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El Danubio ya no es azul

El 30 de enero de 2000, a las 22.30 horas de la noche, reventó la balsa de residuos procedentes de la mina de oro y plata de Aurul, en Baia Mare, en el oeste de Rumania. Las causas de este desastre ecológico y económico hay que buscarlas en la noche de ese día de enero, cuando a causa de unas fuertes lluvias registradas en la región, se fracturó la parte alta de uno de los muros de la balsa de residuos, cuyo resultado fue una brecha de 25 metros de ancho.

El vertido alcanzó los ríos Lapus y Samos, y de ahí pasó al segundo río más grande de la República de Hungría, el Tizsa, para desembocar finalmente en el Danubio. Unos 100.000 metros cúbicos de agua altamente contaminada de cianuro, una sustancia tóxica con efectos letales en el ser humano y en otros seres vivos, incluso en ínfimas cantidades, llegaron al Danubio. El cianuro o sal de ácido cianhídrico es hidrosoluble y la intoxicación por este ácido es una de las más graves, aunque es poco frecuente que suceda.

El Danubio fluye a través de nueve Estados diferentes: República Federal de Alemania, República de Austria, República Checa, República de Eslovaquia, República de Hungría, República Federal Yugoslava, República de Rumania, República de Bulgaria y República de Ucrania. Es la vía fluvial más importante de Europa, imprescindible para el transporte de mercancías en el sudeste del continente. El vertido ha afectado principalmente a tres países: Serbia, Bulgaria y Rumania, que han visto seriamente afectadas sus economías y su ecosistema. La explotación minera causante del desastre es propiedad del Gobierno rumano y de Esmeralda, una empresa australiana con sede en Perth.

Apenas mes y medio después del escape de cianuro en Baia Mare, Rumania se ha visto envuelta otra vez en otro desastre medioambiental. Durante la primera quincena de marzo de este año se produjo otro caso similar al anterior: unas 20.000 toneladas de residuos que la mina Baia Borsa, que trabaja con plomo y zinc, vertió en el río Naser del que pasaron al río húngaro Tisza, ya afectado por la anterior catástrofe medioambiental.

Es la segunda vez en menos de dos meses que una mina rumana es responsable de la contaminación de varios ríos del este de Europa, y los Gobiernos afectados alertan a los Quince de la seriedad del problema. Para nosotros, esta segunda contaminación del río Tisza es muy seria y no puede contemplarse separadamente de la primera catástrofe que causó el cianuro, informaba poco después el titular de la cartera de Exteriores húngaro, Gabor Horvath. Desde Rumania la única respuesta que llegó, por parte del ministro rumano de Medio Ambiente Romica Tomescu, muy clara: “Las cosas están bajo control. Quiero dejar claro que no estamos hablando de una catástrofe”. A pesar de lo sucedido, Bucarest se afana por mantener unas relaciones lo más cordiales posibles con su vecina Hungría, a pesar del perjuicio sufrido por ésta debido al vertido contaminante.

 


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