Anuario 1999

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Jordania
La muerte del rey y el súbito cambio de heredero ratifican la línea continuista de Jordania
Jordania y su vocación prooccidental

Nacido como país en la sala de mapas del Foreign Office británico en 1916, Jordania a menudo ha tenido que justificar su existencia ante los países vecinos. Pero si este invento político ha llegado a funcionar ha sido por el innegable talante pragmático del rey Hussein. Desde que logró el poder en 1952 hasta su muerte, Hussein ha hecho de funámbulo por no caer ni en la red palestina, ni en la israelí, ya que ha sabido armonizar intereses contrapuestos. En los primeros años del reinado, se alineó con Siria y Egipto en dos guerras contra Israel. En la de 1967 perdió Cisjordania –la parte más rica del país– y la parte árabe de Jerusalén. Por su parte, los sirios apoyaron militarmente, en 1970, la revuelta civil palestina en Jordania. Fue una insurrección, conocida con el nombre de Septiembre Negro, que fue sofocada por la monarquía hachemí merced al apoyo de EE.UU., de Inglaterra, de Arabia Saudí y de las tribus beduinas de Jordania. Los últimos veinte años de la vida de Jordania han estado, inequívocamente, orientados hacia la órbita de la política norteamericana y, consecuentemente, han sido de buena vecindad con Israel. El tratado de paz con este país en 1994, o el hecho de que EE.UU. haya triplicado el presupuesto de ayuda militar a Jordania por su interés en que Ammán se convierta en un trampolín para la oposición iraquí son evidentes pruebas de la vocación prooccidental de este Estado.
 


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