Anuario 2002

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Brasil
Lula gana las elecciones brasileñas por abrumadora mayoría
Los Sin Tierra creen que es posible “otro Brasil” con Lula

El Movimiento de los trabajadores rurales Sin Tierra (MST) está convencido que el nuevo Gobierno de Lula tendrá un papel trascendental para “democratizar” la propiedad de la tierra en Brasil. Los Sin Tierra abogan por una reforma agraria. En los últimos 30 años, los gobiernos brasileños, tanto militares como civiles, han proclamado la necesitad de esta reforma, pero no se ha aplicado ninguna política efectiva para mejorar la situación del campo brasileño.

Contrarios a las medidas tomadas durante la presidencia de Cardoso, los Sin Tierra apuntan que bajo su mandato Brasil ha padecido ocho años un modelo económico neoliberal muy agresivo que sólo ha hecho aumentar el sufrimiento de los campesinos. Dicen que la política agrícola del Gobierno de Cardoso se ha subordinado a los objetivos de la política económica general y que se ha priorizado la apertura del mercado brasileño a los productos del exterior por el estímulo que suponía para el país la entrada de capital extranjero.

La política de Cardoso ha hecho aumentar el éxodo de los campesinos hacia zonas urbanas. A pesar de que este fenómeno suele ser un proceso natural y constante en la mayoría de sociedades, en el caso brasileño resulta espectacular por el volumen y por la velocidad en qué se producen estas migraciones. Según estadísticas oficiales, en el periodo de 1970-90, más de 30 millones de personas emigraron principalmente hacia las grandes ciudades, dando lugar al nacimiento de las grandes metrópolis. También aumentó la migración interna. El éxodo hacia otros países ha sido otro hecho destacable: más de 500.000 brasileños han emigrado a Paraguay, Bolivia y Argentina, buscando trabajo en el campo. Muchos de ellos han terminado volviendo a las grandes metrópolis brasileñas.

El Movimiento Sin Tierra, que nació por la conjunción de varios factores socioeconómicos entre 1975 y 1985, ve en Lula un presidente más próximo y dialogante. El pasado 8 de noviembre, la Coordinadora Nacional del MST presentó un documento en qué daban todo su apoyo al nuevo presidente electo.

El MST es la continuidad de las luchas campesinas. Durante la época colonial (hasta aproximadamente el 1800), los indios y negros protagonizaban la lucha contra los explotadores de tierras y los colonizadores. A finales del siglo XIX y principios del XX, surgieron movimientos campesinos que seguían un líder carismático. En las décadas de los 30 y 40, tuvieron lugar diferentes conflictos en varias regiones con ocupantes de terrenos abandonados. Entre 1950 y 1964, el movimiento campesino se organizó y surgieron las Ligas Campesinas, la Unión de los Labradores y Trabajadores Agrícolas del Brasil (ULTABs) y El Movimento de los Agricultores Sin Tierra (MASTER): Movimientos que fueron aniquilado por la dictadura después de 1964 y sus principales líderes fueron asesinados, encarcelados o en el mejor de los casos, exiliados. A partir de 1979, con la lucha por la democratización, surgió una nueva forma de lucha: estas particulares “batallas” se fueron convirtiendo en más masivas y se iniciaron las ocupaciones de tierras organizadas por decenas o centenas de familias. La transición política en Brasil, tras la dictadura, y con el impulso de la Iglesia en tareas de pastoral, animaron a estos campesinos para que se organizaran. En concreto, la Comisión Pastoral da Tierra dio el empujón definitivo para que se articulara el movimiento. A principios de 1984, los participantes de estas ocupaciones realizaron el primero encuentro, dando nombre y articulación al Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), en un congreso en el Estado de Paraná, con la participación de 1.500 delegados de todo Brasil.

En un país con dimensiones de continente, con haciendas que tienen áreas superiores a un millón de hectáreas (la más grande tiene 30.000 kilómetros cuadrados de superficie) el latifundismo es visto por los Sin Tierra como la principal causa de los problemas agrarios. Los latifundistas o grandes propietarios de tierras se agrupan en torno la Unión Democrática Rural (UDR). La distribución de la tierra al Brasil es descompensada y muestra grandes contrastes. El 1% de los propietarios tiene el 46% de todas las tierras; mientras que el 90%, algo menos del 20%. Todavía es más grave si se tiene en cuenta que sólo el 50% de las tierras son cultivadas y que hay unos 4.800.000 millones de familias sin tierra. El Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (INCRA) es la institución del Gobierno encargada de la Reforma agraria.

El diputado federal Aloisio Mercadante, del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva, en un artículo publicado en Folha de Sao Paulo el mayo pasado, revela datos que detallan la gravedad de la crisis en el campo. Otros estudios realizados por organismos del Gobierno, por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística y por la Fundación Getulio Vargas también apuntan como catastrófico el modelo adoptado hasta ahora para resolver la situación del campo en Brasil. Para empezar, entre 1985 y 1996, el número de personas que subsistían gracias a la agricultura disminuyó en 5.500.000 millones. Dos millones de estos asalariados rurales perdieron el trabajo especialmente en el sector de la caña, el algodón, el cacao y el café.

De 1970 a 1985, los subsidios para la agricultura sumaban un total de 31.000 millones de dólares. A partir del 1985, estas ayudas desaparecieron y actualmente, no hay. Es importante recordar que los países miembros de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) destinan anualmente 360.000 millones para subsidiar su agricultura.

En la década de los 80, Brasil importaba los productos que el país no podía producir (trigo, manzanas…) con un coste de unos mil millones de dólares anuales. De 1995 a 1999, la media anual aumentó considerablemente a 6.800 millones de dólares. Esto significa que se compran productos en el extranjero que el Brasil también puede producir. Un ejemplo es el algodón: en 1996 era el mayor exportador y hoy es el tercero importador.

En 1994, la renta agrícola era de 78.300 millones de reales brasileños mientras que en 1999, la cantidad era significativamente menor: 72.400 millones.

Con la llegada de Cardoso a la presidencia del país, la situación del campo empeoró. Satisfecho de la reforma agraria que ha realizado en el país después de haber expropiado 14 millones de hectáreas (más o menos tres veces Bélgica), el Gobierno de Cardoso esconde que millones de estas hectáreas públicas fueron acaparadas por grandes empresarios, como por ejemplo el propietario de la constructora CR Almeida de Paraná, que obtuvo una área de cuatro millones de hectáreas a la región de Pará. Y todavía hay en Brasil 3.065 propietarios rurales que se apoderaron de 93.000.000 de hectáreas, o sea el 11% del territorio nacional.

Durante el periodo de 1975-1985, el proceso de desarrollo neoliberal en la agricultura fomentó la concentración de terrenos, y esto ocasionó que muchos campesinos se encontraran sin tierra.

Dentro los Sin Tierra no hay ninguna jerarquía, es decir, se organizan en comisiones de campesinos: comisiones de municipios, comisiones estatales, la Comisión Nacional… También se organizan con comisiones en los asentamientos y los acampamentos, las dos formas de ocupación adoptadas por los Sin Tierra. El Congreso Nacional se celebra cada cinco años. Y anualmente, se hacen reuniones por estados o de las comisiones ejecutivas, administrativas… A nivel municipal, los Sin Tierra se agrupan en torno el Sindicato de Trabajadores Rurales, y a nivel de central sindical, el MST se articula en la Central Única de los Trabajadores (CUT). Relacionados con organizaciones como l’ASSESSOAR y el Proyecto Tecnologías Alternativas, están en contacto con todas agrupaciones campesinas en América Latina y tienen el apoyo de asociaciones de trabajadores y ONG de Europa y Canadá.

La Constitución del Brasil apunta que el Gobierno tiene que planificar una reforma agraria para que las propiedades sean productivas. La cuestión es que no está definido el concepto de “propiedad productiva”. Como que este es uno de los puntos del conflicto, los campesinos creen que su lucha es legal y legítima. Estas luchas abarcan un amplio abanico de tipologías: manifestaciones a la calle, concentraciones regionales, audiencias con gobernadores y ministros, huelgas de hambre, campamentos en las ciudades o junto a las haciendas expropiadas, ocupaciones de instituciones públicas como l’INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria) y ocupaciones de las tierras expropiadas por los sucesivos gobiernos.

Los Sin Tierra apuestan por ser un movimiento masivo, y quieren concienciar a los brasileños de las zonas urbanas que una reforma agraria beneficiaría el conjunto del país. Y señalan que, por el “beneficio común”, todas las formas de presión popular son válidas.

Desde 1984, más de 3.900 latifundios se han transformado en asentamientos y más de 450.000 familias han resultado beneficiadas de ello. Los Sin Tierra dicen que el desarrollo de la producción en los asentamientos es “impresionante” en comparación con el de las tierras expropiadas por los gobiernos de turno.

Gracias a la fuerza del movimiento, los campesinos han logrado una línea de crédito para estos asentamientos: una aportación anual del gobierno brasileño de unos 100 millones de dólares.

El 2001, había un total de 108.849 asentamientos y 75.730 campamentos.

Pero los Sin Tierra van más allá. Ven la educación como factor clave para el desarrollo de las zonas rurales: hace falta que todo el mundo tenga acceso a la enseñanza para ser alfabetizado, especialmente en los asentamientos, donde a menudo se olvida este aspecto porque las familias se dedican íntegramente a la tierra. Aún así, unos 80 Sin Tierra están matriculados en universidades del país; un hecho inimaginable pocos años atrás.

Cardoso, cuando optó por primera vez a la presidencia del Brasil, en 1995, apuntó que era un “país injusto” porque 32 millones, de los 160 que tiene, viven en la pobreza absoluta, a pesar de tener en 1993, un PIB de 446.000 millones de dólares. Los Sin Tierra le recriminan que no haya hecho nada para poner remedio a la injusticia que detectó el presidenciable. Según ellos, el presidente brasileño hasta el uno de enero del 2003 actuó contra estas protestas sociales sin contemplaciones. El movimiento contaba con el apoyo mayoritario de la opinión pública en Sao Paulo, Río de Janeiro y otros ciudades importantes pero en cambio, a nivel local y estatal, los gobernadores, funcionarios locales y terratenientes aliados de Cardoso organizaron violentas represiones y procesos judiciales para acabar con el movimiento campesino. Pero debido a la fuerza de las quejas de los Sin Tierra, el Gobierno se vio forzado a incluir la reforma agraria en la agenda política y en reconocer el MST como un actor clave para solucionar el conflicto al campo. El cambio a la presidencia del Brasil es bienvenido por los campesinos.

Los Sin Tierra también critican el modelo que sólo beneficia a las empresas multinacionales y que compromete los recursos naturales para las generaciones futuras. No sorprende su firme oposición al proyecto del ALCA (Área de Libre Comercío de las Américas), que el movimiento entiende como una subordinación a los intereses de los Estados Unidos.

Por otra parte, consideran los campesinos encarcelados por alguna de las acciones cometidas como “presos políticos”. Actualmente, 29 personas están encarceladas, 25 en Pará y 4 en Sao Paulo. Se han hecho varias campañas para reclamar la libertad de los encarcelados. También se han hecho llamadas de atención a la comunidad internacional, buscando comprensión y solidaridad.

El MST tiene muchas debilidades: entre los sueños y la realidad siempre hay un abismo. Los Sin Tierra tienen sus propias propuestas, con las cuales aseguran poder garantizar trabajo para todo el mundo, producir alimentación abundante, generar bienestar social y conseguir igualdad de derechos y deberes entre todos los brasileños. Quieren eliminar la discriminación de la mujer, difundir valores humanistas y preservar el medio ambiente. Creen que ahora, el modelo es agresivo con todos estos sectores: el medio natural, las mujeres, el modo de producción… “Reorganizar el territorio para asegurar un buen nivel de vida”, podría ser su lema. Pero esta lucha diaria parece más propia de una novela de realismo mágico. El MST se encuentra constantemente con dificultades que intenta esquivar con imaginación, firmeza y esperanza. Pero a menudo con eso no hay suficiente. Su discurso humanista, propio incluso de una actitud existencial, está ceñido a un código de diez Mandatos Éticos que sintetizan el compromiso de los campesinos con la tierra y la vida. La conocida “mística” de los Sin Tierra es una forma de religiosidad pagana: como según ellos tienen la fuerza moral, confían en su victoria. Y ganar significa una reforma agraria para equilibrar la situación al Brasil. Creen que el socialismo es la única alternativa al orden social y económico neoliberal que los oprime. Su mística se refuerza con una serie de actividades colectivas, que magnifican su vertiente espiritual: El canto, el teatro, la poesía… Es un movimiento cargado de fuerza simbólica.

El MST, diecinueve años después de ser fundado, ahora confía que con la llegada de Lula da Silva a la presidencia del Brasil cambie la política agraria que han ido adoptando los diversos gobiernos. El perfil del nuevo presidente electo, fundador del Partido de los Trabajadores, alimenta la esperanza de los campesinos.

 


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