Anuario 2003

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India estrecha la mano a China y a Pakistán
El camino del diálogo para resolver el conflicto de Cachemira

La cumbre de Sur de Asia ha sido el marco del encuentro histórico entre los dirigentes de las dos potencias nucleares, vecinas y rivales, que han mantenido al mundo en vilo durante años. El 6 de enero, la declaración conjunta “hemos hecho historia” sellaba un acuerdo para iniciar las negociaciones de paz para Cachemira en febrero de 2004. “No hay vencedores ni perdedores”, añadió Musharraf, “es una victoria para el mundo”. Desde 1947, los dos países se disputan el territorio. Al menos doce grupos distintos luchan por la independencia del estado de Cachemira desde 1989. Catorce años después, las víctimas siguen engordando una lista de 40.000 muertos, según la versión oficial y de 80.000, según los independentistas.

A principios de enero de 2004, el primer ministro indio, Atal Bahari Vajpayee, ha visitado Islamabad. “Si queremos resolver este asunto (el de Cachemira), ambas partes necesitamos dialogar con flexibilidad”, anunció, el 18 de diciembre de 2003, el presidente de Pakistán, Pervez Musharraf. Según el dirigente paquistaní, India y Pakistan debían encontrarse “en un punto medio”. Nueva Delhi también había anunciado que iba a esforzarse por llegar a un acuerdo que acabase con el conflicto que les enfrenta desde hace cincuenta años. De momento, han cumplido con sus intenciones.

El éxito de las futuras negociaciones, previstas para febrero, depende en gran parte del grado de “flexibilidad” que Musharraf y Vajpayee estén dispuestos a asumir. Varios analistas internacionales han señalado el plebiscito, que Pakistán exige y que las Naciones Unidas han respaldado en varias ocasiones, como el eje que va a marcar el próximo encuentro. Opinan que si Pakistán sigue “exigiéndolo todo” (que sean los cachemires quienes decidan a qué país debe pertenecer su estado), entonces “no van a obtener nada”. Sin embargo, Musharraf ya ha hecho alusión a la posibilidad de renunciar a él. También han advertido de que India está aprovechando la tranquilidad actual para acelerar la construcción de una valla en la línea de control que divide Cachemira, y de que tal acción no denota “sinceridad” en la voluntad de acercamiento. Nueva Delhi, que controla el 45 por ciento de el estado cachemir con mayoría de población musulmana, insiste en que es depositaria de su soberanía porque en 1947, durante la partición del subcontinente, el marajá que gobernaba Cachemira decidió incorporarse a India al sentirse amenazado por grupos tribales paquistaníes.

Para que los dos rivales nucleares acordasen el alto al fuego que ha permitido sentar las bases para el encuentro de enero de 2003, la relación entre ambos ha ido suavizándose a lo largo de 2003. En realidad, los lazos diplomáticos han tenido que restablecerse después de que el 8 de febrero, India expulsase al embajador paquistaní Jalil Abbas Jilani, tras acusarlo de cooperar con grupos separatistas en Jammu y Cachemira. El atentado al Parlamento indio en diciembre de 2002 ya había provocado que el año nuevo no empezase con buenas expectativas para las relaciones entre India y Pakistán. Nueva Delhi responsabilizó a Islambad y, al día siguiente, India afirmó que había derribado un avión espía paquistaní en Cachemira. El presidente paquistaní, Pervez Musharraf, negó que India hubiese derribado ningún avión, de la misma manera que niega, tanto a India como a Estados Unidos, el apoyo que le acusan de dar a musulmanes extremistas que actúan en las fronteras de Cachemira y Afganistán.

El primer ministro indio, Atal Bahari Vajpayee, se quejó, en una conferencia sobre el terrorismo celebrada el 10 de febrero en Nueva Delhi, de que Pakistán justificaba la violencia como medio para luchar por la libertad -refiriéndose al conflicto que enfrenta a los dos países por esta zona del Himalaya-. Y Vajpayee añadió que Estados Unidos lo consentía a cambio de obtener ayuda en Afganistán. Así que después de 50 años de conflicto y el precedente del año anterior, durante el cual India y Pakistán casi llegaron a su cuarta guerra, no se sabía si la tensión en la frontera desembocaría en la deseada paz o si los enfrentamientos iban a seguir subiendo de intensidad. De hecho, la adquisición de armamento y las pruebas de misiles han sido, un año más, común denominador en la política india y paquistaní, y los sucesos de los primeros cuatro meses del año ya auguraban lo peor. En un ataque de guerrillas islamistas a un puesto de policía en Cachemira murieron 11 personas; pocos días después, el 13 de marzo, murieron al menos 13 al estallar un autobús. Y como cosecuencia, el 22 de marzo, India y Pakistán enviaron más efectivos a Cachemira.

La delicada situación del conflicto de Jammu y Cachemira dio un inesperado giro con la primera visita de un primer ministro indio a Cachemira desde 1986. El 18 de abril, Atal Bahari Vajpayee anunció que quería dialogar con Pakistán para resolver el conflicto y el 2 de mayo India ofreció a Pakistán la reapertura del tráfico aéreo y los lazos diplomáticos. Aunque esta voluntad conciliadora fue una buena noticia en medio de lo que en muchas ocasiones ha parecido la guerra de nunca acabar, el discurso también se interpretó como una demostración de la voluntad de soberanía de India sobre Cachemira. Y tampoco hay que olvidar que anteriormente ya se habían producido otros intentos de acercamiento –como el viaje de Vajpayee a Lahore (Pakistán) en 1999 o el de Musharraf a Agra (India) en 2001- que resultaron infructuosos.

Acercamiento inesperado

El primer ministro indio describió el inesperado acercamiento como “el tercer y último esfuerzo” de su vida para solucionar este conflicto. El 4 de mayo llegó el anuncio del restablecimiento de comunicaciones por carretera, tren y aire e Islamabad propuso también la reapertura de las embajadas. Al día siguiente, India nombró un nuevo embajador en Pakistán. Pero al margen de las negociaciones políticas, la violencia seguía perpetuándose a pie de calle. Y esto acabó repercutiendo en el diálogo.

El 17 de agosto India negó estar preparando una acción militar en la línea de control en Jammu y Cachemira, tras la pertinente acusación paquistaní. Y después, el Ejército indio afirmó que Pakistán seguía entrenando a rebeldes musulmanes. El 28 de septiembre murieron 15 guerrilleros islámicos en un enfrentamiento con soldados indios en Cachemira. Dos días después, “The Washigton Post” publicó que los soldados indios habían matado a los guerrilleros porque estaban intentando penetrar en la zona controlada por la India. Así que las acusaciones entre los dos bandos y la desconfianza mutua ralentizaron el avance de las conversaciones.

Esfuerzos conciliadores

El nuevo gobierno del estado de Cachemira, elegido en las polémicas elecciones de septiembre de 2002 y liderado por Mufti Mohammed Sayeed, propuso tratar el problema de un modo distinto y cambiar la represión por el diálogo. La propuesta tiene una buena acogida entre la población cachemir, harta de vivir en un ambiente bélico, pero los ataques que han tenido lugar este año pueden interpretarse como un recordatorio de que los guerrilleros no quieren moderación. El 23 de marzo, Abdul Majid Dar, líder independentista, fue asesinado tras proponer diálogo con India. El 24 de marzo, en el pueblo de Nadimarg (a nueve kilómetros de Srinagar) un grupo de hombres armados irrumpió en las casas a medianoche. Veinticuatro personas murieron fusiladas después de ser ser colocadas en fila. Entre las víctimas, todas hindúes y de la minoría pandit, había dos niños. O bien los guerrilleros estaban demostrando su rechazo a la contención o bien, según interpretaron los medios de comunicación locales, los independentistas musulmanes estaban intentando ahuyentar a las minorías para aumentar su fuerza en Cachemira. De hecho, después de la matanza de Nadimarg, la mayoría de pandits quería marcharse del estado. Tras el lamentable episodio, India acusó a Pakistán. Musharraf negó toda responsabilidad y condenó los ataques. Pocos días después, ambos anunciaron nuevas pruebas de misiles nucleares.

El martes 18 de noviembre, el Gobierno del estado de Jammu y Cachemira anunció que, durante el año que llevaban en el poder, los incidentes violentos se habían reducido un 16%. Aunque la noticia es esperanzadora, el análisis de la situación no puede regirse por el optimismo. Sin ir más lejos, el mismo día un tiroteo entre soldados indios y supuestos rebeldes acabó con un policía federal muerto y otros dos heridos. Un pequeño grupo militante cachemir, Al-Mansurain, llamó a los periódicos locales para atribuirse el ataque al puesto de control cercano a los cuarteles militares indios. Al día siguiente, las tropas indias colocaron explosivos en un edificio cercano al cuartel donde se escondían guerrilleros. Con la explosión, el edificio sufrió daños importantes y el fuego se extendió al bloque de al lado. Desde el interior los rebeldes disparaban a los policías que les rodeaban. Se desconoce cuántos eran los que disparaban y tampoco se sabe a qué grupo pertenecían.

Ante ejemplos como este y después de tantos años y varios intentos fallidos, puede parecer que la paz nunca va a llegar a Cachemira. Y que cualquier solución aceptable en Islamabad va a ser rechazada en Nueva Delhi y viceversa. Pero la perpetuación del conflicto no beneficia a ninguno de los dos países y, pragmáticamene, dificulta enormemente su incorporación al escenario económico mundial. Sobre todo en un momento en el que la vinculación con el terrorismo se ve como una mancha en la imagen de cualquier país. El 10 de abril India insistió en que Estados Unidos no contribuía a que Pakistán dejase de ayudar a las guerrillas que actúan en la zona india de Cachemira, y avisó de que podría emprender una acción militar contra su vecino con el mismo derecho que Estados Unidos había actuado “ante la amenaza iraquí”. Quizás porque Occidente no desprecia nuevos mercados potenciales o quizás porque la lucha antiterrorista es la cruzada de principios de este siglo, la presión internacional ha aumentado en la zona. India pide que Estados Unidos presione a Pakistán. Y el ministro paquistaní de Asuntos Exteriores ha declarado que Cachemira es un conflicto equiparable al palestino y que por tanto, merece la misma dedicación. Tras haber superado con éxito la necesidad imperante de un primer encuentro, las esperanzas se depositan en las conversaciones de enero.

 


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