Anuario 2003

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La guerra en Irak, el “caso Kelly” y el euro llevan la crisis al Gobierno británico
Otra crisis en la monarquía británica

La monarquía británica no consigue mantenerse al margen del escándalo público. A principios de noviembre volvió a ser tema de portada en los periódicos –aunque por orden judicial algunas publicaciones del país y extranjeras fueron censuradasæ por un presunto “incidente sexual” en el que podría estar implicado el príncipe Carlos. La apresurada reacción del gabinete de comunicación de los Windsor, un tanto desafortunada, no ayudó a desmentir la noticia, sino a darle más credibilidad. Este suceso, sumado a los ya “habituales” escándalos que se la han atribuido a la familia real británica, podría sumir a la Casa Real británica en la mayor crisis desde la desatada por la muerte de la princesa Diana.

George Smith, antiguo empleado de los Windsor, denunció que había visto al príncipe Carlos en una situación sexualmente comprometida con su asistente, Michael Fawcett, en la habitación del primero. Esta dura acusación fue remitida por el mismo Smith a la princesa Diana quien, al parecer, la grabó en una cinta que ahora está en manos del ex mayordomo de la princesa, Paul Burell –un personaje que ya salió a la luz pública en 2002 por haberse quedado con pertenencias de la princesaæ. Los diarios italianos Il Corriere della Sera y La Repubblica fueron los primeros en difundir la noticia, el 8 de noviembre. Una semana antes, las acusaciones de Smith ya estaban listas para salir publicadas en el rotativo británico The Mail on Sunday, pero esta declaración, comprometedora para el príncipe Carlos, fue censurada por una orden judicial que había promovido uno de los afectados, Fawcett. Otros diarios británicos rechazaron la orden de no publicar la noticia argumentando que a través de internet todos los ciudadanos podían conocer el escándalo. Estas publicaciones intentaron esquivar los obstáculos legales contando la noticia pero sin contarla, es decir, haciendo referencia al tema pero evitando dar detalles que comprometieran al príncipe de Gales.

A mediados de noviembre, sin embargo, la censura fue más lejos al prohibir la distribución de publicaciones extranjeras en las que se explicaba el affaire del heredero de la corona británica. Las empresas distribuidoras de periódicos en el Reino Unido se abstuvieron de repartir o incluso destruyeron los ejemplares extranjeros. En respuesta a este bloqueo deliberado de la distribución, las empresas editoras podrían emprender acciones judiciales en contra de la “censura”. 7.000 ejemplares de Le Monde fueron retirados del mercado. Lo mismo les pasó a publicaciones como Il Corriere della Sera, Libération, Le figaro o La Stampa. Los quioscos británicos justificaron la falta de estos rotativos extranjeros por los “retrasos”.

La sucesión de escándalos protagonizados por la Casa Real británica ha provocado que cualquier rumor que circule en torno a los Windsor se dé por válido. Escándalos como el sonado divorcio del matrimonio de la princesa Diana con el príncipe Carlos; la presentación en sociedad de la amante del heredero, Camila Parker-Bowles; las denuncias, el año pasado, del mismo George Smith en las que aseguraba haber sido violado por un empleado de los Windsor, que podría haber sido Michael Fawcett; las declaraciones del ex mayordomo de Lady Di, Paul Burrell, que confesó haberse quedado con pertenencias de la princesa; o la muerte de ésta en un sospechoso accidente de tráfico. Todos estos sucesos han mermado la credibilidad de los británicos en su monarquía.

Este nuevo escándalo, sin embargo, va más allá que todos los anteriores porque pone en entredicho la sexualidad del príncipe de Gales. La comparecencia del secretario privado de Carlos, Michael Peat, frente a los medios de comunicación para negar la noticia cuando ésta aún no había sido difundida en su totalidad, no ayudó a desmentirla, sino que provocó que se difundiera la duda de lo que realmente podría haber ocurrido. Fue una decisión precipitada y mal tomada por parte de la Casa Real, ya que los medios de comunicación habían hablado de que un miembro de la familia real podría estar implicado en un escándalo sexual, y Michael Peat salió ante las cámaras para defender que el príncipe Carlos no había participado en ningún incidente de ese tipo, haciendo público, así, de qué miembro de la familia se trataba.

El heredero a la corona británica volvió de un viaje oficial por la India y reunió a su hijo, el príncipe Guillermo, a su novia, Camila Parker-Bowles, y a sus asesores más próximos en su residencia de Highgrove, para discutir cómo afrontar el escándalo. Finalmente decidieron que lo mejor era que el príncipe Carlos no compareciera frente a las televisiones, ni que concediera entrevistas a la prensa. Con esa táctica esperaban que los medios de comunicación se olvidaran del suceso.

El daño, sin embargo, ya estaba hecho. Tras este escándalo, el príncipe de Gales, según algunos analistas, podría optar por ceder el cargo de heredero a su hijo mayor, el príncipe Guillermo.

Pero el 2003 tuvo tiempo para acabar de apuñalar la imagen de la monarquía británica. A mediados de noviembre se descubrió que un sirviente de la Casa Real británica, Ryan Parry, había estado durante dos meses ocultando su verdadera identidad: periodista del diario Daily Mirror. El periódico publicó un reportaje de 15 páginas en las que se ponía en evidencia el sistema de seguridad del Buckingham Palace, ya que aparecían fotos del periodista posando en el balcón principal y en diferentes salas de la residencia real. El Daily Mirror es un diario explícitamente anti-Bush y es por esa razón que aprovechó la visita, a mediados de noviembre, del dirigente norteamericano y de su séquito a Londres ælo que movió un importante contingente de seguridadæ para burlar la seguridad del Palacio inglés a través de la infiltración de Parry en la casa. Y lo hizo. El periodista consiguió el trabajo a través de una agencia, enviando su documentación real y dos referencias de trabajo: una real y la otra falsa. Las medidas de comprobación de los datos del nuevo sirviente fueron insuficientes, y se basaron, principalmente, en comprobar sus antecedentes penales, que no tenía. A Parry le dieron el trabajo y pudo entrar con una cámara fotográfica. La Casa Real británica no se dio cuenta hasta que vieron publicado el reportaje. En éste el periodista afirma que incluso podría haber asesinado a Bush o a la reina, ya que tenía acceso a las dependencias de todos ellos. Parry había servido personalmente el desayuno a Condoleezza Rice o a Colin Powell.

El Buckingham Palace anunció que denunciaría al Daily Mirror y al periodista por haber transgredido el contrato de confidencialidad al publicar fotos del interior del recinto real y explicar las interioridades de los Windsor.


 


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