Anuario 2004

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El descrédito de la invasión de Irak copa el protagonismo de un año centrado en las elecciones
Washington se apunta el éxito de la transición de Irak

El jueves 4 de noviembre, el presidente reelecto de EE UU, George W. Bush, compareció en el Edificio Eisenhower de Washington para explicar cómo iba a ser la política exterior en su nuevo mandato. Según el presidente, en estos próximos cuatro años, EE UU buscará trabajar con sus aliados, como la OTAN y la UE, “para impulsar el desarrollo y el progreso, derrotar a los terroristas y fomentar la libertad y la democracia como alternativa a la tiranía y el terror”. Con estas palabras, muchos tragaron saliva, y otros pensaron que lo que estaba pasando en Irak iba a repetirse. Además, Bush aseguró que seguiría tomando decisiones de ámbito internacional, considerando, en primer lugar, los intereses de EE UU. No obstante, aclaró, “consultaré con otros para explicar por qué tomo las decisiones que tomo”.

Aunque no los citó, Bush se refería a Irak y a la guerra que inició el año pasado contra este país sin contar con el consenso internacional. El país árabe ha sido, de nuevo, la actividad principal de la diplomacia estadounidense este año. Dieciocho meses después de que el presidente Bush diera por finalizada la guerra, en un discurso lanzado desde la cubierta del portaaviones “Abraham Lincoln”, la situación en Irak sigue siendo un polvorín, y no tiene visos de cambiar aunque ya se haya confirmado la celebración de elecciones el 30 de enero 2005.

En un año en que los comicios también se celebraban en EE UU, la campaña de Bush para lograr su reelección se vio seriamente afectada por las noticias que llegaban desde Irak. Por un lado, se confirmaba que el país árabe y el régimen que lo dirigía no tuvieron relación con el 11-S ni poseían armas de destrucción masiva; por el otro, se conocía que la cifra de muertos había superado la simbólica cifra de 1.000 soldados; a todo esto, se añadían las imágenes que mandaba la televisión, en las que se veían ciudades iraquíes donde reinaba la anarquía y en las que las tropas estadounidenses eran incapaces de controlar la situación.

A pesar de este clima de violencia, EE UU se ha centrado, este año, en fijar una fecha para celebrar elecciones en Irak. El próximo 30 de enero, los iraquíes asistirán a las urnas para escoger a su nuevo Gobierno, el primero votado en las urnas después de la caída del régimen de Sadam. El nuevo gabinete transitorio tendrá el objetivo de redactar una Constitución, que deberá de ser refrendada a finales de 2005, o a más tardar, a principios de 2006. A partir de ahí, se celebrarán nuevas elecciones para un gobierno permanente.

De consumarse todo el programa de transición política en Irak, Bush habrá cumplido el objetivo que tenía cuando, en una cumbre en las Azores junto al premier británico, Tony Blair, y el presidente del Gobierno español, José María Aznar, anunció el inicio de la ofensiva militar contra Irak para llevar allí la democracia. Sin embargo, el proceso para cumplir los planes de Bush ha sido largo y tortuoso, dejando mucha sangre en las calles y mucha tinta en los documentos.

A mediados de enero, Washington reclamó la colaboración de la ONU para acelerar el traspaso de poderes en Irak. La reunión se celebró en Nueva York, y a ella asistieron el entonces administrador civil de EE UU en Irak, Paul Bremer; una delegación iraquí capitaneada por el presidente de turno del Consejo de Gobierno, Adnan Pachachi; y el secretario general de la ONU, Kofi Annan. Durante el cónclave, EE UU pidió a Naciones Unidas una mayor intervención de la organización en la transición iraquí, así como que ejerciese de mediadora con el líder espiritual de los chiítas, Alí al Sistani. La intención del clérigo era celebrar elecciones generales antes de que EE UU traspasara la soberanía a autoridades iraquíes. Washington denegó la propuesta de Al Sistani, alegando que sería poco “práctico” celebrar comicios antes de la transición.

A pesar de la postura de EE UU, días después de la reunión de Nueva York, un equipo de la ONU, dirigido por el enviado especial de la organización en Irak, Lajdar Ibrahimi, se desplazó hasta el país árabe para estudiar la viabilidad de celebrar elecciones. En Bagdad, la delegación de Naciones Unidas mantuvo reuniones con miembros de la Administración Civil. Este organismo, dirigido por el norteamericano Paul Bremer, era el encargado de supervisar los recursos económicos y energéticos iraquíes, y sus servicios públicos. La delegación de Naciones Unidas también se reunió con responsables del Consejo de Gobierno iraquí, creado por Bremer en julio de 2003 para desempeñar una función parecida a la Administración Civil, y con el añadido de redactar una Constitución previa que, con la llegada del Ejecutivo vencedor en las elecciones de 2005, deberá ser ratificada. Además, Ibrahimi mantuvo encuentros con líderes políticos y religiosos, entre los que figuraban el clérigo Al Sistani.

Sin embargo, el informe enviado por el equipo de la ONU detallaba que era “improbable” e “imposible” la celebración de las elecciones antes del 30 de junio, fecha prevista para celebrar la transición de poderes en Irak, aunque apuntaba la conveniencia de celebrarlas cuanto antes. La razón esgrimida es que no había ni las condiciones mínimas de seguridad, ni el marco legal deseable para llevar a cabo los comicios. Ante esta negativa, Naciones Unidas habló con Al Sistani, líder religioso del 60% de iraquíes, quien, finalmente, acató la decisión, aunque pidió “garantías claras, como una resolución del Consejo de Seguridad [de la ONU]” y no demorar más las elecciones.

De este modo, se imponían las tesis norteamericanas sobre cuándo debía Irak acudir a las urnas. No obstante, en mayo, la Administración de Bush empezó a realizar movimientos para conservar su presencia en Irak después de la transición de finales de junio. En este sentido, se estipuló que el control del país, que deberá alargarse de facto al menos hasta las elecciones de enero de 2005, quedaría, desde el uno de julio, en manos del Departamento de Estado. Éste, dirigido por Colin Powell, asumiría “la dirección, coordinación y supervisión de todos los empleados de la Administración y de las políticas y actividades de EE UU en Irak”. Además, quien ostentará el cargo de embajador de EE UU en Irak será John Negroponte, un hombre del círculo íntimo de Powell. Hasta la transición, era el Pentágono el Departamento que se ocupaba del tema de Irak.

La transición fue ratificada por la ONU el 8 de junio. Los quince miembros del Consejo de Seguridad aprobaron, por unanimidad, la resolución 1546 presentada de forma conjunta por Reino Unido y EE UU. En el proyecto de Londres y Washington, se aplaude la llegada de la democracia, y el establecimiento de “un Gobierno provisional totalmente soberano e independiente”. Además, se insiste en que las fuerzas internacionales bajo mandato unificado seguirán en Irak por petición “expresa” del nuevo Gobierno, hasta que se celebren comicios en el país, o hasta que lo desee el propia Administración. También se especifica que los ingresos derivados del petróleo y del gas natural serán controlados por el Gobierno iraquí, aunque será supervisado por la comunidad internacional. La aceptación de la resolución para Irak propuesta por Bush y Blair supuso un respiro para el primero. Enzarzado en plena campaña electoral, la anuencia de Naciones Unidas le sirvió, por un lado, para frenar el descenso imparable de su popularidad entre el electorado estadounidense, y, por el otro, para recuperar una parte de su credibilidad, lastrada por todas las noticias relacionadas con Irak. Además, le sirvió para contrarrestar el continuo aumento de popularidad de su rival demócrata, John Kerry, que hizo sangre con que el presidente actuaba sin contar con el criterio de la ONU.

Finalmente, la transición se produjo en Irak, aunque el 28 de junio, dos días antes de lo previsto, para evitar que los insurgentes pudieran boicotear el acto. Según la Casa Blanca, el adelanto del relevo gubernamental es un síntoma de que el nuevo Ejecutivo avanza “a velocidad de vértigo” y una muestra de “quiénes son los que toman las decisiones”. Sin embargo, fuentes diplomáticas en Bagdad aseguraron que lo que realmente se quería era eludir que coincidieran en el mismo acto el nuevo embajador estadounidense en Irak, John Negroponte, y el Administrador Civil, Paul Bremer, para evitar así, dar una sensación de continuidad.

A pesar de la resolución aprobada el 8 de junio, el nuevo Gobierno interino, presidido por Ghazi al Yauar, tendrá serias restricciones. Según publicaba The Washington Post, citando a un alto cargo de la Administración norteamericana, el Gabinete iraquí no podrá tomar decisiones políticas a largo plazo, y contará con, al menos, doce altos cargos nombrados directamente por EE UU. Además, como “pesos pesados” en el Gobierno iraquí, Bremer nombró inspectores generales en cada ministerio para los próximos cinco años, y propuso comisiones para controlar la corrupción y para regular la televisión o las Bolsas. Asimismo, añadió el Post, Washington tiene la potestad de suspender a cualquier partido o político que pueda vincularse a milicias o que utilice el “lenguaje del odio”.

Pero esto no parece afectar al nuevo Ejecutivo árabe. A principios de diciembre, el presidente interino iraquí, Ghazi al Yauar, visitó a su homólogo norteamericano, George W. Bush. En su reunión en la Casa Blanca, ambos presidentes hablaron sobre las elecciones en el país árabe, y acordaron celebrarlas el día previsto. Para ello, Bush aseguró que dotaría al Ejército estadounidense desplegado en Irak con 12.000 soldados más, situando el contingente en 150.000 hombres.



Las imágenes vergonzosas de Abu Ghraib hacen tambalear el Gabinete de Bush

El tema de Irak guardaba, aún, un nuevo capítulo, más soez si cabe. El 28 de abril, la cadena CBS difundió una serie de fotografías de la cárcel de Abu Ghraib, al oeste de Bagdad. En ellas se veían a soldados estadounidenses humillando a presos iraquíes. La colección de instantáneas recogía imágenes de todo tipo de vejaciones: presos arrodillados y, delante de ellos, el hocico de un perro amenazador sujetado por un soldado norteamericano; cadáveres iraquíes echados sobre una cama tapados con hielo, y a su lado, soldados sonrientes; hombres desnudos recubiertos de una sustancia marrón que bien podría ser el contenido de una letrina; una chica, la soldado England, sujetando con una correa a un reo, tal que si se tratara de un perro; montañas de hombres apilados desnudos, unos sobre los otros. A todas estas pavorosas imágenes se añadía la imagen de los soldados. Chicos y chicas jóvenes risueños, orgullosos de su cometido, levantando el pulgar en señal de “ok”. Paralelamente, la revista The New Yorker publicaba un informe en el que uno de los generales destacados en Irak, Antonio Taguba, admitía la existencia de abusos. Además, en el Pentágono se amontonaban imágenes, más escalofriantes si cabe, en las que las torturas y vejaciones se extendían también a mujeres. Lógicamente, muchas de estas instantáneas incluían escenas de agresiones sexuales.

Para evitar posibles represalias políticas -faltaban siete meses para las elecciones-, Bush concedió, días después de iniciarse el escándalo, dos entrevistas a Al Hurra, cadena en lengua árabe que emite desde el Estado de Virginia y que está organizada por EE UU para tratar de contrarrestar la influencia de Al Yazeera, y a Al Arabiya, emisora con sede en los Emiratos Árabes Unidos. En ambos casos, el presidente aseguró que los culpables serían castigados, y que, con su actitud, no representaban a EE UU. No obstante, durante sus dos intervenciones televisivas, Bush no pidió perdón, algo que provocó un profundo malestar entre los árabes. Por ello, 48 horas después, el presidente rectificó. Aprovechando la visita a la Casa Blanca del rey de Jordania, Abdalá, Bush se disculpó, en un gesto que ya habían hecho, previamente, altos responsables del Pentágono o la misma consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice.

Después de pedir perdón, Bush dirigió su mirada hacia el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, al que acusó de no haber sido capaz de transmitirle la gravedad de lo sucedido en Abu Ghraib. A pesar de todo, Bush calificó a Rumsfeld como “un secretario de Defensa muy bueno” y confirmó que seguiría ocupando la jefatura del Pentágono.

Finalmente, fue Rumsfeld el que se disculpó por las torturas en Abu Ghraib, aceptando “toda la responsabilidad” y asegurando que se sentía “muy mal” por todo lo ocurrido. Por ello, el secretario de Defensa compareció ante el Comité de Fuerzas Armadas del Senado, y ante la Cámara de Representantes. Ante las dos Cámaras, volvió a pedir perdón por no haber sabido valorar la importancia de lo sucedido en Abu Ghraib y por no haberlo puesto rápidamente en conocimiento del Congreso estadounidense. Asimismo, informó de que se crearía una comisión especial para investigar los abusos, aunque sus conclusiones aún no han visto la luz. Además, matizó que la “catástrofe”, como definió el tema, no refleja al Ejército norteamericano, sino que es obra de un “pequeño grupo de militares”.

Con Rumsfeld en el punto de mira, los demócratas pidieron su dimisión. El candidato demócrata, John Kerry, arguyó que “no sólo las personas de rangos inferiores deben cargar con las responsabilidades”. Para ello, se basaba en el informe Schlesinger, que señalaba que Rumsfeld “estableció un clima gracias al cual pudo cometerse este tipo de abusos”. Este informe, derivado de la comisión de investigación de las torturas en Abu Gharib, estuvo dirigido por el ex secretario de Defensa de EE UU, el independiente James Schlesinger. El eco de este informe se tapó con otro, en este caso encargado por el propio Ejército y dirigido por el general George Fay. Su análisis corroboró la “conducta inapropiada” de varios soldados de la Brigada 205 de Inteligencia Militar, responsables de los interrogatorios y posteriores vejaciones en Abu Ghraib, pero, como punto más importante, exoneró de cualquier responsabilidad a los altos cargos del Pentágono.

Meses antes de librarse de comparecer ante un tribunal, Donald Rumsfeld visitó por sorpresa las instalaciones del penal de Abu Ghraib. El motivo de su visita se debió a que “lo correcto era venir aquí y mirarles a ustedes [los soldados] frente a frente”. El secretario de Defensa negó que su visita se debiera a una maniobra de propaganda para reparar la mala imagen generada por EE UU. Esta no fue la primera visita del máximo responsable de Defensa a Bagdad, pero sí la primera después de que Abu Ghraib saltara a la palestra mediática. De este modo, con toda la prensa atenta a sus palabras, Rumsfeld añadió que en todos los niveles habría personas castigadas por las torturas.

Los primeros, y hasta la fecha únicos inculpados, fueron los encargados de interrogar a los prisioneros de Abu Ghraib. A mediados de mayo, se celebró en Bagdad un tribunal marcial en el que se juzgó a los siete acusados. De momento, sólo han sido condenados el sargento Ivan Frederick, a ocho años de prisión, y el soldado Jeremy Sivits, a uno. Ambos, además, serán degradados y posteriormente expulsados del Ejército. El resto espera una sentencia que dirimirá otro tribunal, esta vez en territorio estadounidense, al que se enfrentarán el 18 de enero de 2005. Antes, no obstante, irán pasando por una serie de audiencias ante varios tribunales militares que se encargarán de establecer los delitos por los que serán juzgados en enero. Para esa fecha, es probable que cada uno de los acusados mantenga el argumento de que cumplieron órdenes de superiores, según ellos, para “ablandar” a sus víctimas y propiciar, de este modo, un interrogatorio satisfactorio. Una de las soldados, Lynndie England, paradigma mundial de la ignominia en Abu Ghraib, asistió a varias audiencias. Durante la primera, celebrada en la base de Fort Bragg, Carolina del Norte, England se declaró inocente y aseguró que querían convertirla en chivo expiatorio. Además, manifestó que los autores intelectuales de las torturas estaban en Washington y en la Casa Blanca. Mientras, sus abogados anunciaron que pedirían la comparecencia del vicepresidente, Dick Cheney, ante el tribunal del 18 de enero. Otros letrados, en este caso los de Jeremy Sivits, pidieron la comparecencia del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, en una petición que fue denegada por un juez militar.

Por otro lado, otros siete soldados fueron apercibidos mediante una sanción escrita, hecho que puede apartarles igualmente de la carrera militar. En una de las audiencias también se interrogó a la general Janis Karpinski, jefa de cárceles de Irak, quien aseguró que ignoraba lo que sucedía en Abu Ghraib y responsabilizó a la inteligencia militar de las torturas. En este sentido, The Washington Post informó de que el teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas de EE UU en Irak, autorizó a altos mandos del penal de Abu Ghraib el uso de torturas. La acusación no tuvo repercusiones inmediatas. Sin embargo, coincidiendo con la fecha de la transición de soberanía a Irak, el Pentágono relevó al teniente general Sánchez por George Casey, con el mismo rango. Casey pasaría, así, a ser el responsable de la fuerza multinacional presente en el país árabe. Fuentes del Pentágono se afanaron a explicar que el relevo en la jefatura militar en Irak se debió a una “rotación normal” y no a un “voto de no confianza” hacia Sánchez.

El día siguiente de la visita de Donald Rumsfeld a Abu Ghraib, EE UU liberó más de 300 presos de este penal. Esta no era la primera vez que la Coalición internacional, controlada por EE UU, ponía en libertad a reos iraquíes, aunque nunca lo había hecho en estas cantidades.



Bush advierte a Irán sobre su programa nuclear

A mediados de noviembre, aprovechando su participación en el foro de Cooperación Asia-Pacífico, celebrado en Santiago de Chile, Bush lanzó una nueva amenaza, o al menos una insinuación -algo que en la semántica presidencial puede confundirse- a Irán. “Es muy importante para el Gobierno iraní escuchar que estamos preocupados por sus deseos y estamos inquietos por informes que muestran que, antes de una reunión internacional, quieren acelerar el procesamiento de materiales que podrían llevar a una arma atómica”, dijo el presidente de EE UU. A él se sumó, por un lado, el secretario de Estado, Colin Powell, quien indicó “haber visto ciertas informaciones que sugieren que los iraníes trabajan activamente en sistemas de lanzamiento [de una bomba nuclear]”, y por el otro, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, quien afirmó que el Gobierno de Irán estaba apoyando a los insurgentes de su vecino Irak. De este modo, los tres políticos estadounidenses explicaron a sus conciudadanos quién era ese país situado al este de Irak y qué cosas malas hacía.

Las relaciones entre Irán y EE UU han sido nulas en estos últimos 25 años, aunque desde sectores de Teherán se aboga por un acercamiento al Gran Imperio. Del país árabe, de mayoría chií y gobernado de forma dual por el presidente Jatami y el ayatolá Jomeini, siempre se ha valorado su papel de mediador en los conflictos de la zona. Según afirman fuentes diplomáticas iraníes, en el conflicto de Afganistán su país siempre destacó por la cooperación en el terreno diplomático. En el caso de Irak, los iraníes se presentan como los primeros interesados en la solución del conflicto, debido a que ellos necesitan estabilidad con sus vecinos para potenciar el desarrollo comercial.

Sin embargo, y a pesar de mostrar sus buena relaciones con sus vecinos ante EE UU, Irán sigue provocando recelos. Una desconfianza que no sólo se limita a su elaboración de una posible arma nuclear, sino a su influencia religiosa sobre otros países de la zona. Irán es un país de 69 millones de habitantes en el que el 89% de la población profesa el chiísmo. Es, por tanto, una sociedad mucho más cohesionada, que, además, puede influir, según lo ve EE UU, en los países colindantes.

EE UU tiene muy presente las elecciones en Irak, previstas para el 30 de enero, en las que hay un candidato que apunta a la victoria. Se trata de Abdelaziz Al Hakim, chií -rama del islam que cuenta con un 60% de apoyo en Irak-, y que vivió 25 años en Teherán exiliado del régimen de Sadam Hussein. Sus vínculos con la capital de Irán van más allá: el partido del cual es jefe, la Asamblea Suprema de la Revolución Islámica, fue fundado en esta ciudad, y su ala militar combatió junto a tropas iraníes en la guerra contra Irak. Además, Al Hakim cuenta con el apoyo del clérigo chií Alí Sistani, al que veneran los iraquíes pertenecientes a este credo. Todo ello es lo que preocupa a EE UU, ya que considera que de producirse una victoria de Al Hakim en los comicios iraquíes, sumada al sólido Gobierno chií de Teherán, crearía un vínculo muy estrecho entre dos países como Irak e Irán.

Pero EE UU no sólo corre el riesgo de quedarse fuera de esta porción de territorio anclado en medio del llamado “polvorín” de Oriente Próximo. A los más de dos millones de metros cuadrados que suman Irak e Irán, pronto podría añadirse otro vasto espacio. Arabia Saudí, hasta ahora dirigida por el rey Fahd, fiel aliado de EE UU, podría ser territorio hostil en los próximos años. El rey Fahd, octogenario y gravemente enfermo, se muere. De todos los que se han postulado para sucederle -y no son pocos puesto que la familia real saudí cuenta con unos 30.000 miembros, de los que 12.000 tienen legitimidad para acceder al trono-, el que tiene la aquiescencia del propio rey es Abdulaziz bin Fahd, que no llega a los 40 y se muestra “amable” con los fundamentalistas. Este guiño del posible heredero a la facción más integrista del islam, entre la que se incluye a Bin Laden, implicaría que el príncipe se podría alejar cada vez más de Washington, en una tendencia que ya se viene apuntando desde los atentados del 11-S. Con todo, EE UU trabaja con la hipótesis de perder el apoyo de Arabia Saudí, y con él, su permiso para colocar allí sus bases. Si este hecho se produjera, Norteamérica perdería uno de sus colchones, económicos y geoestratégicos, en Oriente Medio.

En este contexto deben situarse las amenazas de George W. Bush, ya que se vinculan con la corriente neocon preponderante en Washington desde que W accedió a la Casa Blanca. Una corriente que, tras la dimisión del secretario de Estado, Colin Powell, y el nombramiento de Condoleezza Rice como jefa de la diplomacia estadounidense, puede desarrollarse mucho más libremente, al no tener el escollo del moderado Powell. Uno de los “popes” neocon, Michael Leeden, miembro del centro académico American Enterprise Institute, definió gráficamente las líneas maestras de su grupo, en lo que se refiera a relaciones exteriores: “Más o menos cada diez años, EE UU tiene que elegir algún país de mierda y empujarlo contra la pared, sólo para enseñarle al mundo que vamos en serio”. Sin entrar a valorar qué entiende Leeden por un “país de mierda”, es evidente que Irán no forma parte de este grupo. Ocupa más de un millón y medio de kilómetros cuadrados, en los que habitan 69 millones de personas. Las diferencias con Irak resultan evidentes. Además, el Ejército estadounidense está aún apagando fuegos en Irak, por lo que es poco probable que, por ahora, se enzarcen en una nueva campaña de invasión.

En el horizonte de los planes estadounidenses sobre política internacional, se sitúa Oriente Próximo por varios motivos. Uno de los más importantes es el control energético de esta parte del globo, ya que las reservas de petróleo del Golfo Pérsico y el Mar Caspio alcanzan el 70% del total mundial. Una vigilancia que tiene en cuenta el lento pero inexorable despertar de China.

Y es que el gigante asiático es el país que puede poner en jaque la política internacional. Su imparable crecimiento no pasa desapercibido a nadie, y menos a EE UU. La política neocon tiene unas líneas muy marcadas respecto a China: apoyo político y militar a Taiwán, fortalecimiento de las políticas con los aliados vecinos (Japón, Corea del Sur, Tailandia, Filipinas, Singapur) y mayor despliegue militar en Asia Oriental. Además, aún resuena lo que escribió Condoleezza Rice en 2000 en la revista Foreign Affairs: “China no es una potencia partidaria del statu quo, sino una que querría alterar a su favor la balanza de poder en Asia. Esto, por sí sólo, hace de ella un competidor estratégico [de EEUU]”. En este sentido, puede entenderse la intención estadounidense: controlar Irak y situarse en el centro de Oriente Próximo. Así podrá controlar sus reservas de petróleo, para, de este modo, estar cerca del gigante dormido para vigilar su crecimiento, y, en la medida de lo posible, suministrarles ellos mismos los recursos energéticos que precisen. A estos propósitos responde el interés norteamericano por Irán. A ello debe sumarse la invasión de Afganistán en 2002. Con la caída del régimen talibán, EE UU se aseguró disponer de este territorio -donde hay una gran reserva de gas- a su disposición para hacer circular por él los principales gaseoductos que traviesan Asia. Uno de los más importantes unen Turkmenistán con Pakistán, Estado amigo de EE UU. Con el control de Afganistán, Norteamérica se aseguraba total libertad para trasladar energía, petróleo y gas, entre ambos países sin la intromisión de los talibanes.

Por último, el interés por Irán responde a la voluntad estadounidense de situarse cerca de una serie de países, entre los que destacan India y Pakistán, que cuentan con arma nuclear.



EE UU plantea una reforma democrática y económica en el Gran Oriente Próximo

Independientemente de los planes que la diplomacia estadounidense tenga previstos en Oriente Próximo, Washington intentó emprender un plan de acción, consensuado con la comunidad internacional, para impulsar una serie de reformas en la zona, delimitada entre Marruecos hasta Pakistán, que concluyesen en la creación del llamado “Gran Oriente Próximo”. Bajo esta denominación se engloban los países árabes más Turquía, Israel, Pakistán y Afganistán, y, por supuesto, Irán. Según EE UU, el plan “no quiere imponer reformas, sino apoyar cualquier movimiento que las favorezca”. A pesar de estas palabras, formuladas por el tercer espada del Departamento de Estado estadounidense, el subsecretario de Asuntos Políticos, Mark Grossman, EE UU propuso, en el marco de la cumbre del G-8 celebrada a principio de junio en Sea Island, Georgia, un plan destinado a superar tres grandes lacras en la zona: la libertad, el déficit de conocimiento y la situación de la mujer.

Sin embargo, el plan se conoció mucho antes, gracias a una filtración al diario árabe Al Hayat. En la propuesta estadounidense se recogían tres vías de avance: la promoción de la democracia, dentro de la cual se engloba el apoyo a todo tipo de iniciativas de elecciones libres, así como proyectos en contra de la corrupción y a favor de las tareas de las ONG; la construcción de la sociedad del conocimiento, dentro la cual se prevé la creación de programas de desarrollo para, entre otras cosas, rebajar el analfabetismo; y la ampliación de las ayudas al sector privado, que incluye préstamos de microcréditos a mujeres y pequeños empresarios. Todas estas reformas tenían como objetivo acabar con el terrorismo, el extremismo, el crimen internacional y la emigración ilegal, lacras causadas, según EE UU, por los déficit anteriormente expuestos.

Este ambicioso plan fue presentado en la Cumbre del G-8 en Sea Island, donde intervinieron los siete países más industrializados del mundo (EE UU, Francia, Canadá, Japón, Italia, Alemania y Reino Unido), más Rusia, y con Irak como invitada estelar.

Durante la cumbre, el presidente de EE UU aprovechó para reclamar a la OTAN una mayor presencia en Irak. Después de almorzar con el primer ministro británico, Tony Blair, Bush pidió que la Alianza Atlántica tuviera un papel más allá del meramente logístico que desempeña en Irak en estos momentos. Según muchos analistas, y como luego se demostró, la intención de Washington es que la Alianza entrene tropas del nuevo Ejército iraquí. Hasta la fecha, la mayoría de los 26 miembros de la OTAN ya están presentes en Irak a título individual. La propuesta estadounidense, que contemplaba que estos países estuvieran en el país árabe bajo dominio de la OTAN, fue rechazada por Francia, que consideró que esta intervención sólo podría hacerse “por deseo expreso de un Gobierno iraquí soberano”.

En referencia al plan “Gran Oriente Próximo”, muchos países, con Francia y Alemania a la cabeza, se mostraron recelosos de la propuesta norteamericana, porque ven en la reforma una medida para difuminar el fracaso de la invasión estadounidense a Irak. No obstante, el resultado de la cumbre fue parcialmente exitoso para EE UU, aunque los países participantes denegaron la posibilidad de reemplazar regímenes en la zona sino existían medidas concretas para impulsar estos cambios. En este sentido, el presidente francés declaró que “los países de Oriente Próximo y África del Norte no necesitan misioneros de la democracia”. Sobre la cuestión palestino-israelí, el G-8, en su documento de conclusiones, apuntó que se buscaría “un claro compromiso para actuar en el conflicto palestino-israelí según las resoluciones 242 y 338 de Naciones Unidas”. Este punto fue el que causó mayor recelos tanto en Europa como en muchos países árabes, ya que consideraban que el plan diseñado por Bush soslaya que el conflicto palestino es la pólvora que alimenta el polvorín de Oriente Medio. Sin embargo, las disensiones vividas en esta cumbre fueron mínimas comparadas con las del año pasado, hecho que demuestra que las relaciones de la UE y EE UU volvían a los cauces de la normalidad y cordialidad de antaño. Bush definiría las viejas rencillas como “ya superadas”, aunque un año antes afirmase sentirse “decepcionado” por la actitud europea.

El distanciamiento entre ambos continentes se produjo por la posición europea ante la guerra de Irak. Francia y Alemania se opusieron a la intervención militar y buscaron liderar una Europa con más peso en la escena internacional, así como más “multipolar”, según palabras del presidente francés Jacques Chirac. En cambio, algunos países europeos se alinearon con la posición estadounidense. Entre ellos destacaron Gran Bretaña y España, cuyos orgullosos dirigentes se fotografiaron junto a “su” comandante en jefe, George W. Bush, en las Azores. Esa instantánea significó el inicio de la guerra de Irak.

Dentro de la cumbre del G-8 en Sea Island, también se llegaron a otros acuerdos: pactar el desbloqueo del ciclo de Doha -consistente en liberalizar los contactos comerciales entre los países, eliminando sus barreras comerciales¬-, propuesto por la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2003; adoptar un plan de acción para luchar contra la proliferación de las armas de destrucción masiva; mejorar la seguridad en los transportes, tanto terrestres, como marítimos y aéreos, sobre todo, a raíz de las amenazas de grupos terroristas; “destrabar y abaratar” el envío de remesas de emigrantes hacia América Latina, teniendo en cuenta que es este uno de los sostenes de la economía suramericana; y finalmente, condonar la deuda exterior iraquí o, al menos, una parte de ella. En este punto se enfrentaron EE UU y Francia. Mientras Bush, consciente de que el país árabe debe poco a su país a causa del embargo comercial de los últimos diez años, proponía una condonación de la deuda, Chirac, a cuyo país Irak debe casi 3.000 millones de dólares, se negó en redondo. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), la deuda exterior iraquí asciende a 121.000 millones de dólares.

Las mejoradas relaciones de Bush con Europa vivieron un nuevo capítulo a finales de junio, cuando se celebró en Irlanda, presidente de turno de la Unión Europea, la cumbre anual entre EE UU y la UE. En Ennis, Irlanda, y en medio de una oleada de protestas populares contra Bush, el presidente estadounidense se reunió con los 25 para tratar el tema del traspaso de poderes en Irak. Además, insistió a la UE sobre la conveniencia de mandar tropas de la OTAN al país árabe, ya que “el éxito de Irak depende de que los iraquíes puedan defenderse a sí mismos. Necesitan tener sus fuerzas y sus policías para hacer frente a quienes quieren impedirlo”. Unas fuerzas de seguridad que, según Bush, deben ser entrenadas por la OTAN. Asimismo, Bush aprovechó la cumbre para pedir a la UE que aceptara a Turquía -una de sus grandes aliadas en Oriente Próximo- en su seno. Respondiendo a la proposición norteamericana, Jacques Chirac se quejó de la intromisión estadounidense en temas europeos y, no sin cierta sorna, comentó que la UE no opina sobre los problemas fronterizos de EE UU con México. En las resoluciones derivadas de la cumbre, ambos continentes pactaron “el compromiso de apoyar la reconstrucción económica y política de Irak”, y la promoción de una reducción de la deuda exterior iraquí.

Después de su exitoso paso por Irlanda, Bush viajó a Ankara, Turquía, donde se reunió con el primer ministro turco, Tayipp Erdogan, y con el presidente, Ahmet Sezer. A ambos les trasladó su apoyo para que Turquía entre en la UE.

Días después, Bush viajó a Estambul, donde se celebró la cumbre de la OTAN. Centrada en Irak, se inició con una victoria para Bush y sus planes. Con las palabras “estamos unidos en nuestro apoyo al pueblo iraquí y ofrecemos plena cooperación al nuevo Gobierno soberano interino en sus esfuerzos para fortalecer la seguridad interna y preparar el camino a las elecciones en 2005”, la OTAN firmó su apoyo a la nueva policía iraquí y, por ende, a las propuestas realizadas por Bush. Además, la Alianza mostró su apoyo “a la independencia, soberanía, unidad e integridad territorial de la República de Irak y para el fortalecimiento de la libertad, la democracia, los derechos humanos, el imperio de la ley y la seguridad de todo el pueblo iraquí”. La decisión de la OTAN de instruir a la policía iraquí se tomó en una reunión previa en la que participaron sus embajadores.

Otra decisión a la que se llegó en la cumbre de Estambul fue la de aumentar el contingente de tropas enviadas a Afganistán, con el objetivo de supervisar y asegurar la celebración de elecciones presidenciales y legislativas. Para tal efecto, la OTAN acordó aumentar hasta 10.000 los hombres de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), superando en 3.500 el contingente actual.

Con este aumento del número de soldados, en septiembre se celebraron elecciones en Afganistán, que se resolvieron con la victoria del otrora presidente de transición, Hamid Karzai, amigo y aliado de EE UU. En el acto de jura del cargo como primer máximo mandatario elegido democráticamente en la historia del país, Karzai estuvo acompañado por varios invitados internacionales, entre los que destacaban, el vicepresidente de EE UU, Dick Cheney, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.

 


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