a esta historia de tolerancia religiosa, la brutal represión sobre las prácticas religiosas llevadas a cabo durante y tras el régimen comunista –la práctica del Islam estaba prohibida y las mezquitas existentes eran clandestinas- hizo que, una vez caído el comunismo, aparecieran movimientos que querían recobrar las raíces musulmanas de Asia Central y que, financiados por Arabia Saudí, abrazaron la interpretación de la secta wahabí del Islam. Como consecuencia de la llamada a la violencia que promulgaban algunas de las formas de fundamentalismo islámico árabe, Asia Central mayoritariamente rechaza esta interpretación férrea del Islam y los grupos wahabíes son considerados una amenaza por los dirigentes ex comunistas y los partidos islámicos forjados durante la clandestinidad. Enlazada étnicamente con Turquía, estos países son, en muchos casos, sunies de la escuela sufí, es decir, místicos del Islam. Pese a esta creciente influencia de los árabes saudies y su wahabismo, muchas comunidades locales rechazan su dominio. Este conflicto se reproduce, a escala, en la guerra étnica de Afganistán, donde el sur, donde es mayoritaria la etnia pastún, de influencia árabe y de donde aparecieron los talibán, se enfrentó a los pueblos del norte (uzbekos y tayicos) de influencia centroasiática y turca, y a la comunidad hazara afgana, de etnia persa y chií. A esta complicada mezcla de corrientes, de rivalidades religiosas y étnicas hay que sumar que en toda Asia Central existen comunidades judías y en países como Kazajstán, conviven grandes comunidades de antiguos colonos y funcionarios rusos, de etnia eslava y de confesión cristiana ortodoxa, que emigraron a estos territorios debido con la repoblación de territorios; y descendientes de los pueblos que, los zares primero y Stalin posteriormente, desplazaron de sus tierras históricas como venganza por su oposición al dominio ruso, como fue el caso de los chechenos o los cosacos tras la Segunda Guerra Mundial.

El “gran juego” de la energía se acelera en 2002

Cuando en 1991 la Unión Soviética acabó por desmoronarse, las repúblicas centroasiáticas se vieron en la necesidad de valerse sin la tutela de Moscú por primera vez en casi un siglo. Estos jóvenes países estuvieron obligados a buscar alianzas económicas en un marco que muchos de sus dirigentes desconocían, pero con unas posibilidades que Occidente no tardó en descubrir. Ya desde los primeros días de su independencia el rico subsuelo centroasiático fue anhelado por las compañías energéticas occidentales y muchos expertos se trasladaron a la zona para comprobar la capacidad de las mayores reservas de gas y petróleo del mundo aún no explotadas. Esta virginidad del territorio se debía a que, durante la época comunista, el Gobierno de Moscú, pese a construir una red de gaseoductos en la zona, había preferido explotar el petróleo de la estepa siberiana ya que su extracción era más económica. Las primeras estimaciones sobre las bolsas de gas y de crudo fueron realmente espectaculares. Las investigaciones detectaron yacimientos petrolíferos y de gas en países como Kazajstán, Azerbaiyán o Turkmenistán, y la mayoría de ellos casi sin explotar. Las promesas de prosperidad en forma de oro negro llevó la fiebre a muchas compañías petrolíferas que, a toda prisa, empezaron a firmar acuerdos con los gobiernos de la zona y a trazar sobre mapas el trayecto de los futuros conductos energéticos. Esta “fiebre del petróleo” de los primeros años también pareció hacer enloquecer a algunos dignatarios centroasiáticos que, como el caso de Turkmenistán, que llegó a ser llamado el “Kuwait de Asia Central”, empezaron a gastar el dinero que aún no tenían en acondicionar grandes aeropuertos de mármol o infraestructuras de megápolis. Una vez pasada la euforia inicial de encontrar un nuevo Pérsico en el mar Caspio, posteriores investigaciones hicieron que las previsiones sobre las reservas disminuyeran en cantidad y aumentaran en coste de extracción. A este hecho hay que sumar que la Rusia postcomunista empezó a despertar de la sacudida que le había supuesto la transición al capitalismo queriendo recuperar el control sobre Asia Central, y que las guerras que sacudían la zona (Tayikistán, Afganistán o la guerrilla islamista del MIU) hacían casi inviable el paso de la tuberías. Pese a estas dificultades, las compañías petrolíferas siguieron su carrera para introducirse en la zona. Además, la Administración norteamericana vio en Asia Central la manera de penetrar económicamente en el “patio trasero” del país que había sido su enemigo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y una manera de disminuir su dependencia de las “petromonarquías” árabes del golfo Pérsico, por lo que estimuló y facilitó la inversión en Centroasia. Partiendo de esta realidad, y comprobando que la nueva Rusia capitalista caía cada vez más en el caos y no podía igualar las ofertas norteamericanas, Estados Unidos empezó a negociar con las jóvenes repúblicas de la zona para trazar la ruta de las tuberías que más le convenía. De esta manera la Administración estadounidense no dudó en contactar con los gobiernos de la zona, que se movían de regimenes de culto a la personalidad, en el caso de Turkmenistán, a la dictadura medieval islámica de los talibán en Afganistán. El caso afgano es una muestra de lo que ocurrió en la zona ya que, aunque el país permanecía en guerra, los norteamericanos vieron que los talibán eran la única facción del conflicto capaz de controlar el territorio y garantizar el paso de las tuberías. Estos contactos iniciados por la Administración norteamericana con las “dictaduras razonables” de Asia Central, pretendían una buena predisposición para que las compañías petrolíferas estadounidenses operaran en Asia Central favoreciendo así los intereses de EE.UU. A cambio, estos países recibirían suculentas inversiones y el apoyo de la única superpotencia que había quedado en el mundo. Así pues, la estrategia norteamericana para la región estaba clara, acceso directo a las fuentes de energía y que éstas no beneficiasen a sus rivales en la zona: Rusia, Irán y China. Estos tres países también se movieron para acceder a la energía de subsuelo centroasiático. Rusia aprovechó la fuerte presencia de población rusa en las repúblicas ex soviéticas –la mayoría trabajadores cualificados- para presionar a estos vecinos; China constituyó el conocido como Grupo de Shanghai (Kazajstán, Tayikistán, Kirguistán, Uzbekistán, Rusia y China) para potenciar el comercio de sus productos en la zona. Pese a todo, el país que mejor movió los hilos, a parte de Estados Unidos, fue Irán, que pretendía acceder a las fuentes centroasiáticas para poder competir contra las “petromonarquías” árabes sunies, y llegó a construir un gaseoducto con Turkmenistán que actualmente proporciona gas al norte del país, pero que Teherán tiene la intención de alargar hasta el golfo Pérsico para distribuirlo al resto del mundo. Pero a pesar de los intentos de los tres países, la estrategia norteamericana estaba más avanzada. Las rutas para llevar la energía centroasiática al mundo estaban ya establecidas, y ninguna de ella contemplaba pasar ni por Rusia, ni China ni por el Irán del “Eje del Mal”. La Administración estadounidense tenía previsto sacar el gas turkmeno con un enorme gaseoducto de 1.460 kilómetros que saldría de los campos de Dauletabad-Domenmez (Turkmenistán) hacia la ciudad portuaria pakistaní de Karachi pasando por el Afganistán de los talibán. El otro trayecto, el que abriría el petróleo kazajo al mundo, tendría como primera fase la construcción de un oleoducto bajo el mar Caspio desde Kazajstán hacia las reservas petrolíferas de Azerbaiyán y de allí a Georgia y al puerto turco de Ceyhán. Aunque estos planteamientos estaban muy adelantados, un hecho inesperado hizo que Estados Unidos y las demás potencias con intereses en la zona tuviesen que forjar nuevas alianzas. Los atentados de 11-S en Nueva York hicieron que los talibán de Afganistán pasasen a ser, de un régimen semienemigo al que se le exigía, sin mucho ímpetu, respeto a los derechos humanos, a convertirse en el país malvado y culpable de proteger al enemigo público número uno de Estados Unidos. Así pues, la nueva situación internacional nacida tras el 11-S llevó a norteamerica a tener que encontrar nuevos aliados en Afganistán entre la oposición a los talibán, que hasta el momento habían sido casi ignorada. Aún así, esos nuevos aliados, tenían que que garantizar el mismo trato que poseía la Administración estadounidense con los estudiantes coránicos. Con los bombardeos de noviembre y diciembre de 2001, los talibán y sus huéspedes de Al-Qaeda huyeron a las montañas del país y la Administración Bush auspició la subida del proccidental Hamid Karzai al poder en Afganistán. Con este nuevo escenario internacional -que significó la presencia militar indefinida de EE.UU. en la zona- los actores de "Gran Juego" tuvieron que apresurar sus acciones para no perder la carrera. Rusia empezó una ofensiva diplomática en Centroasia durante 2002 para intentar no perder la zona frente Norteamérica, y requirió una cumbre de los países ribereños del Caspio para delimitar su rico subsuelo. China convocó varias veces al Grupo de Shanghai desde el mismo momento de los atentados del 11-S e Irán reanudó los contactos con la nueva Administración afgana, prácticamente interrumpidos desde la llegada de los talibán al poder, en 1996. La Cumbre del Mar Caspio, finalmente, se convocó en abril de 2002 con la intención de delimitar los yacimientos energéticos del mar, que era una de las cuestiones no resueltas tras la independencia de las repúblicas ex soviéticas. A esta cumbre asistieron todos los países ribereños del Caspio (Rusia, Azerbaiyán, Kazajstán, Irán y Turkmenistán) y enfrentaba posturas encontradas de cómo había que solucionar el problema. Por una parte, estaba la postura rusa, que abogaba por un reparto proporcional del subsuelo Caspio teniendo en cuenta los kilómetros de costa de que disponía cada país. Esta idea beneficiaba claramente a los intereses del Kremlin ya que los dos países con más kilómetros de costa (Azerbaiyán y Kazajstán) son también los más ricos en petróleo y los que tienen mayor población de origen ruso en su territorio (en Kazajstán llega a casi 40% del total). Por otra parte, la estrategia iraní consistía en llegar a un acuerdo con los demás países por el que el reparto del mar fuese idéntico para cada país o una explotación conjunta de los recursos. De esta manera Irán pretendía asegurarse un parte del "pastel" del Caspio, ya que es el Estado con menos kilómetros de costa, y en los que se ha detectado menos yacimientos energéticos. Finalmente, la cumbre del Caspio finalizó sin ningún acuerdo entre los países, con lo que Rusia respondió con las maniobras militares de mayor envergadura en la zona desde la descomposición de la URSS. A pesar de este fracaso en la cumbre, Rusia no se quedó quieta para ver cómo Norteamérica avanzaba en la zona. Como no pudo llegar a un acuerdo global con los países ribereños del Caspio, la diplomacia rusa empezó a dialogar con cada país de manera separada y, a finales de verano, consiguió acuerdos con Kazajstán y Azerbaiyán para delimitar sus aguas territoriales, una manera de repartirse el Caspio según los kilómetros de costa de cada país. Estos acuerdos bilaterales no han sido reconocidos por Irán. Pese a esta ofensiva diplomática de los rusos, Estados Unidos siguió con su estrategia y el deseado gaseoducto desde el Turkmenistán pronto pasó, de ser un proyecto, a una realidad cuando los países implicados se pudieron de acuerdo con la ruta a seguir. Las diferentes reuniones entre los tres países (Turkmenistán, Afganistán y Pakistán), a lo largo del año 2002, llegaron a buen puerto y tras diferentes aplazamientos está previsto que la firma del acuerdo se realice los días 26 y 27 de diciembre en Ashgabat, capital de Turkmenistán. El coste de dicho conducto se calcula que alcanzará los dos mil millones de dólares, por lo que los tres países por los que pasará (Turkmenistán, Afganistán y Pakistán) ya han reclamado el apoyo del Banco Asiático para el Desarrollo (BAD) y de compañías petroleras como las norteamericanas Chevron, Exxon, y Arco; la francesa TotalFinalElf; la británica British Petroleum o la holandesa Royal Dutch Shell. El otro gran proyecto norteamericano tiene mayores dificultades para ver la luz. El mastodóntico oleoducto, de 1.674 kilómetros, desde Bakú (Azerbaiyán) hasta el puerto de Ceyhán (Turquía) debería pasar por zonas tan conflictivas corno Georgia, país casi controlado por las mafias, y por la zona del Kurdistán turco. Pese a esto, los países de la Organización para la Cooperación Económica (ECO), que engloba a siete Estados musulmanes no árabes -los pueblos túrquicos de Asia Central, Irán, Turquía, Afganistán y Pakistán- se reunieron en octubre en Estambul con el problema de las tuberías energéticas encima de la mesa. En esta reunión, Turquía -aliada estadounidense y miembro de la OTAN- desempeñó un papel clave y arrancó un compromiso de estos países para impulsar el oleoducto hacia Ceyhán, y asegurarse su influencia de las repúblicas centroasiáticas, ligadas histórica y étnicamente al Estado turco. Por su parte Irán, pese a ser un país integrado en el "Eje del mal" estadounidense junto a Corea del Norte e Irak, ha empezado una estrategia de distensión, sobre todo con Europa. El régimen de los ayatolás también sacó provecho de la cumbre y propuso el paso de un oleoducto desde los yacimientos de Kazajstán hacia el golfo Pérsico pasando por Turkmenistán e Irán. De hecho, el régimen iraní ya ha empezado las obras de prolongación del gaseoducto que une Turkmenistán con el norte Irán, y ha iniciado la construcción de un oleoducto desde Neka (en el norte del país) hacia Teherán. Además ha firmando un memorando con Azerbaiyán para estudiar la construcción un oleoducto entre los dos países, tras superar el conflicto fronterizo que casi les lleva a la guerra en el verano de 2001. Durante 2002, el nuevo "Gran Juego" por la energía centro asiática ha acelerado la marcha debido al vuelco en la situación provocada por las consecuencias del 11-S. Pese a esto, la situación actual podría dar otro vuelco significativo con el posible ataque angloamericano a lrak, que situaría a Estados Unidos en la posición de proporcionar seguridad al oleoducto de Ceyhán, ya que controlaría el Kurdistán irakí, y obligaría a Irán a moderar su retórica en contra de EE.UU. Se verá en 2003.


 


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