Anuario 2002

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La sucesión de Moi
La escuela de los niños embrujados

Los niños embrujados

Ben Kithua es uno de los muchos profesores empleados en las escuelas primarias del Gobierno de Kenia. Su destino es el centro elemental de Mitaboni, una tranquila población a unos setenta kilómetros de la capital del país, Nairobi. Vestido con un traje viejo de profesor respetable, Kithua esconde sus cuarenta y tantos años detrás de una afable sonrisa que aclara a todo aquel que quiera dudarlo que el oficio de profesor es mejor de lo que parece. Quizás porque Kithua tampoco dedica toda la semana a hacer de profesor, quizás porque ha encontrado un nuevo significado a esta profesión.

Kithua dedica tres de los cinco días lectivos de la semana a atender a sus alumnos. Los otros dos deja las aulas para coger el “matatu”, el curioso transporte público keniano, para visitar todos los pueblos de la zona de Machakos donde se encuentra ubicada la escuela. Su función durante esas dos jornadas será el primer paso de una larga cadena dedicada a luchar contra las supersticiones y recuperar la dignidad de la infancia. El profesor se convierte durante unas horas en detective y hurgará por pueblos y comunidades hasta descubrir nuevos casos de lo que podríamos denominar como niños “embrujados”. Son niños con diferentes tipos de discapacidad mental que permanecen escondidos de la enseñanza pública por una mezcla de creencias tradicionales, ignorancia cultural y miedo social. Los padres, al darse cuenta que su hijo no es como los demás, sólo lo pueden atribuir a un motivo: la magia. Algún enemigo secreto les ha lanzado un hechizo que marcará a su hijo de por vida. Los médicos del hospital seguramente intentarán por todos los medios hacer comprender a los padres que su hijo sufre una enfermedad pero después del parto estos no volverán más a un hospital, que les cuesta dinero y es incapaz de solucionar hechizos. Así, el pequeño dejará su condición de ser humano en la cuna para convertirse en una maldición y una desgracia que esconder de los vecinos. Solo la intervención de alguien como el profesor Ben Kithua podrá deshacer este circulo maldito creado por la superstición.

Kithua, una vez localizado un niño “embrujado” irá a casa de sus padres e intentará razonar con ellos para que acepten llevarlo a la Unidad Especial de la Escuela Primaria de Mitaboni. Este centro, creado como otros a iniciativa del propio equipo docente, funciona como un internado donde se lucha con medios inexistentes para recuperar la dignidad de los niños “embrujados” y volverlos a convertir en personas aptas para incorporarse a la vida. El problema radica en que cuando Kithua llega a casa de los niños, estos están normalmente abandonados a su suerte por la propia familia. El pequeño es asimilado muchas veces como algo parecido a un animal al que se ha de dar de comer pero por el que cualquier cuidado mayor es un desperdicio de tiempo y dinero. Así, en medio de un entorno ya de por sí pobre, el niño normalmente aparece sucio, mal alimentado y con un nivel de educación absolutamente precario. Entonces Kithua ha de hacer lo imposible para convencer a los padres de que su hijo puede superar sus limitaciones para vivir con cierta normalidad. Lo difícil, sin embargo, es que para conseguirlo hace falta internarlo en la escuela y eso cuesta 4.000 chelines al trimestre (unos 57 euros). Para una familia keniana tal cantidad supone un esfuerzo económico importante y los padres pocas veces comprenden la utilidad de dar educación a un niño tocado por una maldición. Para ellos el estado de su hijo ya es irremediable y la escuela no lo cambiará. Cuando se llega a esta encrucijada Kithua no tiene más remedio que recurrir a argumentos mucho menos dignos y seducir a los padres con el aliciente que será la escuela quien se encargue absolutamente del pequeño durante todo el curso. Si después de varias visitas del profesor aceptan, Kithua ese día acabará su trabajo con la satisfacción de tener un niño más al que pueden “desembrujar”.

La Unidad especial

La unidad especial es un edificio apartado por un descampado del resto de aulas de la escuela primaria de Mitaboni. Un dormitorio con precarias literas y una pequeña aula conforman la nueva casa de los niños “embrujados”. La cocina y el lavadero se encuentran al aire libre, al igual que el improvisado comedor consistente básicamente en un trozo de descampado debajo la amable sombra de un almendro. Los 22 niños actualmente alojados en el centro tienen una nueva familia compuesta por sus maestras, la directora Muthuku, Doris Wasike y el citado profesor Kithua. Además, también hay la cocinera para las dos comidas diarias y el director general de la escuela, Gregory Mutua, quien controla el funcionamiento de la unidad especial. Los tres profesores destinados a la unidad especial no tienen una formación diferente a la del resto de docentes kenianos. Han pasado por la universidad para estudiar Magisterio pero nadie les había enseñado cómo se debe instruir a niños con discapacidades mentales concretas. Desde la creación de la unidad especial, hace aproximadamente diez años, han aprendido a fuerza de instinto, esfuerzo e innovación.

Lo primero, cuando llega un niño nuevo a la escuela, es darle unos hábitos de conducta para que aprenda a cuidar de sí mismo. Así, el niño, hasta entonces sucio y desaliñado en su propia casa, aprende a lavarse, hacerse la colada y ayudar en las tareas que requiere la vida en la escuela. Un primer paso fundamental para demostrar que ningún embrujo puede con la fuerza de la voluntad. El siguiente nivel, más complicado, es el educativo. La directora Muthuku, presente en el centro desde su fundación, ha trabajado dividiendo el aula de trabajo en tres niveles diferentes según la evolución de los muchachos. Desgraciadamente, la unidad especial no puede hacer distinciones entre las diferentes discapacidades que se engloban en el aula (autismo, síndrome de down...) por lo que los grupos vienen marcados por el ritmo de aprendizaje. Así, desde un inicio se trabajará para que desde pequeños vayan aprendiendo a fuerza de repetición conceptos básicos como colores, instrumentos de la vida cotidiana y, a ser posible, algunos números y letras. Cuando un alumno supera los tres niveles definitivamente se le envía a participar de algunas de las clases elementales de la escuela primaria, con lo que se ayuda a su inserción social. Aun y así, pocos son los que consiguen llegar a este nivel final.

Un alumno al que llamaremos John es el mayor de la escuela, con 22 años, y el único que en el verano del 2002 había conseguido superar el largo descampado que separa la unidad especial de las aulas de primaria. A su edad era perfectamente consciente de su diferencia con sus nuevos compañeros de estudio (de seis a ocho años) pero la felicidad que le embargaba el nuevo destino remarcaba que el trabajo de la escuela había conseguido quitarle el estigma de embrujado.

El trabajo continúa

El profesor Ben Kithua recuerda uno de los últimos discursos del ex presidente Daniel Arap Moi (24 años en el cargo) en el que remarcaba el trabajo de los centros como los de Mitaboni para la reinserción de los niños discapacitados. Sin embargo, Kithua lamenta que las palabras no vayan acompañadas por hechos. Son pocas las unidades especiales como la de Mitaboni diseminadas por el país y muchas veces son iniciativa del centro estudiantil, por lo que no reciben ayudas especiales. La directora Muthuku destaca, además, que los pagos trimestrales de las familias no suelen ser regulares ya que muchos niños son hijos de otros “embrujados” por lo que su cuidado recae directamente en el centro. Los profesores, al recoger un niño padre de padres discapacitados, ya saben que estos no podrán pagar la escuela. Eso conlleva que la comida, por ejemplo, vaya a cargo de las ayudas eclesiásticas y que no siempre llegue para dar una alimentación completa a los alumnos. La supervivencia del centro, por lo tanto, es un milagro que se renueva solo con la fuerza de voluntad de los profesores. Se les podría preguntar a este equipo de docentes por qué siguen insistiendo en un trabajo tan poco valorado. La respuesta, sin embargo, es sencilla. A los pocos días de llegar los niños recuperan la sonrisa y sus miradas, alejadas en una realidad de infancia perpetua, dan gracias porque alguien vuelva a considerarles personas y no simples maldiciones.


 


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