Anuario 2002

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La sucesión de Moi
Un día de clase en Mbaani

La bandera de la república de Kenia se alza por enzima de los techos de Uralita y chapa de la escuela primaria de Mbaani, un pueblecito a unos 70 kilómetros de Nairobi. Los niños, de 6 a 14 años, se sitúan junto a sus compañeros de clase en formación militar en medio del patio mirando hacia su enseña y a una sola voz empiezan a cantar el himno nacional. Sus uniformes, blancos y azules, muestran las heridas de mil batallas en el patio escolar. Como los soldados de este país africano, para muchos de estos niños el uniforme representa el único objeto de valor que realmente les pertenece y les da cierta personalidad. Forman parte del ejercito de escolares de Kenia y cantan con orgullo su himno sabiéndose seguros dentro de este estatus. En un continente donde la paz de un país vale su peso en oro (o en diamantes, o en petróleo...) el pequeño cuerpo de un niño muchas veces se salta el banco y azul de los uniformes escolares para cubrirse del verde oscuro y terrible de la ropa militar. Levantarse a las siete de la mañana, andar un kilómetro y medio descalzo hacia la escuela y tener que aguantar los formalismos educativos son un pequeño precio a pagar en comparación a perder la inocencia con tan solo siete años. Aunque no el único.

Acabada la última estrofa el director del colegio, Mister Mayuya, sale de la hilera del profesorado y sacando un listado de su carpeta empieza a recitar nombres. Los alumnos aludidos abandonan la formación y en riguroso silencio empiezan a crear un nuevo batallón. No hace falta que nadie les diga por qué se les llama. El ritual, muy común durante los últimos meses del curso, se repite día tras día. Cuando el director acaba el recital y el batallón ya está en formación pasa revista. Todos los niños del grupo deben aún una parte o el total de la cuota trimestral del colegio. El centro de Mbaani es público y, como tal, el gobierno cubre la construcción de cuatro barracones y paga la mensualidad de los profesores. El resto de los ingresos, para comprar material, ampliar instalaciones, comparar comida... se consigue a partir de la tasa escolar, normalmente de unos 8.000 shellings trimestrales (unos 110 euros). Los niños del batallón de morosos, cada día lo ocupan las mismas caras, se mantienen quietos y en silencio delante el paso del director. Mister Mayuya no se inmuta delante la actitud de los alumnos pues la sorpresa siempre surge cuando, muy de vez en cuando, alguno de ellos abandona la hilera para pagar una parte de la deuda. Son hijos de las familias con menos recursos del pueblo y, teniendo en cuenta que el salario medio en un pueblo keniano es de unos 10.000 shellings mensuales y cada familia tiene de promedio unos cinco hijos, que sus padres hayan pagado hasta el momento la tasa demuestra un esfuerzo impresionante. Aún y así, acabada la revisión no habrá concesiones. El director se aleja de los alumnos y un profesor llama al trabajo. Todo el ejército se disuelve en cuestión de segundos y la rigidez militar deja paso a carreras infantiles para ver quién llega antes a clase. El batallón de morosos observa inmóvil el paso de sus compañeros. Finalmente, cuando solo quedan ellos debajo de la bandera, deshacen el camino hacia casa mientras la voz de los maestros detrás de ellos empieza a recitar la primera lección del día. Sus caras no reflejan humillación o tristeza, este día lo dedicaran a ayudar en casa y mañana lo volverán a intentar.

3 pueblos en 10 metros cuadrados

La escena se desenvuelve delante los ojos de Scholastica, la profesora encargada hoy de constatar la expulsión temporal de los alumnos que no han pagado religiosamente. Una vez desparecida la última de las pequeñas figuras entre la maleza del camino la profesora se adentra en su aula, en este caso la de los niños de 6 y 7 años, los más pequeños de la escuela. Hace 32 años que ejerce como profesora en Mbaani pero aún guarda la sensación que nunca asumirá este ritual matutino. Sabe que no siempre ha sido así y que durante el curso la escuela ha hecho la vista gorda a los impagos de los alumnos, sabe lo que cuesta que los niños de un pequeño pueblo aprendan la utilidad de la escuela... Pero también sabe que estas pantomimas son absolutamente necesarias para que el centro siga existiendo. Tampoco puede entristecerse demasiado, 54 alumnos están esperándola dentro de la clase para empezar seis largas y agotadoras horas de estudio. Empiezan con matemáticas. Algunos de los niños se distraen durante los primeros minutos mirando hacia fuera. La habitación cobra tintes de celda al contrastar su triste penumbra con la radiante luz de la mañana africana que se escabulle entre las rejas de las ventanas. Pero solo será una sensación pasajera. La experiencia acumulada de Scholastica le ha servido para crear las técnicas más inverosímiles para despertar la atención de sus alumnos. Apunta el primer problema en la pizarra y llama a la competición. Los alumnos calculan rápido y saltan en masa alzando las manos para poder responder. Todos quieren que su pueblo quede campeón de la actual sesión de mates. ¿Pueblo? Pues sí. Dentro de una habitación de solo 10 metros cuadrados la profesora ha creado tres grupos de pupitres separados, cada uno representando un pueblo diferente. Los pupitres, ya de por sí puzzles de diferentes maderas, se funden entre ellos para acoger a una multitud de cuerpos apretados pero con una sonrisa en la boca, conscientes que la falta de espacio no es sino otro símbolo de la unión de su tribu. Comparten libros de texto (cuando los hay), lápices de un centímetro y trozos de papel grises a fuerza de utilizarlos. Saben que el más rápido en resolver el problema será coronado jefe de la tribu a la cual pertenece. Tampoco no les importa demasiado mientras sepan que pueden contar con sus compañeros. La competición entre los tres pueblos o los miembros de una misma tribu da alas a las clases pero nunca crea enemistades.

¿Cuánto puede valer un billete?

Los alumnos de Scholastica respiran tranquilos al empezar la segunda materia del día. Les toca lengua kisuahilí, la única clase que no hacen en inglés y, por lo tanto, que entienden mejor. Sin embargo, los chicos y chicas de tercer curso tienen una actitud bien distinta y se preparan a conciencia para empezar la clase de matemáticas con Mister Kariuki. Éste es el profesor más joven de la escuela, característica que nunca ha jugado en su contra para que sea menos respetado por los alumnos. Solo entrar por la puerta y todos se levantan, hacen el saludo de rigor y vuelven a sentarse dispuestos a escuchar desde el primer instante. Kariuki sabe que en tercer grado, con niños de diez años, ya ha de empezar a impartir enseñanzas aplicables a la vida diaria de sus alumnos por lo que ha preparado una lección muy especial, van a conocer su propia moneda, el shelling. Entra en la clase con una caja de cartón negra de la que saca un billete de 500 shellings. Un grito de sorpresa se escapa de la boca de todos los alumnos y el profesor desaparece. Los ojos de los niños solo pueden ver un trozo de papel moneda tan verde, tan precioso y... bueno, tan desconocido. Ver tal cantidad de dinero comprimida en un simple billete hace que todos se olviden de las matemáticas, de la escuela, de Mbaani y utilicen toda su energía para imaginar qué podrían llegar a hacer con esa pequeña fortuna. La expectación no sorprende al profesor. Sabe que no es una reacción infantil y que, en un ambiente donde la pobreza es el estatus social general, cuando los niños expliquen esta clase a sus padres la sola referencia del dinero hará que también los adultos sueñen con riquezas inabarcables. No hace falta decir que el resto de la sesión será un paraíso para este grupo de alumnos. Unos pocos privilegiados serán escogidos por el profesor para extraer más billetes de la caja... 200, 100, 50 shellings... Todos provocarán las mismas miradas iluminadas.

Descanso y reflexión

A las diez y media llega la hora del descanso. Mister Kariuki se dirige a la habitación que los profesores utilizan como sala de descanso y almacén y esconde la caja negra con los preciados billetes. Él y la profesora Scholastica llegan con una sonrisa. Ha sido un día tranquilo y siempre da más placer enseñar en cursos inferiores. No pueden decir lo mismo el director Mayuya y Mister Muthiani. Ellos se encargan de impartir clases a los chicos y chicas de 11 a 14 años, edades donde se dan los mayores problemas.

Se sientan en viejos a tomar el té con leche y conversar sobre los problemas con sus respectivos alumnos. Todos están enterados que en el último curso, donde imparte clases el director, hay una chica de 14 años embarazada. No es un problema nuevo, han llegado a tener hasta cinco chicas en estado en el colegio, pero siempre es preocupante como esto puede afectar al ambiente escolar y, sobre todo, al destino de la futura niña-madre. Ella, como muchas otras, al desarrollar el cuerpo de mujer se convirtió en objeto de deseo de los chicos más grandes del pueblo. Si no hay una vigilancia o una educación sexual solo es cuestión de tiempo para que, durante un fin de semana o unas vacaciones, un inocente juego sexual con algún chico rompa la juventud de la chica para siempre. Eso sin tener en cuenta que el embrazo no sea producto de un abuso sexual. Los profesores lo saben e intentan evitar que los chicos se burlen de la desgracia de su compañera. No pueden hacer mucho más. Cualquier intento de impartir clases de educación sexual en las escuelas es abortado por los sectores conservadores del gobierno o bien por alguna de las Iglesias con presencia en el país. Además, aunque se las dejasen hacer, ¿Qué enseñarían? A parte del problema de las niñas-madre también tienen el del SIDA y ambos se les escapan de las manos. Por lo que respeta al virus del SIDA actualmente les está afectando tanto en el ámbito de alumnos como en el de los profesores. Kenia pierde cada día cuatro profesores por culpa de esta enfermedad. El problema no ha llegado a este punto en Mbaani pero todas las familias del pueblo ya han perdido algún miembro víctima del virus. Un niño que pierde a sus padres no tiene quien le pague la escuela y, por lo tanto, deja los estudios. Eso cuando el propio niño no está afectado y también muere. Pero los profesores no saben que hacer. Los anticonceptivos son entendidos por los mismos profesores como un ataque hacia la virilidad masculina. Del SIDA, además, solo conocen las estadísticas. Nada más. Es un fantasma que se abre paso afectando incluso a los niños y contra el que es inútil luchar. ¿Quién puede ganar a un fantasma?

Las tazas de te se han vaciado. Mister Kariuki y la profesora Scholastica han perdido la sonrisa que lucían al inicio del descanso y salen de la sala de profesores con la mirada perdida, como sus compañeros. Unos y otros pasan por debajo de la bandera de Kenia para dirigirse a sus respectivas clases mientras los alumnos, advirtiendo la presencia de los profesores, corren para volver a las aulas. Los instantes solemnes de la mañana ya han pasado y la letra del himno nacional resuena lejos dentro la mente de los profesores. En comparación con otros países de África, Kenia tiene una educación más que aceptable, pero ¿Esto tiene mérito cuando te comparas con el infierno?


 


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