Anuario 2002

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Estados Unidos
Bush emprende la segunda fase de la guerra contra el terrorismo con el objetivo de derrocar a Sadam Husein
Estados Unidos se posiciona al lado de Israel

El 29 de noviembre de 1947, la ONU aprobó la resolución 181, impulsada por Estados Unidos, que proponía la partición de Palestina occidental en dos Estados, uno judío y otro árabe, y una zona internacional, Jerusalén. Los palestinos, y el mundo árabe en general, se opusieron a la resolución e invadieron la zona para tratar de impedir, sin éxito, la creación del Estado judío. En mayo de 1948, el líder de los judíos, Ben Gurion, proclamó el nacimiento de Israel y, horas más tarde, empezaba una guerra. Una guerra con la que Israel obtuvo parte del territorio que no le concedía la resolución de la ONU, mientras que los palestinos se quedaron únicamente con los territorios de Gaza y Cisjordania, al tiempo que miles de palestinos se convirtieron en refugiados, una cuestión que, 55 años más tarde, todavía no ha logrado solucionarse.

Una vez reconocido el Estado judío, el Congreso de Estados Unidos aprobó un paquete de ayudas a Israel para facilitar la acogida de los supervivientes del Holocausto. A partir de aquí, la ayuda norteamericana no dejó de aumentar: de 1949 a 1998 Israel recibió alrededor de 84.000 millones de dólares en ayudas. Desde finales de los 80, el Gobierno de Estados Unidos da a Israel unas ayudas anuales de más de 3.000 millones de dólares, cifra a la que se le debe sumar las donaciones privadas del lobby judío norteamericano, que rondan los 1.500 millones de dólares anuales. Las ayudas a Israel representan el 30% del presupuesto que Estados Unidos destina a ayuda exterior; así pues, Israel es el mayor beneficiario de la “solidaridad” norteamericana. Pero ¿por qué motivo los diferentes gobiernos de Estados Unidos, tanto demócratas como republicanos, han tenido este especial interés en ayudar a Israel cuando éste tiene una renta per capita de 14.000 dólares al año? Uno puede caer en la tentación de pensar que es a causa de la presión que ejerce sobre el Gobierno el poderoso lobby judío norteamericano, pero sería simplificar demasiado. Está claro que existe presión por parte de este lobby, pero el interés de Estados Unidos es principalmente geoestratégico: Israel es el único aliado de Estado Unidos en una región que alberga las mayores reservas petrolíferas del mundo. Además, debemos tener en cuenta que el 75% de las ayudas se utiliza para comprar armamento militar que, casualmente, es de fabricación norteamericana. Dicho de otro modo, Estados Unidos se beneficia estratégica y militarmente: Palestina se convierte en tierra de pruebas del armamento norteamericano. Vistas estas cifras, podemos dudar de que Estados Unidos sea el mediador más apropiado del eterno conflicto entre Israel y Palestina, sin embargo, como primera potencia mundial, está condenado a seguir siendo ‘el mediador’.

Papel de EE.UU en el conflicto árabe-israelí

La Guerra Fría empujó a Estados Unidos a firmar un pacto con el único Estado de la región en el que podía confiar. El gobierno israelí tomó conciencia de lo importante que era aquel acuerdo para los norteamericanos y se aprovechó de ello: a partir de entonces ignoró totalmente las resoluciones de la ONU sobre la restitución de los territorios ocupados.

En 1973, Egipto decidió vengarse de la humillación a la que había sido sometido su país tras la ‘nacionalización’ del Canal de Suez (1956) e invadió el desierto de Sinaí. Ante este hecho, y por primera vez, un Presidente de Estados Unidos se implicó en un grado elevado en el conflicto de Oriente Medio: en 1978, Jimmy Carter empezó a hacer las gestiones necesarias con el objetivo de alcanzar la paz entre Israel y Egipto, que recogieron su fruto con los Acuerdos de Paz de 1979. Depués de este hecho, sin embargo, la implicación norteamericana en el coflicto fue mínima. Estados Unidos parecía tener miedo a implicarse demasiado, mientras que Europa se limitaba a establecer Declaraciones. Nadie prestó atención al movimiento que se estaba gestando en los campos de refugiados. Numerosos grupos extremistas religiosos se organizaban desde territorio Libanés para conseguir su objetivo: destruir el Estado de Israel.

Después de la Guerra del Golfo, en 1991, Estados Unidos convocó una Conferencia de Paz en Madrid para volver a intentar poner fin al conflicto. El entonces Secretario de Estado norteamericano, James Baker, consiguió que las partes implicadas en el conflicto asistiesen a la Conferencia pero no se obtuvieron los resultados esperados. El cambio de actitud de árabes e israelíes no llegó hasta 1992, cuando ambos accedieron a entablar conversaciones secretas en Oslo que se traducirían, en 1993, en la firma de los Protocolos de Oslo que preveían una gradual restitución de los territorios ocupados y la creación de un Estado Palestino. Pero se cometió un error: los líderes no contaron con los extremistas, que siguieron con los atentados. En 1995, el líder laborista israelí, Isaac Rabin, fue asesinado. El proceso de paz se estancó y no se inició una nueva ronda de negociaciones hasta que, en 2000, el laborista Ehud Barak fue nombrado primer ministro de Israel. Barak y el líder de la Autoridad Nacional Palestina, Yaser Arafat, se reunieron con el entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, y empezó la que pareció la negociación de paz definitiva. Pero no se logró llegar a un acuerdo ni sobre la repartición del territorio -Arafat consideró que el acuerdo era totalmente desproporcionado- ni sobre dos de las cuestiones básicas del conflicto: el status de Jerusalén y la cuestión de los refugiados. Este hecho frustante, juntamente con la provocación que supuso, sólo dos meses después del fracaso de Camp David, el paseo de Ariel Sharon por la Explanada de las Mezquitas (lugar sagrado para los palestinos), provocaron el inicio de la segunda intifada.

A finales de año, George W. Bush llegó a la Casa Blanca y aceptó el consejo de sus asesores de no intervenir directamente en las negociaciones de paz entre árabes y judíos. La Administración Bush acusaba a Bill Clinton de haber intentado forzar un acuerdo de paz definitivo en Camp David –que, según los republicanos, hubiese requerido años de negociaciones- simplemente para anotarse un punto histórico antes de abandonar la Casa Blanca, y lo culpaban de haber provocado la crítica situación actual del conflicto. Por ese motivo Bush decidió dejar que las dos partes intentasen resolver el conflicto por sí solas. Con lo que no contó Bush fue con la sanguinaria represión israelí. Después de la oleada de violencia de principios del año 2002 y el asedio del líder palestino, Yaser Arafat, en Ramala por parte del Ejército israelí, el 4 de abril se produjo el “¡basta ya!” de Bush, que exigió la retirada de las fuerzas israelíes de todos los territorios ocupados y el cese de los atentados terroristas palestinos. A pesar de este gesto por parte del presidente Bush, el primer ministro de Israel, Ariel Sharon, sabía, y sabe, la importancia geostratégica de Israel así que, a la práctica, no era Estados Unidos quien exigía e imponía sino que era Israel quien ponía a prueba a los norteamericanos. Estados Unidos está dispuesto a poner paz, siempre y cuando ésta favorezca sus intereses. Y sus intereses pasan por la “victoria” de Israel. El Gobierno de Bush protege a Sharon: no le pide cuentas sobre las masacres cometidas a lo largo de todo 2002, ni por la ocupación de los territorios palestinos. Es más, es Estados Unidos quien dota a Israel de todo tipo de armamento y equipamiento (satélites, tecnología, información secreta) sin el cual hubiese sido imposible mantener la ocupación de los territorios palestinos y el rápido crecimiento de los asentamientos judíos.

A todo esto se le debe sumar la excusa de la lucha antiterrorista: según una resolución del Senado norteamericano, Estados Unidos e Israel “están comprometidos en una lucha común contra el terrorismo”. Por ese motivo, condenar el terrorismo palestino es casi una obligación moral. La derecha norteamericana más conservadora, que desprecia abiertamente a los palestinos, exigió a Bush que fuese coherente con su lucha contra el ‘Mal’ y permitiese a Sharon acabar con el terrorismo palestino y, especialmente, con el líder de la ANP, Yaser Arafat. Pero, tal como indica Marwan Bishara, investigador de la Escuela de Ciencias Sociales de París, “reducir un conflicto de un siglo de antigüedad a un conflicto entre democracia y terrorismo es una idea que ha cobrado mayor aceptación desde el 11 de septiembre, pero es intelectualmente insultante. Además, calificar de terrorismo e intentar vender como artículo de uso corriente los ataques palestinos suicidas con bomba contra los civiles israelíes y en cambio calificar de autodefensa el empleo de la violencia al por mayor contra civiles palestinos por parte de un Gobierno israelí elegido en las urnas, denota insolvencia moral”.

Unas elecciones que no cambiarán nada

A principios de 2003, israelíes y palestinos están llamados a las urnas. Todo indica que tanto Ariel Sharon como Yaser Arafat seguirán liderando a sus respectivos pueblos. Ambos líderes se vieron, de algún modo, obligados a convocar elecciones. En el caso de las elecciones palestinas, la convocatoria fue el resultado de un esfuerzo internacional del Cuarteto (Estados Unidos, Unión Europea, Rusia y ONU) para llevar a cabo reformas administrativas en el Gobierno palestino que permitiesen acabar con el terrorismo. En principio se celebrarán el 20 de enero de 2003; sin embargo, algunos expertos apuntan que, ante la situación actual de caos, no sería extraño que se intentasen aplazar: si Israel, y con él Estados Unidos, consideran que Arafat es un obstáculo para la paz y, a la vez, dan por supuesto que éste será reelegido, no les interesa que se celebren las elecciones. Por otro lado, la convocatoria de elecciones en Israel estuvo provocada por la dimisión de los laboristas del Gobierno y la incapacidad de Sharon de formar una nueva coalición de gobierno con la ultraderecha. Finalmente decidió pedir al presidente de Israel, Motsé Katsav, que disolviese el Parlamento y que convocase elecciones anticipadas, que se celebrarán el 28 de enero. El candidato laborista es Amram Mitza, el alcalde de Haifa, cuyo programa se basa en negociar con los palestinos y desmantelar los asentamientos. El programa del Likud dependía de quién ganase las primarias del partido de derechas. El 28 de noviembre, en medio de una oleada de atentados contra intereses israelíes en Kenia e Israel, se conocía quién iba a ser el candidato del Likud: Ariel Sharon. El actual primer ministro de Israel competía con el ministro de exteriores y ex primer ministro, Benjamín Netanyahu. Sharon apostó por el pragmatismo para mantener su relación con Estados Unidos: aceptó el plan del llamado Cuarteto que prevé la creación de un Estado palestino en Gaza y parte de Cisjordania, y ganó. Netanyahu, en cambio, prometió poner fin a la espiral de violencia y acabar con el terrorismo pero rechazó de lleno la idea de la fundación de un Estado palestino porque, según él, “sería un premio al terrorismo y a la intifada palestina”, y perdió.

Los antecesores del actual primer ministro, Shimon Peres, Ehud Barak y el mismo Benjamín Netanjahu, no fueron reelegidos en su momento porque no pudieron poner fin a la violencia. Paradójicamente, la popularidad de Ariel Sharon, que ha llevado a su pueblo hacia una espiral de violencia y represión, ha aumentado y es el favorito en las próximas elecciones de Israel.

Si Ariel Sharon gana las elecciones, Estados Unidos deberá seguir afrontando el dilema histórico del cual habla Jaime Ojeda, profesor de la Universidad de Shenandoah (Virginia): “Comprometido a mantener al Estado israelí contra viento y marea, [Estados Unidos] querría encontrar una solución aceptable para los árabes pero, al mismo tiempo, no quiere forzar a los israelíes más allá de lo que quisieran aceptar en ‘negociaciones’”. Esto significa que todas las resoluciones seguirán pasando por el ‘filtro’ israelí -tal como pasó con la propuesta de paz saudí y con las mediaciones que llevaron a cabo el general Anthony Zinni y el secretario de Estado, Colin Powell- y que el terrorismo, sea cual sea su forma, seguirá paralizando cualquier iniciativa de paz.

Sin embargo, la postura de Estados Unidos frente a Israel podría cambiar si los norteamericanos derrocan el régimen de Sadam Husein y consiguen establecer un gobierno proestadounidense. Israel ya no sería su único e imprescindible aliado en la zona y, de algún modo, se vería obligado a aceptar ciertas condiciones de Estados Unidos si quisiera mantener su relación con la primera potencia mundial.


 


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