Anuario 2004

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El descrédito de la invasión de Irak copa el protagonismo de un año centrado en las elecciones
EE UU bendice a George W. Bush con un mandato más

El mundo en general, y Estados Unidos en particular, estuvieron marcados este año por las elecciones presidenciales celebradas el 2 de noviembre. Con un 51% del voto popular, George W. Bush, el actual presidente y candidato republicano, fue reelegido para cuatro años más. Su rival en las urnas, el senador de Massachussets John F. Kerry, del Partido Demócrata, obtuvo un 48% de votos.

Las elecciones estadounidenses destacaron por una alta participación, cercana al 60%, que se situó muy por encima del 53% de media registrados en los cuatro comicios anteriores.

El recuento final de papeletas dio a Bush 60.608.582 votos, lo que se traduce en 286 votos electorales de los 538 en liza. Por su parte, Kerry obtuvo 57.288.974, con lo que ganó 252 votos electorales. Y por último, el candidato independiente y ecologista, Ralph Nader, se hizo con 406.924 votos, que no le otorgan ningún voto electoral.

Los resultados finales quedaron un tanto alejados de los previstos por los sondeos, sobre todo los realizados horas después de cada uno de los tres debates que enfrentaron a los candidatos. Aun así, todas las encuestas previas sí vaticinaron cuáles iban a ser los estados que tendrían un papel clave en el mapa electoral estadounidense: Ohio, Pennsylvania y Florida. Cada uno de estos estados se caracterizaba por dos motivos: el primero, por contar con más de 20 votos electorales (Ohio, 20, Pennsylvania, 21, y Florida, 27). En cuanto a votos electorales, no son los estados más poblados: Texas, por ejemplo, cuenta con 34, Nueva York con 31, o California con 55. Sin embargo, el color del que se teñirían estos estados estaba más que claro. El primero, patria chica de Bush, siempre ha sido rojo republicano, mientras que los dos segundos, habitados por la progresía de Hollywood y por miles hispanos en la costa oeste, y la izquierda cool en la este, siempre ha sido azul demócrata. Así, Ohio, Pennsylvania y Florida, aparte de contar con muchos votos electorales, tenían otra particularidad: ser un swing state o “estado bisagra”. Con este nombre se conoce a los estados que en cualquier mapa antes de las elecciones se pintan de morado, lo que significa que, históricamente, se han movido entre la afinidad al partido republicano o al demócrata. El primer estado en declinarse hacia uno u otro candidato fue Pennsylvania, confirmado a las pocas horas de haber empezado el recuento. Las quinielas de ambos partidos fijaban que quien fuera capaz de ganar en dos de estos tres estados, ganaría las elecciones. En el imaginario demócrata, además, apareció Florida en el año 2000. Fue en este estado del sureste donde en las últimas elecciones se fraguó uno de los mayores escándalos de la historia de las elecciones estadounidenses. En los anteriores comicios, miles de papeletas a favor del candidato demócrata, Al Gore, fueron invalidadas. A ello se sumó que, en una controvertida decisión, se prohibió ejercer el voto a personas con antecedentes judiciales. Con esta criba se apartaba de la arena electoral, sobre todo, a negros e hispanos, tradicionalmente afines al asno demócrata. Además, el dificultoso sistema de votaciones mediante las papeletas llamadas “mariposa”, llevó a muchos demócratas a votar erróneamente al candidato ultraconservador Pat Buchannan. Con todos estos indicios de fraude, Al Gore impugnó al Tribunal Supremo el resultado de Florida. Quien ganara en este estado, ganaría las elecciones. Pero el Tribunal Supremo ordenó la paralización del recuento manual de votos, dando de este modo la victoria a Bush, que alcanzó la Casa Blanca con menos votos populares que su rival. Estos antecedentes hacían presagiar que el “estado bisagra" de Florida caería en manos demócratas. Pero el recuento se encargó de mostrar una realidad diferente: Bush obtuvo los 27 representantes del Colegio Electoral del estado, fruto de los 400.000 votos de ventaja respecto a Kerry. Sin duda una mala noticia para el Partido Demócrata, que confió demasiado en que Florida castigaría a los republicanos por su fraude electoral. Y es que Kerry no tuvo en cuenta varios factores: por un lado, el apoyo republicano de los condados del norte y del sur del estado; por otro el carisma del gobernador de Florida, Jeb Bush, hermano del candidato republicano, que goza de un índice de popularidad de casi un 70%. Además, Kerry soslayó el envejecimiento e hispanización -en Florida viven millones de cubanos exiliados y disidentes del régimen de Fidel Castro- de una población que, tradicionalmente, es partidaria del elefante republicano.

Con la amplia y clara victoria en Florida, que muchos utilizaron para legitimar la victoria de Bush en 2000, las miradas se fueron hacia el norte, y con ellas, un ejército de abogados. En total se movilizaron 20.000 letrados de ambos partidos, y junto a ellos, otro ejército, aunque en este caso de voluntarios. El objetivo de todos ellos era vigilar y evitar que se repitiesen las irregularidades de 2000. En el norte se halla el tercer “estado bisagra”, Ohio.

Con 20 votos electorales, muchos sondeos previos lo teñían de azul demócrata, bajo pretexto del alto índice de paro que azota el estado. La fuerte recesión económica que vive todo el país se hizo más lacerante en esta zona, donde habitan 11 millones de personas y existe un fuerte asentamiento industrial. Esta recesión ha causado en los últimos cuatro años un aumento del índice de paro en un 1,9%, situando a Ohio en un índice del 6%. Con este dato en la mano, los demócratas aplicaron silogismos varios para creer asegurado los 20 votos electorales. Mientras tanto, Ohio era consciente de que todo el mundo tenía su mirada puesta sobre ellos. Además, la historia guardaba un curioso dato que hacía a este estado del medio este aún más importante: ningún presidente republicano de EE UU había llegado a la Casa Blanca sin imponerse en Ohio. Para asegurar la limpieza de las votaciones, un tribunal de tres magistrados de la Sexta Corte de Apelaciones autorizó, a las cuatro de la mañana del 2 de noviembre, que en las mesas de votaciones estuvieran presentes representantes de ambos partidos para evitar un posible fraude. Pero éste no existió y Bush obtuvo la mayoría de votos populares que le sirvieron para llevarse los 20 votos electorales y, consecuentemente, la victoria en las elecciones.

El hecho de que la victoria republicana en este tercer “estado bisagra” fuera por algo más de 130.000 votos, hizo pensar a muchos que la situación de Florida iba a repetirse, debido a los rumores sobre posibles errores en el recuento, la falta del escrutinio del voto por correo y el hecho de que aún faltaran por contar miles de papeletas provisionales. Estas papeletas se daban a aquellos cuyo derecho a voto no estaba confirmado el día de las elecciones, por lo que se les permitía votar aunque la validez de sus votos se otorgara cuando se les legitimase como votantes.

Consciente de esta bolsa de votos aún sin dueño, el candidato a vicepresidente demócrata, John Edwards, manifestó, el mismo 2 de noviembre en un discurso ante sus seguidores, que no se harían concesiones hasta que no se hubieran contado todos los votos de Ohio. Desde su púlpito en Boston, ciudad donde se ubicó el cuartel general del Partido Demócrata, Edwards añadió que “hemos esperado cuatro años para esta victoria, podemos esperar una noche más”.

Sin embargo, al día siguiente de la jornada electoral, John Kerry llamó a George Bush para felicitarle por la victoria, y por ende, reconocer su derrota. El candidato derrotado compareció ante los medios para aclarar que “la victoria la dan los votantes, no los tribunales”. De este modo, aclaraba que ni él ni su partido iban a impugnar el resultado de Ohio ni a reclamar un nuevo recuento de las papeletas. En su alocución, un apesadumbrado Kerry reconocía su derrota aunque aseguró que “aunque la campaña ha acabado hoy, sigue la lucha”. Además, comentó los pormenores de su breve conversación con el candidato vencedor. Según Kerry, la charla duró unos cinco minutos y en ella ambos políticos valoraron “el riesgo de división del país y la indispensable necesidad de unidad para encontrar un terreno de entendimiento”.

Desde el bando republicano se valoró la conversación en idénticos términos. Fuentes oficiales tildaron la charla de “cortés”. Conscientes de su victoria, el partido de Bush no esperó al recuento en Ohio para proclamar su victoria. La mañana del miércoles 3 de noviembre, el jefe de protocolo de la Casa Blanca, Andrew Card, se presentó ante sus seguidores para festejar con ellos la victoria y asegurar que la ventaja de Bush en Ohio era “estadísticamente imposible de remontar”. Card, además, aseguró que Bush obtendría un total de 286 votos electorales con los que lograría una “victoria decisiva”.

Finalmente, a las tres de la tarde del 3 de noviembre, justo una hora después de la comparecencia de Kerry, apareció Bush en el Centro Ronald Reagan de Washington, cuartel general de los republicanos, para proclamar su victoria y realizar las primeras declaraciones como presidente reelecto de EE UU. En su alocución triunfal, Bush felicitó la campaña de su rival y destacó tanto la alta participación registrada como el hecho de que su candidatura hubiese sido la más votada en la historia del país. Asimismo, Bush se dirigió a los votantes de Kerry a los que pidió su apoyo “para hacer el país más fuerte”, para de este modo, “continuar nuestro progreso económico”. El recién reelegido presidente apuntó que otro objetivo de su próximo mandato iba a ser apuntalar las “democracias incipientes de Irak y Afganistán para que nuestros soldados vuelvan a casa con el honor que se han ganado”. Todo ello sin olvidar que en la política nacional iba a defender “los valores de familia y de la fe”.

Con la consecución de Ohio por parte del bando republicano, Bush podía considerarse vencedor ya que superaba los 270 votos electorales necesarios para acceder al 1600 de Pennsylvania Avenue, en Washington. A pesar de la victoria republicana, dos estados no adjudicaron sus votos hasta dos días después. Tanto Iowa como Nuevo México, que juntas suman 12 votos y que en 2000 fueron demócratas, sufrieron problemas con el voto por correo y con los lectores ópticos de las papeletas. Al final, ambos estados cayeron del lado de Bush, aunque de no haber sido así, tampoco hubieran modificado el resultado final. Así pues, con los estados ya coloreados de rojo, Bush obtuvo 286 representantes por 252 de Kerry.

La inapelable victoria de Bush en las presidenciales no fue la única buena noticia para los republicanos. Además de estos comicios, el primer martes después del primer lunes de noviembre de cada año divisible por cuatro, también se votaba la formación de la Cámara de Representantes y la renovación de un tercio del Senado. En ambos órganos, que juntos forman el Congreso de EE UU, ganaron los republicanos, hecho que muchos analistas consideran como una bendición para Bush, que tendrá en su nuevo mandato todos los vientos a favor.

En el Senado, o Cámara Alta, se renovaba un tercio de sus 100 miembros. En total entraban en liza 34 asientos, que hasta el día de las elecciones 19 eran demócratas y 15 republicanos. Con el recuento efectuado, esta situación ha cambiado. Así, el Senado estadounidense, formado por 100 miembros, dos por cada uno de los 50 estados (el Distrito de Columbia no se considera estado de facto), quedará con 55 senadores republicanos por 44 demócratas, más uno independiente. Entre los nombres propios de las elecciones al Senado destacan, Barack Obama, demócrata de Illinois que se convirtió en el tercer afroamericano en obtener un asiento en la Cámara Alta. También consiguieron un escaño los senadores hispanos Ken Salazar, demócrata de Colorado, y Mel Martínez, republicano de Florida. Con ellos dos, suman cinco los hispanos que han obtenido asiento en el Senado. Pero, sin duda, el mayor batacazo y la mayor sorpresa la protagonizó el ya ex líder de la minoría demócrata en la Cámara Alta, Tom Daschle, de Dakota del Sur, que se convirtió en el primer líder de un partido en más de medio siglo que perdía los comicios en su estado.

Los republicanos extendieron su dominio, también, a la Cámara de Representantes. En la Cámara Baja los compañeros de partido de Bush obtuvieron una cómoda victoria, aunque quizás no tanto como se esperaba. En total consiguieron 231 asientos, cuatro más que en 2000, por 200 los demócratas, tres menos que 2000. Un asiento fue para un candidato independiente, y aún restan tres escaños por confirmar.



Ocho meses marcados por la seguridad nacional, Irak y Bin Laden

Más de 1.000 millones de dólares gastados en una carrera contrarreloj iniciada oficialmente el pasado 6 de marzo. Estos datos reflejan una parte de lo que fue la campaña electoral para la presidencia de EE UU, aunque a la vista del continuo cruce de acusaciones entre los dos candidatos, bien parecía que lo que se votaba el 2 de noviembre era el nombre del comandante en jefe del Ejército estadounidense. Y es que durante el largo maratón de precampaña, los temas que más veces se repitieron fueron Irak y la lucha contra el terrorismo.

Irak ha sido fuente inagotable de discusiones, discursos, dimes y diretes. Durante el año se confirmó que en el país árabe ni había ni se estaban desarrollando armas de destrucción masiva, gracias a testimonios como los del ex jefe de la misión estadounidense encargada de buscar estas armas en Irak, David Kay. El ex representante estadounidense afirmó ante el Senado que la CIA había exagerado el potencial nuclear del país árabe. En septiembre, un informe del Gobierno de EE UU verificó las palabras de Kay. Pocos días después, el 21, Bush intervenía ante la ONU para reivindicar la legitimidad de la guerra de Irak. Por otro lado, a principios de octubre, empezaron a surgir las primeras voces cercanas al Gobierno que dudaban públicamente de la situación en Irak. Una fue la del ex administrador civil de EE UU en Irak, Paul Bremer, que afirmó que su país nunca dispuso de tropas suficientes para ganar la guerra en Irak. El otro, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, manifestó sus dudas sobre los vínculos entre Al Qaeda y Sadam, aunque luego rectificó. También el propio Bush admitió, a finales de agosto, haber calculado mal los riesgos de la posguerra en Irak. El presidente hizo estas declaraciones días antes de la Convención Republicana, con lo que su calado quedó rápidamente tapado por montañas de confeti. Los titubeos desde la Administración norteamericana empezaron a calar entre la sociedad, situando el nivel de popularidad de Bush en cotas inferiores al 50%. Un dato que, estadísticamente, le pondría muy difícil su reelección. Además, las noticias que llegaban de Irak no eran nada, halagüeñas. La situación empeoraba cada día más y la cifra de fallecidos estadounidenses ya superaba los 1.000 soldados.

Pero la campaña no se centró allende las fronteras norteamericanas. Si bien es cierto que la economía, el (des)empleo o el seguro médico tuvieron cierta resonancia mediática, ninguno de estos asuntos o issues -como se denomina en EE UU los temas de campaña- pudo hacer sombra a un tema, el de la seguridad, que desde septiembre de 2001 ha pasado a ser el centro de las vidas de los norteamericanos. La elección del presidente se convirtió, por tanto, en escoger cuál de los dos candidatos estaba mayor capacitado para proteger al país ante un eventual ataque terrorista. Para recordar a los ciudadanos que la protección era un tema primordial, desde la Casa Blanca se aumentó el nivel de alerta ante un posible ataques terrorista. El secretario de Seguridad Interior, Tom Ridge, elevó en agosto la alerta antiterrorista hasta el color naranja, considerada la cuarta en una escala de cinco. Acto seguido, Bush recibió críticas por hacer uso electoral del temor y del sistema de colores creado ad hoc para avisar de posibles ataques.

Sin embargo, y a pesar de la importancia de los temas de Irak y del terrorismo, la victoria se decantó finalmente por la fidelidad a los valores morales, en parte gracias al trabajo, oscuro en muchas ocasiones, del jefe de campaña republicano, Karl Rove. Rove, uno de los más despiadados a la par que brillantes estrategas políticos de la última década, fijó que quienes darían la reelección a Bush sería la comunidad de los evangélicos. Entre esta comunidad, que representa casi una quinta parte de los votantes estadounidenses, casi cuatro millones de personas no votaron en los comicios de 2000. El objetivo de Rove fue convencerlos de la importancia de su voto para preservar los valores morales americanos, de los que siempre hacía gala su jefe de filas, George W. Bush. El plan fue un éxito ya que el presidente revalidó su victoria con casi tres millones y medio más de votos.

Pero si la estrategia de Rove finalmente no resultaba exitosa, las campañas de uno y otro partido ya estaban definidas, de igual modo que sus mensajes. Por un lado, los republicanos insistirían que una victoria de Kerry supondría un mayor peligro para la seguridad nacional del país y una mayor intromisión del Gobierno en la gestión de la asistencia médica. Por el otro, los demócratas defendían que la victoria de Bush acentuaría el aislamiento internacional de EE UU, conllevaría una privatización del sistema estatal de jubilaciones y, anatema, la vuelta del servicio militar obligatorio.

No obstante, el trabajo previo realizado por ambos partidos a punto estuvo de venirse abajo por la inesperada aparición del hombre que ha centrado la opinión pública y la política estadounidense en los últimos tres años. Osama Bin Laden, renovado en su cargo de enemigo número uno a raíz de los atentados del 11 de septiembre, aparecía en un vídeo difundido por la cadena qatarí Al Jazeera, en el que advertía a EE UU de que su seguridad no estaba en manos de Kerry, ni de Bush ni del Al Qaeda, sino en sus propias manos. Bin Laden, además, indicó que el presidente estaba engañando al pueblo norteamericano, y, en alusión al 11-S, aseguró que “siguen existiendo razones para repetir lo que ya ocurrió”. A pesar de la importancia del vídeo, en el que el terrorista saudí aparecía con inmejorable aspecto, los sondeos posteriores no revelaron si la cinta tuvo una influencia definitiva en la elección de los norteamericanos. De hecho, muchos analistas no supieron realmente a quién iba a favorecer realmente el comunicado. Por una lado, el mayor favorecido podía ser Bush, que había subrayado en su campaña el tema de la seguridad y se había postulado como único abanderado para conseguirla. La cinta de Bin Laden dio argumentos al republicano para demostrar que EE UU seguía estando bajo la amenaza terrorista. Aunque, por otro lado, el demostrarse que Bin Laden seguía vivo implicaba dos cuestiones: que Bush no lo había atrapado todavía y que tenía infraestructuras para lanzar mensajes cuando y como quisiera. Así pues, la cinta que no beneficiaba plenamente ni a Bush ni a Kerry, sólo podía ayudar a una persona: Bin Laden, quien gracias a su aparición polarizó aún más el debate entre los dos candidatos, debilitando de este modo a su enemigo atávico, EE UU.



Una larga campaña finalizada con tres debates

La campaña electoral viajó por casi todo el territorio estadounidense, aunque pronto, con la igualdad cada vez más latente en los sondeos y la confirmación de cuáles iban a ser los estados con un papel realmente importante, los candidatos sólo se centraron en unos pocos objetivos. A principios de campaña se consideró como “bisagra” los siguientes estados: Florida, Pensilvania, Ohio, Michigan, Missouri, Minnesota, Wisconsin, Colorado, Iowa, Arkansas, Nevada, Nuevo México, Oregón y Virginia Occidental. Con los días y los sondeos, los candidatos se centraron en los tres primeros, que, además sumaban juntos 68 votos electorales. De ahí que en los últimos días de campaña, sus mítines fueran casi exclusivamente en estos tres estados. Por ejemplo, Kerry visitó Florida y Ohio en 26 ocasiones, y Pensilvania en 22. Por su lado, Bush hizo campaña en Ohio 17 veces y 18 en Pensilvania.

Entre viaje y viaje por toda la geografía norteamericana, se llegó a la recta final de una campaña electoral durante la cual, el cruce de acusaciones entre Kerry y el presidente George W. Bush fue in crescendo hasta el mismo día de las elecciones. Unas denuncias que se mantuvieron en cada uno de los tres debates celebrados.

El primero se celebró el 30 de septiembre en la Universidad de Miami. El hecho de escoger esta ciudad no fue por la belleza de sus playas, sino porque Florida estaba considerado como uno de los swing states, y porque fue el estado que dio la victoria a Bush en 2000. El tema vehicular de los 90 minutos de debate fue Irak. Bush aseguró que la paz estaba cercana, mientras que Kerry recordó la situación de descontrol existente en el país árabe. En lo único que coincidieron los candidatos fue en su patriotismo, que les llevó a afirmar que defenderían mejor las tropas en el extranjero. Además, destacaron que la seguridad interior es fruto de una buena política exterior.

A partir de eso todo fueron desavenencias: Bush afirmó que el mundo está más seguro sin Sadam Hussein en el poder, y que la democracia en Irak es sinónima de seguridad en EE UU. Por su parte, Kerry recordó que no se hallaron armas de destrucción masiva en Irak y que Sadam no tenía relación alguna con los atentados del 11-S y con Osama Bin Laden.

El demócrata se presentó en el escenario de Miami con su esposa Teresa Heinz, vestida de riguroso blanco, y con un traje oscuro con corbata roja. Bush estuvo acompañado por su mujer, Laura Bush, también de blanco, y con traje oscuro pero con corbata azul. El tema de las corbatas no es baladí, puesto que ambos candidatos usaron colores presentes en la bandera norteamericana. Sus esposas apoyaron el simbolismo de sus maridos con sendos traje chaqueta blancos como las estrellas de la bandera, en una tendencia que se repetiría en los otros debates.

Según todos los sondeos realizados al finalizar el cara a cara, el vencedor fue Kerry. Los republicanos aseguraron que el presidente se encontraba con un poco de fiebre. A ello puede sumarse la configuración del escenario, dos atriles y un moderador, que resultó un tanto incómoda para Bush.

El segundo debate tuvo lugar el 8 de octubre en San Luis, Missouri. El formato era distinto al primero, ya que los candidatos respondían las preguntas del moderador de pie y sin estar detrás de un atril. Las cuestiones fueron leídas por el periodista del canal ABC,Charles Gibson, que las había recopilado del público: 140 personas indecisas, 70 prorrepublicanas y 70 prodemócratas. La posibilidad de poder gesticular, moverse libremente por el escenario y decir en voz alta el nombre de quien formulaba la pregunta permitió ver a un Bush más cómodo y eso se notó en los resultados finales, aunque los sondeos dieron, de nuevo, aunque con un ligero margen, victorioso a Kerry.

El tema sobre el que versó el choque fue otra vez Irak, aunque hubo momentos para la política interior. Kerry acusó al presidente de haber atacado al país árabe sin el consenso de la comunidad internacional y sin un plan realista para la posguerra. Igualmente, el demócrata lanzó duros reproches a su adversario por, según él, haber ignorado los problemas de la clase media, como el desempleo, el deterioro de la protección sanitaria, los déficit de educación y las agresiones al medioambiente. Bush se defendió tildando al demócrata de ser “uno de los senadores más liberales de EE UU” -algo que puede considerarse un insulto-. También le recriminó su blandura en los temas concernientes a defensa, su poca capacidad para ser comandante en jefe, y sus continuos cambios de parecer.

El tercer y último debate se celebró el 13 de octubre en Tempe, Arizona. Como en los dos anteriores, ambos candidatos llegaban empatados en intención de voto. En el tercer y último cara a cara, Irak no se llevó todos los minutos, y los aspirantes pudieron centrarse en los temas de política interior, como la seguridad, la sanidad y la economía. En Tempe, Kerry acusó a Bush de ser el primer presidente en 72 años que destruye puestos de trabajo al finalizar su mandato y avanzó que subiría los impuestos a los más ricos para aprovechar ese dinero para impulsar mejoras destinadas a la clase media. Bush, por su parte, defendió su gestión al frente de la Casa Blanca, y recordó sus continuas bajadas de impuestos. Además, el presidente rechazó la autorización de los matrimonios entre homosexuales y recordó que en EE UU hay ciudadanos de minorías dueños de empresas y de sus propias casas. En este sentido, ambos candidatos aludieron a los inmigrantes ilegales y a la posibilidad de legalizar su situación en el país. Además, Kerry quiso destacar que a pesar de ser el país más rico del planeta, hay muchos niños sin seguro médico.

A los debates presidenciales debe añadirse el que se celebró el 5 de octubre en Cleveland y que enfrentó a los dos candidatos a vicepresidente: el republicano Dick Cheney, actual vicepresidente de EE UU, y el demócrata John Edwards, senador de Carolina del Norte. En esta ocasión, los sondeos reflejaron un empate entre el viejo halcón y el risueño orador. En este tipo de debates, los segundos espadas de la candidatura se dedican tanto a defender las propuestas de su partido, como a justificar y ensalzar cualquier acto o palabra de su presidente. Cheney y Edwards hablaron, sobre todo de Irak, y al respecto repitieron los mismos argumentos que Bush y Kerry. En el cara a cara, además, ambos futuribles vicepresidentes se mostraron mucho más agresivos y menos comedidos que sus jefes. Mientras Cheney acusó a Edwards que su candidato a presidente, Kerry, no era apto para seguir adelante la guerra contra el terrorismo, el senador replicó con fuerza, repitiendo varias veces que entre Al Qaeda e Irak no existía ninguna conexión y acusando a Cheney de los negocios, nada esclarecidos, que la empresa que presidía, Halliburton, realizó en Irak.



Las convenciones marcan el programa de los partidos y impulsan a su candidato

Si los debates, como cenit de la campaña electoral, son la penúltima estación en la larga contienda en pos de convencer a los votantes, el paso anterior son las convenciones. En el bando republicano, George W. Bush, no tuvo que pasar por el proceso de primarias puesto que su condición de presidente saliente de un primer mandato le convertía en candidato a la reelección. Este cargo le fue adjudicado durante la Convención Republicana, celebrada a principios de septiembre en el Madison Square Garden de Nueva York. Entre unas impresionantes medidas de seguridad y rodeados de miles de activistas contrarios a la guerra de Irak, la plana mayor republicana se reunió para lanzar arengas contra los demócratas y exponer ante 2.509 delegados las líneas básicas de actuación del partido: posicionamiento contra el aborto; rechazo al reconocimiento de cualquier tipo de unión entre homosexuales; limitación de la investigación con células madre; oposición al control de armas; restricción del acceso a la beneficencia social y aumento de la promoción de la abstinencia sexual como método de planificación familiar

Durante el encuentro de los republicanos en Nueva York se quiso dar una imagen de cohesión y de fuerza. Sin embargo, existe una corriente dentro de la base del partido que se aleja de la posición ultraconservadora del programa que aplican Bush y sus acólitos. Es por esto que los mítines de los miembros de la derecha más extrema se celebraron a primera hora de la tarde, cuando las audiencias y la repercusión de las soflamas son menores. Como representantes del sector más moderado, destacaron, entre otros, el ex alcalde de la ciudad durante el 11-S, Rudolph Giulani; el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger; la primera dama, Laura Bush, o el vicepresidente de EE UU, Dick Cheney. Finalmente, también habló el candidato a la reelección, George W. Bush. Mención aparte merece el discurso del senador demócrata, Zell Miller, el único miembro de la oposición que apoyó a Bush. Su participación tuvo mucho simbolismo, ya que para los republicanos, y para el público atento a la Convención, resultaba todo un triunfo tener a un “enemigo” ensalzando las virtudes y el programa republicano.

Similar espectáculo de luz y de color se produjo en la Convención Nacional Demócrata, donde se confirmó a John Kerry como candidato a la presidencia de EE UU. Celebrada a finales de julio en el Fleet Center de Boston, la Convención reunió a multitud de delegados llegados de todo el país. Con tres golpes de martillo, el presidente del Partido Demócrata, Terry McAuliffe, dio por iniciado el cónclave en el que Kerry presentó su programa electoral basado en una economía fuerte; un aumento de las retribuciones a la clase media; un cuidado médico al alcance de todos; y un ejército fortalecido. Los mítines más destacados fueron los del ex vicepresidente y candidato a las elecciones de 2000, Al Gore; el del ex presidente Jimmy Carter; el del ahora senador de Illinois, Barack Obama; o el del matrimonio Clinton. Por supuesto, también intervino John Kerry. El efecto que produjo la intervención de Zell Miller en la Convención Republicana lo causó en Boston Ron Reagan, hijo del ex presidente Ronald, que defendió la investigación con células madre a las que el Gobierno se opone.

Con la ratificación de Kerry como candidato a las elecciones de noviembre, se cerraba un largo proceso dentro del seno del Partido Demócrata que arrancó al perder Al Gore las elecciones, pero que se manifestó con más intensidad desde principios de año. El 19 de enero empezó el proceso de selección para escoger definitivamente al candidato demócrata. En la línea de salida se posicionaron Dick Gephardt, John Kerry, Wesley Clark, John Edwards y Howard Dean. Este último, gobernador de Vermont, era el que, a priori, contaba con más posibilidades ya que fue el cabeza visible del movimiento de oposición a la guerra de Irak. De hecho, son muchos los que imputan a Dean el haber sido capaz de unir de nuevo al Partido Demócrata. Sin embargo, Dean flaqueó y a medida que se iban celebrando primarias en todos los 50 estados más el Distrito de Columbia, sus posibilidades iban en franco retroceso. Dos días iguales en diferente mes sirvieron a John Kerry para recabar el suficiente apoyo entre los delegados demócratas, que eran quienes tenían que ratificarle como candidato demócrata durante la Convención del partido a finales de julio. El 2 de febrero ganó el llamado 'minimartes', en el que se impuso en los estados de Missouri, Arizona, Delaware, Nuevo México y Dakota del Norte, negándosele el triunfo sólo en Carolina del Sur, que fue para el senador John Edwards, y en Oklahoma, donde venció el ex general Wesley Clark. Estos resultados provocaron la renuncia de Dean, Clark y Gephardt, con lo que la pugna quedaba como un mano a mano entre Kerry y Edwards. Otro segundo día de mes, en este caso de marzo, Kerry obtuvo también la victoria en el 'supermartes'. De los 10 estados en liza, en los que se escogía 1.151 de los 2.162 delegados, el senador de Massachussets se impuso en Connecticut, Rhode Island, Massachusetts, Ohio, Maryland, Georgia, Minnesota, Nueva York y California, mientras que Edwards sólo venció en Vermont. Con estos resultados, Edwards renunció, dejando a Kerry como candidato demócrata. Pero, como ya se ha visto, su tercera elección celebrada el segundo día de mes, noviembre en este caso, no fue tan exitosa. George W. Bush ganó las elecciones.


 


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