Anuario 2002

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Estados Unidos
Bush emprende la segunda fase de la guerra contra el terrorismo con el objetivo de derrocar a Sadam Husein
El petróleo: la clave de la política exterior de Estados Unidos

El Plan Energético de la Administración Bush, presentado ante el Congreso el 17 de mayo de 2001, tiene como principal objetivo conseguir incrementar en un 50% la importación de petróleo para poder cubrir las futuras necesidades energéticas del país. Sin embargo, este aumento de las importaciones supondría al mismo tiempo una mayor dependencia de los países productores, por este motivo el Plan Energético diseñado por la Casa Blanca también propone dos medidas para aumentar la producción nacional: permitir la extracción de petróleo de los yacimientos del Artic National Wildlife Refuge de Alaska, y reducir el control del Gobierno sobre las empresas energéticas que invertirían en la zona, medida que, casualmente, beneficiaría a las figuras más poderosas del sector que más contribuye en las campañas políticas republicanas. Estos dos aspectos del Plan Energético provocaron un gran debate en el Congreso, que todavía no ha dado el visto bueno. Sin embargo, el hecho de que los republicanos consiguiesen el control de las dos cámaras del Congreso en las elecciones del 5 noviembre de 2002 puede hacer cambiar las cosas.

Actualmente, Estados Unidos produce algo más del 50% del petróleo que consume pero las previsiones apuntan a que, en unos 20 años, tendrá que importar las dos terceras partes del crudo que consuma. Así pues, aunque las propuestas de la Administración Bush se llevasen a cabo, tampoco se conseguiría dejar de depender de los países productores: el consumo energético de Estados Unidos aumenta más rápidamente que la producción nacional. En este sentido, las áreas de mayor interés geoestratégico son el golfo Pérsico, asentado sobre la mayor reserva petrolífera del mundo, y la zona del Mar Caspio, que posee unas reservas estimadas entre 40.000 y 200.000 millones de barriles. Visto esto, está claro que asegurar la producción de petróleo en estas dos zonas es básico para Estados Unidos. Por este motivo, cuando en 1980 la URSS invadió Afganistán, el presidente Jimmy Carter estableció que cuando se produjera una amenaza en la zona, Estados Unidos haría todo lo posible, incluso hacer uso de la fuerza militar, para asegurar la producción de petróleo. Era la “doctrina Carter”, una doctrina que se volvería a aplicar a finales de los 80, durante la guerra entre Irak e Irán, y a principios de los 90, durante la operación “Tormenta del Desierto”. Ni qué decir que durante el año 2002 la “doctrina Carter” estuvo al orden del día. Tanto la ofensiva norteamericana en Afganistán como la obsesión de Estados Unidos con Irak tenían un denominador común: el petróleo.

Atacar Afganistán estaba dentro de los planes de Bush mucho antes de los atentados del 11 de septiembre. Así lo reveló el ex ministro de Relaciones Exteriores de Pakistán Niaz Naik, quien aseguró que, en julio de 2001, altos funcionarios norteamericanos le dijeron confidencialmente que estaba prevista una ofensiva estadounidense en Afganistán para acabar con la inestabilidad en un país con una gran importancia geoestratégica para el transporte de gas y petróleo. En 1997, Estados Unidos ya había intentado negociar con los talibán la construcción de un oleoducto que permitiese el transporte de millones de barriles diarios de petróleo desde Turkmenistán hasta los puertos pakistaníes y de allí, hasta India, uno de los potenciales consumidores de petróleo más importantes del mundo. Debido a las sanciones contra Irán, el oleoducto sólo podía pasar por Afganistán para poder llegar a Pakistán pero había un problema: la inestabilidad en el país debido a una guerra civil hacía que las constructoras de oleoductos no se atreviesen a invertir en el proyecto. Estados Unidos tenía previsto poner fin a esta inestabilidad mediante una ofensiva militar. Los atentados de Nueva York y Washington le proporcionaron una excusa aparentemente más noble para atacar la zona: la lucha contra el terrorismo.

En este sentido, la obsesión de Estados Unidos por acabar con el régimen de Sadam Husein está más relacionada con el hecho de llegar a controlar la segunda reserva petrolífera demostrada del mundo, sólo por detrás de Arabia Saudí, que con la lucha antiterrorista. No hay ninguna conexión clara entre los atentados del 11 de septiembre, la guerra contra el terrorismo internacional e Irak. La única razón demostrada para atacar Irak es el petróleo: si Estados Unidos consiguiese controlar el petróleo iraquí, disminuiría considerablemente su dependencia de Arabia Saudí, hecho importantísimo si se tiene en cuenta que la expansión del fundamentalismo islámico ha hecho crecer la desconfianza saudí respecto a los intereses norteamericanos. Según los expertos, una guerra contra Irak supondría un aumento del precio del crudo durante unos meses pero después, una vez Estados Unidos hubiese reemplazado a Sadam por un gobierno proamericano, el precio del barril podría bajar hasta los 20 dólares. De este modo, Washington desempeñaría un papel importante a la hora de decidir el precio del crudo y su distribución. Además, el hecho de que hubiese fuerzas norteamericanas en Irak permitiría a Estados Unidos controlar las dos únicas rutas petrolíferas que permiten llevar el crudo desde el mar Caspio hasta mar abierto, pasando por Afganistán y Paquistán o bien por Turquía, ya que Irak se encuentra entre las dos.

La Casa Blanca sabe perfectamente que quien controla el petróleo, controla la economía mundial. ¿Cómo se explica sino la continua coincidencia entre los intereses petroleros y la política exterior norteamericana? Curiosa ‘casualidad’ que dos de los países que integran el llamado “Eje del Mal”, Irán e Irak, estén asentados sobre importantes yacimientos petrolíferos.

 


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