Anuario 2002

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México pierde la esperanza del cambio ante el desencanto por el gobierno de Fox
Chiapas protesta desde el silencio

Aunque Fox asegura satisfecho que en Chiapas continúa la paz, lo cierto es que sólo ha habido silencio. Un silencio éste que, sin embargo, está muy lejos de ser un signo de paz. Porque este silencio no nació, hace más de un año, de ningún acuerdo con el Gobierno de Fox, sino precisamente después de la marcha de los zapatistas a la capital y después de que el Parlamento y el Senado aprobaran una reforma constitucional sobre cultura y derechos indígenas radicalmente distinta de la que habían propuesto las organizaciones representativas de los diez millones de indígenas del país, que representan un 10% de la población

En mayo del pasado año, en un intento de anular dicha ley, se movilizaron cientos de movimientos civiles que presentaron una reclamación ante el Tribunal Superior. Pero los paramilitares, de momento, continúan actuando en Chiapas impunemente, cometiendo abusos entre la población indígena y manteniendo así el control sobre la población que, pese al conflicto, ha seguido viviendo en su tierra. Hemos de tener en cuenta que los grupos paramilitares son más de una docena y que, además, el estado cuenta también con la presencia de grupos de interés del PRI, que aunque no están en el Gobierno, siguen manteniendo importantes posiciones de poder. A pesar de que Fox ordenó que se desmantelaran las bases militares para transformarlas en institutos para la difusión de la cultura indígena, el número de soldados no ha disminuido, y la presencia del Ejército, aunque se cualifica de “más discreta”, se mantiene. Además, Fox no ha conseguido que los 18.000 indígenas desplazados hayan vuelto para reintegrarse después de haber estado viviendo como guerrilleros en las montañas. La posición de Fox, que durante su campaña electoral había anunciado que iba a resolver el problema de Chiapas en “quince minutos”, está cada vez más lejos de los zapatistas, que, tras el cierre de la frontera con Guatemala, han perdido parte de sus reductos. Además, Fox, que había anunciado que contaría con los guerrilleros para negociar el desarrollo de la región mediante la instalación de infraestructuras e industrias que han de llegar con el Plan Puebla Panamá, ha incumplido su promesa y ha decidido llevarlo a cabo sin tener en cuenta a los indígenas. Un Plan que, a pesar de sus -en principio- buenos propósitos, puede destruir la forma de vida de las poblaciones indígenas del estado de Chiapas y de otros estados de México. Un plan que tiene el visto bueno de Fox, pero que no deja claro cómo podrá adaptarse la población indígena a los profundos cambios que va a comportar, ni si va a suponer la definitiva destrucción de su cultura y su forma de vida.

No obstante, las tensiones más grandes se han producido dentro del seno mismo de las comunidades indígenas. El Gobierno de Fox, que parece haber adoptado en este último año el lema “divide y vencerás”, ha hecho a los indígenas unas propuestas de compra sobre las tierras en las que viven y las ha ofrecido a las organizaciones agrarias. Así, bajo la apariencia de una ayuda económica, ha propiciado la esperada escisión entre el Ejército Zapatista y otros grupos indígenas. Las grandes extensiones de tierra en el territorio autónomo zapatista son muy apetecibles por el Estado porque Chiapas, pese a tener el mayor índice de pobreza del país, es muy rico en recursos naturales.

Así, el estado de Chiapas, además de ser una de las regiones en las que se concentran en mayor grado la multiculturalidad característica de México, posee un 23% de la producción nacional de gas natural y es el punto de partida de la mitad de la producción del maíz, que crece en la Depresión Central y en los Llanos de Comitán. Además, la producción de café es la más alta del país, como también sus pastos de ganado son los que tienen el rendimiento más elevado del país. Sin embargo, en la zona hay una ausencia casi total del principal motor de una economía en progreso: la industria. A ello, se le suma que el índice de analfabetismo de la zona, situado alrededor del 30%, es el más alto del país. Además, sólo un 20% de la gente de Chiapas tiene acceso a la Seguridad Social.

Por otro lado, en el estado de Chiapas este año han seguido registrándose muertes de indígenas. Muertes violentas de las que el Gobierno mexicano no ha dado explicación. Y, aunque a Fox le irritara enormemente un informe de AI (Amnistía internacional) que advertía que México estaba violando los derechos humanos -hasta el punto que puso en duda a los autores de dicho informe-, lo cierto es que sólo en el mes de agosto y septiembre murieron seis personas y cinco resultaron heridas, después de producirse ataques a viviendas de Chiapas. AI también denunció, además, la impunidad en la que viven, hasta la fecha, los responsables de los abusos y de los crímenes cometidos.

De esta manera, las decenas de comunidades indígenas siguen estando perseguidas. De la A a la Z, de los amuzgos a huastecos, de los chontales de Oaxaca a mixtecas, zapotecos y zoques, estos grupos, que tienen todos más de 15.000 hablantes de su lengua, siguen en peligro. El ejemplo de los lacandones es el más notorio. En la actualidad se desconoce cuántas personas quedan pertenecientes a esta comunidad, pero se calcula que menos de cien. La razón de su desaparición no es únicamente la persecución del Gobierno, sino también la pérdida de tierras que destruye su entorno, sin el cual no pueden existir. Por ello, mientras que el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) y sus simpatizantes rechazan cualquier tipo de ayuda del Gobierno y rechazan la oferta de compra que éste les ha hecho, otros grupos indígenas no estarían en posición de renunciar a, por ejemplo, semillas proporcionadas por el Estado.

En este contexto, a mediados de noviembre, el subcomandante Marcos rompió su propio silencio con una carta en la que desmintió los rumores que apuntaban que su salud era muy precaria. En ella arremetía contra los principales partidos mexicanos.



El subcomandante ya tiene quien le escriba

Tras casi dos años de silencio, “el sub”, tal y como es conocido en Chiapas, envió una carta a los simpatizantes de los neozapatistas que se habían reunido en Madrid (España). En ella se arremetía contra el Gobierno español por ilegalizar el partido que apoya la independencia del País Vasco, y la causa de la organización terrorista ETA. De esta manera atacaba a “los enemigos de los batasunos y de ETA”, y colocaba en muy mala posición al juez Garzón, al que cualificaba de “payaso”.

La realidad es que estas misivas han dejado tanto a los neozapatistas como a no zapatistas del todo desconcertados. Y Garzón, que por su parte ha manifestado que accedería a plantearse un “combate” en términos dialécticos, en un encuentro para realizar un debate en las islas Canarias, tal y como propone el subcomandante Marcos, ha respondido las cartas “del sub”. Antes de realizarse, sin embargo, Marcos propone que haya una tregua de 170 días por parte de la organización terrorista ETA. Pero estas declaraciones han decepcionado a intelectuales como José Saramago, y Vázquez Montalbán, que han desvelado un cierto desengaño ante el conocimiento limitado del conflicto del País Vasco por parte del subcomandante y sus “apreciaciones temerarias” y “fuera de contexto”.

Al igual que en el País Vasco, en Chiapas la situación también es difícil de comprender. El rico mosaico cultural de la población indígena que reclama sus derechos se nutre de una tradición, unos sueños y una manera de pensar y moldear el mundo radicalmente diferente al capitalismo al que se ve enfrentado. Además, aunque la población indígena sea mayoritariamente cristiana, se dan sincretismos entre la religión cristiana y las otras creencias arraigadas. Por ello, en Chiapas, la religión es una, pero muchas a la vez. Y, actualmente, las lenguas más habladas en el estado son el tzeltal (36%), tzotzil (32%), chol (16%), tojolabal (5%) y el zoque (4%).

Lo que sí es cierto es que dentro, pero quizás más fuera de Chiapas, el conflicto se ha tomado como símbolo. La imagen de la lucha de las minorías por otra globalización que no las excluya, condenándolas a desaparecer. Por ello, unos ven a Marcos como el héroe de la primera revolución a través de Internet, o un salvador que lucha contra el poder único, mientras que otros piensan que es un impostor genial o un hombre indeciso que busca protagonismo defendiendo la causa de los indígenas.

Sea como sea, después de este año, la difícil situación de Chiapas se mantiene, mientras su situación política se ha quedado estancada o más bien ha tendido al retroceso. En cualquier caso, parece claro que el problema de Chiapas no es sólo político, sino mucho más complejo, y que afecta a la propia estructura del Estado, que no está dispuesto a reconocer otra realidad que la suya, como tampoco a enfrentarse al pasado. Fox, que en el Gobierno del país parece no tener un modelo claro de desarrollo para el futuro de su país, parece que tampoco tiene un proyecto de futuro concreto que sepa afrontar los retos del futuro, partiendo de la realidad actual.


 


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