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Los unionistas radicales acosan a Trimble y amenazan el proceso de paz en el Ulster
El neolaborismo de Blair ralentiza las reformas sociales

El Gobierno de Tony Blair ha recibido un toque de atención de la sociedad británica y de la militancia laborista. La acción política de Blair, desde su victoria en 1997, ha sido emprendedora en las reformas constitucionales, basadas en el concepto de Devolution, es decir, el retorno de una parte de soberanía a las instituciones más próximas a los ciudadanos. Así, se han reinstaurado los parlamentos autónomos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, y este año los londinenses han podido elegir a su alcalde mediante sufragio directo. En esta línea, está prosperando la reforma de la anacrónica Cámara de los Lores, que ya ha retirado los privilegios hereditarios de la mayoría de sus miembros. En cambio, Blair avanza con lentitud en la vertiente social, marcada por la baja calidad de los servicios públicos –la sanidad y los transportes– y la cicatería de las retribuciones a los jubilados más pobres. Ambas rémoras proceden de la herencia ultraliberal de los últimos 18 años de dominio conservador. El neolaborismo aún no ha erradicado este estigma y sus bases sindicales se lo recordaron en el Congreso de Brighton, al aprobar una moción que instaba al Gobierno a condicionar la subida de las pensiones al alza de los salarios y no al de la inflación. El criterio vigente sólo ha incrementado los subsidios en 200 pesetas a la semana este año, desatando un alud de críticas. Las mismas que se repitieron a raíz del bloqueo de transportistas y agricultores en protesta por la elevada fiscalidad de los carburantes, que casi paralizó la actividad del país.
 


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