Anuario 2002

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Bush emprende la segunda fase de la guerra contra el terrorismo con el objetivo de derrocar a Sadam Husein
Más poder para Bush

La victoria republicana en las elecciones legislativas del 5 de noviembre de 2002 fue una demostración de fuerza del llamado efecto Bush. Los republicanos consiguieron lo que sólo dos demócratas habían logrado anteriormente: estar en la Casa Blanca y tener mayoría en las dos cámaras del Congreso. Ese día se elegía toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, así que, de algún modo, también se estaba escogiendo la política que iba a seguir el Ejecutivo, sobretodo en el ámbito internacional. Si los republicanos mantenían su mayoría en la Cámara Baja y conseguían mayoría en el Senado, podrían seguir adelante con su política exterior agresiva sin ningún problema; si los demócratas mantenían el Senado, Bush tendría que consultar y dialogar antes de actuar. Por otro lado, 36 de los 50 estados escogían a su gobernador, hecho clave para las futuras elecciones presidenciales de 2004.

Ambos partidos aprovecharon que todavía no había entrado en vigor la ley de financiación electoral, que limita las donaciones de las empresas a los partidos políticos, y se embarcaron en una campaña de mil millones de dólares financiada con dinero blando, es decir, con contribuciones ilimitadas de las empresas a los partidos a través de actividades que no pedían explícitamente el voto para sus respectivos candidatos. Después de llevarse a cabo la campaña electoral más cara de la historia y un recuento vigilado por más de 20.000 abogados, los republicanos se alzaron con la victoria. El partido demócrata perdía dos senadores que le daban la mayoría al partido más conservador mientras que éste ganaba cuatro representantes en la Cámara Baja y reforzaba así su mayoría. Además, de los 36 estados donde se celebraron elecciones a gobernador, los candidatos republicanos ganaron en 20, incluidos Florida y Texas, dos estados básicos para las presidenciales. Sin embargo, los republicanos celebraron la victoria con una cierta precaución: sabían que sólo habían ganado por una pequeña diferencia de 80.000 votos y que, al no tener más del 60% del Senado, todavía tendrían que “pedir la opinión” a los senadores demócratas en más de una ocasión.

Los republicanos apostaron por centrar su discurso político en el terrorismo y en la seguridad nacional, aprovechando que el sentimiento de inseguridad aún estaba vigente entre la población norteamericana, y ganaron. Los demócratas se centraron, como era lógico, en la mala situación económica del país -marcado por el descenso de la confianza de los consumidores y los inversores por culpa de los sucesivos escándalos financieros y por una tasa del paro que rozaba el 6%-, pero se equivocaron en la ejecución de la estrategia y perdieron. El discurso demócrata no estaba bien definido –algunos lo calificaron de ‘blando’-, optaron por la moderación cuando su electorado pedía una alternativa fuerte a Bush. Muchos creyeron que el partido demócrata estaba perdiendo la dignidad porque no se ‘atrevió’ a plantar cara a Bush, especialmente en el tema de una posible ofensiva contra Irak.

Para unos, el triunfo republicano fue una aprobación de la gestión de Bush: para otros, no fue más que el resultado de la debilidad del partido demócrata, que fue incapaz de presentar un programa alternativo, definirse respecto a un inminente ataque contra Irak y perfilar un candidato para las presidenciales de 2004. La victoria republicana fue ajustada pero demostró que la mayoría de norteamericanos estaba con Bush y se despejaron así las dudas sobre su legitimidad debido al polémico recuento de votos de las elecciones de 2000.

Así pues, gracias al temor y al patriotismo, Bush consiguió libertad para poder llevar a cabo su agenda política. Una agenda política con consecuencias inmediatas tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Su política exterior es agresiva, está basada en la lucha antiterrorista y el ‘ataque preventivo’ (atacar al enemigo antes de que él nos ataque), y tiene como primer objetivo acabar con el régimen de Sadam Husein, a quien Bush acusa de tener en su poder armamento de destrucción masiva. Su política interna está igualmente marcada por la seguridad nacional: incluye un nuevo ‘superministerio’ de seguridad interior, una pieza clave para la lucha antiterrorista, y un mayor control gubernamental en algunos ámbitos sociales que, a la práctica, supondrá el recorte sistemático de las libertades civiles, como ya ha sucedido con la ‘supervisión’ del contenido de los correos electrónicos. Todo, eso sí, en nombre de la lucha contra el terrorismo. A su vez, la política económica promovida por Bush, busca reducir los impuestos sobre las empresas, las herencias y las plusvalías bursátiles para aligerar la carga fiscal de los más ricos con el “único” inconveniente que esta reducción podría llevar a la economía norteamericana hacia una nueva era de déficit público (algunos dicen que parecida a la que la carrera armamentística provocó en la época Reagan) que acabaría con cinco años de superávit. Para poder llevar a cabo estos recortes, el presidente optó por endurecer las políticas sociales: el Presupuesto para el 2003, presentado en febrero, preveía un crecimiento en la partida de sanidad de tan sólo el 4’6% -cuando los expertos apuntan que sería necesario, como mínimo, un 7% para cubrir las necesidades de la sociedad-, y unas reducciones, entre otras, de 620 millones de dólares del presupuesto para becas de estudio o de 4.000 millones, en el caso de los subsidios de empleo.

Sea como fuere, la victoria republicana en estas elecciones proporcionó a Bush una buena ventaja en la carrera hacia las presidenciales de 2004 y obligó a los demócratas a tomarse más en serio a su adversario, tal como apunta la revista TIME: “Después del 11 de septiembre, muchos liberales creyeron que la popularidad de Bush desaparecería a medida que el recuerdo de los ataques se fuese debilitando, tal como le sucedió a su padre después de la Guerra del Golfo. Pero las elecciones demostraron que esta guerra todavía permanece en la memoria inmediata de muchos norteamericanos, que todavía ven al Presidente como un guardián del país digno de confianza.(...) Los demócratas podrían ser capaces de derribar a Bush dentro de dos años, pero no pueden permitirse el lujo de esperar a que caiga por sí solo.”

 


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