Anuario 2001

África
Oriente Próximo
Sudamérica
África
África busca un modelo propio para dirigir su renacimiento con la mirada puesta en Sudáfrica y Mozambique
Roger Pi

Africa toma conciencia de ella misma. El fin de los conflictos armados de muchos de los países ricos en recursos naturales abre una nueva etapa que algunos ya bautizan con el nombre de la “nueva independencia”. El continente negro, escenario real de todos los desastres posibles, se despierta lentamente de la pesadilla en que se había convertido su independencia. Tras la caída del muro de Berlín, los peones de la Guerra Fría avanzan indecisos hacia una segunda descolonización, la segunda independencia en menos de 30 años. Esta vez, sin embargo, no pretenden expulsar de sus órganos de poder a las grandes metrópolis coloniales, sino a los padres de aquellas revoluciones llenas de esperanza que prometían prosperidad y desarrollo. Esos mismos que lideraron la independencia de muchos países, una vez instalados en las poltronas de los antiguos colonos, convirtieron el continente en la versión sangrante y a pequeña escala del enfrentamiento de bloques.

El desenlace de la Guerra Fría dejó sin apoyo a buena parte de los regímenes totalitarios que mantenían al continente en un estado de penumbra. Durante la década de los años 90, Estados Unidos empezó a apadrinar antiguos regímenes marxistas y los insertaba en su lista de proveedores baratos. Buena parte de los países africanos firmaron entonces tratados de paz y, bajo la mirada de la ONU, prometían nuevas estructuras democráticas. La nueva África soñaba con una era de desarrollo sostenible.
Pero la mirada de la ONU no fue tan atenta como parecía. Los nuevos regímenes democráticos fueron incapaces de traducir la buena coyuntura internacional en bienestar para la población y de la euforia inicial se pasó a la decepción, y de la decepción a los golpes de Estado y a las nuevas guerras.
Perdidas todas las esperanzas, muchos líderes de esta nueva África se enfrascaron en políticas dictatoriales y sanguinarias, y encontraron en la guerra por los recursos naturales una fuente de ingresos para perpetuar su poder. Los "señores de la guerra" convirtieron el patio trasero del mundo en un paraíso para los traficantes de armas y compradores de diamantes, y en un infierno para sus pobladores. En Angola, Liberia, Sierra Leona, o en la República Democrática del Congo, no hay luchas políticas, sólo intereses económicos. Los diamantes de estas guerras siguen llegando a la vieja Europa por la vía del contrabando, aun cuando los últimos tres años la ONU ha adoptado resoluciones para prohibir la importación de diamantes explotados por los grupos rebeldes. Las piedras de los conflictos africanos representan entre un cuatro y un quince por ciento del comercio mundial de diamantes, y los beneficios que generan llegan a los 7.500 millones de dólares. El año pasado, 30 países productores de diamantes acordaron la creación de un sistema de certificación internacional de piedras "libres de guerra y contrabando", pero según un informe realizado por cinco ONG europeas, Reino Unido y Holanda ...


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