Anuario 2002

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Estados Unidos
Bush emprende la segunda fase de la guerra contra el terrorismo con el objetivo de derrocar a Sadam Husein
‘Destino Manifiesto’: el fundamentalismo norteamericano

Estados Unidos es el pueblo elegido por Dios para explorar y conquistar nuevas tierras, con el fin de conseguir que todos los pueblos del mundo vean la ‘luz’ de la democracia, la libertad y la civilización. Este era el principio básico del ‘Destino Manifiesto’, una expresión que apareció por primera vez en un artículo del periodista John L. O’Sullivan publicado en 1845 por la revista Democratic Review de Nueva York. En el artículo se explicaba que la razón por la cual era necesaria la expansión territorial de Estados Unidos era que la Providencia les había asignado un continente para que llevasen hasta el último rincón el “gran experimento de la libertad y el autogobierno”. Los políticos conservadores del siglo XIX recibieron con entusiasmo esta teoría y empezaron a utilizarla para justificar sus actuaciones imperialistas. Sin embargo, la idea en la que se basaba el artículo de O’Sullivan no era nueva. El origen de la concepción de que el pueblo americano era el pueblo elegido de Dios la encontramos en el periodo colonial.

En el siglo XVI, tuvo lugar en Europa la Reforma, una ruptura política y religiosa que enfrentó a los países católicos y a los protestantes. Tanto los países católicos, con España al frente, como los protestantes, liderados por Inglaterra, intentaron imponer sus ideales espirituales, políticos y económicos. Esta lucha provocó que la Europa de ese tiempo estuviese marcada por la represión y las persecuciones de los “infieles” de ambas religiones, cosa que obligó a mucha gente a huir de sus países. Muchos ingleses de la iglesia puritana (una de las derivaciones más radicales del protestantismo) emigraron hacia el Nuevo Continente. Los colonos que desembarcaron en la costa este norteamericana, concretamente en Massachussets, tuvieron la sensación de ser el pueblo elegido que llegaba a la Tierra Prometida, se consideraban el ‘nuevo Israel’. Esta concepción distorsionada que tenían, y siguen teniendo, los norteamericanos de sí mismos como protectores y defensores de la libertad y la democracia les permitió justificar la expulsión y el exterminio de los indígenas norteamericanos. Era sólo el principio de una política exterior basada en una obligación moral. Estados Unidos representaba el Bien en el mundo y debía luchar contra el Mal, fuese cual fuese su forma. Americanizar a los pueblos era una manera de vencer al Mal.

A lo largo de la historia de Estados Unidos se ha recurrido al discurso del ‘Destino Manifiesto’ para justificar el imperialismo norteamericano. La política exterior estadounidense ha estado marcada históricamente por esta metáfora bíblica y es consecuencia de ella. En primer lugar, a mediados del siglo XIX, el presidente Jefferson, siguiendo esta doctrina expansionista, amplió el territorio con la compra de Louisiana consiguió el territorio de Texas. Pero aunque, en un principio, la doctrina se oponía a la violencia, a partir de la década de 1840 se empezó a justificar como arma para combatir el intervencionismo de otros países y la expansión territorial, como en el caso de la guerra con su vecino del sur. En 1846, Estados Unidos entró en guerra con México, que terminó dos años después con la anexión de más de la mitad del territorio mexicano a Estados Unidos.

Años más tarde, en 1854, la ‘doctrina Monroe’ estableció que ninguna nación americana volvería a estar sometida por Europa, y que Estados Unidos intervendría si consideraba que sus intereses se veían perjudicados de algún modo. Con esta doctrina, que se resumió con el lema “América para los americanos”, Estados Unidos conseguía legitimar sus actuaciones posteriores. Siguiendo la ‘doctrina Monroe’, en 1898, Estados Unidos participó en la guerra de Cuba contra España para conseguir la independencia de la isla. Su objetivo era la expansión de la democracia y, sobretodo, de la libertad.

Después de la Primera Guerra Mundial, el Consejo de Relaciones Internacionales de la Administración Roosevelt encargó el “War and Peace Studies Project”, un plan sobre el nuevo orden global de la postguerra, que señalaba a Estados Unidos como la potencia dominante. Precisamente, algunos expertos, apuntan que la Segunda Guerra Mundial fue el choque de intereses de las políticas expansionistas de la Alemania nazi y de Estados Unidos, al que no le interesaba que un país europeo le disputase su hegemonía. Así pues, durante la Segunda Guerra Mundial, el ‘Mal’ estuvo encarnado por el nazismo de Hitler, y Estados Unidos cumplió con su deber moral de combatirlo. Un año después de la guerra, en 1946, la ‘doctrina Truman’ estableció que Estados Unidos se comprometía militar y económicamente en la defensa de los países contra el comunismo, la nueva cara del ‘Mal’. Para el pueblo elegido, el comunismo atentaba contra sus ideales económicos, políticos y culturales y era necesario acabar con él. Siguiendo la doctrina que él mismo había promulgado dos años antes, Harry Truman impulsó el plan Marshall (1948), un programa de ayudas económicas a Europa fundamentado en el temor a posibles soluciones políticas en contra de los principios liberales y cuya finalidad era financiar la reconstrucción de las debilitadas economías de los Estados de Europa occidental mediante préstamos y cesiones. De este modo, Estados Unidos seguía su expansión –esta vez económica- por el Viejo Continente y fortalecía su papel de potencia mundial. A medida que pasaba el siglo XX, la doctrina del ‘Destino Manifiesto’ dejó de interpretarse exclusivamente en clave de expansión territorial; los nuevos tiempos exigían que Estados Unidos fuese una potencia mundial en todos los ámbitos: industrial, tecnológico, económico, deportivo.

Durante más de cuarenta años de Guerra Fría, Estados Unidos intervino en diversos conflictos como parte de esta lucha contra el comunismo. Ante el fracaso de Francia en Indochina, Estados Unidos, temiendo que el comunismo se expandiese por el Sudeste asiático, decidió enviar ayuda al gobierno de Saigón para limitar el avance comunista hacia las zonas rurales de Vietnam del Sur. Sin embargo, ante la necesidad de cambiar el gobierno de Saigón –totalmente corrupto-, y la extensión del control del Vietcong –formación rebelde comunista de Vietnam del Norte-, sobre las zonas rurales del sur, Estados Unidos se vio obligado a intervenir en la guerra. Diez años después, en 1975, y con cientos de miles de bajas en las filas norteamericanas, Estados Unidos tuvo que admitir que había perdido la guerra, y el Norte comunista ‘liberó’ al Sur. Esta derrota hirió el orgullo imperialista norteamericano durante muchos años.

En 1980, el presidente Ronald Reagan inició una nueva etapa de esplendor y de fundamentalismo norteamericano. Ganó las elecciones gracias a un discurso patriótico que, a la vez, denunciaba la mala situación económica del país. Dos tercios de los norteamericanos pensaron que Reagan sería más apropiado que Jimmy Carter para llevar a cabo una política dura contra la Unión Soviética. Ronald Reagan devolvió el orgullo patriótico a los norteamericanos. Con una política simplista, basada claramente en la doctrina del ‘Destino Manifiesto al relacionar los valores de Estados Unidos con el Bien y los de la URSS con el Mal, logró transmitir a los ciudadanos la creencia de la superioridad norteamericana. Las acciones en el exterior, aunque en alguna ocasión causaron la muerte de marines –atentado en el Líbano, 1983- y hicieron peligrar sus relaciones con aliados históricos como Inglaterra, estaban justificadas: el pueblo norteamericano prefería el activismo de Reagan a la pasividad de Carter.

En los años 90 tomaría el relevo George Bush, quien volvió a basarse en el mito del ‘Destino Manifiesto’ para legitimar la Guerra del Golfo. Cuando, el 2 de agosto, las tropas iraquíes invadieron Kuwait, Estados Unidos tuvo miedo de que Sadam Husein no se contentase con ese pequeño territorio, y, al ver que podían peligrar sus intereses en la zona, envió 700 aviones a Arabia Saudí. El 80% del electorado se mostró a favor de la intervención militar. Ante la aparente indiferencia de los países europeos, Estados Unidos actuó como gendarme del orden mundial. Aunque los norteamericanos no actuaron unilateralmente sino que buscaron el apoyo de la ONU, Estados Unidos se erigió como líder de la coalición del ‘Bien’, que salvaguardaba la seguridad mundial. El 17 de enero empezó la operación “Tormenta del Desierto”, que provocó la retirada de las tropas iraquíes de Kuwait. Tal como lo denominó un libro norteamericano, el de la Guerra del Golfo fue para la comunidad internacional un "triunfo sin victoria", pero para Estados Unidos tuvo un valor moral: demostró a la comunidad internacional, y a sí, mismo, que era la primera potencia mundial.

Con los atentados del 11 de septiembre de 2001 se volvió a activar el fundamentalismo norteamericano, esta vez de la mano de George W. Bush. En el siglo XXI, el Mal se disfraza de terrorismo islámico y Estados Unidos debe luchar contra él “para defender la libertad y la seguridad del mundo”, tal como alegó Bush durante el 2002 para atacar Afganistán y, más tarde, Irak.

 


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