Anuario 2001

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El 11-S desata el “síndrome de Pearl Harbor” y acelera la recesión económica
Crisis diplomática en las relaciones con China

La Administración republicana no está demasiado dispuesta a aguantar pacientemente ante el régimen de Pequín como lo hiciera el anterior gobierno. Por un lado está la falta de respeto del país hacia la Carta de los Derechos Humanos. Por el otro, la ayuda prestada a Irak para reforzar su defensa aérea en contra de las sanciones impuestas por las Naciones Unidas. Por su parte, a China le inquieta la venta de armas de Estados Unidos a Taiwán y el apoyo que prestan al Dalai Lama. El encargo de Bush de revisar la estrategia militar del país, junto con su decisión de llevar a cabo el despliegue del escudo antimisiles previsto para el 2004, también inquieta al Gobierno de Jiang Zemin. En el telón de fondo está el hecho de que China se haya convertido en una nueva potencia, en la que Estados Unidos ve a un posible rival en el futuro y del cual desea prevenirse. En medio de este panorama, que a muchos recuerda a la Guerra Fría, un incidente de carácter militar puso las relaciones entre ambos países en la cuerda floja. El 1 de abril, un EP-3, un avión espía de la Navy, chocaba con un caza chino. El aparato norteamericano, que llevaba 24 tripulantes, se vio obligado a realizar un aterrizaje en la base china de Hainan. Los militares norteamericanos no sufrieron ningún daño grave, pero al piloto chino se le dio por muerto. Washington calificó los hechos de accidente, recordando cuando, en mayo de 1999, un avión de la Navy bombardeó por error la embajada china en Belgrado. Pero Pequín no lo vio así y, a pesar de que Washington sostuviera lo contrario, denunció que sobrevolasen el espacio aéreo chino para espiar. Desde la Casa Blanca se dijo que "los vuelos de reconocimiento naval estadounidenses son esenciales para preservar la paz y la estabilidad del mundo". Las autoridades chinas retuvieron a la tripulación del EP-3 y entraron en el avión, acción reiteradamente denunciada desde Estados Unidos ya que, al igual que la embajada norteamericana o cualquiera de sus barcos, se considera territorio nacional. Washington empleó la acción de los chinos para mostrar la falta de respeto de éstos hacia los acuerdos internacionales.

Las posteriores negociaciones entre ambos países para hallar una salida a la crisis provocada fueron lentas, y mostraban crecientes signos de impaciencia: China pretendía el cese de los vuelos espía y una disculpa explícita reconociendo la responsabilidad por parte de Estados Unidos, que se negaba a hacerlo argumentando que se hallaba en su derecho de sobrevolar el espacio aéreo internacional. Finalmente, Washington envió una carta a Pequín en la que decía que "lo sentía mucho", expresión que cada país interpretó semánticamente como más le convenía, para continuar criticándose mutuamente por lo sucedido.

 


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