Anuario 2002

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La sucesión de Moi
La eterna reforma constitucional

Una de las realidades más asumidas por la población keniana sobre su vida política y institucional es la corrupción. Justamente por eso, cuando el Gobierno cedió definitivamente a las presiones internas y externas y convocó las primeras elecciones multipartidistas desde la independencia del país nadie se fiara. Se crearon partidos políticos, se hicieron manifestaciones, pero todo el mundo sabía que el presidente Daniel Arap Moi acabaría ganado ese round como lo había hecho con los anteriores. En las elecciones del 1997 pasó exactamente lo mismo y, finalmente, cuando el 2001 el Gobierno informó de la creación de una Comisión para la Revisión de la Constitución en Kenia (CKRC) a la gente se le metió el miedo en el cuerpo. Una de las pocas reformas democráticas incuestionables introducidas el 1992 había sido el establecimiento de un máximo de dos mandatos de cinco años por presidente. Moi los había agotado ganando el 1992 y el 1997, lo que hacía sospechar que la nueva comisión era solo un intento del Ejecutivo para poder poner una vez más al eterno presidente en el poder. Aún y así, el grupo Ufungamano, integrado por la oposición y representantes de la sociedad civil para exigir una reforma constitucional, acepto unirse a la CKRC como un mal menor. La decisión, con el tiempo, ha acabado dando sus frutos.

El partido gubernamental KANU había puesto al frente de la comisión al ideólogo de la reforma, Yash Pal Ghai, confiando que favorecería sus intereses. Sin embargo, con la introducción d’Ufungamano dentro del órgano reformador los hechos tomaron un rumbo absolutamente diferente. De una reforma destinada a eternizar la presencia de Moi en el poder se pasó a un borrador constitucional que limitaba los poderes presidenciales. KANU, además, luciendo una falta de previsión admirable, aceptó apoyar el mayo del 2002 un paquete de reformas del sistema electoral que se introduciría en la nueva Constitución. Estas reformas iban directamente dirigidas a terminar con el sistema electoral por circunscripciones uninominales que había favorecido al partido de gobierno en las dos últimas elecciones. Cabe especificar que KANU firmó los acuerdos pensando en la creación de un nuevo cargo, el de primer ministro, que podría ser ejercido por Moi. Así se respetaba el principio de las dos legislaturas y el eterno presidente no abandonaba los órganos del poder. Sin embargo, el cargo se convertía cada vez más en algo simbólico, dejando el poder en manos del Ejecutivo y el Parlamento. La nueva Constitución planteaba un nuevo marco con dos cámaras, un gabinete formado por 15 miembros y la posibilidad del “impeachment” (moción de censura) al primer ministro. Este poder, mucho más descentralizado que el sistema actual, venía reforzado por el nuevo sistema electoral basado en la introducción de la representatividad. Así, los escaños no se conseguirían según las circunscripciones uninominales ganadas (como en el sistema inglés) si no que se pasaba a la introducción de un determinado número de escaños por partido según su porcentaje de voto. Teniendo en cuenta que KANU, gracias al sistema vigente, con un 39 por ciento de los votos el 1997 se había hecho con 107 de las 210 circunscripciones del país, manteniendo la mayoría, el nuevo sistema los perjudicaba enormemente. La reforma impulsada por el Gobierno se giraba en su contra y podía ocasionar una perdida casi absoluta del poder para KANU.

El Gobierno, consciente después de los acuerdos electorales de mayo de su situación, decide actuar. El buen ritmo de la CKRC hasta el momento se frenaba para posponer la aprobación de la nueva Constitución hasta el octubre. La nueva fecha afectaba también a las elecciones previstas para diciembre y se entraba en un callejón sin salida: o se posponían las elecciones o la reforma constitucional no se aprobaba hasta después de las mismas. Ninguna de las dos posibilidades atraía al Gobierno de Moi y, finalmente, llegado octubre se decidieron por crear la vía más favorable a sus intereses. KANU, después de unas vacaciones de invierno (verano en Europa) suficientemente conflictivas debido a la designación de Uhuru Keniatta como nuevo candidato del partido, había de crear unas condiciones tan favorables como fuera posible para ganar las elecciones. Así, el partido gubernamental se justifica diciendo que no quiere una Constitución precipitada y se niega a firmar las resoluciones de octubre de la comisión constitucional sin un requisito básico: la nueva Carta Magna no verá la luz hasta después de las elecciones. La CKRC no tiene otra opción que aceptar.

La nueva Constitución pasa a convertirse en un punto más dentro de los programas electorales de los partidos. Los dos principales candidatos a la presidencia, Uhuru Keniatta (por KANU) y Mwai Kibaki (por la Coalición Nacional Africana del Arco Iris, NARC), han prometido una nueva Constitución después de los comicios. La promesa sorprende por su realismo ya que los dos lideres presuponen que el pueblo no confía en ver la nueva Carta Magna. Kibaki ha prometido tener una nueva Constitución en 100 días si gana, mientras Keniatta, mucho menos concreto, ha dicho que se necesitarán unos seis meses después de las elecciones para prepararlo todo. Mientras tanto, la expectativa, sea cual sea el ganador, se mantiene en cual será la resolución que finalmente se consolidará después de los comicios. Los más pesimistas afirman que se seguirá el modelo de Zambia, donde el actual presidente, Frederick Chiluba, ganó unas elecciones a inicios de los 90 encabezando una plataforma reformista y diez años después sigue sin una nueva Constitución. Por lo que respeta a los optimistas no pierden la esperanza en los nuevos lideres y afirman que también se puede seguir el ejemplo de Nelson Mandela en Sudáfrica quien, después de ganar las elecciones, acabó definitivamente con el “apartheid” sin establecer reformas revanchistas. Quizás la respuesta a estas dos visiones está en delimitar si el sistema keniano está más cerca de Zambia o de Sudáfrica.


 


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