Anuario 2002

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El superviviente de la crisis latinoamericana se encuentra atrapado en la mayor crisis de gobierno de los últimos 12 años
La sombra de Pinochet

La detención del general Augusto Pinochet en Londres en 1998, a petición del juez Baltasar Garzón, hizo revivir la polémica sobre como juzgar a los dictadores. Esto provocó en cierta forma una distorsión de la verdadera relevancia del dictador en la política interna chilena.

Cuando Pinochet fue arrestado, muchos de los jefes militares que le acompañaron en el golpe de 1973 habían sido sustituidos por una nueva hornada de oficiales más jóvenes; el segundo gobierno democrático, con el democristiano Eduardo Frei al frente, estaba consolidado y las elecciones del 2000, que supondrían el triunfo de Ricardo Lagos, estaban a punto de celebrarse. La mayoría de chilenos tenían claras sus prioridades, una de ellas enterrar el pasado. Pero que Pinochet se convirtiera en el centro de atención internacional durante meses, permitió ver que todavía su sombra continua siendo muy alargada en Chile.

La “Carta a los Chilenos” que Pinochet envió des de Londres fue esencial para que once historiadores chilenos publicasen “El manifiesto de los historiadores”. En este escrito se apunta que hace treinta años que algunos sectores de la sociedad chilena manipulan la historia del último medio siglo del país para controlar la opinión pública. Esta tendencia a falsificar la historia chilena es potenciada por la mayoría de medios de comunicación ya que este sector de poderosos tiene acceso casi monopólico a radios, cadenas de televisión, agencias de noticias y periódicos; así controlan todo lo que se dice y el cómo sobre la dictadura de Pinochet.

Distintos puntos del ideario pinochetista siguen vivos. El primero de ellos tienen que ver con la idea que la intervención dictatorial militar (1973-1990) fue una “epopeya nacional”. Los pinochetistas sostienen que el Gobierno de Unidad Popular del presidente Allende habría impuesto un sistema un sistema opresor de las libertades y de los derechos a favor de un “sangriento socialismo marxista”. Para que esto no sucediera, los “hombres de armas” actuaron; para reimplantar la pérdida de unidad del país. Esta interpretación oficial de la historia chilena es la que se suele transmitir en los principales medios de comunicación del país.

Según los historiadores las verdaderas causas de la crisis vivida por Chile a principios de los 70 deben buscarse en las decenas y decenas de años de gobierno de la oligarquía, de los conocidos popularmente por momios.

Pinochet y sus colaboradores nunca lucharon por Chile, porque según el Manifiesto, no se lucha por la dignidad de los chilenos cuando se violan los derechos humanos de miles de desaparecidos, centenares de miles de torturados, prisioneros y exiliados.

Y es que los historiadores basan su escrito en el testimonio de los sectores populares, de los miembros de partidos de izquierdas, de los movimientos sindicales, de los marginados y los perseguidos. La voluntad del escrito es conciliar Chile con su historia real.

No es fácil. No es fácil en una sociedad dividida prácticamente en dos partes iguales, irreconciliables y excluyentes; un Chile que sorprendió la opinión pública internacional cuando la justicia británica decidió liberar el general, y no se manifestó en contra como era de esperar; especialmente a ojos de los europeos. Europa había recibido una importante ola de exiliados chilenos que habían contado las atrocidades del régimen militar, y era difícil de entender que el sentimiento de ira y repulsa al dictador no fuera unánime.

El régimen militar y el éxito económico que años después le acompañó, anularon el debate político nacional y Pinochet se ganó la lealtad ciega de la clase media. El 1988, en el referéndum para la democracia en Chile, un 43% de los votos fueron para el general. Con ello, en este plebiscito la opción al “no” a la continuidad del general en el poder se impuso. El 1990 en las primeras elecciones democráticas, la Concentración democrática, la coalición de gobierno que aún dirige Chile, se impuso a la derecha tradicional chilena. Muchos de los dirigentes de la Concentración ahora lamentan haber sido tan dóciles con los pinochetistas porque permitieron que las fuerzas que apoyaban al general entraran dentro del sistema democrático y se presentasen ante la sociedad chilena como una clara opción de poder. Y la derecha chilena, hoy en día, continua siendo cavernaria y fascista. No se “pasaron cuentas”.

Chile se ha construido sobre la base de este consenso y esta opción, la del consenso, es una realidad irreversible en la democracia del país: Si la democracia no ha avanzado más rápidamente, ha sido precisamente por la fuerza y poder de la derecha chilena escondida en este consenso. Aunque el proceso hacia la democracia tampoco se ha paralizado.

Muchos analistas apuntan que el Chile del siglo XXI no es una democracia vigilada ni su gobierno está estrictamente sometido al permanente control de los militares. El protagonismo del Ejército es cada vez menor, y aunque se deben hacer reformas políticas importantes (en especial la “democratización” del Senado), el progreso democrático, sobre todo los avances en los derechos humanos, es muy notable.

La sociedad se siente profundamente identificada con el sistema. La derecha política se ha incorporado a la democracia, y aunque el fantasma de Pinochet existe, hay quien se encarga de taparlo.

La estrecha victoria en los comicios de diciembre del 2001 de la coalición de la Concentración dificulta la gobernabilidad del Ejecutivo de Lagos porque ya no tiene mayoría absoluta en las dos cámaras. La oposición, liderada por Joaquín Lavín, presidente de la Alianza por Chile, asume que en las próximas elecciones, la derecha puede volver al poder. Lavín se ha encargado de negar la realidad, con declaraciones como que “su campaña, su equipo” no tienen ni un origen pinochetista. Según el dirigente de la derecha, ni la Unión Democráta Independiente (UDI) ni Renovación Nacional (RN), los dos partidos que forman la Alianza, no han gobernado nunca. Ni estas formaciones hay partidarios y no partidarios de Pinochet.



El papel de Lagos en el caso Pinochet

El Gobierno de Ricardo Lagos ha intentado poner el punto y final al Caso Pinochet con el apoyo del resto de partidos, excluyendo los extraparlamentarios comunistas. Durante la gestión de Lagos se ha cerrado la herida reabierta por la solicitud de extradición de Garzón des del punto de vista jurídico.

El actual presidente chileno había sido detenido durante la dictadura porque era miembro de la izquierda socialista; pero ahora, ha querido actuar con prudencia para intentar abrir una nueva etapa para Chile. Lagos encargó al jefe de las Fuerzas Armadas, Juan Emilio Cheyre, que negociara la retirada y dimisión de Pinochet con el dictador; hizo que el arzobispo de Santiago, Javier Errázuriz, fuese testimonio de la renuncia del general y que entregara al Senado la carta de dimisión de Pinochet, y que el presidente de esta Cámara, Andrés Zaldívar, consiguiera el visto bueno a la renuncia por parte de todos los partidos con representación democrática.

Eso no significa que la herida se haya cerrado. El sistema electoral sigue siendo poco democrático: la Constitución se debe reformar; la composición del Congreso chileno no representa las diferentes sensibilidades existentes en el país y se debe eliminar el Consejo de Seguridad Nacional integrado a partes iguales por militares y representantes políticos. Esta última cuestión provoca que algunas decisiones presidenciales resulten afectadas por ello, y que el Ejército no esté totalmente subordinado al poder civil.

Los familiares de las víctimas asesinadas o de los desaparecidos durante la dictadura, así como los torturados que todavía están vivos, la izquierda comunista y las organizaciones de Derechos Humanos, creen que el Caso Pinochet debe seguir vivo. Apuntan que es una bofetada la impunidad del dictador, pero en especial que se haya producido bajo el mandato de un Gobierno de orientación progresista como el de Ricardo Lagos.

Optar por esta solución pragmática des del punto de vista político, aunque cuestionable moralmente, hizo que Lagos consiguiera una solución eficaz, mientras empezaba a funcionar la Corte Penal Internacional, un organismo para juzgar a los criminales de guerra.

Para los simpatizantes pinochetistas y para el propio dictador, la impunidad ha sido la mejor salida puesto que el general disfruta de una pensión y del fuero, viviendo en una finca en el campo chileno. Hoy en día, en la Fundación Pinochet se agrupan los “incondicionales” del general, miembros del Ejército y poderosos empresarios de ideología de extrema derecha. Y es que la derecha chilena ha intentado desmarcarse de la figura de Pinochet. Los dos partidos políticos de la llamada derecha pinochetista (Unión Demócrata Independiente- UDI- y Renovación Nacional- RN-) padecen una fase de amnesia y ninguno de sus dirigentes hablan sobre la dictadura y el régimen militar, que hasta la detención de Pinochet había elogiado.

Según la psicóloga especialista en el caso chileno, Elisabeth Lira, un sector de la sociedad chilena sigue “enfermo de terror y pánico”. Después de la detención de en Londres del general, en Chile aumentó el número de torturados durante la dictadura que reclamaron ayuda psiquiátrica. “La tortura es una de las experiencias traumáticas más dramáticas que puede padecer un ser humano”, apunta la psicóloga; y las víctimas vivas del régimen (los torturados) estarán durante toda su vida marcados por la dictadura. Aunque las cifras no son claras, el número de torturados es “terrorífico”: la vicaria de la Solidaridad tiene registrados 104.000 casos, mientras que la Comisión chilena de Derechos Humanos estima que fueron unas 500.000 personas las torturadas por el régimen.

 


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