Anuario 2002

Afganistán
Argelia
Argentina
Australia
Azerbaiyán
Belice
Bielorrusia
Brasil
Burundi
Chile
China
Congo
Corea del Norte
Corea del Sur
Costa Rica
Cuba
El Salvador
Estados Unidos
Guatemala
Honduras
India
Japón
Kazajstán
Kenia
Kirguistán
Libia
Marruecos
México
Nepal
Nicaragua
Pakistán
Panamá
República Dominicana
Rusia
Sáhara Occidental
Sri Lanka
Taiwán
Tanzania
Tayikistán
Tíbet
Túnez
Turkmenistán
Turquía
Ucrania
Uganda
Uruguay
Uzbekistán
Estados Unidos
Bush emprende la segunda fase de la guerra contra el terrorismo con el objetivo de derrocar a Sadam Husein
La inestabilidad y la desconfianza impiden una reactivación económica fuerte

El 6 de diciembre, el secretario del Tesoro, Paul O’Neill, y el asesor financiero de Bush, Lawrence Lindsey, presentaron su dimisión a petición de la Casa Blanca. Tal como apuntaba el diario “Washington Post” al día siguiente, “el primer paso para la recuperación es, como suele decirse, admitir que tienes un problema, y eso es lo que ha hecho el presidente Bush”. Lindsey y, muy especialmente, O’Neill se habían convertido en ‘el problema’ del presidente porque no transmitían ni la confianza ni la imagen de control necesarias en un momento de inestabilidad económica. Al contrario: en más de una ocasión, habían sido ellos mismos los que, con sus desafortunadas declaraciones, habían creado el caos y la desconfianza en los sectores financieros. Bush se dio cuenta de que, si no quiere que la mala situación económica le pase factura en las elecciones presidenciales del 2004 -tal como le sucedió a su Bush padre en 1992-, debía buscar un nuevo equipo económico que llevase a Estados Unidos “de la recesión a la recuperación”. La Casa Blanca no tardó en encontrar sustitutos: el 9 de diciembre, Bush nombró Secretario del Tesoro al empresario del transporte ferroviario John Snow, y puso al frente del Consejo de Asesores Económicos a Stephen Friedman, presidente del banco de inversiones Goldman Sachs. Un tándem pragmático con el que Bush espera satisfacer a quienes exigen medidas inmediatas para estimular la economía y a quienes se preocupan por la fiscalidad a largo plazo.

En esta ‘limpieza’ de los altos cargos económicos de la Casa Blanca que hizo Bush, debe incluirse también la dimisión, un mes antes, del presidente de la SEC (Comisión de Mercado de Valores de Estados Unidos), Harvey Pitt, provocada por los sucesivos escándalos financieros que salieron a la luz durante 2002 y por su mala gestión durante los quince meses que estuvo al frente de la comisión. Pitt fue muy hábil al presentar su renuncia la tarde del 5 de noviembre, cuando todo el mundo estaba pendiente de los resultados electorales, ya que de este modo ésta quedó eclipsada por la victoria republicana. Bush también tuvo un sustituto para Pitt: el 10 de diciembre, William Donalson, cofundador de una importante firma de inversión, ex presidente de la Bolsa de Valores de Nueva York y amigo de la familia Bush, fue nombrado presidente de la mayor autoridad bursátil de Estados Unidos.

Aunque todo el sector financiero estadounidense tenía claro que en algún momento O’Neill y Lindsey serían invitados a abandonar su cargo, nadie sabía con certeza cuándo iba a ser. Según la revista “Newsweek”, la Casa Blanca escogió hábilmente el momento: después de la victoria republicana en el Congreso pero antes de empezar a aplicar los nuevos recortes de impuestos.

Inestabilidad y desconfianza

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 acenturaron una situación económica muy delicada que empezó poco antes de la llegada de los republicanos a la presidencia en el año 2000. Después de haber experimentado diez años de crecimiento y expansión, se empezó a hablar de debilidad, recesión e inestabilidad. La economía estadounidense acabó el año 2001 arrastrando las consecuencias del 11-S y sin conseguir iniciar la recuperación, a pesar de los intentos desesperados de la Casa Blanca y de la Reserva Federal.

El año 2002 estuvo marcado por la desconfianza, tanto de los inversores como de los consumidores, y por la inestabilidad de los indicadores económicos. Los escándalos financieros que fueron saliendo a la luz a partir del revuelo que provocó la quiebra del gigante energético Enron, en diciembre de 2001, minaron la confianza de los inversores, que vieron cómo el mercado de valores se resentía cada vez que la SEC iniciaba una nueva investigación o se destapaba un nuevo fraude. Fraudes de miles de millones de dólares en firmas tan importantes como la empresa de telecomunicaciones WorldCom, la auditora Arthur Andersen o la compañía de televisión por cable Adelphia. Además, el hecho de que se descubriesen vínculos entre los directivos de Enron y el presidente Bush y el vicepresidente Cheney, no ayudó a aliviar el sentimiento de pánico que se fue apoderando de las bolsas.

A pesar de haber empezado el año con unas cifras esperanzadoras –el PIB creció un 5% y la productividad un 8’4%- el nivel de confianza de los consumidores y, en consecuencia, el consumo cayeron en picado durante el segundo trimestre de 2002: de un 3’1% en el primer trimestre, el consumo cayó hasta el 1’9% en el segundo y no logró recuperarse con fuerza en el tercer trimestre. El consumo es el gran motor de la economía norteamericana -representa dos terceras partes del PIB de Estados Unidos-, por eso es básico que el nivel de confianza sea elevado. La Bolsa acusó los malos resultados del segundo trimestre y, a partir del mes de abril, el índice Dow Jones empezó a caer. El 19 de julio, Wall Street experimentó la peor caída desde el 11-S y cerró con una pérdida del 4’64%. Sin embargo, la aprobación, por parte del Congreso, de la ley contra el fraude fiscal una semana después ayudó a que los inversores recuperaran parcialmente la confianza, y el Dow Jones se recuperó un 6’35%.

Cuando el presidente Bush dio, a principios de septiembre, un discurso ante la Asamblea General de la ONU para pedir el apoyo de los aliados ante un posible ataque contra Irak, las cotizaciones no dejaron de caer hasta que, el 9 de octubre, el Dow Jones se desplomó y se situó en niveles de 1997. A finales de octubre, sin embargo, empezó a observarse en los índices de consumo un pequeño crecimiento del 0’4% -una buena noticia para los inversores, que esperaban un crecimiento menor-, y las compras para el Día de Acción de Gracias, a finales de noviembre, superaron en un 12% a las de 2001, señal de que alguna cosa estaba cambiando.

El segundo trimestre de 2002 fue el peor para la economía norteamericana: todos los índices cayeron en picado para, en el tercer trimestre, recuperarse tímidamente e intentar mantenerse -y en algunos casos incluso subir- durante los últimos meses del año. En octubre, algunos analistas dijeron que la economía de Estados Unidos empezaba a alejarse del peligro, advertido durante el tercer trimestre, de caer en una nueva recesión (“double dip”), aunque esto no implicaba que iba a iniciarse un fuerte crecimiento. Tal como indicó el “Libro Beige” de la Reserva Federal, publicado el 23 de octubre, la economía seguía “estancada” y el crecimiento era “lento”. Además, aunque la mayoría de sectores mostraban una débil recuperación, otros indicadores importantes, como el desempleo, se mantenían a niveles preocupantes: a lo largo de 2002, la tasa del paro no logró bajar del 5’5% registrado en febrero y, tanto en abril como en noviembre, llegó a la inquietante cifra del 6%, la más alta de los últimos siete años.

¿Qué hicieron la Casa Blanca y la Reserva Federal?

El 6 de enero, George W. Bush presentó su “Plan de seguridad económica”, el objetivo del cual era reactivar la economía estadounidense. Era el segundo plan que presentaba el presidente después de que el Senado, con mayoría demócrata, rechazase su “Plan de estímulo económico” por no contener suficientes ayudas para los desempleados. La esencia del nuevo plan seguía siendo la misma: aunque preveía la creación de más nuevos puestos de trabajo, seguía basándose principalmente en el recorte de impuestos a las pequeñas y medianas empresas para impulsar el crecimiento económico. La estrategia de Bush, sin embargo, implicaba un coste de más de 100.000 millones de dólares en los próximos diez años.

El 4 de febrero, Bush presentó ante el Congreso el presupuesto para 2003, un proyecto de cuentas públicas que preveía déficit para el resto de su legislatura. Los mayores gastos estaban destinados a la defensa del país: el Pentágono recibiría 379.000 millones de dólares y la partida destinada a la seguridad interna se duplicaría. Este aumento del gasto público, sumado al recorte de impuestos previstos por el presidente, llevó a los analistas a hablar de un déficit de 80.000 millones de dólares, cuando, tan sólo una año antes, habían hablado de un posible superávit fiscal de 313.000 millones de dólares.

La Administración Bush, sin embargo, encontraba resistencia por parte del Senado, de mayoría demócrata, que no estaba dispuesto a aceptar unas rebajas en los impuestos por valor de hasta 1’3 billones de dólares a costa de un endurecimiento de las políticas sociales, que verían cómo sus partidas iban siendo recortadas para afrontar el gasto. La situación cambió con la victoria republicana en las elecciones del 5 de noviembre: la Administración Bush consiguió mayoría en las dos cámaras del Congreso, hecho que le daba carta blanca a Bush para llevar a cabo su agenda económica. El 6 de noviembre, un día después de la victoria republicana, el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan decidió, por primera vez en 2002, rebajar los tipos de interés, que se situaron en el 1’25%. La posible guerra contra Irak, los nuevos datos sobre el desempleo, que situaban la tasa del paro en el 6%, y la desconfianza creciente de consumidores e inversores, hicieron que la Reserva Federal rompiese todas las expectativas y rebajase los tipos medio punto, en lugar del cuarto de punto que esperaban los analistas. Las bolsas acogieron con buenos resultados tanto la victoria republicana como la rebaja, pero ésta, al mismo tiempo, creó desconfianza e incertidumbre a medio plazo. Días más tarde, Greenspan justificaba su decisión ante el Congreso calificándola de “póliza de seguro”: si las previsiones sobre la recuperación económica eran acertadas, el recorte se podía anular; si, por el contrario, eran equivocadas, una rebaja de medio punto sería correcta para afrontar la situación. Sea como fuere, la rebaja de los tipos de interés hasta niveles no vistos desde hacía 40 años fue el reflejo de la voluntad de inyectar liquidez en el sistema económico norteamericano y conseguir, así, incentivar la inversión de las empresas y el consumo de los particulares.

 


Periodismo Internacional © 2019 | Créditos
Facultat de Comunicació Blanquerna - Universitat Ramon Llull